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DESCENDENCIA
Por
Claudia Cortalezzi
—¿Y
—dijo Emilia, mientras buscaba la azucarera y la llevaba a la mesa—
me extrañaron?
—¡Qué
loca! Mirá que te vamos a extrañar —dijo Cecilia—. Ni que te hubieras
tomado la licencia.
—Bueno,
hacía rato que no faltaba una tarde entera de la oficina.
—¿Qué
te dijo el médico?
—Que
entré en la semana treinta y cinco.
—Ah,
me olvidaba —dijo Cecilia—. Ayer, casi a la hora de cerrar, fue
a buscarte una mujer.
—¿Quién
era? —Emilia seguía untando mermelada al pan—. Si querés más café,
hay en la cafetera.
—No,
gracias. Nunca la había visto, pero tenía un aire familiar: algo en la mirada,
no sé.
—¡Qué
misteriosa!
—Le
pregunté si quería dejarte un mensaje. Al principio no respondió, titubeaba.
Pero cuando le dije que yo era tu amiga, habló.
—Excitante.
¿Y qué dijo? —Emilia sostenía la taza con las dos manos, para calentárselas—.
¿Quién era?
—Una
loca. Dijo que era tu madre.
A
Emilia se le cayó la taza.
—¡Mujer!
Parece que viste un fantasma.
Emilia
sintió la mano de Cecilia acariciándole la cabeza.
—Pero
será posible —le sacó la mano y desvió la mirada. Los ojos le ardían
de ganas de llorar—. Yo no tengo madre. No
tengo madre —gritó.
—Eso
dijo ella.
Emilia
respiró, tratando de que la voz le saliera lo más normal posible.
—¿Qué
más dijo.
—Que
era tu madre, nada más —repitió Cecilia—. Yo le llevé la corriente
para ver hasta dónde llegaba.
Emilia vaciló un momento.
—Yo
sabía que iba a aparecer —no pudo retener las lágrimas—. La muy
perversa se pasa siglos sin dar señales de vida, y ahora viene a hacerse la
mamita. ¿Qué mierda quiere? ¿Joderme?
*
Emilia
se despierta con el ruido de golpes en la puerta.
¿Habría
soñado o ella realmente había vuelto
a buscarla?
Se
acaricia el vientre abultado, a punto de parir.
“Seguro
que se enteró de tu embarazo, y quiere verte.” Le había dicho Cecilia.
Otra
vez los golpes en la puerta.
—¿Quién
es?
Nada,
nadie contesta.
A
mí que carajo me importa si vino. ¡Que se muera! Para mí ya está muerta hace
rato, desde siempre.
Los
golpes insisten.
—¿Quién
mierda golpea? —grita Emilia desde la cama—. Y vos —se da
un sopapo en la panza—, vos también morite así tampoco tenés que aguantarme.
Y
otra vez la puerta.
—¡Me
tienen podrida! —grita Emilia.
Todos
la tienen podrida, su madre, Cecilia, Rubén y hasta el bebé la tiene podrida.
Todo el embarazo se estuvo autoconvenciendo de que el pobre chico no tenía
la culpa de nada, que ni siquiera Rubén tenía la culpa. Que ella no sabe convivir
y que era lógico que él no la aguantara. ¿Y qué pretendía: que ella supiera
convivir? Si toda la vida había estado sola. Sí, sí, que vengan ahora a decirle
que la abuela —que ciertamente obró tan bien con ella— fue como
su madre. Madre es la que la pare a una, la que se banca el dolor del parto.
Madre es la que, después de parir, se hace cargo de la criatura. No como esa
guacha de porquería que se las tomó a rehacer su vida. ¡A rehacer su vida!,
piensa Emilia. ¿Y mi vida qué?
—¿Qué?
—grita, enfrentándose a los golpes insistentes de la puerta— ¿Y
mi vida qué? ¿A quién mierda le importa mi vida? ¡Váyase! —vuelve a
gritarle a la puerta cerrada—. ¡Si ni siquiera se atreve a contestar,
váyase!
Los
golpes cesan y Emilia vuelve
a entredormirse. Se acurruca abrazada a la panza.
Cuando
vuelve a abrir los ojos ya es de noche, ha dormido toda la tarde.
¿Quién
habría estado del otro lado de la puerta? La vedad es que me tendría que haber
levantado, se dice. ¿Y si era el portero que venía a decirme que se incendiaba
el edificio y yo no le abrí? Bueno, evidentemente no se había incendiado.
Emilia
se sienta en la cama.
Sentada,
y vista desde arriba, su panza parece a punto de explotar.
Se
calza las pantuflas, va a la heladera y agarra un yogur. Camina hacia la tele
y la enciende. Mejor que la casa no esté tan silenciosa. Deja el yogur, a
medio comer, encima de la tele.
Ya
en el baño, abre la ducha y se sienta en el inodoro.
Aunque
ahora Emilia está totalmente despierta, piensa que tendría que llamar a Cecilia
y preguntarle si era cierto lo de su madre o lo soñó.
Un
dolor en el vientre la obliga a pujar, desde que está embarazada ha tenido
que tomar laxantes para evitar los bolos fecales. Ahora se da cuenta de que
hace como una semana que no desaloja el intestino y que se ha olvidado por
completo de los laxantes.
¿Sería
ella la que golpeaba a la puerta?
Sí,
por qué no. Tranquilamente podría venir a verla. Si nunca vino fue porque
no tuvo ganas, pero ahora que quiere, que se apareció por la oficina, podría
buscarla en su propia casa. No tendría más que golpearle la puerta.
Vuelve
al living, se sienta frente a la tele y termina el yogur.
Oye
el ruido del agua en el baño, se levanta y va a cerrar la ducha.
No
tiene ganas de bañarse.
Un
canal femenino.
Un
programa de cocina.
Hoy vamos a preparar un pionono
Emilia
piensa que sería mejor prestarle atención a la receta y olvidarse de que han
empezado a dolerle los ovarios.
Bata las claras a punto de nieve e incorpórelas
a la otra preparación. Siga batiendo.
“Un aire familiar.” Le dijo
Cecilia.
¿No
lo habré soñado, no? Vuelve a preguntarse.
Agarra
el tubo y llama a Cecilia.
—¿Ceci?
—¿Cómo
va? ¿Ya empezó?
—No,
todavía no. Aunque ya siento un poco de dolor en lo ovarios.
—Voy
para allá —dice Cecilia—. Esperame, que en una hora estoy por
ahí.
—Esperá,
Ceci. Quiero preguntarte alg…
La
línea da ocupado. Su amiga ya cortó la comunicación.
El
estómago le hace ruido. Emilia vuelve a la cocina y acomoda sobre una bandeja:
un pan, fiambre, mayonesa y una cuchilla
de cocina.
De a una se agregan las cucharadas de harina,
batiendo de manera envolvente
¡Qué
rico algo dulce!, piensa mientras corta el pan al medio.
Se
estira para agarrar una feta de jamón y siente que se le moja la entrepierna.
—Rompí
la bolsa —dice—. Bueno, voy a esperar a Cecilia. Y está en camino,
seguro.
Se
echa para atrás en el sillón y cierra los ojos.
La
cara de su madre. Su propia cara. Un aire familiar, algo en la mirada.
Se
le cierra la garganta de bronca, si la tuviera enfrente ahora mismo la mataría.
Se incorpora y empuña la cuchilla.
Un
fuerte dolor de ovarios y la panza dura como piedra.
¿Ella
habrá sentido estos dolores?
Emilia
acaricia a su bebé.
¿Me
quería? Y si me quería, ¿por qué me dejó?
“Un
aire familiar.”
Emilia
se pasa los dedos por las mejillas, como si fuese la cara de aquella que viene
desde el pasado, desde su juventud, desde su propio parto.
Ella
es ahora la otra, ella es también el embrión desarrollado a punto de ver la
luz de la peor de las vidas. A un tris de ser abandonada para siempre.
El
pecho le hierve de bronca. ¿Cómo
pudo dejarla?
Y
ella la había esperado tanto… la había querido tanto.
Ahora
no lo puede creer. Una madre que ha vivido lo que ella empieza a experimentar,
no puede irse para siempre, sin remordimiento.
Emilia
vuelve a pasarse la yema de los dedos por las mejillas. Vuelve a empuñar la
cuchilla. Y otra contracción.
Emilia
apoya la hoja de la cuchilla en la muñeca y presiona hasta brota el primer
chorro de sangre. Levanta el brazo herido y riega de rojo a la criatura.
Ahora
descansa.
Le
arde la muñeca de venas abiertas pero ya pasará.
Oye
nuevos golpes en la puerta.
—¿Quién
es?
No
contesta nadie.
—Ceci,
¿sos vos?
Silencio.
Es
ella, piensa Emilia.
Ella que viene a ver al bebé, como toda una
abuela preocupada por el momento que debe vivir su hijita querida. A ayudarla
a parir, a enseñarle cómo se cuida a un recién nacido. Irónico, se dice Eemilia.
Cuando saque el pionono del horno, envuélvalo
en un repasador húmedo, y déjelo enfriar. Dice la voz del televisor.
Más
golpes en la puerta.
Emilia
se incorpora como puede, sosteniéndose la panza con la mano herida, apoyándose
en el brazo del sillón, sin soltar el mango de la cuchilla. Se apoya en los
muebles para alcanzar el camino a la puerta. Esta vez va a comprobar que es
ella y no la va a dejar entrar y le va a gritar y…
—¿Quién
es? —otra contracción, tropieza y cae de panza al piso.
Si
no fuera por el embarazo, piensa, podría levantarme.
—Ceci,
¿sos vos?
—Emi,
escuchame. Quiero hablarte.
—Emilia
—dice ella—. Me llamo Emilia —y nota que la voz le sale
más débil, que sus fuerzas se acababan y tiene sueño, mucho sueño.
Hace
un esfuerzo por mirar el trayecto que acaba de recorrer, ve el cordón morado
que termina en su mano, en un estancamiento del fluido de su cuerpo.
¿De
quién es la voz que acaba de oír? Estúpida, se dice, ¿no te das cuenta? Es
ella que viene a buscarte.
Otra
contracción y Emilia vuelve a abrazarse en posición fetal, ahora cuidando
de no lastimarse con la cuchilla que permanece pegada a su mano.
—Perdoname,
hijo, ya perdí mucha sangre. No creo que pueda salvarme.
Y
si yo me muero, piensa. Mi hijo crecerá sin madre, será como yo: un desgraciado,
mendigando cariño. O, ay Dios mío, ella podría adoptarlo. Ella que nunca estuvo,
que nunca vino, viene ahora a robarme a mi hijo, viene a entregarle la herencia.
Ve
hacia la puerta. ¿El picaporte está girando?
—Perdoname,
hijo —dice en un hilo de voz—. Perdoname.
Y
empuña con fuerza la cuchilla y se la clava en la parte baja del vientre una
y otra vez mientras repite:
—
Perdoname. Perdoname. Perdona…
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