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BOTLAND

(Segunda parte)

(vamos a la primera parte)

Por Gustav Weath

3

Mult Verine se hallaba de pie frente a la nave, casi todo había sido embarcado, faltaba poco tiempo para partir, pero la espera lo ponía nervioso...muy nervioso.
-Señor -gritó uno de sus hombres-. Estamos listos.
Mult asintió con la cabeza y el hombre entró a la nave. Él se dirigió lentamente hacia la escalera que comunicaba con la cabina de la nave y entró, la puerta neumática se cerró tras él emitiendo un leve siseo. La cabina del aparato tenía dos asientos y era bastante pequeña. En el panel delantero estaban los dos bastones de dirección y tres pantallas de alta resolución, además de infinidad de botones y pantallas más pequeñas. Sobre el panel de control se hallaban los tres cristales blindados que permitían la visión hacia adelante y, a los lados de éstos, aparecían dos cristales más pequeños por los que se podía observar hacia los flancos.
Mult se sentó al lado del copiloto, se abrochó el arnés de seguridad y encendió todos los sistemas de abordo; por último, encendió los motores. Un leve sonido le indicó que los motores estato-iónicos funcionaban perfectamente, Mult se sintió aliviado. Aquella nave había recorrido más de mil quinientos millones de kilómetros y aún no había recibido mantenimiento mayor.
Mult se acomodó en su asiento y apagó las luces de la cabina, ahora se notaba mejor la infinidad de luces y botones de colores que había en el panel de control. Luego se colocó el casco y activó su interfono.
-No creo tener que decirles, niños y niñas, que se abrochen los arneses de seguridad -dijo-. Partiremos dentro de unos minutos.
En el compartimiento trasero se encontraban diez personas, todas sentadas y con los arneses de seguridad ajustados. Tampoco había mucho espacio aquí, los asientos se encontraban muy próximos entre ellos y el pasillo entre las dos hileras de asientos era muy angosto. Aquella nave podía ser vieja e incómoda, pero cumplía su cometido.
En unos segundos la nave se elevó emitiendo un fuerte silbido. Mult asía con fuerza el bastón de mando mientras incrementaba la potencia de los motores. A los pocos minutos se hallaban a más de doscientos kilómetros de altura. La tierra se veía en todo su esplendor desde la cabina de mando y a lo lejos se distinguía la luna, brillante como un espejo. Mult introdujo una serie de coordenadas en el ordenador de navegación y aplicó 3/4 de potencia a los motores de impulso, los motores de sustentación cesaron de trabajar y la nave se puso en camino hacia su destino. Los sistemas de radar estaban alerta, escrutaban todo el espacio en busca de alguna nave que pudiese haberlos seguido; en la pantalla principal no se observaba nada...aún.
Mult recapituló en su mente aquel proceso. Tanto las estaciones de tierra como las estaciones orbitales tardaban unos cuantos minutos en descubrirlos y enviar a las naves interceptoras. Siempre era la misma rutina: Las estaciones orbitales los detectaban, luego avisaban a las estaciones terrestres, las que a su vez avisaban a la Comandancia de la Confederación, y ésta analizaba la información y decidía si enviaba a las interceptoras o no. Un proceso largo y tedioso, afortunadamente para él.
Cuando la Comandancia de la Confederación decidía enviar a las naves interceptoras, ya él se hallaba fuera de su alcance, ya que si bien era cierto que las naves interceptoras eran cuatro veces más rápidas que la suya, tenían sólo el veinte por ciento de la autonomía de ésta.
Pero esta vez estaba nervioso, tal vez la Confederación tuviese naves de mayor tamaño esperándolos en alguna parte, estaba seguro de que ya se habían enterado del atentado al edificio de comercio en Atrius, tal vez los estarían cazando.
De todas las naves que tenía la Confederación a la que más le temía era al modelo Orion. Con su velocidad de casi treinta mil kilómetros por segundo, su autonomía de más de veinte millones de kilómetros, su blindaje de diez centímetros de termiun puro y sus cuatro cañones láser, era un arma aterradora. Mult lo sabía porque la había pilotado, en realidad había pilotado todas las naves pequeñas de la Confederación; él había sido comandante del grupo de vuelo número 12, asignado en Zarcon, hasta que aquel bot...
-¡Señor! -gritó el joven copiloto-. El radar detecta cinco naves que se aproximan muy rápido.
Mult observó el radar.
-¡Maldición!.
-Distancia, cinco mil kilómetros -dijo el copiloto.
-Dame la velocidad -dijo Mult.
El copiloto consultó su monitor.
-Cerca de sesenta mil kilómetros por hora, señor.
-A esa velocidad los tendremos encima en menos de diez minutos -dijo Mult.
-Aumentaron la velocidad señor, sesenta y dos mil kilómetros por hora.
-Abrevia -dijo Mult.
-Sesenta y dos K, señor.
-¿Tienes el modelo? -preguntó Mult.
-Debo tenerlo en diez segundos, nueve, ocho...
Mult pensó que tenía menos de diez minutos antes de que estuviera a distancia de tiro, tenía que hacer algo y rápido.
-Águila, señor -dijo el copiloto.
-¿Qué? -preguntó Mult, todavía abstraído en sus pensamientos.
-El modelo señor, son Águilas -repitió el copiloto.
-Perfecto -sonrió Mult.
-Señor, si aceleraremos al máximo podríamos dejarlas atrás.
-No, de nada nos serviría, estamos muy lejos de nuestro destino, se nos acabaría el combustible a mitad de camino.
-¿Entonces qué se le ocurre, señor?.
-Verás, las Águilas son naves de segunda generación, están diseñadas para realizar bombardeos orbitales, esto quiere decir que se especializan en blancos grandes.
-Pero nada evitaría que cambiaran esa tendencia, señor -replicó el copiloto.
-Aunque quisieran atacarnos, no podrían hacerlo; tendríamos que quedarnos quietos para que sus armas hicieran blanco en nosotros.
-Aún no entiendo señor.
-Bien, el modelo Águila está armado con dos lanzadores de cargas de plasma, la velocidad máxima que desarrollan estas cargas cuando son disparadas es de unos veinte mil kilómetros por hora (20 K), esto significa que la nave debe desacelerar hasta llegar a una velocidad menor a 20 K para disparar las cargas. Jamás podrían hacernos daño.
-Es un alivio señor, ¿pero por qué la Confederación habrá enviado a esas naves para tratar de detenernos sabiendo lo inútiles que serían?.
-Tal vez no lo sabían, tal vez pensaron que nuestra nave era más grande o más lenta -respondió Mult.
-Eso me tranquiliza -dijo el joven copiloto.
-A qué distancia están.
-Cuatro mil kilómetros, señor, pero están volviendo hacia la tierra.
-Ya nos observaron en sus monitores y se dieron cuenta de que no podrían hacer nada -dijo Mult-. Afortunadamente no eran naves interceptoras.
La nave siguió su camino hacia el planeta más lejano de nuestro sistema solar, ahora la tierra estaba bastante lejos, era sólo un punto en la inmensidad del espacio.

Siempre era difícil maniobrar dentro del campo de asteroides. La nave de Mult se movía entre los miles de trozos de roca que se extendían hasta donde abarcaba la vista. El copiloto consultaba el mapa estelar y la pantalla de radar mientras Mult se mantenía concentrado en llevar a la nave hasta puerto seguro. En los cristales, sobre el panel principal, se observaban los asteroides, acercándose y alejándose del cuerpo de la nave; había miles, la vista era espectacular.
-Contacto visual en treinta segundos, señor -dijo el copiloto.
Mult no respondió, estaba concentrado en su labor.
Al poco tiempo apareció delante de ellos un asteroide bastante grande, en comparación con los demás.
-Tejón a Madriguera, cambio -dijo Mult por su interfono.
-Aquí Madriguera, adelante tejón -dijo una voz del otro lado del interfono.
-Solicito permiso para entrar -dijo Mult.
-Transmita los códigos de acceso tejón.
Mult hizo una seña al copiloto y éste tecleó algo en su ordenador.
-Transmitiendo códigos.
Pasaron unos segundos en silencio, luego se escuchó el chasquido del interfono.
-Códigos aceptados tejón. Ya puedes entrar Mult.
-Comprendido Madriguera, vamos para allá.
Enseguida Mult trazó el rumbo para que la computadora los guiase a su destino.

Antair Damorr había despertado y se encontraba acostado sobre la enorme cama de un hospital. De pie a su lado estaba el doctor Mon Conet.
-Vaya, veo que ya despertó -dijo Conet.
-¿Qué pasó doctor?. ¿Qué me sucedió?.
-Me dijeron que tuvo una conmoción muy fuerte y un colega tuvo que sedarlo.
Antair se quedó pensativo unos segundos y súbitamente trató de incorporarse.
-¡Greyko!, ¡Debo ver a Greyko!.
El doctor lo detuvo antes de que pudiera ponerse de pie.
-Tranquilo amigo, necesitas descansar.
-¿Qué pasó con ella?. ¿Dónde está? -preguntó Antair.
El doctor se sentó a un lado de la cama.
-Lo siento Antair, no había nada que hacer.
Antair se levantó violentamente.
-¿Qué quiere decir doctor?. ¿Dónde está Greyko?.
Conet se levantó.
-Siento ser yo quien le diga esto pero, su cuerpo quedó destrozado y su cerebro desintegrado -dijo Conet con tono triste.
Antair se dejó caer de rodillas sobre el suelo, el choque de su cuerpo con el piso produjo un sonido metálico. Se llevó las manos a la cara y tapó con ellas sus dos sensores ópticos. Conet se arrodilló a su lado y puso sus manos en los hombros de Antair.
-Lo siento mucho amigo, en verdad lo siento.
Antair levantó la cabeza.
-En este momento, quisiera poder...llorar.


4




La base principal de los Orbitales Rebeldes estaba construida en las entrañas del planeta Plutón; ésta cobijaba a más de cien mil personas, además poseía almacenes, fábricas, plantas procesadoras y hangares que guardaban a las casi cien naves que poseía la resistencia. La puerta a esta base se encontraba en el cinturón de asteroides, específicamente, dentro del asteroide Fortuna. En este asteroide, de unos 110 kilómetros de diámetro, había cerca de cien personas encargadas de monitorear a todas las naves que salieran hacia los planetas más alejados, para esto contaban con más de cuarenta puestos de escucha, ubicados en asteroides que no tenían un diámetro superior a los trescientos metros. Estos puestos de escucha estaban operados por tres personas cada uno y eran pequeños habitáculos incrustados en la roca. Los habitáculos tenían unos quince metros cuadrados y contaban, en su parte delantera, con ventanas blindadas colocadas entre muros de duraconcreto; también había una consola central, con cuatro monitores y dos computadores paralelos, un diminuto baño y un compartimiento para almacenar provisiones. En el exterior había una pequeña antena parabólica montada sobre una base móvil, a fin de poder captar las trasmisiones que hiciesen las naves que entraran al sector. La energía del módulo de escucha era proporcionada por un pequeño generador nuclear y el oxígeno provenía de unos tanques de aire enterrados en el cuerpo del asteroide. La tripulación era reemplazada cada siete días, los "afortunados" eran elegidos en un sorteo, ya que a nadie que estuviese cuerdo le gustaba servir en los puestos de escucha.
Habían pasado casi ocho horas desde que la nave de Mult había atravesado el cinturón de asteroides, ahora se encontraba a menos de un millón de kilómetros de su destino. Mult se desperezó y observó al joven copiloto que seguía frente a la pantalla de radar, escudriñando todo el espacio.
-Ya puedes descansar hijo -dijo Mult-. Casi estamos en casa.
-Entendido señor, sólo quería estar completamente seguro de que nadie nos seguiría.
-Bien hecho muchacho, bien hecho.
En ese momento el radar mostró dos naves que se acercaban hacia ellos, procedentes de Plutón.
-Vienen a recibirnos señor.
Las dos pequeñas naves biplaza se colocaron a los lados de la nave de Mult y los escoltaron el resto del camino.

Antair encendió la pantalla holográfica.
«Luego de perpetrar el brutal atentado contra el edificio de comercio de Atrius, los Orbs lograron escapar de las fuerzas de la Confederación».
Antair se levantó y caminó hacia la ventana, desde el piso sesenta y dos se observaba toda la ciudad, todo estaba en calma, todo menos...su "corazón".

Greyko Matted caminaba por las calles del puerto espacial de Manook. La operación había sido un éxito, durante seis meses había recaudado información valiosísima para los Orbitales Rebeldes. Pero ahora, el teniente Ven Encar había comenzado a sospechar que la relación de ésta con Antair Damorr tenía que ver más con cierto interés que con tontos sentimentalismos. Greyko era una de los pocos Orbitales Rebeldes que había aceptado convertirse en un bot y por esto era la mejor agente encubierta que había. Antair nunca sospechó nada de ella, pero ahora era tiempo de escapar, su misión estaba cumplida.
Se acercó a un pequeño motel, bastante viejo y sombrío, entró al lobby y pidió la llave de su habitación. El bot hizo un ademán con una mano y se la entregó.
Las escaleras que conducían al segundo piso estaban llenas de polvo y telarañas, Greyko caminó por el oscuro y largo pasillo hasta llegar a la habitación 23. Introdujo la llave magnética en la cerradura y abrió la puerta. El departamento era aún más sombrío que el edificio, las ventanas estaban cubiertas de polvo y mugre, el techo estaba lleno de grietas y los muebles habían sido cubiertos por sábanas que en un tiempo debieron ser blancas, pero que ahora mostraban un color amarillento. Greyko cerró la puerta y se dirigió hacia el baño, que estaba igual de destartalado que el resto del departamento, se agachó detrás del inodoro y quitó una de las sucias baldosas del piso. Debajo de ésta había un pequeño compartimiento, dentro del cual se encontraba un transmisor neural y una pistola térmica. Greyko tomó el transmisor láser y lo llevó hasta la sala.
El transmisor neural no es más que un pequeño casco que amplifica varias miles de veces las ondas cerebrales, es la única forma de hacer que una información llegue a un punto tan alejado como Plutón en cuestión de milisegundos. Greyko se colocó el transmisor, lo encendió y cerró los ojos.
«Pantera a base» -pensó- «pantera a base, adelante base»
Enseguida recibió la respuesta.
«Aquí base, transmita pantera»
«Misión terminada, estoy a salvo, la trampa de la explosión funcionó, nadie sospecha»
«Entendido pantera, diríjase al muelle 35 a las 22 horas para su evacuación. Base fuera»
Greyko abrió los ojos, se quitó el casco y consultó su reloj de pulsera. Faltaban doce horas.

La superficie de Plutón era gélida y su tenue atmósfera de metano le daba un color azulado. Mult disminuyó la velocidad y la nave comenzó a descender lentamente sobre la superficie del planeta. La temperatura exterior rondaba los 238 grados centígrados bajo cero.
Mult encendió su interfono.
-Tejón a Hangar Uno. adelante Hangar Uno -dijo.
Una voz ronca contestó.
-Aquí Hangar Uno, bienvenido tejón, lo estábamos esperando. Aterrice en la plataforma doce.
-Entendido Hangar Uno, tejón fuera.
La nave descendió hasta una plataforma hecha de duraconcreto, de unos 1600 metros cuadrados. El tren de aterrizaje tipo trineo hizo contacto con la plataforma y los amortiguadores cedieron bajo el peso de la nave. Luego de unos segundos la plataforma descendió y una puerta de duraconcreto reforzado se cerró sobre ella. La plataforma tardó unos segundos en alcanzar los cien metros bajo los cuales se encontraban los hangares.
Mult activó su interfono.
-Bien, llegamos a casa, ya pueden salir -dijo.
Luego oprimió un botón y una compuerta del lado derecho de la nave se abrió, una pequeña escalera se deslizó hasta el piso y los hombres de Mult comenzaron a bajar de la nave. Mult y el copiloto descendieron por una pequeña compuerta colocada bajo la cabina, no sin antes apagar todos los sistemas de la nave.
Mult observó a su alrededor. Aquel recinto era enorme, debía tener unos 640.000 metros cuadrados y casi veinte metros de alto. Cientos de personas vestidas con bragas inmaculadas caminaban de aquí para allá, revisando exhaustivamente todas y cada una de las naves.
Sus hombres se colocaron en fila, sus sucios trajes de combate contrastaban con los trajes de los mecánicos de vuelo.
-Atención -gritó Mult-, vayan a descansar, nos veremos en la sala de operaciones a las 1600 horas.

Ya había caído la noche. Antair conducía su vehículo magnético por el centro de la ciudad. En la calle aún se podía ver a los bots de combate diseminados por todas partes. Patrullaban cada centímetro de la ciudad en busca de rebeldes. En la avenida principal había un puesto de vigilancia improvisado, todos los vehículos se detenían en él y eran revisados.
Antair llegó hasta el puesto de vigilancia, un enorme bot de combate se le acercó.
-Buenos días ciudadano -dijo-. Podría bajar del vehículo por favor.
Antair apagó el motor y salió.
-Disculpe las molestias ciudadano, pero debemos revisar todos los vehículos que circulen por el centro -dijo el bot de combate.
-No se preocupe oficial, tal vez si hubiesen hecho esto ayer, esos malditos Orbs no habrían podido destruir el edificio de comercio -Antair miró hacia el horizonte-. Perdí a alguien muy importante allí.
Hubo unos segundos de silencio y luego el bot de combate observó el vehículo.
-Lo siento mucho ciudadano, en verdad lo siento.
Si bien los bots de seguridad imponían respeto, los bots de combate eran simplemente escalofriantes. Sus doscientos kilogramos de peso y sus casi dos metros y medio de estatura los hacían unos verdaderos monstruos. Además estaban protegidos con un blindaje que nisiquiera los proyectiles térmicos podía atravesar e iban armados con una ametralladora giratoria de quince milímetros de calibre.
Luego de unos minutos el bot de combate terminó de examinar el vehículo de Antair.
-Bien ciudadano, puede marcharse. Siento mucho lo que le pasó, en verdad lo siento.
-Muchas gracias oficial, gracias. Algún día esos rebeldes pagarán...algún día.
Antair entró de nuevo en el vehículo y se puso en camino hacia su destino: Katler Road.





5


Dentro de la sala de guerra, Mult Verine charlaba con el comandante Shek Nette.
-Se lo digo comandante -dijo Mult-, esto está cada vez más peligroso. Mis fuentes me han informado que la Confederación ha sacado a los bots de combate a las calles.
El comandante Nette se levantó de su silla. Era un hombre maduro, como de unos cincuenta años, pero era fuerte y robusto. Estaba vestido con su uniforme gris de diario y las condecoraciones que tenía prendidas de éste, eran tan numerosas que parecía que la chaqueta no iba a soportar el peso.
-Bien coronel -dijo Nette-. Qué tiene en mente.
Los ojos de Mult se iluminaron.
-Señor, quiero regresar a Atrius con cien hombres bien armados y con equipo de demolición. Me infiltraré en Quasar.
El comandante observó fijamente a Mult.
-¿Sabe lo que está diciendo coronel?.
Mult asintió con la cabeza.
-Quasar está custodiado por cientos de bots de combate, nadie ha logrado entrar. Es el corazón de Atrius, o al menos, de su industria de defensa.
-Lo sé señor, es por eso que hay que atacarlo, sería el golpe más duro para el gobierno.
-Cien hombres, es una operación grande -dijo el comandante.
-También estoy consciente de eso, señor.
El comandante Nette se sentó en su mullida silla.
-Lo pensaré coronel, lo pensaré.
Quasar es el nombre popular del Departamento de Defensa de Atrius. En sus instalaciones no sólo se diseñan los planes de defensa, también se diseñan los bots de combate, el mayor temor de los Orbs.
Mult se despidió del comandante y luego se dirigió hacia su habitación en el bloque A-25, a más de ochenta metros bajo tierra.

Antair detuvo su vehículo magnético frente a un viejo edificio. Katler Road era un barrio muy antiguo, sus calles eran angostas, sus edificios bajos y su ambiente un tanto lúgubre.
Antair caminó por un callejón muy oscuro y llegó hasta la fachada de un destartalado edificio, a un lado de éste había una pequeña escalera que bajaba hacia lo que parecía una puerta de acero bastante oxidada. A los lados de aquella puerta había dos botes de basura, llenos de chatarra. Antair bajó por la escalera y tocó la puerta. Luego de unos segundos un bot, ataviado con un chaleco negro, se asomó por una pequeña rejilla en la parte superior de la sucia puerta.
-¿Qué quiere? -dijo.
-Quiero ver a Hom Pulsar.
El bot guardó silencio unos segundos y luego abrió la puerta.
-La luna está baja -dijo el bot.
-La aurora se acerca -respondió Antair.
El bot observó a Antair de pies a cabeza.
-Puedes entrar.
El interior de aquel sótano era oscuro y frío, el bot cerró la puerta y se dirigió hacia otra puerta al final de la habitación.
-Espera aquí.
Antair echó una ojeada al sótano: Sus paredes eran de antiguo hormigón, las diminutas ventanas, colocadas a la altura de la cabeza de Antair, estaban sucias y cerradas por rejas metálicas. En el techo había unas pocas lámparas fluorescentes, igual de sucias que las ventanas, y que sólo iluminaban una pequeña parte de la habitación. En el centro del sótano había una mesa de metal y dos sillas, adosado en una de las paredes estaba un armario de metal y cerca de él un perchero con varios abrigos viejos colgando.
De pronto, la puerta por la que había desaparecido el bot se abrió de nuevo y apareció otro, vestido con un sobretodo negro. Caminó hacia Antair y se colocó frente a él.
-Me dice mi ayudante que usted quiere hablar con Pulsar.
-Sí, eso quiero.
El bot se sentó en una de las sillas y le indicó a Antair que hiciese lo mismo.
-Me gustaría saber por qué quiere usted hablar con Pulsar.
-Bien -dijo Antair pausadamente-. Necesito su ayuda, le pagaré muy bien.
-Sabe usted que Pulsar no hace niñerías, así que será mejor que me explique qué es lo que desea. Yo sabré si estará interesado o no.
Antair se sintió un poco intranquilo.
-Entonces iré al grano -dijo-. Necesito encontrar una nave de largo alcance, una tripulación que no haga preguntas, y lo más importante, diez bots de asalto. Estoy dispuesto a pagar cuatrocientos millones de créditos.
-Vaya, no le preguntaré para qué quiere todo esto, es mucho dinero como para preguntar. La nave y la tripulación serán fáciles de encontrar, pero los diez BDA, ya es otra cosa. Podría resultar difícil conseguirlos.
-Ese no es mi problema, es el suyo.
-De acuerdo, de acuerdo, haré lo posible.
-Otra cosa, necesito todo en menos de cuarenta y ocho horas, es de vida o muerte.
El bot se levantó.
-Acaba de hacer un trato, señor...
-Antair.
-Bien señor Antair, dentro de cuarenta y ocho horas lo ubicaremos.
Ambos se dieron la mano y Antair salió del sótano. Si hubiese tenido un rostro de carne y hueso, éste habría reflejado una enorme sonrisa.

Cien soldados, firmes y en formación de diez filas por diez columnas, escuchaban al coronel Mult Verine.
-Bien, como sabrán esta operación es la más grande que hemos hecho desde la batalla de Bratin. Creo que no tengo que decirles que Quasar está infectado de bots de combate listos para regar nuestros intestinos por el suelo, si no los detenemos.
»Partiremos dentro de una hora, estén listos.
Los soldados asintieron y rompieron filas. Todos estaban vestidos con el típico uniforme de asalto: Sobretodo marrón, lentes integrales de color anaranjado, micro-máscara antigases, traje de color marrón ceñido al cuerpo y chaleco blindado.
El comandante Nett se acercó a Mult.
-Bien amigo -dijo Nett-, creo que llegó la hora de ver si podemos ganar esta guerra.
Mult se colocó los guantes de acero electro-estático, indispensables en caso de una nada deseada lucha cuerpo a cuerpo contra un bot.
-La ganaremos señor, la ganaremos.
-Estoy seguro de que es así, señor.

Ven Encar estaba de pie frente al escritorio del comandante general de las brigadas de seguridad de Atrius, Jal Lator.
-Habrá que investigar a fondo -dijo Lator.
-Lo sé señor, pero estoy seguro de que los Orbs tienen agentes infiltrados; al menos uno.
-Eso es peligroso, muy peligroso.
Encar señaló una silla, Lator asintió con la cabeza. Encar se sentó.
-Señor, espero que haya oído los rumores que corren por allí acerca de Antair Damorr.
-Si, algo he escuchado. ¿Cree usted que el señor Damorr está recibiendo ayuda de la mafia Kildar?.
-Eso me temo señor, nadie más podría proporcionarle lo que desea. Ni siquiera con todo su dinero podría comprar armamento.
-Eso es grave Encar, tendremos que detenerlo cuanto antes.
Encar se quedó, pensativo por unos segundos.
-Tal vez señor, sería mejor dejar que lleve a cabo su plan.
-Explíquese.
Encar se levantó de la silla y se acercó al comandante.
-Durante años la Confederación ha buscado el escondite de los Orbitales Rebeldes, sin éxito alguno. Tal vez Damorr sepa algo que nosotros no sabemos.
-Tal vez teniente, tal vez. Le encomiendo la operación a usted, vigile a Damorr día y noche, averigüe lo que sabe.
Ambos bots se estrecharon las manos y Encar salió de la oficina.

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(c) Gustav Weath,  1999.
 
 

Vamos a la Tercera Parte de BOTLAND

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