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BERSERKR

(Segunda parte)

(vamos a la primera parte)

Por Andrés Díaz Sánchez

 

Al cabo de dos semanas de travesía, cuando el Nube Azul había superado el cabo Skagen y entrado en las frías aguas inmediatamente al Sur de Noruega, el vigía anunció que una nave venía hacia ellos desde el Norte, un barco afilado, con las velas de color gris oscuro.
Los guerreros se escondieron en las bodegas. Estaban nerviosos y expectantes. Sabían que dentro de poco tiempo tendrían que pelear para matar o morir.
Tampoco Ivar, junto al timonel, y Hjalti, el capitán, sufrían una lúgubre excitación mientras observaban el rápido acercamiento de la cenicienta nave. Aunque no deseaban huír se intentó la escapada para no provocar la desconfianza del enemigo. El Nube Azul viró hacia el Este para aprovechar el viento. Las velas se inflaron de aire poderoso. Era un ágil barco comercial, pero le perseguía un espigado y velocísimo drakkar de combate.
El barco agresor parecía volar sobre las aguas. Su línea era elegante y surcaba suavemente el bronco mar. Los escudos sobre las bordas superior del casco anunciaban su condición guerrera. En la punta de proa había una temible cabeza de dragón con las fauces abiertas.
Sobre la cabeza del dragón estaba Lars El Gris, poderoso y severo. A su lado aguardaba el inseparable segundo, un gigantesco noruego a quien llamaban Rolf El Matador. Sobre los bancos de los remos y los puentes de cubierta permanecían en pie decenas de hombres armados, que alzaban las hachas, las espadas, los martillos y los cuchillos, desorbitando los ojos y aullando rudas burlas y espantosas promesas hacia el Nube Azul. Estaban tan convencidos de la victoria que ni se preocupaban de ocultar sus verdaderas intenciones.
En la cubierta del Nube Azul la gente actuaba nerviosamente para que la pantomima resultase más convincente. El mercante trataba de ganar distancia desesperadamente, mas todos comprendían que el drakkar les alcanzaría en menos de una hora.
Ivar era un comerciante, no un guerrero. Por consiguiente, se llevó a sus guardaespaldas a su cuarto y se encerró en él. Hjalti, el capitán, quedó al mando de la situación. Ya sabía lo que había de hacer.
Proa y popa de cada nave quedaron separadas tan sólo por cincuenta metros. Hjalti, con más de quince años de experiencia marina sobre sus anchas espaldas, suponía que los piratas no los embestirían con la proa: aparte de hacer peligrar su propia nave, no desearían hundir un barco con mercancías preciosas y que además podían vender a navieros del Norte sin escrúpulos. Se pondrían a babor o estribor del Nube Azul y tratarían de aferrarse a ella con ganchos, para después asaltarla. No perdonarían a la tripulación: los matarían a todos, menos a uno pocos que les servirían como esclavos.
Vio, consternado, que en el drakkar más de veinticinco vikingos colocaban afiladas saetas en los arcos y tensaban las cuerdas.
-¡Protegeos! -vociferó- ¡Flechas desde popa! -gritó a su tripulación.
Sonó un coro de secos chasquidos y cortantes zumbidos. Una nube marronácea se alzó sobre la popa y aterrizó en cubierta. La mayoría fueron rápidos y se escondieron tras mástiles, bultos y montones de maromas. Otros tantos resultaron alcanzados por las flechas, que atravesaron facilmente sus cuerpos. Sobre cubierta reventaron aullidos de dolor y se oyeron los poderosos impactos de los proyectiles contra la carne y la madera.
Hjalti asomó la cabeza por encima de su escondite y vio el drakkar alcanzar la línea de popa. El griterío de los vikingos resultaba ensordecedor. Eran alrededor de ochenta, sucios, enormes, tatuados y llenos de cicatrices, todos armados hasta los dientes. Ya agarraban y se embrazaban los escudos colocados en las bordas.
El ágil drakkar se puso a la par del más pesado mercante, separado por menos de veinte brazas. El timonel del barco pirata maniobró con destreza y poco después ambos costados chocaron, estribor invasor contra babor atacado, haciendo saltar trozos de madera calafeteada. Los vikingos lanzaron treinta sólidas cuerdas unidas a filosos ganchos metálicos. Las puntas se clavaron sobre el suelo de cubierta y el mástil. Uno alcanzó a un marinero y éste, emitiendo alaridos, fue arrastrado por la cuerda hasta la baranda de babor, donde el cuerpo, sangrante y espasmódico, quedó trabado. Se levantó un viento frío y cruel, que gritaba y reía con voz silbante, que inflaba las velas casi en contacto y encrespaba los cabellos de los hombres aullantes. Las cuerdas unieron las naves, los cascos chocaron de nuevo, produciendo bandazos que sacudían las dos cubiertas.
Lars El Gris, siempre junto a Rolf El Matador, gritó a sus hombres en noruego y danés:
-¡Abordadlos! ¡Matad! ¡Destruidlos a todos! ¡Matad!
Los vikingos saltaron desde su barco a la nave apresada. Eran una marea oscura que portaba centelleante metal. Sus roncas voces se alzaban contra el furioso viento, en alaridos incoherentes o salvas de alabanza a Tyr, Dios de la Guerra, con cuyas runas los más creyentes habían marcado sus espadas, y el viejo Odín . Inundaron la cubierta del mercante y los heridos por las flechas fueron asesinados sin compasión. El resto corrió a esconderse en el interior del barco.
Hjalti vio, desde el castillo de popa, a la turba envuelta en pieles y largas cotas de malla metálica acercársele hacia su posición. Dio la orden correspondiente. A su derecha, el timonel alzó un tremendo cuerno de madera, especialmente trabajado para producir un sonido poderoso.
El instrumento cumplió su cometido cuando su dueño sopló por él con todas sus fuerzas. Otros dos cuernos más sonaron, manejados por hombres próximos al capitán. La cubierta se llenó con un mugido profundo y atemorizador que el iracundo viento inmediatamente se llevaba en su frígido y afilado seno.
Hjalti alzó el escudo y preparó su espada, deseando que pronto salieran los guerreros de la bodega. Confiaba en sobrevivir a esta batalla. Sus esperanzas se vieron truncadas cuando el primer vikingo, un noruego gigantesco, rompió su acero de un tremendo hachazo. El pirata tenía un rostro cubierto de cicatrices, suciedad y barba crespa y oscura. Aullaba el nombre de Odín y en sus claros ojos había fanática demencia. Asestaba hachazos sin freno, abriendo surcos en la madera del escudo, obligando al capitán a retroceder. El noruego bramó con voz profunda un torrente de palabras ininteligibles, como si estuviese entonando una horrenda oración mientras atacaba, apretó sus amarillentos dientes y de un tremendo hachazo a dos manos lanzó al capitán al suelo. El siguiente golpe de leñador tajó un pie. Después abrió una mano, casi partiéndola en dos. Hjalti gritó con pánico, viendo a aquella figura oscura y vociferante ante él, como un árbol humano recortado contra el cielo grisáceo, los cabellos y la barba volando al viento, los ojos dos espantosos puntos brillantes en el fondo de una faz congestionada y monstruosa. Algo metálico se acercó a su rostro y después reinó la oscuridad.
En las bodegas, los guerreros de Ivar escucharon el tañido de los cuernos. Aquélla era la señal convenida. Cuatro trampillas se abrieron sobre cubierta, levantando a ocho sorprendidos vikingos del suelo. Por cada una, disimulada con el dibujo de las tablas de cubierta, cabían holgadamente cinco hombres. Comunicaban con las bodegas de la nave y estaban estratégicamente situadas a proa, popa, babor y estribor.
Cuatro enjambres de hombres armados y rugientes emergieron a un mundo helado, ventoso, cubierto por espesas bóvedas que ocultaban la luz del Sol y sumían el mar en una grisácea penumbra. Los sorprendidos vikingos ya no eran cazadores, sino presas.
Lars El Gris se dio cuenta enseguida de la trampa. Su astuta estrategia solía ser la de atacar a enemigos más débiles, veloz y contundentemente. Prefería evitar a los peces grandes.
-¡Vámonos! -gritó- ¡Volved al drakkar!
Dando ejemplo, retrocedió hasta la baranda de babor del Nube Azul y saltó a su barco. Rolf le siguió.
Mas la gran mayoría de vikingos estaban ya atrapados por aproximadamente el doble de enemigos. Se produjo el caos. Cerca de cien hombres luchaban a muerte sobre la cubierta. Comenzaron a volar brazos, manos, pedazos de carne y nubes de sangre que el ávido viento tragaba y se llevaba lejos. El sonido ensordecedor de los metales chocando ente sí ahogaba las voces furiosas o desgarradoras. Los guerreros formaron una apretada turbamulta, empujaron, asestaron tajos a una o dos manos, se protegieron con escudos, notaron saltar las tripas de sus rajados vientres o los huesos romperse bajo el golpe de los mazos.
Ivar salió de su camarote y subió al castillo de popa. Siempre escoltado por sus matones, deseaba asistir -desde una prudente distancia- a la matanza de vikingos.
Éstos, atrapados por un enemigo superior en número, caían a puñados, con las cotas desgarradas, los cascos abollados y las pieles y el cuero abiertos en jirones. Sin embargo, no eran gente que cayera fácilmente, y mataban a muchos antes de morir.
Ivar reía mientras observaba la tremenda batalla. Le regocijaba la exterminación de quienes le habían causado tan graves pérdidas económicas. Se acercó a la baranda del castillo e insultó a los piratas. Uno de éstos, herido y tambaleante, lo vio aproximarse y con sus últimas fuerzas arrojó su hacha. Acto seguido, un mercenario le hundió la espada, agarrándola a dos manos, como un puñal, en la nuca. El arma surgió por la nuez, con un húmedo crujido, y el vikingo se desplomó de rodillas, moribundo. El hacha acertó a Ivar en pleno rostro, llegando al cerebro y matándolo al instante. La sonrisa del mercader se heló en sus partidos labios y el rabioso viento se llevó, una vez más, la sangre de un cadáver.
Galaf fue de los primeros en salir a cubierta. Había esperado con ansiedad el combate, agarrando con fuerza el escudo circular y la espada.
Al sonar el cuerno empujó, junto a otros, la trampilla de estribor y emergió a cubierta. Como cada vez que luchaba, recordó la muerte de su familia y se tornó un berserkr, con una única directriz en su mente de hierro: matar, matar y matar.
Nada más salir partió la cadera de un vikingo merced a un terrible revés impulsado por un violento giro de cadera y muñeca. Y siguió repartiendo golpes como un poseso, acompañando cada uno con un ronco jadeo. El acero volaba y arrancaba nubecillas de sangre a la carne y chispas incandescentes a las armas. Se abría paso como un huracán de rabia y poder. Aunque valientes, los vikingos se apartaban de forma instintiva cuando él se acercaba, pues era la muerte personificada. Incluso destruyó a algún compañero. La locura combativa no le permitía distinguir entre amigos y enemigos, la bestia de su interior necesitaba sangre y él debía proporcionársela a cualquier precio.
Buscó a Lars El Gris y lo vio saltar, junto con su lugarteniente Rolf, al drakkar.
Aún más enfurecido, Galaf a avanzar hacia babor entre la turbamulta de guerreros y cadáveres. Quería llegar a toda costa hasta el líder pirata. Consternado, descubrió que tanto éste como sus allegados, desde la cubierta del drakkar, cortaban las cuerdas que unían las dos naves. También contenían, a base de flechazos, o a espada y hacha, a los sicarios del fallecido Ivar.
Ya la cubierta del Nube Azul se iba despejando y sólo persistían pequeños y espaciados grupos de luchadores. Había cadáveres por doquier, su sangre encharcaba la madera y sobre la carne muerta se arrastraban los heridos, aferrándose a la vida con todas sus energías. Dos vikingos se rindieron y tiraron las armas. Sus enemigos los ejecutaron sin piedad. Pero aún quedaban cinco o seis piratas irreductibles que preferían caer con la espada en la mano.
De entre éstos sobresalía por su ferocidad un grueso noruego de pelo rojo y ojos azules. Tenía el pecho rajado y sangraba abundantemente. Aún así, y convertido en berserkr, la locura combativa le proporcionaba un vigor y una temeridad colosales.
Este hombre se cruzó en el camino de Galaf cuando El Loco ya se acercaba al borde de la cubierta. Sus espadas chocaron y restallaron, haciendo peligrar los tímpanos. Luchaban sin estrategia ninguna, eran dos animales humanos que no pensaban coherentemente, cegados por el fuego de sus pasiones. Sus armas describían brillantes curvas, se mordían los filos y resbalaban una sobre otra, a la par que sus dueños gruñían, resoplaban y aullaban con cada golpe. Hubo un fulgor en zigzag y Galaf ensartó a su rival, tan poderosamente que le rompió la cota y el jubón y le metió la hoja en el cuerpo hasta la empuñadura, surgiendo por la zona lumbar, tensando el cuero y la malla. El vikingo bramó un torrente de palabras, escupió sangre sobre el rostro de Galaf, arrojó su espada y aferró a su asesino por el cuello. Le propinó un cabezazo y el borde del casco le rompió al danés el tabique nasal. Galaf sintió que el espeso dolor atontaba su mente. Respiró por la boca, pues la nariz se le llenó inmediatamente de sangre, que se le metió por los conductos respiratorios y le hizo toser violentamente. Parpadeó, medio cegado por las lágrimas. El vikingo reía y apretaba la garganta de su rival. Su dedo gordo encontró la nuez y presionó hacia abajo, intentando romperla. Galaf bregó furiosamente, hasta sacar la espada del abdomen enemigo, y la clavó bajo la boca del noruego, impulsándola hacia arriba, hasta que llegó al cerebro. El vikingo se derrumbó, muerto, pero aún tenía los dedos inexpugnablemente cerrados sobre la garganta. Galaf, mareado, buscando aire, consiguió otra vez sacar la espada y se desplomó de rodillas, arrastrado por el peso del cadáver. La vista se le nublaba, pero metió los dedos bajo las rígidas y musculosas manos y las separó de su enrojecido cuello.
Débil a causa del dolor proveniente de su nariz partida, vio que el drakkar se había separado definitivamente del Nube Azul y comenzaba a alejarse. La imagen de su familia destrozada se sobrepuso a la de los guerreros heridos y muertos, la sangre de las maderas, el mar, el cielo oscuro y ominoso. Echó a correr hacia la nave pirata, limpiándose la sangre y las con el dorso de la diestra. Llegó a la baranda de babor, tiró la espada y saltó, estirando los brazos. Abajo, el mar entre los dos cascos estaba sembrado de bultos sin vida flotantes. Se acercaba a una cuerda colgante de la cubierta vikinga, anteriormente unida a un gancho de abordaje, cortada por un defensor y ahora colgante del barco gris. Chocó brutalmente contra el calafateado. La cuerda se aplastó bajo su pecho y Galaf se zambulló en el agua helada. Notaba el cabo rozando su rostro y lo agarró. Salió a la superficie y comenzó a trepar, enloquecido. Se rasguñó una rodilla contra el casco, pero subió varios palmos más, aferrado al grueso cabo, con los pies rozando la espuma que levantaba el casco al surcar las olas.
Entonces, la nave viró hacia el Este para aprovechar el fuerte viento. Ya en la dirección adecuada, las velas se hincharon y su velocidad se redobló. Galaf, resultó impulsado hacia atrás. Trató de aferrarse a las ventanas de los remos, ahora cerradas No lo consiguió. Sus dedos resbalaban una y otra vez sobre la húmeda madera.
El Nube Azul, más lento, quedó atrás. Sobre su cubierta los vencedores aullaban jubilosos e increpaban a los escapados. Algunos lanzaban inútiles flechas hacia el drakkar.
Galaf sintió que la debilidad le podía. Los ojos se le cerraron. Entonces, recordó a su hija y mujer mientras las violaban en el salón familiar, sus gritos ensordecedores de horror y asco al ser penetradas y mancilladas una y otra vez. La rabia volvió y le dio fuerzas: el Destino aún no deseaba su muerte. Escaló por la cuerda, luchando contra la debilidad de sus músculos extenuados, contra el viento cortante, contra el salitre que llenaba sus ojos y flotaban en su estómago. Palmo a palmo, extrayendo energías de donde no había, subió por el cabo.
Tembloroso y jadeante, pasó sobre la baranda y caminó tambaleándose, como un borracho.
Los vikingos, pocos y deprimidos tras la derrota, lo habían visto surgir del mar como un demonio de las profundidades. Galaf tenía los ojos enrojecidos y desorbitados. La sangre manaba en dos pequeños hilos de la nariz deformada. Tenía las barbas y los cabellos tan mojados y caóticos como los de un troll de los bosques. Su dedo índice señalaba hacia Lars, quien lo contemplaba, inmóvil, desde la proa. Junto a él estaba Rolf El Matador.
Los piratas, asustados, se alejaron de aquella aparición. Sólo Rolf y Lars permanecían en su sitio. Ambos habían palidecido mortalmente y el asombro y el espanto se conjugaban en sus pupilas. De pronto, Lars le reconoció. Exhaló un gemido de horror y dio un paso hacia atrás.
Entonces Galaf cayo al suelo y quedó allí, como un bulto desmañado, incapaz de seguir consciente.





Le despertó el agua helada. Hicieron falta dos cubos. Abrió los ojos y contempló un pequeño número de vikingos a su alrededor, seis en total, los únicos supervivientes de la batalla. Estaba de pie, fuertemente atado al mástil del drakkar. Le habían limpiado y vendado las heridas mientras se hallaba inconsciente. Se sentía lleno de energías. Y odio.
Lars lo miraba de forma indescifrable, siempre acompañado de Rolf. Galaf clavó sus ojos en el líder vikingo y trató de liberarse. Las cuerdas, del grosor de un puño, se clavaron en su pecho, tobillos, muñecas, brazos y piernas. Acudió el sudor a su rostro, amoratado y tumefacto a causa de la nariz rota, y volvió a sangrar. Le habían atado con efectividad marinera, así que sus enérgicos intentos no consiguieron despegar ni un dedo su espalda del mástil.
Los vikingos se hubieran burlado de otros prisioneros. Pero nadie sonrio a costa de Galaf.
-¿Por qué has venido hasta mi barco? -preguntó Lars, en claro danés- ¿Por qué no te quedaste con tus compañeros, saboreando la victoria?
Galaf habló roncamente:
-Bien lo sabes, Lars El Gris, asesino de mujeres y niños. Quiero venganza, justa venganza. Tú mataste a mi familia.
Lars lo contempló en silencio.
-¡Voy a rajarlo como a un cerdo! -intervino Rolf- Está llenó de odio, sólo nos traerá complicaciones.
Sacó el hacha de su sujeción al cinto y reculó el brazo derecho.
-No -ordenó Lars. Durante un solo instante, pareció apesadumbrado. Después, recuperó la frialdad habitual-. Déjalo ahí. Ya pensaré qué hacer con él.
Se volvió y andó hacia su pequeño cuarto, en la popa, el único de la nave, con los hombros encorvados, como si soportase sobre ellos un gran peso.
Una vez que hubo desaparecido Rolf aspiró con fuerza y lanzó el hacha. Galaf lo vio venir y no cerró los ojos. El filo se hundió unos centímetros por encima de su cabeza. Todos sus músculos faciales se tensaron, mas no había parpadeado siquiera.
-Tienes suerte... -le dijo Rolf, arrojándole una mirada asesina-. Tienes mucha suerte...
Le dio la espalda. Los cuatro restantes marineros se dispersaron, hacia diferentes puntos de la cubierta.





Aquella noche, Galaf aun seguía atado al mástil. Sin soltarlo, le habían dado de comer. Al parecer, Lars no deseaba que muriera. El prisionero tenía el cuerpo helado por el frío y la falta de riego sanguíneo. El viento procedente del Oeste aún inflaba las velas. Más allá de las bordas, la espuma de las olas brillaba sobre un fondo de negrura. El viento silbaba ominoso, profundo.
Eran muy pocos los piratas sobre el drakkar, así que hasta el mismísimo líder, Lars, tenía que hacer guardia. En ese momento, era el único que no dormía del barco. Se acercó a Galaf. Ambos se observaron en silencio. El vikingo sacó un cuchillo de su vaina y lo clavó en el mástil, a pocos dedos de las cuerdas del reo. Después, despertó al siguiente turno y se metió en su cuarto.
Galaf frotó el grueso y escarchado cabo contra el cuchillo, llevando cuidado de hacerlo sólo cuando el soñoliento centinela miraba en otra dirección. Le llevó una hora liberarse. Cuando lo consiguió, el vigía cabeceaba, arrullado por las olas, manteniendo firme el timón. Aquellos experimentados marinos serían capaces de seguir un rumbo fijo incluso dormidos. El prisionero casi ni podía andar y hubieron de pasar dolorosos minutos hasta que la sangre volvió a correr normalmente por sus arterias.
Tomó el cuchillo y el hacha clavados en el madero. Mientras avanzaba sobre cubierta, como un gran gato, vio una lejana sombra sobre el horizonte. Sin duda, se trataba de la costa de Gotaland. También distinguió varias prominencias afiladas por el Sureste. Eran gigantescas islas de roca, contra las que un barco podría hacerse pedazos.
Silenciosamente, llegó hasta la popa. Allá estaba el vigía y timonel, cumpliendo su monótona tarea entre ronquidos. Galaf apretó la mandíbula, sus ojos brillaron en la oscuridad con un fulgor asesino. Se le echó encima, tapándole la boca, y clavando con fuerza el cuchillo en un ojo. La punta llegó al cerebro y el vikingo murió al instante. Galaf lo echó por la borda con cuidado. Ninguno de los otros cuatro vikingos restantes, enrollados en sus mantas, dormidos junto a los bancos de remos, despertó. Tampoco emergió nadie del cuchitril del capitán.
Sin una mano que mantuviera el timón, el barco comenzó a virar lenta e inexorablemente hacia el Sureste.
Galaf, aún silencioso, el puñal y el hacha en la mano, se deslizó entre los bancos de remos. El Destino le sonreía, pues ninguno de los tres siguientes vikingos despertó antes de morir. El cuarto y más lejano era Rolf, situado en el último banco, cerca de la punta de proa.
Entonces, sonaron crujidos procedentes de la popa, del cuarto de Lars. Durante más de treinta frenéticos latidos, Galaf se debatió entre acabar con Rolf antes de que éste despertara, o encargarse de Lars. Podía oír los broncos ronquidos del noruego. Sin duda dormía profundamente. Mas, si el capitán aparecía en cubierta ahora, descubriría que su cautivo habría escapado y daría la alarma. Tendría que enfrentarse a la vez contra los dos últimos vikingos. Sin embargo, si era rápido y hábil, podría despachar a Lars antes de que despertara Rolf. Entonces, sólo se las vería con un último hombre.
Sonaron nuevos crujidos desde la cabina de Lars. Si salía ahora, podría echarlo todo a perder. Tragándose una maldición, Galaf se encaminó hacia la popa.
La puerta de la cabina era pequeña y estaba enclavada en el mismo suelo de cubierta. Mostraba un grueso aro metálico y negruzco, del que habría que tirar para abrir la trampilla. Miró por última vez hacia proa. El bulto sombrío que era Rolf continuaba inmóvil, ajeno a la liberación del prisionero y la muerte de sus compañeros. Galaf metió el cuchillo entre el cinto y la cadera y agarró el asa de la puerta. Reprimió un jadeo y la alzó lentamente, preparando el hacha para descargarlo sobre el capitán, si es que le esperaba en la misma entrada de su cuarto.
No fue así: sólo descubrió una escalerita de peldaños de vieja madera, que descendía unos dos pies, hasta un suelo de tablas, sucio y oscuro. El corazón de Galaf galopó frenético mientras bajó los escalones, acostumbrando los ojos a la negrura de la cabina. Un solo chorro de suave claridad azulada, proveniente de las estrellas, surcaba la pequeña estancia, desde un ventanuco en la pared de la izquierda. Era la estancia casi cuadrada, de casi pies por lado, y había que agachar la cabeza para no dar con la coronilla en el techo. Distinguió la sombra de una mesita, unos bultos en el suelo, a su izquierda, tal vez ropa o armas enfundadas, y un sencillo catre. Nada más.
Sobre la pequeña cama, al otro lado del cuarto, descubrió a Lars, sentado, como una figura impenetrable. Ahondó en la oscuridad de su rostro y comprendió que El Gris le miraba fijamente, sin un solo movimiento. Sólo la fuerte respiración que hacía subir y bajar su gran pecho desmentía la total inmovilidad. En la mano izquierda tenía un enorme puñal. En la diestra empuñaba una espada.
Galaf sintió que la furia oprimía sus sienes. Cerró la trampilla y corrió la barra de hierro sobre el pasador. Lars ni se había preocupado de echar el cerrojo para impedirle entrar. El Loco sacó el cuchillo del cinto y agarró con fuerza el hacha.
-Al fin has venido -dijo El Gris, con voz tranquila y profunda-. Lo que ha de ser, sea. Luchemos.
Se levantó, aprestando la espada y la daga, encorvando el cuerpo y dando un paso hacia delante. Algo se quebró en la mente de Galaf. Aulló y se lanzó hacia Lars, atravesando la oscuridad. La espada del pirata paró su golpe y El Gris contraatacó.
Luchaban con denuedo, como sombras huidizas y fugaces, como perros en un callejón, entre jadeos, gritos, gruñidos y el estruendo propio del entrechocar de aceros. Tiraban y destrozaban los escasos muebles y bultos, se empujaban y lanzaban puñadas, daban contra las paredes, el suelo y el bajo techo con estruendo y, no obstante, continuaban en salvaje liza. Los ojos de Galaf ardían de ira, los de Lars brillaba con furia cerebral. El primero atacaba como un toro furioso, el segundo luchaba con habilidad y eficacia, intentando llevar las riendas del combate. Ambos estaban muy igualados.
Se oyeron voces procedentes del exterior. Rolf, alarmado a causa del ruido de aceros y los alaridos, intentaba echar la puerta abajo, pero la barra del cerrojo era fuerte y podría resistir durante varios minutos más.
En un momento dado Galaf empujó a Lars. El vikingo cayó sobre una pequeña estantería de un rincón, derribándola y arrojando al suelo multitud de pequeños tesoros y adornos bárbaros.
Un objeto caído llegó hasta los pies de Galaf. Sin saber por qué, lo recogió, retrocedió y miró detenidamente, bajo la luz del ventanuco, sin bajar la guardia en cuanto a su rival. Era una figura tosca e infantil esculpida en madera. Un dragoncito. El juguete de un niño.
-¡Suéltalo! -bramó Lars- ¡No lo toques!
Había perdido del todo su compostura, la furia y la desesperación borraban cualquier frialdad de su rostro.
Galaf miró a Lars, luego al dragoncito de juguete. Peleó contra la confusión. De pronto, comprendió.
-Esto era de tu hijo -dijo, mostrando el juguete-. Tú también tenías una familia.
Lars rugió como una bestia y se lanzó sobre Galaf. Éste se apartó y golpeó con el hacha. La hoja abrió la cota y el pecho de Lars, lanzándolo contra una pared. Sin embargo, antes de ser herido, el vikingo había arrebatado el juguete de manos de Galaf.
El pirata, desde el suelo, contempló la figurita con detenimiento y, bajo la claridad de las estrellas, sonrió con una tristeza infinita. Estaba llorando. Miró a Galaf y la vista se le llenó de rabia. Trató de levantarse, mas el escalofriante tajo en su pecho era mortal y él lo sabía. Se dejó caer de nuevo. La sangre manaba en finos chorros por la herida, el rostro estaba tornándose ceniciento. Jadeó. Habló con voz entrecortada:
-Desde que te vi por primera vez supe que me matarías.
Galaf lo miró enigmática y fríamente.
-Tú ya estabas muerto entonces, Lars El Gris. Deseabas morir y por éso no acabaste conmigo en mi propia casa, hace un año. Ni permitiste que esta mañana lo hiciera Rolf. Y hoy, cuando clavaste ese cuchillo junto a las cuerdas que me ataban al mástil, sabías que las rasgaría con él y por la noche vendría a buscarte. Has sido un cadáver durante todo este tiempo, Gris. Un moribundo que ansiaba fallecer de una vez por todas.
Lars miró el dragoncito y lo apretó contra su húmedo pecho. Después, dirigió los ojos hacia Galaf. Sonrió irónica y amargamente. Dijo:
-A veces, los hombres toman extrañas decisiones que ni siquiera comprenden...
Los ojos perdieron el brillo de la vida.
La trampilla cedió al fin y una vaharada de aire helado alivió el ambiente cargado de sangre y sudor. Sonó la ruda voz de Rolf:
-¡Lars! ¿Estás vivo? ¡Ese danés del demonio escapó y ha asesinado a...!
-El Gris ha muerto -anunció Galaf, aprestando de nuevo sus armas- ¡Sólo quedamos tú y yo, Matador!
Durante varios latidos, reinaron el viento, el susurro de las olas y el crujido de las olas. Entonces, la voz del noruego tronó:
-¡Sal afuera y pelea contra mí, hijo de perra! ¡Vamos! ¡No te atacaré hasta que estés aquí arriba!
Galaf agarró un fardo de ropa del suelo y lo aproximó a la abertura de la trampilla. Un fuerte espadazo se lo arrancó de la mano. Rolf, como una figura oscura alrededor del cuadro, alzó el bulto y lo arrojó hacia atrás. Soltó una gran carcajada.
-¡Eres listo, danés! -gritó- No te fías de mí, ¿eh? Ya que no puedo engañarte, jugaré limpio: mírame ahora. ¡Me estoy alejando!
Galaf contempló la sombra de Rolf. Efectivamente, andaba hacia la proa, pero sin dejar de observar la trampilla.
El Loco surgió en dos saltos al exterior. La Luna había salido de entre las nubes e iluminaba fabulosamente el barco, como una larga daga que surcara un mar de plata. El viento alzaba sus enmarañados cabellos y barba. Las estrellas arrancaban destellos al cuchillo y la espada tiznadas de negro. Sangraba por varias heridas menores y su ira mantenía lejano el dolor. En la proa, Rolf se erguía como una montaña. Tenía un escudo embrazado y una espada en la diestra. Tras él, las islas de roca comenzaban a crecer de manera peligrosa. deformes. En menos de una hora, el drakkar sin timonel chocaría contra ellas.
-¡Escúchame, necio! -gritó Rolf- ¡Si alguien no doma el timón, los dos vamos a perecer
Galaf empezó a saltar sobre los bancos de remero, los ojos clavados en el noruego.
-Todos moriremos hoy aquí -contestó-. Es el mejor final para esta historia.
Rolf retrocedió un paso. Temía el hacha de su enemigo.
-¿Lo has matado? -preguntó-¿Realmente, has matado a Lars?
-Sí. Pero mi venganza no se consumará hasta que muera el último vikingo de este barco.
-¡No tiene por qué ser así! -protestó Rolf- ¡Tú debes ser nuestro nuevo capitán! Así lo estipulan las Leyes del Mar: si un hombre vence en justa lucha al capitán, puede convertirse en el nuevo líder del barco.
Galaf se detuvo cuando ya había recorrido la mitad de cubierta, y lanzó una carcajada llena de hiel.
-¡No acepto las leyes de dioses, ni de los hombres, ni tampoco las del mar! Sólo acato un mandato: ¡la venganza!
-¡Eres un loco! ¿Por qué debemos morir? ¡Disfrutarás de aventuras, riqueza, mujeres y cuantas otras alegrías puedas imaginar! ¡Tendrás poder! Sé que te gusta combatir y matar, lo he visto en tu rostro. Eres un lobo que se ha desprendido al fin de la piel de cordero.
-¿Como Lars? -preguntó Galaf- ¿Él fue un cordero o un lobo?
-Cuando lo conocimos, se trataba de un ser vulgar, como tú -contestó Rolf-. Yo mismo maté a su familia, delante suyo. Me lo traje al barco y lo hice mi esclavo. Guardaba dentro de sí mucha rabia, pero la supo canalizar en su propio beneficio; acabó aceptando la situación y se convirtió en uno de los nuestros. Peleaba a nuestro lado y llegó a convertirse, por méritos propios, en el nuevo capitán. Pronto olvidó su patética existencia anterior... ¡Tenía una nueva vida y le gustaba! -el pirata bajó la voz- Yo le quería como a un hermano.
-Ahora, está muerto -afirmó Galaf.
Rolf lo contempló durante varios latidos de forma lúgubre. Dijo:
-Vi a Lars degollar a muchos inocentes sin que le temblara la mano, pero desde el día en que te conoció, cambió. Se volvió débil, hasta el punto de buscar su propia muerte perdonándote la vida. ¿No fue él quien te liberó del mástil?
-Sí -respondió Galaf-. Él se contempló a sí mismo en mí y no lo pudo soportar.
-Lo suponía. Era mi compañero de lucha, mi hermano de sangre. Pero se ablandó, y nuestra fraternidad no tolera la debilidad. Sólo aceptamos a los fuertes -le señaló con la espada-. ¡Tú lo eres! ¡Conviértete en un nuevo hombre, disfruta de una nueva vida!
Galaf pensó en la extasiante alegría que le había invadido al masacrar enemigos, al aplastar a quienes osaban interponerse en su camino, en saberse superior al contrario y demostrárselo sin piedad. Se trataba de un placer embriagador. Imaginó un futuro cargado de batallas y victorias. Lo tenía al alcance de la mano. Podía cerrar los puños sobre la garganta del mundo y doblegarlo hasta obtener de él cuanto deseara.
Entonces, recordó las últimas palabras de Lars El Gris: "A veces, los hombres toman extrañas decisiones que ni siquiera comprenden...".
Siguió corriendo y saltando sobre los bancos, hasta alcanzar a Rolf. Entraron en liza, hostigando al vikingo incansablemente. El pirata luchaba con bravura, reía locamente y lanzaba vítores a Tyr y Odín. Finalmente, un poderoso hachazo le alcanzó el cuello y se derrumbó, como un buey en el matadero.
Galaf, jadeante, sintiendo el frío helándose sobre la piel, llegó hasta la punta de proa y permaneció en pie, viendo acercarse más y más las negras masas de roca. La espuma de las olas brillaba contra ellas.
Se sintió viejo. La venganza se había consumado. Él ya no era nada. Su vida estaba vacía. Apoyó el filo del hacha en su garganta y de un fuerte y eficiente tajo la abrió de lado a lado.
Poco después, el drakkar colisionaba fatalmente contra las inmensas rocas. Las cuadernas saltaron en pedazos, el mástil se partió, las velas fueron desgarradas y el mar se tragó la rota nave y los cadáveres que la ocupaban.

(c) Andrés Díaz Sánchez,  2000.
   

 

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