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EL DIAMANTE NEGRO

por Carlos Gardini

1

Hace mucho tiempo cayó en Vendavalia una gran piedra que venía del espacio. Al cruzar el cielo, empujada de aquí para allá por los fuertes vientos, se puso caliente y roja. Se puso tan caliente y roja que se convirtió en cristal. El cristal cayó en el Lago Negro de Frondaria y se incrustó en la tierra. Evaporó las aguas con su calor y se tiñó del color negro del Lago Negro. Dejó en el cielo una estela incandescente que durante siglos brilló como un arco iris.

Pueblos enteros siguieron ese arco iris para buscar el cristal. Cruzaron bosques, selvas y pantanos hasta encontrarlo. Lo llamaron Diamante Negro y lo rodearon con una muralla. Pensaban que el Diamante los protegería de todo mal, pero el Diamante no los protegió sino que atrajo a otros pueblos codiciosos y la ciudad presenció muchas guerras. Diez pueblos la sitiaron, destruyeron y construyeron diez veces. Cada nuevo invasor alzaba una nueva muralla sobre la que había derribado, pero siempre había nuevos invasores. Los últimos terminaron por creer que el Diamante Negro era una maldición y abandonaron la ciudad. Muchos poetas cantaron la historia de la Ciudad de las Diez Murallas y su diamante. Alrededor del Diamante Negro creció una leyenda negra.

 

Sólo descubren desgracias

buscando la piedra oscura:

quien quiere el Diamante Negro

encuentra sólo negrura.

 

2

Un hombre muy sabio, un hombre que había leído todos los poemas sobre la Ciudad de las Diez Murallas, un hombre que se sabía de memoria la historia de los héroes, reyes y rufianes que habían luchado por el Diamante Negro, estudió las crónicas y reconstruyó el camino que conducía a la ciudad. Ya nadie creía en la Ciudad de las Diez Murallas, y muchos lo llamaron loco. Pero el sabio al que llamaban loco cruzó bosques, selvas y pantanos y llegó a un claro inmenso, y por el claro llegó a un puente, y por el puente a una ciudad en ruinas, y entre las ruinas descubrió el líquido destello del cristal por el que tantos hombres habían peleado durante tantos siglos.

El sabio desandó pantanos, selvas y bosques y llegó al puerto de Susumur, donde abordó un barco-tortuga para volver a su tierra.

Mientras el barco-tortuga surcaba el Mar del Corcho Hundido entre tormentas y vendavales, el sabio dibujó un plano con instrucciones que indicaban cómo llegar a la Ciudad de Las Diez Murallas. Se proponía buscar gente que extrajera el Diamante Negro, algo que él no podía hacer solo porque el Diamante era enorme y pesado. Pero, entre tormentas y vendavales, el sabio pensó que era verdad que el Diamante Negro sólo traía desgracias. Él se daba por contento con saber que los poemas no mentían y la belleza del Diamante Negro era algo más que una leyenda. Pero esa belleza no necesitaba dueño, así que decidió tirar el plano y guardar el secreto.

El sabio subió a la cubierta del barco-tortuga y entre tormentas y vendavales se despidió del plano. Iba a romperlo, pero el viento le arrancó el papel de las manos.

 

3

El papel subió al cielo y voló hacia el sur. Cruzó el Mar de la Pereza y cayó en un pueblo de Turquemacia.

Este pueblo se llamaba Tintinal. Su gente vivía del cultivo y la venta de las flores de cristal, pero ese año la cosecha había fallado. Los tintinalios no podían vender sus flores y se morirían de hambre. El papel cayó en el sombrero del alcalde, que en ese momento se rascaba la cabeza pensando cómo resolvería el problema del hambre. Como era calvo, siempre se rascaba la cabeza con el sombrero puesto, para tener algo que rascar. Esta vez notó algo raro en el sombrero. Vio que ese algo raro era un papel, y después vio que el papel tenía un dibujo, y después vio que el dibujo era un plano de la Ciudad de las Diez Murallas. Pensó Diez Murallas y pensó Diamante Negro, y pensó que el Diamante Negro podía salvarlos de la miseria.

El alcalde reunió a los tintinalios y pidió un voluntario para el viaje. Muchos querían ir, pero en Tintinal no había plata para costear el viaje de muchos. Eligieron por sorteo a un joven bonachón llamado Tobaldo, y todos los ahorros de Tintinal se invirtieron en el viaje de Tobaldo. El alcalde organizó una ceremonia en la plaza mayor de Tintinal. Puso el plano en una bandeja de cristal y le alcanzó la bandeja a Tobaldo. El joven, muy emocionado, tropezó e hizo caer la bandeja. Atajó la bandeja a tiempo, pero el viento le arrebató el papel de las manos. Por suerte, el alcalde había memorizado el plano y las instrucciones.

 

4

El papel voló hacia el norte sobre el Mar de la Pereza. Un viento lo arrastró, una brisa lo detuvo, y una ráfaga lo enganchó en la cola de la Isla del Mago Dragón. La Isla del Mago Dragón era un mago que era una isla con forma de dragón. Como era un dragón, era todo verde. Como era una isla no podía moverse de donde estaba. Como era un mago, podía hacer cosas imposibles para otros. Pero su magia, como todas las magias, tenía sus limitaciones: el Mago Dragón podía desatar grandes lluvias pero era incapaz de reparar un paraguas.

Cuando leyó el papel, el Mago Dragón quiso tener el Diamante Negro, pero para eso necesitaba ayuda. Lanzó un rugido para llamar a Petrambol, un famoso malhechor que se había dedicado toda la vida al robo y la piratería pero siempre andaba en la vía. Tenía gustos caros, y no había asalto que le alcanzara para llegar a fin de mes. Una gran cicatriz le cruzaba la frente, dándole un aspecto temible. Se rumoraba que la cicatriz era el recuerdo de una cruenta batalla contra otro pirata famoso, pero las malas lenguas decían que era apenas el recuerdo de un golpe que se había dado contra la pared cuando era chico, por su eterna costumbre de caminar mirando al suelo para encontrar monedas. Petrambol llegó a la Isla Dragón, y el Mago le mostró el plano y le dio una formula mágica que debía utilizar cuando encontrara el Diamante Negro. El Mago prometió que si conseguía el diamante le daría la fórmula de la Riqueza Inagotable, pero que si lo traicionaba le echaría la maldición de la Desdicha Interminable. Petrambol aceptó el desafío. Alzó el papel con una mano y declaró con solemnidad:

-Yo, Petrambol el pirata, juro por todos los.

Nunca sabremos por todos los qué, pues un ventarrón le arrancó el papel de la mano y le dejó la boca llena de puntos suspensivos. Por suerte, el Mago había memorizado el plano y las instrucciones.

 

5

El papel voló hacia el sur sobre el Mar del Corcho Hundido. Un huracán lo elevó, un tifón lo envolvió y un soplido lo posó en la ciudad de Laxaria.

En esa capital del lujo, Melania, una hermosa muchacha cuya única fortuna eran su pelo negro y sus ojos negros, trataba de ganarse la vida entre ricos. Trabajaba de mesera en una taberna, y en ese momento iba de aquí para allá llevando bandejas de comida, entre los gritos del patrón y los gritos de la clientela. El patrón gritaba "Aquella mesa está sin atender" o "Este pedido era para la mesa diez y no para le mesa veinte". La clientela gritaba "Esta sopa está fría" o "Esta sopa está caliente" o "Esta sopa está tibia".

El papel cayó en la bandeja de Melania. Ella lo leyó y pensó: Con esto podría ser rica. Un gordo protestó porque el guiso no tenía sal, no tenía pimienta, no tenía sabor. Antes había protestado porque tenía demasiado condimento. Melania, sin soltar el plato ni la bandeja, descargó el salero y el pimentero en el guiso del gordo. El patrón la amenazó, y ella le plantó la bandeja en la cara y salió a la calle. Con un grito de alegría, lanzó el papel al aire para festejar. Pero el papel no cayó al suelo, porque el viento lo arrebató. Por suerte, Melania había memorizado el plano y las instrucciones.

 

6

El papel voló hacia el este sobre el Mar del Corcho Hundido y el Mar de la Pereza. Un vendaval lo empujó, un huracán lo frenó y un airecito lo depositó en el pueblo de Molaria.

Allí había un joven llamado Laconio que picaba piedras para ganarse la vida. No hablaba nunca. El capataz lo trataba a grito pelado, pero él callaba, picando y picando piedras. No escuchaba los gritos, sólo sudaba y se ensuciaba de polvo, porque era pobre y con refunfuñar no ganaba nada. Estaba picando piedras cuando el papel se le enganchó en el pico. Lo tomó con la mano para secarse la transpiración, pero vio que había un dibujo con instrucciones. Los dibujos le gustaban, y miró el plano con atención. Leer no le gustaba tanto, pero igual leyó las instrucciones. Laconio no sabía nada de planos ni de historia antigua, pero algo sabía de piedras. Cuando vio Diez Murallas y vio Diamante Negro, pensó que podría salir de pobre. El capataz lo vio leyendo y le preguntó qué cuernos leía en vez de picar piedras. Laconio no dijo nada. Arrojó al suelo el pico y el plano. El pico rebotó en el dedo gordo del pie del capataz y volvió a las manos de Laconio, pero el papel fue arrebatado por el viento. Por suerte, Laconio había memorizado el plano y las instrucciones

El papel voló hacia el sur sobre el Mar de la Pereza. Una tromba lo impulsó, un temporal lo atajó y una racha lo soltó en Ciudad Miau. Un gato de Ciudad Miau lo tocó con la pata y se puso a jugar con él. Pronto más gatos saltaron sobre el papel y terminaron por destrozarlo.

 

7

En Vendavalia casi todos viajan en barco-tortuga para no llegar pronto a ningún lado. Los excéntricos que quieren llegar pronto toman una de esas naves voladoras llamadas avispones y atraviesan el aire zumbando. Para llegar al Diamante Negro, había que llegar primero al puerto de Susumur. Melania y Laconio, una en Laxaria y el otro en Molaria, compraron un pasaje a Susumur y cada cual tomó un barco-tortuga. Querían viajar despacio para pensar en todo lo que harían cuando tuvieran el Diamante Negro. Petrambol y Tobaldo, uno en Tunebraria y el otro en Turquemacia, compraron sus pasajes y cada cual tomó un avispón. Uno tenía apuro porque era codicioso. El otro tenía apuro porque su gente tenía hambre. Pero como había pocos avispones, y menos que recorrieran la misma zona al mismo tiempo, los pilotos eran muy distraídos. Cerca de Susumur estos dos chocaron en el aire, y pilotos y pasajeros cayeron al mar.

Flotaron largo tiempo en el oleaje, aferrados a los restos de los avispones. Los pilotos, tragando agua, se culpaban uno al otro por el choque, mientras Petrambol y Tobaldo suspiraban de impaciencia. Pasaron días y días, y cuando ya se les terminaban las raciones los recogió un barco-tortuga. En ese barco viajaba Laconio.

Al desembarcar, los tres viajeros se alojaron en la Posada del Pájaro-Nube. El plano indicaba que para encontrar la Ciudad de las Diez Murallas había que tomar por el Camino de las Cruces. El Camino de las Cruces, llamado así porque estaba lleno de encrucijadas para desorientar a los viajeros despistados, era una ruta antigua. Ya nadie la usaba, pues la cubrían malezas que después se volvían bosque y después selva.

Petrambol preguntó al posadero dónde quedaba el Camino de las Cruces.

-Me interesa la historia antigua, y quisiera ver si allí hay inscripciones -explicó.

Más tarde, Tobaldo le hizo la misma pregunta.

-Me interesan los caminos, y quisiera ver cómo los construían en otros tiempos -explicó.

El posadero se extrañó de que dos personas preguntaran el mismo día por un lugar adonde nunca iba nadie. Más tarde, Laconio le hizo la misma pregunta, pero no dio ninguna explicación.

El posadero, atando cabos, recordó las viejas leyendas. Nunca había creído en ellas, pero si tres extranjeros preguntaban el mismo día por lo mismo, algo tenía que haber. Llamó a una pandilla de bandidos que él capitaneaba en secreto. El negocio del posadero consistía en averiguar cuáles clientes viajaban con más dinero encima, y los bandidos los asaltaban apenas se iban de la posada.

-Esos tres deben saber algo sobre la ciudad perdida -dijo el posadero-. Consigan la información.

-¿Podemos pegarles? -preguntó un bandido que tenía un anillo con forma de garrote.

-Claro que sí, Amoroso -suspiró el posadero, palmeándole la cabeza.

Amoroso sonrió y besó el garrote del anillo.

 

8

Melania, que había llegado en otro barco, se alojó en la Posada del Pájaro-Avispa y compró provisiones para el viaje. Antes de partir, gastó sus últimos ahorros en un delicioso desayuno en el comedor de la posada. Habló con la mesera y le contó que ella también había sido mesera. Intercambiaron anécdotas, y Melania preguntó por el Camino de las Cruces. La mesera explicó que ya nadie usaba ese camino. Estaba en el linde de la ciudad, en un parque abandonado. Era un lugar desierto lleno de ruinas y estatuas antiguas. Melania le dio las gracias y le dejó una buena propina.

Mientras ella salía de la posada, Petrambol, Tobaldo y Laconio llegaban al Camino de las Cruces. El principio del camino era un gran arco con dos pilares. Luego se prolongaba en losas de piedra que se perdían en una maleza oscura. En los pilares había inscripciones antiguas, llenas de nombres altisonantes: Por aquí pasó el emperador Fulano o Aquí inició su gloriosa campaña el general Mengano. También había inscripciones no tan antiguas, como Viva yo y mueran los otros, y Te amo dentro de un corazón atravesado por una flecha.

Petrambol, Tobaldo y Laconio se pusieron a leer las inscripciones. Todos simulaban no conocerse, pero Petrambol y Tobaldo habían sufrido juntos el accidente de los avispones y Laconio los había visto a ambos en el barco-tortuga. Los tres se miraban de reojo con desconfianza. Cada cual empezó a sospechar que los demás no estaban allí haciendo turismo. Los bandidos los observaban ocultos entre las ruinas.

-El jefe tiene razón -dijo uno-. Esos tipos saben algo.

-A lo mejor son sabios que estudian las inscripciones y las estatuas -dijo Amoroso.

Y sus compañeros le explicaron amablemente:

-Los sabios no llevan pico, idiota.

-Los sabios no tienen cicatrices en la frente, tarado.

-Los sabios no tienen ese aire bonachón, imbécil.

-Esos saben algo -insistió el primero-, y será mejor que lo averigüemos pronto.

-¿Podemos pegarles? -preguntó Amoroso, acariciándose el anillo con forma de garrote.

-Claro que sí -dijeron sus compinches, palmeándole la cabeza.

Y sin decir agua va, atacaron por sorpresa a los tres viajeros.

 

9

Melania llegó al Camino de las Cruces pensando que no habría nadie y en cambio se encontró con una trifulca de padre y señor mío. Los tres viajeros, por instinto, habían hecho causa común contra los bandidos, que los superaban en número. Petrambol se defendía con su garrote y su cuchillo, Tobaldo con uñas y dientes y Laconio con el pico de picapedrero. Pero no podían contra todos ellos. Petrambol quiso huir, abandonando a sus compañeros de lucha, y al dar la espalda recibió un mazazo en la nuca que lo dejó tendido. Tobaldo quiso ayudar a Laconio pero tropezó, y Laconio sin querer lo golpeó con el pico. Melania pensó en internarse en el camino aprovechando la distracción de todos, pero había visto muchas tremolinas en la taberna y no le gustaban las peleas desiguales. Usando la técnica que había aprendido para arrojar los platos sucios al mostrador, tomó cascotes y empezó a tirarlos contra los bandidos. Los bandidos se dieron vuelta y sólo vieron estatuas.

-Las estatuas antiguas se han ofendido porque las molestan -gritó uno.

-¿Podemos pegarles? -preguntó Amoroso.

Y sus compañeros le explicaron amablemente:

-Son dioses, papanatas.

-Son poderosos, mentecato.

-Son invencibles, descerebrado.

Y todos echaron a correr. Amoroso se quitó el anillo con forma de garrote para correr más rápido y los siguió. Cuando se perdieron de vista, Melania salió de su escondite y se acercó a Laconio.

-Gracias -dijo Laconio-. Te debo una.

-Ajá -dijo Melania.

Señaló a Petrambol y Tobaldo y preguntó quiénes eran. Laconio se encogió de hombros.

-De pronto hay mucha gente en este lugar desierto -rezongó Melania. Le preguntó a Laconio qué hacía allí.

-Soy picapedrero -dijo él, como si eso fuera una explicación.

-Ya veo -dijo Melania, y le pidió prestado el pico. Laconio se lo dio con orgullo-. Muy lindo pico -comentó Melania, y añadió-: Sospecho que todos buscamos lo mismo, pero quiero ser la primera en llegar.

Y descargó el pico en la cabeza de Laconio, atontándolo con el golpe. Gritó adiós y echó a correr riendo por el Camino de las Cruces.

 

(Vamos a la Segunda Parte de EL DIAMANTE NEGRO)

 

(c) Carlos Gardini

(Este relato, junto a "La Reina Blanca de Ciudad Miau" pertenece al ciclo de Vendavalia, una serie de cuentos para chicos de toda edad (adultos incluidos). Editorial Sudamericana ha publicado un volumen de CUENTOS DE VENDAVALIA (en su colección Pan Flauta, con ilustraciones de Marcelo Elizalde) que va por su cuarta edición e incluye dos cuentos de la serie, "El pájaro del amanecer" y "El palacio al revés".)

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