{upcenter}
{upright}

 

EL HOMBRE QUE NUNCA PERDÍA

(Segunda parte)

(vamos a la primera parte)

Por Andrés Díaz Sánchez

-Me queda un cartucho -dijo-. No intente nada o la utilizaré para volarle el cráneo.
-No tema -respondió Brown, con semblante grave-. Me será más útil tenerle a usted en mí plantilla que matarle. Queda contratado. ¡Darío!
-¿Sí, señor?
-Saca los cuerpos de aquí y remata a los moribundos. Tíralos a una zanja, o a la porqueriza. Que se lo coman los cerdos -el criado asintió, sonriente. Brown miró a Clint-. No soporto a los perdedores. ¿Fuma usted, señor A Secas?
-No -Clint metió pausadamente nuevos cartuchos en sus revólveres.
-¿Tampoco me aceptará una copa? -ofreció Brown, tras encender un gigantesco puro, acorde el tamaño con su dueño.
-No -contestó Clint.
Hizo rodar los tambores y envainó las armas. Brown se sirvió un brandy de un mueble cercano y miró hacia un punto determinado, tras de la mesa.
-Guadalupe, querida, ya puedes salir del escondite.
La joven mejicana se levantó. Aún temblaba. No se atrevía a mirar a Brown.
-Guadalupe es mi esposa -dijo el magnate, observándola con cierto desprecio. Ella permaneció con la cabeza baja, como si soportase una gran vergüenza-. Es una de mis adquisiciones mas preciadas. La encontré hace un año en una cabaña campesina de Nuevo Méjico. Le ofrecí mucho dinero a su padre, pero él, aunque pobre, era uno de esos mejicanos orgullosos. Cuando mis hombres le partieron un brazo y amenazaron con matar a su familia, accedió a darme a su hija... -sonrió, divertido-- ¡De esta manera, me salió la cosa mucha más barata! Guadalupe, querida, dame un beso. Muestra a nuestro huésped cuan cariñosa eres con tu marido.
Ella se envaró y bajó aún más la cabeza. Brown le acarició el cabello.
-¿Recuerdas lo que le ocurrió a tu padre la última vez que te negaste a ser cariñosa conmigo? -inquirió, con voz melosa- Creo que se cayó por un pequeño barranco, ¿no? ¿O quizá le empujó algún desaprensivo? Estuvo varios días sin poder levantarse de la cama...
Ella ahogó un sollozo y le beso en la mejilla, con tanto ardor como si hubiese besado a una babosa. Él la estrechó entre sus brazos y lamió su boca y su cuello. La muchacha torcía la cabeza, asqueada, arrasado su rostro por las lágrimas. Brown la apretó contra sí. Tras un largo rato, la soltó. Guadalupe salió e la carrera de la sala, temblando violentamente.
-Un matrimonio feliz -dijo Brown, sonriendo de oreja a oreja, aunque sin alegría-. No se case, amigo. Una esposa sale más cara que una puta y presta peores servicios. Además, las furcias suelen ser mas sinceras y honradas.
Clint no contestó.
-No se haga usted ilusiones respecto a mi mujer -advirtió Brown, endureciendo la mirada-. A todos mis hombres les esta prohibido hablar con ella. Hace tiempo, un tal Jacob, un antiguo capataz, se quedó prendado de su belleza y trató de conquistarla. Yo mismo le arranqué el pellejo a tiras, durante horas. Los chicos contemplaron el escarmiento. Y también obligue a Guadalupe a estar presente, por supuesto. Después, ordené que arrastraran el cuerpo del pobre imbécil sobre los cactus, hasta que murió. Aquella noche, estoy seguro, a mi esposa se le pasó por la cabeza la idea de asesinarme. Pero no intentó nada, tenía demasiado miedo a fallar. No por lo que pudiera ocurrirle a ella, sino sobre todo por lo que le pasaría a su padre, su madre y sus hermanitos. Sabe que soy invencible. Nada ni nadie puede matarme.
Clint no respondió.
-Sé lo que usted está pensando -dijo Brown-. Sin duda me toma por un tipo odioso, ¿verdad? Señor A Secas, sus emociones y sentimientos me traen sin cuidado. Trabaja usted para mí. No quiero su simpatía, sino su obediencia. Obediencia absoluta.
Miró al criado, que se llevaba dos cadáveres, uno sobre cada hombro, sin aparentar esfuerzo alguno.
- ... Como Darío -siguió el magnate, señalando con su puro al mayordomo. Éste se volvió y sonrió, mostrando aquellos escalofriantes dientes. Después, salió de la sala acarreando el par de muertos-. Lo encontré hace cuatro años, poco después de que comenzara a amasar mi gigantesca fortuna. Trabajaba como capataz en una plantación sureña. Se encargaba de controlar a sus compañeros de raza y recibía trato de favor por parte del amo. Le vi deshollar a latigazos a un joven esclavo que trató de huir. Es un sádico hijo de puta. Comprendí enseguida que ése era el tipo de hombre que necesitaba a mi lado. Obediente y sin escrúpulos. Lo compré, y desde entonces me ha seguido a todas partes.
Tomó un sorbo de brandy y miró a Clint, quien seguía contemplándolo en silencio.
-Es usted el tipo más frío que he conocido -dijo Brown, pensativo. Sonrió con cinismo-. Ni siquiera se ha quitado el sombrero en mí presencia. No me importa -su mirada y voz se agravaron-. Pero no olvide nunca para quién trabaja.
-¿Cómo amasó su fortuna? -preguntó el pistolero-. Tengo entendido que empezó usted de la nada.
Brown sonrió con orgullo.
-Venga conmigo -ordenó-. Quiero mostrarle algo.
Salió por un portón lateral y abordó un amplio y oscuro pasillo, sin preocuparse por averiguar si Clint le seguía. El pistolero andó tras él, contemplando aquella mole de carne que, no obstante su corpulencia, se movía con seguridad y cierta agilidad.
Penetraron en una nueva sala, mucho más espaciosa que la anterior. La alfombra, los muebles y cuadros, todo en ella mostraba un lujo espeso y decadente. Las lamparillas de gas dotaban al lugar de una enfermiza iluminación. Los ventanales tenían sus cortinajes de terciopelo escarlata levemente corridos. Entre ellos se veía la tormenta de arena exterior. Por el horizonte avanzaba el tornado, como una especie de gusano negruzco que unía cielo y tierra. En la sala, una de las grandes paredes quedaba cubierta por un gigantesco mueble de madera barnizada y brillante, en tono rojizo.
Obadiah Brown, tras cerrar la puerta de entrada, se acercó al armatoste y fue abriendo distintos departamentos, como si fuesen ventanillas o pequeños nichos, protegidos por vitrinas de límpido cristal. Había allá dentro al menos treinta cabezas humanas, alzadas sobre pies de plomo o hierro, disecadas. Pertenecían a hombres maduros, de facciones duras y enérgicas.
Brown bebió un tragó y sonrió de oreja a oreja, mostrando con una mano su colección de testas embalsamadas. En cierto modo, parecía un niño que enseñara sus tesoros ocultos.
Clint observó lentamente la muestra de cabezas. Entrecerró un ojo, algo incrédulo, pero sus facciones no se movieron apenas. Tampoco pronunció una sola palabra.
-¿Los ve? -Brown miró ufano sus trofeos- Fueron mis enemigos. Banqueros, líderes agricultores, ganaderos, terratenientes... También jefes de bandas de cuatreros. Incluso caudillos indios que trataron de resistir cuando les ordené irse de sus tierras. Quedan muchos espacios vacíos. Aun tengo muchos rivales. Todos caerán. Incluido Chisum, ese viejo avaro al que pronto haré la guerra.
"Muchas noches, vengo a esta sala con una botella de brandy y una caja de puros y los contemplo en silencio, hasta el amanecer. Me es muy relajante, y me ayuda a contemplar el futuro y el pasado con perspectiva. Ellos fueron fuertes e inteligentes. Yo soy imparable.
Sus ojos brillaron con genuino fuego.
-¿Cree usted, señor A Secas, que me contendré con dominar un solo Estado de este país? ¿Tres? ¿Ocho? No. Mi objetivo es hacerme con el control económico de toda la nación. Calculo que lo conseguiré en menos de siete años. Ya sea por las buenas... o por las malas. Cualquier método, cualquiera, es bueno para mí. El fin justifica los medios. Y mi fin es el poder.
"Una vez armado de dinero, me haré con la política. ¿Por qué ser empresario si puedes convertirte en presidente? El pueblo necesita victorias. Yo se las daré. Sé como ganar, pues nunca pierdo. ¿Y por qué conformarse con un país? Hacia el Norte tenemos Alaska y Canadá. Primero, socavaré sus economías, realizando las inversiones convenientes en los lugares convenientes. Aún hay muchos terrenos fructíferos en poder de los indios; les echaré de ellos o los exterminaré. En cuanto a las propiedades de los blancos, el camino es muy simple: negociar su compra. Si no desean vender habrá que echar mano de los pistoleros. Es importante tener a la floreciente Banca de tu parte. Los políticos se pliegan ante Sus órdenes, pues les suministra el capital que les es necesario para sustentar sus campañas. Es todo un juego, un gran juego. Cuando conoces las reglas y actúas con la suficiente decisión, resulta imposible perder.
"Más allá de Méjico, tenemos América del Sur. También intervendré allá, expandiendo mi imperio, sufragando los asesinatos y las luchas, potenciando el crecimiento económico... en mi beneficio, claro. Este continente sólo espera a que un hombre fuerte saque partido de sus vastísimos recursos. El elegido seré yo.
Tomó el último trago de brandy, satisfecho consigo mismo, y chupó de nuevo el puro, soltando una espesa nube de humo.
-Toda esta magna obra supondrá mucho tiempo, dinero, esfuerzo, inteligencia y capacidad de improvisación. Pero conseguiré mis objetivos. Nada es comparable a tener en tus manos el control sobre miles y miles de vidas humanas.
-¿Y después? -preguntó Clint, con voz tranquila.
-Después... Europa.
Brown hizo una pausa para crear efecto. Continuó:
-El viejo continente será más difícil de dominar, una tarea de muchos años. Se trata de un contexto más civilizado. En América, las sociedades aún no están del todo asentadas, y triunfa sobre todo la ley del revólver. Más en Europa uno debe ser más sutil. La base del poder siempre radica en el capital, así que empezaré por la inversión y la negociación. Después, el apoyo a los políticos. Sufragaré a los ganadores y ayudaré a aplastar a los más débiles. Subiré con aquéllos y después ya buscaré alguna manera de controlarlos definitivamente. Construiré fábricas, fábricas y más fábricas. La técnica prevalecerá sobre la tradición. La industria dominará el mundo moderno y yo llevaré las riendas de ese caballo: barcos, trenes y carros impulsados por máquinas de vapor; electricidad; redes de telégrafo...
"Y, una vez con el poder económico necesario, invertiré en la Guerra... el Gran Negocio. Los países europeos, a pesar de su tan cacareada civilización, aún luchan unos contra otros, o se preparan para luchar. Armamento. Una actividad que mueve millones y millones de dólares. Y, como siempre, desde la sombra yo iré tomando poco a poco el control de la contienda, colocando a los políticos y altos militares que me sean más favorables, hasta conseguir el definitivo poder... y la victoria.
Calló, sonriendo con una complacencia total.
-Como verá, señor A Secas, yo no me impongo límites. Los límites son para aquéllos que tienen miedo de triunfar -su expresión se tornó grave y astuta-. No soy ningún loco, ni un visionario. Sé cómo funciona el mundo y cuáles son los métodos para hacerse con el control.
-¿No teme que alguien más fuerte que usted llegue a pararle los píes?
-No -fue la inmediata respuesta-. Cualquier rival tiene un punto débil que hay que encontrar y explotar si se desea quitar de en medio. Todo hombre tiene su precio. O quizás, cede cuando se amenaza con auténtica seriedad a la gente que aprecia: la esposa, los hijos, los padres, los hermanos, los amigos... Puede que haya pecados secretos de juventud. Entonces, el chantaje da buenos resultados. Recuerdo a un juez que, hace dos años, trató de involucrarme en ciertos asuntos ilegales. Descubrí que era un tipo duro en cuanto a los hombres, pero débil en lo tocante a las mujeres. Contraté a la prostituta más bella y seductora de Nueva Orleans y cuando el asunto salió a la luz pública la carrera de ese hombre quedó destrozada.
"Aún en el caso de que el subterfugio no reporte frutos, siempre puede recurrirse al asesinato, velado o no, dependiendo de que uno quiera encubrir el delito o bien airearlo para que su fuerza gane prestigio. He entablado dos guerras contra sendos ganaderos norteamericanos. Las gané, aunque hube de emplear mucho capital en pagar ejércitos de pistoleros.
-¿A qué se debe su meteórico ascenso? -preguntó Clint.
-Es usted muy curioso... -en su voz había una advertencia que rozaba la amenaza- No obstante, satisfaré su duda:
"Hace años, yo era un ganadero más. Uno del montón. Quería triunfar, lo deseaba terriblemente. Pero todo eran dudas y confusí6n. Una noche, de pronto, comprendí qué era lo que me lastraba...
Hizo una intensa y breve pausa, y prosiguió:
-Los remordimientos.
"Constituyen el mayor temor del hombre: el miedo a sucumbir, aplastado por su conciencia. En la Guerra Civil vi hombres morir por una bandera, contemplé soldados que, a cambio de una mísera paga, o a veces por nada, se arrastraban heridos sólo con el motivo de ayudar a un compañero. El mundo está lleno de valientes dispuestos a dar su sangre por una buena causa. Pero... ¿cuántos la darían por una razón totalmente egoísta, sabiendo que empeñarían y hasta destruirían el mundo entero, sólo para satisfacer sus ambiciones? ¿Cuántos se creen capaces de soportar en su memoria el asesinato de niños, mujeres y hombres, la humillación y la miseria de las personas honradas y trabajadoras, la esclavización de los libres, la desintegración de la felicidad ajena...? Muy pocos. Porque los remordimientos frenan, y una mente que no pueda sobrevolar totalmente la moralidad, que no pueda ponerse por encima del bien y del mal, nunca triunfará aplastantemente.
"Yo he vencido sobre mis remordimientos. No los temo, porque sé que jamás los sufriré. Me sé capaz de enviar a la hoguera a miles o millones de personas, sin pestañear, sin que me tiemble un dedo. He llegado a ordenar muertes de hombres, mujeres y hasta bebés mientras almorzaba. Y la comida me supo muy bien.
-¿Y por qué usted no tiene remordimientos, y los demás sí?
Brown suspiró, y sonrió astutamente.
-Todos los magos guardan en secreto su mejor truco, señor A Secas. Y ninguno lo descubrirá jamás.
-Entiendo... ¿Y no se le ha pasado por la cabeza que yo haya venido aquí para matarle, señor Brown? Ahora, podría desenfundar y disparar, antes de que usted pestañeara.
-Las balas no me alcanzan -afirmó el magnate, pleno de confianza y tranquilidad-. Desvían su trayectoria. El tornado pasará de largo sin tocar esta mansión. Los asesinos siempre yerran cuando intentan liquidarme. Soy invencible.
Clint no contestó.
Brown se acercó a grandes trancos hasta la puerta por la que habían entrado y abrió las dos batientes.
-¡Darío! -rugió, haciéndose oír por encima del vendaval exterior.
Sonó un trotar de pasos y el criado cruzó el umbral, sonriendo servilmente.
-¿Qué desea el señor?
-Darío, dispárame -ordenó Brown-. Utiliza el revólver del señor A Secas.
El mayordomo, lejos de sorprenderse, llegó hasta Clint y tendió su mano derecha, la palma hacia arriba. No había desaparecido su sonrisa repugnante, y sus ojos brillaban de pura maldad.
-Dele un revólver, señor A Secas -tronó Brown-. Usted mismo lo ha cargado, con cartuchos de fuego real.
Clint desenfundó un arma y la estrelló contra la mano de Darío, quien no pareció sufrir dolor alguno a pesar del golpe.
El criado se volvió y apuntó hacía su amo, sin temblor alguno. Clint constató que realmente encañonaba el arma hacía Brown. No podía fallar.
El disparó restalló por toda la sala. Brown permaneció en píe, chupando el puro, sin inmutarse. La bala se estrelló contra la pared del fondo. Se había desviado sobrenaturalmente en su trayectoria, esquivando la figura del ganadero.
-¿Lo ve? -la voz de Brown no vacilaba, ni su cuerpo gigantesco temblaba un ápice.
Hizo una "O" con la boca y soltó el humo.
Clint le quitó a Darío el revólver y lo enfundó. El criado se apartó hasta quedar en segundo plano.
-Supongo -dijo el pistolero- que esta especie de... invulnerabilidad, o suerte mayúscula, forma parte de ese truquito que no quiere revelarme.
-Supone bien.
Clint sonrió, sin alegría. De pronto, entrecerró un ojo, clavando la mirada en Brown. Desenfundó, rápido como un relámpago. Encañó un revólver hacia el magnate y otro hacía su mayordomo.
-Darío, no te muevas, o te vuelo esa sonrisa de caimán que tienes -advirtió, con voz de hierro-. Y usted, señor Brown, despídase de este mundo.
El criado movió la cabeza, sorprendido y divertido. Brown miro con desprecio al pistolero.
-Le tenía por una persona inteligente -dijo el magnate, fastidiado y enojado-. Nadie que me dispare sin mi permiso sobrevive mucho tiempo. Le haré marcar con la señal de las reses en el rostro, cegándolo. Mis chicos continuarán torturándolo durante una semana, al menos. Y luego lo haré azotar hasta que muera.. Vamos, vacíe el cargador.
-No le quepa duda de que lo haré, señor Brown -respondió Clint, sonriendo de medio lado.
Apuntó, entrecerró los ojos y disparó.
La bala impactó en la mano derecha, haciendo saltar los dedos y el puro por los aires, tiznando de sangre el rostro del magnate. Brown se miró la carne abierta, sangrante. Atónito. Había mas sorpresa que dolor en sus ojos. Miró a Clint, como si contemplase una visión espectral. Todo su cuerpo temblaba, aterrorizado. Boqueaba, sin atinar a decir nada coherente.
-No te muevas, Darío -advirtió Clint, aún apuntándole, sin separar la vista de Brown.
El otro revólver encañonaba al ganadero.
-¿Dónde quiere la siguiente bala, señor Brown? -preguntó Clint, con burlona tranquilidad.
-¡No pueda ser! -chilló el aludido- ¡Es imposible! ¡El contrato..... ! -ahora, a la sorpresa se le unió la ira. Miró a Darío con ojos taladrantes- ¡En él se especificaba que nada ni nadie podría causarme daño físico! ¡Que la muerte sobrevendría por vejez, a los ciento quince años!
-Me temo -Darío hablaba con serenidad, echando vistazos fugaces al pistolero- que no era exactamente esa la frase, sino la siguiente: "Nada ni nadie perteneciente a la tierra o a los Infiernos podrá causarle daño físico alguno..." Sospecho que este... hombre no está sujeto a tal disposición -el negro se encogió de hombros-. Puede, perfectamente, matarle.
-¡Darío! -gritó Brown, fuera de sí- ¡Me has engañado!
El criado hizo una mueca de infantil inocencia, abriendo mucho los ojos.
-No leyó bien el contrato, señor Brown. Es sorprendente que un financiero exitoso como usted se sienta estafado, después de firmar tantos otros.
-Bueno, señor Brown... -Clint parecía realmente feliz- Como ya le pregunté antes: ¿dónde desea que la incruste la siguiente bala?
-¡Alto! -chilló Brown, que se había metido la mano destrozada bajo la axila izquierda- ¡Le haré rico si baja ese arma! ¡Miles y miles de dólares! ¡Tendrá bellas mujeres! ¡Un rancho! ¡Cien ranchos! Sabe que soy muy rico y poseo aval en cualquier banco del Estado. Diga cuánto quiere y yo mismo se lo entregaré, en metálico o en acciones. ¡Le juro que mis hombres no le perseguirán!
-¿Cuáles fueron sus palabras? -Clint entornó la vista, tratando de recordar- "Todo hombre tiene un precio". Hoy, ha encontrado la excepción a la regla. Le invito a que encuentre mi punto débil y lo explote. No tengo esposa, ni hijos, ni padres, hermanos o amigos. Sólo tengo a mi fiel caballo. Pero, sinceramente, si de he de elegir entre sacrificar a tan noble animal o la satisfacción de volarle a usted su gorda cabeza, creo que acabaré rebuscando en mis bolsillos el dinero necesario para comprar una nueva montura.
-¡Muchachos! -aulló Brown, enloquecido de miedo, el rostro brillante a causa del sudor- ¡Salvadme! ¡Os pagaré el cuádruple de lo habitual!
-Sus hombres no le pueden oír -aclaró el pistolero-. El viento aúlla fuertemente, el tornado se acerca. Y esta vez no pasará de largo. En menos de una hora arrasará esta mansión.
Brown dio un paso hacia la puerta. Clint disparó y la bala atravesó su rodilla derecha. El magnate se desplomó estruendosamente, aferrándose la articulación destrozada. Miró con ojos desorbitados a su verdugo.
-¡No me mate, por favor! -sollozó, perdido todo control sobre sí mismo- ¡No sabe lo que me espera!
-Sí lo sé -respondió el pistolero.
Brown se horrorizó aún más.
-¿Quién es usted? -inquirió, con voz temblorosa.
-Adiós, señor Brown.
Disparó. La bala abrió un agujero entre las dos pobladas cejas. El ganadero puso los ojos en blanco antes de expirar.
Su asesino enfundó el revólver, mas no envainó al compañero, aún encañonado hacia Darío. Miró al negro con patente hostilidad.
-Tu trabajo ha acabado -dijo el mayordomo, sin miedo alguno-. Y el mío también. No te corresponde a ti eliminarme.
-Lo sé. Pero estoy tentado de romper las normas.
-Éso traería consecuencias desastrosas.
Clint gruñó algo ininteligible y enfundó el arma. La sonrisa de Darío se ensanchó.
-A pesar de todo, eres razonable -dijo.
-¿Dónde está el contrato?
Darío cruzó la estancia, hasta el mueble que contenía las cabezas disecadas. Metió la mano en un estante vacío, apretó una esquina y sonó un crujido. Un rectángulo de madera giró sobre dos bisagras, mostrando la puerta de una pequeña caja fuerte. Darío movió las ruedas de la cerradura, hasta hallar la combinación correcta. Sonó un chasquido. La diestra se introdujo por el hueco y extrajo un papel enrollado y atado con una cinta de seda roja.
Clint lo tomó, rompió la banda y lo leyó.
-Firmado con sangre... -musitó-. Riqueza y poder sin límites a cambio del alma. Brown tenía agallas, pero poca inteligencia.
-Este original ya no sirve de nada -informó Darío-. Su gemelo está en poder de Mi Señor, junto al de muchos otros miles.
Clint se acercó a la mesa, tomó un puro y un fósforo.
-Ahora sí me apetece fumar -llevó la punta enrojecida del puro a un extremo del documento.
El papel ardió, hasta deshacerse en cenizas. Dijo:
-A partir de ahora, Brown va a tener toda la Eternidad para arrepentirse de su estupidez.
-Adiós -se despidió Darío-. He de irme. Tengo muchos y nuevos contratos que tramitar.
-¿Y tú a qué te dedicas? -gruñó Clint.
La sonrisa se alargó hasta límites sobrehumanos. Sus orejas se aguzaron, sus ojos enrojecieron y los colmillos tornáronse bestiales. El aliento le olía a azufre.
-Soy abogado -contestó, con voz cavernosa-. En estos tiempos, no nos falta trabajo.
De nuevo parecía un hombre. Guiñó un ojo y se volvió. Echó a andar hacia la puerta, silbando una alegre tonada.
Malhumorado, Clint le siguió con la mirada, hasta perderlo definitivamente de vista.
Echó una ojeada a las testas del mueble y se tocó el sombrero con dos dedos.
-Adiós, caballeros.
Surgió al oscuro pasillo. Golpeaba con los nudillos en las puertas.
-¡Señora Brown! -llamó, a grandes voces- ¡Guadalupe!
Siguió abriendo salas y recorriendo pasillos desiertos, sin dejar de aullar el nombre de la mujer.
-¿Qué quiere usted?
Ella le miraba tímidamente, con los ojos aún enrojecidos. Asomaba a medias el cuerpo por el umbral de una habitación que Clint todavía no había registrado.
El pistolero suavizó un punto su grave voz:
-Señora, hemos de irnos de esta mansión -dijo, con el puro entre los dientes-. Pronto, el tornado pasará por aquí y destrozará lo que encuentre a su paso.
-Pero... mi marido se enfurecerá... ¡y no le conoce usted cuando está realmente enfadado!
-Su marido ha muerto. Es usted viuda.
-¿Muerto? -la mujer abrió muchos los ojos, incrédula- No puede ser, me está tomando el ...
-Yo lo maté.
Clint la miraba fijamente. Ella ahondó en sus pupilas y comprendió que no estaba mintiendo. Se llevó una mano a la boca y los ojos volvieron a humedecérsele.
-Lo siento -murmuró Clint.
Ella jadeó y lo abrazó con fuera. El pistolero abrió mucho los ojos y frunció el ceño, sorprendido.
-Quizá debiera mostrarme triste... -decía la mujer, aún aferrada a él- ¡Pero sólo siento felicidad! ¡Que Dios me perdone, sólo siento alegría! ¡Gracias, señor! ¡Gracias!
Clint la tomó de los hombros y la miró, sonriendo.
-Es usted libre, Guadalupe. Ahora, debemos marcharnos o el tornado nos hará pedazos.
Cogió a la mujer por un brazo y ambos echaron a andar.
Al poco, surgieron al exterior. El viento los azotaba sin compasión. Clint se subió el pañuelo y cubrió los ojos con una mano. Pasó el otro brazo sobre los hombros de Guadalupe y la apretó contra su costado. Ella se escudó en él, pues el fortísimo aire les hacía tambalearse y debían afirmar los pies en el suelo, a cada paso. Las densas nubes de polvo no permitían ver prácticamente nada. Aún así, avanzaron hasta que la bota de Clint se hundió en un escalón. Escucharon, por encima del vendaval, un agudo relincho.
Clint bajó con cuidado los escalones, la mujer a su lado. Ante él distinguió una sombra enorme que bufaba y relinchaba, al borde de la histeria. Otros caballos hubieran enloquecido totalmente. El de Clint mantenía el tipo, aunque temblaba y se revolvía, inquieto. El pistolero llegó hasta el animal y le palmeó con fuerza el cuello.
-Eres un chico valiente -dijo, bajo el pañuelo-. Después, tendrás doble ración de azúcar.
Desató las bridas del poste, ayudó a subir a Guadalupe y después montó él. El caballo echó a trotar, contento de poder alejarse al fin de aquel Infierno. Aún así, hubo de emplear toda su fortaleza para vencer la tormenta. Clint le tapó los ojos con un trapo y lo guió lo mejor posible, también apenas sin ver nada.
Poco a poco, escaparon de la influencia tiránica del todavía lejano vendaval. Tras horas o siglos, el viento tomó un cariz soportable y Clint pudo bajar el pañuelo. Guadalupe, entre su pecho y la cabeza del caballo, tosió tierra y abrió los ojos. Miraron hacia atrás. Descubrieron el embudo gigantesco y negruzco, sobre una negra y violenta nube.
-La mansión ha desaparecido -dijo Clint.
-Creo que es lo mejor -respondió Guadalupe-. Usted no sabe las cosas espantosas que ocurrieron allá dentro...
-Todo ha pasado. La dejaré con su familia, en Nuevo Méjico. Después, me marchare.
-¿No se quedará usted con nosotros? Al menos un tiempo.
-Se lo agradezco, pero éso me es del todo imposible. Por hoy he acabado, pero mañana habrá, de nuevo, más trabajo por hacer.
-¿Qué clase de trabajo?
-El trabajo sucio.
Extrajo de un morral varios terrones de azúcar y los metió en la boca del caballo. El animal los deshizo con los dientes y la lengua y los tragó con gran placer.
-¡Vamos, muchacho! -Clint soltó bridas.
El fuerte caballo echó a trotar, llevándolos a ambos, levantando nubecillas de polvo.

(c) Andrés Díaz Sánchez,  2000.
   

 

MAS CUENTOS
 
 

 

Liter Area Fantástica (c) 2000-2010 Todos los derechos reservados

Webmaster: Jorge Oscar Rossi

mail: jrossi@literareafantastica.com.ar