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CONCIENCIA Y FICCION
Desconecté el teléfono.
Lo que menos necesitaba en ese momento era escuchar un reproche más. Eso no
iba a ayudar a que mi inspiración irrumpiera en escena.
Tal
vez, si hubiese estado escribiendo una novela dramática o de amor, podría
haber incluído alguno de los últimos mensajes que Belén descargó en mi contestador,
donde reclamaba mi compañía para ese día de aniversario. Perdón, Belén. No
podía perder un instante más. La fiebre de mi gripe no quería saber nada de
sus afiebrados epítetos.
Quizá,
si estaba buscando un buen clima de suspenso, podría haber transcripto los
mails que me dejó mi editor, amenazándome, de las maneras más originales posibles,
sobre las consecuencias que me haría sufrir si mi creatividad no le entregaba
el relato prometido, cobrado y profusamente publicitado, para la inauguración
de la Primera Convención de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción.
Todavía
retumbaban en mi cabeza dolorida sus palabras, que vociferaban asegurando
la asistencia de lo más representativo del ámbito literario universal y que
recalcaban que yo, sí yo, tendría el honor, y el placer, acotó, de escribir
el relato que oficiaría, nada más y nada menos, de tributo argentino al género.
Mi
mente bromeó un instante, para eso sí le sobraba imaginación, sobre la sede del evento: el mítico Luna Park,
irónicamente adecuado para que, a las catorce horas del día siguiente, la
vergüenza y la humillación noquearan mi prometedora carrera de escritor ante
la vista de todas las celebridades expectantes...
Prendí
un sahumerio, intentando alejar esos pensamientos pesimistas que, como ágiles
babosas, se adherían repugnantes a mis escasas ideas. Sólo logré estornudar.
Di
vuelta el reloj, para que con su espalda me ocultara las pocas horas con las
que contaba, apenas un poco más de una docena hasta el momento crucial: el
momento en que sonaría la campana y el reflector, impiadoso sobre mi figura,
me intimaría a descubrir mi obra.
Busqué
en una pastilla el rescate del soporífero ambiente de mi cabeza, que me facturaba,
y no en cuotas, el insomnio acumulado de noches anteriores.
Todavía
recordaba cuando un par de semanas atrás, mi editor me comunicó que había
sido seleccionado para inaugurar la Convención. Todavía recordaba el estridente
festejo que Belén me brindó cuando le conté la "buena" noticia. Es más, fuimos
juntos a cobrar el jugoso anticipo y brindamos, una y otra vez....
¡Tonto
de mí! Debí haber hecho caso al temor, que en forma de espina, me acompañó,
clavado e insistente, haciéndome dudar de mi capacidad para cumplir tremenda
tarea.
"¡Pero
si escribiste muchos cuentos!", me dijo Belén cuando pasó la primera semana
y mis hojas arrugadas ya habían llenado varios cestos. "Claro que estoy avanzando,
lo que pasa es que es un cuento muy especial", respondí yo a mi editor, que
quería ir leyendo un borrador que nunca le llegaba.
Bajé
la persiana casi por completo, como si el incipiente claro de luna que entraba
a mi departamento fuera el culpable de la claridad de mis hojas ante el próximo
y definitivo amanecer.
Sigiloso
y en la comodidad del piyama, me acerqué a mi biblioteca, otra vez, para ver
si el espíritu solidario de alguno de los maestros de toda la vida, se apiadaba
de mí. Acaricié con respeto y devoción suplicante, los lomos donde brillaban
los nombres de Orwell, Bradbury, Golding, Wells. Quien sabe, pensé, Fredric
Brown pasó por una situación parecida alguna vez. O, por qué no, el mismísimo
Asimov o la más cercana Gorodischer. Me quise convencer, pero no sirvo para
consolarme.
Un
bostezo, de esos que abren la boca como para tragar un compact disc, me devolvió
cabizbajo a mi escritorio.
¡Compact
disc! ¡Música! Como si me hubieran revelado un secreto milenario, me levanté
de la silla directo a la colección de discos. Algo en castellano, mejor no,
porque me distraería. Algo instrumental sería el pase directo a mi enemigo,
el sueño. Busqué un clásico, de esos que no llaman la atención en absoluto
y, empuñando la lapicera como la espada de un gladiador de las palabras, volví
a la arena de mi escritorio, donde parecía que un Nerón imaginario me había
bajado el pulgar sin piedad...
Mis
párpados de plomo se habían empeñado en demostrar la ley de gravedad, justamente
en esa noche. No iba a luchar contra ellos. Cerré los ojos y respiré profundo.
Mientras, casi con descuido, trataba de imaginar algo para mi historia...
Pronto
me vi. Estaba saliendo de mi casa sin saber adónde iba. Crucé Cabildo y me
paré, confundido, en la esquina. En la madrugada que se estaba despidiendo,
un hombre vestido de bombero observaba a cada perro que pasaba y parecía tan
desorientado como yo.
Me
acerqué hasta él para ver si lograba su atención. Cuando estuve lo suficientemente
cerca, pude ver que llevaba colgada una credencial plastificada. La tentación
de leerla fue fuerte y no me negué. Enseguida reconocí el logo de la Convención
y debajo, en letras claras, el nombre de Montag. Ese nombre me impactó. No
sabía por qué, tampoco entendía el motivo de acreditar a un bombero en la
convención, pero cuando quise preguntarle, surgió un hombre que había doblado
de Olazábal y que, vestido con un llamativo "mono" azul, se dirigió al bombero:
-¡Montag!
Encantado de conocerte. Soy Winston....
Así
rezaba su credencial. Los miré, pero ambos me ignoraron.
-Winston,
¿has visto por aquí al Sabueso Mecánico?-dijo Montag mientras miraba husmeando
para ambos lados y apretaba unos libros contra su pecho.
-No,
no lo he visto, pero te entiendo, sé lo que significa estar vigilado todo
el tiempo. Sí que lo sé...
Mi
lógica no daba crédito a lo que estaba observando, pero el fuego del conocimiento
pronto ardió en mi interior, hermanándome a esos extraños personajes.
Sí,
sabía quienes eran esos hombres pero, por más que quería y lo intentaba, no
lograba interactuar con ellos...
Las
miradas acusadoras de algunos porteros que baldeaban las veredas de Cabildo,
me hicieron notar que ante su vista, sólo estaba yo, intentando hablarle a
una pared.
Avergonzado,
me alejé por Juramento, a paso vivo, hasta la plaza de la Iglesia Redonda,
donde un hombre movía su escoba cíclicamente mientras parecía balbucear algo:
-¡Barro
los sueños de ayer, para dejar lugar a los de hoy!
Cuando
lo escuché, me di vuelta. Mis ojos chocaron contra la credencial que se bamboleaba
a cada movimiento de la escoba e indicaba "Barrendero de los sueños".
Al
reconocerlo, levanté mi brazo para saludarlo, pero solamente conseguí que
un mendigo de la puerta de la Iglesia me retribuyera el gesto.
Dudé
en regresar a mi casa, pero el camino me impedía desandarlo. Cada cuadra que
pisaba hacía desaparecer a la anterior y, a mis espaldas, todo era espesa
oscuridad. La ciudad sólo existía delante de mí.
El
paso cercano de un hombre, corriendo hacia Barrancas con un billete iluminado
en su mano, me hizo tratar de alcanzarlo. Cuando logré ponerme casi a su lado,
lo escuché mencionar:
-Debo
encontrar el camino de regreso a Trántor.
Su
voz fue la fundadora de un imperio de sensaciones encontradas en mi interior. Lo llamé, sin necesidad de leer su
plastificada credencial:
-¡Gaal!
Yo sé quién eres... ¡Debes ayudarme! Yo...
Cuando
sus labios se movieron mi corazón se paralizó:
-Debo
encontrar el camino de regreso a Trántor -repitió sin mirarme, mientras se
alejaba veloz...
Agitado,
traté de reponer mi respiración pero el sonido de una voz metalizada me sacudió:
-Eh...,
Dave ¿por qué no me presenta a sus amigos?
Levanté
la vista y la vi. Era una computadora enorme ubicada justo en el centro de
Barrancas de Belgrano. En su parte delantera, al lado de una de sus ranuras,
brillaba la credencial de la Convención con el nombre "HAL 9000".
Mi
sorpresa era tan grande, que mi boca se negaba a cerrarse y temí que nunca
más lo volviera a hacer...
A
su lado, el astronauta Dave Bowman, explicaba a un par de hombres atentos
al funcionamiento de la súper computadora. Observar bien sus rostros fue una
verdadera odisea, pues los tenía casi de espaldas, pero noté que el rubio
parecía hipnotizado, con la vista alternando entre el cielo y los kioscos
de las Barrancas. Entre tanto, el
morocho robusto de rulos y anteojos, asentía y preguntaba por los aspectos
más técnicos del sofisticado equipo.
No
me animaba a acercarme demasiado, por miedo a que Hal 9000 me atacara de algún
modo. Simplemente, me limité a observar a una distancia prudencial, como si
mi atención pudiera perturbarlos eternamente. Recién cuando el rubio se tocó
varias veces la nuca, como buscándose algo, un grito fanatizado se escapó
de mi boca:
-¡Juan
Salvo, Favalli! Por favor, ustedes son vecinos, ayúdenme...
Favalli
se dio vuelta, nervioso, y gritó:
-¡Debemos
irnos, Juan, Hal anuncia nevada para las próximas horas!
Cuando
escuché esas palabras, abandoné mis precauciones y me decidí a abalanzarme
sobre ellos para impedirles la retirada.
Apenas
un segundo después despegaba mi cara del césped...
Con
dificultad me levanté y saqué algún resto de tierra de mis ojos, para comprobar,
con la amargura del iluso que ya sabe la triste respuesta, que ni rastro de
ellos quedaba...
Una
señora que paseaba su perrito me miró con desconfianza y se alejó murmurando
algo contra los alcohólicos y la barbaridad de empezar el día tan ebrio.
Camuflando
algunas lágrimas en el rocío que el pasto me había regalado, llegué a la Avenida
del Libertador. De reojo comprobé como, a mis espaldas, las Barrancas de Belgrano
habían sido engullidas por la negrura impiadosa.
Por
un momento me pregunté si esa oscuridad absoluta terminaría alcanzándome,
tarde o temprano. Avanzar, bajo la protección de la mañana que comenzaba su
reinado, parecía la única alternativa posible...
Doblé
por Libertador hacia el centro y, a medida que me iba acercando a Palermo,
escoltado por un tránsito rutinariamente embotellado, no dejaba de especular
hipótesis disparatadas sobre los sucesos recientes.
La
cercana figura de un policía en la esquina, me inquietó instantáneamente.
Me acerqué hasta él, que parecía ignorarme, y lo empecé a observar estudioso,
buscando alguna pista o detalle revelador. Lo único que pude percibir, cuando
casi toco su gorra, fue su áspera voz:
-¿Qué
hace, imbécil? ¡Circule!
Ni
lo dudé.
Avancé
a paso vivo por Libertador, hasta toparme con un gran escarabajo que se arrastraba,
aparatoso, con sus patas sin dejar de babear su credencial.
Seguro
de lo que hacía y tratando de no llamar la atención de los demás transeúntes,
murmuré en voz baja:
-A
vos, Gregorio, te conozco gracias a Belén...
Belén,
Belén. ¿Qué estaría haciendo? ¿Su rencor habría sufrido algún tipo de metamorfosis?
Indiferente
de mis sentimientos, el escarabajo se perdió en la primera alcantarilla de
la esquina, cerca del Rosedal.
Crucé,
pero a mitad de la avenida, un hombre se paró frente mí y abrió su camisa,
revelando enormes tatuajes que se iban transformando sobre su piel, bajo la
credencial de la Convención:
-¡Al
fin! ¡Yo sabía que alguien ilustrado vendría a ayudarme! -grité hacia el cielo.
Pero
algo detrás de mi habló. Era una voz masculina que, con la furia de un tigre,
le dijo al hombre:
-Y
yo que me quejaba de mi tatuaje... ¡Nos vengaremos de quien te hizo esto!
¡Vamos, te enseñaré a jauntear!
Cuando
me dí vuelta para verle el rostro, ambos habían desaparecido por completo
y el tránsito de toda la avenida rugía en bocinazos que lograron hacerme saltar
hasta la vereda. Me prometí que, pasara lo que pasara, no me detendría nuevamente
delante de los colectivos en marcha.
Pronto
llegó hasta mis oídos el ladrido de unos perros que aullaban ante un piloto
que parecía flotar sin nadie en su interior. Con el ala de un sombrero apenas
inclinado donde debería haber un rostro, despertaba gruñidos a su alrededor.
Una credencial brillaba sobre la solapa del viejo piloto. Por el reflejo del
sol, su nombre fue invisible, pero no desconocido para mí.
Retomé
la marcha.
A
veces, sólo a veces, miraba para atrás, asombrado del trayecto que había realizado,
bajo el mediodía que ni siquiera rozaba el negro telón que se había corrido
tras mis pasos.
Casi
al llegar a un costado del Jardín Botánico, una presencia curiosa captó toda
mi atención. Era un hombre elegante que portaba dos extrañas flores blancas
en su mano, mientras se acercaba a la silla de una bella máquina de níquel
y marfil, donde una palanca llevaba la familiar acreditación...
-¡Adiós
Viajero! -grité sonriente contra la reja -¡Saludos a los Morlocks!
Satisfecho
por la ocurrencia de mi frase, tardé unos instantes en advertir que, a mis
espaldas, devorado por la oscuridad vecina, sucedía un gran alboroto en la
entrada trasera del Zoológico:
-¡Boxer,
Clover, deben hacerme caso! -proclamaba un cerdo en dos patas mientras brincaba
de un lado a otro- ¡Hay que liberar este lugar y poner el nombre de nuestro
líder Napoleón!
Antes
de que las sombras los sepultasen, llegué a notar cómo el caballo y la yegua
intentaban atropellar con sus ímpetus rebeldes los candados del lugar.
No
deseaba tentar a esa penumbra, cada vez más cercana, que parecía empeñada
en pisarme los talones, así que aceleré sin mirar atrás.
Extrañado,
comprobé que ya estaba aproximándome a la Avenida Callao, justo donde alguna
vez estuvo el célebre Ital Park. Pese a que el parque de diversiones ya era
pura historia, tres niños se amontonaban cerca del lugar, sin señores a la
vista.
El
primero, de rulos y túnica marrón, parecía no sentirse bien y en cuanto tomó
el anillo que llevaba encadenado a su cuello, junto a la credencial, cayó
desmayado.
-¡Mira
David! -gritó el más gordo de los otros dos niños, que vestía un destruido
uniforme escolar- Si tuviera mis lentes, tal vez encontraría la caracola para
llamar a los demás y pedirles que lo ayuden... -se lamentaba.
El
tercero, tan inteligente como dubitativo, miró al osito de juguete que llevaba
en sus brazos:
-¿Teddy...,
Piggy y Frodo son reales?
El
ruido de los automóviles que rugían por Callao rumbo a Las Heras, me impidió
saber si el pequeño y duradero oso de peluche había llegado a contestarle.
Apenas
pasos después, desemboqué en la Avenida Santa Fe, que sólo mostraba existencia
en dirección al Centro. Avancé y avancé, convencido de que era mi única opción.
De
un café de Santa Fe y 9 de Julio, me llegó una voz que se dirigía al mozo
en tono confianzudo:
-¡Prepárese
una buena jarra de café, mejor dos, que recién llego de unos de mis viajes
y ahora viene Angélica a tomar nota de los planetas que visité!
Me
acerqué hasta la vidriera. El mozo ignoraba que, en la mesa del fondo, tenía
en Trafalgar a su más estrafalario cliente.
Pensé
en quedarme a esperar a Angélica para darle las gracias, pero una pandilla
de muchachos de cuero corría directo hacia a mí, blandiendo sus navajas afiladas.
Aterrado empecé a correr por Cerrito hasta cruzar Córdoba, sin dejar de mover
mis piernas mecánicamente, cuando la agresiva voz del líder me tranquilizó:
-¡Vamos!
Demostremos que somos los peores málchicos... ¡Enseñemos quienes son Alex
y sus drugos...!
Ahí
entendí, irónicamente, que ya no necesitaba huir.
Con
paso calmo y recobrando el aliento, me aproximé a la Avenida Corrientes. La
imponente visión del Obelisco, rodeado de transeúntes que iban y venían sin
cesar, contrastaba con el hombre arrodillado, casi desnudo y sin afeitar,
que, a la sombra del erguido monumento porteño, golpeaba su puño contra el
suelo del planeta mientras, sollozando, gritaba:
-¡Maldigo
las guerras! ¡Maldigo las guerras!
Me
acerqué hasta su lado y susurré:
-Yo
también, Ulises, yo también...
Emocionado,
continué mi obligado sendero, acaparando la mirada de algunos, que notaban
las lágrimas que decoraban mis mejillas.
-¿Quiere
instantánea felicidad, señor? -me sacudió una dulce voz de mujer, que asomaba
desde Maipú.
Giré
asombrado por la novedad, pero un alto muchacho que ocupaba mi misma baldosa,
respondió a la joven sonriente:
-¡Claro,
Lenina! -dijo, golpeándose el pecho, justo donde estaba la acreditación. -¡Siempre
estoy listo para otra tableta de Soma!
La
voz de Bernard, tan "alfa" en su tono, me reflejó mi ingenuidad de creer que,
por un instante, pertenecía al más feliz de los mundos...
Cabizbajo
y agotado, me sedujo la idea de permitir que la oscuridad me alcanzara. Pero,
por más que quedara quieto, el mundo se deslizaba bajo mis pies, como una
cinta transportadora, obligándome a seguir.
Así
llegué a Corrientes y Florida, donde un gran cohete ocupaba buena parte de
la esquina. Con mi capacidad de asombro extinguida, ni me inmuté cuando vi
que los coches traspasaban la nave sin dificultad.
Con
los rostros pegados a las ventanillas del cohete, los tripulantes balbuceaban
confusos:
-¡Capitán,
debe dejarnos descender! Este pueblo es igual a donde nacimos...
-Sí,
-suspiró el Capitán, John Black según su credencial,- es muy parecido a donde
yo nací, tal vez debiéramos bajar y escribir nuestra propia crónica...
-¡No!
-grité- ¡Es una trampa...!
Un
vendedor de garrapiñadas movió su cabeza riéndose, mientras le hacía señas
al diariero de la esquina, que me miraba con un dejo de lástima.
Los
comprendí.
El
reloj de la puerta de un banco titilaba marcando las 13:58, cuando la Avenida
Corrientes, como un mágico tobogán, me depositó frente al imponente Luna Park,
justo debajo del cartel luminoso que decía con letras gigantes: "Primera Convención
de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción".
Petrificado
por completo, el mundo pareció apagar su motor totalmente... Era sólo un espectador
y el espectáculo no se hizo esperar.
Por
encima de la calle Alem, flotaba una esfera de metal blanco brillante, un
poco más grande que una pelota de fútbol.
-¡Mekky!
-susurré.
-¡Entra!
¿Qué esperas? Es la hora...
Tan
maravillado como nervioso, sin mover mi boca repetí:
-¡Mekky!
-leí escrito en la credencial adherida a la esfera.
-¡Vamos!
¡Belén te espera! Todos te esperan...
El
universo, loco como siempre, volvió a arrancar, llevándome a la entrada principal
del Luna Park.
Los
espectadores se corrían ante mi paso, formando un imaginario pasillo que me
condujo hasta el micrófono, iluminado por un potente reflector sobre el escenario
central.
Ante
la multitud expectante, tímidamente pronuncié:
-Esta
es mi historia...
Con
la transpiración recorriendo mi frente, comencé a escuchar los aplausos atronadores
que descendían vertiginosos desde las gradas repletas, estremeciéndome.
-¡Estuviste
increíble! -me gritó mi editor, mientras estrechaba mi mano con fervor- ¡Realmente
original!
Yo
quise responder, pero aún nadaba en la confusión propia de quien despierta
donde menos lo espera...
Un
apasionado beso de Belén me quitó la respiración.
Al
reaccionar, escuché que me decía:
-¡Impactante,
mi amor! ¿Cómo se te ocurrió lo del piyama?
Estas líneas de texto han
sido escritas con la humilde intención de rendir merecido tributo a algunos
de los grandes inventores de virtuales realidades y mundos imaginarios.
En orden aleatorio, y tal
cual acuden ahora a mi mente, agradezco, por tanto y tanto, a: Ray Bradbury,
H.G. Wells, Fredric Brown, George Orwell, William Golding, Isaac Asimov, Angélica
Gorodischer, Anthony Burgess, Aldous Huxley, Pierre Boullé, Brian Aldiss,
J.R. Tolkien, Franz Kafka, Alfred Buster, H.G. Oesterheld, Arthur C. Clarke,
Neil Gainman y a todos aquellos, aprendices o maestros de la magia hecha palabra.
(c) Franco Arcadia (2003)
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