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PEQUEÑA CEREMONIA NOCTURNA
Por ALEJANDRO MARIATTI
"El TODO es Mente; el Universo es mental"
"El Kybalión" de Hermes Trimegisto
"Lo que no me mata me hace más fuerte."
Friedrich Nietzsche
"Yo solo los saco de su miseria"
Mickey Knox
Salimos del cine
alucinados. No solo por la película, sino por una escena en especial.
Al principio creí que el único excitado era yo. Pasada la aglomeración
de la salida miré a Claudia y supe que ella también estaba así.
Siempre tuve este tipo de fantasías, pero son difíciles de llevar
a la práctica.
Fuimos a un café próximo al cine y nos
pusimos a hablar de la película. Primero, que magnífica la fotografía,
muy bueno el guión, excelentes las actuaciones y todo lo demás.
Pero yo sabía, lo veía en los ojos brillantes
de Claudia. Sabía que había algo más, y no era solamente
porque se mojase por el protagonista.
Cuando salimos me había
parecido que Marcelo estaba demasiado callado. No acostumbramos a que pase eso
a la salida del cine. Después de unos pasos supe que tenía algo
dándole vueltas en la cabeza. No iba a tardar en hablar. Uno, dos, tres
pasos y abrió fuego.
-¿Vamos al bar Suarez?.
- Bueno y allí podemos hablar tranquilos. ¿Te
parece?.
En el bar frente a dos chops nos comenzamos a acercar
al tema en cuestión. Primero hablamos de la peli... después surgió
como un chispazo. Era el momento.
-¿Viste que alucinante cuando...? - Nos detuvimos allí cómplices, riéndonos. La miré y dije:- Querría hacerlo así.
- Y yo también- Le dije tomándole las manos por encima de la mesa. Su piel se estremeció, caliente.
Al principio pensé
en algunas opciones, pero ninguna me terminaba de convencer. Yo; me molesta
decirlo; tenía miedo y no me era fácil superarlo. Claudia me acompañaba
plenamente en la idea; ella estaba más capacitada que yo para afrontar
algo así, ya tuvo contacto con ciertas fuerzas. Aún así,
había un umbral que me costaba mucho trasponer. El paso de lo imaginado/deseado
a lo hecho, siempre es complejo.
Por la mañana compramos los elementos necesarios.
Le sugerí a Claudia realizar primero
un simulacro. Me miró con furia e incredulidad:
- Es artificial, no sirve y nunca serviría. No se puede realizar semejante
engaño... - Dijo Claudia y agregó seria, algo pasado el enojo-
Hay que saber comprometerse con los deseos.
Me sentía frustrada y furiosa. Marcelo casi parecía resignado y eso me retorcía las entrañas. Pero decidí tener paciencia, algo iba a pasar, lo sabía muy bien.
Estuvimos casi una
semana contrariados y enojados. Hasta que le dije ilusionado después
de haberlo pensado mucho: - Creo que estoy listo...
-¿Seguro?... y... ¿Te parece fácil?.
- No, no es fácil. Pero ya no aguanto la ansiedad.
Además las calles desbordan de sujetos útiles. ¿No?.
-¿Tenés algún plan?.
- Algo. Vos tenés que ayudarme- dije con fingida
seguridad. El miedo me mordía el estómago. Era el único
modo de realizar la ceremonia.
Combinamos las cosas esa misma noche. Hicimos una extensa
lista con algunos conocidos no cercanos, lo suficiente como para saber algunas
cosas sobre ellos. Los elegimos en base a un principio inviolable que me dio
Claudia, solo debíamos usar "carne culpable" porque de
lo contrario desencadenaríamos energías
negativas e indeseables. "El culpable se entrega fácilmente y se disuelve,
así el rito es benéfico. Nuestra acción es similar a la
de un Depredador, estamos para limpiar". Dijo con sorprendente convicción.
Al otro día nos dedicamos a vigilar a nuestros objetivos. Así
lo hicimos durante dos días. Al tercer día llegó el momento
de actuar. Parecía más difícil de lo que realmente fue.
Podría decir que la suerte estuvo de nuestra parte, aunque lo correcto
es que La Diosa estuvo con nosotros todo el tiempo, pues antes de salir Claudia
susurró algunas oraciones secretas.
Primero seguimos a uno hasta su casa en el auto. Cuando
estacionó lo encaramos a punta de pistola. La sorpresa y el miedo lo
dejó petrificado con la boca estúpidamente abierta. Lo hicimos
subir al coche. Lo atamos y amordazamos bien fuerte. Quedó tirado atrás
sobre el piso del auto. Era de noche y nadie nos vio, además nos habíamos
disfrazado. Claudia tenía una peluca larga y rubia, y grandes anteojos
oscuros. Yo tenía unos RayBan espejados y una peluca negra, larga. Nos
veíamos bastante ridículos. Las chapas del auto las alteramos
cambiándole algunos números.
Cargado el primero, fuimos a buscar al otro. Ya estaba
en su casa. Lo tenía previsto. Llevé un aerosol para adormecer
a los perros y una llave ganzúa para entrar por el fondo. Todo resultó
impecable. El tipo no había escuchado nada. Estaba solo, viendo un video
porno. Lo agarramos con los pantalones bajos, tenía un revolver sobre
la mesa ratona, casi al alcance de la mano. Se quedó inmóvil y
pálido mientras le apuntábamos. Lo único que hizo fue cagarse
encima; afortunadamente pese al miedo fue capaz de limpiarse el solo. Claudia
se rió quedamente mientras lo llevábamos hasta el auto: "Quien
diría un hombre tan occidental y cristiano ¿no?" dijo mientras
yo abría el baúl del auto.
Estaba excitadísima.
La adrenalina me envolvía. Marcelo también tenía las pupilas
dilatadas, la respiración muy fuerte y pesada. El se encargó de
vigilar al del asiento trasero, yo manejaba.
Llegamos a casa de Marcelo con las luces apagadas y muy
despacio, para no hacer ruido. Estacioné en el
garaje, Marcelo bajó y cerró el portón. Era muy tarde,
parte del barrio dormía y la otra mitad de Flores deambulaba por la calle,
cada uno en la suya. Los subimos al primer piso y los atamos al barandal de
la escalera, justo encima del hall de entrada, recostados en el suelo cada uno
con un brazo extendido, colgando afuera entre los barrotes. Les pusimos almohadones
y libros debajo, para que tuvieran la
parte inferior del cuerpo elevada y luego verificamos
y ajustamos el resto de las cosas. El embudo, el botellón de plástico,
la boca de regadera, tensamos las sogas, ajustamos las cánulas y aseguramos
con cinta adhesiva las canaletas recolectoras. Marcelo les dio una abundante
cantidad de aspirinas. Hecho esto pusimos un colchón cubierto con nylon
y una sábana floreada que no era de mi agrado, justo debajo de la regadera.
Luego nos desvestimos.
Nos saboreamos mutuamente. Despacito, con toda la calma. Mientras arriba los dos proveedores, que estaban atados y amordazados pero no vendados, seguramente se preguntarían cosas que jamás hubieran podido rozar mínimamente la verdad. Esta es algo desconocido para ellos. La elección del material fue totalmente acertada, no creo que hubiera alguien que llorase sinceramente a estos tipos.
Los de arriba tenían una incertidumbre total. Seguro, conjeturarían un secuestro o una esperada venganza. Podía ver a sus fantasmales acreedores torturándolos con terribles facturas, materialmente impagables. Mientras tanto Marcelo me trataba con esa dulzura tan solícita. Es mi osito. Me arrancaba la piel a besos.
Arriba los proveedores se agitaban inútilmente, mientras deslizaba lentamente la lengua por las estremecidas piernas de Claudia, subiendo despacio al ritmo de sus gemidos entrecortados, con el sabor de su piel llenándome la boca. Su ombligo subía y bajaba agitado.
Lo tenía atrapado adorándome, bebiendo de mis mudos labios, húmedos, receptivos, palpitantes y plenos. Ese calor tan familiar crecía como círculos en el agua desde el vientre a todo mi cuerpo: gritaba, reía y me agitaba estrujando la sábana, ya incontenible, derramada. Era el momento, no había que postergarlo más. Lo agarré de los pelos a Marcelo apartándolo de la preciosa tarea y casi sin aire le dije: - Es el momento- Subimos a los trancos la escalera, riéndonos como dos niños traviesos. Tomando entre los dos el cuchillo hicimos los cortes en las muñecas de los dos proveedores. En ese momento sentí nuevamente los círculos concéntricos irradiando energía desde mí cuerpo. Grité sacudida por el gozo, Marcelo me sostuvo de la mano, el también estaba eléctrico. Bajamos ansiosos, corriendo. Resplandeciendo felices.
Nos tiramos abrazados sobre la cama. Claudia me recibió en su cuerpo hirviendo, ya estaba mojada y anhelante. Cayeron las primeras tímidas, tibias y pegajosas gotas, mi espalda se estremeció placenteramente ante ese anhelado contacto.
Quería tenerlo, tragarlo de golpe. Pronto comenzó a embestirme empapándome con su transpiración. Estaba gozando en la espalda la lluvia, esta me salpicaba los ojos. Así que lo obligué a quedarse abajo. Eso era más equitativo. Pude sentir con toda intensidad la lenta caricia deslizándose por nuestras pieles. Extendí sobre el pecho de Marcelo la ofrenda, el hizo lo mismo sobre mis pechos. Esa humedad pegajosa y caliente, era maravillosa. Nos paramos justo debajo de la lluvia y con sabias caricias nos la fuimos extendiendo por todo el cuerpo (no debíamos dejar una solo centímetro sin cubrir; así seremos invulnerables, nuestra piel será la piel de los Dioses), primero teñí su cabeza de rojo achocolatado, mientras el con menos rigor, se encargaba de mis pechos, la espalda y la cola. Seguí con sus brazos que obediente prestó a mis masajes. Suspiraba calladamente mientras iba bajando por su vientre, el culo y las piernas. Dejé para lo último lo que faltaba. Entonces el hizo lo mismo conmigo, acariciándome despacio, y demorándose en los lugares claves. Yo terminé de untarlo allí, reaccionó con ímpetu feroz al estímulo. Me arrodille y tomé la ofrenda que se deslizaba por su piel, bebí directamente de su placer palpitante.
Estábamos totalmente empapados. Nuestras pieles brillaban perversamente, buscándose, irradiando energía. Claudia se arrodilló ante mi sexo, se demoró un rato en ello y luego repentinamente algo cambió. Ella se estremeció, casi con furia me tomó de la cintura y con una fuerza insospechada me tiró sobre el colchón. Cabalgó sobre mí, tragándome con su cuerpo, frenética. Rítmicamente sus músculos íntimos me transmitían el poder que corría entre nosotros. La fuerza de sus contracciones por momentos me hacían temer mi castración. Incorporándome, lamí la ofrenda que se derramaba sobre sus pechos, saboreando el conocido gusto de su piel, mezclado con el sabor ferroso, dulce y espeso que llenaba mi boca. Bebí ávido y... una energía terrible me atravesó, haciéndome gritar. Partido en pedazos caía en un abismo cálido y gigantesco.
Yo era ISHTAR, amante y guerrera, recibía a través del cuerpo mortal de una de mis sacerdotisas, aquel preciado don, tantos años negado. Vida. También era La Tierra revitalizada por la lluvia, ó Kalí danzando frenética. Sentía la serpiente deslizarse por mi columna, Marcelo vibraba caliente y salvaje en mi caverna anegada y abrasada. Se desataban nudos de energía que salían disparados como en un billar, derribando todo a su paso. El bebió la ofrenda derramada sobre mis senos y gritó traspasado por el Poder, ahora transformado. Yo bebí directamente de la lluvia. Entonces la serpiente llegó hasta mi cerebro e inoculó su dulce veneno. Ya nada sería igual. Ahora éramos más.... . Son casi imposibles las palabras cuando queremos describir la Eternidad. Tomando más, se lo di boca a boca y él hizo lo mismo. Entonces una sucesión de corrientes frío-cálidas circularon entre nosotros, nos unían y disolvían. Girábamos en ese remolino maravilloso. Y nosotros éramos el Vórtice. Yo-El, no podríamos diferenciar. Solo era esa invasión de sensaciones abrumadora, interminable, hasta hacer una sola sensación, un solo océano, cristalino, oscuro, cálido y protector, primigenio, envolviendo todo... Muy lejanamente creo que escuché nuestros gritos extasiados... fundiéndose con la inconsciencia.
Eramos dos colosos, sobrehumanos, jadeantes y al borde de la inconsciencia. Un Flash frío-cálido trepó por mi columna hasta estallar en la cabeza partiéndola en miles de partículas. Pero eso no importaba, seguí incrustándome en el adorado cuerpo de mi Diosa, llevándola a la agonía. La Eternidad se abría ante mí. Y esta eran las piernas de Claudia apretándose a mi cintura. Cerrando los ojos me vi, como en mis sueños. Era un gran halcón planeando sobre una selva lujuriante, en vuelo vertiginoso hacia el crepúsculo, para fundirme en el entre el sol rojo y el agua. En el Ombligo del Mundo.
La Divina agonía continuó abrasándonos. Marcelo y yo éramos una sola masa ígnea y palpitante, generadora y receptora. Yo mordía las estrellas y mis gemidos ensordecían al sol, en cada nueva ola, en cada choque volvíamos a crear el Universo y ya no pude guardar memoria de nada. Ya no podía retener mi yo, vino la inconsciencia o mejor dicho la Superconciencia...
Las explosiones se sucedieron muchas veces, cada vez era traspasado por fuerzas fabulosas que me destruían y regeneraban. Claudia y yo brillábamos suspendidos en medio del universo abrazados. Luego creo que la vi desvanecerse, o tal vez fui yo, pues también caí en un vacío pleno y cálido donde no había yo, tu, el... solo la plenitud...
La luz de la mañana
se filtró por mis párpados, despertándome. Tenía
una rara sensación en la piel y todos los músculos doloridos.
Marcelo todavía dormía. Abrí los ojos, las costras me tironeaban
la piel. Estábamos totalmente teñidos de rojo negruzco. Escuchaba
el estruendo
de la avenida Rivadavia, el crujir de los listones del
piso, la luz que se descomponía como un caleidoscopio, y podía
palpar los olores. Arriba los dos cuerpos estaban grises y relajados, desprovistos
de todo brillo energético. Todavía no podía terminar de
acomodar en mi mente mortal, la intensidad de lo que habíamos vivido,
me costaba recordar en detalle lo sucedido. Debería luego reconstruirlo
lentamente. Sabía con certeza que ya nada sería igual, el Universo
era otro muy diferente, nuestra vista había cambiado, se había
ampliado.
Sin mucha sorpresa contemplé los muebles, cuadros
y demás objetos del hall y habitaciones cercanas. Estaban a nuestros
pies, apilados hasta el techo, formando una columna arremolinada en un equilibrio
imposible ó inverosímil.
Marcelo me abrazaba protectoramente, mientras miraba risueño
la obra del Poder, de
Nuestro Poder. Le di un besito chiquito de buenos días
y le pregunté:
-¿Para cuando la próxima?
-¡Que viciosa!. Tenemos que limpiar todo esto y
tirar los... -¡Dale!. ¿Cuando?.
- Pronto. Total material nunca falta.- Me dijo mientras
me llenaba la cara de besos, despegándome las costritas secas.
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