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EL CUADERNO DE NOTAS
por Armando Boix
El albacea abrió el candado y empujó con fuerza la verja de hierro, trazando
un surco en la grava.
-Adelante, señorita Garcés. Es todo suyo.
Teresa entró en el jardín y cogió el manojo de llaves que el albacea le alargaba.
Samuel la siguió. Se arrebujaba en su gabardina, sin conseguir entrar en calor.
Aún no sabía muy bien qué estaba haciendo allí, tan temprano y con el invierno
empeñado en helar sus huesos... Bueno, en realidad sí lo sabía: estaba allí
porque Teresa le había pedido su compañía. Le intimidaba un poco andar hurgando
sola en una casa deshabitada. Además, él también sentía un poco de curiosidad.
Aquel había sido el hogar de uno de los escritores más exitosos de los últimos
años, verdadera fortaleza impenetrable para casi todos, en especial para los
periodistas.
-Con ese llavero podrá abrir todas las puertas -dijo el albacea-. Si no les
importa, ahora les dejo. Tengo algunos asuntos que resolver en el juzgado.
Volvió sobre sus pasos y al poco se oyó el motor de su automóvil al arrancar.
Teresa y Samuel se quedaron en el camino contemplando la casa.
La finca era uno de esos chalés que la burguesía barcelonesa de principios de
siglo se construía en la sierra de Collserola para pasar el veraneo. Dragones
de piedra, acantos de hierro forjado, ménsulas esculpidas, azulejos, esgrafiados,
vidrieras de colores y toda la parafernalia modernista. El jardín, sin embargo,
estaba muy descuidado y la maleza había acabado por sepultar su trazado original,
del que apenas se descubrían un estanque limoso y un templete asfixiado por
las enredaderas.
La casa ofrecía mejor aspecto. Su fachada había sido restaurada recientemente
y lucía luminosa y cálida con sus colores nuevos bajo el brillo charolado del
tejado de pizarra. Era enorme, con dos pisos, desván y una pequeña torrecilla
con cubierta piramidal.
-Tardaremos siglos en registrar todo eso -dijo Samuel, mirando hosco los estrechos
ventanos de las buhardillas.
-Tendrá que ser bastante menos. Desde que supimos del accidente de Enric Gerard
al señor Viladoms parece que le hayan puesto ascuas bajo los pies.
Afortunadamente para el editor, Gerard había firmado un contrato por sus próximas
tres novelas antes de morir. Sin herederos que reclamaran su patrimonio, los
abogados no habían tenido que trabajar demasiado para que, en compensación,
se le concediera a Viladoms la propiedad sobre el contenido de aquella casa.
No parecía mucho, al lado de lo que las obras de Gerard habrían rendido a su
editorial; pero Viladoms sabía que el escritor estaba dando los toques finales
a una última novela. En algún lugar de aquel edificio debía encontrarse el borrador.
Avanzaron hasta la puerta principal y subieron sus peldaños. Teresa probó varias
llaves. La tercera, como esforzándose por hacer cierto el refrán, encajó en
la cerradura.
-Veamos qué tenemos dentro.
-¿No habías estado nunca aquí? ¿Ni para asuntos de la editorial?
-Gerard tenía muchas manías al respecto. Cuando era absolutamente imprescindible
tratar con él algún tema relacionado con sus libros bajaba a la estación de
Vallvidrera y venía en tren a nuestras oficinas. Éste era su lugar de trabajo
y aseguraba que, si empezaba a permitir a la gente llamar a su puerta, al final
no iba a tener un minuto de tranquilidad para poder escribir.
Con las contraventanas cerradas, el interior del vestíbulo resultaba lóbrego
y muy poco acogedor. Teresa buscó el contador donde le habían dicho que lo encontraría
y dio la corriente. Alguien, probablemente la policía, se había dejado las luces
encendidas y la casa se iluminó de golpe.
-Busquemos el despacho.
Recorrieron la planta baja. Del vestíbulo partía una escalera hacia el piso
superior y un pasillo con puertas a un par de cuartos sin amueblar. En uno de
ellos encontraron los instrumentos domésticos que la mujer de la limpieza utilizaba
dos veces por semana. El corredor les condujo a un enorme salón comedor, con
ventanas a la parte trasera del jardín. Una mesa redonda, algunos cuadros y
un par de sillones con su tapicería incólume eran todo su contenido. No parecía
que aquel fuera un lugar donde Gerard pasara demasiado tiempo. La cocina, junto
al comedor, no les ofreció mayores sorpresas. Una bandeja metálica y una botella
de vino daban testimonio de la última y solitaria cena del escritor.
Subieron de inmediato al primer piso. La mayoría de las habitaciones estaban
vacías o guardaban sus muebles bajo guardapolvos. Evidentemente, las dimensiones
de aquella casa eran desproporcionadas para un hombre que vivía solo. Durante
el recorrido encontraron su dormitorio y entraron. Teresa miró en el interior
de los armarios y luego buscó en los cajones de la mesilla de noche. Sobre la
cama yacía un batín, a la espera de su dueño. Unas zapatillas muy gastadas asomaban
sus talones bajo una butaca. No parecía que la policía hubiera revuelto demasiado
durante su visita a la casa.
-¿Qué sucedió exactamente? -preguntó Samuel, impresionado por lo triste que
se le antojaba el abandono de aquellos objetos tan cotidianos-. Los periódicos,
creo recordar, dijeron que lo había arrollado un tren.
-Ocurrió en Vallvidrera, hacia las diez de la noche. El andén estaba casi vacío
y nadie se dio cuenta de nada hasta que fue irremediable. El conductor del tren
asegura que lo vio abalanzarse hacia las vías cuando entraba en la estación.
Seguramente tropezó...
No pareció que Teresa encontrara nada interesante, pues cerró el cajón que estaba
registrando y volvió al pasillo. Samuel fue detrás de ella a tiempo de oír una
exclamación satisfecha. La siguiente habitación era, al fin, el despacho.
Se trataba de una sala bastante amplia, con una pequeña biblioteca en un extremo
y la mesa de trabajo en el otro. En la mesa había algunas bandejas para papel
vacías, un pequeño recipiente de cerámica con lápices y bolígrafos y una máquina
de escribir eléctrica -Gerard no utilizaba ordenador, observó Samuel-, que ahora
estaba cubierta por su funda gris.
-Será mejor que nos pongamos a trabajar y encontremos el maldito manuscrito
-dijo Teresa mirando a su alrededor-. Ya teníamos vendida la novela a cinco
países y eso implica una suma muy importante para una empresa como la nuestra.
Al señor Viladoms le dará un infarto como tenga que devolver los adelantos.
Samuel recordó con algo de envidia cómo Enric Gerard se había convertido en
un autor tan cotizado en pocos años. Su primera obra, La noche de la décima
plaga, había recorrido sin fortuna los mejores agentes y editoriales del
país. Todos opinaban que la novela -un crítica a las sociedades decadentes por
su inmovilismo- tenía mérito, pero sus casi mil páginas la hacían demasiado
extensa y cara de editar. Nadie gastaría tanto dinero en comprar el libro de
un autor desconocido, pensaban.
Finalmente La noche de la décima plaga había llegado a Publicaciones
Lancerot, una pequeña editorial a punto de desaparecer que decidió arriesgar
sus últimos cartuchos en la novela de Gerard.
Para sorpresa de todos había sido un éxito. La primera edición, de cinco mil
ejemplares, se había multiplicado hasta alcanzar los doscientos mil. Sin saber
muy bien por qué, con escasa publicidad y a través del boca a boca, se convirtió
en ese libro de moda de cada temporada y que acaba comprando todo el que presume
de estar a la última, aunque luego no lo lea.
La inercia de su fama bastó para catapultar a Regreso a Ítaca y Las
lágrimas de nuestros enemigos, sus siguientes novelas, hacia los primeros
puestos de en la lista de ventas. No obstante, Enric Gerard nunca necesitó apoyarse
en los réditos de su popularidad. Con sólo tres libros se había convertido en
un autor consolidado, valorado por igual entre el público y los críticos...
Todo aquello que Samuel acariciaba en sus sueños más ocultos.
Teresa se acercó a una librería próxima a la mesa del despacho. En su estante
inferior, junto a las primeras ediciones, estaban los manuscritos encuadernados.
Teresa los examinó. Todos pertenecían a obras publicadas. Cogió una silla y
alcanzó el segundo estante, donde esperaban una serie de archivadores. Bajó
el primero y lo abrió. Contenía notas y lo que parecían borradores. Tardaría
bastante en examinar detenidamente todo aquello. La mayoría de escritores guarda
textos inéditos de juventud y fragmentos inconclusos; tal vez allí encontrara
algo de ese tipo. A falta de nada mejor, Gerard tenía suficiente nombre como
para que su publicación aún pudiera reportar algún dinero a la editorial.
-¿Qué haces ahí parado? ¡Ayúdame a buscar! Me estoy llenando de polvo...
Samuel, obediente, fue hasta la mesa. En su lado derecho había una columna de
tres cajones. Tanteó el primero y lo encontró cerrado.
-Tere, ¿me pasas las llaves?
Se las arrojó sin bajarse de la silla y Samuel las cazó al vuelo. Usó las más
pequeñas hasta dar con la adecuada.
El cajón estaba lleno de papeles y encima de todos ellos encontró una libreta
de tapas negras, del tamaño de una novela de bolsillo. La abrió esperanzado,
pero sus páginas estaban en blanco. Observó en la parte interior del lomo las
rebabas que había dejado el papel al separar un buen puñado de hojas.
-¿Has encontrado algo?
-Nada; sólo un cuaderno de notas vacío. Si había algo escrito Gerard lo arrancó.
Teresa se acercó y Samuel le pasó el cuaderno. Le dio un vistazo y se desinteresó
rápidamente. Regresó a los archivadores. Samuel acarició las tapas del cuaderno.
-Oye, Tere... ¿Puedo quedármelo?
-¿Para qué? No tiene ningún valor.
-Perteneció a Gerard. Aquí debía apuntar las ideas que se le iban ocurriendo.
Tal vez me dé suerte.
Idiota, el genio no se contagia, pensó Samuel casi antes de acabar la
frase.
Teresa dejó de abrir archivadores y le miró, como si leyera en su mente.
-Una especie de talismán, ¿no? Tú siempre has afirmado que escribir bien es
cuestión de trabajo y más trabajo.
-Digo muchas cosas y la mayoría son estupideces -murmuró aparentando una indiferencia
que apenas consiguió disimular su amargura-. Si sólo fuera cuestión de codos
sería un autor famoso, en lugar de tener los cajones llenos de novelas sin publicar.
-Ten paciencia. Las últimas críticas literarias que escribiste para el periódico
fueron estupendas.
-Sí, igual que un eunuco teorizando sobre cómo hacer el amor.
Teresa juzgó mejor aparcar el asunto.
-Puedes quedarte el cuaderno, si quieres. Nadie lo echará en falta.
Samuel se lo guardó en el bolsillo de la gabardina y continuó registrando. Papeles
en blanco, una grapadora, lápices... Debajo de una pila de folios encontró una
carpeta. La abrió. Contenía una colección de artículos recortados de la prensa:
la primera vanidad de un artista que empieza a ser reconocido. Al parecer Gerard
había perdido pronto el interés. Los recortes tenían la fecha de publicación
anotada y todos eran muy antiguos.
-Será mejor que carguemos todos estos archivadores en el maletero para examinarlos
luego con calma -dijo Teresa, bajando de la silla-. No perdamos más tiempo aquí;
aún nos queda por visitar otro piso y el desván.
Llevaron los archivadores al vestíbulo. Después subieron a la segunda planta.
Contenía una sucesión de dormitorios vacíos y un salón con terraza. No había
demasiado con lo que entretenerse y, para alivio de Samuel, en pocos minutos
ascendieron el último tramo de la escalera, abrieron la trampilla del desván
y penetraron en su húmeda y umbría intimidad. Era una estancia enorme sin compartimentar
que ocupaba buena parte de la planta del edificio. A trechos pilares de madera
sostenían la cubierta inclinada y en sus costados unas ventanas con celosía
apenas dejaban pasar la luz. Allí mandaba la oscuridad y, cuando Teresa presionó
el interruptor, sólo un par de bombillas desnudas dieron un empellón a las sombras,
que se acurrucaron en los rincones más negras aún, por contraste.
Había un par de baúles con al menos un siglo en sus cueros ajados, pilas de
periódicos, cajas de cartón precintadas, una bicicleta de llantas herrumbrosas,
latas de pintura, sacos de sarga... Con un suspiro de resignación dividieron
aquella descabellada muchedumbre en dos mitades y se dedicaron a la trilla.
No eran las nueve al entrar y el mediodía les encontró aún en cuclillas removiendo
trastos que ni el mismo Gerard recordaría poseer. Samuel no dejó de considerar,
en ese rato, la ironía de que aquellos cachivaches inútiles perduraran al hombre
que los había adquirido. De todos modos podía felicitarse de dejar una obra,
a través de la cual viviría su imaginación en los lectores; mucho más de lo
que se le concedía al común de los mortales.
Samuel y Teresa continuaron trabajando hasta las tres de la tarde. Cansados,
sucios y con sus estómagos gruñendo rencorosos, debieron reconocer que nada
brillante sacarían de aquella morralla. Volvieron al vestíbulo, cargaron los
archivadores en el automóvil y regresaron a Barcelona.
Ni la alegre música que les acompañó durante todo el viaje consiguió maquillar
en su ánimo la sensación de fracaso.
Samuel miró el cursor titilar sobre la pantalla azul, conminándole a seguir.
Un folio por hora; no conseguía sobrepasar ese límite. No habría sido malo si
pudiera dedicarse a escribir a tiempo completo; pero entre las colaboraciones
periodísticas y las traducciones, que era lo que le daba verdaderamente de comer,
su verdadera vocación quedaba reducida a un pasatiempo de fin de semana y noches
de insomnio. Así no acabaría nunca su nueva novela... Aunque, a juzgar por la
calidad de las anteriores, nadie la echaría en falta.
Dio un golpe a la tecla de retroceso de página y releyó lo escrito aquella noche.
Cazó unas cuantas de esas frases tópicas de las que cualquier escritor debería
huir como del diablo. Ni siquiera le quedaba el consuelo de estar mejorando.
Salió del programa procesador de textos y apagó el ordenador.
Se puso en pie. Estiró los músculos agarrotados y cogió del escritorio la cajetilla
de tabaco. Había dejado de fumar durante casi un año; ahora volvía a hacerlo
como un torpe consuelo a su frustración interior. Encendió un cigarrillo.
Se paseó por la casa intentando hilvanar en su imaginación el siguiente capítulo.
Se detuvo ante la puerta de su dormitorio y se apoyó en el quicio. Contempló
en la oscuridad la silueta de Teresa durmiendo apaciblemente. Se había acostado
temprano aquella noche. Igual que él se refugiaba en sus cigarrillos, ella utilizaba
el sueño como terapia. Había tenido un mal día. Durante la tarde revisaron en
la editorial los archivadores sin encontrar nada de valor y Viladoms estaba
furioso. Incluso había llegado a insinuar la incompetencia de Teresa al no encontrar
la novela.
Pequeño cabrón, mueve el culo y búscala tú, si es tan fácil.
Fumó en un silencio ensimismado hasta que la brasa casi le quemó los dedos.
Aplastó la colilla en un cenicero y resolvió ponerse a trabajar de nuevo, aunque
no en la novela; no estaba de humor para ello. Tomaría notas para algunos de
sus artículos en preparación.
Cogió un volumen de la librería del salón y regresó al despacho. Se movió en
penumbras, bajo la tenue luz de las farolas de la calle, hasta sentarse. Encendió
entonces el flexo de la mesa y abrió el cuaderno que aquella mañana había encontrado
en casa de Enric Gerard.
Samuel parpadeó incrédulo. Tenía la absoluta seguridad de que sus páginas estaban
en blanco; incluso se lo había mostrado a Teresa. Ahora, por el contrario, una
letra menuda, trazada con rasgos espigados y finos, llenaba por completo su
primera página. Samuel leyó sin acabar de comprender cómo podía haberse equivocado:
«He escrito miles de páginas y estoy seguro de que ni una línea merecerá la
memoria de los hombres. El dulce éxito que mis contemporáneos me concedieron
apenas significa nada. ¿Quién recuerda hoy a Alfonso Karr o Echegaray? Imagino
preferible la oscuridad absoluta al brillo de ese relámpago fugaz, sólo útil
para que mañana alguien sonría condescendiente ante mi obra.
»Aunque no fui feliz en su compañía, supe entender a mis semejantes y éstos
disfrutaron ante su reflejo, como chimpancés contemplándose en el azogue. No
hubo más. El reloj los volverá ayer y mis novelas habrán pasado. Cenizas que
imitan a las cenizas».
Volvió la hoja y la escritura, generándose de la nada, fluyó hasta llenar las
dos planas que tenía ante sí.
Samuel se incorporó de un brinco, soltó el cuaderno y retrocedió. Con el corazón
redoblando como una carga de caballería, contempló aquella cosa negra caída
a sus pies. Al golpear contra el suelo se había cerrado y ya no podía ver su
contenido, pero sus ojos no le engañaban: las páginas se escribían solas.
Se sentía un poco mareado y las piernas le temblaban. No muy seguro de sostenerse,
se apoyó en la pared y dio al interruptor de la luz. La lámpara del techo alumbró
el despacho. Sólo entonces se atrevió a acercarse de nuevo al cuaderno. Bajo
el resplandor blanco y frío, el cuaderno de notas pareció recobrar su inocencia.
Una alucinación. He sufrido una alucinación pasajera. Eso o es que, de tanto
cavilar, me estoy volviendo majara.
Se inclinó para recoger la libreta y por unos instantes la sostuvo entre las
manos sin decidirse a abrirla. Tenía miedo a lo que encontraría dentro. Con
súbita determinación y tragando aire la abrió por sus páginas centrales.
Nada. Sólo hojas blancas.
Sintió un verdadero alivio, aunque no sabía qué era peor, si comprobar el fenómeno
o descubrir que ya no podía fiarse de sus sentidos. Samuel hojeó el cuaderno
adelante y atrás. Ni en la primera ni en ninguna de las páginas siguientes aparecía
nada escrito. Así lo había comprobado en casa de Gerard.
Más tranquilo, cerró la luz y se sentó de nuevo. Samuel tuvo que hacer un esfuerzo
para no gritar, pues el texto volvió a presentarse ante su mirada con rápidos
latigazos que cubrían líneas enteras:
«Será ésta la última de mis obras. Todavía no sé si merece la pena explicar
mis razones. Acaso escribo no para los demás, sino para bucear en mis verdaderas
intenciones».
Samuel estaba ahora seguro de no delirar. El milagro resultaba demasiado persistente
para tratarse de un espejismo. Tuviera o no una explicación razonable, era cierto
que en determinadas circunstancias una narración aparecía en el interior del
cuaderno. ¿Algún tipo de tinta simpática? Con una iluminación completa nada
podía observarse; en cambio, al amarillo influjo de su lámpara de mesa, el texto
se hacía visible. También cabía una explicación más fantástica...
Siempre se había resistido a considerar con seriedad esos aspectos ocultos de
la naturaleza, por más que algunos de sus amigos los defendieran con verdadera
devoción. A veces, en alguna fiesta, había participado en el viejo juego del
vaso y las letras; incluso le habían mostrado esas cintas donde, se decía, quedaban
grabadas voces del más allá... Psicofonías, las llamaban. ¿Podían unas hojas
de papel quedar impresionadas con los pensamientos de su último propietario,
como si se tratasen de una cinta magnetofónica? Y si era así, ¿se debía a viejas
influencias, lo suficientemente poderosas para pervivir, o es que la personalidad
de Enric Gerard continuaba consciente de algún modo después de su muerte?
Samuel no sabía qué pensar. Repitió su experiencia con las luces del despacho
y comprobó sin lugar a dudas que sólo en la penumbra conseguía leerse algo.
El relato consistía en una confesión, la crónica de una crisis creativa. El
narrador describía el conflicto íntimo entre su éxito popular y la convicción
de que jamás alcanzaría el ideal artístico perseguido. Casi sin darse cuenta,
Samuel fue pasando páginas. Tal vez el invisible autor se considerara un fracasado;
a él, como lector y crítico, le fascinaba la riqueza de su prosa y la habilidad
con la que profundizaba en las motivaciones y sentimientos de los hombres. Si
no lo era, le faltaba muy poco para convertirse en una obra maestra. ¿Tenía
delante la última y desaparecida novela de Enric Gerard? Tratándose de su cuaderno
de notas no cabía otra suposición.
Samuel sacó unos folios y se puso a copiar el contenido del cuaderno. Trabajó
durante toda la noche sin darse cuenta del paso del tiempo. El amanecer asomó
su hocico por las ventanas y la pequeña letra del cuaderno empezó a emborronarse.
Creyó al principio que el cansancio le traicionaba y era su vista la que se
enturbiaba tras tantas horas de lectura. En seguida se dio cuenta de su error.
La llegada del día destrenzaba el hechizo que mantenía la confesión sobre el
papel. Las letras se desvanecían, pasando del negro al gris y de éste a una
ligera sombra apenas distinguible. Al caer el primer rayo de sol sobre la mesa
nada quedó. Samuel casi lo hubiera imaginado un sueño, a no ser por la copia.
Con la muñeca dolorida y una cierta confusión mental, fue a acostarse. Ni su
excitación consiguió mantenerle despierto por mucho tiempo.
Vamos a la Segunda Parte de EL
CUADERNO DE NOTAS
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