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FAMILIA DE CADÁVERES

(Segunda parte)

(vamos a la primera parte)

Por Andrés Díaz Sánchez

Alberto volvió la cabeza con fuerza y obligó a Marta a hacer lo mismo.
-¿No hay otra salida? ¿Otra puerta? ¿No podemos saltar por una ventana?
-Estamos en un tercer piso. Nos mataríamos. ¡Espera! ¡La cocina! ¡Comunica con un patio interior donde tendemos la ropa! ¡Hay una cornisa en su fachada, podemos utilizarla para pasar al piso anexo a este! -señaló el cadáver andante, que ya salía al pasillo- Pero... tendremos que enfrentarnos con... con Luís. La cocina se halla junto al servicio.
Alberto miró a Marta, y luego a la sombra que resbalaba y caía de bruces sobre la sangre.
-Esa... cosa nos va a cortar el cuello, como a tu tío... -musitó Alberto, con la boca seca.
El cadáver se levantaba ya, apoyando las manos embadurnadas de rojo sobre la pared. Aún retenía la tijera en su sarmentosa diestra. En la oscuridad, brillaba el acero de la tijera y el líquido que le manchaba ya de pies a cabeza. Marta soltó un gritito y retrocedió de un pequeño salto.
-¡No quiero morir! -graznó- ¡No, por favor!
Alberto se pasó una mano por la frente y tragó una bocanada de aire, como si estuviera ahogándose. Miró en derredor, buscando con la vista. Al fin, tomó un paraguas de punta afilada de un paragüero cercano al taquillón. Se pasó la lengua por los labios y después apretó los dientes.
-Coge tú otro. No estoy dispuesto a que un hijo de puta descarnado me abra en canal
De pronto, sintió ganas de reír histéricamente a causa de lo absurdo de aquella situación. Recordó que en la película de Georges A. Romero los zombies eran derrotados al ser dañados en el cerebro, o lo que quedara de él. Trató de borrar la sonrisa nerviosa que, como un rictus, le cruzaba la cara.
-Clava el paraguas en su cabeza -ordenó-. En los sesos.
Marta le miraba fijamente, anonadada.
-¡Vamos, coño! -apremió Alberto.
Ella pareció salir del trance y agarró un paraguas negro, también de cúspide puntiaguda, con manos tan inseguras que casi se le cayó al suelo.
Luís andaba bamboleándose de un lado para otro. Alzaba las tijeras, apuntándoles con ellas a los dos. Exhaló un largo e insano quejido.
-¿Cuál es la puerta de la cocina? -preguntó Alberto.
-La última en la pared derecha del pasillo. El interruptor está dentro, a la altura de la cadera, a la izquierda. Verás una cristalera. Ábrela. Ahí tienes la cornisa.
-Vale. Voy a cargar contra él. Tú sígueme.
Alberto tomó aire con fuerza y echó a correr, soltando un alarido. Alzó el paraguas, sosteniéndolo como una suerte de pértiga. Recorrió en medio de la penumbra los metros que le separaban del ser, que gritó estúpidamente y lanzó un desmañado golpe de revés con su tijera. Alberto se agachó, pero el arma abrió su frente en un largo corte y el muchacho aulló de sorpresa y dolor. La punta del paraguas se hundió en el entrecejo del ser, con un suave crujido. Debido a la inercia, Alberto empujó al monstruo y ambos resbalaron sobre la abundante sangre del firme. Alberto perdió el equilibrio, intentó agarrarse a la pared desesperadamente y se derrumbó sobre la criatura, golpeándose la mejilla contra las baldosas y haciendo saltar gotitas de un oscuro escarlata.
Se incorporó inmediatamente, sosteniéndose en la pared izquierda para no resbalar de nuevo. La sangre del corte en la frente se le metía en los ojos. Con movimientos nerviosos y notando la salvaje cabalgata de su corazón en las sienes y el cuello, se la quitó de encima con el dorso de la mano.
El cadáver seguía tirado en el suelo. Tenía el paraguas ensartado en la frente. Le salía por la coronilla, empapado de sustancia gris. Intentó levantarse, pero cayó otra vez y de pronto su cuerpo se tornó rígido, inmóvil.
"Romero llevaba razón", pensó Alberto, mientras contemplaba, jadeante y alucinado, el muerto que había vuelto a morir.
-¡Cuidado! -chilló Marta, ya junto a él, mientras señalaba con el índice hacia el frente.
Alberto miró en tal dirección y descubrió dos cadáveres más, surgiendo por negruzco umbral de la cocina. Uno era poderoso, orondo, en otro tiempo una mujer cincuentona. Sus ojos brillaban airados en la penumbra. Había algo en su porte y movimientos que, no obstante la torpeza de sus miembros, sugería una salvaje determinación. Empuñaba en la mano derecha un enorme cuchillo de cocina de aguda punta, un solo filo y cuerpo triangular.
Tras de ella, un segundo muerto viviente, un niño pequeño, un crío de rostro macilento. Tenía en su diestra un cuchillo de mesa de filo serrado y punta aguda, y en la zurda un tenedor, como si acabara de interrumpir su cena. El infante se pegaba a las faldas terrosas de la mujer y sonreía con una boca sin dientes y una mirada de estúpido regocijo.
La mujer muerta alzó el cuchillo y arremetió contra Alberto. El joven se apartó hacia la pared izquierda y el cuchillo picó en el muro, allá donde estuviera un segundo antes su cabeza. El golpe retumbó suavemente sobre la pared.
-¡Mierda! -gritó Alberto, reculó contra la pared, espantado.
-¡Por aquí! -Marta le agarró y tiró de él hacia atrás.
Penetraron en la habitación más cercana del lateral derecho del pasillo. Marta cerró la puerta y echó el cerrojo. Encendió la luz. Alberto, mareado, vio un mosaico compuesto por pósters de grupos de música heavy y thrash metal: Sepultura, Kreator, Pantera, Iron Maiden,... Una repisa a rebosar de cintas de música y discos compactos, un armario, una peluda araña de plástico colgante del techo, un equipo de música de cinco alturas. Altavoces. Una ventana abierta. La suave oscuridad de la noche. Una cama.
Alberto se desplomó en ella, con la mente embotada. Abrió los ojos, pero la sangre volvía a meterse en ellos. Hizo tremendos esfuerzos para no perder el conocimiento y, al final, pareció ganar la batalla. Sin embargo, todo su cuerpo temblaba y el corazón latía en su pecho como una locomotora de caldera a punto de estallar.
Marta se le acerco y limpió la sangre de la herida con una de sus negras y largas camisetas, recién tomada de un cajón. Con ella le vendó con fuerza la frente y esperó unos segundos. La prenda contuvo la hemorragia.
Quedaron inmóviles, mirando hacia la puerta, esperando los golpes, los gritos, las embestidas.
Quietud. Silencio. Tranquilidad.
Tras un minuto de tensa espera, Alberto abrió fuego:
-Joder. Maldita sea. Necesito un cigarro.
Marta lo miró, sorprendida.
-Tú no fumas...
Él esbozó una histérica sonrisa.
-Éste es un bonito momento para empezar, ¿no. te parece?
Marta se levantó, pasó con precaución junto a la puerta y sacó de un cajón de su mesa escritorio un paquete de cigarrillos.
Se lo lanzó a Alberto, quien lo cogió al vuelo. El paquete estaba casi lleno.
-Sólo lo utilizo para los porros -aclaró Marta-. Yo tampoco fumo.
Él no contestó, demasiado ocupado en intentar de no temblar violentamente. La chica le tiró el mechero y después se acurrucó en la pared, con los ojos fijos en la puerta, con los brazos cruzados y estrujados contra el pecho y un puño sobre los labios. Alberto encendió un cigarro, aspiró el humo y tosió estruendosamente. Tenía un aspecto extraño con la camiseta anudada en la cabeza. Tomó otra calada. Volvió a toser, pero menos. Sus ojos enrojecieron y lagrimearon.
-Fumar es la cosa más estúpida que existe -dijo, parpadeando rápidamente. Le sonó estúpido aquel comentario. Marta le miró durante un instante, pero no respondió. Después volvió la vista hacia la puerta. Alberto se tocó la frente con cuidado-. Tiene que ser un corte superficial. Si no, no podría ni hablar. Superficial y aparatoso. Por la sangre.
Expulsó el humo y miró fijamente a Marta. Ésta se había sentado en una silla, frente a él, bastante alejada de la puerta. Temblaba, pero más levemente.
-¿Qué crees que estarán haciendo?
-No lo sé -volviendo en seguida la mirada hacia la puerta.
-Tú los conoces mejor que yo. Al fin y al cabo, son tu puta familia. ¿O me equivoco?
Ella, de pronto, lo miró furibunda.
-Eres un gilipollas -escupió.
-Por supuesto -Alberto se sentó en la cama, clavando su mirada en ella, y le señaló con los dedos en que sostenía su cigarro-. Pero soy un gilipollas que por fin ha visto la luz -miró hacia la puerta-. Ellos deben estar muy enfadados, ¿sabes? Si mi hija o mi hermana me hubiera asesinado, yo tampoco estaría de muy buen humor.
Los ojos de Marta se abrieron como platos. Pero enseguida tomó el control de su facciones. Su cara era una máscara impenetrable.
-Vamos, no te hagas la santita, que no te pega -continuó Alberto-. El que hizo el trabajo fue tu tío, ¿verdad? Demasiada casualidad que tu odiada familia muriera en un accidente de tráfico, siendo él un experto en mecánica. Y resulta que también él los odiaba; o, al menos, a tu madre. Un resentido, según me contaste: ella siempre maltrató al hermano pequeño, desde niños. Había llegado la hora de desquitarse. No sé cuándo fraguaría la idea, pero estoy seguro de que tú también estabas en el ajo. Quizá hasta se lo propusieras tú. Porque estas en el ajo, ¿verdad? Tú lo sabías.
Los labios de Marta se apretaron en una línea fina y afilada, sus ojos despidieron relámpagos.
-¡Basta! -gritó.
Alberto a punto estuvo de retroceder ante el furor de la joven, pero mantuvo la compostura, haciendo un secreto esfuerzo de voluntad. Pegó otra calada, tosió bruscamente, expulsó el humo y después siguió hablando:
-Después, el funeral, unas lagrimitas, y a vivir, que son dos días, ambos libres, en la misma casa, cada uno por su lado.
Alberto observó atentamente el rostro de Marta. Durante unos instantes, sospechó que la muchacha tenía la intención de descuartizarlo. De pronto, mirándola, el joven sufrió una terrible sensación de irrealidad, como si su mente fuera ajena y se alejara de la cama, el cigarro, las paredes, la casa, a pesar de que sus ojos continuaban percibiendo todas y cada una de tales cosas, con perfecta nitidez.
Marta se encogió de hombros y después los dejó caer. En su rostro apareció una cínica sonrisa.
-Pues sí, fue como tú has dicho -dijo-. ¿Por qué no? Ese imbécil me hizo caso. En principio no quería, no tenía agallas, pero yo lo convencí. Él hizo el trabajo sucio, pero la conciencia le podía: llora de vez en cuando, y también se emborracha. Pero no confesará. Aún valoraba su hipócrita pellejo.
-¿Y tú? ¿Tú no tienes remordimientos?
Marta abrió mucho sus ojos.
-¿Yo? Llevaba años deseando sus muertes. Me ahogaban entre todos, me asfixiaban, mi madre con sus órdenes, sus castigos y sus humillaciones, y ellos, mis... hermanitos, me andaban jodiendo día y noche con sus miradas de medio lado, su falsa compasión y sus oraciones por mí. Pero ahora puedo respirar. ¡Ahora soy libre!
Alberto iba a pasarse una mano por la cabeza, pero retrocedió al rozar el improvisado vendaje manchado. Miró hacia abajo, se mordió el labio inferior y negó lentamente con la cabeza.
-La familia feliz... -soltó aire por la nariz con fuerza y sonrió, nervioso- Una madre zombie acompañada por sus hijos, uno de ellos luciendo un paraguas ensartado en su frente, deambulando por la casa; el tío, muerto a tijeretazos mientras cagaba, y la hija, loca perdida, con el idiota de turno, en la habitación, haciendo de todo menos lo que deberían hacer: -la miró con rabia y escupió:- follar.
De nuevo el enojo en los ojos de Marta.
-No hace falta ser tan... impertinente. Ambos estamos en este barco.
-Mira, niña, lo único que mantiene controlada mi taquicardia en estos momentos es mi cinismo. Si me tomare todo esto en serio, simplemente me volvería completamente loco -Alberto se enfureció y tiró el cigarro al suelo-. ¡Además, yo no te pedí que me metieras en tus jodidos asuntos de familia! ¡Por culpa tuya, o vuestra, yo, un inocente que no tiene nada que ver en vuestro reallity show particular, va a ser hecho pedazos por unos cuantos zombies vengativos!
Inesperadamente, ella sonrió, entre nerviosa y divertida. Parecía que el arranque de cólera de Alberto la había calmado.
-¿Cómo supiste lo que había ocurrido en mi familia? Lo del... "accidente", y todo éso.
-Yo qué sé... Conjeturas. Pequeños indicios que me llevaron a formular hipótesis. Durante toda la tarde había algo en ti que me escamaba mucho. Y, ya en el interior de esta casa, éso que me alarmaba se intensificó. Los pedazos estaban ahí y, tras el partido de rugby con tus hermanitos y tu madre, una vez en esta habitación, sufrí una iluminación: quizá fuera la herida en la frente, no lo sé, pero todas las piezas encajaron y el puzzle se resolvió en mi mente.
-Eres un chico muy listo.
Alberto no sabía si aquella fue una respuesta casual o estaba cargada de sarcasmo. Tampoco le importaba. Contestó:
-Lo que debemos hacer ahora es encontrar la manera de largarnos de aquí.
Cogió el paquete de cigarrillos y encendió otro. Ella arqueó una ceja al verle fumar como un carretero y Alberto lo estrujó entre sus puños, furiosamente, y lo arrojó contra una pared.
- ¡Joder! ¡Qué negra suerte la mía! -casi rugió. Clavó sus ojos en Marta, que bajó la mirada- A propósito: ¿cómo coño es posible que, tras dos años de estar muertos, tus familiares se conserven tan bien? Quiero decir, están algo pútridos, pero en realidad no debería quedar de ellos más que las caquitas de los nietos de los gusanos que se los comieron.
-No lo se -murmuró.
De pronto, el rostro de Marta se iluminó. Sus ojos se tornaron siniestros.
-Miento. En realidad, sí lo sé. Fue ella. Mi madre. Su voluntad.
"Era dominante por Naturaleza. Me odiaba porque no lo consiguió conmigo, pero a mis hermanos los tenía controlados gracias a una mezcla de miedo y adoración. Si les hubiera dicho que saltaran por un puente, ellos la habrían obedecido sin vacilar un instante.
Su rostro se tornó pensativo.
-Una vez dijo que si algo le ocurriera a su familia y ella muriera, volvería de la tumba y castigaría a los culpables.
-¿Y por qué ha tardado tanto?
Marta encogió los hombros.
-No lo sé. Quizá haya estado reuniendo la energía suficiente... fuerza mística o algo por el estilo, no tengo ni idea. El asunto es que ha logrado mantener con vida a su familia aún después de la muerte, protegiéndola de la corrupción del cuerpo. Los ha sacado a todos de sus ataúdes. Con su sola fuerza de voluntad. No conocerías la tozudez si no la conocieras a ella. Y todo para vengarse.
-Ya. ¿Y por qué ha tenido que ser precisamente esta noche, cuando yo he venido a tu casa?
-No lo sé. Quizá las estrellas se han alineado de manera especial, o ha pasado un cometa -apretó los labios y meneó la cabeza, haciendo volar su melena ensortijada- No lo sé.
Guardaron silencio durante unos instantes.
-¿Y cómo demonios les venceremos? -preguntó Alberto - ¿,Cómo vamos a matar lo que ya está muerto?
-Tú te has cargado a uno.
Alberto arqueó una ceja.
-Cierto -concedió-. Apuntando al cerebro. Quizá con tus hermanos funcione, pero al mostrenco de tu madre no me enfrento yo ni loco.
-Bueno, habrá que buscar una sol...
Un trallazo. Y por sobre la superficie de la puerta apareció el filo curvo de un hacha. Alberto y Marta saltaron al mismo tiempo. Ella se escondió tras la espalda del muchacho. Miraron la puerta, fascinados y horrorizados. El hacha desapareció. Se escuchó una serie de mugidos incoherentes. Varias voces, estúpidas, cargadas de odio y maldad.
-Como en El Resplandor... -musitó Alberto- Tirarán la puerta a hachazos.
Sentía contra su espalda el cuerpo de Marta, tras la fina camiseta, temblando como un animalillo asustado.
-La muy hija de puta... -dijo ella, con voz trémula-. Fue a buscar el viejo hacha al cuarto trastero. Por éso ha tardado tanto en venir. Ahora entrará y nos matará. Mierda, nos va a matar.
Un grito espantoso. Provenía del pasillo. Otro golpe. La hoja del hacha se mostró hasta el oscuro mango. Había una grieta de la altura de un rostro masculino y adulto junto a la primera, en el centro de la puerta.
-Nunca me libraré de ella... Nunca...
Alberto se volvió hacia Marta. Los ojos de la joven estaban húmedos. Tenía la mirada enloquecida. Sus labios temblaban incontroladamente. La mente de la chica se iba a romper. Abrió la boca y soltó un grito tan agudo que Alberto sintió peligrar sus tímpanos.
-¡No te pongas histérica, joder! -chilló él.
Pero ella le golpeaba el rostro y le arañaba, furiosa, demente, con la mirada clavada en la puerta. Alberto, contagiado, sintió que su propia histeria subía por su garganta en forma de loca carcajada. Gruñó como una bestia herida y golpeó con todas sus fuerzas, la palma abierta, el rostro de Marta. La cabeza de la joven se bamboleó peligrosamente y todo el cuerpo se derrumbó en el suelo.
Alarmado, su agresor se agachó, tomando el rostro femenino entre sus manos.
-Perdóname -dijo-. Lo siento. Pero debía hacer algo. ¿Estás mejor?
La joven tenía la mejilla izquierda en fuego. Lloraba con fluidez, lo cual era buena señal. Pero no sollozaba. Escupió gotas de sangre. Miró a Alberto. A pesar de las lágrimas y el leve atonta miento, parecía haber recuperado la cordura.
-Muebles... -dijo con voz pastosa- Hay que parapetar muebles contra la puerta.
Los ojos de Alberto se iluminaron, y le dio un sonoro beso en la frente.
-¡Claro! ¡Muebles! ¡Una barrera!
Frenético, llegó hasta la cama y la corrió hacia la puerta. Las patas del mueble, al ser arrastradas sobre el suelo, producían un espantoso chirriar.
El trallazo restalló con un tono metálico. El pomo de la puerta se desprendió varios centímetros de la madera.
-¡No! -gritó Alberto- ¡Está pegándole a la cerradura! ¡Si la rompe, podrá entrar!
Marta se levantó y le ayudó con la cama. Entre los dos, la terminaron de correr hasta la puerta.
El nuevo golpe del hacha destrozó la cerradura y la puerta fue empujada brutalmente desde fuera. La cama cedió varios centímetros.
-¡Mierda! -masculló Alberto.
Marta, que había dejado de llorar, se sentó en el suelo, apoyó su espalda contra el lateral de la cama e hizo presión para que el mueble no se moviera.
Alberto no perdió el tiempo que le proporcionaba la joven: tiró al suelo la pequeña lampara y los accesorios de la superficie de la mesilla de noche y la alzó entre sus brazos, como un delgado titán, gruñendo a causa del esfuerzo. Llegó hasta la cama y dejó caer el mueble sobre el colchón. Se escuchó un crujido de somier roto. Marta se separó de la cama. En la siguiente embestida, ésta se separó menos.
-¡La mesa escritorio! -señaló Alberto.
-¡Sí! -contestó Marta.
Tiraron al suelo cintas de música, libros, cuadernos, bolígrafos, adornos y demás superchería y corrieron lentamente el pesado mueble.
Una acometida más y la cama, con la mesilla encima, cedió cuatro centímetros más.
-¡Vamos! -urgió Marta, salvajemente.
Los dos hicieron un penoso esfuerzo y movieron medio metro el pesado escritorio. Si lo unían a la cama, los cadáveres redivivos no podrían mover de ninguna manera la barrera.
Estalló un nuevo golpe. La puerta, la cama y la mesilla sobre ella se corrieron otros seis centímetros. Por el hueco apareció un fino antebrazo, con la piel grisácea, terrosa y agujereada. Después, un cuerpo escasamente femenino, mohoso, delgado y fláccido. Un rostro cadavérico al que le faltaba la mitad inferior de la mandíbula. Por aquel agujero se descubría una lengua colgante y negra que reposaba sobre la garganta. El cráneo estaba calvo, la dureza del huero destacándose por entre los boquetes del pellejo. Los ojos eran globos rebosantes de humores rojizos y amarillentos que casi ocultaban unas oscuras y malsanas pupilas.
Marta gritó. Alberto retrocedió, horrorizado.
-¡Dios Santo! -exclamó, con voz queda.
El cadáver pasó entre puerta y pared, introduciéndose en la habitación. Se movía con energía. Sin embargo, poseía una pobre coordinación y se mostraba algo torpe.
-Es Adelaida, mi hermana mayor -dijo Marta, los ojos desorbitados. De pronto, apretó los dientes y arrugó la nariz, como un animal encolerizado-. ¡Hola, hija de puta! Como siempre, obedeciendo a mamá, ¿eh?
El cadáver tenía en su diestra un largo cuchillo de punta roma y afilada hoja. Lo alzó y emitió algo parecido a un grito hostil.
Las dos hermanas quedaron frente a frente. Alberto miró a Marta, anonadado. La chica parecía haberse enajenado de toda la absurda, grotesca y espeluznante situación, concentrándose tan sólo en un aspecto de ella: en el cadáver andante que trataba de colarse en el cuarto.
-En el fondo, esto es lo que siempre he deseado -siseó la chica- Tú y yo a solas, sin mamá para separarnos. A pesar de toda esa falsa bondad, yo sabía que tú también me odiabas.
Alberto gritó, señalando hacia la puerta:
-¡Otro! ¡Viene otro!
Por el hueco penetró el crío, aquél que viera en la entrada de la cocina. Seguía con el rostro lleno de agujeros, el cuchillo en la diestra, el tenedor en la zurda y aquella expresión de infantil y estúpido regocijo.
-Luego él... -dijo Marta, los ojos clavados en Adelaida- Primero ésta, La Esclava Mayor del Reino...
El talón de Marta tropezó con la lampara de la mesilla de noche. La joven se agachó rápidamente y enarboló el objeto de metal y cerámica, libre de la campana de tela, a dos manos. El cable pendía, inofensivo, latigueando inofensivamente el suelo, y la bombilla aún permanecía incólume en su casquillo.
Adelaida avanzó, a cuatro patas sobre la cama, y lanzó un tajo. Marta lo esquivó echándose hacia atrás. El cadáver golpeó de nuevo, torpemente. Marta, lo eludió con un paso lateral y a dos manos efectuó un revés ascendente, golpeando con el macizo pie de lámpara. El arma impactó en el cráneo con tal fuerza que la mandíbula superior tocó la frente. Los ojos estallaron dentro de sus órbitas, expulsando un humor vio-lentamente oscuro, y el puente nasal se rompió en varios pedacitos. La lengua, sin embargo, seguía pegada a la garganta.
A pesar de todo, Adelaida seguía viva, todo lo vivo que puede hallarse un zombie. Ciega, ejecutaba torpes intentos. Una sádica sonrisa se abrió en el rostro de Marta. La joven ejecutó un nuevo golpe. El pie de lámpara hizo volar, literalmente, la tapa de los sesos de Adelaida, y esparció un cuarto de cerebro por el cuarto. El ser, privado de materia gris, cayó al suelo de lado, clavándose a sí mismo, sobre el escuálido pecho, el cuchillo destinado a su hermana.
-¡Cuidado, Marta! ¡Tu hermano! -advirtió Alberto. Pero la joven estaba tan ensimismada en su venganza que no vio venir al niño.
Marta grito dolorida. Se volvió y vio al pequeño a su lado. Le estaba clavando el tenedor en el femoral derecho. Sobre el pantalón vaquero negro resbaló un hilo de sangre caliente.
Alberto sintió que perdía el control y una violenta ira lo dominaba por completo. De pronto, se acercaba furiosamente al niño. Le asestó una patada con todas sus fuerzas en la cara. La cabeza se desprendió del cuello y dio contra la pared izquierda del cuarto, arrugando uno de los muchos pósters. Después cayó al suelo y rodó, hasta dar con otro muro y quedar definitivamente quieta. A pesar de todo, los ojos parpadearon, el pequeño rostro se contrajo por la furia y la rabia y comenzó a llorar, emitiendo agudos y entrecortados sollozos.
El cuerpo decapitado cayó, sin, sin energías.
Alberto ayudó a Marta a levantarse. Le arrancó el tenedor de la pierna y los dos se retiraron al otro extremo de la habitación.
-Hijo de puta... -decía Marta, su rostro color bermellón.
Contenía con su diestra la hemorragia y miraba hostilmente la cabeza de su hermano, el cual continuaba llorando, enrabiado.
Alberto abrió varios cajones y sacó una camiseta blanca.
-Anuda esto en la pierna -ordenó-. Muy fuerte. Hay que parar la hemorragia.
-Me has salvado -dijo Marta.
Impulsivamente, le besó en la boca y se separo enseguida. Sorprendido, Alberto abrió mucho sus ojos. Estuvo tentado de soltar un comentario, pero se abstuvo, emitiendo en su lugar un torpe gruñido.
Algo crujió sonoramente. El rostro del cadáver materno apareció en el cuarto, intentando colarse por la abertura entre pared y cama. Empujaba furiosamente la puerta, y ésta a su vez la cama. El ser clavó sus ojos sin vida en la pareja. Los dos quedaron súbitamente inmóviles, contemplando al monstruo de ultratumba.
La criatura esbozó una maligna sonrisa con sus labios gordezuelos y despellejados. Continuo empujando y logró colar el brazo derecho en el cuarto. Al parecer, había tirado el hacha, pues en su diestra empuñaba aquel temible cuchillo de carnicero que ya viera Alberto antes.
-¡Va a entrar! -chilló Marta, horrorizada- ¡Hay que hacer algo!
-¡Empujar la cama! ¡Aún podemos aplastar a la vieja cabrona!
Alberto corrió hacia la puerta se sentó en el suelo, apoyó los pies en él y la espalda contra el borde de la cama. Empujó, tensando los músculos a causa del esfuerzo. La cama se corrió violentamente, atrapando contra la pared al muerto viviente. La criatura exclamó algo ininteligible y sonó un crujido seco al partirse varias de sus costillas, aplastada entre puerta y pared.
-¡Ayúdame, coño! -gruñó Alberto, sin dejar de empujar.
El cadáver también ejercía fuerza, y la puerta volvió a abrirse. Marta se sentó junto al muchacho y se le unió en la labor de correr la cama.
-¡Es demasiado fuerte! -masculló Alberto, el rostro empapado de sudor, enrojecido, y además manchado por la sangre que destilaba el vendaje de la frente- ¡Un zombie no puede tener músculos tan poderosos!
-¡No sólo es la fuerza física! -contestó Marta, entre jadeos- ¡Es su voluntad! ¡Ahora que me tiene tan cerca, por nada del mundo me dejaría libre! ¡Éso le da energías!
La criatura chillaba loca, aguda, horrendamente. Continuó empujando, furibunda, mientras con el brazo armado repartía ciegos tajos. Arañó con el filo del arma la pared, cerca del interruptor de la luz. Sus amarillentos ojos se desorbitaron y, en una explosión de violencia, empujó violentamente la puerta, moviendo la cama con la mesilla encima y penetrando por fin en el cuarto.
Alberto y Marta rápidamente se levantaron del suelo y retrocedieron unos pasos, contemplando al monstruo venir hacia ellos dos.
-¡Estamos perdidos! -exclamó Alberto.
Entonces, Marta señaló la ventana del cuarto.
-¡No! -gritó- ¡Bajaremos por la farola! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? Hay una farola junto a esta fachada, tal vez la alcancemos de un salto y podamos deslizarnos hacia abajo por ella.
El cadáver andante rió, soltando grumos de sangre estancada por la boca. Alberto miró a Marta, después la ventana, sita a su izquierda, sobre la pared contra las que sus espaldas se apoyaban. Se fijó también en el equipo de música, junto a su cadera derecha.
-¡Ve tú! -ordenó a Marta. Ella le miró, sorprendida- ¡Vamos, mujer, salta a la farola! ¡Ya te seguiré yo después! -el mentón de Alberto se endureció- ¡Te lo juro!
Marta creyó en aquellas palabras más que en su propio miedo. Libró el paso que le separaba de la ventana y agilmente sacó su cuerpo por el hueco, buscando la mejor posición para lanzarse en pos de la última oportunidad.
Desde donde se hallaba, Alberto no podía ver la situación de la farola. Pero sí a Marta, sentada ya en el alféizar exterior. La muchacha se lanzó hacia delante, impulsándose con las manos, soltando un grito, y desapareció de vista. Una aguda queja y el impacto de un cuerpo carnoso contra el metal.
Mas Alberto hubo de concentrarse en el peligro inmediato, pues el monstruo se le acercaba repartiendo fugaces y cuchilladas. Esquivó una agachando la cabeza y otra apartándose hacia la derecha. Agarró uno de los pesados libros de texto depositados en una estantería cercana y lo lanzó contra el rostro grueso y macilento. El volumen dio contra la cara putrefacta y el cadáver retrocedió un paso, desequilibrado.
Alberto aprovechó aquel breve segundo y levantó la tapa del último piso del equipo de música. Dirigió sus manos a la varilla pinchadiscos y tiró de ella hacia arriba con todas sus fuerzas. La varilla se alzó y su sujeción crujió levemente. Alberto siguió tirando y la varilla al fin se desprendió.
El zombie estaba de nuevo a su lado. El cuchillo bajó. El joven apartó sus manos en la última milésima de segundo. La punta partió el disco y rompió el plato. Todo el mueble tembló. El monstruo pugnaba por sacar el cuchillo, pero la hoja se había doblado y no podía salir. Tiraba a dos manos de él y su desdentada boca silbaba gruñidos furiosos. Alberto podía oler perfectamente el hedor a putrefacción, a muerte. Durante un segundo creyó que el mareo le podía, pero entonces alzó la varilla del tocadiscos y la dirigió, como un puñal, al rostro de la aberración. La aguja resbaló sobre el decrépito arco nasal, ascendió y se introdujo en la cuenca derecha, reventando el globo ocular y llegando hasta el cerebro.
-¡Muérete ya de una vez! -rugió el chico.
Empujó con más fuerza la varilla, que atravesó los sesos, hasta chocar con la superficie interior del cráneo.
El cadáver chilló histericamente. Agarró la varilla con las dos manos y se tambaleó de manera peligrosa. Alberto soltó su improvisado arma y asestó una patada al monstruo. Su pie casi rompió la pared abdominal y la criatura retrocedió.
Sin embargo, no cayó. Bajó los brazos de pronto y miró a Alberto con su único ojo sano. Había tal rabia en él que el joven sintió sus piernas a punto de desfallecer. De la cuenca izquierda surgía la varilla del tocadiscos. El humor vítreo empapaba la mejilla y el mentón cadavéricos. A pesar de que su cerebro había sido atravesado, el zombie aún continuaba en pie; La Ley de Romero no hacía efecto y Alberto sentía su terror crecer.
Corrió hacia la ventana y sacó medio cuerpo por ella. La altura lo mareó, había tres pisos de caída. Allá abajo, un paseo de asfalto, un jardincito, con árboles del tamaño de una mano, tierra... Y la pequeña figura que era Marta, haciéndole señas para que bajara de una vez.
La cúspide de la farola se hallaba dos metros abajo y otros tantos a la izquierda. Si saltaba con la suficiente fuerza podría lograrlo. Aún así, la tarea resultaba aterradora.
Unas manos frías y húmedas agarraron su cuello. Alberto se volvió y vio el rostro del cadáver, demasiado maloliente, demasiado cerca. La varilla del tocadiscos, aún ensartada en la cabeza, le produjo a Alberto un leve arañazo en la mejilla. Lleno de horror y asco, el muchacho logró deshacerse de las sobrenaturales zarpas y saltó.
Vio venir la farola y después sintió un fortísimo impacto en el pecho. Todo su ser retembló, perdió asidero, pero se braceó histérico y logró aferrarse de nuevo al hierro, desesperadamente, con brazos y piernas. Sintió sus manos arder a causa del roce con la dura y fría superficie. La velocidad de caída, abrazado a la farola, disminuyó notablemente, hasta el punto de perder todo peligro.
Llegó al suelo y quedó sentado en él, aferrado aún al cuerpo tubular. Tenía los ojos desorbitados y jadeaba como un perro.
-¡Ponte en pie! -exclamó Marta- ¡Tenemos que irnos!
Alberto se levantó, aún atontado por la experiencia. Tenía los antebrazos enrojecidos y las manos ardientes y despellejadas. Marta también mostraba sus palmas de un rojo encendido. La muchacha miró hacia arriba y en su faz apareció el espanto.
-¡Cuidado! -exclamó.
Alberto miró también hacia arriba. Vio el cuerpo enorme separarse del alféizar. Aún tenía la varilla del tocadiscos en su rostro. Emitía un agudo chillido. El cadáver se golpeó en la cintura contra la cúspide de la farola, destrozándose la cadera. Trató aferrarse al metal, pero su rostro dio contra él, clavándose aún más la varilla, y descendió en picado. Alberto la vio llegar, como una masa negruzca que creía y crecía. Gritó y saltó hacia la derecha, tirando brutalmente de Marta, quien también cayó con él, rodando uno sobre el otro en el duro asfalto.
El no-muerto impactó de cabeza. Su cráneo se abrió como un melón maduro y esparció en torno al resto del cuerpo su contenido. La columna vertebral se partió y asomó por el final de la espalda baja. El cadáver quedó allí quieto, junto a la farola, como un bulto informe del que asomaban dos brazos y dos piernas. Alberto y Marta lo miraban con ojos incrédulos.
Luego, se miraron el uno al otro.
-Ahora sí -dijo Alberto, volviendo la vista hacia el cadáver-. Tu madre está definitivamente muerta.
-Vámonos de aquí -fue la respuesta de Marta.
Miró hacia arriba. Había luces en las ventanas y los curiosos asomaban medio cuerpo por ellas.
La chica tomó a Alberto de la mano y ambos se marcharon, primero andando, después trotando y al fin a plena carrera.
Diez minutos después, ambos se detuvieron. Estaban en una parque de arbustos, tierra y árboles, desierto a tan avanzadas horas de la noche. El ambiente resultaba acogedor, cálido y suave.
Se sentaron en un banco y descansaron, jadeantes, hasta que sus agitadas respiraciones volvieron a la normalidad.
-No creo que vuelvan -dijo Alberto.
-No. Ahora están todos realmente muertos. Como deberían haberse quedado, dentro de sus tumbas.
Alberto miró a la joven, sonriendo con los dientes apretados:
-Joder. ¿Te das cuenta de por lo que hemos pasado? -de pronto, comenzaba a concienciarse de que todo lo ocurrido aquella noche había sido real, unos sucesos fantásticos que convivían con los impuestos, la política, el instituto o la cerveza en un Universo que hasta hacía poco parecía cuerdo y racional- ¡Es...! ¡Es increíble!
-Sí, desde luego -resopló ella, familiarizándose con el estado de ánimo de Alberto-. Increíble.
Ella, de pronto, lo abrazó con mucha fuerza y hundió su cabeza en el cuello joven y masculino. No lloraba, pero sufrió varias convulsiones. Alberto tenía la mirada clavada al frente y le acariciaba maquinalmente la espalda húmeda de sudor. Desde luego, no resultaba agradable habérselas visto cara a cara con la muerte.
El chico soltó aire en un largo suspiro, librándose de la tensión que anudaba sus músculos y comprimía sus sienes. Se sentía al borde del agotamiento nervioso, pero también relajado. Marta le miró, con un rostro que había envejecido años en horas. Alberto sonrió y dijo:
-Ahora, tengo un bonito dilema en mi mente: ¿le cuento a la policía lo del asesinato de tu familia, o me callo?
Marta lo miró enigmáticamente. Con los ojos brillantes y el rostro enrojecido estaba excepcionalmente hermosa. También sonrió, arqueando una ceja.
-No tienes mucho tiempo para decidirte. Pronto, nos interrogarán acerca de lo ocurrido hoy.
-Cierto -el joven se levantó del banco y fue hacia unos matorrales cercanos-. Me decantaré mientras riego las plantas.
-¿Qué? -exclamó Marta.
Alberto sonrió.
-Es lo más curioso de esta historia: cuando descubrí el cadáver de tu tío, iba a aliviarme al servicio. No sé cómo, pero he logrado aguantar hasta ahora, y estoy a punto de reventar. Consultaré mi conciencia mientras me desahogo.
-No tardes demasiado -rió ella.
Alberto la miro y después desapareció entre el follaje. Se dijo que debería pensarse el apoyar a Marta con mentiras o contar toda la verdad. Sonrió, pues ya conocía la decisión.

(c) Andrés Díaz Sánchez,  2000.
   

 

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