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BOTLAND
Por Gustav Weath
1
En el quirófano todo estaba terminado. Los enormes reflectores iluminaban directamente
sobre la mesa de operaciones, en la cual estaba tendido el cuerpo metálico de
Antair Damorr.
Antair había esperado más de dos años por su nuevo cuerpo y ahora al fin lo
tenía. Apenas empezaba a reaccionar al proceso postoperatorio, hacía doce horas
que la operación había concluido, ahora estaba en la fase de observación; podía
escuchar el sonido del sistema de chequeo integral, mientras éste mostraba en
su monitor todos los datos relacionados con el funcionamiento de su nuevo cuerpo
y del componente más importante de todo éste, su cerebro. Antair sintió que
podía controlar sus brazos, e intentó mover uno de ellos; sólo alcanzó a mover
los dedos de su mano derecha, pero...era un comienzo.
Antair Damorr era un rico empresario que había hecho su fortuna explotando los
minerales de la superficie de Marte y Venus. Sus enormes fábricas procesaban
los minerales y luego los vendía a las cinco ciudades-continente y a las colonias
situadas en los océanos y en los asteroides. Hacía varios años que Antair había
considerado la idea de adquirir un cuerpo robótico y se decidió definitivamente
cuando el gobierno de la Confederación aprobó la Ley Data, que obligaba a todo
ciudadano de la Tierra a cambiar sus cuerpos orgánicos por cuerpos robóticos.
Al principio hubo cierta oposición, pero las tropas de la Confederación se habían
encargado de eliminarla. Antair aceptó, pero el modelo estándar le parecía muy
burdo, casi obsoleto. Así que mandó a diseñar uno con todo los aspectos que
creía eran necesarios para un hombre como él. Esto era bastante costoso, Antair
gastó más de veinte millones de créditos entre el diseño, la construcción y
el acoplamiento.
Un año después de la aprobación de la Ley Data, casi la totalidad de la población
humana había transferido su cerebro a un cuerpo robótico. Hubo un reducido grupo
de personas que siguió luchando contra la Confederación para que la ley fuese
anulada, pero no tuvieron éxito y se vieron forzados a escapar de la Tierra.
El cielo estaba azul y unas pocas nubes flotaban en él, mientras el sol bañaba
de luz todo el horizonte y se reflejaba en los altos edificios de cristal. En
las anchas calles de Atrius se podían observar miles de bots caminando de aquí
para allá, de arriba a abajo, por todos lados. A pesar de que la tecnología
lo permitía, no tenían aspecto de seres humanos, sus cuerpos estaban diseñados
para que se notara que eran bots, el doctor Creon Hatna así lo había querido;
romper con el pasado, esa era su filosofía, no quería diseñar algo que fuese
parecido al hombre. Los cuerpos de los bots tenían piernas, brazos, cabeza,
torso, pero no tenían piel, cabellos o algo que pudiese hacer que se les confundiera
con humanos. A decenas de metros se podía saber que eran bots.
La construcción de los bots era perfecta, los mejores materiales, los mejores
diseños, la mejor construcción. El esqueleto básico estaba hecho de una aleación
de titanio y termiun (un extraño mineral descubierto en un asteroide en el año
2055). Este esqueleto era indeformable y podía resistir presiones de hasta cincuenta
kilogramos por centímetro cuadrado, además de ser blindado y completamente seguro
contra la corrosión, en definitiva, era un excelente soporte para los componentes
principales del bot. Luego estaba el recubrimiento del esqueleto, el cuerpo
en sí, que estaba construido con una serie de placas de acero inoxidable de
alta dureza, éste recubría los componentes colocados en el esqueleto y los protegía
de los agentes externos.
Un bot normal estaba constituido por unas dos mil piezas y los más avanzados
tenían hasta seis mil, todo dependía del dinero del que dispusiera el comprador.
Los componentes principales de un bot eran el cerebro, la interfaz conectora
de alta velocidad, la unidad controladora principal, la unidad de energía y
el sistema de soporte de vida. El cerebro es el único componente orgánico; para
instalarlo, primero se ajusta dentro de una burbuja de cristal blindado y luego
ésta se coloca dentro de un compartimento en el cráneo del bot. La interfaz
conectora es la que enlaza al cerebro con la unidad controladora principal,
la que a su vez coordina todas las acciones del cuerpo. Luego tenemos a la unidad
de energía, la cual es una celda nuclear que puede mantener funcionando al bot
por un tiempo que varía desde los cien años hasta los mil años, algo que depende
de nuevo de la capacidad del comprador. Por último está el sistema de soporte
de vida, el cual está colocado en la cabeza del bot y se encarga de mantener
vivo al cerebro.
El doctor Creon Hatna había hecho una fortuna vendiendo estos bots a las personas
que, desesperadamente, buscaban alargar sus días en el universo, y había fundado
el CBCH (Centro de Biocibernética Hatna) con el propósito de extender su programa
a todos los habitantes de la tierra. Pero él, el inventor y constructor de lo
que muchos consideraban el progreso más grande del milenio, no había dejado
su cuerpo orgánico para transferir su cerebro a un bot. No, él no, y era el
único que no era considerado como... un rebelde.
Antair Damorr se hallaba sentado en la pequeña habitación contigua al quirófano,
el doctor Mon Conet estaba de pie frente a él y lo observaba atentamente.
-¿Cómo se siente señor Damorr? -preguntó en un tono amable.
-Me siento un poco extraño -respondió Antair-. Aún no me acostumbro.
-En unos días se acostumbrará, verá que será muy fácil, a mí me sucedió lo mismo
al principio.
El doctor Conet se acercó a su escritorio y encendió un pequeño computador.
-Ahora vamos a proceder a realizar unos pequeños exámenes para determinar varios
aspectos que necesito conocer -dijo.
-Siempre y cuando no duela -dijo Antair, un tanto nervioso.
-¡No amigo mío!, nunca más volverá a sentir dolor.
Conet alargó un cable desde el computador y lo conectó en la parte posterior
de la cabeza de Antair.
-Bien, comencemos -dijo.
Se sentó frente al computador y tecleó una serie de códigos, enseguida la pantalla
se llenó de gráficos de colores e hileras de dígitos.
-Bien, todo está correcto, sus sistemas están funcionando a la perfección.
«Debían funcionar a la perfección», pensó Antair, le habían costado varios millones
de créditos y dos años de espera.
-Recuerde que debe volver dentro de un mes para que realicemos otra serie de
pruebas, debemos tener una estricta vigilancia las primeras semanas.
-Claro doctor, no lo olvidaré.
Antair se levantó y el doctor Conet le tendió la mano.
-El servicio de transporte del centro lo llevará a su casa.
-Muchas gracias doctor.
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2
Una enorme explosión sacudió el aire, el edificio de comercio de Atrius estaba
en llamas, miles de fragmentos de cristal saltaban por todas partes. Un hombre
vestido con un sobretodo de color marrón salió corriendo por la calle principal,
llevaba en una de sus manos una especie de control remoto, su cara estaba cubierta
por una diminuta máscara antigases y sus ojos se cubrían detrás de unos lentes
integrales de color anaranjado; su cabeza estaba tapada por una capucha unida
al sobretodo.
Varios vehículos de suspensión magnética de la policía, llegaron flotando hasta
el lugar, se detuvieron a unos cien metros del edificio y de ellos salieron
varios bots de seguridad. Los diminutos chalecos de tela marrón que llevaban
puestos tenían marcados en la espalda las letras BD-C (Brigada de Seguridad
C). Cuatro de ellos comenzaron a perseguir al sospechoso y el resto acordonó
el área para facilitar las operaciones de extinción del fuego, varios segundos
después llegaron tres vehículos magnéticos pertenecientes al escuadrón de desastres.
Los cuatro bots de seguridad seguían corriendo detrás del hombre, éste miró
hacia atrás y se dio cuenta de que se encontraban a menos de veinte metros de
él, y seguían avanzando. Uno de los bots le dio la voz de alto, pero el hombre
no hizo caso, aceleró el paso y dobló en una esquina que llevaba hacia un angosto
callejón; sabía que no podía ganarle a un bot en campo abierto, los modelos
de seguridad alcanzaban una velocidad de más de cuarenta kilómetros por hora,
pero podía tratar de escabullirse. Llegó al final del callejón y trepó por una
cerca, del otro lado se encontraba la entrada de una fábrica de piezas de mecánicas.
«Será un buen sitio para perderlos» -pensó.
Pero los bots no necesitaban alcanzarlo, sus escopetas de gas ionizado lo harían
por ellos. Uno de los bots apuntó hacia el hombre y apretó el gatillo, una carga
comprimida de gas salió del cañón del arma e hizo impacto en la espalda del
fugitivo, emitiendo un sonido explosivo; el hombre cayó aturdido al suelo. Los
bots lo sujetaron y lo levantaron, luego lo esposaron y lo llevaron cargado
hacia sus vehículos.
Los bots de seguridad eran de los más avanzados y complicados diseños, superados
solamente por los modelos militares, los modelos destinados a labores quirúrgicas
y algunos de los modelos diseñados especialmente para las personas más adineradas.
Sus cien kilogramos de peso, su estatura de 1,80 metros y su blindaje de 8 milímetros
de espesor, hecho de compuestos derivados del berilio, los hacía un sistema
perfecto para la labor de represión de criminales. Si a todo esto sumábamos
la escopeta de gas ionizado, la pistola de plasma y el lanzador de gas neurotóxico,
teníamos un modelo letal.
Se escuchó el ruido de los motores de hidrógeno de un vehículo magnético que
se acercaba a gran velocidad. Los bots de seguridad que llevaban al prisionero
volvieron sus cabezas y observaron en la dirección en la que venía el sonido.
El vehículo magnético se estacionó en la calle, a pocos metros de donde se encontraban
los bots, y cuatro hombres vestidos de la misma forma que el prisionero, se
bajaron y los apuntaron con sus ametralladoras de choque de tres cañones. Enseguida
los bots soltaron al prisionero y trataron de desenfundar sus armas, era demasiado
tarde; una lluvia de proyectiles térmicos de doce milímetros chocó contra sus
cuerpos y destrozó el blindaje exterior. Los cañones de las ametralladoras vomitaban
fogonazos rojos y los proyectiles hacían de las suyas en los cuerpos de los
bots. Uno de ellos fue alcanzado en la cabeza, inmediatamente su cráneo explotó
y una nube de sangre cayó sobre el piso. Después de unos segundos, los cuatro
cuerpos metálicos de los bots yacían sin vida en el suelo, manchados de sangre.
Dos de los cuatro hombres se acercaron rápidamente hacia el prisionero, lo sujetaron
y lo introdujeron en el vehículo, mientras los otros dos vigilaban. El vehículo
magnético arrancó y aceleró al máximo, pasó frente al edificio de comercio aún
en llamas y se alejó por la calle principal. Varios segundos después, llegaron
los bots que habían realizado el cerco de seguridad alrededor del edificio,
habían escuchado los disparos y corrían con las armas desenfundadas. No pudieron
hacer nada, los cerebros de los bots que estaban tirados en el suelo habían
sido destruidos.
Uno de los bots se agachó sobre los cuerpos y observó los agujeros de bala que
había en las partes que todavía estaban completas.
-Proyectiles térmicos -dijo-. Ilegales.
Otro de los bots se acercó.
-¡Rebeldes! -dijo-. Malditos Orbitales Rebeldes.
Dentro del vehículo magnético los cinco hombres estaban en silencio, se habían
quitado los lentes integrales y las máscaras antigases. Mult Verine estaba al
lado del piloto, se volteó y observó al que todavía tenía puestas las esposas.
-¡Quítenle las esposas a ese estúpido!- gritó.
Enseguida los hombres obedecieron.
-Lo siento señor -dijo, mientras se masajeaba las muñecas-. No volverá a pasar.
-¿Tienes idea de lo que arriesgamos, idiota?. ¿Sabes que hubiese pasado si los
bots de apoyo hubieran llegado antes de que nos fuéramos?. ¡Nos habrían hecho
polvo!.
-Lo siento señor, yo...
-No quiero escucharte, imbécil. Jamás debí enviar a un idiota a realizar un
trabajo tan delicado.
-Pero la bomba estalló.
-¡A mi no me importa! -gritó Mult-. Nos arriesgaste a todos, y eso es más importante
que cualquier maldito edifico; además, éste era un blanco secundario.
Mult se volvió de nuevo y observó al piloto.
-Vamos a casa, necesito un baño.
Antair Damorr estaba sentado en la sala holográfica de su enorme casa, observando
las noticias. Un bot transmitía las imágenes en vivo de lo que había pasado
en el edificio de comercio, mientras las comentaba y adjudicaba su autoría a
los Orbitales Rebeldes, los Orbs, como se les conocía popularmente. Antair sintió
que una sensación de terror invadió su cerebro, tomó el mando electrónico y
elevó el sonido de la transmisión holográfica, la cual mostraba en tamaño real
al bot que cubría el desastre y ,detrás de él, al edificio en llamas y casi
demolido. Antair se levantó y corrió hacia el ascensor.
«Ella no» -pensó-. «Ella no».
El vehículo magnético de Antair se detuvo a unos cientos de metros del edificio
de comercio. Todo el perímetro estaba rodeado por los bots de seguridad, y los
bots pertenecientes al escuadrón de desastres trataban de apagar las llamas
y de rescatar a los posibles sobrevivientes.
El fuego se reflejó en el cuerpo metálico de Antair y éste avanzó rápidamente
hacia el cordón de seguridad, uno de los bots lo detuvo cuando trataba de ingresar
al área; Antair trató de zafarse, pero otros dos bots de seguridad lo sujetaron
firmemente.
-¡Suéltenme! -gritó-. ¡Greyko está ahí adentro!.
-Tranquilo señor -lo interrumpió uno de los bots-. Todo estará bien.
-¡Maldita sea! -gritó Antair-. ¡No entienden, ella esta adentro!
-Hay muchas personas adentro, señor. Estamos tratando de salvarlas a todas
Hizo una seña con la mano y los otros dos llevaron a Antair hacia el otro lado
de la calle, en donde estaba una ambulancia preparada para atender a los heridos
de aquel desastre.
-Doctor -gritó unos de los bots de seguridad-. Este bot necesita atención, está
muy impactado.
El doctor se acercó a Antair y su cuerpo reflejó los rayos del sol sobre la
cara de éste.
-Llévenlo a la ambulancia y acuéstenlo en la camilla -dijo.
Antair seguía retorciéndose y gritando.
-¡Tienen que salvarla!, ¡Deben salvarla!.
Ya lo habían acostado en la camilla y el doctor se acercó a él.
-No lo suelten -dijo-. Le daré un tranquilizante.
Enseguida tomó un aparato parecido a una pequeña linterna de mano y lo conectó
a uno de los puertos de entrada localizados en la cabeza de Antair.
En ese momento Antair se durmió y los bots de seguridad lo soltaron.
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(c) Gustav Weath,
1999.
Vamos a la Segunda Parte de BOTLAND
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