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ALEGATO FINAL DE LA ACUSACION,
EN EL JUICIO CONTRA EL CIUDADANO ROBESPIERRE
Nota del traductor - Como es sabido, Robespierre murió ejecutado sin un juicio
formal, lo que no era inusual en aquella época. Sin embargo, un eminente jurista
de París, que por lo visto acariciaba la idea de representar a la acusación
en el hipotético juicio contra el tirano, redactó unas notas para su alegato
final. Por desgracia, su nombre no ha llegado hasta nosotros, aunque sí sus
notas. Esta es la traducción de las mismas, que se publican exclusivamente por
su innegable valor histórico.
"Ciudadano juez, ciudadanos y ciudadanas: es éste (voici)
un gran día, una ocasión histórica. Todos nosotros, que tuvimos la vergüenza
de vivir los sombríos días en que la sinrazón gobernaba a Francia, disfrazada
de virtud, tenemos ahora el privilegio de restituir a la patria su grandeza
y su honor. Porque el acusado que comparece ante vosotros no es un criminal
común, ni siquiera un tirano común. Difícilmente habrá otro hombre más odiado
en Francia, alguien más insultado. Pero los insultos no son un juicio, ya que
son hijos de la pasión y no del raciocinio.
"No, no hay que ceder a los insultos. Nuestro deber es examinar, considerar,
evaluar, fundamentar y llegar a una conclusión que satisfaga, no a nuestros
instintos, sino a la Justicia. Debemos ser incorruptibles ante aquel que hizo
de la integridad el más horrendo de los vicios, racionales con aquel que pervirtió
a la Razón, humanos ante aquel a quien la Humanidad aprendió a temer.
"No, realmente no se trata de un tirano común. Los tiranos suelen aprovecharse
de sus súbditos, robarles el dinero o las mujeres, y beneficiarse de su posición
para satisfacer sus ansias. No es éste el caso. Ni la ambición material ni la
lujuria movían al acusado; al contrario, es sabido que despreciaba sinceramente
esas inclinaciones. Su obsesión era otra; con fría determinación, con una fuerza
que ningún capricho puede tener, sometió, ejecutó, condenó, coartó a toda Francia
en nombre de un ideal. Insensible a las debilidades, tanto ajenas como propias,
su sueño era eliminar la escoria, la cobardía y el egoísmo del alma de cada
francés y de cada francesa. No, realmente no fué un tirano común, sino mucho
peor. Porque al codicioso se le puede comprar con dinero, y al lascivo se le
complace con mujerzuelas. Pero al que busca la perfección no se le puede comprar,
y nada en el mundo podrá complacerlo.
"Vedlo ahí, tranquilo, frío, impasible. No lo arredra este fortísimo lugar en
el que el pueblo se reúne para hacer justicia. Seguro de su pureza e incorruptible,
cree estar por encima de las leyes, de la justicia, de la piedad. Al verlo,
sin poder reprimir un escalofrío, se siente uno tentado de calificarlo de loco,
de inhumano. Pero ello no debe conducirnos a engaño. No le ha abandonado la
razón, aunque la haya convertido en instrumento de martirio. No, el ciudadano
Robespierre piensa, razona, deduce y argumenta. Y tampoco debemos pensar que
sea inhumano. Si así fuera, no sería responsable. Y debe serlo; no se pueden
dejar impunes sus innumerables crímenes. La sangre de miles de víctimas, la
solidaridad burlada, la virtud pervertida, el patriotismo prostituído, claman
venganza. Y con ser graves todas estas acusaciones, hay una mucho peor, una
que define la raíz del mal, la causa de tantas iniquidades. El ciudadano Robespierre
cometió un crimen del que todos los demás no son sino consecuencias.
Su naturaleza y sus inclinaciones lo indujeron a cometerlo, pero eso no lo exculpa.
Su crimen fué fruto de una decisión libre y responsable. Tal vez no supo al
principio dónde lo llevaría; pero en algún momento debió ver hasta dónde había
llegado. Y en vez de arrepentirse y rectificar, continuó, con ciega determinación.
El ciudadano Robespierre era, es honesto. Es virtuoso, y consecuente, e incorruptible.
Posee determinación e integridad, cree en un rígido sistema de valores y se
aferra a él de forma inamovible. Por eso es tan peligroso, porque es fácil condenar
a alguien por sus defectos, pero resulta enormemente difícil hacerlo por sus
virtudes. Y si las virtudes están al servicio de una causa perversa, se convierten
en un arma incontenible.
El ciudadano Robespierre creía en Francia; y creía que era la causa suprema,
el ideal al que todo debía sacrificarse, y esa creencia era correcta. Se entregó
a esa causa en cuerpo y alma, y jamás la traicionó, y esa conducta fué correcta.
Pensaba que todo aquel que ama más a su esposa, o a su marido, que a Francia,
traicionaba a ésta. Y jamás aceptó un soborno, ni se dejó llevar por la vanidad,
ni intentó torcer las leyes, y todo ello no merecería más que elogios. Pero
cometió una falta, cayó en un error, tomó un camino equivocado. Tan claras eran
sus ideas y tan firmes sus convicciones, que creyó que todo el mundo debía seguirlas.
Su conciencia inflexible y su conducta intachable debían ser las de toda Francia.
De lo particular pasó a lo general, y quiso imponer su ética austera a los demás.
Si algo le parecía mal, a todos debía parecerles mal, y debían evitarlo, condenarlo,
destruirlo. No había ya sitio para el egoísmo, porque él no lo sentía. No había
ocasión para la piedad, porque no era más que una debilidad, un obstáculo que
apartaba del ideal. Su virtud, aguda como una espada, fué la hoja de la guillotina
que decapitó una y otra vez, hasta que el Sena se volvió rojo y las tejedoras
(tricoteuses) dejaron caer sus agujas y sus ovillos.
Las consecuencias son conocidas. Todo el país fué barrido por un viento helado
y ascético. El terror de la Inquisición se convirtió en una broma infantil,
porque los franceses llegaron a tener miedo de su propio corazón. No se podía
decir, no se podía pensar, no se podía querer. Una conciencia implacable fiscalizaba
la vida de todos, condenando todo lo que se apartase del servicio a un ideal
tan descarnado y espiritual, que se hacía inaprensible. Sentirse vivo era sentir
remordimiento, y hasta respirar era un delito, porque la vida de un solo francés
era menos importante que Francia. Y el latido del país era el redoble de los
tambores y el chirrido de la hoja de la guillotina al caer.
¿A qué seguir? Robespierre es responsable de innumerables ejecuciones que sólo
podemos calificar de asesinatos, es ejecutor de una montaña de ultrajes a la
libertad de los cuidadanos. Y todas esas atrocidades se vió obligado a cometerlas
por coherencia con sus ideas; se vió forzado a ser consecuente con sus creencias.
Pero, por encima de todo, Robespierre es culpable. Es culpable de un crimen
que, tal como sabemos ahora, es horrendo. La historia, las consecuencias que
tuvo su crimen nos han alertado de la atroz amenaza que se esconde bajo su apariencia
inofensiva.
Robespierre olvidó que la conciencia debe ceñirse a los estrechos márgenes de
la conducta individual. Que existían otras conciencias, además de la suya. Y
que nadie, en una sociedad libre, tiene derecho a imponer su conciencia a los
demás. Cada hombre y cada mujer tiene conocimiento del bien y del mal, pero
ese conocimiento debe servir a cada uno de nosotros para dirigir su vida. Jamás
debe ser una imposición moral a los demás. Ese es el crimen del ciudadano Robespierre.
Quien sigue su conciencia es responsable. Pero, ¿quién es el culpable de los
actos de alguien que sigue unas normas impuestas? Evidentemente, quien dicta
esas normas. El general que impone una férrea disciplina a sus tropas, hasta
convertirlas en una simple prolongación de sus brazos y sus manos, es evidentemente
el único responsable de las derrotas que puda sufrir, porque nadie más que él
puede decidir. Y si alguien como Robespierre asume el papel de conciencia de
un país, hasta anular a las demás, debe asumir la culpa de todas las atrocidades,
vilezas y crímenes que se cometan bajo su mandato. Uno es libre o no lo es.
Si es libre, puede decidir, y por ello es responsable. Pero las culpas del esclavo
deben recaer en su amo.
Y así, en nombre de su propia conciencia, de sus propias convicciones, debemos
considerar culpable al ciudadano Robespierre de haber faltado todas sus leyes.
Y según su propia ética, debe ser ejecutado, al igual que los criminales y los
inocentes que perdieron la vida a sus manos.
Eso es todo, ciudadanos. Espero, en nombre de toda Francia, que se haga justicia.
(c) Eduardo Gil Moré, 2001.
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