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CHINESE DEMOCRACY

por Alexis Brito Delgado

Respetemos eternamente el vicio y no combatamos sino la virtud.

Marqués de Sade

 

 

Nathan se quitó la chaqueta de cuero roja y la arrojó descuidadamente sobre el colchón de espuma sintética mientras ordenaba al sistema computerizado de la suite:

—Cambiar temperatura —dijo—. Veinte grados, por favor.

La vivienda obedeció inmediatamente:

—De acuerdo, señor.

Con movimientos precisos y elegantes, abrió el mini-bar y se preparó una copa: ginebra Gordon, Martini dulce y Campari, todo agitado en coctelera con hielo. Cuando la bebida estuvo preparada, la sirvió en un vaso frío, añadiendo una rodaja de naranja. Después del primer trago, delicioso y refrescante, encendió un Marlboro Light y recorrió con la mirada los confines de la habitación. Tenía la sensación de que había viajado en el tiempo; el mobiliario y diseño Art Déco, propio de los años 20 del milenio anterior, de bordes redondos y estilizados, eran un anacronismo en pleno Siglo XXI. Con una sonrisa burlona en los labios, observó la araña de cristal colgada en el techo y el piano blanco, las paredes adornadas con papel pintado que evocaban animales extintos en la actualidad, las alfombras espesas de vívidos colores, y las lámparas de latón con pantallas de papel ecológico; la dirección del hotel tenía que haberse gastado una fortuna en decorar la suite presidencial. Filosófico, pensó que a pesar de los avances tecnológicos y de la colonización de los planetas del Mundo Exterior, el ser humano siempre terminaba volviendo a los orígenes. Aquella era la paradoja intrínseca de las modas: tarde o temprano, cuando los diseñadores agotaban las ideas, regresaban al punto de partida para vender lo antiguo por nuevo.

 

Comprobó su Rolex de oro y decidió llamar a Jack: había prometido ponerse en contacto con él cuando llegara al hotel. Nathan sacó el móvil del bolsillo, marcó el número de 9 dígitos de memoria y esperó a que su colega contestara. Al tercer timbrazo el rostro familiar de Jack, pálido y perfectamente afeitado, inundó la pantalla de dos pulgadas.

—Hola —saludó—. Pensé que no ibas a llamarme

Nathan sonrió burlonamente:

—Hombre de poca fe —dijo—. ¡Tener amigos para esto!

Su colega se puso serio.

—¿Cómo ha ido todo?

Nathan encogió los anchos hombros con autosuficiencia.

—Genial —explicó—. Los chinos compraron todo el material. Creo que han quedado muy satisfechos.

Jack se pasó la mano por el cabello desordenado.

—Ningún problema por lo que veo.

—Efectivamente —Nathan fue mordaz—. ¿Qué tal se lo ha pasado tu amiguita?

Su colega le devolvió el gesto y bajó la voz:

—Va a terminar conmigo —confesó—. Acaba de pedir una botella de Bollinger RD y ostras al servicio de habitaciones. No ha parado de follar desde ayer.

Nathan soltó una carcajada.

—Mujeres casadas —bromeó—. Son todas iguales.

Jack le siguió el juego.

—Me ha dicho que su marido no le toca un pelo desde hace más de tres meses.

Nathan enarcó las cejas.

—¡No me puedo creer! —se mostró escandalizado—. ¡Si la pava está como un tren!

—Por lo visto pasa todos los fines de semana navegando y haciendo negocios en su yate. ¿Te lo puedes creer?

Nathan fue despectivo:

—Menudo imbécil —masculló—. Esos viejos ricachones no saben valorar lo que tienen en casa. Sólo se les levanta si les pones un cheque delante de las narices. ¡Con razón terminan siendo unos cornudos!

Jack rió ante el sarcasmo de su compañero.             

 —Tienes razón. —Miró hacia atrás—. Tengo de quejarte, tío. Llámame cuando regreses a Tokio.

Nathan le guiñó un ojo.

—Échale un polvo de mi parte, chaval. Cortesía americana a la vieja usanza. Tú ya sabes…

—Lo intentaré, tío —bromeó su colega—. Lo intentaré…

 

Al terminar la llamada, apuró la copa de un trago y apagó el pitillo en un cenicero automático. Satisfecho, avanzó hacia la ventana panorámica con forma de ojo de buey y contempló las avenidas sucias y abigarradas de Shanghai. Indiferente, estudió los edificios kilométricos, los destellos publicitarios de neón, los dragones modelados con fluorescentes, y las aguas estancadas y aceitosas del Huangpu. En las calles atestadas de tráfico, los burdeles y las discotecas se daban de la mano, formando un calidoscopio de líneas punzantes; placer y consumismo para todos los públicos, fueran nativos del lugar o turistas en busca de emociones fuertes. Los miles transeúntes formaban un crisol de todos los colores y estilos posibles: mendigos en las esquinas, prostitutas con abrigos de piel artificial, jóvenes vestidos a la última moda, vendedores clandestinos, policías militares uniformados de verde, tendederos que ofrecían sus dudosas mercancías al público, ejecutivos con camisetas de cuellos almidonados. Humo, estruendo de motores, haces de luz, lluvia, olor a pescado frito, eslóganes publicitarios, griterío incesante; Shanghai seguía siendo la misma de siempre. Nathan estudió los vehículos que avanzaban, a duras penas, por la carretera abarrotada; deslizadores urbanos impulsados por propulsión gaseosa, ricksaws de tejados de bambú, limusinas movidas por energía solar, alcohol o electricidad, carrozas tiradas por caballos. Enfrente, entre el hueco que dejaban dos rascacielos, los sampanes y los navíos mercantes, las chalupas de pescadores y los acorazados militares, se mecían sobre las olas bañadas por los últimos rayos de sol de la jornada.

 

Nathan cerró la cortina aislándose premeditadamente de la caótica visión de la megalópolis, que se extendía desde el Océano Pacífico hasta las lejanas montañas del Himalaya; el pandemónium del exterior lo aburría profundamente. Acto seguido, tomó una ducha rápida y se lavó los dientes; tenía la desagradable impresión de que los efluvios del exterior habían ensuciado su anatomía. Más tarde, se puso un albornoz de Versace y se sirvió otro Negroni; disfrutaba con el lujo y la disipación que dominaba su existencia. El confort daba sentido a un universo que había sucumbido bajo los dictados de la alta tecnología desde hacía siglos.

 

Relajado, se aproximó a las maletas Armani que el botones había depositado en un lado de la habitación, y abrió la más pequeña de todas. Dentro, encima de sus enseres personales y paquetes de cigarrillos de mercado negro, descansaban media docena de comics eróticos; reliquias anteriores a la guerra que sólo se podían conseguir en mercados especializados. Como buen fetichista, Nathan se enorgullecía profundamente de su colección de revistas antiguas People y Time Magazine, de sus comics de la Marvel y de DC, de sus periódicos Herald, New York Times y Wall Street Journal, y lo más importante, su última pasión, los manga para adultos censurados y perseguidos por el Gobierno. En una era dominada por la informática y la digitalización, el papel era un objeto extraño y exótico; un trofeo pagano que evocaba los viejos tiempos, ideal para atesorar con desmedida fruición.

 

Divertido, observó las portadas protagonizadas por mujeres rubias, de amplios pechos y caderas, que posaban en todo tipo de posturas incitantes. Los títulos eran tan variados como pintorescos: “Amas de casa aburridas”, “Sueños húmedos”, “Estudiantes perversas”, “Hombres lobo y vírgenes”, “Sexo en la carrera”, “Piel contra piel”. Nathan eligió una al azar y abrió la primera página: una mujer de mediana edad, completamente desnuda, con las piernas abiertas de par en par, se masturbaba con un inmenso vibrador. La historia era tan simple como efectiva: ama de casa aburrida, con un esposo descuidado, saciaba sus deseos insatisfechos y disolutos placeres con todo aquel que se encontrara. Lo más que le llamó la atención, fue que el espeso vello púbico de la protagonista también poblaba sus axilas. Entrecerró los ojos ante el detalle: ¿A los individuos del Siglo XX les excitaba aquel rasgo fetichista? Involuntariamente, recordó al centenar de mujeres con la que había compartido la cama y sus fluidos vitales: ninguna presentaba aquella curiosa característica. Lentamente, empezó a leer la historia, vencido por el hilarante humor que despedían sus páginas. El primer afortunado, un cocinero que trabajaba en la mansión de la heroína, tenía un pene exagerado, más propio de un caballo que de un ser humano. Las posturas fueron las típicas del género: cunnilingus, felación, misionero, perrito, y generosa eyaculación sobre los senos de la mujer. Lo más que le asombró, entre otras cosas, fue la ansiosa predisposición de la heroína a ser penetrada por todos los orificios de su cuerpo. ¿Qué clase de mente calenturienta y frígida era capaz de imaginar aquella clase de fantasías? Al parecer, por lo que podía comprobar, en aquella época el sexo estaba fuertemente influenciado por el catolicismo; no podía creer que algo tan simple fuera motivo de exaltación física. El segundo acto sexual fue aún más bizarro que el primero, cinco estudiantes tan bien dotados como el cocinero, amigos del hijo de la protagonista, eran seducidos e incitados a descargar su semen en la boca de la heroína. Evidentemente, todos tenían aspecto de modelos profesionales, musculosos y atléticos, y por añadidura eran vírgenes a los 15 ó 16 años. Aquella pequeña contradicción le hizo reír, divertido, mientras se preguntaba porqué tardaban tanto en hacer el amor en aquella época. Si mal no recordaba, su primera vez fue a los ocho años con su institutriz, que le enseñó todos los requisitos posibles para satisfacer a una mujer. La escena fue tan absurda como interminable, uno a uno, entre blasfemias de admiración y exclamaciones de deseo, vertieron sus fluidos lechosos en la boca de la protagonista, que indiferente a su propio placer, tragó como un animal sediento. Dado que la heroína no había alcanzado el orgasmo, unos repartidores aparecieron en el momento justo con una nevera, dispuestos a terminar el trabajo que aquellos muchachos habían sido incapaces de realizar. Después de un corto intervalo de seducción de dos o tres viñetas, estos pasaron manos a la obra, emparedando a la mujer por la vagina y por el ano con sus desmesurados miembros. Tal como esperaba, después de varias páginas y un cambio de postura, los tres llegaron al clímax a la vez, inundando a la heroína de semen. Irónicamente, a pesar de haber eyaculado escasos minutos antes, los repartidores volvieron a tener una erección sin haber abandonado su físico, y a horcajadas sobre ella, volvieron a taladrarla hasta un segundo orgasmo, esta vez sobre el rostro de la protagonista, que se había colocado estratégicamente de rodillas en el suelo para el evento.

 

Asombrado, Nathan prendió otro cigarrillo y apuró la copa: ignoraba que los comics eróticos pudieran contener altas dosis de ciencia ficción. La visión del sexo que mostraban las viñetas era completamente descabellada, sin sentido alguno, y destinaba a un público adolescente; ideal para su persona. Entre otras cosas, lo más que le chocaba de las páginas que acababa de leer, era la manera de exorcizar los complejos y frustraciones sexuales del creador a través de la exageración. Los individuos de la historia, con sus penes descomedidos y espesos orgasmos, parecían arrancados de una hipotética y arcaica galería de ensoñaciones febriles. Ningún hombre poseía tal capacidad de aguante o de eyaculación, ni siquiera drogado hasta las cejas de cocaína de la mayor pureza posible, tal como la que había vendido hacía escasas horas en el Sector Este de Nanhui. Nathan volvió a ordenar a la suite:

—Quiero escuchar a los Guns ‘N’ Roses.

Jack le había pasado un álbum de la banda la semana anterior y le habían gustado bastante.

—¿Algún disco en especial, señor?

Nathan hizo memoria y recordó el título.

—Chinese Democracy, por favor.

 

Cinco minutos más tarde, después del tema homónimo que abría el álbum, los sones de Shackler's Revenge inundaron los rincones de la suite con sus rasposos acordes.

 

I've got a funny feelin’ there's something wrong today

I've got a funny feelin’ and it won't go away

 

I've got an itchy finger and there'll be hell to pay

I'm gonna pull the trigger and blow them all away

 

Don't ever try to tell me, how much you care for me

Don't ever try to tell me, how you were there for me...

 

Nathan ojeó el resto de las revistas, asimilando el placer y la violencia implícita delineada sobre las viñetas, con la pasión desmedida de un voyeur. Toda clases de fantasías aparecían con un realismo que no pudo resultarle menos que fascinante: dúos lésbicos protagonizados por virginales menores de edad, sadomasoquistas ataviados con ropas de cuero provistos de vibradores y látigos, sofisticadas orgías protagonizadas por hombres y mujeres de toda índole y clase social, fantasías lúbricas ambientadas en el Renacimiento, matrimonios que se dedicaban a intercambiar de pareja para aliviar el tedio de sus existencias, fantasías raciales entre mujeres blancas de mediana edad e individuos de color de vigorosos miembros… El sexo no tenía ninguna clase de connotación sentimental o erótica, sólo importaba el placer inmediato, la satisfacción de los deseos reprimidos; un anticipo de la era que le había tocado vivir en sus propias carnes.

 

Nathan guardó las revistas y comprobó la hora por segunda vez: faltaba poco para que las prostitutas que había contratado dieran señales de vida. Relajado, preparó la hielera y una botella de Dom Perignon, disfrutando anticipadamente del placer que las dos mujeres y la bebida le proporcionarían. El negocio había salido redondo y merecía una recompensa por su trabajo; sin placer nada tendría sentido ni interés.

 

(c) Alexis Brito Delgado
 

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