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ALQUIMIA DE LA FE
por Víctor Justino Orellana
Las campanas indicaron las ocho de la noche. Cuando cesó su tintineo la catedral
quedo en silencio. Hasta las gárgolas de la cúpula parecían estar conmovidas
por tanta serenidad. No habría de durar.
Cuando parecía que la calma se volvía enfermiza, un nuevo sonido fracturó el
velo de silencio que cubría la noche. Era el sonido del órgano, en él, se ejecutaba
la marcha nupcial.
Rumbo al altar se dirigía Ludovico, llevando del brazo a Ariadna, para muchos,
la mujer más hermosa del mundo. En el otro extremo del corredor los esperaba
Conrado, el alquimista.
Conrado tenia una fama trascendental. Desde muy pequeño habían empezado sus
viajes por tierras lejanas, aprendiendo nuevos idiomas, filosofía, álgebra,
alquimia, astrología y magia. Pero aquella noche nadie asistió a la boda. Solo
Ludovico, su fiel amigo, aceptó acompañarlos para entregar a la novia. Además
de ellos, el sacerdote y un ayudante que tocaba el órgano eran los únicos personajes
en aquel enorme templo. Todos los demás decidieron no ir, pues temían la venganza
de Sigfrido.
Conrado y Sigfrido habían sido discípulos de un filosofo árabe y también grandes
amigos. Hasta que apareció Ariadna. Ambos se enamoraron de ella, pero su padre,
un poderoso feudal, le puso coto a su disputa. La mano de la joven seria para
el que pusiese a sus pies el tesoro más grande de la Tierra.
Sigfrido, al mando de un pequeño ejercito, conquisto el país de los tártaros,
y puso a los pies del feudal toneladas de oro, piedras preciosas y seda.
Conrado en cambio, se fue solo al país de los moros, rescató a la esposa del
feudal, que diez años atrás había sido raptada por un reyzuelo local, y la llevó
junto con la cabeza del raptor hasta las plantas del padre de su amada.
La mano de Ariadna fue para Conrado, y Sigfrido juro vengarse.
Y fue por ese juramento de venganza que ni siquiera los padres de la novia se
atrevieron a asistir a la boda.
- ¿Conrado? - pregunto el sacerdote. - ¿Aceptas a esta mujer como tu esposa?
En ese momento una voz retumbo en la catedral.
- ¡No te atrevas a hacerlo, Conrado! - Era la voz de Sigfrido.
De repente, de entre las tinieblas, apareció una figura, el enamorado despechado
hacía su aparición. Con su armadura puesta parecía una montaña de hierro y músculos,
todo un coloso imposible de vencer. En rápidos movimientos tomó a Ariadna entre
sus brazos y la sacó del recinto principal.
Cuando Conrado y Ludovico quisieron reaccionar, un ensordecedor sonido, seguido
del derrumbamiento de la cúpula se los impidió.
Toda la estructura de hierro y piedra que cubría sus cabezas se había desmoronado
y ahora era una montaña de escombros que impedía a Conrado ir a salvar a Ariadna.
El sacerdote y su ayudante se habían desmayado del susto.
- ¿Pero como pudo hacer eso? - se preguntaba Ludovico.
- ¿Sientes ese olor? - le pregunto Conrado.
- Si, es bastante fuerte.
- Es una pócima a base de azufre, carbón y salitre, que utilizan en el país
de los tártaros para hacer fuegos de colores.
- Pero yo no vi fuegos de colores.
- Tampoco era la intención de Sigfrido. La pócima tiene cierto poder destructivo
y él debe haberla manipulado para que sea capaz de hacer este daño.
- ¿Y como haremos para salir ahora? Debe haber una tonelada de hierro y piedra.
- ¿Ves esa gran viga de hierro que esta contra la pared? La convertiré en un
imán y haré que atraiga el resto de las vigas, dejando así un camino por el
cual pasar.
- Pero eso es imposible, ¿o es acaso que conoces un hechizo que te pertimitira
hacerlo?
- No, no se trata de un hechizo. Los antiguos pueblos de Babilonia conocían
un artefacto capaz de convertir una barra de hierro en un imán.
- ¿Y que necesita ese artefacto?
- Aquellas dos estatuas de cobre, el deposito de agua, que por suerte quedo
bajo la viga y a nuestro alcance, y una pócima especial de azufre que traigo
conmigo.
Conrado, ayudado por Ludovico, coloco las dos estatuas de cobre entre el deposito
de agua y la viga de hierro, luego arrojo la pócima al agua.
En ese momento se acerco el sacerdote, ya repuesto del susto que le dio el derrumbe
de la cúpula. Pero fue mayor su asombro al ver las vigas de hierro moverse por
si solas bajo una tonelada de piedra.
El plan de Conrado tuvo éxito y quedo un camino entre los escombros, por el
cual él, Ludovico y el párroco pudieron salir. El hombre que ejecutaba el órgano
todavía permanecía inconsciente. Del otro lado, en la puerta de la catedral,
los esperaba Sigfrido. Había dejado a Ariadna en las escalinatas. Esta observaba
todo. En su rostro se notaba el terror que le producía aquella disputa.
- ¡Bien, Conrado! - exclamo el raptor - Haz podido escapar de mi pequeño truco.
Pero como harás para contraer matrimonio si el sacerdote esta poseído por el
diablo.
El sacerdote miro fijamente a Sigfrido. Presumiblemente iba a decir algo, pero
no tuvo oportunidad de hacerlo. Aquel hombre con tenebrosa armadura extendió
los brazos hacia arriba y cruzo las manos, luego profirió unas palabras inentendibles.
Al instante el sacerdote cayo al piso y empezó a revolverse en terribles convulsiones.
- ¿Que ocurre? - pregunto Ludovico a Conrado.
- ¿Escuchaste sus palabras? - pregunto a su vez el alquimista. - Pertenecen
a una lengua que hablan al sur del país de los moros.
Conrado se acerco al poseído, le rompió la sotana a la altura del pecho, saco
un pedazo de carbón de entre sus ropas y dibujo un pentagrama debajo del cuello
de la víctima. Luego se incorporo y dijo:
- Sigfrido, la magia que usas es de fetichistas, gente que no busca mas allá
de lo obvio. Por eso su poder es limitado, solo afecta a los mortales comunes
y corrientes, pero no significa nada para aquellos que buscamos la verdad y
la sabiduría - y siguió hablando, pero en latín. Cuando termino su discurso,
cesaron las convulsiones del sacerdote.
La posesión había terminado. El religioso se levanto y miro alrededor suyo como
si hubiera despertado de un sueño.
- ¡Bien! - exclamo otra vez Sigfrido - ¡Muy, pero muy bien! Por lo visto no
podré vencerte ni con la ciencia, ni con la magia. Así que tengo dos opciones
- los contrincantes estaban a diez pasos entre si. - O te dejo a Ariadna para
que sea tu esposa o... - mientras hablaba se acerco cinco pasos.
- ¿O que? - pregunto Conrado.
- ¡O te extermino por la fuerza bruta! - grito Sigfrido mientras desenvainaba
su espada y lanzaba su mortal filo contra su oponente.
Pero Ludovico, quien había previsto la maniobra, le arrojó su espada a Conrado,
que estaba desarmado. Este la tomó y gracias a ella pudo conjurar el ataque.
Sin embargo, el alquimista necesito sostener con las dos manos el arma de su
amigo, mientras que el atacante sostenía su acero con la derecha, quedándole
la izquierda libre para propinarle un soberbio puñetazo a su rival. Tal fue
su violencia que lo arrojó seis pasos contra una columna.
Conrado, aun aturdido, pudo ver borrosamente como su enemigo se acercaba para
rematarlo. En un rápido movimiento se quitó del lugar y la espada de Sigfrido
se rompió contra la columna. Pero no todo había salido mal para el raptor. En
el ultimo movimiento, sin darse cuenta por la conmoción que tenia, Conrado había
dejado caer la espada, que ahora tomaba su enemigo.
Estaba perdido, que podía hacer ya. Sigfrido se aprestaba a darle el golpe de
gracia. Ya no había nada que pudiera salvarlo, o si. Como había podido olvidarlo,
ese truco que aprendió en el techo del mundo, el truco de tomar la espada del
oponente con las manos desnudas.
El arma cambio de manos. Ahora era Conrado quien tenia la situación controlada.
Con dos fuertes golpes de espada les rompió las hombreras a la armadura de Sigfrido.
Luego, con otros dos potentes ataques, se despedazaron el peto y el cinturón.
Conrado estaba listo para suprimir a su adversario. Sigfrido estaba listo para
ser suprimido. Las manos del alquimista lanzaron una vez más la espada. Esta
vez iba dirigida a la cabeza, para destruir al casco y a quien lo usaba. Pero
en la mitad de la trayectoria una voz detuvo la ejecución.
- ¡No lo hagas! - era Ariadna. - ¡Por favor! No lo mates, porque yo... yo lo
amo a él.
Los sentimientos que atravesaron en ese momento el corazón de Conrado, solo
él los sabrá, pues en su rostro no pudo verse ninguna perturbación. Solo devolvió
la espada a Ludovico y bajo las escaleras de la catedral seguido por su amigo.
Mientras, Ariadna y Sigfrido se confundían en un abrazo lleno de ternura. De
todos modos, habría una boda.
Mientras bajaban las escaleras, Ludovico pregunto:
- ¿Vas a dejar las cosas así?
- ¿Y que quieres que haga? La fe mueve montañas, exorciza demonios y gana batallas
perdidas... pero no abre las puertas del corazón.
(c) Víctor Justino Orellana , 2000
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