|
|
{upcenter} |
{upright}
|
|
|
TRES ERRORES
por Daniel Aloisio
Alguna vez me dijeron que el hombre es el único animal que comete dos veces
el mismo error.
En mi caso fueron tres.
Comprendo que no debí confiar mi suerte a los dictados del azar, ni permitir
que los efluvios que emanaban de aquel balcón situado frente al mío, me cegaran.
Aquel fue mi primer error.
Reconozco que el origen de mi desgracia residió en la errónea presunción de
que podría burlar algunas leyes naturales que durante siglos han logrado mantener
la mente del hombre alejada de aquellos caminos por los que no le está permitido
transitar.
Todo comenzó hacia fines de Abril.
Un sol temeroso se asomaba entre las nubes amenazantes mientras el aire frío
hacía estremecer a los pocos que en aquel atardecer de otoño nos aventurábamos
en la calle. Recuerdo que el hilo de mis pensamientos se enredaba en una maraña
de sensaciones que iban sucediéndose cadenciosamente. Mi boca masticaba aquel
nombre:
Marna Greenberg.
Se había mudado unas semanas atrás frente a mi departamento, y el destino, si
existe, había querido que mi ventana estuviese a la altura de su balcón.
Durante días deambulé delante de la puerta que daba a la recepción de su edificio,
buscando excusas tontas para presionar el timbre que, acompañado por su nombre
en letras doradas, se había convertido en el único escollo entre su voz y la
mía.
Cada noche la veía salir enfundada en su vestido de seda. Se sentaba sobre la
baranda de hierro y dejaba que su rostro, oculto apenas por sus gafas de marco
redondo, se iluminara a la luz de la luna. Al tiempo aprendí a conocer el lenguaje
de su cuerpo, a sentir sus pesares y alegrías, a entrever detrás de su aparente
timidez, un mundo de vivencias que anhelaba fundir con las mías.
Se que ella fue consciente de mi presencia todo el tiempo. Intuyo que anticipaba
mis sentimientos y, en un grácil juego de seducción, me dejaba continuar con
mi sueño. Había algo que mi impericia en el arte de interpretar la psicología
femenina, me llevó a pensar que ella disfrutaba del juego, que esperaba cada
movida presintiendo que no tardaría en poner en evidencia mis sentimientos.
Así fue como yo, solitario irredimible, al amparo de las sombras de mi habitación,
comencé a tejer la posible historia de nuestro encuentro. Como un loco memoricé
cada frase que pronunciaría para intentar conquistarla. Ensayé cada gesto dándome
fuerzas como un adolescente que apura un trago para armarse de valor.
Aquella noche, decidí, sería la última en soledad. La próxima nos encontraría
frente a frente, si todo ocurría como lo había planeado.
La mañana siguiente se me ocurrió penosamente lenta. Entre montañas de papeles
deambulé por la oficina sin sentido, mientras mis ojos buscaban consuelo para
mi mente, escudriñando el reloj que pendía de la pared y que, maldito fuera,
parecía tener clavadas sus manecillas en el cuadrante.
Fue al mediodía cuando cometí el segundo error.
Como jamás lo hacía, aquel día decidí aprovechar el tiempo que nos concedían
para el almuerzo en hacer una caminata. Pensé, equivocadamente lo reconozco,
que un paseo rápido por la ciudad me brindaría la tranquilidad necesaria para
la empresa que iba a acometer aquella noche.
Parecerá ridícula y tal vez exagerada mi excitación ante la perspectiva de plantarme
frente a aquella mujer y hablarle de mis sueños, pero para quien arrastra el
lastre de muchos años de soledad, el enfrentarse a otra persona y poner de manifiesto
lo que se siente, se convierte en una cuestión casi traumática.
Ahora comprendo que no debí haber prestado atención a aquel negocio que apareció
de pronto ante mis ojos y que, por más que busqué en mi memoria, no recordaba
haber visto nunca. Colgando de dos clavos oxidados, un cartel ruinoso rezaba:
Conozca su futuro
Aquello fue el golpe de gracia para mi atribulado espíritu. Me adentré presuroso
en aquella tienda, ignorante de que estaba por desencadenar un ciclo de acontecimientos
que pondrían a prueba los límites mismos de mi cordura.
En el vano de una inexistente puerta , apareció aquel tipo. Algo en su sonrisa
retorcida disparó una señal de alarma en mi interior, pero el fuego de mi ansiedad
se encargó de ignorarla.
Como un adolescente relaté, ante su mirada atenta, mi deseo de abordar a aquella
mujer y concluir así la aventura que inflamaba mi espíritu y me quitaba todo
rastro de cordura. Hablé como lo hubiera hecho un preso tratando de explicar
a su compañero de celda el plan para la fuga.
Recuerdo que Hamed -su nombre está envuelto en una nebulosa- después de escuchar
mi relato y negarse teatralmente a aceptar el dinero que le ofrecí por sus servicios,
señaló una botella con un líquido verdoso en su interior. Curiosamente, no me
había percatado de la presencia de aquel objeto, hasta el momento. Me pareció,
entonces, que se había literalmente materializado ante mis ojos. Por supuesto,
descarté de plano la idea, burlándome para mis adentros de tal presunción.
El tipo me ofreció el brebaje, asegurando que después de beberlo podría ver
qué me deparaba el futuro, y más aún, vivirlo como si estuviera allí. Lo fabuloso,
según dijo, era que yo podría intervenir modificando las situaciones de acuerdo
a mi propia conveniencia.
La oferta fue por demás tentadora. Pensé en aquella mujer mientras empinaba
el primer trago. El resto, regó mis entrañas embotando mis sentidos y sumiéndome
en la más miserable confusión.
No bien hube bebido la totalidad de la pócima, comencé a sentir una extraña
pérdida de sensibilidad en mis extremidades que se fue acrecentando con el paso
de los minutos. Parecía como si parte de mi cuerpo ya no me perteneciera.
-Todo listo, Omar?
El impacto que me causó el oír mi nombre en la voz de aquel sujeto no se debió
solamente al timbre de su voz, considerablemente diferente a la que había oído
inicialmente, sino también al hecho de que llegó a mis sentidos sin que le hubiera
visto mover los labios. En vano intenté encontrar una explicación lógica a lo
que estaba ocurriendo. Como guiado por un impulso primitivo e irracional, rechacé
lo que había supuesto ver y dejé que los acontecimientos se precipitaran de
la manera en que quisieran hacerlo.
Su voz volvió a sonar y esta vez estuve seguro de tenerla dentro de mi cabeza.
-Omar. No es preciso que trates de explicar esto. Yo lo haré por ti. Si quieres
comunicarte conmigo sólo es necesario que visualices la idea a transmitir. Yo
sabré interpretarla.
El azoramiento debe haber convertido mi rostro en una ridícula máscara, porque
alcancé a entrever una sonrisa complaciente en el suyo. Continuó.
-No voy a revelarte mi alias. Has rescatado de algún punto de tu mente inconsciente
el nombre Hamed para hacer referencia a mí. Eso es suficiente.
-Usted... -alcancé a balbucear mentalmente- ¿De dónde proviene?. Acaso...
-Soy lo que podrías llamar un extradimensional, si es que en tu idioma
existiera tal palabra.
No, no vengo de otro planeta, si esa es tu próxima pregunta. Provengo de una
dimensión paralela a la tuya.
Siempre he considerado que mis conocimientos acerca de fenómenos físicos, eran
bastante aceptables, pero, en este caso, sentí que el concepto era demasiado
abstracto y que su magnitud me desbordaba.
-El líquido que bebí... ¿Estoy alucinando?
-No. La droga que te di es un inhibidor neuronal. Produce una reducción de tu
frecuencia cerebral. Eso permite que mis pensamientos y los tuyos se encuentren
y podamos comunicarnos.
-Entonces usted, esta tienda...
-Es solo una fachada. En realidad en este momento estamos en lo que podría llamarse
una singularidad espacial.
El tipo debió percibir mi confusión porque se apresuró a continuar con la idea.
-¿Estás familiarizado con el concepto de agujero negro?
Asentí con la cabeza, sin recordar que no necesitaba hacerlo.
-Bien, entonces sabrás que cuando un cuerpo se comprime manteniendo su masa,
su fuerza gravitatoria aumenta. Si esta compresión se acentúa drásticamente
llega un momento en que todo lo que rodea al objeto es absorbido por éste, de
manera tal que ni siquiera la luz logra escapar de tal atracción.
-¿Y que relación tiene eso con usted?
-Pertenezco a una civilización que habitó la Tierra hace miles de años. En aquel
entonces habíamos alcanzado un nivel de desarrollo tecnológico similar al que
tienen ustedes en la actualidad. Pero entonces, una perturbación en la órbita
elíptica que estaba describiendo un agujero negro rotante alrededor del planeta,
hizo que aquel chocara contra la superficie, engullendo el continente que habitábamos...
-¿Atlántida?
-Supongo que alguno de sus historiadores podría llamarlo así -el tipo sonrió
imperceptiblemente antes de continuar- Lo cierto es que no fuimos destruidos
dentro de la singularidad, sino proyectado a lo que podríamos llamar un universo
paralelo a este que tú habitas. Allí desarrollamos nuestra civilización
manteniendo viva, de generación en generación, la idea de regresar a nuestro
universo original. Hace trescientos años, aproximadamente, descubrimos la forma
de aprovechar cierta energía antigravitatoria para hacer el camino inverso.
En un principio, sólo fue posible proyectar haces de luz desde nuestro universo
al suyo. Es probable que muchos de ellos hayan sido vistos en su cielo como
destellos circulares...
-¿Ovnis?
El tipo no pudo reprimir la carcajada.
-Lamento estar arruinando todos los misterios de tu civilización, amigo -después
de una pausa, continuó-. Tiempo después comenzamos a hacer proyecciones de imágenes
holográficas tridimensionales en distintos puntos de la superficie. Primero
fueron pequeños objetos y después lo hicimos con figuras humanas que logramos
desplegar en muchas de sus ciudades.
-Así que muchas de las personas que vemos y creemos reales son solamente espejismos
creados en su mundo para divertirse a nuestra costa.
El tipo no perdió la calma. Continuó como quien se dirige a un niño de cuatro
años para explicarle el origen de la vida.
-El fin que perseguíamos en todos los casos, era mostrarnos como civilización
y que ustedes, a partir del conocimiento de nuestra existencia, aceptaran la
posibilidad de que volviéramos a integrarnos, como era en un principio.
-Así que lo enviaron a usted como embajador para tratar de convencernos -repliqué
con acritud.
-Para ser precisos, aún no estoy aquí. Lo que estás viendo de mí es solo una
proyección holográfica. Hasta hace un tiempo sólo habíamos logrado traspasar
materia en cantidades muy pequeñas. De hecho, la botella con la droga que has
bebido, estuvo hace pocos minutos en mis manos.
-Bien, hagamos un alto. Aún no me ha dicho ¿Qué tengo que ver yo con toda esta
historia?
-Es cierto, te debo una disculpa además de la explicación. Verás. Como director
de un grupo de investigación científica, he sido designado para llevar a cabo
la primera experiencia de transporte de un ser vivo de mi plano
al tuyo. Nuestras investigaciones han demostrado que esto sólo es posible si
de ambos lados pasan idénticas cantidades de masa al mismo tiempo. De tal manera,
se reducen las posibilidades de que se produzcan desequilibrios o perturbaciones
que destruirían sin duda ambos cuerpos.
-Sigo sin entender qué parte me toca...
-Estimado amigo. Durante un tiempo estuvimos buscando un sujeto del otro lado
cuya masa fuese exactamente igual a la mía y que estuviese dispuesto a colaborar
en el intercambio. Allí fue donde tuvimos conocimiento de tu existencia y comenzamos
a estudiarte. Al fin, elaboramos un plan para ponernos en contacto contigo.
Por supuesto, para ello contamos con la colaboración de Marna...
El nombre de aquella mujer me golpeó como un puño en el rostro. Por un momento
creí que la sucesión de imágenes que se iban proyectando en mi mente, lograrían
enloquecerme.
El tipo intervino a tiempo.
-Omar, Lo que estuviste viendo durante todo este tiempo fue una proyección holográfica
de Marna. No lo consideres cruel de nuestra parte. De alguna manera teníamos
que atraer tu atención. De todos modos, tengo que aclararte que Marna sí existe.
Ella forma parte de mi equipo de investigación y fue quien se ofreció como voluntaria
para contactarte.
-¿Ella esta allí con usted?
Algo se movió en un punto situado a mi izquierda. Por un momento pareció como
si un trozo de la pared se tornara borroso y comenzara a girar. No puedo decir
cuanto duró el efecto, pero cuando concluyó, la figura de una mujer enfundada
en una especie de overol, apareció ente mis ojos.
-¿Marna?
Ella sonrió y levantó la mano a modo de saludo.
-Aún no hemos podido desarrollar una comunicación múltiple -intervino Hamed-.
De todos modos ella puede escucharte y te aseguro que está ansiosa por conocerte
en persona.
La lucha en mi interior se hizo caótica. Naufragué en un mar de interrogantes
y respuestas fallidas, de temores y deseos apenas reprimidos.
-¡Omar! -Hamed parecía tener la facultad de intervenir en el momento preciso-.
Te estoy ofreciendo la posibilidad de hacer una enorme contribución a la ciencia.
Además debes considerar lo que significaría para ti un contacto con una civilización
mucho más avanzada que la tuya. Podríamos ofrecerte todos nuestros conocimientos
para que los compartas con tu gente.
Si lo deseas, puedo generar una puerta aquí a mi lado para que pases
al mismo tiempo que yo.
-Hamed, hay algo que no logro comprender. Si su civilización es tan avanzada,
se supone que podrían arrebatar a cualquier persona que necesitaran para hacer
el intercambio. ¿Para qué tratar de convencerla?
-Estimado amigo, nuestros códigos de ética no lo permiten. Además, hay ciertas
cuestiones técnicas que no comprenderías.
-Pero... yo no puedo dejar todo esto... mi vida está aquí...
-Y lo seguirá estando. Este intercambio sólo será transitorio. Durará el tiempo
suficiente como para que yo pueda hacer una serie de comprobaciones en tu
lado y luego cada cual regresará a su plano. Además... -hizo una pausa estudiada
a la perfección- también está Marna...
Volví a mirar a la mujer. Seguía allí. Imperturbable. Una brisa suave movía
su pelo hacia atrás formando un remolino de colores ambarinos . Parecía absorta
en algún lejano pensamiento. Sus anteojos circulares le daban un aspecto de
intelectual aniñada. Su labios eran carnosos e invitaban al roce...
Algo entonces se despertó entre los pliegues de mi conciencia. Por una fracción
de segundo me vi proyectado hacia atrás en mis pensamientos. Las imágenes se
fueron sucediendo en forma retrospectiva hasta llegar a su rostro y más puntualmente
a sus anteojos...
¿Acaso no provenía de una civilización mucho más avanzada que la nuestra? ¿Cómo
podía ser que aún usaran tales accesorios para corregir defectos visuales?.
Se suponía que ya debían haberlos abandonado mucho tiempo atrás, tal como estaba
comenzando a ocurrir en nuestra civilización...
-¡Omar! ¡Omar!
La voz de Hamed retumbó en mi interior.
-El tiempo se acaba. No puedo mantener estas puertas abiertas indefinidamente.
Es necesario que pases...
-¡Hamed! -alcancé a gritar, esta vez a viva voz.
La superficie ondulatoria que se abrió a mi lado comenzó a crecer hasta alcanzar
mi tamaño. Los bordes parecían vibrar en una secuencia de tonalidades azuladas
de una belleza imposible de describir. Eché una mirada a Hamed, luego una a
Marna. Permanecían inmóviles, con la mirada perdida en el vacío. La superficie
comenzó a emitir un sonido sibilante, apenas audible. Por un momento pareció
que comenzaba a rotar ganando cada vez mayor velocidad. Las imágenes de Hamed
y Marna comenzaron a hacerse más borrosas. Recuerdo que cerré mis ojos antes
de saltar. Cerré mis ojos y apreté fuerte los dientes. Al fin, lo hice.
Aquel fue mi tercer error.
No bien hube atravesado la superficie me encontré rodeado de una bruma espesa
y pegajosa. Pude observar la habitación donde me encontraba un momento antes.
Parecía como si la estuviese viendo a través de un cristal deformante. Al otro
lado alcancé a distinguir la figura de Hamed.
Estaba de pie, con una mano en alto y la sonrisa tallada en el rostro.
Busqué a mi alrededor algún punto de referencia, pero no pude hallarlo. Claro,
tampoco encontré a Marna.
Entonces lo supe. Supe que mi tercer y último error se había consumado. Lo supe
cuando escuché la carcajada de Hamed, coronando su última frase.
-¡Ah, amigo! ¡y recuerda que somos especialistas en hologramas!
(c) Daniel Aloisio
|
Liter Area Fantástica (c) 2000-2008 Todos los derechos reservados
Webmaster: Jorge Oscar Rossi |
|