|
|
{upcenter} |
{upright}
|
|
|
Por Jorge Oscar Rossi
(Ilustración del artista cubano Abel Ballester)
Echado a cuatro patas, el Sapo estaba lamiendo con
evidente placer el agua estancada al lado del cordón de la vereda.
Tenían, el agua y el Sapo, un aspecto repugnante
y por eso se llevaban tan bien.
¡Ta buena!- gritó.
Cinco Sapos salieron de las sombras y se unieron al
primero. Ahora abrevaban apresuradamente mientras el Sapo-catador giraba su
cabeza en actitud vigilante.
Vigilando estaba cuando la bala le atravesó el
ojo derecho. Los otros no se enteraron porque se encontraban muy ocupados muriéndose.
El Ecopibe del rifle se acercó lentamente. La oscuridad era tal que tuvo que usar el visor infrarrojo del arma para asegurarse que todos los Sapos habían recibido su bala.
Esta bien.- susurró a su auricular. Aparecieron dos Ecopibes más, lo cual hacía tres muchachos altos, delgados, limpios y vestidos a la última moda reciclable. Contrastaban con los seis cadáveres, tan rotosos, tan mugrientos y con esa carne fofa y verdosa que los delataba.
Los recién aparecidos traían cada uno un bidón de cinco litros, un aspirador portátil y una encantadora sonrisa. con rapidez rociaron los cuerpos con un liquido espumoso. En menos de cinco minutos los Sapos se redujeron a un montón de polvo azulado que fue prontamente aspirado y olvidado.
Cuando Stannio llegó solo vio dos bidones, dos
aspiradores, un rifle y tres Ecopibes con expresión satisfecha. Los hubiera
puteado pero no pudo, porque tuvo que esquivar el balazo que le dedicaron.
¡No jodas!- le gritó el del rifle.
Por supuesto que no jodió. La única arma
que portaban los Guardias Vecinales era una barra de acero cómicamente
llamada “bastón de mando” y que, para peor, brillaba en la oscuridad.
Stannio también llevaba un antirreglamentario revolver, pero solo para
casos de necesidad extrema.
Corrió cincuenta metros hasta llegar a la esquina
y desde ahí se permitió espiar.
El trío ya no estaba.
Stannio no era un buen hombre. En Lanús, un tipo
gordito que mide un metro sesenta, tiene casi cuarenta años y sufre de
pies planos y escasa aptitud para la tecnología, definitivamente no es
un buen hombre.
Tres años atrás, el hambre le hizo ofrecerse
para un puesto en la Guardia Vecinal. Teóricamente, su tarea consistía
en recorrer, de ocho de la noche a ocho de la mañana, una zona comprendida
por las avenidas Quindimil, San Martín, Pavón y Perón.
Veintiún manzanas para que él, solito y de a pie, les hiciera
sentir el rigor de la ley a todas las tribus pendejas.
En la práctica se la pasaba escondiéndose
y molestando a los chicos lo menos posible. Tampoco era cuestión de quejarse
mucho porque corría el rumor de que el Intendente pensaba disolver la
Guardia.
“La gente dice que es muy cara”.
Como todos sus compañeros, Stannio jamás
notificaba las matanzas.
A la Municipalidad y a la gente no les gusta enterarse
de esas cosas. Si no se dice nada es como que no pasa nada. No hay crímenes.
Así que los asesinatos intertribales no se informan, el índice
de criminalidad se mantiene bajo y todos más o menos contentos.
Stannio pensaba en eso, mientras se escabullía
a uno de sus refugios, cuando lo vio. Estaba tirado en un charco de agua y sangre,
justo en la esquina de Bolivia y Portela. No tenía el aspecto de los
Sapos, ni el tatuaje de los Ecopibes ni las señales de las otras pendejas.
Lo sacó del charco y al primer manoseo de reconocimiento
encontró la tarjeta de identificación.
Stannio parpadeó atontado.
“¿Qué mierda hacía un Vecino en la
calle y a la noche?”.
La tarjeta decía que el tipo se llamaba Marco Pérez,
que tenía treinta y dos años, que era casado y que su domicilio
se encontraba a diez cuadras de ahí. Si la Municipalidad le hubiera dado
un lector, Stannio hubiera podido saber toda la vida de ese hombre pero tenía
que conformarse con la información visual.
“¿Qué mierda hacía un Vecino en la
calle y a la noche?”.
“Y ahora...¿Qué carajo hago?”. Aquí
no se trataba de unos cuantos Sapos muertos.
Se imaginó la situación:
“-Hola, Stannio, cuarenta y cuatro barra b, a base.
-¿Qué pasa?
- Notifico un homicidio.
-¿A sí?, mirá vos, que terrible.
- El muerto es un Vecino.
- ...
- Repito, el muerto es un Vecino.
- ...Stannio, sabés como son estas cosas. Presentate
a la base. Considerate suspendido y arrestado.”
Eso siempre y cuando funcione el teléfono.
“Los Vecinos pagan impuestos y trabajan. La Guardia Vecinal
existe para protegerlos. Pero los Vecinos presionan al Intendente para que disuelva
la Guardia Vecinal porque es inservible y cuesta mucho. Pero la Guardia Vecinal
es inservible porque no cuenta con los hombres ni con el equipo suficientes.
Pero dotar a la Guardia Vecinal con los hombres y el equipo suficiente cuesta
dinero. El dinero se consigue con los impuestos. Los Vecinos pagan impuestos
y trabajan. La Guardia Vecinal existe...”
Era un muerto que daba gusto.
Stannio lo miraba casi con envidia. Apreciaba su aspecto
cuidado, elegante y sano a pesar del barro y la sangre. Un muerto lleno de vida,
eso parecía: piel bien atendida, pelo rubio, ojos claros, rostro agradable,
ropa de calidad...
Lo único que estropeaba el conjunto era la garganta,
desgarrada con algo así como un tenedor del tamaño de una mano.
Sin embargo, Pérez tenía aspecto de haber sufrido.
Sin saber porqué, Stannio decidió que convenía
hacer una visita a la casa del tipo antes de notificar. Si es que notificaba.
El guardia dudó entre dejar ahí el cadáver
o llevarlo a uno de sus refugios. Finalmente, se le ocurrió que si los
chicos de alguna pendeja querían hacerle algo al muerto, tal vez fuera
mejor. Por eso, Stannio abandonó a Marco Pérez y cada cual siguió
con lo suyo.
“-...lo siento, señor Stannio...falleció...puede
pasar a verla si quiere...Eh...señor”
“Elena está...muerta...muerta...¡muerta!...”.
Ahora estaba solo. Era lo único que podía pensar hasta que fue
saliendo del estupor para caer en cuenta que todo había sido por su culpa.
Hay tipos para todo. Hay gente a la cual le gusta la
basura. Hay personas que disfrutan oliendo mierda. Hay quienes la comen. Otros
encuentran excitante el olor de los gases tóxicos. Incluso, conozco a
uno que se masturba mirando una muñeca inflable cubierta de brea.
Para toda esa gente, Lanús es hermosa.
Los Vecinos de Lanús pagan impuestos, lo cual significa
que pueden tener viviendas propias y se les permite conectarse a la red empresarial
informática para así tener un trabajo con el cual poder pagar
los impuestos y sobrevivir.
El sueño de todo Vecino de Lanús es llegar
a tener el dinero suficiente para poder irse a vivir a un Bapriv y olvidarse
de las tribus pendejas, del miedo, de los demás Vecinos de Lanús
y de la existencia de un lugar llamado Lanús, inclusive.
Y, ¿Qué hay de aquellos para quienes Lanús
es hermosa?.
Bueno, esos viven en otro lado.
La casa de Pérez era típica: un cubo de
acero y hormigón con su correspondiente puerta blindada al frente para
sacar el auto de cuando en cuando. El techo sería de vidrio fotoprogramable
con protección ultravioleta (mentían los fabricantes) y totalmente
irrompible (seguían mintiendo). Era parecida al corral donde Stannio
vivía junto con los otros veintinueve Guardias Vecinales, solo que un
poco más chica. Esta casa tenía, como mucho, unos cuarenta metros
cuadrados, bien cuadrados, de superficie. Estaba ubicada a mitad de cuadra,
entre un baldío y un edificio abandonado.
Stannio acercó su tarjeta al visor. Si lo dejaban
entrar sería un milagro. Rezó porque no tuvieran un sistema protector
ilegal. Cinco guardias habían muerto el último año por
esa causa. “Bueno, son cosas que pasan”, dijeron.
- ¿Qué quiere?- La voz había sido
programada para tener un tono intimidatorio, pero solo un estúpido puede
asustarse con una grabación.
Stannio se asustó.
- Soy el Guardia Vecinal Stannio.- Eso ya lo decía
la tarjeta. Hasta el color de sus hemorroides figuraba en la tarjeta.
- ¿Qué quiere?
- Quiero entrar.
- ¿Para qué?
- Eh...tengo que hablar con algún familiar del
señor Marco Pérez.
- ¿Para qué?
- Eh...misión oficial...
- Falso. Retírese.
Stannio iba a replicar cuando sonó el pitido de
su teléfono. Recién ahí se dio cuenta de su error.
Stannio también había sido un Vecino. Portela
1423, su dirección. Tenía su casa, su trabajo (diseñaba
ropa), su P.C.L. y la tenía a Elena, con sus ojos grises, su cabello
rojo y esa sonrisa que casi lograba que él creyera en Dios.
Elena era arquitecta, asistente en un equipo que estaba
proyectando un nuevo Barrio Privado en Sarandi. “Setenta hectáreas de
parque, árboles, huerta comunitaria, servicios, sol, aire limpio y absoluta
protección”, diría la publicidad.
Si el proyecto se aprobaba y el Bapriv se construía,
los honorarios de Elena serían una casa en ese lugar. Ellos creían
poder pagar las cuotas de permanencia. Llevaban ahorrado bastante y el futuro
podía ser aún mejor.
Pero a él se le ocurrió pasear.
- ¿Pasear denoche? Pero...vos locosos- le dijo
Elena.
Se habían estado haciendo todo lo que se hacen
los amantes durante una buena parte de la noche y, después de esas ocasiones,
a Stannio siempre le entraba una perversa inspiración, como un arrebatado
atrevimiento, una imperiosa necesidad de hacer algo osado, algo difícil.
Pero sabía contenerse...hasta esa noche.
- Sí. Quiero salir de esta cueva demierda...¿porno?...me
siento bien,con ganas dever cosas.
- Miremos pantalla.
- No, noquiero pantalla. Quiero andar porahi conelauto...eeeh....¿Quepasa?,
acompañame...¿eeeh?
A Elena todavía le reverberaban los ecos del orgasmo.
Tal vez por eso aceptó.
Usaban poco el coche, un Mitsu 15. En los últimos
tres años habían salido dos veces de la casa. Una vez para una
fiesta personal que daba, en su Bapriv, el jefe de Stannio (el tipo era un excéntrico);
y otra porque el sistema de computación hogareño se habia muerto.
Sin sistema para trabajar, incomunicados, aislados en el medio de la nada, tuvieron
que salir y escapar. Había sido el máximo terror de sus vidas.
Imaginarse a los Sapos, tan asquerosos, o a los Degüellos o a los Ratasblancas
o a cualquier integrante de una tribu dentro de la casa les daba pánico.
Si el sistema se moría y uno no tenía un
coche para salir de ese lugar desprotegido en que se había convertido
su hogar, lo mejor era matarse.
Mientras estaba ahí, parado como un tonto, la
computadora hogareña se había comunicado con la base, informando
la visita y preguntando el motivo para algo tan extraño. En la base le
habrían respondido que no sabían nada. El resultado era que ahora
no solo le habían negado el acceso a la casa sino que en ese momento
lo llamaban de la base para saber que carajo pasaba.
Stannio desconectó el teléfono y le gritó
a la casa:
- ¡Déjenme entrar, carajo!.
Así siguió un buen rato y cuando casi no
tenía más aliento, le abrieron la puerta. Stannio se sorprendió.
Solo quiso desahogarse. Jamás se le ocurrió que le permitirían
pasar.
Lo recibió una mujer alta, joven, delgada, pálida
y que podría ser bonita si no estuviera tan aterrada. Temblaba de arriba
abajo y su cara se retorcía desde la frente hasta la barbilla en muecas
espasmódicas. Con un muy desarrollado sentido del humor negro, uno se
hubiera reído al verla. Stannio no estaba para esas cosas.
“Esta se toco con algo o ya es loca de por sí”,
pensó el guardia.
- Calmate piba, ¿quepasa?, ¿eeh?...nopasa...¿eeeh?.-
A Stannio, cuando hablaba con alguien en persona, le gustaba hacerlo en criollo,
especialmente si se trataba de mujeres.
La chica se fue calmando de a poco, pero todavía
temblaba cuando preguntó:
- ¿Dondetá Marco?
- ¿Cuál?
- Marco, mi macho.
- ¿Quelepasaa tu macho?
- ¡Vosabes!
- Tranquila, nopasa...
- ¡Vosabes!, poreso estasacá...¿lo
mataron?, ¿eeeh?, ¡Contestá!...¡Contestá guacho
puto!...
La mujer siguió subiendo el tono de la voz y de
las puteadas hasta que Stannio estalló:
- ¡Sí!, ¡Lo mataron putademierda!...¡¿
y qué?!...¡YO LO MATÉ!
El guardia no llegó a asombrarse de lo que había
dicho, porque la chica se le tiró encima.
Pelearon como dos locos, sin plan, sin orden y sin ideas.
Ella era fuerte y estaba enfurecida, hecha una fiera que golpeaba, arañaba
y pateaba. Stannio al principio solo atinó a defenderse, pero después
empezó a dar.
Con la primera trompada, se dio cuenta que había
mentido para poder pelear.
Cuando la derribó y se montó sobre su estomago
y le retorció las tetas hasta casi arrancárselas y la sintió
aullar de dolor, comprendió que hacía tiempo que deseaba hacer
algo así.
Al sexto cachetazo se acordó de Elena.
La penetración y la sangre hicieron que se sintiera
un hombre.
El orgasmo le dictó el camino.
El motor eléctrico apenas zumbaba.
A ciento setenta kilómetros por hora, uno puede
llegar a sentirse el mismísimo Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo,
adicionado con el buen viejo Satanás y condimentado con toda la venerable
mierda teológica.
“Nada existe cuando se vuela por la Avenida Pavón”,
era la cantinela mental de Stannio. Elena, a su lado, se sentía igual
o mejor todavía. O peor, según se vea.
El biosint que se habían dado en la yugular era
caro pero valía la pena. Se llamaba “Glamour Savage” y producía
varios efectos: daba coraje, decisión y hacía que la conciencia
del propio cuerpo aumentara notablemente. Uno “sentía” sus brazos, sus
piernas, su torso y percibía toda su potencia, toda su carne y su sangre;
toda su animalidad. Los sentidos se volvían más poderosos: el
pelo de Elena parecía más rojo, el vello en los brazos de Stannio
se veía más abundante y el olor de sus entrepiernas les llegaba
por violentas oleadas, casi como azotes.
Era la última sofisticación en biosinteticos.
No causaba adicción, no producía efectos desagradables no dejaba
resaca al terminar.
Stannio gritaba:
- ¡Telaclavaría ahora mismo!
- ¿Yyyy...?, ¿Noteatreves?
Todavía quedaba un resto de cordura:
- ...tendría que soltar el volante...
- ¡¿Yyyy...?!.
Era demasiado argumento para un hombre “Savage”. Stannio
se abalanzó sobre su mujer y solo recordó que había estado
manejando un auto lanzado a toda velocidad cuando se despertó después
del desastre.
No se debe salir de la casa con el “Glamour Savage” puesto.
Juanita tenía pechos suaves y blancos, con pezones
rosados.
Stannio mordía, chupaba y acariciaba.
Mientras tanto, los ojos de Juanita permanecían
abiertos y vidriosos. De su boca entreabierta salían los pocos gemidos
que podían colarse a través de la sangre. Los labios estaban menos
rotos que su voluntad.
Hacía tiempo que había dejado de tener miedo.
Fue más o menos a la altura de la décima trompada. Ya no se acordaba
de Marco, ni de la discusión que habían tenido con Marco, ni del
miedo que había sentido desde que Marco salió de la casa a caminar,
ni del horror a quedarse sola si algo le ocurría a Marco.
Stannio mordía, chupaba y acariciaba.
Juanita tenía pechos suaves y blancos, con pezones
rosados.
- Jooojooojo.
Stannio se arrastró fuera del auto y solo al salir
se dio cuenta que también había estado llevando a Elena.
- Jooojooojo.
Miró en dirección a las voces pero no distinguió
nada. Se pasó una mano por la cara y notó que sangraba por la
nariz, la frente y la boca. Se volvió hacia Elena. No parecía
muy lastimada pero estaba inconsciente.
Los Sapos empezaron a mostrarse.
- Jooojooojo- le dijo el que iba adelante. Después
sacó la lengua y guiño un ojo. Era gordo, fofo y verdoso como
todos esos infelices que lo acompañaban. Sintiéndose comunicativo,
continuó:
- ¿Noss dasel...eh...auto?...notevamosacer nada.
Stannio observó el coche. Había derrumbado
una pared y estaban en un baldío. Si hubieran usado el cinturón
no habría pasado nada. Si hubiera conectado el piloto no hubiera pasado
nada. Por último, si no hubiera sido tan imbécil como para salir
del auto, los Sapos no podrían hacerle nada.
El coche estaba intacto. Una pared semidestruida no es
rival para el blindaje.
- Tengo queiralospital, después quédense
conelauto.
Lo máximo que los Sapos podían hacer era
dar unas vueltas. Un coche no les servía para otra cosa. Lo único
esencial para un Sapo es la comida.
Precisamente:
- ¿Hay comidaahi?- El Sapo Jefe no terminó
de preguntar que ya estaba husmeando por el interior del auto.
- Jooojooojo.- Decían los otros. Stannio no podía
saber cuantos eran. Tal vez cinco, pero podía haber más.
- Hospital...¿entienden?.
- Somos tontos, los Sapos somos tontos.- Entonó
patéticamente el coro.
Stannio pensó que los que se alimentan exclusivamente
de basura contaminada no pueden tener un coeficiente intelectual muy alto. Sabía
que los Sapos no eran peligrosos, salvo que fueran muchos y uno les llevara
la contraria. Las otras tribus solían masacrarlos.
- Los Sapos somos tontos, los Sapos somos tontos...
Stannio iba a decir algo cuando el Sapo Jefe se desplomó
al lado del coche.
- Me gustó...me gustó muchísimo...teloagradezco...avosya...Marco...seguro
que fue un buen tipo, un buenbuen tipo...¿eeeh? como yo...como yo, ¿no?...un
buenbuen tipo quequiso caminar un rato...¿eeeh?...¿tequedaste
sola?...¿eeeh?...esfeo estar solo...nomegusta eso...¿entendés?...¡¿entendés?!...¡¿eeeh?!...¡estuvo
bueno putamadre!...
Stannio hizo otra pausa para meterle un último
balazo al cadáver de Juanita. Luego continuó:
-...perrosputosdemierda...eeeh...esteee...por casualidad,
¿vosno tellamarás Elena?.
Llegó al hospital, con Elena en brazos, cinco
horas después del choque. Tenían las ropas destrozadas. Los Ecopibes
mataron a todos los Sapos y se divirtieron con ellos todo ese tiempo. Como tuvieron
la suerte de no ser considerados antiecologicos, Stannio y Elena fueron dejados
vivos, sangrantes pero vivos; mientras los Ecopibes seguían reciclando
por otro lado.
Recién entonces, Stannio pudo caminar la única
maldita cuadra que separaba al hospital del lugar del accidente. Esta en la
misma avenida. Al principio, no se había dado cuenta que estaba tan cerca,
pero después, incluso pudo contemplarlo largamente cuando tuvo que quedarse
echado boca abajo para que un Ecopibe le rastrillara la espalda con algo desconocido
pero muy cortante. A pesar del dolor, se esforzó en levantar la cabeza
y mirar al hospital. Ese enorme cubo grisáceo erguido en medio de una
manzana vacía. Los Ecopibes premiaron ese gesto de valor con risotadas
y alguna que otra patada a la cabeza.
Tardaron una hora, quizás más, en permitirles
entrar y eso bajo la exclusiva responsabilidad del Director del hospital, un
tipo especialmente sensible. Como no llevaban ninguna identificación,
no los atendieron hasta que, media hora después, llegó la información,
chequeada y vuelta a chequear, sobre sus nombres y estados crediticios. Cuando
todo estuvo a punto le dijeron...
- ...lo siento, señor Stannio...falleció...puede
pasar a verla si quiere...eh...señor...
“Elena está ...muerta...muerta...¡muerta!...”.
ahora estaba solo. Era lo único que podía pensar hasta que fue
saliendo del estupor para caer en cuenta que todo había sido por su culpa.
Porque sentía que su culpa, primordial, abarcaba la de todos los demás.
En el mismo hospital le comunicaron que había sido
desconectado de su trabajo por “evidenciar un comportamiento inadecuado cuando
consumía biosinteticos”.
Sin su sueldo y el de Elena tuvo que dejar la casa.
¿Alguien puede darle un trabajo al pobre Stannio?
“Señor Stannio, ¿escuchó hablar de
la Guardia Vecinal?”.
Creyó que sufriría más. Tenía
el vientre y los muslos empapados y sentía frío, mucho frío,
un frío cada vez más intenso; pero poco dolor. ¿Se había
roto la columna?.
Estaba acostado al lado de la mujer y todavía sin
saber su nombre.
Su último pensamiento antes de gatillar fue que
la muerte le tenía que doler. No tenía que ser una muerte piadosa.
Tenía que sufrir. Tenía que purgarse de toda la mierda que llevaba
dentro.
Por eso se disparó al ombligo. La bala lo atravesó
de arriba abajo y desgarró y rompió y reventó.
No hubo nada que disfrutar. Stannio no era masoquista.
No hubo nadie a quien decirle unas últimas palabras
que justificaran algo. Stannio tampoco era un buen orador.
Ni siquiera alguien a quien dedicarle un pensamiento,
o una nausea.
Con la muerte cesó el frío, el dolor y la
necesidad de dar explicaciones.
Lentamente, el charco de sangre negra se empezó
a cuajar.
(c) Jorge Oscar Rossi, 1996.
Me interesa tu opinión, si querés, mandame un email
|
Liter Area Fantástica (c) 2000-2007 Todos los derechos reservados
Webmaster: Jorge Oscar Rossi |
|