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TIMBUCTÚ
por Carlos Gardini
Voces.
Sam se babeaba en un rincón limpiándose los mocos con la manga. Su cabeza era
un agujero. El mundo era un borrón. Las imágenes del televisor encendido resbalaban
sobre la manga húmeda de la camisa.
Las voces sonaban en el agujero de su cabeza.
Timbuctú, cantaban las voces, y Sam regresaba mentalmente al barrio donde merodeaban
los veteranos de mil guerras psíquicas.
Timbuctú, el Paraíso del Paria: adictos vomitando en calles húmedas, hemorragias
de neón palpitando en paredes sucias, rosarios de botellas rotas en veredas
desparejas, la música esquizoide del neotango y el tronido de los juegos electrónicos.
Tronido, pensó Sam. Alguien le había explicado esa palabra, pero cuando
recordaba la explicación sentía una punzada de dolor, y prefería olvidarla.
Voces.
Predicadores borrachos, roqueros afónicos, aullido de lobos.
Lobos.
Tenía que volver a Timbuctú, y sabía que volvería.
Pero la próxima vez será distinto, juró entre dientes.
Apretó los puños, y notó que tenía un par de papeles ajados en la mano. Fotos.
Estaban tan arrugadas y estrujadas que sólo se veían las rajaduras blancas en
el papel y unos borrones rojos.
Oyó que alguien silbaba un tango en el corredor.
Olsanski. Nadie silbaba tangos como el polaco Olsanski. Su enemigo, y también
su mejor amigo. Esos tangos eran una promesa de vida, una promesa de muerte.
Olsanski abrió la puerta del cuarto sin ventanas.
-Hola, Sam.
Era el Olsanski de siempre, pelo rubio y desleído, entradas en la frente, ropa
barata y arrugada, corbata floja. En el bolsillo traía un ejemplar de su libro
favorito, Abandono del yo.
Olsanski se acercó al televisor, subió el volumen. Un canal internacional describía
un atentado en Kabul, Afganistán: Voz en off: La neurobomba que estalló en
el centro de la ciudad ha cobrado hasta ahora más de doscientas víctimas.
Imagen: una calle de Kabul, Afganistán, donde un hombre se arrancaba una lonja
de piel y la miraba como estudiando los cuadros de una película en una tira
de celuloide.
Corte a una playa de California, entrevista a un sujeto tostado y cincuentón,
Philip Philips II, presidente de Neurotronics Inc., fabricante de la línea de
neurobombas Psychoblaster.
Reportera: ¿Qué responsabilidad tiene su compañía en el uso de la neurobomba
en Kabul, Afganistán?
Philip Philips II: Ninguna, salvo la venta de un buen producto. Libre empresa,
de eso se trata. Ventas legítimas. Nunca tratamos con terroristas.
Y la letanía de los repudios oficiales -brutal atentado, lesa humanidad,
crimen contra la civilización- mientras doscientos zombis vagaban por las
calles de Kabul, Afganistán.
Olsanski cabeceó, se volvió hacia Sam.
-Tenemos trabajo, Sam.
Sam sintió alegría, exaltación, miedo.
Más voces. Las voces se intensificaron.
El mundo dejaría de ser un borrón, su cabeza dejaría de ser un agujero. Las
cosas tendrían perfiles claros y nítidos. Sam volvería a ser un lobo, aunque
tuviera que pagar su precio.
-Precio -dijo Sam.
Olsanski dudó un instante, asintió, le palmeó la espalda.
Pero esta vez será diferente, se repitió Sam.
-Tranquilo -aconsejó el polaco. Entrecerró los ojos, acariciando el libro que
llevaba en el bolsillo, y citó-: Una calma penetrante fluye del río de tu tranquilidad
interior.
Alguien golpeó la puerta.
-Adelante -dijo Olsanski.
Una agente de uniforme entró con una carpeta, se la entregó, le dijo algo al
oído. Olsanski asintió y respondió con un susurro. La agente sonrió y se fue
meneando las caderas. Olsanski la siguió con la mirada.
-Mejoran con el tiempo, ¿eh, Sam?
-Creí que estabas en la filosofía oriental, polaco.
-Estoy, estoy. Todo se une, todos los hilos se enhebran. Tenés una visión limitada
de las cosas. Demasiados apegos, Sam.
-Samuel -corrigió Sam.
Sabía que todos le decían Sam, Sami, nunca Samuel, pero esta vez las cosas serían
diferentes.
-Lo que digo, Sam. Demasiados apegos. A tus ideas y sentimientos.
-Yo tengo un solo apego, polaco.
-Gran verdad, Sam. Alguna vez te regalaré un ejemplar de este libro. Podría
cambiarte la vida.
-Un solo apego -repitió Sam.
El polaco Olsanski cabeceó, abrió una caja, sacó una pistola y un estuche.
-Un regalo de Navidad, Sam. ¿Sabías que es Navidad?
Sam asintió.
Su cabeza era un agujero, pero sabía que era Navidad porque en televisión anunciaban
continuamente películas para toda la familia. En las películas había arbolitos,
nieve, trineos, campanillas y gente feliz. Sam recordó a su familia y sintió
un retortijón en el vientre. Su familia celebraría Nochebuena y nadie se acordaría
de mencionarlo en el brindis. Navidad blanca, noche de paz. Para ellos estaba
muerto, y no creía que lo lamentaran. Jingle bells. Arrojó los recuerdos por
el agujero de su cabeza.
Navidad, y el polaco era Papá Noel.
Tendió la mano hacia el arma.
-Tranquilo, Sam. Con esto no se juega. ¿Sabés qué es esto, verdad?
-M-murdec -tartamudeó Sam.
El mundo era borroso, pero Sam había usado muchas veces una Murdec. Gran impacto,
gran alcance. No era un arma para disuadir, herir, incapacitar, sino para destrozar,
mutilar, matar. Ningún policía usaba ese arma oficialmente. Pero Sam no era
un policía, sólo un perro de policía. Esa era su desgracia. Se creía un lobo,
pero sólo era un perro.
Olsanski abrió el estuche, sacó un par de píldoras negras.
Le apoyó una mano afectuosa en el hombro.
-Te traje a tu novia, Sam.
Su novia. La Dama Negra.
-Mi novia -dijo Sam.
-¿Y adiviná qué? Te vas de luna de miel.
-A Timbuctú.
-Así es, hijo. A Timbuctú.
Sam sonrió. Las imágenes de Kabul, Afganistán, resbalaron sobre la baba que
le humedecía el mentón.
Las voces callaron.
Ahora cantaba la Dama Negra.
El mundo era nítido, los relieves brillantes, los perfiles contrastantes.
Su cabeza no era un agujero..
Sam recordaba perfectamente su historia, y sabía con exactitud lo que tenía
que hacer.
Ya no era un vegetal babeándose frente a un televisor, atrapado en un cuerpo
embotado y una telaraña de recuerdos confusos.
Los músculos le respondían con precisión, la sangre le martillaba eufóricamente
en las sienes, su cerebro era un chisporroteo de energía pura.
Era un lobo, un cazador.
Junto con la euforia, sentía el desgarrón. Vivo, y en carne viva.
Era un hijo de la Dama Negra, un traidor que para vivir debía matar a sus hermanos.
Olsanski le daba instrucciones, y Sam pensaba en el precio.
Pero sólo le importaba una cosa.
Regresaría a Timbuctú.
Por unos días se alejaría de su estúpido televisor, su estúpida baba y su estúpido
encierro.
Trató de recordar.
Para recordar, tenía que desdoblarse, verse en perspectiva, porque de lo contrario
el dolor era arrasador.
Se desdobló.
La Dama Negra era el viaje máximo, un Everest en medio de la chatura. Los imbéciles
que se pulverizaban el cerebro con coca, heroína o crack no tenían la menor
idea. La Dama Negra era el fármaco más caro que hubiera circulado por las calles,
y era para elegidos: no sólo los que podían pagarla, sino los que tenían el
coraje de abrazarla. Era una novia costosa, una madre araña.
Y sólo circulaba en Timbuctú, o en lugares como Timbuctú.
La Dama Negra tenía una etapa mística y una etapa depresiva. La etapa mística
era lucidez y hermandad. Los amantes de la Dama Negra reconocían fácilmente
a sus hermanos, por la mirada, los movimientos, los gestos. Sólo los demás,
los opas, podían confundirlos con gente normal. Pero cuando el organismo desechaba
la droga, empezaba la disgregación. Ojos vidriosos, reflejos lentos. La personalidad
se convertía en un hervor de fragmentos, una guerra civil de engramas, programaciones
y traumas. Recuerdos y jirones, ecos.
La mayoría no pasaban de la primera vez. Su abrazo con la Dama Negra los dejaba
tan aturdidos, tan desangrados, que volvían mansamente a la opacidad de los
opas, o terminaban en una guardia de hospital en el abúlico paraíso del coma
4. Para los que aguantaban, el mundo era un gran efecto especial.
Y después de la disgregación, regresabas lentamente al estúpido mundo de todos
los días. Si eras sensato, te quedabas con ese mundo y tenías una historia para
contarle a tus nietos. Pero si hubieras sido sensato, habrías empezado por no
coquetear con la Dama Negra. Era un amor loco, una apuesta perdedora. En el
mejor de los casos, necesitabas una fortuna para mantenerla.
Y siempre querías más lucidez, más hermandad, y recorrías las calles de Timbuctú
en un carro triunfal. La euforia era más corta, y la depresión más larga. Con
cada nueva ingesta, la hermandad se acentuaba, y también el hundimiento. El
hijo de la Dama Negra terminaba por odiar y despreciar a los que no pertenecían
a la familia, y sobre todo al opa supremo, el respetable que no conocía la vibración
de Timbuctú. Era su enemigo, y había que destruirlo.
El adicto se convertía en lobo, en cazador.
El cazador se internaba en la opacidad de Villa Opa buscando víctimas, víctimas
para morder, triturar, desollar, ofrendas para sus hermanos, para su madre y
su novia. La Dama Negra era una madre posesiva, una amante celosa. Al cabo de
tres o cuatro ingestas, no había boleto de vuelta. No había rehabilitación posible.
No había etapas intermedias. No había más normalidad. Con la Dama Negra en la
sangre, eras pura lucidez, pero cuando cesaba el efecto eras un vegetal que
miraba estúpidamente el mundo a través de una ventana opaca, como la víctima
de una neurobomba.
Era la etapa en que estaba Sam.
Sólo era posible encerrar al adicto, mantenerlo feliz con pequeñas dosis, aplacar
al monstruo. Los legisladores se las habían ingeniado para lograr que los adictos
fueran inimputables por sus crímenes. La única culpable era la Dama Negra. El
adicto era una víctima, y la sociedad le debía un tratamiento, sus pequeñas
dosis de felicidad. Esas pequeñas dosis sumaban toneladas de dinero. Tarde o
temprano, el adicto se moría de languidez en su encierro.
Sam se desdobló un poco más, recordó un poco más.
Dolor y exaltación.
Olor a noche y sangre.
Víctimas aullantes.
Sonrió.
El polaco.
Olsanski lo había visitado varias veces en su habitación de la clínica, con
su traje arrugado y su ejemplar de Abandono del yo y alguna dosis extra.
Le había ofrecido la posibilidad de vivir. Podría volver a la calle, abrazar
a la Dama. Pero había un precio.
Sería uno de sus operadores: de nuevo un cazador, pero ahora las víctimas serían
sus hermanos. Un modo práctico y humanitario, explicó Olsanski, de solucionar
un problema.
-¿De qué me hablás? -había dicho Sam. Siempre tuteaba a los policías, aunque
tuvieran más años que la prehistoria, como el polaco.
-Yo no te hablo de nada, hijo. Ni siquiera estoy aquí, ni siquiera te estoy
diciendo esto. La policía no mata adictos. La policía colabora para rehabilitarlos.
Pero hay gente descontenta con estos tratamientos, Sam. Son muy caros. Hay gente
que pagaría esa plata para hacerte matar, hijo.
-Hacerme matar -había dicho Sam-. No podés hacerme matar, imbécil.
-Claro que no, hijo. Pero no podés pasarte la vida entre cuatro paredes. En
esta clínica he visto chicos mejores que vos, más fuertes que vos, y nunca aguantan.
Se marchitan, Sam. Como repollos. Y te cuento un secreto. A la Dama Negra no
le gustan las clínicas del estado. A veces escasea, y el mundo se pone muy borroso
para los repollos.
En cambio, podía contribuir a solucionar el problema de un modo práctico y humanitario,
pagar su deuda con la sociedad.
-No tengo ninguna deuda con la sociedad. La ley dice que no tengo ninguna deuda
con la sociedad. La sociedad tiene una deuda conmigo. La sociedad me debe un
tratamiento.
-Eso dice la ley, Sam. Nadie conoce la ley mejor que un policía, y yo soy policía.
Pero hay padres desconsolados, como los padres de tus víctimas, que no opinan
lo mismo. Votantes, Sam. Y yo también soy padre. Aquí tengo fotos de esas chicas.
Así quedaron ellas después de tu tratamiento, hijo.
-Soy un lobo, un cazador.
-Exacto, Sam. Por eso serías un operador ideal.
-Cazar a mis hermanos.
Olsanski le había tocado la sien con el dedo.
-Pensás demasiado, hijo. Tomalo como un acto de caridad. Les ahorrarías sufrimientos.
Y volverías a Timbuctú. Aquí sos sólo una víctima.
El hijo de la Dama Negra nunca era una víctima.
Había dicho adiós a su familia, adiós a sus amigos. Mentalmente, desde luego,
porque nunca lo visitaban. Les habían contado un cuento y les habían entregado
un cadáver irreconocible que sin duda habían sepultado sin demasiadas lágrimas.
Ya no tenía familia, pero lo tenía a Olsanski. Entre otras cosas, había aceptado
por él. Olsanski era como un padre. Aunque era cana, y por definición un opaco
ciudadano de Villa Opa, el polaco comprendía a los lobos mejor que nadie. Olsanski
era el único que le llevaba regalos en Navidad y recordaba sus cumpleaños.
Ni siquiera él mismo recordaba sus cumpleaños.
Volvió al presente. Olsanski le estaba mostrando unas fotos.
Presas, víctimas.
Sam reconocía perfectamente los cortes, mordiscos y mutilaciones. Llevaban la
marca del lobo. Él recordaba perfectamente el modo en que había tratado a sus
presas, cuando era libre, cuando no tenía que matar a sus hermanos, cuando no
era un operador de Olsanski, cuando no tenía que ser un perro de policía para
disfrutar de unos preciosos minutos de vida. Recordaba el odio que sentían por
él los familiares de sus víctimas, opas clamando venganza en los noticieros
de la noche. Sentía un desprecio absoluto por esos opas.
-Con un objeto filoso -aclaró el polaco-. Tal vez un cuchillo de cocina.
-Sí -dijo Sam con orgullo-. Es la Dama Negra.
-Cuatro víctimas en una semana, Sam.
-Doscientas víctimas -dijo Sam, mirando el televisor.
Olsanski, desconcertado, miró hacia atrás y vio que seguían proyectando noticias
sobre Kabul, Afganistán. Se levantó y apagó el aparato.
-Cuatro víctimas, Sam. Hay lobos sueltos, y necesitamos tu ayuda.
Sam cabeceó. Le brillaban los ojos.
-Hace mucho que no la veo -dijo Sam.
-¿Qué, hijo?
-La Navidad en Timbuctú -dijo Sam, con genuina esperanza en el corazón.
Alegría y esperanza, como pregonaban en televisión todas las Navidades.
Jingle bells.
Libre.
Bajo el lechoso cielo de Timbuctú, un letrero de neón anunciaba FELIZ N*VID*D
con un resplandor epiléptico. Alguien que odiaba las A las había destrozado
a pedradas. Sam había conocido adictos que odiaban el signo menos, el número
cinco o las vocales con diéresis.
Aspiró el aire humoso, el sabor de la lucidez y la hermandad.
Podía haber cien barrios porteños, pero nada era comparable a Timbuctú, refugio
de prostitutas, proxenetas y predicadores, el Paraíso del Paria.
No era casual que los hermanos se reunieran en Timbuctú.
No sólo era el único sitio donde alguien se arriesgaría a traficar con una hembra
caliente como la Dama Negra. En Timbuctú la cana no existía. En Timbuctú los
policías sólo eran basureros que recogían los residuos muertos o comatosos de
ese País de la Fantasía.
Y Timbuctú creaba su propia adicción, a menos que fueras un opa irremisible.
Hacía rato que no existía el bar que había dado nombre al barrio. Sam pertenecía
a los viejos tiempos y recordaba el Timbuctú, un boliche con decoración seudoafricana
que había llevado la chispa de la vida a una zona urbana decrépita donde agonizaban
conventillos y bodegones. El dueño del Timbuctú había comprendido que ese lugar
improbable era el sitio ideal para los descastados, o los que ansiaban ser descastados
por unas horas, los que querían jugar al lumpen. Muchos habían imitado su idea
visionaria, y un competidor expeditivo lo había quitado del medio contratando
matones para que le incendiaran el bar y le rompieran la crisma. El dueño del
Timbuctú había entendido el mensaje y se había jubilado, conformándose melancólicamente
con ser un visionario anónimo.
Ahora había bares con decoración seudovienesa, seudopolinesia, seudochina y
hasta seudoporteña. Había un Nuevo Timbuctú, un Gran Timbuctú, un Anti-Timbuctú
y hasta un Tombuctú. Había clubes, discos, bares y lofts donde uno podía emborracharse,
fumarse, inyectarse. Por poca plata se conseguían mujeres y hombres. Por poca
plata se hacía matar a alguien. Por poca plata se obtenía alojamiento en conventillos
donde la guerra de los demás no era la guerra de uno.
En la esquina del Living Dead un predicador de los Testigos de Hollywood buscaba
afiliados para su culto, que combinaba ejercicios de contemplación de cine americano
con meditación Zen, drogas blandas con una dieta vegetariana.
-Dios ha muerto de SIDA -clamaba el predicador-, pero todavía nos quedan las
estrellas, las grandes stars. En el principio era el fin.
En el principio era THE END, proclamaba su remera.
Sam paladeó la vibración, la plenitud de sus sentidos. Recordaba perfectamente
sus rutinas.
Tenía contactos en Timbuctú. Iba bien provisto de dinero, y en Timbuctú hacía
falta dinero para pagar los vicios.
Contactos.
Recordó nombres, los lugares donde paraban. Esos contactos eran sus ojos y oídos.
Él no quería perderlos, y ellos no querían perderlo a él. Eran especialistas,
observadores, gente que sabía reconocer a los hermanos.
Entró en el Nuevo Timbuctú.
Máscaras africanas, palmeras, paredes pintadas para simular un desierto. Bailarinas
topless, pantallas de video, ritmo de neotango, último berrinche de la moda.
Se sentó a la barra, pidió una cerveza. Amaba ese ritmo barato, machacón. El
cazador despertaba, olfateaba, saboreaba la sangre de antemano. También saboreaba
de antemano el dolor. Para vivir tenía que matar a un hermano, pero esta vez
sería diferente.
No regresaría a ese cuartucho a vivir como un vegetal.
En el video pasaban un neowestern con música neosalsa, doblado a un neoespañol
descoyuntado. Mexicanos borrachos carajeaban con subtítulos en inglés.
Una mujer se le acercó, le susurró al oído. Sam ni la miró. No sabía si era
de las que cobraban o de las otras. No le importaba. Un hijo de la Dama Negra
era casto, no se contaminaba con sexo.
Impotente, decían algunos. Tal vez. Qué más daba lo que dijera un opa.
Siguió bebiendo su cerveza, escuchando el ritmo neosalsa de la película, mirando
a los mexicanos que discutían con un par de gringos en neoespañol doblado, sin
subtítulos.
La mujer se alejó. Sam aún sentía sus palabras picándole en la mente. No las
entendía. No las quería entender.
Miró en torno: un rubio de campera amarilla bebiendo un trago rosado, un morocho
de camiseta rosada bebiendo un trago amarillo, una pelirroja de minifalda verde
bebiendo un líquido azul. Amaba los colores, que en Timbuctú siempre se las
ingeniaban para combinar. No veía caras. Veía ojos, labios, orejas, contornos
hiperrealistas.
Aspiraba voces, olía sonidos.
Salió del Nuevo Timbuctú, entró en Pizza & Bombo, Missing, Neuroclub, Cybersex,
Mad Mothers, un boliche tras otro. No tenía apuro.
Timbuctú era su selva, y se tomaría todo el tiempo necesario para la cacería.
Si había lobos sueltos, como demostraban las fotos de Olsanski, volverían inevitablemente
a Timbuctú.
En la esquina del Living Dead el predicador de los Testigos de Hollywood seguía
buscando adeptos.
En el principio era el fin.
Encontró al Ángel en el Nuke Bar, un tugurio donde se pagaba por beber y jugar
juegos de video. Estaba jugando con una vieja versión de King Kong Lives!T.
En la pantalla, una versión digital del simio subía a la cima del edificio con
una versión digital de Fay Wray. Versiones digitales de los biplanos sobrevolaban
una versión digital de Nueva York.
-Tanto tiempo, Sami -dijo el Ángel, sin dejar de mover la palanca y apretar
botones-. Te extrañamos en el barrio.
Lo llamaban el Ángel por la pureza del polvo que consumía. Y para conseguir
polvo de los ángeles en el estado de blancura que él pretendía, el Ángel necesitaba
sólidas fuentes de ingresos. Sam era una de esas fuentes.
El Ángel tenía el pelo teñido de blanco, largo hasta los hombros. La última
vez que Sam lo había visto tenía la cabeza rapada. Se acercaba al último tramo
de su tercera década sin aparentar que hubiera dejado la segunda. Era morocho
y esmirriado. Había pertenecido a Derechos Gay, al Movimiento Evita Dignifica
y a una iglesia pentecostal. Ahora llevaba una remera de los Testigos de Hollywood.
-La última vez estabas con Supremacía Aria -comentó Sam.
-Eso ha quedado atrás, man. En esta vida hay que crecer.
En la pantalla Kong llegó a la cima del Empire State y dejó a Fay Wray a un
costado.
-Andás buscando algo, Sami. Lo huelo. Vos siempre andás buscando algo.
Sam le mostró las fotos de las víctimas.
-Sí -dijo el Ángel-. Está circulando una partida nueva. Creí que ya nadie consumía
esa basura, mejorando lo presente
-¿Qué has visto?
-Esta semana, con los Testigos, he visto King Kong como tres veces. En
tres versiones distintas. Tuve un satori tras otro, hasta agotarme.
-Satori.
-Sí, man. Es como orgasmo en japonés, pero de la mente, ¿entendés?
-No del todo.
-Vos siempre estás fuera, Sam. Estás fuera de todo.
-Hablame de las fotos, Ángel.
-¿Fotos? ¿Qué fotos, Sam? Ya no tengo nada que ver con nada. Soy ciego, sordo
y mudo. ¿Ves en qué ando ahora? -Soltó un botón, se tocó la remera: En el
principio era THE END. En la pantalla Kong dio un salto. El Ángel volvió
a mirar la pantalla. Apretó unos botones y Kong destruyó un biplano de un manotazo.
El score marcó 20 puntos-. Genial, ¿no? ¿Qué pensás de Kong?
-Gran corazón, poca cabeza -dijo Sam.
-Bien dicho, Sami, bien dicho.
-Las fotos, Ángel.
Kong derribó dos biplanos más. El score subió 40 puntos. El Ángel sacudió la
cabeza.
-La calle está muy dura.
Sam puso un billete junto al joystick. El Ángel lo miró de reojo y soltó un
silbido. Un biplano se acercaba disparando contra Fay Wray. El Ángel movió a
Kong para protegerla y el biplano ametralló al simio. Kong cayó con un rugido.
-El amor te perdió -dijo Sam.
La franja de color que indicaba vidas bajó de 4 a 3.
El Ángel tomó una de las fotos que le había dado Olsanski.
-Qué espectáculo, man. ¿Quién haría algo así? Esa cosa te achura el cerebro,
la Dama Negra.
-Contame algo -dijo Sam, poniendo otro billete.
-He visto a un lobo -dijo el Ángel, guardándose el billete-. Buscando a Caperucita.
Y veo que la encontró.
La pantalla mostró opciones: KONG CONTRA LOS DINOSAURIOS, KONG CONTRA LOS NATIVOS,
KONG TREPA AL EMPIRE STATE. Ángel eligió la primera. La pantalla mostró la versión
digital de Kong en la versión digital de una selva. Lo atacaba la versión digital
de un dinosaurio.
-¿Seguro?
-Inconfundible, man. Con ese brillo en los ojos. Qué boca tan grande, abuelita.
Vi una cara nueva y lo seguí. Nadie vuela como el Ángel.
El dinosaurio aplastó a Kong.
-Puta -dijo el Ángel-. No sé jugar bien a éste.
Las vidas bajaron de 3 a 2 y la pantalla pasó a opciones.
-Volvamos a New York City. ¿Qué decís, Sam? -dijo el Ángel, apretando el botón
de la tercera opción-. Sí, ese brillo en los ojos. Es como si estuvieran peleando
la Tercera Guerra Mundial en su cabeza. Pero eso es imposible, Sam, porque la
Tercera Guerra Mundial se está peleando en mi cabeza. O tal vez sea la Cuarta.
Kong volvía a trepar el edificio.
-Justo en el centro de mi cabeza, Sam -dijo el Ángel-. Oigo aullidos, silbidos
y tronidos. ¿Sabes qué es un tronido, Sam?
-¿Qué es un tronido, Ángel?
-Un tronido es un trono y un berrido, Sam. Es el gran padre hidrógeno abrazando
el mundo. En el principio fue el hidrógeno, Sam, y en el final será el hidrógeno.
En el principio será el fin. El planeta va a rodar, y va a hacer carambola en
toda la galaxia. Una gran cosmobola, Sam. Todo eso en mi cabeza, Sam. ¿Te das
cuenta lo difícil que es?
-Me doy cuenta.
-No, no te das cuenta. Pero es difícil, por eso necesito toda esa blancura.
Eso me da paz. Como en esa canción.
El Ángel se puso a patear el piso rítmicamente, moviendo la imagen de Kong al
compás.
-Paz a los combatientes que sufren por sus tronidos... -canturreó-. ¿Escuchaste
esa canción?
Sam sacudió la cabeza.
-¿No la escuchaste, Sam? Siempre estás fuera. ¿Ves que siempre estás fuera?
Hacete de los Testigos, Sam. Ves el mundo en otra perspectiva.
Kong llegó a la cima del edificio, arrancó un pedazo de torre y lo tiró contra
un biplano. El biplano se estrelló contra otro, y éste contra otro. La pantalla
marcó 60 puntos y un premio de 40.
-¿Viste eso, Sam?
-Hablame del lobo. ¿Dónde vive?
-¿Dónde vive? No te oigo, Sam. Estoy sordo.
Un biplano ametralló a Kong. La pantalla soltó tres rugidos y bajó de 2 vidas
a 1.
-¿Ves? Me distrajiste, Sam.
Sam puso otro billete junto a la pantalla. El Ángel se lo guardó en el bolsillo
y se quedó mirando las opciones.
-En la calle Tres Pozos hay un edificio nuevo, Sam. Nuevo significa que tiene
quinientos años, pero estaba abandonado y lo refaccionaron. ¿Lo conocés? No,
no lo conocés, porque siempre estás fuera de todo. Pero ahí vive tu hombre.
-¿Tres Pozos a qué altura?
-No jodas, Sam. No soy la guía Peuser. No recuerdo ni mi altura, no voy a recordar
la de la calle. ¿Cómo vas a recordar alturas con una guerra en tu cabeza? Después
te acerco, te señalo y vos hacés la tuya. -Miró las opciones-. Puta, no sé cuál
elegir.
-¿No jugás a KONG CONTRA LOS NATIVOS?
-Morite, Sam. Esos nativos son unos boludos. Volvamos a New York City.
El Ángel le dio una palmada en el hombro.
-No rompas más, Sam. Esperame en la esquina del Mad Mothers, dentro de una hora.
Yo te guío.
Si Sam era un perro de policía, el Ángel era el perro del perro.
-No hace falta, si no querés correr riesgos. Podés indicarme.
-Hay muchas cosas nuevas en el barrio, Sami. Te perderías, y yo me perdería
la diversión.
-Una hora.
-Una hora, Sam. Dejame en paz. No me gusta malgastar las fichas.
-Aprovechala bien -dijo Sam-. Es la última vida que te queda.
Dejó al Ángel y se alejó en medio de los silbidos, estampidos y chirridos de
los juegos, el tufo a alcohol, marihuana y tabaco.
En una pantalla proyectaban el último comercial de Coca-Cola, filmado durante
un viaje de la segunda serie Voyager. El satélite había arrojado boyas con el
logo de la compañía y había filmado la caída. El comercial combinaba imágenes
de Júpiter, Saturno y Plutón. Tocaban un jingle en inglés, y una leyenda en
castellano decía: Llevamos la frescura a los confines del universo.
Una rubia se le acercó para ofrecerle un viaje a Venus.
-Pasando por todos los planetas -le dijo, acariciándole la cara.
Tenía uñas esculpidas de cinco centímetros de largo, imitando el lustre del
acero.
Sam la apartó de un golpe y salió a la calle.
El viento fresco y húmedo lo despejó. Metió la mano bajo el abrigo y tocó la
culata del arma. Recitó mecánicamente, mientras caminaba en el aire sucio, una
frase del libro de Olsanski.
-La persona fuerte avanza osadamente al encuentro de las circunstancias peligrosas,
y su espíritu encuentra el sosiego.
Fue como si la frase le activara el cerebro. La rubia. Apenas le había mirado
la cara, pero conocía esa voz. Era la misma rubia del Nuevo Timbuctú. La mirada
que Sam había visto de reojo era de ojos brillantes, una mirada lobuna. Y las
palabras que ella le había dicho en el otro bar le llegaban como bramidos de
altoparlante, y ya no podía negarse a entenderlas. La rubia lo había seguido,
pero el viaje que le había ofrecido no era lo que él creía. Era una casta amante
de la Dama Negra, y para ella el sexo no era un gusto. A lo sumo era una transacción,
un atajo para llegar a la Dama.
Se acercó porque me reconoció, pensó. Olió al lobo, a su igual. Y yo no la reconocí
porque me distraje.
No, no es que me distraje. Es que soy cada vez más perro, cada vez menos lobo.
Volvió al Nuke Bar. La buscó en el gentío. Estaba en un rincón, abrazada a un
tipo. Preliminares de un viaje a Venus.
Sam se repitió frases favoritas del libro de autoayuda de Olsanski mientras
pedía una copa. Miró hacia el fondo del salón. El Ángel seguía jugando a King
Kong, abrazado a un amigo.
La rubia y su amigo salieron del Nuke Bar. Sam los siguió a cierta distancia.
Se metieron en uno de los muchos callejones solitarios de Timbuctú. El tipo
miró un par de veces hacia atrás. Sam se tapó la cara con la solapa del abrigo.
El tipo dio media vuelta y sacó una navaja.
-No me gustan los mirones. ¿Por qué no tomás por otra calle?
La rubia se acercó al tipo y lo abrazó sensualmente por detrás, acariciándole
el cuello con las uñas esculpidas, confirmando sus derechos de propiedad. Él
sonrió halagado.
-Tranquila, baby, yo me hago cargo -dijo el tipo.
Sam comprendió que esas uñas no eran esculpidas. Eran uñas de acero enganchadas
a los dedos. El tipo ya era cadáver, y se enteraría en un par de segundos.
La rubia le lamía la oreja con la lengua, y el tipo sonreía satisfecho, sin
saber que esa calentura era el celo de la cacería, la loba al acecho. El opa
sonreía, jugando con la navaja. Sam podía salvarlo, dispararle a la rubia, pero
no tenía la menor intención. Lo habían obligado a ser perro de policía, no boy
scout. No hacía buenas acciones. No guiaba a los cieguitos, no ayudaba a las
ancianas a cruzar la calle, no salvaba opas que jugaban con navajas. La sonrisa
del opa se convirtió en mueca cuando la caricia de la rubia se convirtió en
cinco tajos rasgándole el gaznate. Las uñas se hundieron. La sangre bañó el
pecho del idiota como un telón. La rubia lo soltó, lo dejó caer en los adoquines.
Le sonrió a Sam. Se besó la mano ensangrentada mientras el opa boqueaba espasmódicamente,
escupiendo saliva roja.
Los dos clavaron los ojos en el moribundo. No había sexo entre lobos, pero esto
era lo más parecido.
Cuando le vio desenfundar la Murdec, la rubia aún sonreía.
Sam disparó. Las balas destrozaron pechos, hombros, vientre, pero la rubia seguía
en pie. Su propia sangre le salpicaba la cara, esquirlas de su propia carne
bailaban ante ella, pero se mantenía en pie sin dejar de sonreír.
-Llevamos la frescura a los confines del universo -dijo, y se desplomó con un
ruido blando
Sam se acercó a los dos cadáveres.
Lagrimeó. Lloró por la loba muerta. Recitó palabras que alguna vez le había
citado Olsanski:
-Nada termina nunca. Todo es infinito. Por eso el yo, con su finitud, es una
falsedad.
Sí, pensó, alguna vez le pediría al polaco un ejemplar de ese libro. También
pensó, recordó, que esta vez sería distinto. Terminaría la cacería, pero esta
vez el final sería distinto.
La calle Tres Pozos, un agujero negro en el centro de Timbuctú. Un edificio
maloliente. Paredes descascaradas, pintarrajeadas con aerosol. Un pasillo con
luz aguachenta, lámparas amarillas. Un tubo fluorescente pestañeando en el fondo.
En un piso de arriba, música, un clásico de la Edad Media, "Satisfaction", Rolling
Stones.
Sam se despidió del Ángel, atravesó el pasillo, se acercó a una puerta entreabierta
que decía portería. Un tronido en su cabeza. I can get no satisfaction.
Bajo la luz vibrante de un televisor donde proyectaban imágenes de Kabul, Afganistán,
un camastro donde dos hombres se revolcaban y se besuqueaban. Uno de ellos lo
vio, se levantó, se acercó a la puerta. Tenía un tatuaje con dibujos del Tarot
en el pecho.
-¿Tu mami no te enseñó a llamar?
-Toc toc -dijo Sam.
-Toc toc te voy a hacer en la cara, chistoso.
Sam desenfundó la Murdec y se la apoyó en la frente.
-No seas facho, no saqués armas -tartamudeó Tarot-. Aquí está todo en paz. ¿Querés
que te eche las cartas?
-Busco a un hombre -dijo Sam.
-Quién no.
El que estaba adentro masculló algo.
-¿Querés que te lo presente? -dijo Tarot-. Es tuyo, macho, pero sacame esa cosa
de la cara.
-No cualquier hombre. Gordo, ojos grandes, mirada brillosa, remeras chillonas
-recitó Sam, recordando la descripción del Ángel.
-Aquí hay muchos gordos.
Sam lo miró a los ojos, amartilló la Murdec.
-Tercero A -dijo Tarot-. Y no me calienta. Igual es un antipático. Pero no me
menciones.
Sam bajó el arma.
-¿Hay ascensor?
-Allá lo tenés.
-¿Funciona?
-No jodas. ¿Te creés que es el Sheraton?
Tres pisos, al trote. Más pintadas con aerosol, "Satisfaction" a todo volumen,
olor a orina y vómito en los rellanos, latas de cerveza vacías, una ventana
mugrienta y rota. Viento, el resplandor canceroso de Timbuctú.
En el tercero A, Sam apoyó la oreja en la puerta. No oyó nada. Movió el picaporte.
Sin llave. Los lobos despreciaban las llaves, los cerrojos y las trabas. La
protección era cosa de opas. Abrió y entró. Un ambiente, kitchenette, baño.
Mugre y mal olor. Una pocilga típica de Timbuctú, con precios cinco estrellas
que los inquilinos pagaban con gusto para ser anónimos un par de noches. Una
ventana cerrada, atascada. Televisor encendido, volumen bajo. Luces apagadas.
Registró cada rincón. El inquilino no estaba en casa.
Sam abrió la heladera. Una hamburguesa a medio comer, un par de gaseosas, roña.
En el armario, un par de botellas de whisky. Para no tentarse, vació las dos
botellas en la pileta. Tal vez tuviera que esperar mucho tiempo y quisiera servirse
un trago. El whisky y la Dama Negra no se llevaban bien si querías buenos reflejos
y buena puntería.
Esperó frente al televisor. Pasaban un video musical. Cambió de canal.
Un ejecutivo de Neurotronics, comentando el boom de ventas de la línea Psychoblaster:
Crearemos más puestos de trabajo en nuestras subsidiarias de todo el mundo.
Kabul es el comienzo de una nueva era.
Corte comercial. Llevamos la frescura a los confines del universo.
Pensó en la rubia. La mezcla de dolor, autodesprecio y excitación era un caldo
espeso en su sangre. Vivo, en carne viva. Un lobo, pero un gusano, ni siquiera
un perro.
Miró la Murdec, la guardó, puteó a Olsanski.
Abrieron la puerta, prendieron la luz. El gordo. Remera chillona, ojos vidriosos.
El último tramo de su etapa mística. Miró a Sam de arriba abajo, olisqueó el
aire, desnudó los dientes. Sonrisa de lobo.
-Bienvenido -dijo, un hermano saludando a un hermano, lobos en la niebla.
Sam respondió con un cabeceo.
-Podés quedarte -dijo el gordo-. Hay mala onda en Timbuctú.
Tal vez se refería a la muerte de la rubia.
Puso una píldora negra en la mesita.
-Es mi última, pero podemos compartir. Vendí todo por esa basura, pero somos
hermanos.
Sam lo examinó, y supo que todo significaba todo. Ese hombre había
vendido todo lo que tenía, coche y casa, cuerpo y alma. El cuerpo sería lo que
más lamentaba, siendo un casto hijo de la Dama Negra. Era el último eslabón
en una larga cadena de intermediarios donde los peces gordos no querían conocer
a los adictos ni en foto. Sabían muy bien lo que vendían, y preferían perder
ganancias a vérselas con un lobo malhumorado. Tal vez meses atrás el gordo hubiera
sido un respetable padre de familia. Joder, hasta podía ser gerente de la subsidiaria
local de Neurotronics. En tal caso, se había perdido el boom de ventas.
Había dejado la opacidad de Villa Opa. Deseaba compartir.
Sam no quería prolongar la conversación. Le traía malos recuerdos. La época
en que era un lobo en libertad, no un perro alquilado.
Arrojó un par de fotos en la mesa, y al instante recordó que siempre hacía lo
mismo. Un ritual. Le gustaba confirmar la culpabilidad de sus presas. Era un
perro de policía, un traidor, pero no quería ser injusto. Hasta en eso se le
notaba que estaba domesticado, que era medio boy scout a pesar de todo. Un lobo
no pensaba en la justicia.
Quién te nombró juez, se preguntó, y recordó que también se hacía siempre esa
pregunta.
El gordo miró las fotos.
-Mi obra, hermano. Gran cacería.
El gordo caminó hasta el armario.
Ultimo tramo, reacciones lentas, pero Sam sabía que podía estallar en cualquier
momento. Miró la píldora negra. Si aceptaba la mitad de esa píldora, sería como
tomar la comunión. Podía tomar esa comunión, volver a la hermandad. Y a la semana
ir a parar a la clínica, que lo entregaría a Olsanski. O ser perseguido por
otro operador, otro perro domesticado. En cualquier caso, víctima, presa en
vez de cazador. No, tenía que liquidarlo pronto, pero no podía desenfundar el
arma. No podía quitarse a la rubia de la cabeza, la rubia con su sonrisa y su
entrega, la rubia que lo había invitado a ver su cacería.
El gordo abrió el armario, descubrió que el whisky no estaba, vio las dos botellas
vacías junto a la pileta.
Estalló.
-Me tiraste el whisky, hijo de puta.
Largo momento de reflexión, entrecejo fruncido como si estuviera descubriendo
la relatividad.
-¿Y de dónde sacaste esas fotos?
Sam desenfundó. Ahora el gordo era un manojo de nervios. Manoteó un cuchillo
de la cocina. Un cuchillo como los que usaba con sus presas.
Sam sintió el torrente de adrenalina, una llamarada en nervios, venas, tendones.
Pateó la mesa, la píldora negra rodó por el suelo, se perdió en un rincón.
-Tranquilo -dijo. Empezó a recitar una de las frases favoritas de Olsanski.
La serenidad del hombre superior.
El gordo sonrió como había sonreído la rubia. La sonrisa de la Dama Negra. Se
le acercó un paso, cuchillo en mano. Soltó el cuchillo. Sam lo siguió con la
mirada: la hoja rebotando en el mosaico, el golpe seco del mango de madera.
Sentía la hermandad a flor de piel. No habría próxima vez, se prometió. Dejaría
que Olsanski hiciera su propio trabajo sucio.
Mientras él miraba el cuchillo, el gordo le pateó la muñeca, el vientre. Sam
rodó en el piso, disparó a ciegas, cerrando los ojos de dolor. Le dio a la lámpara,
la alacena, el cielo raso. Una lluvia de yeso le cayó en la cara. Abrió los
ojos, vio la puerta abierta.
El gordo había huido.
Salió al pasillo, oyó voces y protestas entreverándose con "Satisfaction". Un
vecino en camiseta lo miró por la puerta entornada y la cerró. No era su guerra,
como decían en Timbuctú.
Sam apuró el paso al ritmo de "Satisfaction". ¿Por qué se había quedado mirando
el cuchillo? Mala conciencia.
Llegó abajo. Tarot estaba en la puerta, apoyado contra el marco.
-Cuando quieras te echo las cartas, buen mozo -le gritó.
Sam salió a Tres Pozos, notó que había oscurecido. Vio una figura en las sombras.
Un sujeto corpulento, o dos sujetos.
Dos sujetos. Uno de ellos era el Ángel, y colgaba del brazo del gordo.
-Hola -dijo el gordo-. Rezá una oración por este idiota.
El Ángel, desnucado. Definitivamente fuera de todo, sin más vidas en el score.
Los ojos del gordo brillaron en la oscuridad. Aun en medio de la persecución,
una ofrenda, un eco de hermandad.
El gordo le tiró encima el cuerpo del Ángel, echó a correr.
Sam trastabilló, cayó al suelo. Torpe, duro, paralítico. Mala conciencia, se
repitió. Miró la cara floja del Ángel, la remera. En el principio era THE
END. El mundo en otra perspectiva. El Ángel no volaría más, pero eso no
le molestaba. Había muchos ángeles en Timbuctú, mucha gente que quería vender
al prójimo para comprar un vicio. Los informantes iban y venían.
Se levantó, gritó.
No, aulló.
Comprendió que lo vivido hasta ahora no era nada. Ni siquiera lo que había vivido
cuando era un lobo libre era nada. La persecución de un hermano era el gran
tobogán, la aceleración suprema. El cóctel de culpa, peligro y muerte era insuperable.
Era mejor matar con remordimiento.
Era mejor matar a los mejores.
La Dama Negra tenía mejor sabor para los perros domesticados. El polaco era
un padre.
Echó a correr detrás del gordo.
Disparó varias veces, no acertó.
Tropezó con gente. Los estampidos habían ahuyentado a muchos, pero otros formaban
grupos para aplaudirlo.
Las piernas no le respondían. Se mordió el dedo hasta hacerlo sangrar. El dolor
lo despertó. Siguió corriendo, empujando a los curiosos. No oía los gritos.
Sólo el rugido de su sangre, el tronido de "Satisfaction" en la cabeza.
El gordo llegó a la boca del subte, bajó la escalera.
Sam empujó gente y lo siguió.
Un torrente de fuego le hervía en el vientre, la espalda, la cabeza. Era como
revolcarse con diez Damas Negras.
Resbaló en un charco, rodó en el mosaico liso. En el andén, un músico tocaba
melodías del altiplano con un charango. El gordo lo empujó. El músico cayó al
suelo, el charango resbaló, patinó por el andén. Un tren entraba en la estación.
Las ruedas despedazaron el charango, una nota discordante entre los chirridos
del tren. El músico estaba dopado; seguía moviendo las manos como si rasgueara
las cuerdas.
Sam saltó sobre los molinetes, corrió.
El gordo iba hacia la otra punta del andén, buscando una salida.
Había poca gente, opas de traje y corbata, empleados de banco, secretarias que
trabajaban en los límites de Timbuctú. Los opas gritaban alborotados.
El gordo subió una escalera, comprendió que había cometido un error. Arriba
la puerta estaba cerrada a esa hora. Era un blanco perfecto. Sin dejar de subir,
miró hacia atrás y vio que Sam le apuntaba. Fue lo último que vio.
Sam disparó al centro de la espalda, disfrutando de cada chasquido del arma,
cada estampido, cada patada de la Murdec en los brazos, disfrutando de la mirada
de asombro o pánico del gordo. Una gran cosmobola de sensaciones.
Una, dos, tres flores rojas humedecieron la remera chillona. El gordo siguió
subiendo un par de escalones, sin dejar de mirarlo. Se desplomó sin dejar de
mover las piernas. La sangre formó un charco que bajó por la escalera confundiéndose
con el agua sucia acumulada por la lluvia. El cuerpo rodó escalera abajo, cayó
a los pies de Sam.
Sam se distendió, aflojó el cuerpo.
Satori, orgasmo mental.
Sam miró hacia atrás. El tren había arrancado, llevándose a los opas del andén.
El músico seguía tirado en el piso, rasgueando cuerdas imaginarias. Los opas
del andén de enfrente chillaban y gritaban, ecos lejanos. Tenía que irse. La
estación de subte estaba en Timbuctú, pero no pertenecía estrictamente al Paraíso
del Paria. Podía aparecer un cana idiota que no supiera nada sobre los operadores.
Si lo pescaban, si un periodista lo filmaba para el noticiero de las ocho, Olsanski
no se haría cargo.
Estaba deshecho, muerto, reventado. Lobo y gusano. Vivo, y en carne viva. Esclavo
y dueño del mundo. Daría cualquier cosa por repetir la experiencia.
Recordó otra frase del libro de Olsanski. La tensión se alivia; es preciso atar
los cabos sueltos cuanto antes.
Salió del subte, se mezcló con un enjambre de Testigos de Hollywood que entonaba
un himno de paz.
Un lobo mezclándose con los corderos.
Lucidez y hermandad.
Después caminó de bar en bar, gastando los billetes que le quedaban, y al final
entró en Pizza & Bombo 2, una versión más opa y refinada de la original, en
el linde de Timbuctú. Pizza & Bombo era la creadora de la Pizza Maryjane. En
la versión 2, se llamaba María Juana y no se servía con el condimento original,
sino con pimientos picantes. Era muy popular entre la clientela, chicos respetables
que acababan de ver un respetable espectáculo off-Corrientes y se creían pura
transgresión, que hablaban de política como si fueran terroristas y de literatura
como si fueran poetas, pero que después volvían a casa y tomaban la sopa con
papá y mamá. Ninguno de ellos se marchitaría como un repollo entre cuatro paredes,
ninguno sería reemplazado por un cadáver irreconocible.
Sam comió cinco pizzas en cinco horas, hambre de lobo. Se emborrachó con cerveza
y ginebra.
No podía cumplir con su promesa. No podía despedirse de Timbuctú. Ya anhelaba
la próxima dosis, la próxima cacería. Se había engañado, y sabía que volvería
a engañarse. Era un final, pero también un principio. El principio de la espera.
El vegetal mirando televisión hasta que apareciera otro lobo suelto.
Una cara conocida entró en el bar, se le acercó, pidió una porción de pizza
con cerveza.
-Buen trabajo -dijo Olsanski.
En el principio era el fin, pensó Sam.
-Hijo de puta -dijo. Apoyó la mano en la culata de la Murdec-. Te debería reventar
aquí mismo.
-Tranquilo, hijo. -El polaco apoyó la mano en su libro-. La persona superior
conserva la calma en la tormenta, comprende la naturaleza de las cosas y no
se deja abatir por las circunstancias.
-Hijo de puta -repitió Sam.
Olsanski se puso a silbar "Cuesta abajo", terminó la pizza y la cerveza.
Sam rompió a llorar. Olsanski le apoyó una mano en el hombro, miró el televisor
de la pizzería. El noticiero internacional seguía con el rollo de la neurobomba
que había estallado en Kabul, Afganistán. Repetían la escena donde un zombi
con turbante se arrancaba una lonja de piel y la miraba como estudiando una
tira de celuloide.
Reportera: ¿Cómo se siente al ver el efecto?
Philip Philips II: Imagínese cómo me siento. Mi padre, el fundador de Neurotronics,
siempre juró que yo no llegaría a nada en esta compañía. Y aquí hablamos de
más de doscientas víctimas. Un éxito. Sólo lamento que él no esté vivo para
verlo.
Reportera: ¿Alguna palabra para los afectados?
Philip Philips II: En nombre de Neurotronics, feliz Navidad para todo el
mundo.
Sam bajó la mirada, del televisor a la mesa. Olsanski apoyaba la mano en un
par de fotos.
Sam miró las fotos de soslayo. Vio algo blanco, algo negro. Piel, cabello. Borrones
rojos. En Timbuctú los colores siempre se las ingeniaban para armonizar.
-Tus propias víctimas, hijo. Tus propias presas. Siempre te consuelan en este
momento difícil.
Sam cabeceó. Estrujó las fotos y se las apoyó en el pecho.
-Gracias, polaco.
-Feliz Navidad, hijo -dijo Olsanski.
Sam lo miró con ojos llorosos. Ya sentía el colapso. La Dama Negra lo abandonaba.
Era una amante celosa, pero casquivana.
-Tranquilo, hijo -dijo Olsanski, levantándose-, tranquilo. Ya podemos volver
a casa.
Le apoyó una mano en el hombro y lo guió paternalmente hacia la puerta. Sam
se miró en un espejo. Ojos vidriosos, vacíos.
Quiso aullar, pero sólo le salió un gemido lastimero.
Caminó hacia el coche con el polaco.
Pronto oiría las voces, y ya sabía la primera palabra que dirían.
(c) Carlos Gardini, 1995
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