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EL HOMBRE QUE NUNCA PERDÍA
Por Andrés Díaz
Sánchez
-Buenos días -la voz del jinete era pausada, tan rocosa
como su alargado rostro sin afeitar, en el cual brillaban dos ranuras azuladas
bajo un ceño fruncido, oscurecido por el sombrero tejano-. Busco el Rancho Brown.
El hombre del pescante tenía la amargura y le rabia marcadas en sus agrias facciones.
Era corpulento, de faz redonda y ojos duros y honrados. Vestía ropas sencillas,
remendadas en las rodillas y los codos. Las manos que sostenían las riendas
estaban llenas de callos y durezas. Manos de un trabajador que ha sudado sangre.
El carro era pequeño; dos mulas cansinas tiraban del armazón, sostenido por
cuatro ruedas chirriantes. Los fardos y cachivaches casi se salían por los costados.
Había una mujer compartiendo el pescante. Humilde hasta la pobreza, quizá en
el pasado hubiese sido bonita y alegre. Ahora se la veía triste y avejentada.
Cinco críos, el mayor quizá de catorce años, el menor de unos tres, se aposentaban
como podían entre el numeroso equipaje. Miraban al jinete con extrañeza, sus
ojos brillaban entre la mugre y el polvo. Uno se sacaba un moco y lo chupaba,
distraído.
El jinete era alto, delgado aunque de hombros rocosos. Parecía tener el nervio
suficiente corno pare hacer trizas a un matón de taberna. Sin embargo, todo
en él era tranquilidad. Vestía un gabán blancuzco, cuyo faldón reposaba sobre
el negro lomo del animal. Un pañuelo rojizo, que en días de viento lo protegería
del polvo, rodeaba su cuello. La camisa era de tela basta, negra, deslucida.
Los pantalones, cómodos mas no holgados, en tono pardusco. Por las perneras
surgían botas tejanas, duras y domadas por el uso, con espuelas mejicanas. De
las caderas pendían sendos revólveres, en sus cartucheras de cuero y ante. Tenían
un largo cañón y sus cachas eran de madera oscura. Había un rifle envainado,
sujeto a la silla, cercano a las manos de su dueño, también enfundadas en guantes
duros y estrechos de pellejo vacuno y ante despellejado, remangados hasta el
comienzo de la muñeca.
El hombre del carro le miró con un odio impotente. En el silencio de la llanura
sólo se oía el ocasional rumor de los caballos y la brisa a través de los secos
matorrales que bordeaban la verdea.
Al fin, el conductor bajó la vista, apesadumbrado.
-Siga este camino en dirección contraria a la que nosotros llevamos.
-Gracias -respondió el jinete.
Azuzó a su fuerte corcel con los muslos, sin emplear las espuelas.
-Es usted pistolero ¿verdad?
El jinete frenó a su caballo y miró al hombre. Ahora, había auténtica hostilidad
en aquellos impotentes ojos. La mujer le cogió de un brazo, preocupada.
-Brian, por favor, déjale -imploró- . No busques mas problemas...
-¡Déjame, Catherine! -gritó él, apartándola con brusquedad-¡Le he preguntado
a usted si es un pistolero!
El interpelado le miró fijamente. Su ajado rostro seguía impertérrito.
-Sí. Lo soy.
-¿Ve usted esa colina lejana del Sur? ¿La ve?
El jinete miro en la dirección indicada.
-La veo -respondió.
-Detrás de esa colina hay una tierra fabulosa. Produce buenas cosechas de maíz.
Yo ahorré durante seis años, en mi Irlanda natal, para poder pagar el viaje
hasta América y comprarla al Gobierno de los Estados Unidos. Durante veinte
años la trabajé, señor pistolero... Veinte años de esfuerzo, de sacrificio,
cada día, de Sol a Sol. En esas tierras nacieron mis hijos -senaló a los cinco
niños- y yo deseaba legársela a ellos...
"Pero llegó Obadiah Brown, el hombre por quien usted me pregunta, el ganadero
más rico de todo el Estado. Compró las tierras a otros campesinos para que en
ellas pastaran sus reses. Pero muchos no quisieron vender... Porque éste era
nuestro hogar.
"Entonces, llegaron sus pistoleros... ¡Asesinos a sueldo, como usted! -la mujer
trató de contenerlo, pero él siguió, imparable:- Mataron al viejo Tom. Lo ataron
a un caballo y lo arrastraron hasta que de él no quedó más que un bulto rojizo
y polvoriento. Los capataces del señor Brown nos dijeron que, si no vendíamos
pronto, todos sufriríamos la misma suerte que el viejo Tom. Y también nuestras
mujeres e hijos.
"Visitamos al alguacil del condado, pero no hizo más que apoyar a Brown. El
juez también estaba comprado. Algunos campesinos rebeldes hablaron de resistir
empuñando las armas. En el fondo, sabíamos que era una solución inútil: Marc
Baxter, uno de los más díscolos, apareció ahorcado frente a su casa. Los muy
malnacidos... -bajó la voz, furioso- También mataron a su esposa... Y a sus
tras hijos...
"Después de aquéllo, los agricultores malvendimos nuestras tierras, el pan de
nuestras familias, cargamos lo poco de valor que teníamos en nuestros carros...
Y nos fuimos.
Miró al jinete. Sus ojos echaban fuego.
-¡Así que vaya a ver al señor Brown! ¡Sin duda acogerá en su cuadrilla a un
tipo como usted, que asesina, extorsiona y humilla sin ningún tipo de remordimiento.
Usted parece la clase de hombre que a Obadiah Brown, el ganadero más rico de
todo el Estado, le interesa contratar...
Sonrió con rabiosa alegría, a pesar de que el jinete continuaba inmóvil, mirándole
con faz pétrea, inescrutable.
-¡Pero no crea que le envidio, señor Pistolero! -el campesino alzó la barbilla
y un dedo acusador. Tomó una pequeña Biblia de lomo vetusto que reposaba sobre
el pescante, a su izquierda- Quizá en este mundo no haya justicia y el fuerte
pueda pisotear impunemente al débil... ¡Pero hay Alguien por encima de Obadiah
Brown, de todos los Obadiah Brown del mundo! ¡Alguien Muy Alto que imparte auténtica
Justicia! Sepa, señor pistolero, que cuando le llegue la hora, sufrirá el Castigo,
y también Obadiah Brown... ¡Y arderán en los Infiernos, por toda la Eternidad!
El irlandés tenía los ojos desorbitados y la faz desencajada. Jadeante, la sangre
se le había agolpado en las mejillas. El jinete lo contemplaba gravemente, sin
mover un solo músculo, sin pestañear siquiera. Poco a poco, el conductor del
carro se tranquilizó.
-No busco el empleo que Obadiah Brown pueda ofrecerme -dijo entonces el jinete,
con su voz pausada, grave, rocosa.
El campesino arqueó una caja, confundido.
-Entonces, ¿que quiere de él?
-Voy a destruir a Obadiah Brown.
Se hizo el silencio. De pronto, el hombre del pescante se echó a reír, de forma
atronadora y exenta de alegría.
-Amigo, esta usted loco -logró decir, entre risas amargas- o es el tipo más
temerario sobre la faz de la tierra... Obadiah Brown tiene a sus órdenes un
auténtico ejercito de pistoleros, de tipos realmente duros. Otros, antes, ya
intentaron acabar con él, y todos terminaron en el fondo del ataúd. ¿Sabe lo
que se dice de él? -entrecerró los ojos y su voz bajó un octavo, como si transmitiera
un antiguo y maldito secreto- Que nunca pierde.
-Hoy, perderá -afirmó el pistolero.
Su interlocutor iba a contestar, pero vio algo en esos azules ojos que lo enmudeció.
-¿Quién es usted? -preguntó, al fin- ¿Cómo se llama?
-Me llamo Clint.
-Clint...
-Clint.
El campesino calló. De pronto, experimentó un escalofrío, y temió por su familia.
-Vámonos, Brian -dijo su esposa-. No me gusta este hombre.
-A mí tampoco.
Azuzó las mulas, que echaron a trotar, rebuznando doloridas y enfadadas.
El pistolero seguía quieto, observando el carro alejarse tras una nube de fino
polvo, escuchando el tintineo de las sartenes, los chasquidos de la fusta y
el crujir de la madera.
El jinete miró después hacia el Sur, hacia el camino que tenía por delante,
y conducía hacia un horizonte bajo grises y pesados cielos.
-Estamos cerca -gruñó-, palmeando sin rudeza el cuello del animal.
Soltó bridas. Su caballo echó a trotar con suavidad, por el camino de tierra.
Al cabo de no mucho, llegó al gran cartel que señalaba los límites del Gran
Rancho Brown. Por aquel entonces, la nubosa tarde había comenzado su lento declinar.
Las sombras se tornaban más largas y profundas. El aire llegaba del Este desapacible,
cortante. Ululaba sobre la llanura como un alma en pena.
En el cartel había sido pintada una enorme cabeza de res. Era poderosa, con
dos ojos temibles que parecían desear toda suerte de males al visitante.
Había dos hombres cerca del letrero, sentados sobre sillas de montar tiradas
en el suelo. Los desnudos caballos permanecían quietos, atados a los postes
del cartel. Sus dueños jugaban a los naipes. No tenían el aire duro aunque saludable
de los cowboys conductores de ganado. Más bien, parecían pistoleros a sueldo,
matarifes de callejón: desgarbados, chulescos, desaseados como un resacoso de
lunes matutino. Clint había conocido a muchos tipos como ellos, desafiantes
y rápidos en desenfundar, con los asesinatos pintados en sus lúgubres rostros.
Le miraron, un tanto sorprendidos. Apoyaron significativamente las manos en
sus revólveres enfundados y hablaron tranquilamente, sin bajar la voz ni saludar
al forastero que les contemplaba desde el caballo.
-Es extraño, Michael -dijo uno, a su compañero-. No he oído llegar a este piojoso...
-No seas maleducado, Jay -contestó el otro, lanzando un amarillenta y vieja
sonrisa al extraño-. Yo tampoco me apercibí de su venida. Su caballo no lleva
los cascos envueltos en trapo... ¡Bah, da igual! ¿Qué quieres, amigo?
Clint apartó el gabán, casual y causalmente, dejando ver uno de sus dos revólveres.
-Busco trabajo en este rancho -contestó-. Me han dicho que el señor Brown paga
bien.
Michael sonrió aún más.
-Claro, muchacho. Es una buena vida: metemos un poco de miedo a los granjeros,
matamos unos cuantos indios, y a cambio hay putas, licor y whisky y buena paga.
Pero no hay que olvidar que el señor Brown tiene enemigos poderosos, otros ricos
terratenientes. Entonces, si hay guerra, se le echan cojones y uno tiene que
enfrentarse con quien se ponga por delante. ¿Cómo te llamas?
-Clint.
-Clint...
-Clint.
-Comprendo... -el viejo asintió, con ambigua amabilidad- Seguramente has tenido
problemas en el pasado y no deseas que se sepa tu apellido. Bueno, no eres el
único aquí en el rancho. Te llevaremos hasta el señor Brown y él decidirá.
Se levantaron, agarraron las sillas y las colocaron sobre sus caballos.
-Venga, piojoso, síguenos -dijo Jay, una vez que hubieron montado.
-¡Eh, tú! -llamó Clint.
Jay se volvió a mirarle, arqueando una ceja. Se espantó: Clint había medio cerrado
un ojo rodeado de arrugas y en aquella mirada vio arder temibles fuegos. Su
boca se curvaba ligeramente en una mueca despreciativa y airada.
-Si vuelves a llamarme "piojoso" te rompo el cráneo contra ese poste.
Jay observó el grueso y firme madero. Después, miró al extranjero, quien aún
lo taladraba con los ojos. Jay no era un cobarde. Pero lo que vio en el fondo
de esas pupilas azuladas le llevó a experimentar un miedo atroz que le impedía
moverse, que deshacía sus pensamientos.
Haciendo un esfuerzo, se encaramó a la silla y se alejó al trote suave. Clint
continuó persiguiéndolo con la mirada.
-No lo tomes a mal, hombre -dijo Michael-. No es mal chico. Sólo un poco...
-Vámonos -gruñó Clint.
Michael dejó de sonreír. Los caballos se pusieron en movimiento.
Los hombres del rancho, cowboys o pistoleros, sometieron al recién llegado a
un intenso escrutinio. Lo miraban con fuerza, tratando de incomodarle. Escupían
hacia un lado y echaban por la nariz el humo de los pitillos. Clint pasó entre
ellos con la cabeza alta, sin mirarles. Su caballo marchaba al paso, flanqueado
por los de Jay y Michael.
Había mujeres, cerca de los barracones o sentadas sobre las sillas de los corceles,
junto a sus hombres. No eran damas de alta alcurnia, sino tristonas prostitutas,
excesivamente maquilladas, que Obadiah Brown había traído desde la urbe más
cercana para complacer a sus muchachos.
Un joven y arrogante pistolero señaló a Clint con su índice derecho.
-¡Fijaos, chicos! -gritó- ¡Han traído a una nueva puta! ¡Segura-mente la chupará
mejor que las otras!
Estalló en carcajadas, coreadas por su auditorio. Clint se volvió hacia él lentamente,
clavándole poco a poco sus dos punzones de hielo azul, que le traspasaron los
ojos y el cerebro. El insolente calló de pronto. Le pareció estar contemplando
a la misma Muerte, enfundada en gabán, camisa, pantalones, guantes, botas y
sombrero. Sus compañeros también se tragaron las risotadas. Clint volvió la
vista hacia el frente, rodeado de silencio.
El viento gemía profunda, cavernosamente. Alzaba arenilla y matojos, los hacía
revolotear y los devolvía al suelo. Las nubes se espesaban, como batallando
entre sí. Los hombres entrecerraban los ojos, sujetaban sus sombreros y gruñían
juramentos. Las mujeres se refugiaban en las casas. Los caballos relinchaban
nerviosos. Era un mal día y se avecinaba una mala noche.
La mansión Brown parecía una suerte de castillo de piedra, cemento y madera,
fea y poderosa. Había más pistoleros en la escalinata que precedía al porche.
Parecían sombras entre el polvo.
Clint, Jay y Michael desmontaron y ataron las monturas a un gran poste horizontal
dotado de abrevadero. El invitado dejó su animal atado cerca de la gran entrada.
Los demás coceaban y relinchaban, medio histéricos. Sus dueños trataban de calmarlos.
Pero el del extraño permaneció quieto, tan estoico como su amo.
Michael abrió un gran portón y cruzaron el umbral. Un criado negro les condujo
por los pasillos de aquella oscura caverna. Era un tipo corpulento, completamente
calvo, de ojos enrojecidos y sonrisa burlona y cruel. El lugar olía a cerrado.
Había pocas lámparas de gas. Los pesados cortinajes de terciopelo ahogaban la
poca claridad que pudiese penetrar a través de los cristales. La tiniebla resultaba
opresiva, acrecentada por el mobiliario de negruzca madera. Los tacones de Clint,
Jay, Michael y el criado restallaban sobre las tablas del firme. Su martilleo
rebotaba contra las pared de cada sala y corredor.
Clint descubrió varias prostitutas semidesnudas, durmiendo la mona, tiradas
sobre butacas o divanes, aún aferradas a sus botellas de whisky. Por lo demás,
el lugar parecía desierto.
El criado abrió una gran puerta de doble hoja y les invitó a entrar.
-El señor Brown les atenderá -dijo, curvando sus abultados labios en una sonrisa
zumbona. Clint se fijó en sus dientes: habían sido limados, hasta parecer filosos
colmillos.
Entraron en un amplísimo salón. El suelo estaba vestido con una pesada alfombra
negra y marrón. En las paredes había cabezas disecadas de oso, puma, bisonte,
alce, y otros animales salvajes. En los armarios, infinidad de rifles, pistolas
y revólveres, algunos de madera cubierta de brillante laca y adornadas con planas
tachas o vetas de oro y plata. Los había de diseño recientes, pero otros se
remontaban incluso a la época de las primeras colonias inglesas de la costa
Este. Todos eran caros.
Había hombres y mujeres allá dentro. Vio seis tipos malencarados, pistoleros
sin duda. Tres parecían estadounidenses. Uno, quizá, inglés, por su traje elegante
y su corbata. Otro, mejicano, de rostro redondo, mal afeitado y grasiento, dos
cananas repletas de cartuchos cruzando su torso. Y el último era un indio o
un mestizo, vestido como blanco de la peor calaña, de faz abotargada a causa
de los excesos con el alcohol. Entre ellos pululaban cuatro prostitutas, jóvenes
aunque avejentadas por los excesos, ojerosas, pálidas como cadáveres, que se
abrazaban a sus hombres indolentemente, que bebían directamente de la botella
y miraban con un desprecio habitual al recién llegado.
Al fondo, tras una pesadísima mesa de roble, Obadiah Brown aposentaba su inmenso
cuerpo en un butacón forrado de cuero rojo. Su corpulencia iba a la par con
su carácter, con su fortuna. El carísimo traje parecía a punto de estallar,
conteniendo una barriga abultada, de aspecto pétreo. Sus hombros eran anchísimos.
El cuello de toro surgía de la apretada camisa de seda como un tubo anaranjado,
coronado por una cabeza gigantesca, de gran papada, de mejillas caídas y apelmazadas,
gordezuelas como bolas de billar. Bajo los ojos había dos bolsas de carne rojiza.
Estaban entrecerrados. Castaños, fríos y calculadores, no miraban. Ordenaban.
Las cejas eran espesas y erizadas, otorgando a aquella cara una aspecto aún
más bestial. Una ligera barba rodeaba su boca de labios finos, secos y despreciativos.
Las patillas, pobladas, crespas, negruzcas, bajaban hasta el mentón. La calva
subía, brillante y grasienta, hasta dar la vuelta al cráneo. Alrededor de las
grandes orejas el pelo resultaba hirsuto como el de un oso.
Cerca suyo había una butaca ligera, y en ésta sentada, una mujer. Ambos parecían
la noche y el día: ella era elegante, aún sin proponérselo, vestida con un caro
traje negro, largo hasta los botines, con mangas finas y encaje en muñecas y
cuello. Su cuerpo resultaba atrayente, ágil y curvilíneo. Aunque era joven,
el sufrimiento parecía haberla envejecido prematuramente. Su rostro moreno se
veía terso y suave, libre de maquillaje. Pero ya había arrugas en torno a los
negros y tristes ojos. Parecía mejicana, tan bonita como una flor del desierto.
Tenía el cabello liso, sedoso y muy oscuro, recogido sobriamente en un moño
sobre la nuca.
En aquella sala, todos temían y obedecían a Obadiah Brown, como un cúmulo de
planetas sometidos al poder del Sol. Los duros pistoleros evitaban mirarle.
Quienes estaban más cerca suyo bajaban imperceptiblemente la cabeza, como si
les doblegaran gigantescas manos invisibles surgidas del hombre que era su amo.
Las prostitutas, aún las mas borrachas, temblaban ligeramente, tratando de ocultar
algo de terror. Sin duda, estar cerca de Obadiah era como estar cerca de la
muerte. Y la elegante y sobria mujer de meridional belleza parecía un manojo
de nervios crispados.
Los fuertes ojos de Obadiah Brown escrutaron al desconocido. Clint aguantó impertérrito
su mirada.
-¡Eh, tú, hijo de puta! -espetó uno de los pistoleros, aquél de aspecto mejicano-
¡Quítate el sombrero cuando estés en presencia del señor Brown!
Todas las cabezas aparecían desnudas, menos la del recién llegado. Clint se
volvió lentamente hacia el pistolero.
-No -dijo.
-Si no te lo quitas, malnacido... -el mejicano escupía cada palabra, como si
le quemaran en las boca. Sus ojos se habían desorbitado, tal que los de un loco
peligroso- Te lo voy a quitar yo, tu asquerosa cabeza incluida.
-Estoy esperando -respondió Clint, sonriendo levemente, de medio lado.
Las mujeres se asustaron, sobre todo la más joven y elegante, que apartó la
mirada, como si no desease contemplar un espectáculo espantoso. Las pistoleros
sonrieron, expectantes. Obadiah Brown tenía la vista clavada en Clint. Su rostro
no reflejaba emoción alguna, pero sus ojos brillaban, regocijados, como si contemplara
un combate de perros salvajes y especulara acerca del ganador.
El mejicano echó a andar. En el espeso silencio, sólo velado por el aullido
exterior del viento, sus tacones resonaban como martillazos, ahogados por la
alfombra. Parecía un tipo fuerte, nervudo, acostumbrado a pelear y vencer. Hizo
crujir sus enormes nudillos. Alargó la izquierda hacia el sombrero del invitado,
mientras reculaba el puño derecho.
-¡Ahora te vas a ente... ! -comenzó a gritar.
Clint endureció el mentón, su diestra salió disparada hacia arriba y aferró
la mano abierta que se acercaba a su cabeza. Cerró el puño sobre los morenos
dedos y, merced a un potente y seco giro de muñeca, los rompió, quebrándolos
hacia atrás, con un ruido parecido al de la nuez aplastada por el mazo. El mejicano
perdió todas sus fuerzas. Abrió la boca, incrédulo ante aquel dolor. Clint abrió
su mano derecha. Los dedos fracturados habían sido doblados en una posición
innatural, las falanges sobresalían por entre la carne rojiza. Su dueño cayó
de rodillas, mirándolos, con los ojos muy abierto, tembloroso.
-Ricardo, estás despedido -dijo el señor Brown, con voz tranquila y profunda.
Junto a Clint, parecía el único sereno. El resto, incluidos los duros hombres,
tenían el espanto pintado en la cara-. No me sirven los pistoleros incapaces
de usar las dos manos.
-Pero... -sollozó el tal Ricardo, aún de rodillas, alzando estúpidamente la
mano deformada. Miró a sus compañeros. Comenzaban a mirarle con mal disimulado
desprecio. Se volvió hacia Brown- ¡Ayúdeme!
-Darío, echa a este hombre de la sala -ordenó Brown, sin apartar los ojos del
mejicano. El criado negro asintió y agarró al tipo por las axilas, levantándolo
como si fuese un muñeco-. Que se marche de mi rancho, de mi imperio. Dile a
los chicos que, si le ven aparecer por estas tierras, lo aten a un caballo y
lo arrastren hasta la muerte.
-Sí, señor Brown -contestó el criado, con su burlona y cruel sonrisa.
Ya los dos fuera, cerró la puerta de doble batiente.
Ahora, los pistoleros observaban a Clint con respeto, hostilidad y suspicacia.
En los ojos de las prostitutas había miedo. Sabían que si un pistolero era implacable
con sus propios compañeros, más cruelmente las trataría a ellas. Y aquel forastero
parecía duro, duro como una roca. La mujer de la butaca rehusaba dirigirle la
vista, así como tampoco la posaba en el resto de los hombres armados.
-¿Cómo se llama usted? -preguntó Obadiah Brown, en tono imperativo y contundente.
-Clint.
-Sus apellidos.
-Clint, a secas.
-Muy bien, señor... A Secas, como ya sabrá, yo soy Obadiah Brown, el dueño absoluto
de todo lo que nos rodea hasta la línea del horizonte, el amo de todas y cada
una de las personas y animales que hay en esta sala, en este rancho y en este
Estado -las prostitutas, los pistoleros y la elegante hispana bajaron levemente
la cabeza, humillados. Clint permaneció firme y altivo. Brown sonrió, sin alegría.
Diminutos fuegos brillaron en sus ojos y su voz se espeso-. Yo soy el hombre
que nunca pierde. Según me han contado los chicos, usted ha venido a mi rancho
en busca de trabajo.
-Exactamente -contestó el interpelado.
-Sólo contrato a los mejores. ¿Es usted bueno con el revólver?
-Lo soy.
-Va a tener oportunidad de demostrarlo, señor A Secas, dentro de pocos segundos.
Muchachos... ¡matadle!
Durante un instante, Clint entrecerró el ojo izquierdo, incrédulo. Pero rápidamente
desenfundó sus dos revólveres, cuando ya las mujeres chillaban y se lanzaban
al suelo, escondiéndose tras divanes y sillones, y los hombres apretaban los
dientes y se llevaban las manos a la cadera. Una furia infernal brilló en los
azules ojos del pistolero, en su rostro acalorado y rojizo. Resplandecieron
los cañones al salir de las fundas, se agachó ligeramente y abrió los brazos,
disparando hacia izquierda y derecha, ligeramente atrás, sin volverse. Rugieron
las armas, vomitando plomo y humo picante. Jay y Michael estaban a su espalda
y ya alzaban sus revólveres cuando los proyectiles le atravesaron a uno el pecho,
destrozando un pulmón y surgiendo por el hombro entre una nubecilla de sangre,
y al otro el abdomen, rompiendo el esternón y reventando el estómago; la bala
surgió por la espalda media y se incrustó en una pared.
Un proyectil rozó el hombro de Clint. Ante él había hombres rodeados de humo
espeso. El sonido de los disparos era ensordecedor, atronaba en los tímpanos
y hacía zumbar dolorosamente el oído interno. Los revólveres de Clint rugieron
hacia el frente y la derecha. Un pistolero aulló, agarrándose la tripa, y trastabilló
hacia atrás. El pie tierno recibió un tiro entre los ojos, la cabeza reculó,
como golpeada por un mazo, y a través del boquete de salida surgieron sesos
y sangre, que mancharon a una histérica prostituta tumbada tras él. Mientras
el herido en el estómago tropezaba con una butaca y caía estrepitosamente y
el dandy se desplomaba como una marioneta de hilos cortados, las armas de Clint
volvieron a escupir muerte. Un proyectil alcanzó el pecho de un norteamericano,
cerca del hombro, y el impacto le hizo girar sobre sí mismo. Cayó hacia atrás,
intentando agarrarse con una mano al aire. La otra continuó disparando. Las
balas alcanzaron el techo y llovieron esquirlas de yeso sobre el malherido.
Por ese entonces, el indio perdía la mitad inferior de la mandíbula, arrancada
por un proyectil. Increíblemente, no dejó de disparar, aunque su barbilla era
algo informe por donde asomaban los blancos huesos.
Clint rodó hacia la derecha. Los proyectiles destrozaron la alfombra e hicieron
volar grandes pedazos de madera procedentes de una mesita cercana. El humo de
los disparos se espesaba y dificultaba la visión, convirtiendo a hombres y objetos
en sombras difusas. La pólvora quemada ardía en ojos y pulmones y las mujeres,
además de chillar, tosían agónicamente. Clint se protegió detrás de un amplio
sofá.
-¡Hijo de puta! -gritaba alguien, con acento del Norte. Los disparos coreaban
sus aullidos- ¡Hijo de puta!
El cuero del mueble saltaba en grandes trozos, junto con los cojines, que esparcían
por doquier el plumón de sus tripas agujereadas.
-¡Hijo de puta!
Se oyó un chasquido metálico. Clint salió de su escondite y encañonó a quien
había vaciado el revólver. El pistolero le observaba, consternado. Por el rabillo
del ojo Clint distinguió una figura borrosa que alzaba su arma. Disparó a esta
última silueta. Era el indio, que, aunque destrozado su rostro, se negaba a
morir. El proyectil atravesó su garganta, destrozó la columna vertebral, surgió
por la nuca y se hundió en un tabique. Aún logró disparar un última vez, antes
de caer. Errado el tiro, el proyectil silbó un palmo por sobre el sombrero de
Clint e hizo pedazos una lamparilla en la mesa que ocupaba Brown. El magnate
no se había movido un ápice durante el tiroteo y sonreía, disfrutando del espectáculo,
como si estuviese seguro de que a él ninguna bala podría alcanzarle.
Clint se levantó. Aún tenía el sombrero en su cabeza, y encañonaba al pistolero
que se había quedado sin cartuchos. Todos sus compañeros estaban muertos o yacían
por el suelo, a punto de expirar.
-Suelta el revólver -ordenó Clint, con voz rasposa y enronquecida.
El norteamericano asintió, tembloroso. Dejó caer su arma. Tenía la Parca frente
a él y deseaba vivir. Alzó los brazos.
Las prostitutas se levantaron y salieron a la carrera de la sala. Por un costado
del umbral apareció la redonda cabeza de Darío. Observó la carnicería con ojos
muy abiertos. Sonreía divertido, mostrando sus afilados dientes.
-¿Por qué no han venido los muchachos al oír los disparos? -tronó Obadiah Brown.
-Se acerca un tornado, señor -contestó el criado, entrando en la sala-. Están
todos fuera, recogiendo las reses, o metidos en sus barracones, muertos de miedo.
Debido al estampido de las armas, no se habían percatado del viento exterior,
que había empezado a aullar furiosamente.
-El tornado no tocará el rancho -Obadiah Brown le restó importancia al asunto
con un movimiento de su manaza derecha-. Pasará de largo.
Se volvió hacia el pistolero desarmado.
-¡Harris! -rugió- ¡Te di la orden de matarlo! ¡Obedece!
-Pero... -contestó el aludido- No tengo revólver.. y él posee dos...
-Harris, vete de la sala, despacio, y salvarás tu vida -dijo Clint, sin bajar
sus armas.
Brown alzó toda su gigantesca figura y aposentó brutalmente los puños sobre
la mesa. Su mirada golpeó la nuca del subordinado.
-Harris... -hablaba lenta, poderosamente- Obedece a tu amo.
Los ojos del pistolero fueron de un lado para otro. Clint leyó en ellos la remota
esperanza de lanzarse hacia un compañero muerto para agenciarse un revólver.
-No lo hagas, Harris... -advirtió Clint.
El aludido saltó hacia su derecha. Los proyectiles golpearon su pecho y abdomen,
cuatro balas que lo proyectaron levemente hacia atrás. Chocó contra la mesa
de Brown, se volvió para mirarle una última vez y se acabó desplomar en el suelo,
muerto.
Clint apuntó al magnate con un revólver.
Vamos a la Segunda
Parte de EL HOMBRE QUE NUNCA PERDÍA
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(c) Andrés
Díaz Sánchez, 2000.
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