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ÉXTASIS

(Segunda Parte)

(vamos a la primera parte)

 

por Carlos Gardini

 

-Parece que todos tienen su historia -rezongó Durán.

-¿Tú no? -preguntó Milena cambiando de tono, con un español entre castizo y cascado.

-No, yo no -replicó Durán con despecho, pero también con dolor, porque sabía que era cierto. No tenía historia, o su historia no valía la pena.

Pulsó el control remoto del televisor. En la pantalla pasaban una danza tribal; un documental del National Geographic, o un video de rap.

 

Perseo había estudiado el arte de la escultura con los maestros de su tierra. Lo habían considerado un discípulo ejemplar, y había hecho estatuas para los templos de sus dioses. Después su tierra fue invadida por extranjeros. Siendo un ciudadano, tuvo que empuñar las armas. En las batallas, lo que más se cuidaba eran los ojos y las manos. Tuvo que viajar a comarcas exóticas que estaban muy al este de su patria. En sus ratos de ocio, tallaba piedras o maderas para sus camaradas. No sentía resentimiento, porque creía cumplir con su deber. En el oriente, un mago capturado le reveló sus secretos a cambio de la fuga. Perseo no lo consideraba una traición, porque en ese sabio no veía a un enemigo. Pero cuando años más tarde regresó a su patria, su gente notó que algo había cambiado en él. Sus nuevas estatuas resultaban ofensivas, porque en ellas no predominaba el sol de la armonía sino la noche del caos. Los colegas que codiciaban su puesto y envidiaban su talento tramaron intrigas para desacreditarlo. Al fin las autoridades lo desterraron, acusándolo de practicar un arte que corrompería a la ciudad. Vagó de isla en isla, y al fin llegó a la nuestra en el único barco extranjero que habíamos visto en más de veinte años.

-El mago me enseñó a plasmar el alma de una persona en una estatua. De ese modo, cuando la persona muere, sigue viviendo en la piedra.

-¿Lo has intentado alguna vez?

-Esta es la primera. El mago me advirtió que no derrochara ese poder, que buscara a la persona indicada. Cuando soñé con Milena, supe que la había encontrado -dijo, siempre nombrándome como si fuera otra.

-¿Y no has pensado en hacer tu propia imagen?

-No, salvo por esto -dijo, señalando el falo de piedra. Se animaba a contármelo porque me amaba, pero sentía vergüenza porque lo había sorprendido en un arrebato de debilidad masculina, o en un alarde de vanidad.

-No está mal para empezar -bromeé-, pero quisiera que también te esculpieras de cuerpo entero.

-Sería un acto de vanidad suprema -dijo.

Me contó la historia de un hombre llamado Narciso, que se había ahogado en un estanque por enamorarse de su reflejo.

-Pero no sería para mirarte, sino para que yo te mirase -respondí.

-Está expresamente prohibido. Confieso que lo intenté, pero mis manos se volvían torpes cuando trataban de imitar mi propia imagen -dijo Perseo. Y agregó con amargura-: La magia que me enseñaron tiene su propia lógica, aunque mi gente no quiso comprenderlo.

En cambio, me dijo, había tallado un anillo de piedra con su nombre. Si algo le pasara alguna vez, si muriese, una chispa de su espíritu perduraría en ese anillo. Si un hombre de carne usara alguna vez ese anillo, se transformaría en una estatua de Perseo donde él reviviría.

-¿Sería una estatua de Perseo?

-Sería una estatua de tus deseos más profundos.

Me mostró el anillo de piedra, lo puso en un dedo de mi estatua.

Ese hombre me había revelado mi cuerpo y me había confiado su espíritu. Decidí no regresar a la aldea, aunque mi gente me odiara por convivir con un extranjero.

Nuestra felicidad no duró demasiado. El mar, que durante tanto tiempo nos había aislado de las zozobras del mundo externo, un día nos traicionó. Llegaron piratas buscando riquezas que no encontraron. Los tesoros de la ciudad antigua no tenían valor para ellos, pues no había metales preciosos ni gemas. Consiguieron alimento, pero eso no los aplacó. Arrasaron las aldeas, dejando un tendal de muertes y vejaciones. Subieron a la casa del cerro y destruyeron las estatuas, todas salvo la mía, que miraron con supersticiosa reverencia. Apuñalaron a Perseo, intentaron violarme. Me resistí y uno de ellos me acuchilló. Mientra sus compañeros lo insultaban por su torpe precipitación, sentí que mi cuerpo se endurecía.

Pero mi cuerpo no se endurecía, sino que ahora mi cuerpo era la estatua.

Vi mi propia muerte con mis nuevos ojos, mis ojos de piedra. Me vi desangrar, me vi morir, vi morir a Perseo, todo mientras gritaba sin voz con mi garganta de piedra.

Dos o tres piratas me cargaron en hombros y me llevaron al barco. Mientras navegábamos mar adentro, vi desde la cubierta la ciudad antigua. Recordé sus toros, sus cortesanos y sus dioses. Recordé la ciudad en miniatura que Perseo había tallado para mí cuando era niña, y la devoción con que yo había explorado las dos ciudades. Quise llorar, pero no podía derramar lágrimas. Aun la piedra, en su perfección, tenía sus limitaciones.

El anillo con el nombre de Perseo era mi único consuelo en mi obtusa inmortalidad.

 

-Inmortalidad -dijo Durán. El tono no era burlón. Miraba el piso como si la palabra estuviera escrita en la alfombra.

Alzó los ojos. Milena continuó con la historia de su vida y la historia de su muerte.

 

En el barco aprendí a experimentar poco a poco mi vida de piedra: oídos de piedra, ojos de piedra, carne de piedra. Todo estaba cerca pero estaba lejos. Era una vida más pura, más lúcida, pero también una vida más muerta. Los piratas dejaron la estatua en cubierta, y durante el viaje la expusieron a injurias y vejaciones. Eran gente embrutecida por los combates y las penurias. Admiraban en la estatua mis curvas femeninas, lo cual quizá fuera un halago, pero no apreciaban la magnitud de la belleza que Perseo había creado con sus mágicas manos.

El tiempo se deslizaba como un sueño. Los siglos transcurrían en segundos, que a la vez eran horas, que a la vez eran siglos. La pasión por Perseo hacía vibrar mi carne de piedra como si aún circulara sangre por mis venas. Oía las voces, y asimilaba los idiomas. Veía los contornos, y distinguía las formas.

El mundo era una sucesión de borrones y murmullos.

Los piratas fueron capturados y ejecutados por el señor de una isla, que me llevó a su palacio. Sus costumbres eran escandalosas para una aldeana como yo, pero lo hubieran sido aun para un artista, viajero y soldado como Perseo. Usó mi belleza como adorno para sus banquetes y orgías. Años o décadas después fue derrocado por cruzados, quienes me guardaron sin mayor ceremonia en un depósito. Los cruzados fueron desplazados por musulmanes, de cuya existencia me enteré cuando vinieron a echarme una ojeada, aunque no me sacaron del depósito. Los musulmanes fueron reemplazados por nuevos cruzados, gente ruda y bárbara que a su modo me admiró, hasta que la presencia de los sacerdotes los obligó a abandonarme entre unas ruinas. Los sucedieron españoles, genoveses, turcos, venecianos. Un artista me descubrió entre las ruinas. Ponderó mi belleza, prometió que me restauraría, pero al examinarme descubrió que estaba intacta y juró que había magia en la piedra. Fui a parar a un palazzo de Venecia, desde donde vi una gran fiesta con fuegos artificiales cuya luz bañaba a la muchedumbre que miraba desde las góndolas. Desde allí las tropas napoleónicas me llevaron a una residencia francesa, donde fui admirada por un noble que me llamaba Merveilleuse. Sus descendientes me ocultaron en un sótano por impúdica. Con el tiempo un oficial alemán me descubrió en el sótano y prometió -sin saber que yo oía y entendía- llevarme a su casa de Berlín. Cuando los aliados desembarcaron en Francia, cambió de planes y decidió llevarme a Sudamérica, junto con otros tesoros, otros secretos y otros fugitivos. Torpedearon el barco frente a estas costas, y los últimos sonidos humanos que oí antes del hundimiento fueron insultos en alemán contra los ingleses. En el fondo del mar, conocí un mundo más silencioso pero igualmente turbulento. Observé cómo los peces devoraban los cadáveres, y cómo otros peces devoraban a esos peces.

Después de tantos siglos, noté un cambio en mí. El agua me estaba ablandando. Recordé que la magia de Perseo tenía su lógica. El agua no ablanda la piedra, pero esta piedra era una prolongación de mi carne. Mis carnes de piedra recobraron su flexibilidad, pero la piedra de mi carne impidió que me ahogara.

Era como desentumecerme. Un día pude bajar la cabeza, mirar el anillo, articular el nombre de Perseo. Otro día pude mover los dedos. Recobré la imperfección de la carne. Nadé, salí a la superficie. Llegué a una playa. En la playa había grupos de bañistas. Encontré un bolso con ropa y lo robé. Caminé durante días. Pensé durante días.

 

-Ahora quiero pedirte algo -dijo Milena.

Durán se había levantado del sofá. Estaba de espaldas a ella, mirando el mar. Había anochecido. El vino chileno se había terminado. Los nubarrones destejidos mostraban retazos de cielo estrellado. El estéreo aún repetía el disco de Thelonius Monk. Durán miró el oscuro Atlántico y pensó en el luminoso Mediterráneo. Miró el teléfono y pensó en llamar a la policía: En casa tengo una loca que se cree una estatua.

Dio media vuelta.

En el televisor se veían cuerpos lustrosos que se revolcaban. Una pelicula erótica, o una de artes marciales.

Milena estaba sentada a la luz del fuego. Su tez parecía más terrosa que antes. No, terrosa no. La palabra era pétrea. El lustre de la tez evocaba la textura del anillo que llevaba en la mano.

No parecía dudar de la credulidad de Durán, ni parecía tomarle el pelo. Estaba tan loca que ni siquiera pensaba que no pudieran creerle. Durán le preguntó qué quería pedirle.

-Me estoy endureciendo de nuevo -dijo ella-. La carne lucha contra la piedra. Ya siento la dureza en mis venas. Pronto volveré a ser una estatua. La piedra vencerá con su perfección redentora.

Durán suspiró, resentido con la mala pasada que le había jugado la suerte. Dios, si existía, no había querido desperdiciar un milagro en él. Había preferido hacerle una broma.

-¿Y yo qué puedo hacer?

-Necesito tu cuerpo -dijo ella.

Antes de oír esa historia, Durán habría dado cualquier cosa por oír esa frase. Ahora le causaba estupor, miedo.

-Por favor -dijo ella, levantándose. Hablaba con voz más cascada. Era como si las palabras crujieran en cada frase.

Se quitó el anillo, se le acercó. Durán notó que los garabatos del anillo no eran garabatos. Eran letras griegas. No leía griego, pero cualquiera que hubiera estudiado geometría elemental reconocía una pi.

-Necesito tu cuerpo para que seas Perseo. Antes de volver a ser una estatua, quiero tener conmigo la estatua viva de Perseo.

Tal vez lo mejor era seguirle el juego. Dejarse poner el anillo, hacerle creer que era Perseo. Y tal vez sí, llevársela a la cama. Una mujer era una mujer, aunque estuviera chiflada. No le haría mal a nadie, tal vez la hiciera feliz, y a él no le vendría mal un desahogo.

-Ni siquiera va a dolerte -dijo ella.

Era una broma, pero Milena era tan seria que lo desconcertó. También lo desconcertó al sonreír. No había sonreído en toda la noche. Con la sonrisa, la cara de Milena crujió. Crujió como piedra.

Durán sintió pánico.

Le golpeó la cara, la apartó de un empujón.

Milena cayó al suelo. El anillo cayó al suelo.

Durán, aterrado, notó que la mano le dolía como si hubiera golpeado cemento.

-Tu cuerpo debe ser mío -dijo ella-. De Perseo.

Durán retrocedió.

-No -dijo.

-Tu cuerpo morirá. Se lo comerán los gusanos -dijo Milena.

Sí, pensó Durán. Se moriría, se lo comerían los gusanos, pero mientras tanto tenía su buena jubilación, sus rentas y su casa frente al mar. Nadie le quitaría sus cosas. Se había deslomado toda la vida para conseguirla. Era el rey de la creación. Tenía rentas, propiedades, y en el pueblo todos reconocían su camioneta. Era libre, ¿o no? Claro que era libre. Era don Durán. Podía pasarse horas y horas escuchando sus estúpidos discos y podía aburrirse horas y horas mirando la estúpida arena y podía esperar meses y meses a que sus hijos lo visitaran para recibirlos con estúpidos reproches.

Sintió ganas de llorar. Lloró. Él no tenía ojos de piedra.

-¿Qué ganaría yo? -dijo, sin creer lo que decía.

Milena se levantó, recobró el anillo, se desnudó. Era cada vez más piedra y cada vez menos carne, pero ahora la piedra adquiría un lustre que era deslumbrante, una textura más apetecible que la de un cuerpo de carne.

-Podrías tenerme -dijo Milena.

Durán sintió una erección, la primera en meses.

-Serías Perseo -dijo Milena.

Tendría una historia, pensó Durán. Dejaría de ser don Durán, don nadie.

-No -dijo. Pero pensó que no tenía nada mejor que hacer. No esperaba una visita del ministro de economía, ni tenía una cita con Ellen Barkin.

Milena se le acercó, anillo en mano.

Durán iba a golpearla de nuevo, pero no pudo.

-Aquí no -dijo-. Conozco un lugar mejor.

Le tomó la mano, sintió su dureza de piedra, la llevó hacia la puerta. Milena lo seguía, más viva que nunca. Salieron a la medianoche, y desde la casa llegaban los acordes de 'Round Midnight. La llevó hacia unos matorrales que había en los médanos, un sitio desde donde se veía el mar. Una luna azul flotaba entre los cerros de nubarrones que cubrían el horizonte.

Milena se acostó de espaldas en la arena. Durán se desnudó, sintió vergüenza de su cuerpo fofo, sintió frío. El frío le encogió los testículos. Perdió la erección.

Le pidió el anillo a Milena, se lo calzó en el dedo.

Fue como si le hubieran inyectado hormigón en las venas. El cuerpo se le endurecía. Recobró la erección. Ya no estaba fofo. Tenía el porte de un dios, y Milena observaba fascinada su transformación.

Se inclinó sobre ella, penetró ese cuerpo de piedra con su cuerpo de piedra. Aún era Durán, pero ya era Perseo. Recordó su muerte, recordó sus estatuas, recordó la isla, recordó sus sueños con Milena, recordó su destierro y recordó su magia. Era Durán, era Perseo, era Milena, porque su piedra se fusionaba con la de ella, era ella.

Durán pensó en lo que dirían los vecinos cuando vieran esa estatua de dos amantes, Perseo pensó en el prodigio de su resurrección, Milena pensó en su felicidad recobrada.

Milena recordó las palabras de Perseo: una estatua de tus deseos más profundos

Sus deseos más profundos eran como latigazos eléctricos. Espasmos vibrantes le barrían los músculos de piedra. Evocó la ciudad antigua de su isla y vio que Durán, que era Perseo, también era un toro, y oyó que su gemido de piedra era un bramido. Vio la imagen que serían: piedra y carne, mujer y toro.

Poco a poco cesaron los pensamientos. Sólo quedaron las emociones, y un movimiento que era inmovilidad.

En ese éxtasis triplicado, la piedra era más perfecta que la carne.

(c) Carlos Gardini, 1996

 

 

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