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LA CIUDAD DE LOS OJOS

(Segunda Parte)

(vamos a la primera parte)

por Carlos Gardini

 

 

Con cada frase, el prodigio se convertía en una postal o en una foto de vacaciones, lo extraño se volvía empalagosamente familiar. Víctor trató de no oír el pregón del maestro de ceremonias.

La voz era menos pura, más chillona. Ya no era una Voz. Ya no ejercía ese efecto de succión. Y la gema que era la Ciudad de los Ojos era una baratija.

Comprendió que él había contribuido a que ese mundo fuera más prosaico. Comprendió -y mientras lo escribía recordó que había comprendido- lo que la Voz había querido decirle. Él ya lo había sabido, pero nunca había entendido bien el porqué.

Caminó por calles de ojos, entre paredes de ojos, bajo árboles de ojos. Había ojos tristes, ojos alegres, ojos risueños, ojos bizcos, ojos negros, ojos azules, ojos legañosos, ojos con cataratas. En ventanas de ojos asomaban pares de ojos curiosos. No eran perfectos, y en eso radicaba su perfección. En la Ciudad de los Ojos el mundo se miraba y con esa mirada se creaba a sí mismo. Estaba del otro lado, pero con su existencia desaparecían los lados. Era el reflejo cambiando la imagen original. Era algo que se veía en sueños, que se alimentaba de los sueños.

Víctor sabía perfectamente que esos ojos lo miraban, y también sabía perfectamente que donde él veía ojos otros verían otra cosa. No era una ilusión. Eran ojos, sí, pero había otras facetas que él no veía y otros sí. La Ciudad de los Ojos anudaba todas las visiones, que otros percibirían como todas las músicas o todos los sabores.

Esto es real, dijo la Voz, volviendo a ser la Voz. Y real también quería decir ilusorio.

La ciudad era un vasto koan Zen, una paradoja suprema que sólo era posible en la muerte -muerte también quería decir simiente- y el hecho de verla sólo como una ciudad de ojos era una prueba del deterioro que sufría porque él se había desviado.

¿Prueba?

Sin duda era víctima de una deformación profesional. ¿Por qué el estilo de un mero escritor podía tener tanta importancia?

No, no era eso, no tenía la menor pretensión de poseer un territorio privilegiado. Era como un cirujano en un quirófano, un maestro en un aula, un boxeador en el ring. Salvar una vida, enseñar el alfabeto o tumbar al contrario era lo que uno debía hacer. Y él debía buscar el ritmo. Cada cual empobrecía o enriquecía la Ciudad con sus actos, aun sin saberlo, o sobre todo por no saberlo, y así empobrecía o enriquecía la Voz, y las muchas voces que era esa Voz. Era como si al desviarse él hubiera dejado de pagar sus impuestos.

Descubrió que esta imagen prosaica lo redimía de toda soberbia, de toda grandilocuencia. No era algo especial. Era simplemente la parte que a él le tocaba. El ritmo sí era especial, pero el ritmo no le pertenecía.

Tendrás que volver, dijo la Voz.

Pero esta vez la exhortación sonaba como una orden o una imposición, y Víctor se intimidó. Sospechó que la vuelta no sería placentera.

¿Por qué él? ¿Por qué otros no arañaban la tierra, o juntaban sus cenizas, o hacían lo que fuera necesario con sus cuerpos enterrados o incinerados, triturados o despanzurrados, hundidos o congelados?

Por qué, preguntó, por qué yo. ¿Todos tienen ese privilegio?

No todos, y no es un privilegio. Tendrás que pagar un precio.

¿Un precio?, preguntó Víctor.

No se cruza esa barrera sin pagar un precio, dijo la Voz.

¿Qué gano con esto?, preguntó Víctor.

Viaje ahora, pregunte después, dijo la Voz, con forma de payaso.

Y Víctor se encontró bajo el suelo del cementerio, destrozando la madera del ataúd para salir.

No recordaba quién era, sólo se enorgullecía de haber vuelto, como si fuera un mérito personal.

 

Miró el reloj de la pantalla. Había escrito como en trance durante un par de horas. Ahora sentía la presencia del ritmo en la sangre, en esa sangre que no palpitaba, y también sentía el reclamo de la hermandad de los muertos. Pero con el ritmo sentía algo más potente. Marta, que tan borrosa le había parecido desde su resurrección, apenas una vocal jugando a la rayuela entre tres consonantes, había cobrado relieve y presencia.

El ritmo le había permitido recuperarla porque Marta respiraba con ese ritmo, porque Marta le había mostrado el ritmo en sus mejores momentos. Era difícil de describir, era algo que no figuraba en los manuales de autoayuda ni en el vocabulario de los que hablaban de "asumirse como pareja".

Guardó el archivo, salió de la habitación, vio luz en el dormitorio y fue a buscar a Marta. La encontró sentada en la cama, con una taza en la mano. Al verla así, en bata, despeinada y lánguida, sintió un arrebato de adoración, se sintió vivo.

-¿Querés un café? -preguntó ella.

Sí, quería un café.

Pero antes.

-Antes quiero besarte.

Ella no se movió.

-Soy tu viuda -dijo, con una mezcla de temor y pudor.

Era la frase perfecta, la frase que definía la ambigüedad de la situación. Ella quería decirle que estaba muerto, y no podía amar a un muerto. También quería decirle que estaba de luto, y no podía amar a una persona viva. Era la frase perfecta, y era cómica.

Víctor se echó a reír.

Marta también se echó a reír, y por un instante recobraron la espontaneidad y la alegría que la enfermedad les había arrebatado.

-¿No vas a besarme? -replicó Víctor, aún riendo-. ¿Sólo porque estoy muerto?

La idea de acostarse con su viuda lo excitaba. Era algo que nunca había probado.

Ella pareció contagiarse la excitación. Era algo que tampoco había probado, acostarse con su marido muerto.

Los dos sentían excitación, pero también aprensión. Una frontera los separaba. A pesar de su alarde, él no estaba seguro de que quisiera cruzarla. Tampoco ella.

Pero la urgencia física pudo más que las fronteras.

Víctor notó que Marta se recobraba como por milagro del efecto de los tranquilizantes. Estaba lánguida, pero dispuesta. Y él sentía esa energía bombeándole en el cerebro, en la carne.

Era el ritmo, el ritmo.

El ritmo de la Voz, y el ritmo de la crónica que había escrito, el ritmo que en ese momento guiaba su fiebre. El ritmo los fundió como se fundían las miradas en la Ciudad de los Ojos. Era su promesa, su anticipación, su euforia. ¿Cuál era el castigo? No había castigo. Sólo vaivén, carne muerta fusionándose con la carne viva, un espasmo de gloria.

Después se quedaron un rato en silencio.

Muchas más cosas se le aclaraban a Víctor. Escenas enteras de su vida acudían a su mente, incluso escenas que no recordaba ni siquiera cuando estaba vivo.

-Vicente me preguntó por vos -dijo Marta.

-¿Te preguntó por mí? Yo estoy muerto.

-Me preguntó cómo habían sido los últimos momentos.

-¿No fue a verme?

-¿Al hospital? No mucho. Vicente no sirve para esas cosas.

-Y te preguntó si había dejado algo escrito.

-¿Qué tiene de malo? -dijo Marta-. Después de todo estuvo con vos desde el principio. Tampoco se iba a hacer rico con un libro tuyo.

-No, sólo quiere llenarse la boca diciendo que lo publicó.

-Son muchos años de amistad.

-Una amistad que le convino bastante.

-¿Y a vos no?

Víctor reconoció que ella tenía razón, pero no lo dijo. Le sorprendió que la muerte no lo hubiera redimido de esa terquedad pueril.

-¿Y además qué podía decirle? ¿Mandarlo al cuerno?

-Por ejemplo.

-Para vos es fácil decirlo. Yo no estaba de ánimo para eso. No sabés lo que es perderte.

Víctor quiso protestar, decir que él también la había perdido, pero supo que era otra puerilidad. Él se había ido. Él había emprendido el viaje.

Agachó la cabeza. Le besó las manos.

-Perdón -dijo, y sintió lágrimas en los ojos. ¡Lágrimas! Era la primera vez que lloraba desde su resurrección. Se recobró-. ¿Y qué le dijiste?

-¿Qué iba a decirle? Que no había nada. Hice tal como me habías dicho. Tiré todos los borradores e impresos, y también los archivos inconclusos que dejaste en la máquina.

-¿Aunque presentías que volvería? -preguntó Víctor, con cierta mezquindad.

-¿Por qué no? Si podías volver, podías reconstruirlos.

-¿Cómo fue?

-¿Cómo fue qué?

-¿Cómo fue que lo presentiste? ¿Que presentiste que volvería?

-Lo vi en sueños. No, no lo vi. Lo sentí. Vi ojos que me miraban. Vi muchos ojos y sentí un ritmo. Era un ritmo como. no sé.

-Como el de recién.

-Sí, como el de recién.

Víctor cabeceó. Sentía en la cabeza otro ritmo, el coro de los muertos que lo reclamaba.

El castigo es la despedida, dijo una de sus voces.

Sintió abatimiento.

-Volviste -dijo Marta, leyéndole el pensamiento-. Pero no para quedarte.

-No puedo quedarme. Aunque quisiera, no podría quedarme.

Quería disculparse, pero ella lo silenció con un gesto.

Víctor comprendió. Si la primera separación había sido dolorosa, ésta sería intolerable. Al menos la enfermedad había tenido un desenlace. Si las puertas de la muerte quedaban abiertas, ella siempre tendría esperanzas de que él volviera otra noche. Esa esperanza sería su peor enemiga.

-No podría volver más, aunque quisiera -insistió, pero ella lo hizo callar.

Sabía que era inútil prometer. La muerte y la separación ya no eran definitivas. La herida no podría cerrarse nunca. La vida de Marta estaría consagrada a ese momento, por más que ella misma supiera que no llegaría nunca. Agonizaría a cada minuto. No podría recobrarse del dolor porque no querría recobrarse. Anhelaría continuamente lo que recién habían tenido, la fusión de la carne muerta con la carne viva.

Entonces, como un fogonazo, Víctor comprendió.

El castigo no es sólo la despedida. Es algo peor.

En cualquier caso habría sido demoledor, pero después de haber compartido el ritmo era lacerante.

Tendría que vejar ese cuerpo que amaba.

Para abreviar el sufrimiento de ambos, tendría que matar a Marta.

La miró a los ojos, buscó una respuesta. En los ojos había un Sí, quiero acortar este sufrimiento, pero en la cara había un No, no quiero morir.

Tendría que hacer lo que ambos querían que hiciera, pero ella se resistiría, porque estaba viva, porque estaba del otro lado de la barrera, del otro lado del espejo. Aunque sus ojos dijeran sí, su cuerpo gritaría no.

Él debía ser su liberador y su verdugo.

Y cuando regresara al otro lado, también debería afrontar el castigo por ser el verdugo. Tendría que reparar ese acto, pero de lo contrario tendría que reparar algo peor, una despedida cobarde. La imagen y el reflejo se habían unido, no podían desprenderse.

No puedo hacer esto, dijo una de sus voces.

-Tengo que irme -le dijo a Marta, e intentó levantarse.

Ella se quedó tiesa, irguió los ojos, le clavó una mirada de súplica y reproche. Temblaba. Todo su cuerpo era una convulsión de ansiedad y terror.

No decía nada, pero sus ojos lo decían todo.

Ojos que lo miraban, pensó Víctor, y al mirarlo se miraban a sí mismos.

Se levantó.

-Tengo que irme -repitió.

No puedo hacer esto, repitió una de sus voces.

¿Hacer qué?

Ni siquiera quiero nombrarlo. No puedo.

Marta se levantó sin soltarle las manos.

-¿No querés ese café? -dijo, pero el ritmo de las palabras desmentía las palabras. La pregunta no tenía nada que ver con el café. La pregunta era otra, y no se animaba a decirla.

Víctor la abrazó con todas sus fuerzas.

La miró, quiso besarla. Ella seguía temblando.

No podía matarla, pero tampoco podía abandonarla.

Acalló sus pensamientos y sentimientos. Los anuló, los desactivó, los desconectó. No podía pensar ni sentir para tomar esa decisión.

Agradeció que la muerte lo hubiera fortalecido de esa manera. Agradeció el poder de sus músculos. Matar no era tan fácil, no era como en las películas, y de otra manera no hubiera podido.

Le tomó la cabeza entre las manos, aferrándole la barbilla y la nuca como si fuera a besarla en las mejillas, en la frente, en un gesto de ternura que era -notó en los ojos de Marta- inesperadamente brusco. Era un gesto de ternura, era un acto de amor, era una traición.

Le torció la cabeza con un golpe seco. El cuello crujió. Marta no llegó a quejarse.

Ese crujido hizo brincar el corazón de Víctor, aunque ese corazón ya no palpitaba.

El horror de ese acto impulsivo lo paralizó. El crujido retumbaba en su cabeza, hendiéndole el cerebro. Soltó a Marta, y el cuerpo flojo se desplomó.

Víctor se arrodilló frente al cadáver. Quería llorar, emborracharse, suicidarse.

Suicidarse. Eso tenía gracia.

Como un sonámbulo, fue hasta la ventana, entreabrió una cortina. Vio que el cielo ya estaba gris. No soportaría ver lo que había hecho a la luz del día.

Y los muertos lo reclamaban.

De nuevo anuló sus pensamientos y sentimientos. Su mente adquirió la frialdad del acero.

¿Qué haría con Marta? Podía llevarla consigo, para que iniciaran el descenso juntos. Pero sólo empeoraría las cosas. Había parientes, amigos. Ya no los recordaba, porque todo empezaba a ser borroso de nuevo ahora que el instrumento había cumplido su función, ahora que el plazo se terminaba, pero sabía muy bien que el espanto de una desaparición podía ser más desgarrador que el espanto de una muerte violenta.

Limpió amorosamente el cuerpo de Marta, las huellas que pudiera haberle dejado en el cuello. Su regreso tenía que dejar una marca, pero no de esa manera.

Regresó a su habitación, copió su crónica a un floppy y metió el floppy en un sobre dirigido a Vicente. No sabía si era importante que lo publicara o no. Sabía que el lustre de la Ciudad de los Ojos se reforzaría con la sola existencia del texto, que bastaba con que el ritmo estuviera precariamente apresado en palabras, pero en todo caso era importante que otros compartieran el ritmo. En un papel escribió "Para que sigas apostando". Lo firmó y sonrió. Vicente notaría que no era un escrito que hubiera quedado de antes, sino algo que había escrito después. No sólo Víctor citaba el día y la hora de su muerte en esa crónica, sino que Vicente era demasiado buen lector como para no sentir, no respirar, el viejo ritmo. Pero se negaría a creerlo, pensaría en un bromista. Sólo la gilada creía en fantasmas. Era capaz de contratar a un perito calígrafo para examinar la firma de la nota. En todo caso, tendría algo en qué pensar mientras se divertía con sus apuestas.

Víctor apagó todas las luces, caminó hacia la puerta.

Se detuvo, regresó, prendió de nuevo las luces.

No podía dejar a Marta así, despatarrada en el suelo. Era innecesario. Había tenido que infligir dolor, no quería infligir humillación. La levantó, la tendió en la cama, la estiró delicadamente, le besó los labios. La cabeza floja rodó a un costado y le evocó el horror de su acto. Recordó que ella lo sostenía en el hospital, sostenía su peso muerto para ayudarle a comer y orinar, y le temblaron las manos.

No podía perdonarse lo que había hecho. No podía perdonar que no hubiera tenido más remedio. El castigo había sido tan espantoso como había temido.

Se fue, dejando las luces prendidas, la puerta entreabierta.

Bajó por la escalera, llegó al palier, salió a la calle, escapando de su propia casa como un ladrón.

Peor que un ladrón, pensó. Mucho peor.

Desanduvo las veinte o treinta cuadras que había caminado esa noche.

El cielo aún estaba gris cuando llegó al cementerio. El coro de voces, la hermandad de los muertos, lo llamaba, lo reclamaba. Estaba agotado, pero ese coro le dio fuerzas para saltar.

Saltó el muro, caminó hacia su fosa. El rocío salpicaba las flores de las tumbas. El cementerio, que horas atrás le había parecido misterioso, le resultaba tan prosaico como un hotel o un aeropuerto, un lugar de tránsito.

Excavó con las manos, de nuevo con ese vigor sobrehumano que había sentido al regresar. Se sentó en su cajón despedazado, se cubrió con tierra.

Pensó en los cuidadores, que verían la tierra removida, se rascarían la cabeza y al fin emparejarían la tierra sin hacerse más preguntas.

Se relajó en el cajón, cubierto de tierra, raíces y lombrices.

Cerró los ojos. Volvió a oír el chasquido del cuello de Marta. Tiritó de espanto.

Le rezó a Marta, le pidió perdón. Sabía que en ese momento ella pasaba por ese período de oscuridad y nulidad, el principio de la muerte.

Y decidió esperarla.

Los muertos lo reclamaban, pero aún no emprendería el descenso.

Su monstruoso acto había sido el precio que había debido pagar por el regreso. Ahora debía pagar por ese acto.

Y pagaría.

La esperaría allí.

Uno, dos, tres días, mientras la encontraban, la velaban, la sepultaban. Trató de no pensar en la nueva vejación que sería la autopsia. Trató de pensar sólo en el ritmo. Trató de repetirse la historia que esa noche había escrito como en trance.

Cuando ella llegara a ese laberinto de tumbas, se encontrarían en el mar terroso que se encrespaba bajo la superficie del cementerio.

Las voces lo desgarraban como tenazas calientes. Lo desgarraban como el cáncer lo había desgarrado en sus últimos momentos de agonía. Ese era su segundo castigo. Revivir, una vez más, la decadencia y la podredumbre.

Pero ya notaba un cambio en las voces. Eran más ricas, más profundas, más rítmicas. La imagen modificaba el reflejo. Podía ceder al reclamo, suavizar el tormento, pero el estigma del dolor era lo único que le permitiría no sentirse avergonzado ante Marta.

La Voz tenía razón al hablar de castigo, y tenía razón al decir que él era un instrumento, pero en algo se había equivocado. Aun en medio del desgarramiento, pensó que su regreso era un privilegio. En el centro del horror palpitaba la música.

Las voces reclamaban, pero él resistió.

Ya no recordaba su nombre, ya no recordaba quién era. Sólo recordaba un ritmo, y sabía que esperaba a alguien, aunque tampoco recordaba a quién. Cuando ella llegara, la reconocería por el ritmo, y viajarían juntos. De la mano, aunque sus manos estuvieran deshechas.

A la Ciudad de los Ojos, donde el mundo se miraba a sí mismo en un fulgor incandescente.

(c) Carlos Gardini, 2001

 

 

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