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EL EXTRAÑO
Por Hugo Aqueveque
Desperté de sobresalto en el sofá, acosado por un opresor presentimiento. Ahí
estaba él, sentado frente a mí en un sillón. Mirándome fijamente. Eso ya no
me asustaba, muchas veces lo hizo, muchas veces salí de mis sueños y lo encontré
observándome absorto, admirado. No sé cómo entró a mi casa, nunca lo sabía,
yo no lo invitaba y él no pedía permiso, sólo aparecía. Jamás me molestó aquello
ni tampoco le pregunté por qué lo hacía, ni siquiera cuando lo hallaba en mitad
de la noche.
Esta vez su expresión es distinta, no tiene esa postura segura ni aquella sensación
de paz interior que lo caracteriza, su semblante es angustiado. Algo le ocurre,
y presumo que me lo contará pronto.
Lo conocí hace mucho, perdí la cuenta ya, pero me parece que desde niño ha estado
rondando mi entorno. En el vecindario daba que hablar por su aspecto excéntrico,
pero se acostumbraron al poco tiempo. Él es extraño. Demasiado alto, delgado
como un mástil, y tan pálido como la primera hoja en blanco de un libro nuevo.
Sus ojos llaman la atención, semicerrados y siempre inyectados en sangre. Lo
demás es negro, sus ropas, zapatos y su pelo. absolutamente negros.
No sabemos su nombre ni donde vive, por lo general en nuestro círculo de amistades
nos referimos a él como "Jonathan", un nombre simbólico que le di para llamarlo
de alguna manera. No habla con nadie, muy raras veces abre la boca, pero siempre
está con nosotros. En las reuniones, en los paseos, en el teatro, y hasta en
la guerra. aunque en bandos contrarios. Él fue quien derribó mi aeroplano en
la batalla de Château-Thierry en 1918 cuando fui piloto del ejército Aliado.
Fue una visión fugaz pero lo reconocí en el caza alemán que me disparó. Qué
extraño, nunca llegamos a hablar de aquello, y más curioso aún, es que no me
parece que sea alemán ni menos un simpatizante de las ideas nacionalistas de
las potencias del Eje, su rostro afilado le da un aspecto más bien gitano.
Con los años llegué a acostumbrarme a su presencia impregnada de acontecimientos
fabulosos, acontecimientos que a cualquiera pudieran admirar, pero que a su
lado parecen cotidianos. Es como un magneto que atrae hechos fantásticos o,
en el mejor de los casos, inexplicables, él no es un mago ni un brujo, las cosas
sólo ocurren justo cuando él está presente. ¿Coincidencia?, no lo sé, jamás
lo sabré. Cuando estuve afligido por aquella decepción amorosa que me quitó
las ganas de vivir, me ayudó, conversamos largo, necesitaba un amigo y él se
puso en su lugar, a pesar de su distancia y frialdad, creo que era lo más cercano
a uno. Caminamos por la arena de una playa mediterránea de la costa francesa,
aquel día, bajo el ocaso, habían algunos niños aún chapoteando en el mar. Jugaban
con un objeto oscuro y grande. Afiné mi vista, pensé que se trataba de un par
de delfines, pero luego me di cuenta que eran tiburones, dos enormes tiburones
revolcándose con los niños casi en la orilla de la playa. Jugando, como si se
tratara de mascotas domésticas y amaestradas. Moviendo sus aletas y filudos
hocicos entre las risas infantiles. Pero en compañía de "Jonathan" eso no me
asombró. Como tampoco asombraba a la gente su figura extravagante y misteriosa,
ni su ropa anticuada y su caminar ligero, casi levitando. Su rostro no es agradable,
es más bien feo, de una fealdad maliciosa, tiene los pómulos muy marcados y
los caninos tan pronunciados que parecen colmillos, y al hablar le dan una expresión
bestial a su rostro. Sin embargo, "Jonathan" siempre está en compañía femenina.
Ellas lo siguen, sucumben a su penetrante mirada, en las reuniones y fiestas
es común que él desaparezca por alguna oculta puerta con una o dos hermosas
damas de alta sociedad. Muchas veces ha destrozado las galantes y varoniles
pretenciones nuestras, él se nos adelanta, pero eso no nos incomoda, sólo nos
cambia los planes, además sus relaciones son fugaces. En una ocasión se fue
con todas las mujeres presentes, fue un hecho muy especial, no sólo por el éxodo
masivo de ellas. Ocurrió en la lujosa casa de los padres de mi buen amigo René,
ya hace una década, disfrutábamos una cordial velada de convivencia universitaria,
y de pronto una de las féminas gritó, y al aproximarnos para ver qué sucedía,
descubrimos entre los almohadones de un fino sillón una araña del tamaño de
una mano. Luego aparecieron más, y más, no sabíamos de donde salían. En minutos
la sala se repletó de aquellos peludos arácnidos, estaban en el piso, en el
techo, en las cortinas, en las mesas, en las ropas, por todas partes, fue una
invasión. Cuando mi amigo René, entre los gritos histéricos de las damas, intentó
aplastar a una, "Jonathan" lo detuvo, y nos dijo, al percibir nuestra desaprobación,
que no debíamos matarlas, que las arañas eran el símbolo del destino, y matar
una araña era detener ese destino, estancar nuestras vidas, que el hilo que
tejían era el nexo que nos unía al futuro -de esos esotéricos matices eran todos
sus discursos-. Comprendimos el mensaje (o pretendimos comprenderlo), y las
enormes arañas esa noche vivieron, y entre risas y comentarios, desaparecieron
sin que lo notáramos, así como desaparecieron las señoritas presentes junto
a "Jonathan". Las botellas de brandy nos consolaron.
Lo llegamos a considerar un amigo, y algo comparado a un maestro espiritual
o un filósofo de muy pocas palabras que aparecía y desaparecía sin que lo notáramos,
que andaba entre nosotros como un fantasma, muchas veces desapercibido, y otras
veces, las pocas, atrozmente evidente, pero nunca nos hizo mal, al contrario,
su presencia nos infundía una serenidad armoniosa. De esa forma mágica lo vi
aparecer en mi dormitorio en varias ocasiones, cuando me despertaba una pesadilla
a medianoche o al levantarme por la mañana. Lo encontraba sentado en alguna
silla observándome, concentrado, como una madre vigila el sueño de un niño demasiado
pequeño y frágil. Ahora lo hallé de esa misma manera, en la sala. Debí quedarme
dormido en el sofá mientras leía un libro. Tenía en la solapa de su chaqueta
negra una notoria mancha de sangre a la que no le di mayor importancia, pero
la expresión intranquila de sus facciones me llamó la atención
-¿Qué le ocurre?- le pregunté despejándome los ojos con los puños.
-Lo que siempre me ha ocurrido, nada más- fue su desganada y ambigua respuesta.
-¿Hay algo que pueda hacer por usted, mi amigo?- dije con preocupación, mientras
me inclinaba para tomar un cigarrillo desde la petaca sobre la mesita de la
sala.
-No puede. No hay nada que usted ni nadie pueda hacer- estaba derrotado, cabizbajo,
sus maneras eran torpes y tenía un estilo poco decoroso en su postura.
Encendí el cigarro y agregué con inocente entusiasmo y una mirada de compasión
amigable.
-Cuénteme lo que le ocurre, quizás entre los dos podríamos encontrar ayuda.
-¿Está seguro de querer saber?, ¿está seguro de poder creer lo que tengo que
decir?- sus palabras sonaron cargadas de cierta pizca de rencor o ironía que
no pude determinar con precisión.
-Claro, mi amigo. A usted lo estimo mucho, y no tendría por qué dudar de su
palabra- repliqué tratando de recuperar su confianza.
-Hay cosas que están por sobre la amistad, que están por sobre todas las cosas
que usted conoce o considera ciertas o correctas. La existencia., el espíritu,
la materia, la creación.
No comprendí lo que quería decirme, y se lo hice saber, y él, mirándome piadosamente,
como a un niño sin discernimiento, replicó.
-¿No me entiende?. menos va a entender lo que me pasa. Yo no existo, colega
-cuando usaba esa palabra yo lo asumía a nuestras ocupaciones en la guerra;
nadie le conocía una actividad concreta-. Lo que ve usted aquí sentado en su
sala no es una persona ni un ser, es sólo una visión, ¿qué le parece la noticia?.,
dígalo ¿me cree loco, no es verdad?
Pensé que hablaba en forma metafórica, pero al mirar sus ojos rojos capté la
sinceridad y objetividad de sus palabras. No logré dar crédito a lo que me decía,
no podía, quizás su mente estaba alterada, y se encontraba atravesando por una
fugaz pérdida de cordura. Me incomodó mucho su afirmación, y moviéndome nervioso
en el sofá, dije contrariado.
-¿Una visión?, ¿qué me quiere decir?, yo lo veo, lo escucho, lo puedo tocar,
lo puedo oler, lo puedo hasta asesinar, y nadie puede asesinar lo que no existe.
-Se puede, camarada, claro que se puede. Yo soy un sueño, soy producto de la
arbitraria imaginación de un durmiente. Todos aquí lo somos, pero yo pude darme
cuenta, porque sólo yo soy el producto de una fantasía, sólo yo no tengo pasado
ni memoria. Usted y sus amigos son verídicos, ustedes son un recuerdo de entes
de carne y hueso, reflejos de personas reales, de seres con un alma, que después
de acabado el sueño seguirán viviendo, no un invento como yo, un ser ficticio.
Es terrible, he vivido pensando, temiendo, que mi creador despierte y me quite
la existencia sin alma, que algún nocturno ladrido de perro lo saque de su sueño,
que un sobresalto le espante el descanso, que un terremoto lo mate y en consecuencia
me mate a mí.
-No puedo creer lo que me dice, es asombroso. pero dígame, si usted es un sueño.
si todos somos un sueño ¿por qué hemos vivido tanto tiempo?, yo a usted lo conozco
desde siempre, ¿acaso quién nos sueña duerme eternamente?
-Un sueño, mi amigo, puede durar un minuto, pero ése es el tiempo en que se
duerme, el tiempo real en la existencia del soñador, no obstante, en ese sueño
puede transcurrir una vida entera si se quiere, una vida de fantasía en un minuto
terrenal. El tiempo onírico es extremadamente relativo y muy diferente al que
usted conoce, véalo como otra dimensión distinta, como una desconocida quinta
o sexta dimensión totalmente subjetiva, que no se rige por las leyes convencionales
de la física y la matemática.
-¿Pero, cómo puede saber todo eso?, ¿cómo determinó que usted es un sueño. que
todos somos un sueño?
-Míreme. ¿Le parezco un hombre normal?, ¿le parece corriente mi aspecto?, ¿soy
lógico?, yo no pertenezco a este lugar, amigo, soy diferente, convénsase, soy
un esclavo, tengo dueño, hago lo que dice mi amo, el que me sueña. Aparezco
y desaparezco de la escena sin quererlo yo, soy un personaje, un prototipo de
un deseo que se ha hecho visual, el protagonista de ese libro que lee usted
no tiene nada que envidiarme a mí, tanto él como yo somos imaginarios, no somos
dueños de nuestro destino, pero a diferencia de él, yo dejaré de existir pronto
y caeré en el más absoluto olvido, sólo seré un recuerdo efímero del soñador,
en cambio, el personaje de su libro puede llegar a ser eterno. He vivido con
miedo toda mi exigua vida, con el miedo de que mi dueño despierte y que me asesine
al hacerlo, cada minuto es una incertidumbre horrorosa, cada minuto me ahoga
más la angustia de morir en cualquier momento. Estoy desesperado, ya no puedo
más, mi paz exterior es aparente, por dentro estoy destruido en absoluto, quebrado,
sin alma y sin voluntad.
-Lo compadezco mi amigo, me encantaría poder ayudarlo, si hubiera algo en este
mundo que pudiera hacer por usted, lo haría sin dudarlo, pero sospecho que tiene
usted razón, no hay nada que pueda hacer, es lamentable, pero lo que me cuenta
apenas lo puedo comprender. ¡apenas lo puedo creer!
-He decidido terminar con esto- "Jonathan" se puso de pie cuan largo es, traía
sujeta a sus hombros una larga capa negra-. Llámelo suicidio si usted desea,
pero decidí despertar a mi dueño. He logrado aprender a sugestionarlo, de alguna
manera aprendí a conducir su sueño, cosas sutiles, pero suficientes para provocar
en él desviaciones en la historia que va creando para mí, desviaciones que pudieran
despertarlo y terminar con todo esto de una vez.
-¡¿Cómo?!. ¿usted puede intervenir en el sueño de su creador?
-Por supuesto, he hecho algunos experimentos para confirmarlo y me han dado
resultado, en este preciso momento lo estoy haciendo- y "Jonathan" sacó un revólver
desde uno de sus bolsillos, un revólver completamente cromado, reluciente-.
Sé como despertarlo. Un hecho violento lo hará abrir los ojos, un hecho aberrante
que él mismo está provocando en su cerebro sin darse cuenta. Y usted, mi amigo,
será testigo.
-¡¿Pero qué va a hacer con esa arma?!, ¿no estará pensando matarse?, por favor,
no lo haga, piénselo, quizás usted esté equivocado.
-No lo haré mi amigo, no sacaría nada con darme un tiro, en este sueño yo soy
inmortal - sus caninos se asomaron en su boca y los vi más bestiales que nunca,
terroríficos, y apuntando sorpresivamente el cañón hacia mí, añadió-. Le dispararé
a usted.
-¡¿Qué dice?!, ¡por Dios!, es una broma, ¿no es cierto?
No hubo respuesta, sólo el sonido estruendoso de dos disparos que sin preámbulo
dieron de lleno en mi pecho, a la altura del corazón. Caí de rodillas al piso,
agonizante, asombrado. Con experta diligencia "Jonathan" acomodó el acero caliente
en mi frente, el olor a polvora era asqueroso y el humo asfixiante, y me dijo
con una lágrima corriendo por su mejilla.
-Perdóneme. Yo no hago esto, es otro- y presionó el gatillo nuevamente.
Un reflejo espasmódico me hizo darle una patada a la mesita en medio de la sala,
escuchaba a lo lejos los ecos del impacto. Me encontré sentado en el sofá, con
el libro abierto en mi regazo. Mi cuerpo sudaba, la luz del sol entraba a raudales
por la ventana quemándome las pupilas. Toqué mi pecho a ciegas, apresurado,
con miedo, nada había, nada de sangre ni dolor. Recorrí mi cabeza con las dos
manos, y aparte de la humedad corporal, todo era normal. Respiré aliviado aún
sin comprender, me incliné hacia adelante para tomar los cigarrillos que estaban
sobre la mesita, y el libro cayó al piso. No pude dejar de mirarlo, quedó abierto
y con la cubierta hacia arriba: Drácula de Bram Stoker, el libro que estaba
leyendo cuando me dormí. Y me di cuenta que, a pesar de tener otro nombre aquí,
"Jonathan" estaba equivocado, él era eterno en esta vida también, viviría en
la consciencia de la humanidad para siempre, nunca sería un recuerdo como lo
sería yo algún día. A pesar de ser ficticio, él era inmortal.
Una leve sonrisa se dibujó en mi seca boca. Siempre quise ser aviador, desde
niño, pero el destino quiso que terminara ahogado entre libros contables, sin
embargo, me reconforto cada vez que sueño que soy un gran piloto, aunque ineludiblemente
me derribe un avión alemán en la última guerra. soñar no cuesta nada.
(c) Hugo Aqueveque,
Estocolmo, 26 de julio del 2001.
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