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EL CASO BEBILAQUA

por Arnaldo Zarza

Sexta parte

Fuimos a buscarla a casa de tío Chochí, donde había ido con Tony y Tamy a pasar unos días aprovechando la ausencia de Tuky. La idea era que los niños tomaran contacto con la ciudad, saliendo un poco de ese ambiente pueblerino donde transcurrían plácidamente sus vidas, de paso Diana husmearía en las librerías de santa fe buscando alguna buena novela de oferta, y se pondría al día mirando vidrieras,
Por el camino me fui enterando de los pormenores del accidente, la radio decía que no había sobrevivientes, -Parece que se estrelló contra un pequeño cerro-, fue lo último que escuché. La vuelta se hizo interminable, Diana lloraba a moco tendido, Claudia la consolaba como podía, con lágrimas en los ojos, yo intentaba conducir con serenidad, los niños eran aún muy pequeños para darse cuenta del drama que se vivía dentro del vehículo. Mucho tiempo después entrábamos a la casa vacía, nadie nos esperaba. El reloj de la cocina marcaba las cinco de la tarde. Claudia preparó café, Diana trajinaba de la cocina al living, y viceversa, intentando acomodar mecánicamente cuanto objeto se le pusiera por delante. Le alcancé un jarro lleno de café cuando levantaba unas ropas del sofá, tomó un sorbo y me devolvió la taza, abrazó el saco beige de verano que tenía en las manos, las piernas del pantalón asomaban por debajo de sus brazos, las lágrimas rodaban silenciosas, me alejé con discreción, miré de soslayo antes de abrir la puerta que me llevaría al jardín, los estados de ánimo deben ser potentes motores de lo que uno cree ver, el otrora luminoso, acogedor living de la casa de mi amigo, no era más que una ominosa estancia de luces espectrales rodeando a la frágil y desamparada silueta de mi prima.
Caminé sin rumbo, crucé el pasadizo de ligustrina, los dos gigantes estaban allí, donde están ahora, con su hamaca colgando de sus fuertes brazos, como ahora, se mecía sin prisa, uno de los de ellos, o los míos estarían cobijados en sus entrañas.
Estaba cansado y triste, no soportaba el peso de los acontecimientos. La luz amortiguada por la maraña de hojas no dejaba ver con precisión al bulto que disfrutaba del vaivén.
Me acerqué.
-Hola Arnold, parece que me quedé dormido.
El corazón se me paralizó. No estoy seguro si intenté hablar o no.
-¿Que te pasa Arnold? Soy yo, no te asustes- Tuky se incorporó tratando de bajar de la hamaca. Como decía, la luz no era buena, pero había suficiente como para reconocer a mi amigo. Escuché una vocecilla garabateada con miedo que decía:
-Tuky…-Seguí escuchando el eco de mi voz que martillaba mi cabeza.-Tuky…Tuky…Tuky.


Séptima parte

A los dos o tres días de su vuelta al mundo de los vivos, Ernesto Bebilaqua desapareció del mapa. Se hizo humo. Sentado en la perezosa, remera verde, bermudas al tono, ojotas, entre el laberinto de árboles, de mañana tempranito, con el diario en las manos, después del desayuno, fue la última imagen que dejó a los ojos de Diana.
Policía, morgue, amigos, todos los recursos que empleamos fueron insuficientes para su localización. Casi dos semanas después nos avisaron que alguien de su sus características estaba internado en el hospital neurosiquiátrico.
Lo habían encontrado loco de atar, gritando incoherencias por la calle corrientes, un sábado por la noche. Cuando fuimos a verlo estaba sedado y con la mirada perdida en el horizonte. Casi no hablaba, solo monosílabos, lo quisimos llevar a casa y se negó rotundamente, el doctor Báez dijo que era lo mejor para él. Diana quiso montar guardia en el hospital, pero no se lo permitieron, nos quedó el consuelo de las visitas diarias. Por esos días las chicas y yo nos quedábamos en casa de Diana hasta bien tarde analizando los últimos pasos de mi amigo, tratando de descifrar el por qué de su imprevista paranoia.
La conclusión a la que habíamos arribado en un principio fue la más sensata, la que refrendaban los médicos, la que caía de maduro. Se había salvado de milagro del accidente que sufriera el avión en el que debía viajar. El destino, azar, o como se quiera clasificar el caso, hizo que perdiera el vuelo que lo llevaría a la muerte. Kuky no había resistido anímicamente, las consecuencias estaban a la vista, caso cerrado.
Para mí el asunto no resultaba ser tan simple, yo conocía bien a Ernesto, no digo que Diana lo conociera menos, aunque creo sinceramente que una persona no tiene el mismo significado para diferentes observadores, y el punto de vista femenino no es igual al masculino, no creo sea pertinente entrar en detalles, solo agrego que, los infinitos momentos de charlas, silencios, y boludeos que compartimos Diana y yo con Kuky, cada uno por su lado, y en su momento, seguramente no fueron, ni serán semejantes. Como decía, había algo más profundo de lo que dejaba ver el comportamiento de Kuky, cada segundo que pasaba analizando el problema, me inducía a pensar que el tema del avión accidentado no era la única causa de la locura temporal de mi amigo. Lo que pude recopilar de la historia me indicaba que aguzara la vista, el oído, y el entendimiento, que no me tapara la maleza, que prestara atención a los detalles ocultos en ella.
¿Por qué Ernesto me preguntó por el duraznero que cortamos el invierno anterior?
Pasado el primer susto de verlo vivito y coleando, le dije algunas incoherencias que no recuerdo con precisión, él tal vez no lo notó.
-Tuky, ¿sos vos, que hacés acá?
-Perdí el avión.
Eso lo explicaba todo, los detalles los fue desgranando mientras caminábamos hacia la casa, fue cuando me dijo lo del duraznero, con la emoción de saberlo vivo no le di importancia al comentario. Le dije:
-Esperame acá, vamos a darles una sorpresa a las chicas. Asintió, yo corrí desesperado a preparar el ambiente, hablé con torpeza, y al mismo tiempo traté de calmar la ansiedad de las mujeres. Debíamos ser cuidadosos respecto del accidente, habría que buscar la manera correcta de decírselo, ¿había alguna? Me temo que no.

Octava parte

A las tres en punto del día siguiente esperaba ansioso a Tuky bajo el árbol de la cita anterior. La mecedora no estaba. Llegó diez minutos después, cuando los peores presentimientos se apoderaban de mí. Se lo veía saludable, bien rasurado, ropa sport prolijamente planchada, hasta parecía esbozar una sonrisa.
-Hola Arnold, ¿todo bien?-Me dio un beso.
-Se te ve estupendo, Ernesto…
-Hace tiempo que no me decías Ernesto.
-Quería ver si estabas atento.-Le dije sonriendo.
-Caminemos un poco.-Sin esperar respuesta inició la marcha. Me apresuré a seguir sus zancos largos, me puse a su altura. Me miró de soslayo.
-Creo que empiezo a aceptar la situación. No me queda más remedio.
-¿Te parece que paremos para prender el grabador?
-Hoy no, tratá de acordarte lo esencial, de paso pongo un poco de orden en mi memoria, en otra ocasión te lo repito para que grabes.
El sendero nos alejaba de los edificios principales, una pronunciada cuesta nos situó en la cima de una loma que dejaba ver el panorama de la institución. Nos detuvimos allí. Estábamos solos. Allá abajo, internos y enfermeros dibujaban intermitentes sus figuras multicolores, salpicando de vida los caminitos, bancos, y arboledas de las dos o tres hectáreas del hospital. Desde allí solo veía gente, sin distinguir su condición mental, gente como la que se ve en cualquier lugar, solo almas que deambulaban por el espiral de sus destinos. La imagen bucólica que se armó en mi interior, por un momento distrajo mi atención.
-Creo que me salvé de milagro, el otro, el otro se mató en el accidente.
-A ver, no te entiendo bien, ¿Quién es el otro?
-Como te decía, cuando sentí el escalofrío en el baño de Ezeiza, mientras orinaba, me pareció verme a mi mismo haciendo pis en el otro extremo de los urinarios. En un principio me shockeó un poco, pero al rato ya no le daba importancia al asunto, sería alguien muy parecido a mí, a esa distancia, sin una excelente iluminación, y con el terror que sentía por mi inminente vuelo, pensé que no era raro imaginar algo truculento de una figura que apenas vi.
Yo sabía que Diana y los chicos no estaban en casa, desde el taxi estuve tentado de llamarla al celular, no tenía sentido, estarían en el último tramo de la función donde Juanita hacía de cenicienta. Dormiría un poco para terminar de relajarme, más tarde la llamaría a la casa de sus padres. Ya cuando llegábamos a la quinta sentí que algo no andaba bien, no sabía que era, pero lo percibía, una sensación extraña se apoderó de mi, mi mente se puso en estado de alerta, -Calma Tuky, -me dije- todavía te dura el julepe.-algo no encajaba en lo que veía y sentía. Para colmo no podía abrir el portón de acceso a la propiedad. La llave había girado con facilidad, empujé la pesada hoja y no se movió un ápice, maldiciendo y sudoroso, dejé de hacer fuerza, giré buscando con la mirada algún vecino que me socorriera, la calle de cuadras interminables estaba desierta, no era para menos, hacía un calor infernal. Algo me tocó la espalda, el portón me empujaba suavemente hacia fuera, me rasqué la cabeza, no iba a discutir con un pedazo de madera, la puerta debía abrir para adentro, como siempre. Aunque cuando lo instalamos casi gana la teoría de Diana que debía abrir para afuera por no se que asunto de espacio interior.
Puse mi mente en blanco y entré sin prestar mayor atención a lo que me rodeaba, en la cocina me serví una gaseosa, en el living tiré mis ropas y fui derecho a la hamaca. Por fin en mi casita, que siesta me esperaba.
Seguidamente Tuky mencionó un sin fin de detalles que no vale la pena contar al pie de la letra, todos referentes objetos o situaciones que no encajaban en su supuesta vida anterior.
Cuando entré al living de su casa, acompañando a mi amigo, fue tal la algarabía de Diana, Claudia y los chicos, que seguramente hizo olvidar a Tuky su extraño presentimiento. Más tarde, después de la cena, mientras los chicos miraban televisión, le contamos lo del accidente, intentamos mostrarle los hechos desde un punto de vista positivo, que había salvado milagrosamente su vida. No fuimos eficaces en la tarea, Tuky, sentado muy tieso en el sofá, se quedó mudo y con la vista extraviada, Diana lloraba de alegría acurrucada entre sus brazos.
Al día siguiente lo vi bastante repuesto, parecía que el tiempo se encargaría de borrar el mal momento, por la tarde me ausenté de casa por tareas inherentes a mi profesión. A los pocos días, cuando regresé, Tuky había desaparecido de su casa.
-Creo que tiene amnesia parcial.-Me dijo Diana.-Le quise llevar a un médico, pero no quiso. Estaba raro, me miraba como si nunca me hubiera visto, el accidente le dejó maltrecho, pobre, ¿Dónde se habrá metido?
Tuky empezó a sospechar seriamente que no se encontraba en su mundo original cuando Diana quiso festejar el reencuentro, los niños dormían, y Tuky parecía más tranquilo. El short, la remera, el corpiño, y la bombacha desaparecieron de su cuerpo en un santiamén, mi amigo reaccionó bien, le pareció que volvía a la normalidad, sentía que la amaba, seguramente el pequeño trauma que padecía sería pasajero. Sus besos y caricias lo transportaban a un mundo mejor, extirpando de sí el estado de vigilia que lo tenía a mal traer. Acarició con dulzura cada centímetro de su piel, su mano bajaba por la pendiente de sus pechos, para trepar la loma de la tersa panza que la llevaría al valle de sus sueños.
-La cicatriz, ¿Dónde está la cicatriz de la cesárea?-Dijo sin poder contenerse, destruyendo involuntariamente la magia de la noche.
Como decía, Tuky empezó a sospechar seriamente que no se encontraba en su mundo original cuando Diana quiso festejar el reencuentro, y se convenció de ello cuando por la mañana, bien temprano, recibió el diario de manos de don Venancio, el viejo tenía el brazo derecho enyesado.
-Que hacés nene.-Le dijo sonriendo.-La saqué barata.-Continuó señalando el yeso.
A Tuky se le dibujó una mueca en la boca, que tal vez quiso representar una sonrisa, tomó el diario y se metió para adentro.
Don Venancio había fallecido la semana pasada, en un accidente.

 

Novena parte

-Quiero volver a casa, no tiene sentido seguir aquí.-Me dijo cuando llegamos al punto de partida de nuestro paseo por el hospital, lo expresó con firmeza, sin dudas, seguro de sí mismo, no hice preguntas, su decisión me había tomado por sorpresa.
-Me alegro Tuky.-Me escuché decir. ¿Cuándo te parece?
-Ahora.
Camino a casa charlamos de cosas triviales, como si no hubiera existido el episodio que marcó su vida en el baño del aeropuerto de Ezeiza. El reencuentro con Diana y los chicos fue emotivo, parecía que su existencia empezaba a rodar nuevamente por los carriles de la normalidad. Días después de su reinserción en el hogar, tomábamos un gancia bajo el árbol de aguacate. Me miraba inquisitivamente mientras masticaba e intentaba engullir el queso con salamín, me estaba midiendo, quería decirme algo y no sabía como encarar el tema, lo supuse instintivamente, luego lo confirmé. Finalmente le dio un buen trago al vermut para bajar el bocado. La comida, que descendía a marcha forzada por el pequeño orificio le hinchó el cuello y congestionó la cara. Me señaló con el dedo índice para ganar tiempo, mientras se reponía de la brusca ingesta.
-Creo que puedo llegar a ser feliz con la viuda.-Dijo, y tosió. Miré sin disimulo la botella casi vacía.-Parece increíble, pero soy de un mundo paralelo a este, Arnold. Deben ser dos planetas gemelos, aunque simétricos. ¿Te acordás que lo vi fugazmente en el otro extremo del baño?-Enarqué las cejas, no recordaba de quién hablaba.-El tipo.-Dijo dando por sentado a quién se refería.-El tipo estaba frente al urinario, después que sentí el chucho de frío, mientras orinaba, fue cuando lo vi, curiosamente, yo estaba de espaldas al mingitorio, en un primer momento no reparé en el detalle, mejor dicho, había olvidado el momento en que giré. El tiempo que pasé en el hospital sirvió para ejercitar mi memoria, ahora lo veo más claro, nunca me di vuelta, el mundo había girado, el universo tuyo, o el mío, son como espejos entre sí, por eso cuado se realizó la transferencia, vaya a uno saber por que accidente de la naturaleza, el verdadero esposo de tu prima miraba en dirección contraria a la mía. Yo, sin saberlo, acababa de franquear las barreras del espaciotiempo pulsantes, me convertí sin quererlo en un pasajero que atravesó un paso, una rotura del espaciotiempo pulsante, un náufrago en el océano del tiempo. Por una extraña coincidencia, el accidente cósmico me salvó de dos desastres aéreos, el de tu mundo, y el mío.-Se tomó un descanso para zamparse alguna que otra papa frita, maní salado, pan y salamín. Por ese entonces, ya no me parecían desatinados sus dichos, tendría que ayudar a reconstruir los recuerdos de mi amigo para descifrar el misterio de su extraordinaria historia.
Cuando comencé a hablar, se estaba bajando medio vaso de gancia con soda.
-No me queda claro el tema del avión, ¿Cómo perdiste el vuelo? Si mal no recuerdo, me habías dicho que no tardaste tanto en el baño.
-Tampoco yo lo sé, y mirá que le habré dado vueltas al asunto. Es probable que tengamos un desplazamiento temporal entre nuestros mundos, aunque no alcanzo a comprender como funciona.-
Me di cuenta que me había tirado a la pileta para nadar al lado de mi amigo, en sentido figurado, claro. Muchas de las increíbles historias que contaba Tuky, solo eran explicables desde el punto de vista de los universos pulsantes. Si había, aunque fuera una probabilidad en mil de que los dichos de Ernesto fueran reales, me hallaba ante un acontecimiento único en la historia de la humanidad. Y si no intentaba investigar los hechos me sentiría como un estúpido, necio, y fracasado periodista, amén de cobarde amigo. No lo pienses más “Arnold” me dije, la historia tiene un tufillo de verdad que muerde y atrapa. Si es cierto que el viejo y querido Tuky se mató en el accidente de aviación, por lo menos tengo el consuelo de tener a este que es su réplica.¿Me estaré volviendo tonto? No, confirmo mi anterior dicho, confío ciegamente en Tuky, es mi amigo, sea de aquí o de allá.

(c) Arnaldo Zarza
arnaldozarza@yahoo.com

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