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EJERCICIOS FILMICOS
por Antonio Mora Vélez
Bent y yo, investigadores del centro de experimentaciones sicofílmicas de Jaraquiel,
realizábamos la función de seis de la tarde con grandes deseos de progreso en
nuestro proyecto. Sobre la pantalla horizontal y convexa del tridivisor se erguían
las figurillas de dos danzantes en medio de una atmósfera de vapores rosados
que salían del cristal y que los hacía ver flotando como si en lugar de estar
en la superficie bruñida de color ónix, estuvieran en el espacio exterior haciendo
la caminata Leonov de reglamento.
La danzarina vestida de tul llamaba con sus dedos de mil arpegios a su compañero
desnudo que se encontraba ensimismado, contemplando la limpidez del agua que
bajaba rauda por el río. El joven se volvió y admiró el hermoso cuerpo que transparentaba
a través del vestido y sonrió.
-¿Porqué le pusiste esa sonrisa?--inquirió Bent a mi derecha- ¡Es insulsa!
El joven no se dio por aludido. Continuó contemplando a su Elisa desde la orilla
mientras el agua corría por la superficie mostaza del cauce.
-¿Eres tú, mi amor?- Preguntó ella desde lo alto; temblorosa, con ese rubor
casi infantil de las heroínas -Te he estado buscando por todas partes- Puso
sus manos sobre sus rodillas en actitud coqueta.
-Estaba bañándome. Antes corrí un poco por la pradera simulando ser un potro
salvaje...¿Te sientes bien? -le respondió él después de abandonar el agua y
dirigirse al talud de la ribera.
La mujer bajaba por una ligera pendiente rocosa cubierta de gramilla lila. La
brisa liberaba los siete velos de su ropaje y toda ella parecía una almendra
de nácar cubierta por ráfagas de sedas al viento. Al verla llegar, él sintió
la punzada del deseo en el bajo vientre. Ella inició sobre la arena un baile
de incitación al amor; movía sus brazos en forma sincronizada con todo el cuerpo,
como si fuera una oruga que se encogía y estiraba, o un cisne que abría sus
alas y luego las recogía, alternadamente.
-¡Pura cursilería!- exclamó Bent, contrariado, y se situó enfrente de la pantalla
del tridivisor, contemplándola.
La danzarina continuó sus movimientos y su compañero se extasiaba con ellos
y se tendía desnudo sobre la playa, esperándola.
-El final es demasiado obvio- agregó Bent y se volvió hacia mí. Yo me lo quedé
mirando fijamente, molesto por sus insistentes y mordaces apuntes. "¡Toma tú
el control, entonces!", le dije y me levanté del sillón.
Bent trajo a cuento el tema de las relaciones entre la fantasía y la realidad
mientras se sentaba frente al tablero del tridivisor y comenzaba a mover sus
videobotones. "Verás un buen filme--me dijo-- con más imaginación y profundidad,
con menos cliché...".
Sobre la pantalla, casi al instante, aparecieron dos agitados astronautas que
huían de una bestia en un desierto ferroso de Caciopea; la bestia corría tras
ellos pero los valientes astronautas, armados de valor y de un adminículo antigravitatorio
que les permitía volar a baja altura, se mantenían a salvo.
-¡La misma historia de siempre!- ataqué entonces, porque era mi turno. Y no
pude evitar una sonrisa al ver la cara de contrariedad de Bent.
-Ya verás que no- me respondió. Cerró los ojos como para lograr una mejor concentración
y continuó desparramando ondas lumínicas sobre la caja de integración del tridivisor-
Prepárate para ver algo original- agregó.
Sobre la pantalla aparecieron entonces los mismos astronautas con sus vestidos
de desembarco, cabalgando sobre dos briosos corceles en una hacienda del oeste
norteamericano del siglo anterior. Se preparaban para un rodeo pero, fantásticamente,
éste estaba próximo a iniciarse en un monumental estadio de "hard ball" con
techo de fibra de vitrex.
-Eso no es real, es un disparate -le dije, insistiendo en la vieja polémica
existente entre él y yo.
-¿Qué es lo real y qué es lo ilusorio, lo sabes tú acaso?- respondió enseguida-
¿No podemos crear situaciones escénicas que satisfagan nuestros deseos? ¿En
qué queda la libertad de creación, contigo?- complementó y continuó con el ejercicio.
Los astronautas dieron la vuelta al estadio en medio de los aplausos y de la
algarabía del público, de un público heterogéneo que reunía individualidades
vestidas a la usanza de la Grecia heroica, del Renacimiento florentino, de los
años treinta en Chicago y de los sesenta en la era del rock y del petróleo en
América y hasta de las calendas de Hermes, el atlante que se comunicaba con
Sirio desde su observatorio piramidal en Egipto.
Se diría que los jinetes de ese extraño rodeo se habían sobrado en las pruebas
de monta y de coleo, a juzgar por la ovación. Yo le reclamé entonces a Bent
que ese tipo de mixturas fílmicas no eran originales, que ya Mel Brooks, un
realizador de cine de los primeros Estados Unidos de América, las había llevado
al celuloide y que en este año 2.047, en plena era de los neurotrones, no era
racional ni ético conjugar diferentes personalidades y situaciones correspondientes
a épocas diversas, para tratar de plantear problemas del presente. Cada época
tuvo su ser humano, con sus virtudes y defectos, con sus capacidades y sus carencias.
Y así hay que tomarla. En su contexto. En cada era el hombre tal cual fue.
Bent se quedó un rato pensativo, luego miró el reloj y me pidió que apagara
el aparato. "Es hora de ir a la reunión del consejo", dijo para justificar la
interrupción de la sesión. Yo apunté con mi dedo el icono "on off" y lo observé
mientras guardaba los neurotrones en sus cajas esféricas. Hecho esto se dirigió
a mí: "La imaginación es como las alas del pensamiento; un hombre sin imaginación
es como un pájaro sin alas", dijo en tono magisterial y empezó a despojarse
de su "mono" de trabajo.
Nos disponíamos a abandonar el laboratorio para salir hacia el edificio del
Consejo con los documentos del nuevo hotel que la cooperativa proyectaba construir
en el hermoso balneario de Broqueles, y Bent notó que algo no estaba bien en
el tridivisor.
-Es esa luz residual tenue -me dijo con expresión de incertidumbre. Hizo entonces
un leve contacto digital con el icono rojo y exclamó: "¡ Está apagado!". Sin
embargo había remolinos de luces en aumento sobre la pantalla que no podían
provenir del tridivisor. Eran como esos remolinos de estrellas que anteceden
al proceso de reintegración de la materia.
-¿ Otro producto de tu imaginación, Bent?- le dije, pensando que tal vez trataba
de tomarme el pelo. "No, esto es otra cosa", me contestó. Su pensamiento se
perdió en los laberintos de la meditación.
En ese instante los ovillos luminosos cobraron forma y aparecieron sobre la
pantalla los mismos astronautas del ejercicio fílmico anterior pero saliendo
de una pequeña nave de líneas tradicionales que se posaba sobre un terreno plano
y desértico.
-¡ Eureka ! -gritó uno de ellos. Temerosamente afirmó su pie derecho en la superficie
firme del planeta, manteniéndose asido a los pasamanos de la astronave y con
el otro pie sobre el último peldaño de la escalinata.
-¿Todo bien?- preguntó receloso un cosmonauta.
-¡Baja! -le contestó su compañero.
El segundo hombre bajó entonces con un poco de mayor confianza. Entretanto,
el primero daba saltos como un niño sobre la tierra del mundo que acababan de
descubrir.
-Parece que es un defecto de reincidencia -dijo Bent- A veces ocurre. Es como
un sueño, una reactivación de las conexiones nerviosas pero en forma desordenada-
Bent observaba detenidamente el paisaje árido que reproducía el tridivisor.
-¡Mira, Bent! -grité yo, señalándole las insignias de la nave estelar. Bent
se acercó hasta el límite permisible por el campo envolvente. "¡No puede ser!",
exclamó. "¿Douglas Wilson y Arthur Pendleton?". Bent me observó con cara de
incredulidad.
-¡Ellos son- agregué yo y le señalé la pantalla.
-¡Pero si esta gente salió hace dos años rumbo a Barnard! ¿Cómo pueden estar
allí?- preguntó Bent y señaló la superficie bruñida del tridivisor.
-Es posible que hayan llegado a Barnard y que eso que vemos sea una transmisión
siónica del acontecimiento...
-No, no puede ser --interrumpió Bent-- Estos aparatos no están diseñados para
captar ese tipo de señales, y ellos (señalándolos) deben estar a seis años luz
de La Tierra...
Sobre la pantalla del tridivisor creativo.
-¿Es eso Barnard, Douglas? ¿No te parece muy raro que hayamos llegado antes
del tiempo previsto? -le dijo un astronauta al otro, al tiempo que recogía del
suelo un pedrusco que parecía carbón.
-Para serte sincero, estoy tan confundido como tú. No sé si esto es el planeta
óptimo de Barnard, lo que sí te puedo asegurar es que no es región alguna de
nuestro sistema solar que conozcamos (miró en dirección a nosotros, bóveda arriba)
La superficie es enigmática y sobre todo, esa bruma que no nos deja ver más
allá de la curvatura...
-Es posible que estemos en una estación orbital abandonada -dijo Arthur. Y se
cubrió las cejas con ambas manos, tratando de mirar a través de la bruma.
Bent y yo escuchábamos atentos, sin querer dar crédito a lo que nuestros ojos
miraban. De repente Bent se puso de pie, como si hubiera encontrado la solución
del problema. Tomó el extractor entrópico y lo colocó en dirección a la pantalla.
-¿Qué pretendes hacer, Bent? -le pregunté, temeroso de las consecuencias.
-Quitar eso que ellos llaman la bruma que no los deja ver más allá de la curvatura.
-¡Estás loco, Bent! Eso puede generar una reversión de campo en el pequeño espacio
de los astronautas -le dije.
-No, nunca he estado tan cuerdo como hoy -me contestó; encendió la unidad de
carga del extractor e inició la succión de la bruma que inquietaba a los astronautas
y que no era otra cosa que energía compresa por la cara interna del campo que
envolvía la pantalla del tridivisor.
-No olvides que la imaginación es como las alas del pensamiento. ¿Quién me dice
que esos no son Ray Douglas y Arthur Pendleton en persona, trasladados a esta
pantalla por alguna extraña fuerza del cosmos? -agregó y siguió en su tarea.
-Es posible, Bent. Bastante posible -le respondí.
(c) Antonio Mora
Vélez.
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