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Este artículo de José De Ambrosio fue publicado en octubre de 1990, en el número 22 de la revista Cuasar, (República Argentina).

 

ABC DE LA CIENCIA FICCION ARGENTINA

(Segunda Parte)

VAMOS A LA PRIMERA PARTE

En la primera mitad del siglo XIX Edgar Allan Poe delineó la configuración de la narrativa policial; F. H. Bradley indicó que el tiempo es una mera relación entre cosas intemporales. Conjugando ambas ideas; Bioy extrajo una sinuosa composición, "El perjurio de la nieve". Entre variados relatores -como lo hiciera en PLAN DE EVASION- símbolos e ironías, desenvuelve el núcleo de la obra: en una finca aislada se repiten cotidianamente iguales movimientos. El prolijo ritual no carece de sentido: una de las hijas del propietario padece una enfermedad terminal; su padre quiere inmovilizar el tiempo, aboliendo los cambios que son su esencia, para alejarla de la muerte. El ingenioso remedio se quiebra cuando un inescrupuloso visitante se introduce en el aposento de la chica y la posee. Ella muere.

Resalta aquí un rasgo habitual en Bioy, la intención de conceder la inmortalidad a sus seres; quizás porque lo contraría nuestra limitación temporal.

"Sentir que es un soplo la vida..." cantó Carlos Gardel en "Volver"; ese sentimiento ha animado al escritor a diseñar senderos alternativos por donde burlar la muerte. En "Planes para una fuga al Carmelo" el Río de la Plata es el epicentro de hallazgos científicos excepcionales. En Argentina se erradicaron las enfermedades y se prolongó la juventud, en Uruguay se suprimió la muerte (sorprende y reconforta que semejantes avances no sean patrimonio del norte).

El mito de Fausto ha sido retomado en las letras argentinas; Bioy lo emplea en dos narraciones. En "El relojero de Fausto" el pacto diabólico otorga -a cambio del alma años suplementarios de la vida; "Las vísperas de Fausto" revive los angustiosos instantes previos a la dación en pago del espíritu. El ingenuo doctor examina la posibilidad de renacer y repetir su vida infinitamente (otra vez el eterno retorno); con desaliento cavila: "Quién sabe desde cuándo representaba su vida de soberbia, de perdición, de terrores".

Aquel artefacto de "Los afanes" -Bioy no se entretiene en pormenores técnicos, apenas fabrica "un aparatito con dos columnas de níquel, de unos veinte centímetros de altura" prolonga primero la existencia de un perro -no por casualidad llamado Marconi y luego la de su propio inventor Eladio Heller, cuya alma pasa al bastidor (su esposa no tolera esa "inmortalidad ridícula" y destroza el mecanismo). Buscando trascender, también el Jim de "De los dos lados" emprende espectrales excursiones. La reencarnación es defendida en "Trío", afirmando su protagonista que más increíble sería que el alma desaparezca. Pero todas esas historias entretejidas alrededor de un ánima que sobrevive a su continente corpóreo son superadas, técnica y artísticamente, en la ajustada sinfonía de LA INVENCION DE MOREL. Las figuras humanas que recorren la isla no son una mera reproducción holográfica, tienen conciencia, aunque sólo la del momento que reproducen sin fin. Para armar esos fantasmas ambulantes, Morel partió de considerar a los elementos constitutivos de cada individuo reposando en alguna especie de mundo celeste platónico ("¿en dónde yacemos -se pregunta, como en un disco músicas inauditas, hasta que Dios nos manda nacer?") que pueden convocarse después de morir: "Congregados los sentidos, surge el alma". Estimulante perspectiva de inmortalidad.

"En una parte u otra estarán, sin vida, la imagen, el contacto, la voz de los que ya no viven (nada se pierde...)...alguna vez pescadores de ondas los congregarán, de nuevo, en el mundo."

El fascinante oficio sugerido (¡pescadores de ondas de muertos!) merece ser desarrollado por los nuevos autores de CF nacional.

No olvida Bioy la contundencia matemática de la probabilidad (de la improbabilidad) computable en cero; que pueda volver a integrarse (misteriosa ave Fénix) un solo dedo de algún ancestro, por recombinación de las partículas que lo formaron, parece tarea harto fatigosa aún para la conjetural divinidad. Esos cálculos no empañan los sueños del triste héroe cuando se introduce en los paseos de su amada. "Tendré la recompensa de una eternidad tranquila", se ilusiona.

Es curioso que Bioy haya pintado esa pluralidad de formas de supervivencia cuando presumiblemente le está deparada la del artista; quizás dentro de un siglo un asombro renovado estremezca a sus lectores (si aún hay lectores).

En unión indisoluble con la supresión de la muerte está la quimera de la eterna juventud; no valdría mucho una perpetuidad que no detuviera el envejecimiento, la acumulación de decrepitudes arrastrándose penosamente sería intolerable. La ancianidad es una "situación sin salida" para Bioy -en boca del profesor Haeckel de "Historias desaforadas", un drama que ha inquietado a la sociedad desde la prehistoria, reflotando gracias a Malthus y la amenaza actual de la superpoblación. Es fama que los alquimistas medievales quemaron su vista buscando el elixir de la eterna juventud.

La CF clásica del hemisferio norte planteó abundantes medios para combatir a los ancianos. El casi siempre plácido Bradbury es impiadoso con los viejos "secos y crujientes, los que se pasaban el tiempo escuchándose los corazones, tomándose el pulso y llevándose cucharadas de jarabe a la boca torcida...... las pasas de uvas, las momias", y los despacha para el irreal Marte de sus famosas CRONICAS MARCIANAS; no menos cruel, Richard Matheson les hace rendir intrincados exámenes cuyo fracaso acarrea la muerte por disposición legal ("El examen"). Lafferty prefiere conservar a los antepasados de los ´proavitoi´ como diminutas reliquias inmortales ("Novecientas abuelas"); son depositarios del secreto del principio de los tiempos, que no revelan a sus visitantes porque "es demasiado gracioso" (quizás, después de todo, no exista una explicación muy solemne para este universo que insistimos en tomar en serio). En "El secreto", Jack Vance mantiene lozanos y felices a sus isleños, haciéndolos huir -como los elefantes de la leyenda en busca del cementerio perdido poco tiempo después de su adolescencia, alejando la vejez y la muerte de la bella tierra donde habitan.

Contemporáneamente, Bioy sugería soluciones autóctonas para la cuestión. Además de aquellos descubrimientos rioplatenses de "Planes para la fuga de Carmelo", inyectó al experimental paciente de "Historia desaforada" ciertos compuestos químicos que solo aparecen en la etapa del crecimiento corporal; la juventud se alcanza, pero es acompañada por un gigantismo monstruoso. La descripción más patética de una sociedad feroz que detesta a sus ancianos es volcada en DIARIO DE LA GUERRA DEL CERDO: los viejos son perseguidos y eliminados impiadosamente.

"Pasada cierta edad, no hay que subir a taxímetros de jóvenes.

¿Por qué? preguntó Vidal.

¿No se ha enterado, señor? Por deporte roban viejos y después los tiran por ahí...La muchachada hace de cuenta que sale a cazar peludos y nos caza a nosotros."

La concepción de Bioy sobre el destino humano es más cruda que la reflejada por su literatura. Ha dicho en un reciente reportaje:

"Yo veo siempre al destino del hombre como algo un poco patético. Por las limitaciones del hombre y por el misterio del cosmos. Por toda esa vida que uno no ha buscado, que no ha elegido y tiene un final generalmente espantoso. A veces he pensado que la vida es un entretenimiento liviano con un final espantoso." (Puro cuento#15)

Permanentemente aflora la reflexión filosófica en sus cuentos y novelas. A veces disimulado, a veces explícito, el pensamiento metafísico impone profundidad a sus tramas literarias. El idealismo de Berkeley (llevado magistralmente a la narrativa de ficción por Borges en "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius") se muestra en alguna de sus páginas; las súperevolucionadas focas de "De los reyes futuros", que dominan la telepatía, estaban "en un mundo como el que supone el idealismo; tenían una capacidad de proyectar ideas nítidas y minuciosas, y, entre ellas, vivían".

James supuso que la naturaleza es un vasto espacio completo; nosotros seleccionamos ciertas configuraciones y les atribuimos un orden. Ese orden es creado arbitrariamente, entre el caos general. Ejemplificaba con un millar de arvejillas desparramadas sobre una mesa al azar: nuestros sentidos encontrarían pautas geométricas, figuras. El informe del gobernador en PLAN DE EVASION reproduce esa doctrina:

"William James afirma que el mundo se nos presenta como un indeterminado flujo, una especie de corriente compacta, una vasta inundación donde no hay personas ni objetos, sino confusamente, olores, colores, sonidos, contactos, dolores, temperaturas... La esencia de la actividad mental consiste en cortar y separar aquello que es un todo continuo y agruparlo, utilitariamente, en objetos, personas, animales y vegetales."

La novela prodiga alusiones filosóficas; a la mención de Bentham, de James, de Schopenhauer, agrega la referencia al "fantasma del universo". La idea es muy antigua; Heráclito, con aquella percepción del devenir, negaba toda existencia, nada es porque todo fluye. No por casualidad, Castel escribe: "ya la interpretación de una silla me pareció un problema agotador". Los filósofos abordaron desde antaño la cuestión ontológica, trataron de explicar la esencia de todas las cosas. Platón hallaba que cada objeto no era más que la imperfecta réplica de un arquetipo ubicado en empíreos museos; Berkeley negó al ser en cuanto no fuera un ser percibido; Kant predicó la incognoscibilidad de la cosa en sí, sostuvo la posibilidad de acceder sólo a los fenómenos (las cosas en su percepción por el sujeto); Bertrand Russell pensó que es probable que exista un mundo exterior al observador pero que sólo puede inferirse, y describe a una silla como sistema increíblemente vasto de electrones y protones en rápido movimiento, separados por un espacio vacío, experimentando billones de transiciones cuánticas, donde las ondas luminosas que parten de ellos (o se reflejan partiendo de una fuente luminosa) llegan al ojo, originan una serie de efectos sobre la córnea y la retina, el nervio óptico y el cerebro y, finalmente, producen una sensación.

No es extraño que interpretar una silla agobie el gobernador.

En "El perjurio de la nieve" el singular Oribe corre de pronto el interior de la casa, vuelve aliviado y aclara: "Fui a ver una silla. No recordaba cómo eran las sillas". Una cavilación profunda se esconde tras el toque de humor.

Si la meditación filosófica está en las letras de Bioy, es porque la entiende íntimamente ligada a la fantasía. En el prólogo a la ANTOLOGIA DE LA LITERATURA FANTASTICA, al mencionar los antecedentes chinos afirma que "hasta los libros de filosofía son ricos en fantasmas y sueños". Tal vez la filosofía no sea más que una forma de la literatura fantástica, como sospechaba Borges.

Las continuas referencias a lo borgeano no son caprichosas: entre ambos fue tan intensa la identificación intelectual que se llegó a conjeturar un Biorges compuesto. Escribieron obras en colaboración; firmando como H. Bustos Domecq publicaron las aventuras del improbable detective (preso) Isidro Parodi. El floreo barroco en su redacción puede acusar algún influjo de Chesterton. Son más legibles los cuentos elaborados individualmente por ellos; más que su producción en común es rescatable (y admirable) el recíproco flujo de pensamiento, el intercambio de conceptos originales. También se corresponden en una fina ironía estilística, más acentuada en Bioy Casares.

Suele emplear frases agudamente autocontradictorias:

"El modesto palacio de la gobernación debe su fama ...a las maderas del país, durables como la piedra...Los insectos perforadores y la humedad empiezan a podrirlo." (PLAN DE EVASION)

"Todo estaba en orden, en una suciedad y miseria inolvidables." (PLAN DE EVASION)

"Si está despierto, ¿por qué no puedo hablar con él?...

Para hablar con él tendrá que esperar hasta la mañana

cuando duerma." (PLAN DE EVASION)

"Aunque la mesa descollaba por lo magnífica, el calor húmedo volvía desabridos, y hasta sospechosos, los más complicados productos del arte culinario." ("La pasajera de primera clase")

"(Un pueblo) en cuya vida abundan los hechos notables: la fundación, en pleno siglo XIX; algo después, el cólera -un brote que felizmente no llegó a mayores y el peligro del malón, que si bien no se concretaría nunca...." ("El calamar opta por su tinta")

El humor también suele llegar en tren del absurdo. Las focas notables "están interesadas en las posibilidades evolutivas del hombre". Oribe, en "El perjurio de la nieve", grita desde lo alto: "Yo siempre me trepo a un árbol cuando quiero pensar".

Permanentemente anticipa al lector claves que puedan orientarlo para vislumbrar el sentido oculto de los sucesos relatados. El informe de PLAN DE EVASION, las últimas páginas de "El perjurio de la nieve" y "La trama celeste", se estructuran como la novela policial tradicional, cuando el detective arma el rompecabezas con los datos aislados desperdigados a través del desarrollo. La visión del conjunto justifica, retrospectivamente, hechos y descripciones marginales o triviales, que adquieren aquí su sentido. Así el anillo cuya piedra refleja un busto femenino con cabeza de caballo, que regala la enfermera al capitán Morris en "La trama celeste", es un símbolo cartaginés, posible sólo en un universo donde esa cultura sobreviva; junto con el mismo nombre de la mujer -Idibal- y otros datos similares contribuye a que el investigador encuentre la verdad. Los desenlaces no son públicos, los destinos casi siempre individuales. No hay histerias, no hay muchedumbres, no hay noticias ´tipo catástrofe´ en los medios de difusión; parece que a la mayoría de la población no la alterara la aparición de situaciones insólitas. Se forma, desconectado del curso masivo, un singular microclima sin interferencias exteriores. Es el individuo enfrentado a la extravagancia quien con ironía, con serenidad, se amolda sacudiendo apenas las motas de polvo que ensucian su quehacer. Jamás se le ocurre dar a publicidad su descubrimiento, si no es notorio, y cuando lo es prefiere vivirlo en soledad. Nunca un amigo, un familiar a quién telefonear asombrado (como solía hacer Bradbury) compartiendo el fenómeno. Es como si los héroes de Bioy se desentendieran del surgimiento de lo inverosímil en el universo para concentrarse en sus preocupaciones particulares, de las cuales el amor es la más frecuente. Insinúan a veces una esencia no humana sino arquetípica, de personajes de parábola entre esperanzas y desengaños, marionetas de un sino de contrastadas vivencias respecto al flujo principal de la historia.

Bioy Casares no se limitó a engendrar criaturas que se aventuren por los trabajados meandros del tiempo y del espacio; él mismo se convirtió en poblador de cuentos ajenos. Permanece, cálidamente evocado por Julio Cortázar, entre las hojas de "Diario para un cuento". Para Borges cumplió variados menesteres: en "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius" le recordó la famosa doctrina de un heresiarca y aportó un apócrifo volumen de la AngloAmerican Cyclopaedia; trajo un singular puñal londinense para "El hombre en el umbral".

Pese a tan prolífica actividad, no es evidente que haya sembrado epígonos. Un cuento de Rubén Tomasi ("No hay mal que dure cien años") repite el tema de "Una puerta se abre", variando circunstancias menores; "Items", de Eduardo Carletti, explota a fondo las posibilidades del plexo cuántico, profundizando la tendencia de "La trama celeste"; el pacto diabólico que agradaba a Bioy es recreado por D. Barbieri ("El vendrá por mí a medianoche"). Pero no parece haber mucho más.

La obra literaria pude reflejar al hombre; Adolfo Bioy Casares ha impregnado a la suya de matices personales, irreproducibles. Ha tratado, como Sábato, de exorcizar en sus creaciones las inquietudes que lo acecharan en forma permanente; su respuesta artística es, probablemente, la misma que la de su vida: arrostrar con una semisonrisa, gallarda e indiferente, las angustias metafísicas mas profundas.

Quizás no se vislumbra una clara continuidad para su narrativa porque ya se esfumó en la neblinosa frontera entre literatura y realidad, ha podido escapar a la vejez y a la muerte que tanto lo fastidiaban, ha burlado su hado para irse a vivir definitivamente en las geografías de algún fantástico argumento.

(c)José De Ambrosio, 1989

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