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LA ERA DE ACUARIO

 

(Segunda Parte)

(vamos a la primera parte)

por Carlos Gardini

Desperté en una cama. estaba en un cuarto sin ventanas, de paredes blancas. La luz me hería los ojos.
-Hola -dijo una voz risueña-. Tanto gusto. Soy el doctor Gotnov. -Era un hombre con cara de huevo.
-Quién soy yo -pregunté.
-David Sikorsky -dijo el doctor Gotnov-. Buena foja de servicios. ¿Cómo se siente?
-¿Cómo debería sentirme?
-Bien. Debería sentirse bien. Ninguna lesión, sólo contusiones menores. Es usted un hombre de suerte.
-¿Por estar vivo?
-Por estar entero. Estar vivo no es tanta suerte. Soy neocristiano. Soy de los que piensan que todos somos carroña. Crucificamos al Salvador. Este mundo es una cloaca.
-¿Este mundo? ¿Acuario?
-Este mundo, los otros mundos, el mundo en general. Cuando yo era joven no era tan complicado. El salto estelar ha cambiado las cosas. Pero no creo que el mundo en general haya cambiado tanto.
-El mundo no es como antes. Eso dicen todos.
-El mundo está aquí, Sikorsky. -Se tocó la cabeza.
-Mi cabeza -dije-. Me siento mareado. ¿Me han dado drogas o algo así?
-Algo así. Para facilitar la transición, digamos. Todo un shock, ¿verdad? Me refiero a su experiencia.
-¿Mi experiencia? ¿Olga? Estaba muerta pero estaba viva.
El doctor Gotnov se sentó en una silla junto a la cama. Sonrió. Miró unas planillas.
-Olga Montrel, sí. Encontramos la medalla de identificación en su ropa.
-Estaba muerta pero estaba viva.
-Como Jesús -dijo la cara de huevo-. Estaba muerto pero estaba vivo. Lo crucificamos pero resucitó.
-Lo lamento -dije-. No soy cristiano.
-Yo tampoco. Soy neocristiano. Somos carroña, pero eso es al margen. Estoy aquí para brindar mis servicios profesionales. Para explorar el mundo de su cabeza.
-Mi cabeza -dije. Me incorporé en la cama. Me dolía el cerebro. Mi cráneo era una pecera y mi cerebro flotante chocaba contra las paredes de vidrio.
El doctor Gotnov se levantó, caminó hacia una pared y se paró frente a ella como si mirara por una ventana.
-Cuénteme, Sikorsky -dijo.
-¿Que le cuente qué?
-Del mundo de su cabeza.
-Mi cabeza estalla -dije. Volví a recostarme.
-Le doy una ayuda -dijo el doctor. Se volvió a sentar en la silla. Sacó una foto del bolsillo-. ¿Recuerda esto?
-La foto de Olga -dije-. La foto de alguien a quien ella estimaba. No, en realidad no era nadie. Olga me dio esta foto antes de morir.
-Antes de morir. Pero usted dijo que estaba viva.
-Estaba muerta pero estaba viva.
-Interesante -dijo el doctor Gotnov-. Creo que por ahora lo dejaré descansar. Pero lo voy a visitar pronto.
-¿Dónde estoy?
-Buena pregunta, Sikorsky. Yo también me la hago a menudo.
Sin dejar de sonreír, salió y cerró la puerta.
-Los soldados no se enamoran -dije en voz alta.
El doctor Gotnov acababa de entrar de nuevo. Me miró desconcertado un instante.
-No crea -dijo al fin-. Todos tienen sus debilidades. Si necesita algo, apriete ese botón blanco. -La cara de huevo se despidió con una sonrisa servicial.
No quería dormir, pero me venció el sueño. El mundo de mi cabeza giraba, tal vez siguiendo a Acuario alrededor del sol blanco. Los soldados no sueñan, pero soñé con un olor a carne quemada. Los shingos me habían arrancado vísceras y tendones. Olga se contorsionaba en las llamas como Juana de Arco en la hoguera. Estaba muerta pero estaba viva. Yo arrastraba hacia ella mi cuerpo mutilado, tratando de no ver mi propia sangre. Ella me daba una foto de mí hecha pedazos. Lumdara, susurraba. Yo abrazaba su cuerpo ardiente. Desperté temblando de fiebre. Apreté el botón blanco.
Un hombre alto y desgarbado en delantal abrió la puerta.
-Hermoso día, ¿verdad? -dijo, señalando el cuarto sin ventanas como si estuviéramos al aire libre.
-Dios mío -dije yo.
-No -dijo el hombre-. Soy sólo el asistente del doctor Gotnov. -Sonreía igual que el doctor. Tal vez sonreír era parte de su trabajo de asistente.
-Estaba muerta pero estaba viva -murmuré.
-Yo también creo en la resurrección -dijo el asistente-. Soy neocristiano.
El doctor Gotnov cumplió su promesa de visitarme pronto. Le conté una y otra vez lo que había pasado en la selva. Él me pedía detalles, tomaba notas, grababa las conversaciones. Cuando pude levantarme, empezó a atenderme en su consultorio. Me explicó que estaba en el hospital de la base. El doctor Gotnov exploraba el mundo, o mi cabeza, o ambas cosas, que tal vez eran lo mismo. Yo pasaba horas conectado a cables, a máquinas que trazaban gráficos con las ondas de mi cerebro, los latidos de mi corazón, el sonido de mis palabras. Me inyectaban, me drogaban, me interrogaban. Estaba muerta pero estaba viva, respondía yo. Después el hombre alto y desgarbado me acompañaba hasta mi cuarto.
-Hermoso día, ¿verdad? -comentaba a veces, mirando las paredes.
Pregunté si podía leer libros para matar el tiempo. Me trajo un par de novelas baratas. En una de ellas un personaje viajaba a Tahití. Pensé en palmeras y mujeres. Los soldados no sueñan, pero en mis sueños las palmeras se convertían en árboles carnosos y las mujeres en Olga. Después todo se convertía en llamas y en polvo. Un día el hombre alto y desgarbado me despertó de mis sueños para mostrarme un bolso.
-Hermoso día, ¿verdad? -dijo.
En el bolso estaban todas mis pertenencias, incluida la foto en blanco y negro.
-Le dan el alta -dijo el asistente-. Vea al doctor Gotnov en su consultorio.
-Esperaba este momento -murmuré.
-¿Por qué? -dijo el asistente-. ¿No le gustaron los libros?
Me presenté en el consultorio del doctor Gotnov media hora más tarde, uniformado, afeitado, el bolso al hombro. Me sentía despejado y alerta. Por primera vez me fijé en los cuadros que adornaban las paredes del consultorio. Parecían fotos aéreas de Nueva Sumatra. El doctor me siguió la mirada.
-Bonitas, ¿verdad? Uno las mira y cree ver a Dios. A quien crucificamos, dicho sea de paso.
-¿Estoy libre? -pregunté.
-Siempre estuvo libre -dijo el doctor-. O nunca Todo depende de usted. -Se señaló la cabeza con una sonrisa.
-¿Adónde voy ahora?
-Buena pregunta -dijo el doctor-. Otros sólo preguntan de dónde vienen. -Sacó unos papeles del escritorio y me los puso en la mano-. Estos folletos explican los principios neocristianos. Queremos ganar adeptos. Acuario necesitará una nueva religión, ¿no le parece? Lea eso, Sikorsky. Le hará bien a su salud espiritual. Que no es muy buena, créame. Ha sido un gusto. Mi asistente lo acompañará.
El asistente me acompañó hasta la salida del hospital. De pronto tuve miedo de irme. Había pasado días o siglos encerrado allí, y ahora sólo me esperaba un mundo sin Olga. Afuera el sol de Acuario brillaba como un disco de plata en un cielo claro y sin nubes, pero el asistente no hizo ningún comentario sobre el día. Me costó acostumbrarme a los colores y los ruidos. Un guardia de seguridad me esperaba en la puerta. Se me acercó y me pidió que lo siguiera hasta un vehículo militar. Yo aún aferraba en la mano los folletos de la iglesia neocristiana. Oí a lo lejos el rugido de los bombarderos que despegaban de la pista. El guardia era negro y me acordé de Am-Bó.
-Lumdara -murmuré, y solté una carcajada histérica.
El guardia me preguntó si me habían gustado las enfermeras.
-No había enfermeras -dije.
-Creí que a los pilotos les daban lo mejor -dijo el guardia.
-Hay cosas mejores que las enfermeras -respondí con desgano.
-¿Te gustan los hombres? -preguntó el guardia.
El vehículo tomó por una calle que conducía a una zona de la base reservada para personal autorizado. Nos detuvimos frente a un edificio chato y cuadrado donde entraba y salía personal civil y militar. Todos tenían cara de estar cumpliendo una Misión. El guardia entró conmigo, habló con un oficial y luego con una recepcionista. La recepcionista me miró de reojo mientras conversaba con el guardia. Habló por un teléfono, señaló un ascensor. El guardia me hizo una seña. Tomamos el ascensor, bajamos a un subsuelo, salimos a un pasillo, caminamos hasta una oficina. En la puerta de la oficina un letrero decía MAYOR D'ISTORROR. El guardia golpeó la puerta. La puerta se abrió. Una voz afeminada pidió al guardia que se retirara. Entré y la puerta se cerró a mis espaldas.
-Adelante -dijo la voz afeminada.
En la penumbra rojiza distinguí poco a poco a un hombre calvo y rechoncho. El hombre se levantó y extendió el brazo.
-Mayor D'Istórror -dijo.
No supe si cuadrarme o darle la mano.
-Sin formalidades, Sikorsky -dijo la voz afeminada. Le di la mano. La suya era carnosa y blanda-. Supongo que está confundido.
No supe qué responder.
-Siempre están confundidos -dijo el mayor D'Istórror.
Se desplomó en un sillón. Me invitó a sentarme. Ahora yo veía los detalles con mayor claridad. Había cuadros en las paredes. Eran parecidos a los que había en el consultorio del doctor Gotnov.
-El doctor Gotnov es un gran profesional -dijo el mayor-. Ha estado usted en buenas manos. -Echó una ojeada a los papeles que yo aún aferraba en un puño-. Y el neocristianismo es una religión interesante.
Plegué los folletos casi con vergüenza. Me los guardé en el bolsillo. Murmuré que quizá me tomara un tiempo para estudiarlos.
-Tal vez le ofrezcamos algo mejor que eso -dijo el mayor D'Istórror-. Ante todo, le debemos algunas explicaciones. Usted entenderá que estas cosas llevan su tiempo.
-Entiendo -dije sin entender.
-Y un hombre como usted, acostumbrado a la acción, no quiere estar encerrado en un hospital. A mí tampoco me gusta la inactividad. Créame, no me hallo aquí, detrás de un escritorio. Recuerdo la guerra del 53. Entonces estaba detrás de un panel. El mundo no es como antes. ¿Sabe cuánto tiempo estuvo encerrado, Sikorsky?
Sacudí la cabeza.
-No, nunca saben -dijo el mayor D'Istórror. Tomó un papel del escritorio-. Un par de semanas. Lo derribaron hace quince días, con la soldado Olga Montrel. Por sus informes, entiendo que ella murió en acción.
-Eso creo.
-Eso cree. Buena respuesta. Bien, como pronto verá, sus días de encierro han sido muy productivos, Sikorsky. -Se acarició la calva y se echó a reír-. ¿No es gracioso? Su apellido, digo. -Pensé que habría sido el apellido de un payaso. Imaginé a una familia de Sikorskys maquillados de blanco, la boca pintarrajeada, haciendo cabriolas en el ruedo de un circo. Un público de D'Istórrors festejaba en las gradas.
-Relájese -dijo el mayor-. Estamos en confianza. ¿Sabe por qué me río de su apellido? Hace un siglo era el nombre de una empresa que fabricaba helicópteros.
Le estudié la cara. Sacudí la cabeza.
-Ni siquiera sabía que un siglo atrás había helicópteros -dije al fin-. Pensaba que era un invento reciente.
-Pocas cosas son recientes, Sikorsky -dijo el mayor, y añadió incongruentemente-: El mundo no es como antes. La guerra del 53 alteró muchas cosas. Usted no había nacido, ¿verdad? -Miró una carpeta con mi nombre impreso en la tapa. No, no había nacido. Bien, es un hombre de suerte. Llegó justo a tiempo. -Calló un instante, como si reflexionara sobre la puntualidad de los hombres de suerte. Pensé que había llegado justo a tiempo para desencontrarme con Olga. Yo vivía y ella estaba muerta. Estaba muerta pero estaba viva. El mayor continuó-: Somos una civilización de retazos. Ahora, gracias al salto estelar, traemos algunos retazos a Acuario. Curioso mundo, Acuario. Antes todos pensábamos que la Tierra era muy original.
-Nada es original -dije.
-Exacto. Ni siquiera esa frase. La historia confirma que nada es original. ¿Le interesa la historia, Sikorsky? -Rió de nuevo-. Disculpe, no sé por qué me causa tanta gracia. -En mi imaginación el público de D'Istórrors aplaudía a rabiar a los payasos Sikorsky. Tal vez ese público ni siquiera había pagado la entrada del espectáculo. -El espectáculo de la historia está lleno de sorpresas, sin embargo -dijo el mayor con repentina seriedad-. No es tan malo, por ser gratuito.
Se levantó del sillón, se paseó por la penumbra rojiza.
-Bien, creo que a todos nos vendría bien un trago -dijo, como si hubiera una multitud, tal vez la multitud que representaba el espectáculo de la historia. Abrió un gabinete, sacó una botella y un par de vasos, los llenó, me ofreció uno. Dudé en aceptarlo-. Acepte, soldado -dijo el mayor-. ¿Cuál fue la última vez que bebió algo? ¿La noche en que murió su amigo?
-¿Am-Bó?
-Am-Bó. Gran foja de servicios. Lástima que arruinara su carrera con un final tan melodramático. Brindo por él, de todos modos. -Empinó el trago, me miró de reojo-. No se sorprenda si sé tanto de usted. Está todo aquí. -Señaló la carpeta con mi nombre con aire divertido. La carpeta era parte del espectáculo de la historia.
-No me sorprendo -dije.
-Es usted un hombre de suerte -insistió el mayor-. Llegó justo a tiempo.
-Siempre respeto los horarios.
-¿Horarios? -Me miró desconcertado. Enarcó las cejas-. Esto no es broma -rezongó. Observó pensativamente el cielo raso y exclamó con aire triunfal-: Sikorsky, estamos en el umbral de una nueva era. -Llenó los vasos otra vez-. Brindemos por eso.
El vaso me tembló en la mano. El mayor rió nuevamente. Pensé en mi circo imaginario. Los payasos habían dejado de actuar, pero el público de D'Istórrors aún festejaba.
-No se ponga así -dijo el mayor con un chillido histérico-. Esta vez no me río de su apellido. Hay cosas más graciosas que su apellido. -Señaló la carpeta con mi nombre impreso en la tapa: el espectáculo de la historia-. Según estos informes, usted no vio shingos en la selva.
-No -dije, desorientado por el cambio de tema. Tal vez no era un cambio. El espectáculo de la historia estaba lleno de sorpresas.
-¿Se preguntó por qué? -dijo el mayor.
-Supuse que se habrían replegado hacia el interior de la isla.
-Supuso mal, Sikorsky. El porqué es más sencillo. No los vio porque no se puede ver lo que no existe. Los enanos amarillos son una fábula auspiciada por nuestra oficina de propaganda.
Miré alrededor, inquieto. Me sentía enjaulado. Estaba confundido y furioso. Me temblaba el cuerpo. La imagen de Olga como Juana de Arco en la hoguera me bailaba en la mente. Sin saber por qué, estudié la cabeza calva del mayor D'Istórror.
-Calma, soldado -dijo el mayor-. Usted está armado y yo no. ¿De qué tiene miedo?
Tenía miedo de muchas cosas. El mundo estaba en mi cabeza, y giraba frenéticamente. No era un mundo sino varios, y eran mundos en colisión. Me levanté de la silla.
-Espero que sea una broma -protesté. El mayor no me dejó hablar.
-Una fábula, Sikorsky. Y usted es un hombre de suerte.
Me miró la cara y se pasó la lengua por los labios.
-Le brillan los ojos -dijo-. Me gusta ese brillo.
Se me acercó, acarició la funda de mi pistola y me acarició la barbilla. Apestaba a alcohol. Era obvio que esos dos tragos no habían sido los únicos del día. Tenía dominio escénico. Sabía que yo quería pegarle, y que mi respeto por la disciplina no lo protegería. También sabía que mi curiosidad me impediría interrumpirlo. Gozaba de ese momento como un actor en su gran finale. Pensé actor y pensé en la foto de Olga. Dios mío, murmuré.
-Dios mío -dije en voz alta.
-Gracias por el cumplido -dijo el mayor-, pero yo sólo obedezco órdenes. Siéntese -agregó, tocándome el pecho con el índice. Yo había dejado de temblar. No tenía fuerzas. Caí en la silla como un peso muerto.
El mayor se sentó en el sillón detrás del escritorio. Se sirvió otro trago. Impostó la voz afeminada para brindar al mundo la gran revelación. En ese momento yo era el mundo.
-En este momento usted es el mundo -dijo-. Me refiero al mundo que estamos creando. Usted es la palabra revelada.
Señaló la carpeta con mi nombre impreso en la tapa. Parodió un gesto de unción religiosa. Se puso de pie y recorrió la oficina mirando las fotos enmarcadas que colgaban de las paredes. Me pregunté si al mirarlas él también creía ver a Dios, como el doctor Gotnov.
-Gran profesional, el doctor Gotnov -dijo el mayor-. Pero el neocristianismo es una tontería. El mundo necesita otra clase de religión. Si usted me escucha bien, tal vez se ahorre la lectura de esos folletos Hablemos de historia, Sikorsky. Me apasiona la historia. Esta historia empezó hace cientos de millones de años.
Abarcó los cientos de millones de años con un ademán histriónico y los saludó con un generoso trago.
-No hay shingos, Sikorsky, pero hay algo más interesante. Hemos estudiado atentamente la selva de Nueva Sumatra a través de fotos, películas, muestras de laboratorio, informes. -Señaló la carpeta con mi nombre, la palabra revelada-. Todo condice. La conclusión es compleja, pero se la diré en términos simples. La selva no es sólo una selva. Toda ella es un organismo, un híbrido donde lo vegetal y lo animal se han fusionado generando una compleja inteligencia colectiva. Al parecer, hace cientos de millones de años era una jungla con individuos diferenciados. Siguió un curioso camino evolutivo: la absorción y asimilación de cada individuo en una entidad múltiple que ha integrado las cualidades de sus componentes en un nivel superior. -Sonrió. Parecía orgulloso de la frase-. Un prodigio de armonía natural. ¿No admira la naturaleza, Sikorsky?
Pensé estúpidamente en palmeras y mujeres.
-Tahití -dije.
-¿Tahití? -repitió el mayor con una mueca de disgusto. No estaba dispuesto a permitir que arruinaran el momento supremo de su actuación.
-Armonía natural -repetí mecánicamente.
-Correcto -dijo el mayor-. Nuestra presencia alteró esa armonía. Las fotos tomadas por los primeros colonos nos hicieron creer que en efecto había tribus de humanoides. Con el tiempo, las muestras de laboratorio nos aclararon que los presuntos humanoides eran réplicas aberrantes de los colonos muertos o desaparecidos.
-¿Réplicas? ¿Como los árboles con forma de Olga?
-Así es. Que en cierto modo son Olga. Observamos cómo nuestras muestras absorbían, asimilaban e imitaban a otros seres vivos, cómo reaccionaban ante las agresiones. La selva repite en gran escala los patrones de conducta de las muestras. Su capacidad para asimilar y utilizar la nueva información es asombrosa. Antes de nuestra llegada, era como un bosque apacible. Ahora ataca y se defiende con mayor precisión que un sistema electrónico. Ha creado proyectiles, se reproduce con creciente rapidez, su astucia es cada vez mayor. Ha incorporado un saludable ingrediente de agresividad humana.
Calló un instante, disfrutando de mi desconcierto. Se desplomó en el sillón. Se llenó el vaso.
-Y no pueden destruirla -dije.
-Ya no queremos destruirla, al contrario. Perdimos interés en destruirla cuando descubrimos qué era. Aprovechamos los rumores y las fotos para insistir en la historia de los shingos. No queremos que la Comisión Ambiental ni otros organismos interfieran más de lo conveniente. Muy pocas personas saben lo que ocurre aquí.
-Creo que no entiendo -dije.
-Nunca entienden-dijo el mayor.
-¿Por qué me cuenta esto? Yo no soy nadie.
-Al contrario, Sikorsky, no sea modesto. Usted es alguien, y muy importante. La selva no lo atacó. No sabemos por qué. Quizá fue la influencia de Olga Montrel. Lo cierto es que usted logró escapar, algo que muy pocos consiguen. ¿Se da cuenta?
Eso quería. Darme cuenta. Me daba cuenta de que en poco tiempo había perdido a los seres que más quería. También a los que más odiaba. El mundo se había vaciado de golpe. Mi cabeza se había vaciado de golpe.
-Olga Montrel -dije-. Estaba muerta pero estaba viva.
-En efecto. Ese híbrido lo combina todo. Es una gran planta, un gran animal, un gran cerebro. Su potencial es infinito. Un arma invencible.
-Armonía natural -murmuré.
-Al cuerno la armonía natural. Alteramos la armonía para afinarle la inteligencia. Se la afinamos mediante el dolor. La torturamos para perfeccionarla. La azuzamos, la enfurecemos. Esa es la única función de esta guerra.
-¿Y nuestros muertos?
-Grandes héroes. Sirven a una gran causa.
-Están creando un monstruo -dije.
-Estamos creando a Dios -dijo el Mayor.
-Un Dios maligno.
-Un Dios celoso -rió el mayor, contoneando el cuerpo rechoncho. Pestañeó, se rascó la calva. No parecía uno de los creadores de Dios, sólo un militar estúpido y borracho.
Recordé la selva palpitante, la imagen de Olga como Juana de Arco en la hoguera.
-No podrán dominarlo -dije.
-Veremos. Hay maneras. Por eso necesitamos también gente como usted. Sobrevivientes. Una raza fuerte para un Dios fuerte. -Cada vez que decía Dios eructaba, o escupía, o ambas cosas.
-¿Cómo puede estar tan seguro? -pregunté.
-No lo estoy. Aprendemos sobre la marcha. Jugamos a los dados con el universo. Claro que es peligroso, pero también es divertido.
-Una raza fuerte -murmuré-. Seres sin sentimientos.
-Así es. Después del 53, muchos comprendimos que los sentimientos son un obstáculo para la supervivencia. El mundo no es como antes.
-Un Dios celoso -dije estólidamente.
-El primer Dios verdadero en el espectáculo de la historia -eructó el mayor.
Mi imagen del circo se desvanecía. Los payasos se habían retirado. El público también. Sólo quedaba una carcajada flotando en el aire. La carcajada sonaba como un eructo.
-Lumdara -dije.
El mayor me miró inquisitivamente, un destello de ebriedad en los ojos.
-Lumdara -repetí-. Fue la palabra que usó Am-Bó. Significa Dios, o algo parecido. Él lo presentía, por eso no aguantó más.
-Lo presentía, ¿eh? Sí. Am-Bó era muy intuitivo. Brindo por él. Pudo haber sido uno de los héroes de la era de Acuario. Como ve, los sentimientos son un obstáculo. Es usted un hombre de suerte, Sikorsky. -Al pronunciar mi apellido se echó a reír-. Una época termina y otra empieza. La Tierra es un basura, pero en Acuario estamos creando a Dios.
Repitió la última frase varias veces. La voz le resbalaba, cada vez más aflautada e histérica.
-Olga está allí -dije.
-¿Montrel? Sí, y creemos que será una buena influencia sobre nuestra criatura.
Recordé a Olga hablándome en sueños. Tal vez no había sido un sueño.
-Los soldados no sueñan -exclamé.
-No crea -dijo el mayor, guiñándome el ojo-. Todos tienen sus debilidades.
-Suponga que no colaboro con ustedes.
El mayor D'Istórror se encogió de hombros.
-Sikorsky, todos somos desechables. Ya le he dicho, yo sólo obedezco órdenes. -Y añadió reflexivamente-: ¿Qué remedio nos queda, después de todo? Alguien o algo ordenó que fuera calvo. -Se tocó la cabeza-. Y lo soy. No depende de mí. Todos obedecemos, excepto Dios -eructó-. Aunque tal vez ahora también remediemos eso.
Le miré la calva. Me miré las manos. Estudié las arrugas de mis nudillos, la curvatura de mis uñas, el entrelazamiento de mis venas: una historia de cientos de millones de años.
-Alguien o algo -dije- ordenó que yo tuviera dos manos, y que tuviera cinco dedos en cada mano y una uña en cada dedo. Y obedezco.
-Exacto -dijo el mayor-. Todos obedecemos.
-Pero nada ni nadie puede haber ordenado que usted sea tan hijo de puta -añadí.
-Supongo que se requiere un talento especial -sonrió el mayor-. No se aflija. Usted también aprenderá, si se esmera.
-Esa selva es un milagro-dije.
-En efecto, y lo perfeccionaremos. Ese milagro será el arma definitiva.
-Dios mío.
-Bien dicho, Sikorsky. Veo que empezamos a entendernos.
Me eché hacia atrás en la silla. Me serví un trago. Recordé a Am-Bó muerto en el baño. Eran demasiadas revelaciones de golpe. Desde luego nadie me las creería si las contaba.
-No tengo escapatoria, ¿verdad?
El mayor se apoyó la mano en la cadera y ladeó la cabeza.
-¿Qué es esto, Sikorsky? ¿Una crisis de conciencia? Creí que usted era un mercenario.
-Sólo quería ir a Tahití -dije. Moví la cabeza con resignación. Extrañaba los viejos tiempos, cuando el mundo y yo éramos más sencillos.
-El mundo no es sencillo -suspiró el mayor-. Usted lo ha dicho, no tiene escapatoria. A menos que se esconda en Nueva Sumatra -rió-. Y no creo que sea su idea del paraíso.
-Usted sabe de historia -dije-. Cuénteme quién era Juana de Arco. Por qué la quemaron.
Al mayor le temblaron los labios. Meneó la cabeza.
-Es usted raro, Sikorsky -dijo al fin-. Pero le tengo mucha fe. ¿Brindamos de nuevo?
-Por su fe en mí.
-Bien dicho. Felicitaciones, vuelve al servicio activo. Pero ya no hará más misiones de alto riesgo. Quizá lo necesitemos para cosas más importantes.
Me guiñó el ojo y le devolví el guiño. Noté que yo también estaba borracho. No era sólo el alcohol. En poco tiempo había pasado de ser un paria a un elegido.
-Hasta pronto, Sikorsky -dijo el mayor-. Volveremos a vernos. Y quizá podamos hablar de Juana de Arco.
Brindamos por la era de Acuario. El mayor soltó un eructo que tal vez era una invocación. Cuando salí al pasillo, el guardia negro me esperaba para acompañarme hasta el vehículo. Me olió el aliento y sonrió. Me preguntó qué tal era la bebida y yo moví la cabeza aprobatoriamente.
-Yo sabía que a los pilotos les daban lo mejor -dijo el guardia.


En el pueblo nada había cambiado mucho en quince días, y era agradable estar de vuelta en un mundo conocido. Bajo las luces vibrantes, gente de todas las razas trataba de reducir la cuota de desesperación que le había tocado en suerte. Una muchacha de pelo rojo se me acercó en la calle.
-¿Por qué no damos la vuelta al mundo, soldado? -preguntó.
-El mundo está en mi cabeza -dije.
-¿Te parece? Tal vez un poco más abajo -me dijo, tocándome la entrepierna.
Le miré el pelo rojo. Parecía una llamarada.
-Ojalá fueras Juana -le dije.
-Puedo llamarme Juana, si te gusta.
-Juana en la hoguera -murmuré tocándole el pelo.
-Juana donde quieras. Todo depende del precio.
Retiré la mano. Retrocedí.
-Lo lamento -dije-. No es eso lo que buscaba. -Eché a andar calle abajo.
-¿Y qué buscabas? -rezongó la muchacha-. ¿El amor de tu vida?
Caminé hasta Mundos En Colisión y los genitales de neón me saludaron con espasmos eléctricos. Entré, pedí un trago y me puse a mirar las imágenes del mural de video. Máquinas chirriantes pistoneaban en la pantalla, alternando con escenas de sexo violento. Todo se movía al ritmo compulsivo de la música. Los mundos en colisión de mi cabeza bailaban al son de una voz que repetía «Tahití, Tahití, Tahití». A la tercera copa descubrí que esa voz era la mía. Alguien se sentó a mi mesa.
-Hola, rudo -saludó el alguien-. Tanto tiempo sin verte. Oí que tu amigo se curó el dolor de muelas.
Miré al querubín con desgano. Lo dejé hablar.
-Dejó los sesos desparramados en el baño -continuó-. No tenía muchos, ¿verdad?
Saqué un fajo de billetes del bolsillo. Era el dinero de mi última paga. Por alguna razón no soportaba tenerlo encima. El querubín miró los billetes con codicia.
-¿Qué nos pasa, rudo? ¿Esta noche queremos volar?
Envolví los billetes en los folletos neocristianos del doctor Gotnov.
-Esta noche queremos hacer algo por tu salud espiritual -respondí-. Que no es muy buena.
-Está a punto de mejorar -dijo el querubín, relamiéndose los labios. Tomó los billetes y echó una ojeada a los folletos-. ¿Qué se te ofrece? Por este fajo te puedo enseñar la historia del mundo.
-No me interesa la historia -dije-. Me basta con que te vayas y leas esas cosas. No te aburras demasiado.
El querubín miró los folletos con incredulidad.
-Te adoro, rudo -dijo, levantándose de la mesa-. Me parece que en el futuro creeré en Dios.
-Muchos creerán -dije.
Salí a caminar. Estaba mareado y las luces me herían los ojos. Entré en un callejón oscuro y vomité contra la pared. Alguien me insultó desde las sombras.
-Lumdara -repliqué, y recibí más insultos.
Tambaleándome, fui hasta la parada y tomé el ómnibus de regreso a la base. Por la ventanilla se veía Nueva Sumatra en llamas brillando en el horizonte.
-Buen espectáculo -comentó mi compañero de asiento.
-No es tan malo por ser gratuito -respondí.
Cuando llegué a la barraca, me tumbé en el catre y revisé rutinariamente mi equipo. Tomé el chaleco salvavidas y me imaginé arrastrado por el oleaje hasta una isla de palmeras y mujeres. Esa isla estaba a siete años-luz, pero en Acuario la corriente podía arrastrar a un hombre hasta Nueva Sumatra en menos de un día. Me adormilé. Soñé con Olga Montrel, que estaba muerta pero estaba viva. Olga era un enano amarillo con ojos llenos de piedad. Gemía, porque el fuego derretía esos ojos. Se retorcía en la hoguera extendiéndome brazos que eran ramas.
-No dejes que te conviertan en monstruo -dijo mi voz en el sueño.
-Un paraíso o un infierno -dijo la voz de Olga.
Desperté sobresaltado, jadeando febrilmente.
-Fue sólo un sueño -murmuré. Y agregué en voz alta-: Los soldados no sueñan.
-No jodas -dijo alguien en la penumbra-. Los soldados tienen que dormir.
Me puse el chaleco salvavidas y me levanté del catre. Salí de la barraca, aturdido. Escuché atentamente el rugido de los bombarderos que despegaban en la noche. Sentí un desgarrón. El desgarrón era la ausencia de Olga y la presencia de un dios celoso. Recordé al mayor D'Istórror diciendo que tenía mucha fe en mí y decidí que con el tiempo eso podría ser literal. Yo también jugaría a los dados con el universo. Había llegado justo a tiempo. Estaba muerto pero podía estar vivo.
Caminé por la pista. Sentía en la carne la mordedura de algo parecido al fuego. Nadie me vio cuando me acerqué a la baranda y me arrojé al mar. El agua tibia me envolvió maternalmente, aplacando esa sensación quemante. Flotando en el oleaje, miré con placidez el cielo borroso. Lumdara, murmuré. Allá entre las estrellas, en un grano de polvo ahora invisible, había una isla con palmeras y mujeres, pero Olga era más, mucho más que mi confidente y copiloto. Apreté con fuerza la foto en blanco y negro que ella me había dado. La corriente me arrastraba despacio hacia Nueva Sumatra. La hoguera cubría el horizonte y el mar resplandecía como fuego líquido. Creí oír de nuevo ese gemido animal, que poco a poco se convirtió en un susurro invitante.

(c) Carlos Gardini

 

 

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