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BOTLAND

(Tercera parte)

(vamos a la primera parte)

(vamos a la segunda parte)

Por Gustav Weath

6



Mult estaba en la cabina de la nave, esta vez le tocaba pilotar una de las naves más grandes de la resistencia, el velero Falia.
Los veleros estelares tienen la ventaja de que no necesitan combustible, pues son impulsados por el viento solar, por esto pueden viajar enormes distancias a una velocidad casi igual a la que desarrolla una nave con motores estato-iónicos o con impulsores térmicos. Por contrapartida, un velero estelar no puede acercarse a los planetas o estrellas ya que la gravedad los atraparía y los impulsores láser auxiliares no tienen la suficiente potencia para sacarlos del campo gravitatorio de un astro. Por esto un velero estelar debe ser lanzado fuera del campo gravitatorio, para luego desplegar sus enormes velas de plástico aluminizado.
El plan de Mult era sencillo, pero ambicioso: Trazaría una curva entre Plutón y la Tierra, evitando así todos los obstáculos, luego orbitaría alrededor de ésta mientras los soldados descienden a la superficie utilizando los módulos de aterrizaje. Después, el capitán Miso y otro soldado pilotearían el velero hasta el campo de asteroides y aguardarían por espacio de dos horas, al final de las cuáles se acercarían a la Luna, en la que estaría esperando el grupo de asalto después de haber terminado su misión, y los recogería. Una nave de carga de corto alcance estaría esperando en la Tierra al grupo de asalto para llevarlos a la Luna.
La plataforma se elevó y Mult observó los controles, mucho más sencillos que los de una nave normal. Tomó el bastón de mando he hizo una seña a su copiloto, el experimentado capitán Kal Miso. Enseguida Kal encendió los dos motores boosters que llevarían el velero hasta unos mil kilómetros de altura antes de extinguirse y caer a la superficie del planeta. Los motores rugieron y el velero comenzó a elevarse hacia el espacio.
Cinco minutos después, el Falia se encontraba ya a una distancia considerable del planeta como para poder izar sus cuatro enormes velas. Mult oprimió un botón y las velas se fueron desenrollando lentamente hasta alcanzar sus enormes proporciones: Dos kilómetros de largo por cincuenta metros de ancho. Las cuatro velas comenzaron a atrapar el viento solar y el velero avanzó hacia su destino.
-Bien -dijo Mult-, allá vamos.

El coronel Mult Verine y sus hombres se movían sigilosamente por el centro de Atrius. Delante de ellos se levantaba el enorme edificio del Departamento de Defensa; era gris y casi no tenía ventanas, en su parte delantera una inmensa puerta blindada era custodiada por diez bots de seguridad, todo el perímetro estaba protegido por una reja de acero de tres metros de altura, posiblemente electrificada. En los cuatro lados del perímetro se levantaban unas torretas de vigilancia y los haces de luz de los reflectores escudriñaban todo a su paso.
En una instalación como esa, una operación de guerrilla habría sido inútil. Mult había hecho la elección correcta.
-Líder a grupos 3 y 4 -dijo Mult, activando su interfono-. Vamos a entrar, quiero una cortina de artillería que nos cubra.
-No se preocupe coronel -dijo una voz del otro lado del interfono-. Cuando acabemos con ellos no sabrán qué les pasó.
Mult inspeccionó su arma por última vez y observó al hombre que tenía a su derecha.
-Bien, ¡a rugir!.
Enseguida el hombre dio la orden por radio y los cincuenta soldados pertenecientes a los grupos 1 y 2 salieron corriendo hacia la reja. Una lluvia de proyectiles térmicos inundó el aire, destruyendo los reflectores de las torretas y haciendo sucumbir a la cerca de seguridad.
Mult encabezaba el ataque, corría a grandes zancadas por el patio de Quasar mientras los grupos 3 y 4 acababan con todos los obstáculos que pudiesen tener enfrente. Los bots de seguridad reaccionaron y corrieron hacia el grupo que entraba en el patio, pero una lluvia de proyectiles los destrozó antes de que pudieran saber qué pasaba. Mult saltó sobre los cuerpos destrozados de los bots y siguió hacia la puerta blindada, mientras la mitad de sus hombres lo seguía.
Mult llegó al frente del edificio y esperó al equipo de demolición que lo seguía de cerca. Los cuatro demoledores colocaron las cargas explosivas de alto poder en la puerta y se alejaron, todos se colocaron detrás de uno de los muros externos del edificio. Mult se volvió hacia el hombre que tenía el detonador.
-¡Vuela esa maldita puerta! -gritó.
El hombre activó el detonador y una enorme explosión sacudió todo el aire, mientras inmensas llamaradas de fuego se elevaban hasta las nubes.
El primer y el segundo grupo entraron a través de las llamas por el agujero en el que antes había existido la gigantesca puerta, de la cual sólo quedaba un puñado de metal retorcido. Mult y unos veinte soldados se quedaron afuera del edificio para cubrir a los hombres del tercer grupo que corrían hacia éste.
De pronto, Mult escuchó fuertes disparos y varias voces que gritaban desgarradoramente, se volvió hacia el edificio y observó que los soldados salían corriendo hacia el patio, mientras el segundo al mando, el teniente Rog Kelimar, gritaba por su interfono y agitaba los brazos.
-¡Reagrúpense, reagrúpense!.
Los soldados se apostaron afuera del edificio, de frente a la entrada. Mult activó su interfono.
-¡Qué diablos pasa Kelimar! -gritó.
Pero el teniente Kelimar estaba congelado.
-¡Teniente Kelimar, responda!.
En ese momento, la respuesta a la pregunta de Mult estaba por salir del edificio, envuelta en una nube de humo negro y escupiendo ráfagas de fuego.
-¿Qué demonios es eso?.
Mult estaba de pie frente a la entrada del edificio, empuñando su fusil de asalto. En sus lentes integrales se reflejaban las llamas que salían del interior de la edificación.
-Que Dios nos proteja -dijo Kelimar.
Seis enormes máquinas habían salido del edificio, seis cosas que Mult jamás había visto antes. Eran mucho más grandes que los bots de combate, y caminaban con la ayuda de unas piernas parecidas, en estructura al menos, a las de los antiguos avestruces que Mult había visto en holografías. Sus brazos terminaban en manos con tres poderosos dedos y de la parte delantera, de lo que parecía ser el cuerpo y la cabeza integrados, salían dos ametralladoras de enormes bocas.
Mult retrocedió unos pasos, sintió que se le congelaba el alma.
Esas seis cosas flanquearon los escombros que había dejado la explosión y se detuvieron frente a los soldados. Medían más de cuatro metros de alto, eran imponentes.
-¡Fuego! -gritó Mult, mientras él mismo empezaba a disparar contra las máquinas.
Una nube de proyectiles hizo impacto en el cuerpo de aquellas cosas, pero no logró ni hacerles perder el equilibrio, sólo abollaron un poco la superficie de sus blindajes. Entonces fue cuando comenzó el horror. Las seis máquinas empezaron a disparar contra los soldados, sus enormes ametralladoras destrozaban los cuerpos de los hombres y levantaban una nube de humo. Una ráfaga de fuego salía de los cañones de aquellas armas y chorros de sangre bañaban a los combatientes que trataban desesperadamente de devolver el golpe. Las balas de las ametralladoras abrían boquetes en el suelo y hacían saltar la tierra. Una nube de sangre volaba por el aire.
-¡Retirada, retirada! -gritó Mult-. ¡Equipo cuatro, cúbrannos ahora!.
El equipo cuatro disparó sobre las máquinas, pero las inmensas ametralladoras acabaron con ellos en pocos segundos. Una ráfaga de balas estalló cerca de Mult y lo hizo caer violentamente, frente a él pudo ver al teniente Kelimar, sangrando pero aun vivo. Se levantó y lo cargó, Kelimar lo miró a los ojos. El coronel observó aquella cara, de menos de veinte años, a la que le brotaba un chorro de sangre por la órbita de un perdido ojo, y lloró. Se dio vuelta, y observó que una de aquellas máquinas agarraba a uno de los soldados, y lo partía a la mitad con sus potentes brazos. Sintió nauseas y una profunda desesperación lo invadió. Los sobrevivientes corrían hacia la calle, no había donde esconderse. Uno de los soldados corría detrás de Mult cuando una ráfaga de balas alcanzó su cabeza, en es momento el coronel sintió un fluido caliente que recorría toda su cabeza y su espalda, y al voltearse observó el cuerpo del hombre destrozado por las balas. Mult bajó la cabeza y observó que una papilla blanca y roja chorreaba por sus piernas, el coronel vomitó.
Mult corrió hacia la cerca, con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo entumecido. Mientras sorteaba decenas de cadáveres y percibía el olor de la carne quemada, sus botas negras, ahora pintadas de rojo, resbalaban sobre charcos de sangre y entrañas.
Detrás de él aun podía escuchar los gritos de sus hombres, y el crujido de sus huesos bajo los pies de aquellas cosas.

7


En el muelle espacial numero 35, Greyko Matted esperaba por la nave que la llevaría a casa. Cinco bots se le acercaron sigilosamente por la espalda.
-Cómo le va señorita Matted -dijo uno de ellos.
Greyko se volvió.
-¿Me habla a mí?.
-Vamos, no se haga la tonta, sabemos que es usted.
Greyko comenzó a ponerse impaciente, aquellos parecían bots de seguridad.
-Tendrá que acompañarnos al Departamento de Inteligencia. Está arrestada.
Greyko observó sus manos: gracias a Dios llevaba puestos sus guantes de acero electro-estático. Enseguida reaccionó, de un golpe en la cara tumbó a uno de los bots, mientras una nube de chispas saltó hacia el suelo. Luego golpeó a otro en el vientre y éste cayó al piso. Sus guantes le habían dado una esperanza de escapar, una esperanza...pasajera.
Los tres bots restantes desenfundaron sus pistolas de plasma y apuntaron a Greyko. Pero ella se abalanzó sobre el que estaba más cerca, golpeando su cuerpo con una furia atroz; sus puños, ayudados por los guantes electro-estáticos, abollaron el pecho del bot que permanecía en el suelo, tratando de cubrirse de aquella embestida. Los dos bots restantes dispararon, inmediatamente y las cargas de plasma de alto poder hicieron impacto en la espalda de Greyko, ésta lanzó un grito y perdió el conocimiento.

El vehículo magnético de Ven Encar estaba estacionado cerca del inmenso edificio en donde vivía Antair Damorr. Antair salió del edificio y Encar lo siguió, le extrañó que un hombre con el poder y el dinero de Antair saliera a caminar sin escolta. «Bueno, así son los ricos».
A unos metros de la entrada del edificio, un vehículo esperaba. Antair se acercó y entró por una de las puertas traseras, luego el vehículo avanzó. Encar lo siguió de cerca.
El interior del vehículo era muy espacioso. Antair se acomodó en el mullido asiento.
-Bien señor Antair -dijo Hom Pulsar-, veo que nuestro trato sigue en pie.
-Así es Pulsar.
Pulsar se inclinó hacia Antair.
-¿Vio lo que le hicieron esos bots de asalto a los rebeldes que atacaron el Departamento de Defensa? -dijo.
-Sí, una masacre.
-¿Todavía quiere esos monstruos?.
-Ahora más que nunca.
-Bien, los he encontrado. Diez BDA en perfectas condiciones, recién salidos de la planta de ensamblaje. Treinta millones de créditos cada uno.
-Precio razonable, ¿tiempo de entrega?.
-Doce horas desde este momento. En el almacén 46, del muelle espacial 11.
-Perfecto, ahí estaré.

Los casi veinte sobrevivientes de la masacre del Departamento de Defensa, estaban dentro de la nave de carga, con rumbo al velero estelar Falia. Mult estaba sentado al lado del teniente Kilmer, el cual había logrado sobrevivir al trayecto. Ninguno de los soldados hablaba, aquellas imágenes no se borrarían jamás de sus corazones.
-Maniobra de acoplamiento en dos minutos -dijo una voz a través de los parlantes-. Estén listos.
La nave de carga se acercó lentamente al velero y se acopló en pocos segundos. Las compuertas del Falia se abrieron con un siseo y la cara de Kal Miso reflejó el más profundo dolor.
-¿Coronel, qué ha pasado?.
Mult lo miró por unos segundos y siguió avanzando, mientras cargaba a Kilmer en sus brazos. Luego colocó a éste en un asiento, se sentó a su lado, y estuvo en silencio durante todo el viaje hacia Plutón.

En los sótanos del Departamento de Inteligencia, Greyko estaba encadenada a la fría pared de piedra. La puerta de acero del otro lado de la lúgubre habitación se abrió y por ella entró el temible Joran Kio.
Kio era un bot de seguridad modificado para especializarse en interrogatorios, su nombre había trascendido las paredes del Departamento de Inteligencia y sólo escucharlo causaba el más incontrolable terror. Pero Greyko estaba preparada para sufrir, jamás saldría de ella una palabra que pudiese comprometer a los Orbitales Rebeldes, jamás.
Kio se acercó a Greyko y se sentó en la silla que estaba frente a ella. Un pequeño bombillo colocado en el techo, iluminaba tenuemente la celda, mientras aquí y allá se colaban gotas de agua y el musgo crecía en las paredes y el techo, todos de piedra negra. En el suelo se podían ver los excrementos, las manchas secas de sangre, y algunos huesos, pobres vestigios del odio de Kio hacia los humanos orgánicos.
Kio observó a Greyko. Era mucho más satisfactorio torturar a un rebelde de carne y hueso, que sangraba y gritaba con un sólo golpe de su mano. Pero estaba bien. Él había aprendido a causarle dolor a un bot y disfrutaba con eso.
Hizo una señal con sus dedos y entró otro bot portando una caja grande y la depósito en el suelo, luego se colocó detrás de él.
-Maldito seas Kio, jamás lograrás hacerme hablar -gritó Greyko.
-Ya veremos eso rebelde asquerosa.
Kio se arrodilló, abrió la caja y sacó una sierra cortadora; la encendió y el disco de termiun reforzado comenzó a girar, hasta alcanzar casi cien mil revoluciones por minuto.
-Verás preciosa, normalmente esto no te haría sentir dolor, pero como adoro mi trabajo he dispuesto que amplificaran la intensidad de estímulo de tu interfaz conectora y de tu unidad controladora principal, así que es un placer informarte que sentirás el mismo dolor que experimenta un miserable humano orgánico, claro con la ventaja para mí de que no morirás de dolor. Así que veamos hasta dónde puedes llegar.
-¡Maldito seas, juro que te haré pagar!.
-Deberías controlar tu vocabulario.
Kio le dio la sierra al otro bot, se agachó y tomó entre sus manos una montaña de excremento humano, luego se acercó a Greyko y se lo restregó en la cara. Los sensores ópticos de Greyko quedaron obstruidos, mientras ésta trataba de safarse de las cadenas de Titanio que la apresaban.
-¡Desgraciado, hijo de puta!, ¡juro que te haré polvo!.
Kio se acercó de nuevo a ella y limpió sus sensores con un trapo viejo.
-No quiero que te pierdas la diversión preciosa.
Luego se volteó y tomó la sierra de las manos del guardia. La encendió de nuevo y se agachó frente a Greyko.
-No te verás bien sin piernas, así que dime ¿dónde está la base de los Orbitales Rebeldes?.
-Vete al demonio.
-Bien, será como tu quieras.
La sierra comenzó a cortar la pierna derecha de Greyko, cinco centímetros por debajo del muslo, una nube de chispas flotó en el aire y los gritos llenaron la pequeña y oscura celda, mientras Kio reía y sostenía firmemente la herramienta. La pierna de Greyko comenzó a separarse del resto del cuerpo y cayó sobre el piso de la celda, un manojo de cables se asomaba en el sitio del corte.
-Bien estúpida, ¿ahora me lo dirás?.
Greyko aun gemía de dolor.
-Tendrás que matarme -gritó.
-¡Idiota!, esto es sólo el comienzo, cuando acabe contigo desearás haberme dicho todo lo que sabes.
Kio colocó la sierra en el hombro izquierdo de Greyko y la encendió.
-¡Maldito seas!.
Los gritos de Greyko llenaron de nuevo la pequeña celda mientras la sierra desprendía violentamente su brazo izquierdo.
-¿Ahora si hablarás estúpida?.
Greyko comenzó a llorar.
-¡Mátame de una vez desgraciado!, ¡mátame ya! -gritó.
Kio dejó la sierra en el suelo y se sentó en la pequeña silla.
-Bien, veo que eres fuerte, tendré que probar algo más duro.
Dio una orden al guardia y éste salió. Después de unos minutos entró de nuevo, esta vez traía consigo una pequeña mesa con ruedas, sobre la cual había un estimulador cerebral. Kio se levantó de la silla y caminó hacia la puerta.
-Dale una sesión de acero -le dijo al guardia-, volveré en una hora.
Kio salió de la habitación escoltado por el guardia, que entró de nuevo acompañado por otro bot. Ambos llevaban unos inmensos mazos de acero, que deberían pesar unos doscientos kilogramos.
Greyko los observó fijamente.
-Malditos esbirros, hagan lo que tienen que hacer y lárguense de aquí.
Los dos bots se colocaron frente a ella. Uno de ellos soltó un golpe con el mazo que fue a parar directamente en la cabeza de Greyko, la cual se estremeció y lanzó un grito de dolor; el segundo bot lanzó otro golpe que alcanzó el abdomen. Y así se turnaron por una hora.

El velero estelar Falia había llegado a su destino, la plataforma de aterrizaje descendió y los aterrados soldados salieron de la nave. Un grupo de médicos los estaba esperando y los llevó de inmediato a la enfermería. Mult salió de la nave con el teniente Kelimar en los brazos, dos médicos se le acercaron, tomaron a Kelimar y se lo llevaron. Uno de ellos puso una manta sobre la espalda de Mult y sintió el hedor que despedía todo su traje, impregnado de sangre y viseras humanas. Mult se quitó la manta y caminó por los hangares en dirección a los ascensores principales, pero no pudo llegar. Mult explotó.
Comenzó a golpear las paredes y los cristales hasta que sus manos y sus pies se rompieron, y aun así seguía desatando su ira contra todo lo que se le ponía enfrente. Nadie trató de detenerlo, luego de unos minutos cayó de rodillas sobre el suelo y se puso las ensangrentadas manos en la cabeza. Dos médicos se le acercaron, lo ayudaron a levantarse y lo llevaron a la enfermería.


8


En el almacén 46 del muelle 11, Antair esperaba ansiosamente la llegada de su cargamento. Un vehículo magnético se estacionó cerca de él, Hom Pulsar y tres de sus bots se acercaron hacia Antair.
-Bien señor Antair, su mercancía está adentro del almacén, acompáñeme.
Los cuatro bots caminaron hacia el almacén y entraron por una pequeña puerta lateral.
La edificación era enorme y estaba completamente iluminado. En el centro del almacén había diez de los monstruos que habían acabado con los rebeldes en el Departamento de Defensa, además de una nave de carga mediana y dos pilotos.
-Veo que ha cumplido con su parte -dijo Antair-, ahora me toca a mí.
Se acercó a una pequeña mesa que estaba cerca de ellos y colocó sobre ella un maletín de metal, lo abrió y extrajo de él varias tarjetas magnéticas.
-Aquí tiene -dijo, mientras le entregaba las tarjetas a Pulsar.
Pulsar inspeccionó las tarjeta.
-Es una placer hacer negocios con usted señor Antair.
Luego Pulsar y sus tres hombres se dieron vuelta y se encaminaron hacia la salida del almacén. Pulsar se volvió.
-No se meta en líos amigo.
Los tres hombres salieron del almacén y Antair contempló todo lo que tenía a su disposición.

En la pequeña celda del Departamento de Inteligencia, los dos guardias habían terminado su trabajo. El cuerpo de Greyko estaba lleno de abolladuras y uno de sus sensores ópticos estaba destruido, además varios pedazos de la coraza externa estaban regados por el piso y ya se podían ver algunos de sus componentes internos. Joran Kio entró de nuevo en la celda, observó a los guardias y éstos negaron con la cabeza. Greyko levantó la cabeza, el dolor le impedía hablar.
-Veo que sí eres fuerte. Sabes, un amigo tuyo a venido a visitarte.
Greyko observó fijamente a Kio, éste hizo una seña con sus dedos y enseguida los guardias trajeron a un hombre vestido con el uniforme de combate de los Orbitales Rebeldes, el traje estaba sucio y lleno de sangre.
-Éste es el único sobreviviente de la masacre del Departamento de Defensa, lo traje para que te hiciera compañía.
Greyko lo conocía, era un joven soldado del batallón 21, se llamaba Vih Sysc. Enseguida Sysc reconoció a Greyko.
-¿Qué te ha hecho este mal nacido?.
Trató de safarse, pero los fuertes guardias apretaron sus brazos y hundieron sus dedos metálicos en su carne.
-¡Eres un maldito Kio!, ¡mi gente vendrá y te destrozarán!.
-Sí, sí. Amarren a este estúpido junto a la otra rebelde.
Los guardias obedecieron y encadenaron a Sysc al lado de Greyko.
-Bien maldita perra -dijo Kio-, si tu no me dices dónde está la base de los Orbs, tal vez tu amigo si lo haga.
-¡Vete al infierno Kio! -gritó Sysc.
Kio se le acercó y puso una de sus manos en el cuello del hombre. Sysc le escupió la cara, Kio se alejó un poco y luego lanzó un fortísimo golpe que hizo impacto en el estómago de Sysc. Sysc vomitó sangre.
Greyko observaba, sentía la más grande impotencia, pero no podía hablar, más de cien mil personas dependían de ella en ese momento.
Sysc trató de reponerse, el golpe le había rotó la piel y quizás algún órgano interno.
-No digas nada Greyko, yo moriré primero, que mi muerte no sea en vano.
Greyko lo miró, los llorosos ojos de aquel soldado le destrozaron el alma.
-No será en vano Vih, no será en vano.
Kio le lanzó otro golpe a Sysc, esta vez impactó en la cara, destrozándole el tabique nasal y fracturándole los huesos.
-¡Déjalo ya maldito asesino!.
-Estás dispuesta a hablar.
Greyko miró el cuerpo destrozado de Sysc.
-Jamás.
Kio enfureció y se lanzó contra Sysc, sus puños golpearon el pecho del hombre hasta que quedó convertido en una papilla de órganos, sangre y huesos. Greyko estaba viendo hacia otro lado, sentía que moría.
Kio dejó de golpear el cuerpo de Sysc, sus manos estaban llenas de sangre y aquella masa rojiza tapizaba la celda. Luego salió y los dos guardias lo siguieron.

Mult estaba sentado frente al escritorio del comandante Shek Nette.
-Coronel, lamento mucho lo que pasó.
Mult levantó la cabeza, le habían quitado el traje de combate y ahora vestía con una sencilla braga de color gris. También se había bañado, pero su cara seguía presentado aquella expresión que no se le quitaría hasta el día de su muerte.
-Fue una maldita emboscada señor, y yo no pude hacer nada.
-No sabía a lo que se enfrentaba, nadie lo sabía.
Mult observó por la ventana. Afuera se podía ver el pequeño bosque subterráneo que la tecnología orbital había podido crear.
-Señor -dijo al fin-, quiero volver.
El comandante Nette lo observó fijamente a los ojos.
-¿Sabes lo que estás diciendo?.
-Estoy consciente señor, debo volver, esas cosas son una amenaza.
-Creo que es muy pronto coronel, no creo que se haya recuperado aun.
-Jamás podré recuperarme coronel. Esas máquinas acabaron con ochenta soldados en unos pocos segundos, eso jamás se olvida.
El comandante se levantó de su escritorio y caminó hacia la ventana.
-¿Cuándo quiere partir?.
Mult se puso de pie.
-Mañana mismo señor, pero esta vez necesitaré artillería pesada, muy pesada.
-¿Qué tiene en mente amigo?.
-Vehículos blindados, señor.
El comandante pensó por unos segundos.
-Los tiene, puedo darle dos Gorilas, acaban de llegar de Antar hace dos horas.
-Si hubiesen llegado antes...
Mult se dio media vuelta, estaba a punto de salir de la oficina, cuando el comandante Nette lo detuvo.
-Tengo otra mala noticia coronel, no iba a dársela pero debo hacerlo.
Mult palideció.
-Cuanto antes mejor, señor.
-Bien, se trata de Greyko.
Los ojos de Mult brillaron.
-¿Qué pasa con ella?.
-La han capturado, al parecer la tienen en el Departamento de Inteligencia.
Mult tembló, él conocía a Joran Kio, sabía de sus métodos y de su odio atroz por los rebeldes.
-Si Kio tiene a Greyko entonces hay un cambio de planes.
-¿A qué se refiere coronel?.
-Debemos rescatarla, cuanto antes.
-Entiendo, lo dejo en sus manos, organice la operación.
-Gracias señor.
Mult salió de la oficina y se dirigió hacia el almacén de armamento.
El pasillo que comunicaba al bloque de oficinas con el almacén tenía doscientos metros de largo y poco más de seis de ancho. Estaba iluminado con tubos bioluminiscentes y adornado con plantas colocadas en macetas de barro cocido. Mult llegó hasta el final del pasillo, delante de él apareció el almacén de armamento: casi un millón de metros cuadrados y treinta metros de alto. Mult caminó hasta la cabina del director de almacén.
-Hola Cale, ¿cómo está todo?.
El director de almacén, un hombre de unos cuarenta años, le sonrió.
-Vaya, vaya si es mi amigo Mult. Te habías olvidado de mí, sólo vienes por interés, si no hubiese guerra no te vería nunca por aquí.
-He estado ocupado amigo.
-De acuerdo, ¿qué quieres?.
-Necesito dos Gorilas.
-Vaya, una operación fuerte ¿eh?.
-Así es amigo, un rescate.
-Bien, no preguntaré más. Sígueme.
Los dos hombres caminaron hacia uno de los vehículos de trasporte de personal. Cale se sentó en los mandos y Mult en la parte de atrás, el vehículo avanzó hacia una de las esquinas del almacén. Pasaron entre miles de cajas apiladas unas sobre otras, cientos de personas caminaban por los anchos pasillos llevando carpetas electrónicas de inventario. Al cabo de un rato el vehículo se detuvo frente a una puerta doble, como de cuatro metros de altura. Los dos hombres se bajaron y Cale introdujo su tarjeta de acceso en la ranura de la puerta, ésta se abrió y ambos entraron en una enorme habitación en la cual estaban los dos Gorilas.
Los Gorilas son vehículos de ataque blindados, verdaderos prodigios de la industria militar de los orbitales, claro que no pueden ser fabricados a gran escala, pero han alcanzado asombrosas victorias en el campo de batalla.
Si Mult hubiese tenido uno de aquellos en la operación de asalto al Departamento de Defensa, tal vez más soldados se hubieran salvado. La idea lo estremeció.
La propulsión de los Gorilas la realizan dos enormes piernas, semejantes a las de los recién descubiertos bots de asalto, lo que les da la habilidad de avanzar por terrenos difíciles. A los lados del cuerpo están los brazos, que tienen manos de cuatro dedos revestidas de acero electro-estático. Al frente se encuentra la pequeña cabina de mando, un cristal blindado de veinte milímetros la protege de los impactos, el panel de instrumentos es muy sencillo: Tres pequeños monitores colocados al frente dan las lecturas sobre la distancia del blanco, la velocidad, el radar, el combustible, los sistemas integrales y la munición. A cada lado de los brazos se encuentra una ametralladora giratoria de 15mm de calibre y dos lanzacohetes de 40mm. Los Gorilas alcanzan una velocidad de cuarenta kilómetros por hora, tienen una altura de tres metros y pueden funcionar continuamente por años, gracias a su celda de combustible nuclear.
Para pilotarlo se utiliza un bastón de mando que tiene dos botones, uno en la parte superior y otro en la parte delantera. El primer botón dispara los cohetes, y el segundo, las ametralladoras.
Los ojos de Mult se iluminaron.
-También voy a necesitar una nave de carga Epsilon y dos caza bombarderos Mutar.
-Claro amigo, dame dos horas.
-¿Hom Pulsar?, ¿está seguro de eso teniente Encar?.
-Completamente seguro señor, estaba reunido con Pulsar.
El comandante Lator se levantó de su escritorio.
-Al parecer tenía usted razón teniente, Antair anda en algo extraño.
-Así es señor, con Hom Pulsar no se tienen negocios lícitos.
-¿Cree usted que sean armas?.
-Tal vez señor, aun no podría asegurarlo.
-Bien teniente, siga adelante y manténgame informado, aquí huelo algo importante.
El teniente Encar se acercó a la puerta de la oficina del comandante y la cerró con cuidado.
-Señor -dijo Encar pausadamente-, he escuchado fuertes rumores de arriba, por todas partes se escucha que la Confederación está preparando algo grande para acabar de una vez por todas con los Orbitales Rebeldes.
-Los jefes no me han informado nada teniente, pero es verdad, hay cierto clima de tensión en la ciudad; el Gran Consejo de Atrius se ha reunido varias veces en lo que va del mes.
-Esperemos que actúen rápido, los Orbs son una amenaza para la seguridad de Atrius y por ende para la seguridad de toda la Confederación.

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Continuará...

(c) Gustav Weath,  1999.
 

Vamos a la Cuarta Parte de BOTLAND

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