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CUENTOS DE DERECHO VIEJO TOMO
II
Por Darío Lavia
Roberto era un ciudadano muy pulcro. Vivía en una pequeña casa en las afueras
de la ciudad y trabajaba en un negocio de venta de artículos plásticos. Su mayor
ambición era la de poder retirarse feliz a la vida privada, a dedicarle tiempo
a la lectura y a la formación de una familia. Desde joven no había tenido suerte
con las mujeres. Probablemente esto se deba a su aspecto realmente pesadillesco.
Su cráneo dolicocéfalo estaba coronado con varias pústulas (las cuales también
le cubrían gran parte del cuerpo). Además su aliento fétido, causado por una
pústula que permanentemente le supuraba pus en el paladar, le ahuyentaba todo
tipo de ocasionales interlocutores.
Así se desarrollaba la vida del pobre Roberto. Sin amigos, sin novia, sin mayores
sorpresas, administrando el negocio heredado de su padre, un padre que jamás
tuvo tiempo de ocuparse de su hijo y que lo mantuvo siempre oculto, oculto del
exterior, pero también oculto de si mismo, en una casa que no tenía espejos,
y que tampoco tenía amor.
Roberto era ante todo, un ser de suma bondad, y con un gran gusto por la limpieza,
a tal punto que llegaba a lavar la vereda dos veces al día si era necesario.
Incluso había colocado un cartel de chapa en el árbol de su acera, a una altura
de unos cuarenta centímetros del suelo, que rezaba:
«Sr. Perro, ruégole sugiera a su patrón no le deje defecar en esta vereda.
Muchas gracias.»
Así era nuestro amigo Roberto, si, ya podemos considerarlo amigo, después de
conocer todas estas intimidades. También era muy aficionado a los cuentos y
novelas de ciencia ficción, quizás como escape a esta rutina nefasta que amenazaba
agobiar su capacidad de sorpresa ante la vida misma. Un día la rutina de sus
libros se quebró, y fue con la aparición de Clara, una joven mujer de entre
25 y 30 años, cuyas generosas curvas estaban coronadas por dos increíbles senos,
como Roberto jamás había visto en televisión o imaginado. Su rostro era de una
belleza rea y excitante, y sus ojos poseían un color celeste muy penetrante,
tanto como la mirada que Roberto le lanzó apenas entró ella su negocio.
Clara pidió un plafoncito para la heladera, y el bueno de Roberto lo encontró
en un tiempo record (teniendo en cuenta el laberinto de cajones y estantecitos
en los cuales podría haber estado). Ella miró el plafoncito entre las manos
de Roberto sin parecer prestar atención a la deformidad que las pústulas habían
sometido a los dedos. Le regaló un "muchas gracias" y, previo pago del precio
del artículo, salió por la puerta del negocio con un caminar lleno de ondulaciones
corpóreas, un vaivén caderal que atenazó la visión de Roberto y provocó que
su paladar se hinchase de aire para luego expulsarlo, ya fétido, por una pequeña
abertura de su boca, de manera que se escuchó un chiflido.
Algunas veces las personas cometen actos tontos, pero otras veces estos actos,
supuestamente tontos, están encubriendo otros, de mayor astucia. En el caso
de Clara todo comenzó una tarde, varios días después de este encuentro. Roberto
se hallaba leyendo un interesante cuento de su volumen "Cuentos de Derecho Viejo"
del ignoto Darío Lavia:
"Era yo un joven estudiante de leyes cuando presencié el hecho que a continuación
voy a narrar. Serían las tres de la tarde de un cálido día de fines de abril
cuando salí a almorzar por el centro de la ciudad. Al regreso hacia la oficina
laboral, venía caminando por una calle en la que había un atascamiento de tráfico.
Un camión estaba tratando de estacionar para descargar frente a un teatro, y
la angosta calle (saturada de colectivos y automóviles) se encontraba virtualmente
cortada. El camión, de chapa COD 203 era manejado por un hombre de mediana edad
que no pude ver bien. Detrás del mismo, un hombre de aspecto maltrecho, sucio
y de tez oscura estaba haciendo señas al chofer para que este pudiera estacionar
mejor su rodado. El primer automóvil de la fila, chapa PIS 244 era manejado
por una señora mayor, de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, cutis trigueño,
nariz torcida levemente.
"El hombre maltrecho indicó al camionero que retroceda su vehículo, de manera
que con otra maniobra más pudiera ingresarlo tras la fila de autos estacionados.
La señora vio que el camión estaba retrocediendo demasiado, y estaba siendo
amenazado el capot de su coche, así que tocó el claxon para advertir el peligro.
Pero el hombre maltrecho no dio importancia y siguió indicando al chofer que
retroceda. El chofer tampoco podía ver a la señora y seguía confiado las señas
del hombre maltrecho. El desenlace fue inevitable: el guardagolpes trasero del
camión se subió a la trompa del automóvil, haciendo que el hombre maltrecho
lance una risotada.
"El chofer descendió y vio el daño, y la señora retó al hombre maltrecho, diciendo
que por culpa suya el camión la había chocado, y haciendo responsables tanto
al camionero como al hombre maltrecho, a quien creía compañeros de trabajo.
Pero resultó ser que el camionero no conocía al hombre maltrecho y que pensaba
que él lo estaba ayudando a estacionar como si le estuviese haciendo una 'gauchada'.
En tanto el hombre maltrecho resultó ser un borracho indigente de los que abundan
por la zona céntrica... ahora bien, ¿quién debe hacer frente a los gastos de
reparaciones producidos por el choque?"
Justo cuando Roberto estaba llegando a la parte más emocionante del relato,
sonaron unos golpes a la puerta. Era Clara, quien golpeaba con sutil armonía
y elegante dulzura. Ella necesitaba un repuesto para el baño, pero como las
ferreterías ya se hallaban cerradas, no se le ocurrió otra cosa que preguntarle
si tendría. Por supuesto Roberto tenía. Era una goma que se usaba con un alambre
para cerrar el depósito del inodoro. Esta vez el aspecto de Clara era sumamente
más atractivo que anteriormente. Ahora tenía una pequeña blusa casi transparente
que le dejaba ver casi en su totalidad su anatomía física y sus formas femíneas.
Tenía el ombligo al aire. También se había calzado un jugoso pantalón de tela
de jean, bien ajustado, muy bien ajustado, color blanco, que resaltaba como
nada sus formas inferiores, para nada desdeñables.
Cara lectora, con esta descripción tan ajustada del cuerpo de Clara no pretendemos
ahuyentar el interés del público femenino, tan solo tratar de transmitir una
idea de todos los detalles pertinentes a la fuerte presencia de este personaje
y la impresión provocada en Roberto.
Eran ya avanzadas las horas nocturnas. La llovizna había empañado los vidrios
del negocio de Roberto. Su bondad extrema le llevó a ofrecerle una taza de café
caliente a Clara, café que él acababa de preparar con la intención de pasar
una cálida noche disfrutando del placer de la lectura. Esta vez Clara había
venido vestida mucho más atrevidamente. No vamos a ahondar en descripciones
para no abusar del tiempo del amable lector, pero digamos que estaba "vestida
para matar". Roberto le dio café y ella le sonrió; le ofreció una toalla para
secarse el cabello húmedo y ella se lo secó (a pesar que esa misma toalla podía
tener resquicios de pus y otras secreciones cutáneas del desdichado dueño).
Al final, cuando le dio el repuesto, ella se marchó, no sin antes darle un beso
en la mejilla.
Luego continuó con Cuentos de Derecho Viejo:
"¿Qué hacer? ¿Sancionar al borracho, aunque sabiéndose que él no era responsable
por sus actos? ¿O sancionar al camionero por imprudencia? El seguro, por supuesto,
tenía que accionar contra quien fuera solvente, en este caso la empresa contratante
del camionero... pero, para la jurisprudencia, ¿quién sería el culpable?"
Roberto no pudo seguir la lectura del cuento. Su mente se desconcentraba frecuentemente
y no podía dejar de pensar que había recibido su primer beso, así, inocentemente,
sin esperarlo, y de una persona sumamente bella. Siguió pensando en ella hasta
que el sueño lo terminó venciendo... cerca de las cuatro de la madrugada.
A la noche del siguiente día Roberto cerró el negocio a las ocho, y, aún seguía
pensando en su encuentro del día anterior con Clara, cuando sonaron unos golpecitos
a la puerta. Afuera llovía a cántaros y él pensó que sería una buena noche para
finalizar el libro (le faltaban muy pocos cuentos para terminar su lectura).
Cuando descorrió la cortinilla vio que era Clara quien le tocaba la puerta;
estaba empapada y vestía una pequeña remera de mangas cortas, que a causa de
la humedad se le había pegado al cuerpo, revelando unas formas sumamente excitantes...
no vamos a seguir ahondando en descripciones, pero démonos una idea con el hecho
de que a Roberto se le puso la piel de gallina.
Roberto le abrió la puerta y recibió con paternal gesto, aunque en su interior
un fuego se había desatado. Ella se escurrió la remera y le pidió disculpas
por la hora, pero era que el repuesto no le había sido de utilidad, ya que necesitaba
uno de mayor tamaño. Él comenzó a pensar que la niña solo buscaba simples excusas
para visitarlo, por alguna razón. Quizás, en su ingenua y esperanzada bondad,
pensaba que era objeto de algún amorío, aunque de vez en cuando la realidad
le mostraba que esto no podía ser cierto.
La jovencita le pidió una toalla, ya que estaba comenzando a tiritar de frío...
Roberto fue al baño a buscarle otra toalla.
Comenzó a reflexionar, se sentía invadido por extrañas sensaciones de inconfesables
categorías, sentimientos de bajeza y de culpa. Casi sin querer al pasar por
el espejo del baño, se vio el rostro, poblado de innumerables pústulas, los
ojos desencajados y desorbitados (y también, como si todo esto fuera poco, asimétricos),
su quijada inferior, deliberadamente arqueada hacia un costado, formando una
mueca patética... él no podía ser atractivo para esta joven... él no podía serlo...
de seguro había alguna otra explicación...
Una vez que llegó al negocio, Clara lo esperaba sentadita en un banquito. Parecía
un pollito mojado. Ya se había quitado toda la ropa, quedando vestida tan solo
en sus prendas íntimas (que húmedas, no se podía decir que la vistieran demasiado).
Roberto trató en un principio de no mirar, aunque pronto renunció y comenzó
a observar el espectáculo de arriba a abajo.
- Gracias Roberto - dijo ella, mientras tomaba de su mano pustulosa la toalla.
Él estaba sumamente sorprendido y avergonzado. Avergonzado de sentirse excitado
y sorprendido de que tal cosa le estuviese ocurriendo a él. La joven continuó
automanoseándose con la toalla, pasándosela por la entrepierna, primero en forma
disimulada, luego más insistentemente.
Roberto ya no podía ocultar más su excitación y se dio vuelta, dándole la espalda
a la joven.
- Tengo que agradecerte - dijo ella, a medida que se acercaba, ya sin ropa interior,
sin toalla.
- No, no hace falta... no es necesario... - dijo Roberto, titubeante por los
nervios y temiendo que ella pudiera escuchar sus furiosas palpitaciones que
le taladraban el pecho.
- Si, tengo deseos de complacerte - maulló mientras acariciaba el trasero de
Roberto y pasaba su mano derecha por sus ingles.
- ¡AAAAAGGGGGHHHHHH!
Veamos ahora en el epílogo breve, la resolución de esta historia.
Por la televisión se emite el programa llamado "El Show de la Imbecilidad Corporizada"
conducido por Marcelo Sadinelli, quien es el que vocifera la presentación del
tercer bloque del programa.
- ¡Y ahora, en el bloque de los "Reality Videos" que nos envía la gente, tenemos
cinco clips de bloopers sangrientos. Veamos el primero, que lo envían Clara
González y su novio Rubén Chiquen...
Mientras las imágenes de Clara entrando en el local de Roberto son emitidas
por el tubo catódico a unos quince millones de hogares de la capital que sintonizan
diariamente el show, el conductor sigue aturdiéndonos.
- ... ¡Uy! La mujer se puso en bolas. ¡Sí, en bolas! ¡Fiesta! ¿Y el feo?...
se da la vuelta... ¡aaahhhh! ¡Ahora ella le palpa el tobul! ¿Y él? ¡Ja, ja,
ja, ja, ja!
Cuando Roberto cae fulminado por el paro cardiorrespiratorio, todo el personal
del estudio estalla en risas.
- ... ¡Se quedó seco de un soponcio! ¡Se mató! ¡Muy divertido! Este clip va
a la semifinal seguro, sin duda alguna... vamos a nuestro próximo video...
Pero ahora nos alejamos de "... Imbecilidad Corporizada" para emitir nuestra
digresión.
¿Ha sido un accidente la muerte de Roberto? ¿O se trató en cambio de un homicidio
doloso? Nuestra sociedad hace ya varios años que viene saciando su apetito televisivo
con la muerte y el morbo de personajes perturbados. ¿Debe castigar la ley el
accionar pernicioso de Clara y su oculto novio camarógrafo o bien solo suprimir
programas como los de Sadinelli?
(c) Darío Lavia, 2001
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