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EL JUEGO

por Daniel Aloisio

Segunda Parte

Vamos a la Primera Parte

 

De un salto se puso de pie y encendiendo la luz desplegó el papel para encontrarse con una misiva cuya caligrafía apretada desgranaba el siguiente relato:

Estimado señor:

Me resulta en extremo extraño estar escribiendo esta nota a un desconocido. No sé en que momento se encontrará Ud. con ella pero confío en que no sea demasiado tarde. Intentaré ser breve y preciso para no dar lugar a interpretaciones ambiguas de lo que voy a contarle.

Hace cinco años me incorporé a XANGENETICS para dirigir un proyecto de investigación sobre manipulación genética de materia prima utilizable en la industria alimenticia. Reconozco que en un principio me sentí deslumbrado por el nivel de los científicos que formaban los equipos de trabajo y por la tecnología de última generación de la que disponíamos. Parecía no haber límites presupuestarios dentro de la empresa. Sólo era cuestión de que pidiéramos lo que necesitábamos y a los pocos días allí estaba. Tengo que admitir que mi ego se había disparado a alturas siderales. Mi complejo de Dios me impedía ver cosas que ahora son claras para mí. Hubo preguntas que nunca me hice y en este momento golpean mi conciencia. ¿De dónde salía tanto dinero? ¿Que objetivo final tenían las investigaciones que desarrollábamos?. En fin, yo formaba parte de todo eso y en verdad lo estaba disfrutando.

Los problemas comenzaron hace un tiempo, cuando surgieron rumores acerca de sombríos proyectos de producción de alimentos transgénicos experimentales que pretendían ser introducidos en mercados de países emergentes como el nuestro para luego, superada la etapa de ensayo y error, ser comercializados en naciones desarrolladas. Recuerdo que en un principio me mostré escéptico pero días después tuve acceso a información que indicaba que grandes grupos económicos estaban financiando nuestras actividades con tales fines. Al parecer habían elegido nuestro país como punto de lanzamiento dando por seguro que tanto los controles ineficientes como los funcionarios corruptos que los llevaban a cabo serían fáciles de manejar.

Dediqué los días siguientes a recavar toda la información que pudiera al respecto y mientras más ahondaba en el asunto, mayor era la angustia que me embargaba. Por aquel entonces también comencé a sentirme observado, mis comunicaciones telefónicas eran monitoreadas y la información que manejaba por medios electrónicos comenzó a ser discretamente controlada. Comencé a temer por mi vida. Sabía que no me permitirían contar a nadie lo que había averiguado.

Fue así como planeé escribir una nota y depositarla en el bolsillo de algún desconocido sin que éste lo supiera para que fuese lo menos evidente posible mi intención.

Allí es donde aparece Ud. en la historia, mi amigo. Se preguntará seguramente por qué lo elegí. No se me ocurre respuesta para tal interrogante. Supongo que el haberlo estado observando los últimos días mientras pasaba frente a la ventana de mi oficina, me ha decidido. Mañana buscaré la forma de provocar un encuentro casual con Ud. para cumplir con mi cometido.

Amigo, es de vital importancia que esto se sepa y que se detenga a quienes pretenden utilizarnos como ratas de laboratorio. Tenga cuidado. Esta gente es peligrosa y carece por completo de escrúpulos.

Le ruego sepa disculpar las molestias que esto pueda ocasionarle. No lo culpo si se niega a hacerlo, sólo le pido que reflexione y actúe según su conciencia se lo dicte.

Ing. Marcus Holland

 

Bermúdez arrojó el papel al piso como quien se sacude un escorpión de la mano. Maldijo, pateó una silla y se rascó la cabeza con frenesí mientras volvía a maldecir. Se sentó en la cama mientras se agolpaban las preguntas en su interior.

Volvió a insultar, esta vez a Marcus.

¿Cómo se le había ocurrido involucrarlo en algo así?. Justamente a él que no quería estar metido en nada raro. A él, el metódico, el estructurado que había disfrutado de la gris rutina de su vida hasta esa misma mañana.

Se puso de pie con resolución y caminó hacia la puerta, pero se detuvo. Recogió el papel e hizo un intento de volver a leerlo pero algo se lo impidió. Comenzó a sentir que la desazón lo embargaba mientras reverberaba en su mente una afirmación ominosa.

¡Ellos lo saben!. Saben quien soy y deben sospechar la información que tengo.

Miró por la ventana y un auto negro estacionado enfrente se le ocurrió terriblemente amenazante. Trató de distinguir a alguien en su interior pero la lluvia que había vuelto a caer, le jugó una mala pasada.

Unos pasos en el pasillo lo sobresaltaron. Parecían ser varias personas, hombres robustos a juzgar por lo contundente de sus pisadas. De pronto se detuvieron frente a su puerta. Le pareció oír a alguien susurrar el nombre de Marcus. El viento cerró uno de los postigos y el golpe casi lo mató de un susto. Se acercó a la puerta tan despacio como sus piernas temblorosas se lo permitieron. Los hombres parecían seguir allí, murmurando, tal vez deliberando acerca de la mejor forma de deshacerse de él.

Alguien golpeó la puerta con insistencia y se sintió a punto de desfallecer. Se acercó vacilante y su instinto le aconsejó no responder su llamada. De pronto los pasos se alejaron por el pasillo tan presurosos como habían llegado.

Derrotado, se dejó caer en una esquina de la habitación, apoyando la espalda contra la pared, buscando sustento en la mampostería para su abatido espíritu.

Tan absorto estaba en sus propios pensamientos que no advirtió la presencia del extraño. Fue la presión fría del caño del arma sobre su sien la que lo alertó. Instintivamente giró su rostro para encontrarse con la negra boca que lo apuntaba amenazante. El tipo estaba a centímetros suyo, ocultando con su cuerpo la ventana abierta por donde se había filtrado. Una capucha cubría su rostro y sus ropas chorreaban agua. Pequeños charcos bajo sus botas habían comenzado a formarse en la alfombra.

Le sorprendió lo ridículo de estar prestando atención a esos detalles mientras la muerte lo acechaba tan de cerca. Decidió morir de pie. No iba a arrodillarse ante nadie. Curiosamente, el tipo parecía dejarlo hacer su última voluntad. No hablaba, sólo apuntaba con su arma. El sonido de las respiraciones de ambos era lo único que rompía el silencio.

De pronto el tipo martilló el arma y habló como en un siseo de víbora:

-¡Dale esto a Marcus, cuando lo veas!

Bermúdez cerró los ojos y entre las paredes de la habitación estalló su alarido.

El grandote se estiró en la silla profiriendo un sonoro eructo que disparó las carcajadas de todos. Eran más de cinco pero no tanto como diez. El número no importaba después de la quinta ginebra. El más viejo escupió a un lado y volvió a ahogarse con su risa antes de preguntar por enésima vez:

-¿Un beso? ¡Pobre tipo!

El flaco a su lado reprimió una risa histérica y asintió con la cabeza. Los otros se agitaron inquietos, expectantes.

-¡ Reverendo hijo de p..! -dijo el grandote sin terminar la frase por respeto a la anciana que, aprovechando el interregno, estaba apurando la enésima copa.

-¡Doña!. ¿Qué opina de lo que le hizo el Julito al pobre infeliz? -espetó el tipo vestido de traje.

La vieja miró de a uno por vez y fue memorizando los nombres antes de responder. Se preguntó nuevamente si no habrían llegado demasiado lejos esta vez.

Todavía recordaba el primer juego. Había sido casi inocente. Apenas un poco de líquido de frenos sobre el capó del auto nuevo del viejo Ferreyra. Como para que se le descascarara la pintura, nada más. Después había seguido una lista de pequeñas victorias, como el secuestro de la gata de la señora Vertiz y su posterior devolución, previo paso por una sesión de pinturas verdes y rojas que lo habían convertido en toda una rareza en el barrio. Poco a poco se habían ido sucediendo uno a uno los pequeños juegos, nacidos como distracciones tontas de intelectos retorcidos, convirtiéndose en verdaderos acontecimientos en sus vidas vacías.

El tiempo había pasado y el grupo había crecido. Se había sumado Marroni, el de la tienda de electrodomésticos, el ingeniero de apellido judío, Julito el verdulero, José, el que trabajaba en la imprenta y por último el que se hacía llamar Contador Guevara, que había traído a un par de tipos trajeados igual que él.

Por supuesto, también estaban ella y el grandote que la había interesado en el juego y que le había propuesto ser co-fundadora del grupo.

Una tos inoportuna partió de la mesa contigua y la trajo al presente. Los tipos seguían allí esperando una respuesta que, auque ya conocían de sobra, les sonaba como música para los oídos.

-Estuvo bueno muchachos, pero...

La última palabra interrumpió el festejo que a grito pelado había comenzado en las gargantas. Alguien intentó seguir y un codazo en las costillas lo paró en seco.

La anciana volvió a mirarlos y sentenció sin piedad:

-Este fue el último.

La turba pasó de la sorpresa a la angustia y de ésta a la protesta iracunda, en un instante. Comenzaron a arreciar los insultos y los gestos ampulosos hasta que el grandote poniéndose de pie tan rápido como el alcohol se lo permitió, dio por terminado el asunto con un puñetazo en la mesa que derribó varias botellas. El silencio se hizo espeso y la voz tranquila de la anciana lo atravesó como una daga:

-Vayan a buscar al tipo y cuéntenle todo. Todavía debe estar cagado el pobre.

Uno quiso ensayar una risa y recibió un revés de zurda que lo tiró al piso. Los otros se hicieron a un lado mientras el grandote se acercó a la mujer que había comenzado a caminar hacia la puerta. La detuvo con delicadeza y estampando un beso en su frente ensayó lo que quiso ser una despedida:

-Chau, Doña Berta.

-Chau, pibe.

La anciana salió despacio del bar y nadie se animó a moverse. La única voz que se oyó después fue la del grandote que, no bien sentado, les gruñó a los otros:

-Hagan lo que ella dijo.

Los tipos desaparecieron como si los hubiera barrido un plumero gigante. El grandote se quedó solo en la mesa, con la copa en una mano y la mirada perdida como buscando respuestas. Jugando con la pequeña credencial plateada que colgaba de su solapa, y que rezaba pomposamente:

Ing. Marcus Holland

(c) Daniel Aloisio

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