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DEL PAPA Y OTROS ATENTADOS
por Carlos Sariñana
El canguro con el casco de aviador detuvo su carrera y miró al jabalí de ojos
irritados y salivantes colmillos que lo perseguía. Al ritmo de fanfarrias, sacó
de su bolsa un mazo de descomunal tamaño, y cuando el cerdo se acercó, le asestó
un golpe en la cabeza. Esto frenó al jabalí, quien cayó al suelo con la lengua
de fuera.
Al ver a su enemigo derrotado, el canguro sonrió y metió la mano a su saco para
extraer un cartucho de dinamita. Colocó el cilindro rojo en el hocico del puerco
y encendió la mecha. Luego se fue dando brincos.
Aturdido, el jabalí abrió los ojos. Vio las chispas y soltó un aullido de horror;
luego un estallido. Su cuerpo explotó y voló por los aires en trozos. Las cuatro
patas cayeron mutiladas en fila, una tras otra, seguidas por el tronco, que
azotó, se retorció con gracia, y quedó quieto. Por último, la cabeza pasó rodando,
quemada y con los ojos abiertos.
Su Santidad, el Papa Teodoro II, se carcajeó.
"Apágala."
"¿Hmmm...?" El Dr. Román no parpadeaba.
"¡Qué apagues el maldito aparato!" Enojado, el Cardenal Urbina estiró el brazo
para oprimir el interruptor.
La cara del risueño canguro desapareció al apagarse el monitor. El Papa giró
en su asiento. Una cicatriz adornaba su mejilla izquierda y una gasa le cubría
el ojo del mismo lado. Sus manos se cerraron en puños y quedó mirando el enorme
espejo que cubría una de las paredes de su habitación. Comenzó a gritar con
desquicio, agitándose en el sillón.
De otro lado del cristal polarizado, Román y Urbina observaban atentos.
"Está haciéndolo de nuevo. Creo que no va a mejorar."
Román suspiró con aire de resignación. "Vamos a comer algo."
El médico salió entonces del cuarto, seguido por el regordete Cardenal.
Hacía siete meses que el Papa había sufrido el atentado. La bala se había impactado
en su pómulo izquierdo, destrozándole el ojo e incrustándose en el cerebro.
Después de horas de quirófano, el proyectil fue extraído, pero el daño cerebral
era irreparable.
En su recámara, Teodoro había dejado de gritar. Sentado en su reclinable, respiraba
hondo y con el ojo derecho cerrado.
Piensa, piensa, piensa... Algunas perlas de sudor se formaron en su frente.
Ocupa tu mente en algo... Piensa, antes de que...
"Teo..."
¡Dios, están aquí! Apretó la quijada. ¿Por qué diablos apagaron la televisión?
Eso lo distraía; mantenía su atención en las absurdas situaciones que ofrecían
las caricaturas y no pensaba en nada más...
"Teodoro..."
Era en vano. Frustrado, abrió el ojo. Ahí estaban, parados frente a él: las
tres criaturas que lo torturaban desde el día de su operación.
"¡Váyanse!" Al hablar, el pontífice arrastraba las palabras como en estado de
ebriedad. "Ustedes, demonios, no existen."
"Vamos, Teodoro, claro que existimos." El que hablaba era el de color rosado,
más alto y fornido que los otros dos, claramente el líder. "Pero por favor,
no nos llames así. 'Demonios' es una palabra tan... tan..." Se rascaba la barbilla,
en busca de la palabra correcta.
"Religiosa." El más pequeño, el que tenía tres pares de amarillentos ojos, intervino.
"Sí. Religiosa. ¿No puedes pensar en algo más original, Teo?"
El Papa con dificultad se puso de pie. Apuntó un artrítico dedo al trío. "¿Qué
es lo que quieren?"
"¡Teo!" Rosa dio un paso al frente e inclinó la cabeza hacia un lado para mostrar
burlona mortificación. "¿Por qué contigo siempre se trata de querer? Estamos
aquí y eso es lo que cuenta."
"Es una tradición." La tercera criatura, que hasta el momento había estado en
silencio, habló con honda voz. Una gruesa mata de cabello verdoso salía de su
cabeza y colgaba hasta rozarle las rodillas.
Teodoro frunció el ceño. Estaba a punto de hablar, cuando Rosa le saltó encima,
empujándolo y sentándolo de nuevo en el sillón. Luego se acomodó rápidamente
en la piernas del hombre y lo miró con ojos de preocupación.
"Se supone que no debería decirte esto..." Rosa giraba los ojos de lado a lado.
"Pero tú y yo somos amigos, ¿o no?" Con esta frase, la lengua de la criatura
acarició lasciva la mejilla del Papa.
Temeroso, Teodoro miraba sin moverse. Ojos y Pelos se habían acercado al reclinable
para atender también a las palabras de Rosa.
"La tradición de la que habla mi compañero, es más como un juego."
Al escuchar esa última palabra, los otros dos monstruos dieron un pequeño salto
de emoción. Una sonrisa chimuela se dibujó en el velludo rostro de Pelos.
Rosa se mostraba agitado también. Relamiéndose los labios, se acercó un poco
a la cara del pontífice. "Verás..." Bajó la cabeza y quedó un momento en silencio.
Teodoro torció el cuello para mirar la televisión atrás de él. Con el rabillo
del ojo alcanzó a ver el monitor apagado; la pantalla en negro sólo reflejaba
la historia que en esos momentos se desenvolvía en aquel cuarto del Vaticano.
El Papa trató de imaginar una de las muchas corretizas entre el canguro y el
jabalí, pero no podía recordar siquiera el tema musical de la serie de dibujos
animados. Cerró el ojo y apoyó su cabeza en el reclinable. Podía escuchar con
claridad su respirar, y en el fondo el inhalar y exhalar de sus tres acompañantes.
Piensa, Teodoro, dístraete. Sólo así podía hacerlos desaparecer. Trató de contar
sus latidos, y luego los días que llevaba vivo; intentó repetir en su mente
cada una de las palabras que utilizó en la pasada Misa de Pascua. Pero los demonios
seguían ahí. Escuchaba sus jadeos. Alcanzaba a percibir sus pútridos olores.
¡Maldita sea!
"Es nuestra costumbre acompañar a los Papas en sus últimos días de vida..."
Teodoro seguía pensando. Tal vez si se movía con rapidez podría levantarse de
golpe y tumbar al rosado diablillo. Entonces podría pisarle la cabeza y aplastarlo.
Los otros dos seguro huirían.
"Y tú, Teo, estás a punto de caducar."
El pontífice abrió el ojo de súbito para encontrarse con un cuarto vacío. Los
tres demonios habían desaparecido, pero habían dejado su sentencia de muerte,
que rebotaba de un lado a otro en la cabeza de Teodoro.
Este eco calló al abrirse la puerta de la habitación. El Cardenal Urbina entraba
con un vaso de plástico deshechable. Bebía por un popote lo que parecía ser
refresco de naranja. Detrás de él apareció Román, quien guardaba en el bolsillo
de su bata la envoltura de una barra de chocolate.
"¡Estaban aquí, hace un momento!" Teodoro se había levantado, y se dirigía a
los hombres que recién habían entrado.
"¿Los demonios?" Román hablaba con la boca llena. Tragó el último bocado de
chocolate, y se relamió los labios.
"¡Hace apenas un minuto! ¿No vieron nada?" Teodoro paseaba su mirada de un hombre
al otro, luego al enorme espejo, y de regreso. Urbina sorbió por el popote un
trago de refresco, y se cruzó de brazos. Román negó con la cabeza. Como siempre,
ninguno había sido testigo.
Román consultó su reloj y sacó de su bolsillo una cajita de cartón. "Es hora
de su pastilla."
El Papa se encogió de hombros en señal de derrota, y estiró la mano hacia Román,
quien colocó en su palma una pequeña cápsula de color amarillo con verde. Teodoro
se acercó la pastilla a la boca, al tiempo que Urbina le ofrecía el último sorbo
de su refresco.
"Esas cosas van a matarte, Teo."
Teodoro se detuvo. Giró su cuerpo con un brusco movimiento, y quedó mirando
su sillón. Ahí, recostado sobre el respaldo, estaba Rosa. Tenía una pata estirada
hacia arriba, y los brazos doblados atrás de la cabeza.
"¡Ahí está uno de ellos! ¡En el reclinable, el rosado!" Teodoro estaba ahora
muy cerca del Cardenal Urbina. Jalaba su sotana con una mano mientras con la
otra señalaba hacia el sillón.
Urbina miró el asiento vacío. "¿Y qué está haciendo el demonio ahora, señor?"
"¡Estoy fornicando con tu madre, idiota!"
Teodoro se sonrojó ante la respuesta de la criatura. Avergonzado, volvió la
mirada al piso. "Insulta a su madre, Cardenal."
Román soltó una risotada. No sabía que un religioso pudiera tener tan buen sentido
del humor. La risa del doctor no sonó sola: unas agudas risillas formaron el
dueto. Por la espalda de Román subía otro de los monstruos, Ojos, quien se encaramaba
sobre la cabeza del hombre.
"Creo que es mejor que tome su medicina." Era claro que el Cardenal estaba ofendido.
Con dientes apretados, volvió a ofrecer su vaso al Papa, quien nervioso daba
un paso atrás. De abajo de la sotana de Urbina se asomó el tercer demonio, el
del pelambre. Se rascaba con insistencia la oreja mientras observaba a Teodoro.
"Pero... ¿no los ven?" Teodoro señalaba con una mano a la cabeza de Román, con
la otra a los pies de Urbina. "¡¿No lo siente trepado en su cabeza... que le
jala los vestidos?!"
De un brinco, Rosa fue a caer al hombro derecho del Pontífice. "Tranquilo, Teo,
ya no estás en edad para tanto ajetreo..." La criatura acariciaba la nuca de
Teodoro, y daba masaje a sus hombros.
"Señor, por el amor de Dios, tranquilícese..." Urbina caminaba hacia Teodoro;
Pelos se escurría por entre sus piernas y avanzaba también. Se detuvieron a
unos cuantos pasos del Papa.
"No estoy loco... Por Dios que no lo estoy..." Teo miraba con angustia a los
otros dos hombres. En sus ojos veía la mirada que él mismo utilizaba cuando
algún sacerdote le solicitaba permiso para realizar un exorcismo, para ahuyentar
al Demonio de algún inocente cuerpo poseído. Era como si pudiera leer las mentes
de Urbina y Román; sabía que ahora pensaban lo mismo que él había pensado al
oir los rumores de la Vírgen que llora sangre, de la imágen de Jesús mágicamente
aparecida en las hojas de una lechuga, de curaciones milagrosas y apariciones
divinas. Pero esto era distinto. "Sé lo que estoy viendo... ¡no estoy loco!"
"Claro que no lo estás, Teo." Rosa recargó su cabeza sobre la de Teodoro, y
miró receloso a Urbina. Con ceño fruncido, apuntó un dedo hacía el Cardenal.
"Ellos son los que están locos. De remate... "
"Nadie duda de su cordura, señor. Es sólo que necesita descansar, y tomar las
cosas con más calma..." Román, con Ojos de sombrero, se acercaba al Papa con
cautela.
Rosa levantó la cabeza, y se tapó la boca con ambas manos en señal de angustia.
"Podrían ser peligrosos, Teo. Quiero decir, que no sabemos de lo que estos dos
sean capaces en su presente estado mental..."
"¿Por qué no se toma su medicina, señor? Se sentirá mucho mejor..." Urbina de
nueva cuenta extendió su vaso a Teo.
"¡Será mejor que les dispare!" De atrás de su espalda, Rosa produjo una pistola
de descomunal tamaño, la apuntó a Román, y disparó. Ojos recibió el impacto,
y dio una maroma sobre la cabeza del doctor. Saltó hacia atrás y fue a azotar
contra la puerta de la habitación. Pelos soltó una risilla antes de esconderse
bajo las faldas de Urbina, quien aún ofrecía el vaso a Teo.
El Papa había cerrado el ojo en el momento del tronido, y ahora lo abría para
mirar a los otros dos hombres. Ninguno había sido dañado, gracias a Dios. Ni
siquiera escucharon el disparo. Detrás de Román, Ojos se ponía de pie, con un
redondo boquete atravezándole el vientre de pecho a espalda. Teo dio dos pasos
atrás y se recargó en su reclinable, aliviado.
"No te muevas, tanto Teo. Estás haciendo que falle..." Rosa se balanceaba en
el hombro del Papa y apuntaba de nuevo.
"¡Deja esa pistola!" Teo se estiró y agarró el cañón del arma en un intento
por zafarla de las manos de Rosa. Pero la criatura se aferró con fuerza a la
culata, y no la dejó ir.
"Pero... no tengo ninguna pistola..." Urbina le mostraba ambas manos a Teo.
En una sostenía el vaso de refresco, y la otra estaba vacía.
Teodoro, con respiración agitada, tiraba del arma con una mano mientras con
la otra empujaba a Rosa. La criatura, sin mucho esfuezo, se asía con dos garras
a la pistola y la jalaba para sí.
"No vamos a hacerle daño, señor." Román también enseñaba ambas manos al Pontífice.
Detrás de él, Ojos se metió una mano por la boca, y la pasó por su garganta
para asomarla finalmente por el hoyo en su panza. Movió los dedos y sonrió divertido.
"Señor..." Urbina miraba estupefacto al Papa, quien se retorcía y daba vueltas
junto al sillón, agarrando a puños el aire arriba de su hombro derecho. El Cardenal
volteó preocupado hacia Román quien también miraba con asombro al Pontífice.
Ninguno de los dos podía ver al demonio con el que peleaba, ni el arma que intentaba
arrebatar. Tampoco escucharon el segundo estallido de la pistola, ni olieron
el humo que el balazo generó. Sólo vieron que el Papa se quedó quieto, abrió
la boca, y escupió un borbotón de sangre. Observaron en silencio cuando se desplomó
sobre el reclinable, apretó los dientes, y cerró el ojo derecho. Quietos, miraron
como la venda de su rostro se teñía en rojo, y comenzaba a despegarse de la
piel.
En la comodidad de sus aposentos, en el corazón del Noveno Círculo, Satanás
miraba su televisor. La palabra -FIN- aparecía sobre la imágen ensangrentada
del Papa Teodoro II, al tiempo que sonaba un redoble de tambor.
El Diablo esbozó una pequeña sonrisa, interrumpida casi de inmediato por un
bostezo. Se reacomodó con pereza en su reclinable, y tomó el control remoto
que estaba sobre el descansabrazos. Lo apuntó a la televisión, y sin dar tiempo
a que aparecieran los anuncios comerciales, cambió de canal. El monitor se puso
negro por un instante, para dar paso a una nueva escena: en la Oficina Oval
de la Casa Blanca, estaba el Presidente de los Estados Unidos. Hacía apenas
tres días que lo habían baleado durante un desfile, y el hombre ya estaba de
vuelta, listo para trabajar. Pero no estaba solo. Sobre el escritorio se sentaba
una criatura de rasgos reptíleos, con ojos saltones y alargadas fosas nasales.
Jugaba con la corbata que traía puesta el político, mientras éste miraba hastiado.
Satanás sonrió, colocó el control remoto sobre el descansabrazos, y se dispuso
a ver el programa. ¡Cómo adoraba las caricaturas!
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