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ATLÁNTIDA, CRÓNICA FINAL
Por ALEJANDRO MARIATTI
I
Hoy, día
de los primeros estertores, se anuncia como el inicio de la última semana
de nuestra querida y gloriosa confederación de Atlantis.
La Madre Tierra, ha decidido cambiar su orientación, con lo cual alegremente
nos arrastra a todos nosotros y nuestra cultura.
El pueblo ha salido a festejar el fin de nuestros días como se debe,
con una frenética orgía. En ella, nuestros ilustres gobernantes
se prestan gustosos a ser masivamente sodomizados.
Aquí podemos ver al rey quien en un alarde de amplitud democrática,
se está haciendo poseer contra natura por gentiles, nobles, sacerdotes,
esclavos (los más dotados) y extranjeros. La reina se revuelca entre
vómitos, heces y cerveza fermentada, mientras es orinada por cuadrillas
de subnormales contratados para la ocasión.
El pueblo festeja el feliz momento. Todo se termina, ya nada importa en absoluto.
No más preocupaciones y esfuerzos, no más lucha, toda lucha es
inútil.
Los niños pequeños son muertos y preparados como sabrosos manjares
por sus madres, quienes desnudas pintados sus labios en sangre, reciben
en sus casas con tal banquete a quienes quieran entrar.
II
La Tierra gira
cruel, parece solo desperezarse. Los más antiguos recuerdos hablaban
de esta cíclica costumbre de Cibhels y también de otras esplendorosas
civilizaciones colapsadas, pero jamás fueron tomadas en serio.
Los doctos dijeron que se trataba de metáforas de las estaciones, del
mito de la Edad Dorada, de algún antiguo rito, o tal vez un cataclismo
olvidado de menor escala. Nadie quiso actuar. Ahora solo queda festejar con
los mejores licores el hundimiento.
Lo sagrado; Si es que alguna vez hubo tal cosa; se desvanece en una oscura nube
de flatulencia. Cabría pensar, Si no fue todo solo una Gran e idiota
flatulencia.
Las personas comunes son eruditos y los sabios, palurdos retardados, sacudidos
al son de átonos tambores. Las sirenas anuncian el derrumbe y la respuesta
son carcajadas.
Los poderosísimos ejércitos se han entregado a la bestialidad
en un entusiasta coito final con elefantes, caballos, bueyes, perros y ratones,
para finalmente entregarse los unos a los otros al más amoroso canibalismo,
seguido de tierna y conmovedora necrofilia. Los generales primero.
Los sacerdotes se han dividido entre los negativos y los positivos. Los primeros
siguen con sus vacíos ritos, negando todo cambio como Si nada pasase;
son muertos, pisoteados por el pueblo, ahogados en medio de las orgías,
no por rencor, sino porque son una molestia al paso. Los segundos librados a
su desesperación elaboran nuevos ritos y creencias de último momento.
Construyen nuevos e ilusorios caminos en el aire, pero al primer paso se hunden
en el abismo de su falta de convicción. Todos terminan apilados en fosas
comunes, festín de ratas rezagadas.
III
El rotar precipitado
y a la deriva de La Tierra, nos envía a la destrucción. Congelados,
petrificados para la eternidad en medio de maravillosas e inmundas orgías.
Cubiertos de excrementos y vómitos, pues ya hemos pasado por todo y no
hay otra cosa que le interese a nuestra gente. El último gran objeto
de deseo es el ano y su producto. Todo vuelve a su origen. Dice la leyenda que
los humanos surgieron del excremento de Yeodh, el errante o el Gran Payaso Universal.
Pues entonces, volveremos al origen portando en nuestras manos extendidas la
última gran ofrenda olorosa, rodeados de moscas. Así nos congelará
la eternidad.
Algunas escasas y horribles hordas, pretenden vanamente oponerse al curso normal
de las cosas y buscan preservar todo lo salvable, como Si algo fuese a quedar.
No pueden triunfar, sino esta Gran Muerte, no sería tal, sólo
una gigantesca capitulación.
Debiéramos impedirles todo esfuerzo por soñar el mañana,
pero tal acto implicaría dejar este tobogán engrasado, tan placentero
y vertiginoso. ¿Como? ¿La desidia, no puede por sí sola
contra las rocas y el agua?.
Faltan tal vez pocos días, para que todo realmente acabe. Ya han partido
varios locos hacia un horizonte cambiante. No hubo forma de impedirlo, pues
estábamos ocupados en organizar el siguiente banquete de vómitos.
Se fueron en improvisadas embarcaciones, llevando consigo todo lo que pudieron,
como Si de saqueadores se tratase.
La música, o su desganado recuerdo corona los últimos festejos,
la fiesta del fuego precede al hielo. El grandioso éxtasis revienta en
fogatas alimentadas por múltiples obras, libros, muebles, personas, vestidos,
la hoguera gime espasmódica, revoltosa grita, se agita alzándose
ululante y la eternidad nos encontrará en sus cenizas, mientras esos
locos, idiotas que se escaparon, lucharán en vano contra un mañana
cerrado, sin horizontes. Así debe ser.
IV
La duda me persigue.
Los últimos días se estiran y se esparcen como las cenizas de
las múltiples hogueras. Agotados, muchos se recuestan a esperar. La fiesta
continúa en esporádicas explosiones. Algunos se sientan a la vera
de los caminos, en las calles y plazas, otros cuantos se han instalado en mausoleos,
templos y monumentos esperando ser eternizados junto a algo más duradero
que sus quebradizos cuerpos. Último gesto de oscura dignidad.
El rey y todos los gobernantes han sucumbido a las continuas sodomizaciones.
La reina y todas las grandes damas vagan locas, bebiendo semen muerto. No quedan
resplandores de fogatas y la mañana baja filosa, fría.
Ya no hay festejantes, solo agonizan y reptan. Los vómitos se han secado
y escarchado. La pálida sombra de la música se apagó, dando
paso al silbar creciente de gélidos vientos. El horizonte modificado,
emblanquece ominoso.
Todos acurrucados, temblorosos, lloriqueantes, envidiando a los locos. ¡Grandioso
sostén, la locura! piensan algunos con los ojos perdidos en la nada.
No hay fogatas, solo el blanco atroz. Unos pocos sobrevivientes intentan recordar
el fuego, pero ya no quedan recuerdos, todo fue quemado. Tal vez los locos tenían
razón y nosotros fuimos un vano resplandor perdido, sin grandeza, ni
interés. Hasta posiblemente ya encontraron sus horizontes cálidos
de arenas y agua. Nosotros solo vamos hacia la bruma helada que nos corta el
aliento, sorprendiendo a muchos en el último y vergonzoso descanso; la
sucia modorra del borracho.
Congelada en la inmundicia termina esta confederación que alguna vez
supo desvelar grandes misterios de la mente que baraja el Universo. Así
termina este viaje, el hielo aplasta y resquebraja todo. En esta lacerante oscuridad
que se cierne sobre mí, privándome de mis sentidos y movilidad,
me arrastro con las piernas congeladas tratando de encontrar un refugio donde
beber el veneno que me evitará más sufrimientos. Pero mis ojos
nublados ven algo... Una gigantesca silueta blanca, ocupa todo el cielo.
No tiene rostro, ni formas. Es solo una cosa que tapa el cielo y grita algo
en un idioma imposible. ¿Se puede traducir lo que no es para ser modulado
por una vulgar lengua? No creo. El frío me aplasta y el descomunal ser
repite una y otra vez... un sonido... estridente... irracional, más
allá de toda razón... tal vez... tal vez sea... ¿una carcajada?.
(c) Alejandro Mariatti,
1995.
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