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CRIATURAS DE LA NOCHE
Por José María Climent Martínez
1
En una carretera al sur de Tejas, en mitad de la noche, un coche circulaba por
la interestatal sin más compañía que el desierto. En el interior viajaba un
matrimonio joven que había intentado inútilmente recobrar durante el verano
la ya olvidada chispa que sintieron durante su noviazgo.
Desde que atravesaron esa día el último pueblo no volvieron a pronunciar palabra,
y lo único que rompía el infatigable ulular del viento era la radio. En aquel
momento estaba en sintonía la típica canción del verano, de letra repetitiva
y melodía minimalista que lo único que pretende es ganar dinero fácil. Al poco,
Harry hizo un intento de hablar, pero se vio interrumpido por la voz de su esposa
Jenifer.
-Creo que todo ha sido por mi culpa. No debí haberme enfadado con el hombre
del bar y montar aquel espectáculo -pronunció ella mientras contemplaba el vacío
desierto, iluminado sólo por una fantasmal luna creciente.
Harry meneó la cabeza en actitud de negación.
-No es culpa tuya. Ese capullo nos estaba estafando porque éramos turistas.
Pero sigo pensando que deberíamos al menos haber pagado, ¿no crees?
Ella se acarició su melena negra y esbozó una pequeña sonrisa, imaginando tal
vez lo divertido que hubiese sido si fuese una secuencia de película. Pero la
vida real no es película, se dijo Jenifer, así que deja de sonreír como una
idiota.
En la radio sonaba ahora música salsa, y aunque no entendían ni una palabra
de la letra de la canción, las disputas por las que habían pasado estos últimos
días parecían perder importancia. Creo que deberíamos, pensó Harry, dejar de
vernos por algún tiempo y después volver a empezar de nuevo. Pero ¿y si ella
conoce mientras a otro hombre? No seas tonto, ella aún me quiere y yo aún la
quiero, pero... el nuevo trabajo, la nueva casa... Mierda. Demasiadas cosas
en muy poco tiempo. Debería montar un rancho y vivir como mis abuelos.
Jenifer notó en la mirada de su marido que algo le preocupaba, y eso a ella
no le gustaba nada. Lentamente acercó su mano al hombro de Harry y le acarició
la espalda. Él giró la cabeza hacia su compañera y dejó escapar un leve suspiro
relajando su tenso cuerpo. Quizá aún no estuviese todo perdido. La esperanza
es lo último que se pierde.
De repente la radio perdió la sintonía dejando sólo oír una molesta niebla que
estropeó aquel pequeño momento de intimidad. Harry la apagó y continuaron el
viaje en silencio rumbo al pueblo de Green Hill. Nada hacía presagiar que pronto
se encontrarían con algo de una naturaleza tan infernal que su simple visión
se considera prohibida para el hombre. Tan deleznable, que la omnipresente muerte
resulta deseada. Ahora la naturaleza es contemplada como algo bello que merece
ser respetado, pero más vale tener cuidado cuando se le tienda una mano, no
vaya a intentar devorarla de un simple zarpazo.
Harry miraba al frente, a una carretera que parecía construirse a medida que
avanzaba. Miró a su compañera, que estaba echando una cabezada, y su rostro
iluminado por el salpicadero le confería cierto aspecto alienígena. Qué importancia
tenía dejar de mirar por un momento la calzada, si de todas formas no venía
nadie por el frente. Pero por desgracia para él, sí había alguien, o por lo
menos algo. De repente, una sombra oscura se interpuso delante del coche sin
darle tiempo a Harry a maniobrar. Antes de que se diese cuenta, había recorrido
cien metros desde la colisión.
-¡Por Dios, Harry! ¿Qué ha pasado? -pronunció Jenifer con los ojos abiertos
como platos.
-No lo sé. A lo mejor fue un coyote. Por esta zona abundan mucho. Pero... era
muy grande.
El silencio que siguió al atropello se hizo insoportable. Harry decidió regresar
hasta el siniestro y ver si se trataba de una persona. "Dios no lo quiera",
pronunció en voz baja mientras giraba al carril contrario.
-¿Y si es una persona? -preguntó Jenifer con una voz de niña pequeña que apenas
reconocía como suya.
Harry no hizo el intento de responder y paró el coche justo a cinco metros de
aquella sombra oscura. Las luces apenas dejaban atisbar un cuerpo del tamaño
de una persona. Seguía sin saber que era, así que no tuvo más remedio que bajar
del coche para averiguarlo. Antes de salir, su esposa le agarró del brazo rogándole
que tuviese cuidado.
Esta situación le recordó a una película de terror de serie B, en la que matan
a la pareja por la estúpida curiosidad del compañero. Súbete al coche y olvídate
del cadáver, le dijo una voz en su cabeza. Pero no puedo. Lo mínimo que debo
hacer es quitar el cuerpo de la carretera.
Se acercó lentamente, como si no quisiera despertarlo, y tomó conciencia de
que a causa del miedo no sentía el peso sobre los pies. El corazón lo tenía
en la boca y no paraba de decirse que aquello era un simple animal. Cuando estuvo
a sólo un metro, observó que estaba cubierto de pelo, por lo que no se trataba
de una persona, a menos que fuese un hombre lobo, pensó. Déjate de chorradas,
Harry. Este animalito era muy feliz hasta que lo atropellaste. Quizá sea una
madre y sus cachorros vayan a morir de hambre.
A continuación le dio una ligera patada para comprobar que estaba muerto. Volvió
la cabeza hacia Jenifer y le hizo un OK para tranquilizarla. Al ver que no se
movía decidió darle la vuelta, pero inmediatamente después se quedó paralizado
y fue incapaz de emitir sonido alguno. En el coche, ella vio que algo extraño
estaba pasando por la forma en que Harry se había petrificado. "Vamos, cariño,
dime que todo sigue bien". A los pocos segundos, que a ella se le hicieron eternos,
él regresó al coche con la cara completamente pálida. Con gran violencia y rapidez,
arrancó el coche y volvió al camino por el que circulaba. El labio inferior
le temblaba, y un sudor frío empezó a surgir en forma de gotas por el rostro.
-¿Qué ha pasado? -dijo Jenifer titubeando.
Él no respondió y siguió concentrado en la carretera, pero su mirada parecía
estar en otro sitio.
-¿Vas a decirme qué ha pasado o tengo que averiguarlo por mi cuenta?
-¡No, Jenifer! ¡Por nada del mundo vayas ahí, por nada del...!
Harry empezó a llorar y a tener una respiración entrecortada, temblándole el
cuerpo como si tuviese un ataque de hipo. Ella no comprendía que le pasaba,
pero le frotó la espalda como hizo minutos antes y apoyó la cabeza en su hombro.
Intentó tranquilizarle, pero ella era la primera que empezaba a tener taquicardias.
¿Pero qué era lo que había visto? ¿Acaso no era un simple coyote? Conocía bien
a Harry desde hacía años, pero nunca había visto que se comportase de aquella
manera. Siempre lo había considerado como alguien valiente y demasiado intrépido
para su gusto, pero la visión que debió haber tenido hace poco tendría que ser
aterradora para provocarle tal reacción.
Una vez que había vuelto a tener el control de sí mismo, intentó hablar con
un tono aséptico y guardando la compostura.
-Escucha. No-sé-lo-que-he-visto. Pero seguro que no era un coyote ni cualquier
otra criatura del desierto. Eso... eso... Lo que vamos a hacer es dirigirnos
al siguiente pueblo y después ir a la comisaría para avisar de lo que he visto.
-¿Pero estás seguro de lo que viste? No había mucha luz y los ojos podían haberte
engañado.
-Me gustaría creer que ocurrió eso, pero... no puedo engañarme. Sé que no sé
lo que vi.
2
Aquella noche era como tantas otras en el pueblo. Desde hacía tiempo la gente
de Green Hill era reacia a salir una vez que se ocultaba el sol. Ni siquiera
los delincuentes se atrevían a deambular solos por las escasas calles de la
zona. En total sólo bastaban dos hombres de la ley para mantener el orden, y
aunque en principio esto debería ser una ventaja frente a los altos niveles
de delincuencia de las ciclópeas ciudades, gran parte de los habitantes del
lugar se habían ido a vivir a estas grandes urbes.
El sherif Murray, vestido con su uniforme color caqui, conocía la verdad. Aún
estaba resentido por lo acontecido en el pueblo hace varias semanas. Todo aquello
bien pudo ser un grotesco sueño, pero por desgracia era real, tan real que apenas
creía que hubiese podido escapar con vida. Afortunadamente todo eso ya pasó,
o al menos eso pensaba.
Esta noche le tocaba hacer guardia en el despacho mientras su nuevo ayudante
patrullaba por el pueblo ayudando al borracho de turno a encontrar su casa.
Papa matar el tiempo veía la tele aunque no echasen nada, y nunca hacía feo
a tomar un taza café recién hecho para poder trasnochar. "Esto es vida y lo
demás son cuentos". Además, tenía una familia que alimentar, y el trabajo en
el campo ya no es lo que era. Como solía decir, aquí no crecen ni los niños.
Pero esta vez alguien sí entró en la comisaría. Se trataba de una pareja joven,
quizá ya casada, que irrumpió en la comisaría como Pedro por su casa. Él era
un hombre alto, moreno, con una cara tan pálida que parecía que había visto
al diablo. Ella, por su parte, era una joven muy atractiva con una delicada
melena negra que le llegaba a los hombros.
-¿Es usted el sheriff del pueblo? -preguntó el hombre con un tono demasiado
elevado para aquella hora de la noche.
-Pues sí. ¿Qué ha pasado?
-Verá, no somos de por aquí, y mientras viajábamos en el coche nos topamos con...
con... La verdad que no sé lo que era. Tiene que verlo usted mismo.
Aunque parecía el típico relato del gracioso del pueblo, Murray le prestaba
un interés exacerbado. Sin preguntar nada más, quizá intuyendo de lo que se
trataba, cogió las llaves del coche patrulla y pidió a la pareja que le acompañara.
Ella mostró serias reservas a ir, pero al final su marido la convenció para
que fuese también.
Una vez dentro, el policía informó a su compañero por radio de lo que había
pasado, pero se ahorró de contar el porqué se marchaba. La mujer, que se sentó
en el asiento de atrás, empezaba a ponerse impaciente por conocer lo que estaba
pasando ya que era la única que parecía no saber nada. No obstante, una fuerza
mayor le frenaba a pronunciar cualquier tipo de pregunta. Para tranquilizarse
lo único que podía hacer era morderse el labio inferior, hasta que un hilo de
sangre empezó a caerle por la barbilla.
-A propósito -dijo el sheriff- No me han dicho todavía como se llaman.
-Me llamo Harry y mi mujer Jenifer. Estábamos de viaje intentando... bueno,
intentando conocer nuevos lugares.
-Yo soy John Murray, originario de Ohio. Me dedicaba al campo hasta que una
sequía me hizo reconsiderar mi profesión. ¿Sabe? Estos parajes son más peligrosos
de lo que parece. Yo que usted no volvería a cruzar por aquí. Aquí sólo lo pasan
bien los buitres.
Harry, sin prestar demasiada atención a la charla del policía caqui, miró a
su compañera a través de la reja que separaba las partes delantera y trasera
del vehículo. Sonrió para apaciguarla y ella no pudo evitar responderle con
otra mueca. Parecía decirle "tranquila, estamos a salvo, pero vamos a encontrarnos
con el diablo".
Al cuarto de hora, Harry alzó el brazo para indicar que aminorase la marcha.
Estuvieron otros cinco minutos más a una media de diez kilómetros por hora poniendo
todos los sentidos en el asfalto. Cuando parecía que no iban a encontrar nada,
allí, en medio de la carretera seguía inmóvil aquel cuerpo. Murray activó el
intermitente haciendo el típico tic-tac que acentuó la ansiedad de los ocupantes.
Los dos hombres salieron del coche como hipnotizados por el ser, guiados sólo
por una débil linterna de las de Todo a 100, y el policía no dudó en desenfundar
su revolver intuyendo lo peor. Jenifer se agarró a la reja con fuerza y contempló
con sus ojos castaños el transcurso de la acción. Entonces en su mente apareció
la posibilidad de que algo sucediese mal y trazó sin pensar el plan que seguiría.
"Ten cuidado, Harry", pronunció ella sin tomar conciencia de que estaba hablando.
El frío nocturno hacía que el humeante aliento les empañara la vista a medida
que avanzaban. Una gélida brisa arremolinaba la espesa melena de la criatura,
mientras la luz de la linterna dibuja extrañas formas en sus superficie. Cuando
por fin estuvieron a su lado, Murray, con gran imprudencia, le dio la vuelta
al cuerpo velludo y Harry dejó escapar un grito que pareció perderse en la inmensidad
de la noche. La luz de la luna se reflejaba en unos colmillos tan grandes como
dedos, y sus ojos, de aspecto incandescente como trozos de carbón abrasador,
miraban a un cielo vacío en una expresión de odio incontrolado. Sus extremidades
magulladas por la colisión se alzaban al aire por el rigor mortis en actitud
amenazadora y a la vez persuasiva. Pero lo que más espantaba de ese ser era
su apariencia semi humana, como si fuese el hijo bastardo de algún zoófilo.
¿Pero de dónde ha salido eso? ¿Puedo ir a la cárcel por atropellar a algo que
se parece a un hombre? Dios mío, dime que estoy soñando.
A continuación, Harry escuchó unas palabras en boca del policía que nunca olvidaría
mientras viviese. Tras acercarse a la criatura, le dijo suavemente: "Ahora puedes
descansar en paz". Acto seguido le acarició la cabellera y arrastró el cuerpo
hasta fuera del asfalto.
-¿Por qué le ha dicho eso? -preguntó Harry- ¿Es que le conoce?
-Es una larga historia. Mejor se la cuento en el coche.
Jenifer lo había visto todo, y aguardaba en el vehículo a que su marido llegase
para informarla mejor. Ella le miró a los ojos intentando llamarle la atención,
pero él seguía avanzando mirando al suelo en actitud pensativa. Una vez dentro,
Murray puso rumbo al pueblo y tras un sonoro suspiro se dispuso a contar una
sobrecogedora historia, en la que su propia vida estuvo en juego.
3
Lo que voy a contar a continuación bien puede ser la típica quimera que se cuenta
a los forasteros, pero os aseguro que todo es cierto por muy absurdo que pueda
parecer. Como prueba de lo que digo, ahí tenéis a esa criatura de aspecto horrendo.
Bueno, la verdad que no sé por donde empezar. Mis recuerdos son algo confusos.
Lo mejor será que me remonte unas semanas atrás, cuando el pueblo aún podía
descansar en una relativa calma.
Desde hacía tiempo, el ganado estaba sufriendo violentos ataques durante la
noche. Muchos los consideraban obra de los coyotes, que por estas zonas suelen
abundar. De hecho, algunos hombres estaban colocando cepos en el campo para
diezmar a la especie. Sin embargo no sabía que era peor, si los ataques o las
trampas que pisaba el ganado. Por tanto, en vista de que el asunto se estaba
desmadrando, decidí montar una asamblea para solucionar de una vez por todas
este conflicto.
A mi llamada acudieron todos los campesinos del pueblo y discutimos distendidamente
sobre qué hacer para defender al ganado. Unos cuantos, los responsables de los
cepos, propusieron hacer una redada y eliminar para siempre a "la molesta plaga
de coyotes". En seguida saltó un ecologista diciendo que no había derecho a
semejante barbarie. Además, no se estaba seguro de quién era el responsable
de los ataques. Entonces, un hombre ya mayor apodado el viejo Willy, dijo que
los coyotes no eran los culpables.
-Durante siglos mi familia ha vivido aquí y estos animales nunca han atacado
al ganado. A lo mucho una pequeña mordida en la pata de un ternero. Pero hace
dos días me encontré una res muerta en medio del campo. La inspeccioné un poco,
y os puedo asegurar por lo que vi que eso no lo ha hecho un coyote. Ni ninguna
criatura del desierto.
-¿A qué te refieres? -le pregunte.
-Mi padre, que en paz descanse, me contó la historia de un monstruo que se dedicaba
a comer humanos -todos rieron a carcajadas dentro de la sala- Salen de noche
y viven bajo tierra, como topos, esperando a que alguien pase cerca de su guarida
para llevárselo a su morada.
Yo fui el primero de todos en considerar aquella historia como el cuento de
un pobre viejo que ya no es capaz ni de contarse los dedos de la mano, pero
maldita sea, era tan cierto como que el mar está salado. Al final tuve que dar
orden en la sala para que pudiésemos proseguir.
-Sea lo que sea -añadió de súbito Peter "el oso"- está claro que le gusta la
carne. No sé vosotros, pero yo por lo menos pienso hacer guardia con mi escopeta
para pillar a ese hijo de puta. ¿Quién está conmigo?
Al unísono todos gritaron de euforia como si se tratase de un mitin político
y los presentes alzaron sus armas al cielo. Era obvio que "el oso" gozaba de
gran popularidad y prestigio en el colectivo ganadero, y no es de extrañar.
En las fiestas del pueblo siempre participaba como favorito y rara vez perdía.
Por algo le llamaban con ese apodo.
Aunque la idea resultaba atractiva, como agente de la ley no podía permitir
correr riesgo alguno. ¿Y si alguien disparaba por error a una persona? Así que
no tuve más remedio que imponer mi plan, amenazando incluso con la cárcel al
que lo infringiese. La propuesta era que todos durmieran las siguientes noches
con un arma a mano y listos para cualquier eventualidad. El primero que viese
algo extraño, llamaría por teléfono al sheriff, y yo haría lo mismo con otros
cuantos ganaderos que a su vez llamarían al resto. Al menos de este modo podía
supervisar personalmente lo que se hacía. Y como punto final, quedaba prohibido
salir de noche y se aconsejaba que todas las bestias del campo quedasen resguardadas
en establos cerrados.
Como podéis ver, en principio no había nada por lo que temer, salvo que algún
borracho te disparase por accidente. Nunca antes, que yo recuerde, se había
organizado un plan de estas características, pero yo tenía la certeza de que
todo saldría bien y sentía cierta euforia interior. Durante esta última etapa
de mi vida, mi máxima preocupación había sido sacar adelante a mi familia y
ayudar a que mis hijos encontrasen un buen trabajo y prosperasen. Sin embargo,
los hijos crecer demasiado deprisa, y el más pequeño, Jerry, hacía dos años
que encontró trabajo en la ciudad. Ya sé que no parezco muy mayor, pero en los
pueblos solemos contraer matrimonio a edades tempranas. Aún me quedaba toda
una vida, pero pronto se vería turbada por la experiencia más desagradable por
la que haya pasado. Que Dios me perdone, pero a veces siento que se ríe de nosotros.
Pero en fin, ya saben lo que dicen, "los caminos del señor son inescrutables".
Como iba diciendo, el plan ya estaba preparado y sólo faltaba que alguien consiguiese
ver al devorador de ganado. Pues bien, a la noche siguiente uno de los hombres
me llamó por teléfono sobre las dos de la mañana. Aún medio dormido (esa noche
dormía en casa), pero con una gran tensión en el cuerpo, telefoneé a otros dos
y después me metí en el coche rumbo al granero que estaba al lado del lago.
Allí me encontré con el grueso Groening esperándome en el portal de su casa.
Cuando llegaron al menos otros tres hombres más, nos preparamos para investigar
la zona con los fusiles en ristre. Una simple lámpara de gas no fue suficiente
para iluminar aquellos frondosos parajes, pero pudimos aviarnos bien ayudados
por la luz de la luna. A los diez minutos escuchamos unos ruidos y pudimos ver
por la hierba un rastro de sangre. La criatura, pensé, a vuelto a matar y puede
que nosotros seamos el postre. Cautelosamente lo seguimos preparándonos para
lo peor hasta que llegamos a lo que parecía ser un amasijo de plumas blancas,
posiblemente una gallina muerta. Nos acercamos para ver las posibles huellas
del depredador, y en seguida caímos en la cuenta de que no era más que un coyote.
Falsa alarma. Todos nos llevamos una gran desilusión, y no faltó quien dijo
que ya lo sabía, y que la condenada criatura no existía. Qué equivocados estaban.
4
A la mañana siguiente una densa capa de nubes ocultaba el astro rey mientras
una gélida brisa arrastraba pequeños matojos por las calles del pueblo. Hacía
más frío de lo normal para ser verano, y no hacía falta ser muy inteligente
para intuir que muy pronto algo espantoso estallaría en este lugar llevándose
por delante todo lo que encontrase.
Aquel grisáceo día transcurrió con normalidad, perturbado sólo por algún que
otro trueno lejano. Cuando empezó a anochecer me dirigí a casa con el temor
infundado de alguien que lo fuese a perder todo al día siguiente. A penas tenía
ganas de cenar y me fui pronto a la cama sin olvidar de dejar junto a la silla
mi traje y una pistola cargada. Algo gordo iba a pasar y no tenía ni la más
remota idea de lo que podía ser.
A las cuatro de la mañana el teléfono sonó con vehemencia y me apresuré a cogerlo.
Era Peter "el oso" que llamaba porque había visto movimientos extraños en su
campo de maíz. Yo por mi parte me puse en contacto con mi ayudante y dos campesinos
que vivían por los alrededores de aquel lugar. Me apresuré lo más que pude y
cuando por fin estuvimos todos, empezamos la caza de la hasta ahora posible
criatura.
-Vamos a llenar a ese puerco de plomo -dijo "el oso" acariciando su apreciado
fusil.
-Mira, Peter -añadí intentando mantener la calma- Yo y mi ayudante somos los
únicos con autoridad para cualquier tipo de ataque. Eso quiere decir que no
quiero ninguna heroicidad. Hasta que no dé la orden, nadie, repito, nadie tiene
permiso para disparar.
Esta vez habíamos traído suficientes linternas pero la visibilidad no era mucho
mayor que la noche anterior, ya que las nubes ocultaban completamente la luna.
Antes de adentrarnos en el maizal, decidí investigar un poco los alrededores
para tantear mejor el terreno, y justo a cien metros de la casa encontramos
una vaca horriblemente mutilada. Sin duda eso no lo había hecho un coyote, ni
siquiera una manada entera. Es como si el responsable de aquello disfrutase
con su felonía. Estábamos presenciando la obra de un ser conocido tan sólo por
los más ancianos del pueblo. En total éramos unas seis personas, pero no parecía
que formásemos un grupo lo suficientemente numeroso como para hacer frente a
semejante cúmulo de maldad.
Nadie lo comentaba, pero a todos nos temblaba el cuerpo de miedo y uno de nosotros
pensó en echarse atrás.
-Disculpadme. No es que quiera dejaros plantado, pero... tengo una familia que
alimentar y... además, no soy muy fuerte. Espero que lo comprendáis.
-Sí, claro -dijo Peter "el oso"- Comprendemos que eres un cagueta. Pues aquí
no queremos a cobardes. Si quieres irte, eres libre de hacerlo. No me gustaría
que te entrase la histeria y disparases a alguien por accidente.
-No es justo -interrumpió uno de los campesinos- O estamos todos o ninguno.
Yo también tengo miedo y no paran de tiritarme los dientes, pero esta es una
oportunidad que no podemos desaprovechar. Es ahora o nunca.
El pobre George, que así se llamaba, no parecía entrar en razón y empezó a dar
media vuelta hacia su coche. Había mucha presión en al ambiente, y no todos
eran capaz de soportarlo con firmeza. En el fondo comprendía la cobardía repentina
que había sufrido. Entonces comenzó a alejarse andando y cuando hubo recorrido
unos diez metros tropezó y cayó al suelo. A mi ayudante se le escapó una carcajada
y nos apresuramos a ver si se había hecho daño. Pero algo raro pasaba, ya que
no hacía ningún intento por reincorporarse. Me acerqué a él para darle la vuelta,
y fue entonces cuando presencié una visión que me hizo gritar con todas mis
fuerzas. Le faltaba la piel de la cara y un orificio en la zona temporal dejaba
caer una masa resplandeciente que debía ser parte de su cerebro.
Pero cuando parecía que aquella grotesca situación no podía empeorar, de entre
los matorrales salieron dos oscuras figuras de robusto aspecto que me helaron
la sangre. Si tuviese que definir lo que vi, creo que me faltarían palabras,
pues la mente se me bloquea cada vez que pienso en ello. Pero esforzándome por
no caer en la locura, diré que parecían una mezcla entre simio y perro de presa,
con las orejas puntiagudas echadas hacia atrás y unas fornidas garras delanteras
más grandes que las traseras. En aquel momento el cuerpo dejó de responderme
y sólo podía atisbar impotentemente unos ojos inyectados en sangre que resplandecían
como el fuego del infierno. Entonces un rayo irrumpió en el campo y su luz quedó
reflejada en un rostro apocalíptico que rugió de júbilo al son del trueno.
Como si fuese el pistoletazo de salida, esas bestias comenzaron a correr hacia
nosotros y atraparon con gran agilidad a uno de los campesinos. Mientras desmembraban
con su ciclópea fuerza a nuestro compañero, aprovechamos para escapar hacia
el maizal con la pueril idea de poder despistarlos. Corrí lo más velozmente
que pude, pero el miedo que desgarraba mi alma paralizaba a mi sufrido cuerpo
que se negaba a avanzar. Pero las criaturas no tardaron en darnos caza y poco
podíamos hacer para escapar a su agudo olfato. Con la pistola en ristre, apartaba
los juncos de maíz dirigiéndome sin rumbo fijo a cualquier sitio lejos de allí.
Quería hacerles frente, pero apenas me darían tiempo a apuntar y apretar el
gatillo. Sin embargo, el anciano Tom no pareció pensar así, y se detuvo detrás
mía para enfrentarse a las bestias. Puede que en realidad no tuviese elección,
ya que su viejo corazón no soportaría que siguiera corriendo. De todas formas,
y en medio de coléricos insultos, escuché unos disparos a lo que le siguió un
sepulcral silencio. Otro de nosotros había caído.
La naturaleza parecía disfrutar con el espectáculo, y lejos de ayudarnos, hizo
caer otro rayo que esta vez prendió fuego al maíz. El infierno ya no podía distar
mucho de aquella situación. Cuando por fin pude salir de ese mare magnum de
juncos, me topé con mi ayudante y Peter "el oso" y empezamos una desesperada
carrera hacía el coche patrulla de mi colega. Al llegar, nos metimos dentro
lo más rápido que pudimos, y precedidos por un ruidoso derrape nos alejamos
del lugar maldito. Apenas podía respirar por el agotamiento, y cuando por fin
conseguí calmarme un poco me percaté de un agudo dolor en el brazo izquierdo.
Al mirarlo vi que tenía clavado un trozo de caña que sobresalía de lado a lado.
Sin pensarlo dos veces lo agarré y tiré de él ahogando un grito de dolor.
Una sensación de esperanza empezó a animarnos ante la posiblidad de haber escapado
con vida. Pero pronto nuestra alegría se vería truncada cuando otra criatura
se interpuso en el camino y la atropellamos. Debido al fuerte impacto una de
las ruedas explotó, por lo que tuvimos que albergar otra posibilidad de escapada.
-Allí -dijo "el oso"- hay una casa abandonada en la que podemos refugiarnos.
Está a cien metros, pero creo que podremos llegar.
-Pues tendremos que ir a pie -añadió mi ayudante- No creo que el coche vaya
a ir mucho más lejos.
-Entonces a qué esperamos. ¡Vamos! ¡Rápido!
5
En toda mi vida nunca había sentido tal sensación de horror ante la posibilidad
de una muerte inmediata. Yo soy policía y, al fin y al cabo, mi profesión es
de las consideradas de alto riesgo, por lo que perder la vida en acto de servicio
no sería nada fuera de lo normal. Sin embargo, en aquel momento me aferraba
a mi existencia como un ternero a punto de ser degollado. No era una simple
lucha racional por vivir, era algo más, un acto instintivo que surgía desde
lo más profundo de mis entrañas. Cada célula de mi cuerpo rezumaba una energía
hasta ahora desconocida.
Gracias a esta fuerza que parecía no acabar, me lancé por la espesura del campo
en busca de mi último refugio. La casa estaba cada vez más cerca y mi veterano
cuerpo se había comportado mucho mejor de lo que esperaba. Al final, entre sollozos
de desesperación, llegamos a la morada rezando por que la puerta principal estuviese
abierta. Parece que Dios sí nos oyó, porque con una simple patada fuimos capaces
de echarla abajo.
En el interior no había más que polvo, telarañas y un hedor insoportable. El
aire estaba cargado y la luz de las linternas parecían cobrar forma en aquella
densa oscuridad.
-¡Rápido! -dije con ímpetu- ¡Tapemos la entrada!
-¿Y con qué? Necesitamos tablas o algo.
-Cerrad la puerta y ayudadme con aquel mueble -propuso finalmente "el oso" en
un momento inusual de brillantez.
Entre todos pudimos mover sin problemas una mesa de entrada hasta la puerta,
a lo que pronto le siguió un reloj de pared, una mesa de comedor y todo lo que
encontramos a mano. De las ventanas poco había que preocuparse, pues unas tablas
claveteadas impedían la entrada. Por ahora estábamos a salvo, aunque ante lo
visto hace pocos minutos, de poco o nada se podía estar ya seguro.
-Por Dios, Murray. ¿Qué era aquello? -me preguntó mi ayudante con la cara pálida.
-No lo sé. De lo único que estoy seguro es que hemos escapado de milagro. Esas
criaturas iban a por nosotros.
-Eran como... ¡Ah, mi brazo! Me han debido morder.
-Estás perdiendo mucha sangre. Átate este pañuelo al hombro.
-Quizá se trate de un experimento científico -dijo "el oso"- Ya sé que suena
a una locura, pero... ¿qué otra explicación hay?
-No digas tonterías -pronunció el aprendiz de sheriff con expresión de rechazo-
Ya por qué no decimos que son extraterrestres y así de paso nos encierran en
el manicomio. Aunque pensándolo bien seguro que estoy más a salvo allí. Ya me
lo imagino en la televisión: "Un grupo de locos son atacados por un experimento
secreto en forma de mono para después ser abducidos por alienígenas".
-¿Me estás llamando loco? ¿Y cómo coño explicas lo que ha pasado?
-Silencio -dije a ambos- ¡Silencio! ¿No oís algo? Parece que está lloviendo.
En efecto, así era, y el fuego que se originó en el maizal comenzó a apagarse
poco a poco. Los músculos no tardaron en pasar factura por nuestra hazaña y
unas punzantes agujetas nos hacían temblar de los pies a la cabeza como en un
ataque repentino de parkinson. Esto nos recordó que necesitábamos descansar
cuanto antes, por lo que decidimos hacer turnos de guardia para prevenir cualquier
peligro. Como yo era en parte el responsable de aquella misión suicida, fui
el primero en quedarme despierto mientras el resto dormía en uno de los dormitorios.
En cierto modo mi profesión consistía en eso.
Cogí una silla de las que quedaban en el comedor y me pregunté por qué el dueño
las habría dejado aquí. Quizá algo le hiciese dejar la casa tal cual, sin tiempo
siquiera para hacer las maletas. Una vez que me senté frente a la puerta, comencé
a rumiar toda la historia y una serie de fragmentos azotaron mi maltrecha memoria;
las reses muertas de forma grotesca, la advertencia del viejo Willy, la desmesurada
euforia de los campesinos, la falsa alarma de la noche siguiente, la vaca violentamente
devorada, y... Era demasiado difícil pensar en aquello cuando hacía tan sólo
escasos minutos que una muerte segura había intentado darme caza. ¿Y qué le
diría a mi mujer? ¿Podría volver a tener una vida normal? Pero en esos instantes
mi máxima preocupación era , cómo no, poder escapar con vida.
Hacía rato que la lluvia no paraba de caer y de vez en cuando un rayo iluminaba
el interior de la casa a través de sus escasas rendijas. Miré el reloj y había
transcurrido una hora desde el altercado. ¡En qué brevedad tan eterna puede
convertirse un sólo minuto! Poco después, y con objeto de estirar un poco mis
entumecidas piernas, me aproximé a una de las ventanas para comprobar que estábamos
a salvo. Fue entonces cuando un clímax de impotencia extrema hizo que me desmayase
al atisbar decenas de aquellas criaturas trotando por la espesa vegetación en
plena exaltación de cólera y locura. Lo que minutos antes me habían parecido
truenos, no eran más que sus rezumantes gritos que arrojaban al cielo. El campo
estaba infestado por el demonio negro, y su morada era la noche desde hacía
eones, antes incluso de que el hombre existiera. ¡Dios mío, la muerte no puede
ser tan horrible!
6
A la mañana siguiente me desperté aturdido con un profundo dolor de espalda.
Al principio pensé que todo había sido una pesadilla, sin duda la peor de todas
ellas, pero pronto comprobé que no era así. En breve reconocí la casa en la
que me hallaba y llevándome la mano a la frente recordé la repentina perdida
de razón de la noche anterior. La luz del amanecer cruzaba la sala dándole un
aspecto de cebra por efecto de las tablas y los pájaros hacía tiempo que estaban
despiertos cantando al nuevo día que empezaba. Pero ¿cómo estaban mis compañeros?
Un gran mutismo reinaba en la casa y deambulé por los mohosos pasillos en busca
de alguien. Al final, en una de las camas que todavía quedaban en la estancia,
estaba acostado mi joven ayudante en posición fetal. Aquella imagen me parecía
ciertamente conmovedora, y me aproximé hacia él para despertarle y contarle
lo que vi. Pero lo peor de todo aún estaba por descubrir. Cuando le di la vuelta
hacia mi lado, comprobé que algo extraño le había ocurrido. Su rostro ya no
era el mismo, sino que había mutado de forma espantosa. Sus incisivos estaba
muy desarrollados y una densa capa de pelo cubría la mayor parte de su cuerpo.
Pero lo que más me espantó fue advertir lo que tenía agarrado entre sus manos;
el brazo corpulento de Peter "el oso".
Cielo Santo. Él era como un hijo para mí, y ahora se estaba convirtiendo en
una de esas horribles criaturas. Saqué mi pistola y apunté a su cabeza, pero...
pero... no podía hacerlo. ¿Quién podría? Hace falta estar en mi lugar para tomar
conciencia de lo difícil que puede ser elegir. Así que, guiado por mis sentimientos,
decidí marcharme y dejarle con vida, jurando no contar a nadie lo que había
visto; hasta ahora.
Pues bien, amigos míos. Ese joven es el que habéis atropellado hace escasos
minutos.
(c)José María Climent Martínez, 1999.
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