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Por Cristian H. Leanza
Böhnsdalen
El caballero
cogió su lanza y se adentró en la cueva, miedo llenando sus entrañas, coraje
bombeando la sangre en sus venas. El pasaje era alto, ancho, inmenso, lo
suficiente como para que la gran criatura se adentre unos cuántos metros. A
medida que caminaba se iba haciendo más oscuro, pero los ojos del humano se
iban adaptando fácilmente a este factor. No pasó mucho tiempo cuando al final
del túnel se empezó a escuchar un rugido, el de una criatura respirando en
forma dificultosa y entrecortada.
Finalmente, allí
estaba. Una inmensa masa de carne cubierta por verdosas escamas aparentemente
impenetrables. Su cabeza reposaba sobre el suelo, su boca levemente abierta
para dejar ingresar aire debido a que con el que ingresaba por su nariz ya no
alcanzaba. Una seguidilla de espinas comenzaban en la base de su nuca hasta
llegar a la punta de su hocico, dándole un toque por demás amenazador. Sus ojos
estaban abiertos, dos pupilas amarillentas del tamaño de un hombre. Su
expresión cansada, abatida, vio llegar al caballero pero ni se inmutó. Sabía
que su hora se acercaba.
-¡Es tu fin, vil
bestia! _el caballero se escondió detrás de su escudo y bajó la tapa de su
yelmo _. ¡No oses resistirte o sufrirás la peor de las muertes!
El dragón hizo caso omiso a su advertencia.
En un gran esfuerzo hizo su cabeza hacia atrás, tomó una bocanada de aire y la
expulsó por su boca. Una humareda enorme cubrió la cueva, pero ni una pizca de
fuego pudo sacar de sus entrañas. Ya no tenía más fuerzas para generarlo.
El caballero esperó hasta que el viento que
ingresaba por la boca de la cueva disipara el humo dándole mayor visibilidad
para avanzar.
-¡Te lo advertí, dragón! _el humano se
acercó unos pasos_. ¡Ahora tu muerte será terrible!
-Ahórrate el sermón, caballero-dijo el
dragón con resignación. -Terminemos con esto.
-Está bien, pero contéstame algo primero -el
dragón se vio confundido por la actitud del hombre. -¡¿Por qué?! ¡¿Por qué,
maldición, esparciste tu perversidad por este mundo?! ¡¿Acaso no tienes corazón?!
-¡¿Por qué, preguntas?! -los ojos de la
bestia se llenaron de ira-. ¡¿Te atreves a preguntarme por qué?! ¡Mataron a mis
padres, a mis hermanos, mataron a mis hijos! Iniciaron una cacería sin fin, ¡no
nos dejaron en paz! ¡Extinguieron a todos los dragones de la zona y quien sabe
cuántos puedan quedar sobre la faz de
El caballero se vio de pronto abrumado por
confusos sentimientos. Su estómago se frunció y su corazón palpitó más fuerte
por unos instantes. Hasta ahora, él siempre se había considerado en el lugar de
la criatura. ¡Las cosas que haría con semejante cuerpo! Ayudaría al prójimo,
llevaría felicidad a las aldeas, dejaría que los niños montaran en su lomo y
los llevaría a volar… ¿Pero acaso había pasado él por todas las experiencias a
las que había sido sometida la desdichada criatura? ¿Había sido él perseguido,
masacrado, dejado solo en el mundo? No. Él había tenido una feliz vida
familiar, sintiendo el afecto y el apoyo de los suyos. ¿Quién era él, entonces,
para juzgar al dragón? ¿Podía él saber siquiera por un segundo lo que la bestia
sentía?
-Estoy
viejo, cansado, desnutrido, tengo un ala rota y nunca más podré volar -el
dragón pronunció con su voz ronca. Semanas atrás el guerrero y el dragón habían
tenido una feroz pelea que terminó con el último ocultándose en la cueva. Por
primera vez el humano se dio cuenta de que una de las alas de la criatura
estaba retorcida por sobre su lomo. -Termíname de una vez y ponle fin a mi
sufrimiento.
El caballero alzó su lanza y apuntó al
corazón de su víctima. Estiró su brazo para tomar envión, pero se frenó a mitad
de camino:
-No… -el hombre recapacitó. Ya no tenía el
odio, el resentimiento, que lo había llevado a tan horrible persecución. En su
lugar sentía pena, lástima por un ser que había sido expuesto a semejante
sufrimiento-. No puedo hacerlo.
El caballero soltó su lanza e hizo a un
lado su escudo. Si alguien debía juzgar a esta criatura, no era su misión
hacerlo. Lentamente, se hizo camino hacía la boca de la cueva. Atrás dejó al
dragón para que lo condene su propia conciencia. Un castigo peor que la muerte.
© Cristian H. Leanza Böhnsdalen, 2009 Todos los derechos reservados.
Cristian H. Leanza
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