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UN BRILLO EN LA OSCURIDAD
por Carolina Ferrari
Les dije que sólo quería dormir, que sólo quería alejarme
de este odioso mundo soñado. Porque sólo cuando duermo me despierto y vivo mi
vida tranquilo y normal. Cuando duermo y me despierto los fantasmas que me acechan
en mis sueños se alejan. Ahora mismo estoy soñando. Los fantasmas me rodean,
me encierran, me acosan, me paralizan, me sofocan. No puedo ver, no puedo moverme.
No puedo volar, me cortan las alas. Lucho, lucho y lucho, pero por más que lo
intente no logro nada. Y de repente, cuando siento que no voy a soportar más
esta pesadilla, que mi única forma de sobrevivir es despertando, aparezco en
la nada.
Blanco, suave.
Es lo único que mis sentidos perciben. Aun estoy paralizado, pero al menos en
paz. Hasta que me doy cuenta que esa paz es una ilusión. Ellos me quieren hacer
creer eso, para que no note que siempre están ahí. Aunque no los vea. Aunque
no los sienta.
Yo los siento.
Sus ojos clavados en mí. Viendo mis pensamientos, escuchando mis movimientos,
oliendo mis sonidos, tocando mi voz. Están por ahí, juzgando si real-mente no
debí tomarme el puré de tomate antes de la merienda si yo sabía muy bien que
era para el postre. Lo hecho, hecho está y ellos no van a perdonármelo. Se van
a quedar acechándome hasta que me duerma y despierte. Añoro mi vida de cuando
estoy despierto, no recuerdo mucho de esa vida cuando duermo, se me pierden
muchos detalles. Recuerdo que soy libre; estoy sólo, con la gente que amo, haciendo
las cosas que amo, en el lugar que amo. Yo controlo mi cuerpo sin presiones;
sé quien soy. En cambio ahora dejé mi blancura para caminar por una larga autopista
vacía. Es un puente infinito sobre un océano también infinito. Las despiadadas
aguas son de un azul intenso y furioso. Yo caminaba por el centro de las cuatro
manos del puente, el viento era implacable, por eso mi ropa y mi pelo no se
sacudían. El nivel del agua estaba apenas por debajo de la autopista y unas
colosales olas rompían contra los costados salpicándome apenas la cara. Mi caminata
siguió velozmente, mi mirada fija adelante, donde como si inesperadamente el
mar tuviera un apetito insaciable, abrió sus mandíbulas de agua y se tragó el
puente. Las olas de un tamaño sólo comparable con el mundo mismo saltaron desde
los costados y enterraron todo lo que se encontraba frente a mí.
La inmensidad interminable y la soledad me agobiaron. Era el único ser.
Y cómo si milagrosamente escucharan mis suplicas, los fantasmas vinieron. Mi
brazo ardió y mi esposa me preguntó si era otra vez ese sueño.
No obstante, no era siempre el mismo sueño (o pesadilla) sino la misma constante.
Los fantasmas. Siempre estaban ahí. Por suerte, ya son las siete y tengo que
levantarme para ir a trabajar. Mi mujer ya está preparando los chicos para ir
al colegio. Parece mentira. Mady ya pasó a tercero y Pecu a primero, esta contentísimo
porque va a aprender a leer. A Mady le encantó el librito que le regalé el otro
día. Le incentivó mucho la lectura, que andaba medio floja.
En la cocina, me preparé rápido el desayuno como todos los días, lo tomé y me
fui a la oficina.
_Buenos días_ me saludó la chica de recepción, que nunca me puedo acordar el
nombre. Yo, contesté muy atentamente como siempre.
Me pasé toda la mañana luchando con el diseño del logo y demás cosas para la
nueva serie del canal. Se trata de una serie bélica, unos soldados luchan por
salvar sus vidas en medio de una cruenta guerra, con un enemigo inventado en
nuestro país donde la guerra no juega un papel protagónico históricamente. Algo
un poco ilógico, aun así creen que tendrá éxito o al menos varios puntos de
rating.
A la una me esperaba la hora del almuerzo junto con mis inseparables compañeros,
el sándwich de jamón y queso y la gaseosa. Dos horas después, mi supervisora
me llamó a su oficina. Supuse que querría hablar del proyecto que le había entregado.
Ella me miró seria, me dijo que el trabajo era de muy buena calidad, sin embargo
no había entendido el concepto de lo que los creadores deseaban; querían acorralarme
sin ninguna razón. Quitarme todo, sin permitirme hacer nada para impedirlo.
Algunas veces, cuando bajaban la guardia, yo lograba llegar hasta la ventana,
y miraba hacia el exterior y era hermoso. Los fantasmas inmediatamente notaban
mi error, y me castigaban. Me inmovilizaban otra vez, no sé como llegué otra
vez a este sueño. No me acuerdo de cómo me dormí. ¡Quiero estar Despierto! ¡Odio
esta vida!. Odio tener que... su-bir... esta escalera... blanca. Debe ser de
noche, todo esta oscuro. Casi no puedo ver nada, excepto esa puerta cerrada
inalcanzable y esta condenada escalera. O seré yo el condenado, condenado a
caminar sin principio, sin camino, sin vida. Las sombras siguen ahí. Y me han
provocado hambre. Por suerte, en un peldaño encontré algunas verduras: unas
semillas de heladera, una plantita de vela y una ensalada de electricidad y
agujeros para tornillos.
Todo estaba delicioso.
Pero seguía insatisfecho. Mi cuerpo crujía y aun estaba vació.
Después de la comida, seguí mi camino. Mi destino. Aunque estaba cansado, seguí.
El canto débil del mar me llamaba, me invitaba, me acunaba, atrayéndome cada
vez más a la puerta. Ahora ya me deslizaba por los peldaños como por inercia.
Y el ruido del océano cada vez más fuerte y más armonioso. Ellos continuaban
mirándome, observándome. Tal vez su persecución se deba a que quieren saber
quien soy, no me conocen. Yo tampoco. Tengo miedo, terror, de ellos; pero cuando
lo averigüen, les voy a preguntar cuando es el acto del colegio. Estoy en un
momento un poco critico del proyecto, y los chicos saben que me esfuerzo todo
lo que puedo, pero a veces no depende de mi sino de las responsabilidades. Y
también de lo mucho que me enloquezcan las pesadillas. A veces no sé como puedo
vivir con ellas. Por suerte, siempre despierto y allí están mi esposa, mis hijos
y mi vida, que si bien no es perfecta, trato de llevarla lo mejor que puedo
y tengo muchas satisfacciones por ella. Ahora estoy camino a casa, no sé si
voy a llegar antes que mi mujer pero si es así me va a tocar cocinar a mi.
Iba hacer una ensalada de tomate, pero me acordé que a Pecu le dan alergia las
semillas, así que me puse a lavar una plantita de lechuga.
Antes de apagar el velador, le pregunté como le había ido en el trabajo. Me
contó que todo muy bien... excepto por el problema de... y luego cerré los ojos.
Todo mi cuerpo sudaba sin control y un fuerte dolor en mi hombro hizo que me
despertará violentamente. Mi cabeza dio un salto pero no pude incorporarme,
mis brazos y piernas estaban atadas. Sólo recuerdo haber visto, en mis últimos
momentos de conciencia, a ellos (a quienes tan bien conocía) preguntándose con
qué sueñan los locos.
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