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EL DIAMANTE NEGRO

por Carlos Gardini

Segunda Parte

Vamos a la Primera Parte

 

10

Cuando los tres viajeros se repusieron de los golpes, Tobaldo hizo un llamado a la conciliación.

-Creo que todos queremos llegar al mismo lugar. Buscamos la Ciudad.

-De las Diez Murallas. -añadió Petrambol de mala gana.

-Y el Diamante Negro -concluyó Laconio a regañadientes.

-Ya hemos visto lo que pasó -dijo Tobaldo-. Yo creo que nos conviene ayudarnos.

-Es verdad -dijeron los otros.

Tobaldo pensaba que un solo Diamante Negro bastaría para saciar el hambre de su gente y enriquecer a sus compañeros. Petrambol pensaba que cuando encontraran el Diamante Negro sólo él tendría la fórmula que le había dado el Mago Dragón. Laconio pensaba en Melania.

Los tres echaron a andar por el Camino de las Cruces.

Al principio la marcha fue fácil, pero la vegetación era cada vez más densa. Petrambol limpiaba las malezas con el garrote y el cuchillo, Tobaldo con uñas y dientes, Laconio con el pico. Cada vez que llegaban a una encrucijada, se consultaban ("Las instrucciones decían a la izquierda" o "Las instrucciones decían a la derecha") y seguían adelante. Pero Laconio se retrasaba cada vez más, porque buscaba una flor para Melania. Aunque le guardaba cierto rencor por el golpe, le gustaban sus ojos negros. Pero los otros no sabían nada de Melania y le preguntaban por qué se demoraba.

-Busco una flor -decía Laconio.

-Qué ocurrencia -protestaron los otros, y decidieron no esperarlo más.

Laconio encontró al fin una flor grande, roja y carnosa. Quiso arrancarla y no pudo. Porque no era una flor, sino una boca de pulpogro, una de las fieras más fieras de las selvas de Frondaria. En cuanto Laconio tironeó, el pulpogro se le echó encima para devorarlo con esa boca que parecía una flor.

Laconio no pidió ayuda: normalmente hablaba poco, y el miedo le había trabado la lengua. Los otros dos estaban demasiado adelantados para verlo. La boca tragó a Laconio hasta la cintura. Laconio, desesperado, se puso a golpear una rama con el pico. La rama cayó sobre el pulpogro, que escupió un quejido y de paso escupió a Laconio, quien aprovechó para escapar.

Avanzó medio mareado por la selva cada vez más densa. El miedo le había borrado momentáneamente el recuerdo del plano, pero decidió guiarse por las ramas rotas por sus compañeros. Al llegar a una encrucijada, encontró a Tobaldo tendido en el suelo.

-Nos acostamos a descansar -le explicó Tobaldo-, pero cuando desperté Petrambol ya no estaba, y mis provisiones tampoco.

Laconio no dijo nada. Le dio agua y algo de comer. Mientras Tobaldo se reponía, Laconio vio otra flor y quiso arrancarla. Ésta era plumosa y blanca, pero tampoco era una flor sino una cola de pájaro-nube. El pájaro-nube se asustó, chilló y echó a volar. Laconio, agarrado de la cola, sólo entonces comprendió que era un pájaro. Al principio tuvo miedo de la altura, pero después notó que desde arriba el Camino de las Cruces se veía mejor. Usó la cola del pájaro como timón y lo obligó a seguir el camino. Mientras se entretenía admirando el verdor (y buscando una flor para Melania) divisó dos figuras humanas en el follaje: Petrambol había alcanzado a la muchacha y la había atado a un tronco. Laconio soltó la cola del pájaro y cayó en la copa de un árbol. Bajó despacio, sin hacer ruido, rama por rama, para sorprender al hombre de la cicatriz. De paso, en una de las ramas encontró una flor azulada. La miró con desconfianza, pero olió el perfume y comprobó que era una verdadera flor. La arrancó y siguió bajando para acercarse a la muchacha maniatada y a Petrambol, que la amenazaba con el garrote y el cuchillo.

-Somos muchos los que buscamos el Diamante Negro -le decía Petrambol a Melania.

-Demasiados -convino Laconio, lanzándose sobre el pirata. Petrambol reaccionó de inmediato descargando una lluvia de garrotazos y cuchillazos sobre Laconio. Sorprendido de su propia agilidad, Laconio los esquivaba todos. Sorprendido de su propia fuerza, logró pegarle a Petrambol y lo hizo rodar por el aire. Mientras ataba a Petrambol a un árbol, sintió una languidez y un mareo. Entonces comprendió: era la flor, cuyo perfume producía un efecto vigorizante que ahora se disipaba. La olió de nuevo, pero la flor azul, una vez arrancada del tallo, era totalmente inocua.

-En vez de oler flores, podrías desatarme -protestó Melania.

Laconio se le acercó y le puso la flor en la oreja.

-Estamos a mano -le dijo.

-Te lo agradezco. Pero más te agradecería que me liberaras de una buena vez.

-Lo haría con gusto -dijo él-, pero preferiría llegar primero. Te dejaré el cuchillo de nuestro amigo.

Y mientras Melania, rezongando, cortaba las cuerdas que la sujetaban, Laconio dijo adiós y se internó riendo en el Camino de las Cruces, que cada vez era menos camino y más selva.

 

11

Laconio se internó en la vegetación picando árboles como si picara piedras. Se enredó en unas lianas y mientras se desenredaba comprendió que sería más fácil avanzar saltando de liana en liana. Trepó por un tronco caído y se colgó de una liana peluda y multicolor. Algo chilló allá arriba y la liana se agitó con fuerza. Laconio alzó los ojos y vio que no era una liana sino la cola de un animal peludo y multicolor. El animal peludo y multicolor lo lanzó hacia atrás y hacia arriba con un fuerte coletazo. Mientras volaba sobre las copas de los árboles, Laconio lamentó perder parte del camino recorrido. Por suerte aterrizó sobre una cosa blanda. Irguió la cabeza, aturdido, y vio a Melania delante de él.

-Gracias, te debo una -dijo Melania, señalando la cosa blanda.

Laconio, aún mareado por el vuelo acelerado y el aterrizaje forzoso, miró lo que tenía debajo. Parecía una flor roja. Tiritando de miedo, comprendió que había derribado otro pulpogro.

-No podía dejarte sola -alardeó, disimulando el miedo y levantándose con orgullo. Observó complacido que Melania aún llevaba en la oreja la flor azul que él le había dado.

-Sigamos juntos -propuso.

Y siguieron juntos por la selva enmarañada, bajo las lunas azules y el sol rojo, en el calor del día y el frío de la noche, entre los cotorreos, rugidos, rumores, bramidos y susurros que poblaban los árboles. El suelo era pegajoso y blando, y lo pisaban con cuidado por temor a los pantanos, pero al fin empezó a endurecerse.

-Ahora el suelo es más duro -dijo triunfalmente Laconio-. Sin duda hemos pasado la zona de los pantanos.

Avanzó resueltamente y de golpe quedó hundido hasta la cintura en un líquido barroso: una ciénaga lo engullía rápidamente. Mejor no repetir la exclamación de Laconio, que aludía con cierta crudeza a la blandura del suelo. Melania, acostumbrada a oír cosas peores en la taberna, le tendió una mano. Tiró con todas sus fuerzas, pero no lograba sacarlo. Laconio vio una flor azul y la señaló.

-Ya tengo una flor azul -dijo ella.

-No -tartamudeó Laconio-. Hay que olerla.

-No es momento para oler flores -contestó ella, lagrimeando mientras se esforzaba por salvarlo. El agua barrosa ya llegaba al cuello de Laconio.

-La flor. -balbuceaba él-, la flor. quiero que huelas la flor. -Y al decir "flor" soltó un gorgorito porque el agua barrosa ya le cubría la boca.

Ella pensó: Pobrecito, es su último deseo. Sin soltarlo, olió la flor azul, y cuando tiró de nuevo para sacarlo, ya sin esperanzas, Laconio salió despedido de la ciénaga y fue a dar contra un árbol.

-¿Pero qué pasó aquí? -preguntó Melania mirándose el brazo, admirada de su fuerza.

-De nuevo estamos a mano -dijo Laconio.

Le explicó el efecto que surtía la flor azul y arrancó la flor para ponerla en la oreja de Melania, pues la otra ya estaba marchita. Al ponerle la flor en la oreja, le acarició el pelo con ternura. Ambos suspiraron y evitaron mirarse, y pronto reanudaron la marcha.

 

12

Laconio y Melania rodearon la ciénaga y llegaron a un río donde Laconio aprovechó para limpiarse. Al cruzar el río, no encontraron más rastros del Camino de las Cruces.

-Estamos perdidos -dijo ella.

-No, no estamos perdidos -dijo él-. Tiene que haber alguna señal, algún rastro del Camino. -Miró, y tanteó el suelo con el pico, pero no encontró nada. Al fin tuvo que admitir-: Sí, estamos perdidos.

Temblaron, amenazados por los ruidos de la selva. Las tres lunas asomaban sobre las copas de los árboles. La negrura del anochecer se pobló de azul, volviéndose más amenazadora y fantasmagórica. Melania rompió a llorar. Laconio quiso llorar pero no pudo porque no estaba acostumbrado.

De pronto, a poca distancia, vieron sobre los árboles un resplandor líquido y negro que se confundía con el resplandor líquido y azul de las tres lunas. Caminaron hacia el resplandor y la selva terminó de golpe. Ante ellos se extendía un claro inmenso. Había una superficie de roca blanca que terminaba en un reborde. El reborde daba a un precipicio, y sobre el precipicio había un puente de piedra. El puente llegaba a una ciudad en ruinas, rodeada por construcciones que en un tiempo habían sido murallas y ahora eran piedras amontonadas. En el centro de la ciudad, los rayos de las lunas rebotaban sobre una superficie lustrosa: el Diamante Negro, en el corazón de la Ciudad de las Diez Murallas. Felices, decidieron descansar para cruzar el puente al romper el alba.

Cuando cantó el pájaro del amanecer, empezaron a cruzar el puente. En la roja luz del día, ya no se distinguía el resplandor del diamante. El fondo del precipicio, opaco en la noche, brillaba como un tendal de carbones encendidos. Cientos de armaduras rotas relucían en el polvo.

Entraron en la ciudad. El viento barría las calles y sus quejidos parecían los quejidos de mil fantasmas. Laconio y Melania, asustados, se tomaron las manos. En algunas partes se notaban las diferencias entre las sucesivas murallas, construidas una encima de la otra para defender la ciudad contra los sucesivos invasores. Gigantescos ídolos de piedra, cascados y descascarados, los miraban con sus ojos ciegos. Atrás, más allá del puente, un resplandor humoso colgaba sobre la selva. En la ciudad, el aire era limpio y caliente.

Atravesaron corredores, subieron escaleras, treparon paredes. Llegaron al corazón de la ciudad. Allí vieron una laguna negra. Se acercaron y tocaron el agua. Era agua dura, fría como cristal. Comprendieron que esa laguna inmensa no era una laguna, sino el Diamante Negro, incrustado en la tierra. En el aire caliente, los reflejos temblaban como agua. Se abrazaron con alegría. Y también comprendieron, con repentina tristeza, que no podrían cargar con ese diamante.

 

13

Laconio golpeó el diamante con rabia, y el pico se le partió. Melania arrojó una piedra al centro del Diamante Negro, y la piedra se astilló. Cansados y desalentados, se durmieron. Laconio tuvo una pesadilla donde picaba piedras con el pico roto. Melania tuvo una pesadilla llena de bandejas y clientes gordos. Los despertó el vozarrón de Petrambol, un trueno entre las paredes de la ciudad en ruinas. Junto a él estaba Tobaldo.

-Nos volvemos a ver -dijo Petrambol-. Por suerte, este joven me encontró en medio de la selva y tuvo la generosidad de desatarme.

-Así es -dijo Tobaldo de buen humor-. A cambio de la devolución de mis provisiones, y de un trato justo para todos.

Melania y Laconio miraron intrigados a Tobaldo.

-El trato -explicó Tobaldo- consiste en que cada cual tendrá su parte. Hay para todos. -Y sonrió satisfecho.

-Creo que es un trato justo -comentó Petrambol, caminando sobre el Diamante Negro. La cicatriz de la frente le brillaba como azabache en el resplandor-. Es más, creo que es demasiado justo para que yo lo respete. -Y rugió, amenazándolos con el garrote-: El diamante es de mi amo el Mago Dragón.

-¿Y cómo lo llevarás? -preguntó cansadamente Melania, sin levantarse.

-Es una buena pregunta -dijo Petrambol-. Y tengo una buena respuesta. Cuando diga la fórmula mágica que me ha dado mi amo, el Diamante Negro se reducirá al tamaño de una nuez. Y cuando diga la segunda parte de la fórmula, el Diamante Negro volará al lugar que yo nombre y allí recobrará su tamaño natural.

Sin dejar de blandir el garrote, caminó hacia el borde del diamante. Tobaldo rompió a llorar.

- Lo habías prometido -sollozó.

-Claro que sí -dijo Petrambol-. Y jamás cumplo mis promesas. No pretenderás que falte a mis principios.

-No llores -dijo Laconio-. Ya seremos ricos en otra ocasión.

-Y le romperemos la crisma a ese energúmeno -dijo Melania.

-Yo no quería ser rico -lloriqueó Tobaldo-. Yo vine aquí porque mi gente se muere de hambre. -Y contó la historia del fracaso de la cosecha en Tintinal.

-Una historia conmovedora -rió Petrambol-. A mí me la contó en el camino. En realidad, es triste que haya pobres. Pero si no hubiera pobres, ¿qué gracia tendría ser rico?

 

14

Sin dejar de reír, Petrambol recitó la primera parte de la fórmula. Las palabras sonaron como mazazos entre las paredes derruidas. El Diamante Negro se achicó hasta reducirse al tamaño de una nuez, perdiéndose de vista en el pozo donde estaba incrustado. La risa de Petrambol se cortó de golpe: la ciudad estaba construida alrededor del diamante, y al achicarse la gema, cayeron vigas, paredes y contrafuertes. Hubo temblores y sacudones, y donde estaba el gigantesco diamante quedó un gigantesco boquete con un guijarro negro en el fondo.

Llovían cascotes y polvo. Laconio se aferró de una columna, Melania se aferró de Laconio, Tobaldo de aferró de Melania. Petrambol, que estaba lejos de los tres, no tuvo de donde aferrarse y cayó por el boquete. Atinó a clavar los dedos en el borde y quedó colgando sobre el abismo. El miedo le cerraba la garganta, pero se puso a recitar la segunda parte de la fórmula mágica. Cuando cesaron los temblores, Laconio se le acercó con el pico roto.

-No te apures tanto -le dijo, amenazando con golpearle los dedos.

-Cuando termines de recitar la fórmula, repetirás el nombre que digamos nosotros -dijo Melania-. A menos que prefieras viajar sin escalas hasta el fondo del pozo.

Tobaldo, sentado en una estatua caída, maldecía contra la codicia de la gente. Petrambol terminó de recitar e interrogó a Laconio y Melania con los ojos. Ambos se miraron y dijeron al unísono:

-Tintinal.

-Tintinal -repitió Petrambol con resignación.

El guijarro diminuto que era el Diamante Negro se elevó desde el fondo del pozo y se perdió velozmente en el cielo. Tobaldo, sin creer lo que veía, saltaba de alegría y gratitud. Entre los tres sacaron a Petrambol del pozo. El pobre pirata estaba tan abatido que ni siquiera se le veía la temible cicatriz. Una gran voz estalló en el cielo.

-¡imbécil! -dijo un rugido de dragón. Y los tres vieron cómo Petrambol se volvía muy chiquito y salía despedido al cielo como el Diamante Negro, aunque en otra dirección.

-No sé cómo agradecerles -dijo Tobaldo.

-Yo sí -dijo Laconio, señalando la flor azulada y marchita que Melania llevaba en la oreja-. Quiero para Melania una flor que no se marchite, una flor de cristal.

Tobaldo prometió que la primera flor de la próxima cosecha sería para Melania, y los tres festejaron entre las ruinas brindando con agua, porque vino no tenían. Al día siguiente cruzaron el puente de piedra y emprendieron el regreso por la selva, alejándose de esa ciudad y sus fantasmas. En el fondo del precipicio, las armaduras rotas relucían al sol.

 

15

Más allá de la selva, y más allá del mar, el Diamante Negro cayó cerca de Tintinal y recobró su tamaño. Los tintinalios vendieron el Diamante Negro al emperador de Salpicondia, que buscaba algún tesoro importante para poder ocultarlo y tener miedo de los ladrones. Nunca más pasaron hambre, pero siguieron cultivando sus flores de cristal.

Y más allá de la selva, en medio del mar, Petrambol cayó en la isla del Mago Dragón, que le echó la maldición de la Desdicha Interminable. Esa maldición consistía en aguantar las aburridas historias que el Mago Dragón inventaba en su soledad de Isla Dragón. Porque el Mago Dragón, con toda su magia, jamás pudo inventar una historia entretenida, y dicen que el pobre Petrambol se aburrió tanto que juró por todos los puntos suspensivos del mundo que nunca más le robaría nada a nadie. Fiel a sus principios, jamás cumplió esa promesa.

Y en Susumur, en la Posada del Pájaro-Nube, el posadero lloraba por las riquezas que había perdido y los chichones que se había ganado. Le había dado un coscorrón a Amoroso como castigo por perder el anillo con forma de garrote. Los bandidos salieron en defensa de su compañero, molieron al posadero a golpes y se fueron a buscar un trabajo honesto. Amoroso era el único que no le había pegado, pero también se había ido con ellos.

Y en medio de la selva, en el Camino de las Cruces, Tobaldo soñaba con los honores que recibiría, y Melania y Laconio con nuevas aventuras.

Y mientras ellos buscaban nuevos rumbos, la Ciudad de las Diez Murallas se derrumbaba poco a poco, empujada por los fuertes vientos. Así se cumplía la predicción de una canción antigua:

Sopla el viento, sopla el viento

y la ciudad se derrumba:

ya no oculta más tesoros,

ahora es su propia tumba.

(c) Carlos Gardini

(Este relato, junto a "La Reina Blanca de Ciudad Miau" pertenece al ciclo de Vendavalia, una serie de cuentos para chicos de toda edad (adultos incluidos). Editorial Sudamericana ha publicado un volumen de CUENTOS DE VENDAVALIA (en su colección Pan Flauta, con ilustraciones de Marcelo Elizalde) que va por su cuarta edición e incluye dos cuentos de la serie, "El pájaro del amanecer" y "El palacio al revés".)

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