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BETEL
Por Gustavo Valente
El sol de Betel, Radal, se alzaba ligero sobre las suaves cordilleras del planeta.
Largas líneas rojas de sombra se proyectaban sobre la llanura, retrocediendo
por entre la fina arenilla. Pocas cosas daban sombra en Betel. El gigantesco
mundo casi dos veces el volumen de la Tierra, no permitía que muchos elementos
asomaran en su superficie. La fuerza de la gravedad y las terribles tormentas
se habían encargado de suavizar el planeta en una infinita llanura; de las hecatombes
de su formación geológica solo la suave y delicada Cordillera de Nigel se había
salvado, gracias a su dura constitución mineralógica.
Sobre el cenit el segundo sol de Betel, Nihue, proyectaba sus débiles rayos
luminosos. Más apagado y pequeño que su compañero de espacio, su luz opaca y
rojiza apenas alcanzaba a bañar al planeta en una aterciopelada penumbra, hasta
el momento en que Radal aparecía en el firmamento, entonces se complacía en
provocar las llamativas sombras de la cordillera.
Rascid agotó su capacidad de admiración y por más que había visto mas de mil
veces esta misma imagen hasta tornársele rutinaria, comprendía que no era lo
mismo verla en un monitor que en vivo y en directo, aunque fuese a través de
una diminuta y gruesa claraboya. Y era la primera vez que la veía de esa forma.
Recién descendido del módulo de descenso, se hallaba ahora en la Sala de Supervisión,
el único lugar acondicionado para la vida humana en Betel. Allí la estremecedora
fuerza de gravedad, se hallaba atemperada por un ingenioso sistema antigravitatorio,
de otra forma Rascid no hubiese podido permanecer de pie. Sin embargo, el sistema
solo disminuía la acción gravitatoria, por lo que Rascid no dejaba de experimentar
la sensación de tener sobre sus hombros un peso extra, a la vez que una opresión
y un malestar constante en todo el cuerpo, producto de las tensiones que todos
sus órganos internos soportaban. No en vano a la Sala de Supervisión la denominaban
cariñosamente la Trituradora.
Desde allí se administraba la extracción de kalinio en la Cordillera de Nigel,
un rarísimo mineral capaz de convertirse en un poderoso combustible nuclear,
único e irremplazable hasta el momento; este era el motivo que justificaba el
cuantioso esfuerzo realizado y la proeza tecnológica que constituía esta planta
extractora en el hostil Betel.
"Pero había valido la pena" -pensó Rascid. Gracias al kalinio el problema de
la energía en los viajes estelares ya estaba resuelto. Sacó la mirada de la
pequeña claraboya, una de las poquísimas de la sala, y se sumergió en su trabajo.
Dos horas después volvía a su puesto de observación, extasiado por los fantásticos
colores de las sombras. Desde allí distinguía el módulo de descenso cuyos brillos
metálicos despedían extrañas tonalidades.
Minutos más tarde seguía concentrado en los tableros. Cuando volvió a mirar
ya el pequeño Nihue había desaparecido en el horizonte y los colores de Betel
tomaban una apariencia mas similar a la terráquea. Parte del exótico encanto
del planeta se había perdido.
Para ese momento Rascid había concluido satisfactoriamente la primera serie
de análisis y controles y aún más importante, se acostumbraba progresivamente
a la agobiante fuerza de la gravedad. La extraordinaria capacidad tecnológica
demostrada en la construcción de la mina hallaba su punto máximo en los controles
automáticos que guiaban el proceso de extracción y envío del material al espacio.
Toda la planta se hallaba automatizada siendo supervisada, a su vez, por la
estación espacial MARC que orbitaba el planeta. Solo cada cinco meses betelianos
una misión rutinaria de control, pero no exenta de alto riesgo, hacía descender
un terráqueo sobre Betel.
En las profundidades de la mina, Rascid podía observar como los brazos robotizados
trepanaban la roca, recogían el material, lo clasificaban y lo enviaban a contenedores
prestos a ser embarcados en cargueros hacia el espacio exterior. La terrible
fuerza gravitatoria solo era eficazmente vencida por medio de los reactores
de kalinio; la mitad del mineral extraído era reutilizado solo para el ascenso
y descenso de los cargueros, la tercera parte restante para los contenedores
hacia la madre Tierra y, aún así, lo poco que llegaba justificaba ampliamente
los enormes gastos y peligros que ocasionaba la extracción minera en Betel.
Al día siguiente Rascid se levantó temprano, más para admirar el espectacular
amanecer del pequeño Nihue que por su trabajo. Los aureolados rayos del rojizo
sol bañando la llanura le dieron la razón. La atmósfera diáfana pronosticaba
una mañana agradable. Ahora comenzaba la parte principal de su trabajo. Si bien
la planta podía autorepararse, era ineludible una inspección visual directa
y, si era necesario, la reparación manual de las fallas, lo que implicaba realizar
caminatas por el exterior en las distintas instalaciones. Estas caminatas si
bien eran muy seguras no estaban libres de mucho cansancio, pues la gravedad
se sentía plenamente, y, también, de cierto riesgo. Los primeros días le correspondía
a la Sala de Supervisión, luego el sistema de carga del material y la rampa
de lanzamiento de los cargueros y, finalmente lo mas complicado, las galerías
subterráneas.
No había terminado de preparase cuando una luz comenzó a destellar en el panel.
El sistema de comunicaciones con la Estación Orbital MARC mostraba un fallo.
El circuito auxiliar se puso en funcionamiento.
-Atención, MARC ¿Me escuchan? -preguntó Rascid.
-Lo escuchamos, Rascid, aunque con problemas -replicaron entre algunos ruidos
y chirridos.
-Yo también tengo problemas, hay una falla grave en el sistema de comunicaciones,
estoy con el sistema auxiliar... -Pero no pudo terminar la frase, con un chirrido
final la línea quedó muerta y a pesar de sus intentos por restablecerla permaneció
de ese modo. El enlace con la antena estaba interrumpido. Los dos circuitos
habían dejado de funcionar.
El panel de monitores que vigilaba las instalaciones mineras le dió la clave:
la antena había caído, tanto la principal como la auxiliar, destruyendo irremediablemente
el sistema de comunicaciones con el exterior. Aparentemente parte de la estructura
había fallado, la gravedad se había encargado del resto.
Lo que le parecía inexplicable era ¿cómo es que había fallado? Imaginó mil explicaciones
posibles, desembocando siempre en la misma: las tormentas, comunes y fortísimas
en la atmósfera beteliana, unidas a la fatiga de los materiales, habían debilitado
la estructura. Había varias cosas que no encajaban, pero no había otra explicación.
Independientemente de ello, Rascid tenía órdenes de regresar inmediatamente
ante cualquier inconveniente excepcional y este era precisamente un inconveniente
de esas características. Ya se encargarían los jefes de enviar un equipo completo
para arreglar el problema, aunque tenía plena seguridad de que él iba a ser
uno de sus integrantes. "Doble paga" -pensó satisfecho, aunque no le gustaba
mucho la idea. El trabajo pesado que significaría recomponer las antenas iba
a ser extenuante.
Se aprestó inmediatamente a los preparativos de despegue, ya nada tenía que
hacer allí. El sistema era bastante sencillo y seguro: una cápsula lo transportaría,
por un sistema de carriles sobre rieles, desde la Trituradora hasta el módulo
de descenso permitiéndole iniciar el regreso.
Sin embargo la verificación de los carriles arrojó una falla. Rascid maldijo
en voz baja. Parecía que todo se le ponía en contra. Lo peor del caso es que
tendría que ir personalmente a repararla, pero contrariamente a lo esperado,
esto lo puso de buen humor, un paseo por Betel era una cosa que todavía no había
experimentado y sería importante tener esa experiencia para las próximas misiones.
Excitado por esta idea, se calzó el complicado equipo terrestre exterior, que
era en realidad, una poderosa y resistente armadura robotizada. Toda la estructura
tenía más de tres metros de alto, pero era capaz de manipular tanto a los diminutos
cables eléctricos como de mover grandes piezas. Gracias a sus incontables brazos-herramientas
Rascid podía soldar, cortar atornillar, etc. Viéndolo de lejos era como un extraño
insecto con demasiadas patas, esta semejanza le había valido el apodo de Araña.
Un instante después se acomodaba en el bulbo, que hacía las veces de cuerpo
de la Araña, dentro de un traje de seguridad, como un sistema de doble protección
ante cualquier fisura del bulbo. La Araña giró en su sitio y avanzó hacia la
cámara de salida. Minutos más tarde el paisaje de Betel quedaba revelado ante
sus ojos.
La Araña se movía por medio de un sistema de "pies", unas seis articulaciones
independientes que la hacían "caminar" sobre cualquier tipo de terreno. Se dirigió
hacia el ala este de la Trituradora. El carril que había que reparar era uno
de los diez que movilizaban la cápsula de trasbordo. La Araña se colocó en posición
y Rascid comenzó a operar los distintos brazos.
De improviso, el sistema se puso en funcionamiento y antes de que Rascid tuviera
tiempo para reaccionar, los carriles golpearon los "pies". Rascid pudo liberar
uno de los pares, pero los otros quedaron irremisiblemente aprisionados. La
situación se tornaba grave.
Utilizó los brazos de fuerza de la Araña empujando los carriles y logró moverlos
unos centímetros. Pero no lo suficiente para liberar los "pies". No le quedaba
mas remedio que utilizar los soldadores para desguazar el carril; dañaría el
sistema, pero su primera urgencia era salir de allí.
Poco a poco los pedazos del carril fueron amontonados a su lado hasta liberar
dos pares de "pies". Pero repentinamente, uno de los brazos de fuerza cedió,
varios de sus "dedos" saltaron rotos, la fila de carriles se puso en movimiento
golpeando a la Araña, que perdió el equilibrio cayendo de costado. Si bien estaba
construida con los materiales más resistentes posibles, la inercia del golpe
fue superior; cuando Rascid tomó conciencia estaba en medio de una masa aplastada
de metales tubulares.
Por suerte no había sufrido ni siquiera una magulladura, pero la Araña no tenía
ninguna parte útil: la presión de la gravedad había retorcido todo el esqueleto.
Solo el bulbo había resistido y no precisaba revisar averías, la venenosa atmósfera
de Betel habría acabado con él en pocos minutos. Ahora solo tenía una posibilidad:
ir caminando en el traje de seguridad hasta la Trituradora.
A primera vista no parecía gran cosa, pues solo era un trayecto de menos de
200 metros, su traje estaba intacto y su reserva de oxígeno suficiente. El problema
era que, una vez fuera de la armadura que lo sostenía en el bulbo, la fuerza
gravitatoria lo aplastaría contra el piso y solo arrastrándose podría llegar.
Y ni aún así estaba seguro de lograrlo. "Lo bueno del caso -reflexionó- es que
no había otra alternativa por la que decidirse".
Su primer movimiento, luego de abrir el bulbo, le pareció extraordinariamente
fatigoso, el segundo lo dejó casi al límite de sus fuerzas y el tercero lo encontró
exhausto. Sin embargo, no había opción.
El sol de Betel iluminaba claramente todas las irregularidades del terreno;
su cara pegada al piso le proporcionaba una perspectiva pocas veces advertida:
las minúsculas piedrecitas se transformaban en gigantescas rocas y las instalaciones,
tan cercanas en la realidad, aparecían muy lejanas y extrañamente deformadas.
Rascid descansó antes de seguir avanzando y luego siguió arrastrándose con varias
paradas por cinco largas horas hasta la cámara de salida; la "caminata" había
sido extenuante. Con la respiración sofocada, envuelto en los ácidos vapores
de su propia transpiración, giró la cabeza hacia arriba y maldijo en voz baja
¡La llave de apertura manual de la cámara estaba demasiado alta para sus fuerzas!
Nadie había pensado un caso como el que ahora atravesaba. Aplastado al suelo
y exhausto por el esfuerzo era impensable que pudiera levantar la mano hasta
esa altura. Rascid miró con mas detenimiento; la puerta se elevaba lisa e inmensa,
pero los marcos poseían unas muescas regularmente distribuidas. Si utilizaba
esas muescas como apoyo a su mano...
Rascid acercó su mano hacia la primera de las muescas, cabía perfectamente.
A la tercera muesca debió levantar todo el antebrazo apoyándose en el codo,
a la décima debió levantar el codo. Los músculos temblaban, la articulación
del hombro se resistía a soportar tanto esfuerzo. Pero no se detuvo, comprendió
que cada segundo valía por mil y lo que pensó que sería un intento de prueba,
se convirtió en el único que podría realizar.
Tres muescas mas y ya estaba a la altura del botón de apertura. Respiró y con
toda la energía que le quedaba golpeó la tecla cuadrada. La inercia del envión
fue suficiente para fracturarle el dedo, pero lo peor fue cuando el brazo, ya
laxo, cayó a tierra rompiéndose el codo y quizá, algún otro hueso.
El dolor fue intenso, pero la puerta estaba abierta.
Dos horas mas tarde ya tenía la situación controlada, si bien su codo estaba
roto al igual que el dedo índice, los eficientes robots auxiliares, convenientemente
guiados por la computadora, ya lo habían vendado y entablillado lo bastante
bien como para resistir hasta la estación MARC.
Treinta minutos despues, un pesado Oruga llegaba al lugar del accidente. A través
de los monitores, Rascid podía observar lo que registraban las cámaras que este
robot llevaba. Sobre la superficie notaba la zizaguiante estela producida por
su cuerpo al arrastrarse. No pudo dejar de tragar saliva. De lejos notaba el
extraño cúmulo de hierros, la Araña era irreconocible; solo más de cerca distinguía
los brazos completamente retorcidos, uno de ellos había golpeado el bulbo. Un
suspiro involuntario se le escapó, ahora ya estaba roto por el peso.
Los débiles rayos de luz declinaban en el horizonte anunciando la noche, por
lo que Rascid activó el sistema de iluminación de la Oruga. Reflejando la luz
blanca los objetos tomaron una apariencia no natural en los monitores. Rascid
parpadeó un poco y si no hubiese tenido un entrenamiento tan preciso, quizá
algo parecido al temor hubiese aflorado. Pero, en esa profesión no se podía
dar esos lujos, automáticamente Rascid activó los filtros cromáticos y las pantallas
le devolvieron imágenes más acordes a Betel.
La Oruga siguió a lo largo de los rieles y con paciencia examinó los carriles.
Algunos estaban volcados y apisonados por el choque. Lentamente la Oruga los
fue colocando en su sitio y arreglando los desperfectos. Junto con el carril
que había casi desguazado, tuvo que apartar otro que estaba demasiado estropeado,
luego los reemplazaría. El sistema de propulsión magnética estaba en verde:
los carriles funcionaban normalmente. Por lo tanto, la causa del accidente debía
estar entre los dañados.
En el panel una alarma se disparó con un chirrido perturbador, sobresaltándolo;
una tormenta se desarrollaba aproximadamente a unos 150 kilómetros al noreste
de su posición. La computadora calculaba que en ½ hora la tendría encima. Rascid
maldijo nuevamente, la reparación de los carriles tendría que postergarla, retrasando
su partida.
La tormenta llegó precisa e inesperadamente y, como todas, era violenta y persistente.
El polvo levantado enceguecía la visión, desistía ya de seguir con la inspección
cuando un detalle le atrajo la atención: un cable suelto. Enfocó con cuidado.
No cabía dudas, un cable de los propulsores magnéticos estaba cortado; eso había
interrumpido el circuito y el carril se había descontrolado al quedar sin freno.
Pero algo mas inquietante surgía: el cable estaba limpiamente cortado, tal como
si una herramienta lo hubiese hecho. Eso era naturalmente imposible, sin embargo
la vista no lo engañaba. Quedó un momento en suspenso y, luego una idea le vino
a la mente, dejó la Oruga y enfocó rápidamente las cámaras de televisión hacia
las antenas caídas, activó el acercamiento y revisó la estructura. La tormenta
apenas si le dejaba posibilidades de visión, sin embargo, logró verificar lo
que sospechaba: los tensores de la antena estaban cortados, tan limpiamente
como los carriles.
Súbitamente Rascid se sintió muy cansado, se percató que hacía mas de 12 horas
que no comía ni descansaba. Decidió aprovechar la tormenta para ambas cosas
y reflexionar.
La situación era muy delicada, se hallaba imposibilitado de comunicarse y también
de salir, por el momento, del planeta. Pero lo mas terrible era una idea que
comenzaba a tomar la forma de una inquietante certeza: alguien más estaba sobre
el planeta.
Pero, ¿quién podría vivir en este planeta? Dejando de lado la constitución atmosférica,
pues no había razón para pensar que algún organismo no podía utilizarla, estaba
el problema de la gravedad. El mismo lo estaba padeciendo. Tendrían que ser
seres extremadamente resistentes y con un gran volumen muscular para moverse
en estas condiciones; pero tampoco les serviría pues su masa aumentaría en forma
geométrica y, por ende, la atracción gravitatoria. Aparte, nadie había visto
tales seres.
También existía otra posibilidad, precisamente la inversa: seres muy pequeños,
tan pequeños que la atracción de la gravedad para ellos fuera similar a la de
la Tierra con respecto a los humanos. En ese caso si se podrían movilizar. Claro
que, pensó sonriendo, tampoco nadie había visto algo parecido a una hormiga
o a una cucaracha por los alrededores.
Igualmente descartó la teoría; las tormentas eran lo suficientemente frecuentes
y violentas, como para inhabilitar la vida en el páramo, mucho más tratándose
de pequeños seres.
Consultó a la computadora al respecto, durante las investigaciones solo se habían
detectado microorganismos básicos con cierta diferenciación. Así, pues, había
vida.
Era natural que estas formas primitivas no habían cortado los cables, sin lugar
a dudas una forma mas evolucionada había podido progresar. Pero, ¿dónde se hallaban?
El planeta era liso como una bola de billar, las tormentas que se desataban
impedían asentarse en la superficie. Su mirada se concentró instintivamente
en las galerías subterráneas. Y por primera vez se sintió verdaderamente intranquilo.
Rascid se concentró. Debía pensar, pensar...
Si los betelianos existían, en principio debían tener una resistencia física
extraordinaria, comparada con los humanos, tanto para hacer frente a la fuerza
gravitatoria como para excavar los túneles donde, con seguridad, vivían. Por
otro lado, las fallas que él había experimentado parecían tener el propósito
de aislarlo en el planeta y revelaban que poseían inteligencia suficiente como
para saber que es lo que debían hacer para lograr ese fin.
Rascid supuso que no era descabellado su razonamiento, solo una raza suficientemente
vigorosa y excepcionalmente inteligente podría sobrevivir a las duras condiciones
de Betel.
Pero, por otra parte, ¿por qué no se comunicaban? ¿Qué propósito perseguían
con estos actos agresivos? Rascid no quiso seguir especulando al respecto, le
parecía muy posible que el razonamiento beteliano fuera completamente distinto
al del humano.
De pronto, sacudió la cabeza. Todo esto era de locos, estaba completamente equivocado.
No podía pensar en ideas tan absurdas. ¡Los cables cortados! ¿Estaba seguro
de ello? Apenas si los había visto en medio de la tormenta. Era necesario una
revisión mas minuciosa para determinar con exactitud que se hallaban seccionados
con una herramienta y no simplemente cortados por desgaste o algún otro proceso
mas natural y lógico que tan absurdas especulaciones.
Completamente aliviado por estos pensamientos, notó como la situación tomaba
una nueva perspectiva, mucho mas racional y sensata. Comió algo y luego se echó
en la cama a descansar. Mañana ya habría terminado la tormenta, en pocas horas
los carriles estarían ya reparados y antes de terminar el día estaría de vuelta
en MARC.
Dentro de la mina, el ruido del trépano era intolerable. Manejados por sistemas
precisos, todos los mecanismos se movían en perpetua sombra. Claro que si la
habilidad del ojo era muy grande, uno podía llegar a ver en realidad una semipenumbra,
producto de las decenas de lucecitas propias de las máquinas. En esa semipenumbra,
entonces, era mas fácil distinguir todas las partes del complejo y si uno ascendía
por el túnel, comenzaría a ver la luz amplia, directa y rojiza de la atmósfera
de Betel. Pero, si por el contrario, uno se acercaba a las paredes y afinaba
la vista, podía ser capaz de ver otros túneles, incomparablemente mas pequeños,
que se abrían en todas direcciones.
Todos ellos destruidos, desmoronados, deshechos. Todas
nuestras ciudades, nuestros pueblos, familias, hijos. Todos desvastados por
estas máquinas abominables.
Siglos de civilización y de lucha especializada para sobrevivir en este medio
atroz en que nos ha condenado el planeta. Un extraño designio en que la Naturaleza
nos sentencia a estas profundidades subterráneas, en donde nuestros exiguos
cuerpos, sometidos a las mas fuertes presiones han debido hacer gala de una
maravillosa inteligencia para poder sobrevivir.
Y luego la hecatombe, seres de otras tierras que nos destruyen; no contenta
la Naturaleza con su obra envía una nueva plaga. ¿Por qué tanta desdicha, tanto
dolor? Tantos siglos de sufrimiento y evolución, ¿era solo para la aniquilación?
¿La mano podía ser tan cruel que no contenta con habernos creado en un mundo
de sufrimientos y sin esperanzas, ahora directamente nos condena?
¡No! La revelación aparecía sublime. No era la maldición, sino la bendición
anunciada. No era el fin de los tiempos sino el principio de un nuevo mundo.
Incapacitados en nuestras habilidades motoras, nuestra extraordinaria inteligencia
no tardó en descubrir que ese azote era en realidad nuestra salvación, nuestra
vía de escape.
Así como estos seres vinieron a este mundo, así nosotros podemos salir de este,
hacia otro mejor donde el entorno mas benigno pueda permitirnos un desarrollo
mas adecuado, para disfrutar, para ser libres.
Ya dimos el primer paso, pronto comenzaremos a andar.
(c) Gustavo Valente
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