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EL CUADERNO DE NOTAS

(Volvamos a la primera parte)

por Armando Boix

 

Samuel no reunió fuerzas para levantarse de la cama hasta pasadas las doce. Desayunó y, a continuación, buscó en su biblioteca las obras de Gerard. Había leído sus tres novelas publicadas y estaba casi seguro de que el fragmento aparecido en el cuaderno de notas no pertenecía a ninguna de ellas, aunque el estilo era semejante e incluso frecuentaba los mismos vicios gramaticales. De todos modos, decidió volver a repasarlas para asegurarse, y a eso dedicó buena parte del día. Cuando por la noche Teresa regresó del trabajo y lo encontró en el salón con los libros sobre el sofá, le dedicó un guiño cómplice.
-Veo que nuestra visita a los dominios de Gerard ha despertado tu curiosidad.
Samuel se limitó a asentir, renunciando a explicarse.
-¿Cómo era?
-¿Quién? -Teresa se quitó el abrigo y dejó su cartera en un rincón, junto al televisor.
-Enric Gerard.
-Un hombre delgado, casi huesudo, y muy alto. Corto de vista...
-No; me refiero a su carácter.
-No habría ganado un premio a la popularidad, si quieres saber eso -Se sentó a su lado, satisfecha, y empezó a hojear una de las novelas-. Siento desilusionarte; a menudo un trabajo admirable no se corresponde con una personalidad atractiva. Todos le tenían por un gruñón insoportable, aunque yo creo que se debía a su gran timidez. Le costaba relacionarse con la gente y hablar en público. Oyéndole balbucear nadie hubiera supuesto que era un escritor famoso. Sólo podías arrancarle alguna palabra en privado y su único tema de conversación era la literatura, su gran obsesión. La literatura como arte, por supuesto. Se negaba a considerar la parte de negocio que hay detrás y rechazaba inmediatamente cualquier contrato que le exigiera giras promocionales. Por suerte para él, vendía muchísimo y cualquier editor habría aceptado las más extravagantes cláusulas con tal de publicar sus novelas. Sólo recuerdo una ocasión en que aceptara una entrevista para una revista literaria... Creo que guardé el ejemplar.
Teresa se levantó y fue hacia despacho, en cuyos anaqueles dejaban ambos sus libros y revistas. A Samuel le extrañó que tardara tanto en regresar. Minutos después la oyó dirigirse a él desde la puerta.
-Me gusta... Me gusta mucho. ¿Por eso releías las novelas de Gerard?
Samuel alzó sus ojos del libro. Vio a Teresa leyendo los folios donde estaba copiado el contenido del cuaderno de notas. Había sido muy torpe al dejarlos inadvertidamente sobre la mesa.
-Sí... Escribí eso intentando imaginar sus últimos meses.
Samuel se arrepintió de inmediato de la mentira, pero no supo qué decir en su lugar. ¿Cómo explicar a alguien que se había convertido en una suerte de amanuense del más allá? ¿Cómo conseguir que no pareciera que se había vuelto loco? Por supuesto estaba la posibilidad de mostrar a Teresa el fenómeno en el cuaderno... Algo se lo impedía, sin embargo. Quizá un temor a que la fragilidad de una comunicación tan inusual se rompiera para siempre ante un extraño.
-Pues está muy bien, de veras -continuó Teresa-. Nunca te había leído nada igual. Consigues introducirte en la piel de Gerard y tomar su voz perfectamente. Casi creería estar leyendo algo suyo...
-Sólo es un experimento.
-Oye, ¿me dejas que le enseñe estas hojas al señor Viladoms?
Samuel se puso rígido.
-No, por favor. Si no tienen ninguna importancia...
-¿Con timideces a estas alturas? Ya no eres un adolescente que guarda sus poemas de amor entre los libros de texto. Tienes que intentar publicar en serio, y esto es de lo más prometedor.
Samuel reconoció en Teresa ese enarcamiento de las cejas que delataba sus momentos de ánimo beligerante. Si ella tenía ganas de discutir, no le sucedía a él otro tanto. No valía la pena. Bastaba que Teresa le dijera a Viladoms quién era el autor de aquel borrador para que no se molestara ni en dedicarle un vistazo.
-Llévaselas, si quieres -dijo con un encogimiento de hombros-. A lo mejor tienes razón y con esta novela nos retiramos.
De ese modo la conversación quedó zanjada. Samuel volvió a la lectura, olvidándose del asunto hasta el día siguiente...

Teresa entró en casa canturreando. No la había visto tan contenta desde hacía tiempo. Se acercó a él, le plantó un beso en los labios y seguidamente golpeó su cabeza con un manojo de hojas enrolladas. Al ver aquel objeto Samuel se temió lo peor
-¿Ves, bobo? A Viladoms le han encantado y quiere leer más de tu nueva obra. Si continúa con la misma calidad se compromete a ser tu editor. Incluso ha insinuado un generoso adelanto.
Samuel rechazó sus arrumacos, bastante molesto.
-No sé si seré capaz. Ni siquiera si me interesa continuar con el tema.
Teresa se cruzó de brazos y, muy seria ahora, le lanzó una dura mirada.
-¡No digas tonterías! ¡Claro que puedes! Estas páginas lo demuestran... ¿Sabes qué pienso? Tienes miedo al triunfo. Pasas tanto tiempo lamentándote que cuando se te presenta una verdadera oportunidad la dejas escapar, como si sintieras vértigo de agarrarte y subir con ella.
-Sencillamente, es todo tan repentino... Déjame pensarlo.
-Todo el tiempo que quieras. Sin embargo, recuerda que los trenes no esperan; has de cogerlos cuando llegan o quedarte en el andén.
Samuel dio la callada por respuesta. Durante todo el día consideró el asunto y en más de un momento estuvo a punto de descubrirle a Teresa la verdad. Al final la tentación fue más fuerte. Le repugnaba usurpar la creación de otro, pero, como ella decía, aquella era una oportunidad envidiable para darse a conocer. Una vez superada la barrera de un primer libro, le iba a ser mucho más fácil publicar. Y, con respaldo económico, podría dedicarse por completo a escribir y afinar las cualidades que, sinceramente, creía poseer.
Samuel echó un cerrojo a su conciencia y aceptó la propuesta de Viladoms. En las tres semanas siguientes cada noche llenó una docena de folios con su copia del cuaderno y a medida que se adentraba en el relato su fascinación era mayor.
La confesión personal, en literatura, es un género difícil. Por principio, el escritor ha de considerar que al lector le importan un bledo sus problemas personales y retener su atención a lo largo de doscientas o trescientas páginas requiere de una extraordinaria habilidad. Más que en cualquier otro texto, la forma ha de estar medida con sobriedad y elegancia para convertir en arte lo que, de otro modo, puede quedarse sólo en una pataleta sobre el papel. Samuel había leído muchas narraciones de ese tipo y en un alto porcentaje resultaban patéticas. No era el caso de Enric Gerard. Con esa sabiduría de los autores geniales, conseguía convertir lo particular en universal, hacer de sus propios miedos símbolos de los que nos atenazan a todos.
Samuel se entregó a la copia del cuaderno, casi como si la novela fuera realmente suya. Al final de aquella tercera semana tenía ante él, perfectamente mecanografiado, lo que debía ser el grueso de la obra. Por la trama, su ojo de lector experto deducía que debía quedar muy poco para el final. Era el momento de comprobar si Viladoms se desdecía de su oferta. Hizo fotocopias, las puso dentro de una carpeta y se la entregó a Teresa. Samuel se dispuso a esperar, intentando no concederse demasiadas esperanzas para evitar la desilusión; pero su pesimismo innato hubo de declararse vencido: a Viladoms seguía gustándole la novela.
Samuel y Teresa decidieron festejarlo por todo lo alto la misma noche de la buena nueva. Apuraba los últimos momentos de trabajo, mientras pensaba que debía ir a cambiarse de ropa, y el teléfono le interrumpió. Cogió el aparato. A través del auricular le llegó la voz de Teresa.
-Hola, Samuel. Tengo un trabajó urgente, una corrección de pruebas que el señor Viladoms necesita para mañana. ¿Aplazamos la celebración? No sé a qué hora quedaré libre.
Samuel la tranquilizó:
-No te preocupes; otro día tendremos tiempo. ¿Quieres que te pasé a buscar luego? ¿No? Vale, hasta pronto.
Colgó. En otro momento le habría irritado que Viladoms retuviera a Teresa fuera de horas; sin embargo, en esta ocasión casi se lo agradecía. Unas horas más de soledad le vendrían magníficamente para dar el último tirón a la novela. Llevaba unos diez minutos escribiendo y el teléfono sonó por segunda vez. Samuel lo descolgó imaginando a Teresa con algún asunto que había olvidado mencionarle.
-Dígame...
Nadie respondió. Creyó oír un susurro, como una respiración contenida, y luego un chasquido. Un pitido desde el auricular le advirtió que habían colgado. Supuso el error de algún extraño al marcar y no dio más importancia al asunto.
Regresó al cuaderno y, para su irritación, se encontró con el texto transformado. En aquel breve lapso se había producido un salto en la novela, como si su autor invisible tuviera de repente prisa en acabar.
La dudas que el escritor había mostrado durante toda la narración llegaban a su fin. Estaba convencido de que no debía sumar más novelas a un mundo lleno de obras de arte innecesarias, pura contaminación intelectual. Así se lo comunicó al editor, no muy proclive a tomarle en serio. El escritor insistía:
«Ningún contrato podrá obligarme a escribir si me siento incapaz de hacerlo. Y él lo sabe. La gratitud hacia el editor que se arriesgó conmigo siendo un desconocido no puede convertirme en traidor a mis convicciones. Nunca debí empuñar la pluma y romperla definitivamente purgará en parte mi pecado».
El editor se presentaba entonces en su casa para intentar convencerle de que le entregara su última novela. Los razonamientos se convertían en amenazas y el editor le obligaba a acompañarle.
Un estremecimiento sacudió a Samuel al leer la última frase:
«Salí de casa sabiendo que Viladoms, en una acción desesperada, intentaría matarme».
¿Era cierto lo que tenía ante él? ¿No sería, al fin y al cabo, una ficción lo que hasta entonces había tomado como confesión auténtica? Muchos escritores gustaban de mezclar fantasía y realidad en sus obras. Recordaba, por ejemplo, el relato de un autor sudamericano donde describía el propio suicidio, acto que estuvo en su intención pero nunca llegó a ejecutar...
Alguien llamó a la puerta.
Acabó de convencerse de que el destino conspiraba para no dejarle en paz, justo cuando había tropezado con un descubrimiento tan preocupante. Dudando todavía cómo interpretarlo, cerró el cuaderno, cruzó la casa y abrió.
-Buenas noches, Samuel.
Se quedó de piedra. Con la mente en blanco, dio un paso atrás. Comprendió que era demasiado oportuno para tratarse de una casualidad, y ese convencimiento le puso el vello de punta. A través del cuaderno de notas Enric Gerard intentaba prevenirle; pero había sido demasiado tarde. Delante suyo estaba Viladoms.
-Hola... Lo siento, yo...
-No te entretendré demasiado. Quería hablar sobre tu novela.
-¿Por qué no me llama mañana? No me encuentro bien.
Samuel intentó cerrar la puerta. No lo consiguió. Viladoms interpuso el pie y, sin más ambages, empujó y entró en el apartamento.
-Muy poco amable... Venía dispuesto a hacer teatro y no me lo facilitas. Dejémoslo correr. -Viladoms estaba muy serio y las arrugas en su frente se pronunciaron-. Dame mi novela.
Samuel retrocedió.
-Todavía no la he acabado.
-No me importa que Tere y tú quisierais sacar unos duros a mi costa; lo que realmente me cabrea es que encima que toméis por tonto.
-Me parece que aquí hay alguna confusión...
-Al leer las primeras páginas de tu presunta novela ya sospeché algo; hoy, al ver el resto, no me ha cabido ninguna duda. El estilo es inconfundible. Tú tienes la novela de Gerard y me la vas a entregar.
Samuel vio a Viladoms sacar una pistola de un bolsillo del abrigo. Le apuntó. La boca de su cañón era un sol helado, un pozo de negrura, un anillo de acero que le asfixiaba. Habría hecho lo que le pidiera, le habría dado cualquier cosa... Pero lo que Viladoms quería no lo tenía en realidad.
-¿Va a matarme sólo por un libro? ¿Como mató a Enric Gerard?
Viladoms frunció el ceño, entre sorprendido y preocupado.
-También sabes eso... Supongo que era el triunfo en la manga por si no mordía el anzuelo con la novela. Chantaje... Te propongo un trato. Me quedo con la novela de Enric Gerard y a cambio te pagaré bien. Incluso publicaré una de las tuyas. No dirás que no soy razonable.
-¿Puedo pactar con alguien que me apunta con una pistola? ¿Cómo creer en su palabra? Una vez tenga la novela me matará. Nunca aceptará el riesgo de que, al volverse de espaldas, corra a contar a la policía todo cuanto sé.
-Podría ser. Pero también podría ser que no me interesara levantar sospechas con una segunda muerte violenta a mi alrededor. Has demostrado tener tan pocos escrúpulos como yo al apoderarte de la obra de otro; hagamos una pareja de conveniencia. No te pido que me quieras -Viladoms sonrió amargamente-, sólo que disfrutes del dinero y mantengas la boca cerrada. No soy un asesino y no quiero volver a hacerlo. Debí trastornarme aquel día. Los agentes de Inglaterra y Alemania no paraban de preguntar cuándo tendrían la novela; luego llegó la llamada de Gerard... Se me cayó el mundo encima. Los adelantos recibidos del extranjero estaban invertidos y tener que devolverlos habría puesto mi cuello en el tajo de los bancos. Salí a la calle a pasear sin rumbo fijo...
-Mejor a quitar de en medio a Gerard y quedarse con su novela.
Viladoms, tan amenazador unos segundos antes, se convirtió ante Samuel en un pobre hombre abrumado por las posibles consecuencias de sus actos, más que por ellos mismos. Sus hombros parecían caídos y la mano que empuñaba la pistola temblaba visiblemente. Sus ojos ya no contenían agresividad alguna; sólo una súplica incapaz de expresarse con palabras.
-No. Quería poner en orden mis ideas; pienso mejor cuando ando. Al menos estuve deambulando por ahí un par de horas. Decidí tomar el tren e ir a hablar personalmente con Gerard. Te juro que no tenía ninguna idea determinada. El asunto se me escapó de las manos... ¡Era tan tozudo! Discutimos. Si me hubiera dado la novela cuando se la pedí no habría sucedido nada; pero se limitó a señalar la chimenea, a un montón de cenizas sobre los leños. «Ya no existe», me dijo. No le creí. Me era imposible aceptar que Gerard hubiera arrojado por la borda todo un año de trabajo. El amaba la literatura, la respetaba como si se tratara de una misión sagrada.
-Tal vez por eso destruyó su última obra. No podía continuar con lo que creía una impostura.
-No juegues conmigo, Samuel. No he venido a divertirme, ya lo ves -Movió significativamente la pistola-. Estoy desesperado, como lo estaba entonces. Pensé que una desaparición del autor era mí única salida. Le obligué a acompañarme y dije que sólo quería hacerle reconsiderar su postura, que le dejaría marchar si insistía en su actitud una vez hubiera visto las cartas de los agentes. Supongo que en ningún momento conseguí engañarle. Aceptó, a la espera de una oportunidad para deshacerse de mí. Bajamos hasta la estación de Vallvidrera. Al entrar escuchamos el ruido del tren que llegaba. Gerard se separó de mí y echó a correr. Fue la decisión de un segundo. Me adelanté, tendí la pierna y le puse la zancadilla. Gerard se desplomó ante la máquina... Bueno, él ya no está aquí; de nada sirve lamentarse. Por el contrario nos queda su novela, la que has estado copiando todo este tiempo. ¿Dónde guardas el original?
-Nunca lo tuve. Sólo utilicé su cuaderno de notas.
Un brillo de codicia iluminó la mirada de Viladoms.
-¡Era eso! ¡Gerard me engañaba y guardaba un manuscrito! ¡Dámelo! -gritó impaciente.
-Espero que respetará su palabra... -Samuel dudó muy poco. No tenía otra opción-. Está en mi despacho, sobre la mesa. Sígame.
Viladoms se dirigió allí, olvidándose de Samuel. Conocía el apartamento, pues lo había visitado en un par de ocasiones durante el tiempo en que Teresa procuró interesarle en las primeras novelas de Samuel. Corrió a la mesa y cogió el cuaderno el notas. Leyó. Por su expresión se sentía muy satisfecho.
Viladoms apartó un poco el flexo y el cono de luz iluminó más ampliamente la mesa. Entonces Samuel vio lo que en las semanas precedentes, absorto en la lectura del cuaderno, no había llegado a descubrir. En la pared a espaldas de Viladoms se proyectaba una sombra enjuta y desgarbada, inclinada como escribiendo.
El editor sorprendió su mirada de horror. Se volvió. Intentó apartarse y algo le detuvo. Abrió la boca, aunque el grito nunca llegó a manifestarse. Viladoms golpeó el aire intentando romper una presa invisible y, en la pared, su sombra quedó entrelazada con la otra sombra que se aferraba a su garganta. Lucharon en silencio por unos instantes, hasta que Viladoms derribó la lámpara con sus gestos desesperados. Se hizo la oscuridad.
Paralizado por el terror, Samuel permaneció en su sitio. El sonido sordo de un cuerpo al chocar contra el suelo le liberó de ese estado. Se movió con precaución hasta el interruptor y encendió la luz.
Viladoms yacía de espaldas, las manos engarfiadas sobre el pecho. Como en todos los muertos, sus ojos parecían fijos en lo que a nadie a este lado de la línea le es dado contemplar.

La muerte de Viladoms en su casa resultó muy incómoda para Samuel, que se prodigó en complejas justificaciones con tal de eludir la verdad. Nadie insistió demasiado en sus preguntas, pese a lo evidente de sus contradicciones. A fin de cuentas, a Samuel no se le podía acusar de nada. El forense fue categórico: un infarto había terminado con la vida del editor.
Pese a los reproches de Teresa, Samuel tampoco consiguió explicar nunca por qué dejó inconclusa la que estaba destinada a ser la novela de su revelación literaria. Aunque Publicaciones Lancerot se desintegró a manos de los acreedores, nada le impedía mostrarla a otras editoriales.
Si Samuel no quiso acabarla y prefirió permanecer en segundo plano, dedicado a sus tareas de traductor y crítico, no fue porque se mustiara su deseo de triunfo o su conciencia le importunara con reproches. Se lo impidió el miedo. Un miedo que, años después, todavía le despertaba por la noches; un miedo que volvía sospechosa cada sombra.
Desde la muerte de Viladoms el cuaderno permanecía mudo. Mientras Enric Gerard escogiera el silencio, él no pensaba contradecirle. No pocas veces es insensato ignorar la voluntad de los muertos.

(c) Armando Boix
 

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