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FUNCION DOBLE
Por ALEJANDRO MARIATTI
En medio de la oscuridad se refugia algo ... más negro que toda negritud.
Aquello contagia todo lo que toca y mira. Lo que se opone a toda luz.
Allí transita Andrés. En nada se puede apoyar, choca con paredes
que no puede ver, solo se intuye a sí, perdido.
Sudor frío cubre su frente. La noche se reconcentra en un punto frente
a la mirada de Andrés. En ese punto se concentra la oscuridad resaltando
por encima de todo. Es como un imán que atrae todo hacia sí. El
también se siente impelido mientras un torbellino de cosas que no ve,
vuelan a su alrededor hacia esa cosa, ese vórtice de la nada. Andrés
se resiste a esa fuerza, aunque no sabe que puede hacer para no sucumbir. Eso
es mucho más fuerte que su voluntad, no le caben dudas. Ni siquiera sabe
si ante eso conserva su propia mente.
La negritud se concentra más y más. Frente a sus ojos surge una
bola blanca. Una informe masa sin ojos que palpita. Algo puja dentro de esa
blancura horrible, carente de luz.
Andrés se resiste pero igual es deslizado hacia eso con angustiante lentitud.
La masa blanca se mueve sin desplazarse y abre los ojos. Allí están
los ojos de las tinieblas fijos en él. Los dos puntos más negros
del Universo fijos en el, acechándolo con malicia.
Andrés ya no se resiste, solo querría poder esconderse. Piensa
que nada peor puede pasar cuando la masa blanca comienza a hablarle en un idioma
desconocido, no concebido para lengua u oídos humanos.
¿Qué seres horrorosos pudieron concebir en la noche de los tiempos
tales sonidos?.
La masa blanca lo mira fijo y se ríe con un ulular monstruoso que traspasa
toda barrera, penetra y lastima, se inmiscuye e invade. Explota obscena dentro
de la cabeza de Andrés y lo sigue hasta el otro lado.
Gritó envuelto en sudor frío. Aún
resonaba el ulular en sus oídos. Miró su entorno y comprobó
que esa era su cama, su habitación y a lo lejos, en avenida Rivadavia
sonaba una sirena que le recordaba ese otro sonido. A su lado estaba Estela,
su esposa, dormía con calma. Las sábanas bajaban y subían
con suavidad acompasada.
El se levantó con envidia del descanso ajeno. Toda la ciudad parecía
dormir como una burla colectiva contra Andrés. Afuera el ritmo era cansino
y relajado como suelen ser las insomnes noches porteñas.
Caminó a oscuras en calzoncillos hasta la cocina. Por los ventanales
se filtraba la plateada luz de la calle. Primero pensó en tomar un vaso
de leche caliente pero la solución natural no parecía suficientemente
drástica. Un té de tilo tal vez haría un efecto más
seguro pero ya había pasado otras veces. Las recetas naturales contra
el insomnio le permitieron disfrutar de un muy natural y demoledor sueño
en pleno día.
Fue a la heladera y tomó el cartón de leche y la caja de Lexotanil.
Mañana tal vez llegaría tarde al local, podía hacerlo pues
era el dueño, tomó un solo comprimido, no era cuestión
de seguir de largo todo el día.
Se sentó un momento a oscuras en la cocina, los sentidos alerta a todos
los insignificantes sonidos de la casa, el edificio y la calle: la heladera,
el ruido de las cañerías, algún inodoro descargando el
tanque, otro cargando agua, se mezclaban con los autos circulando por avenida
Rivadavia, alguien estacionando su auto, el reparto de periódicos y la
indiscreta conversación del diariero de la esquina. Si el también
hubiera sido un insomne estos sonidos lo hubieran confortado, a el lo enfurecía.
Mañana era sábado y tenía que abrir el negocio, controlar
que todo fuera bien. Los sábados son un magnífico día de
ventas. Debería estar atento a todo, que no lo roben los cliente ni las
empleadas, controlar que tickets emitir y cuales no, todo eso requería
que estuviera despierto, por lo tanto era muy poco lo que le podía importar
los sonidos de la ciudad.
Al fin, el calmante comenzó a anunciarle su acción, la cabeza
le pesaba un poco más y el cuerpo también. Se levantó arrastrando
las pantuflas hasta el dormitorio. Al llegar Estela se incorporó encendiendo
el velador.
- ¿Otra vez las pesadillas? – preguntó con preocupación
y fastidio.
- Si, siempre es igual. Es terrible, pero no me puedo acordar de nada.
- Vení, acostate. Mañana al cerrar nos vamos a pasear un rato
y te despejás.
- Si ... esta bien – bostezó desganado – ya voy.
Al acostarse sintió que las piernas le cosquilleaban y pesaban como arena.
A su lado Estela lo acechaba.
- Chau, hasta mañana – le susurró ella o tal vez el la escuchó
así.
Le contestó con un corto y seco beso y se desplomó sobre la almohada.
La mañana del sábado fue agitada, el día cristalino había
ayudado para que la clientela se agolpara en el negocio. Andrés gracias
a esta tensión se mantuvo despierto. Una vez terminada la jornada se
tiró en la cama. Durmió casi tres horas de siesta mientras Estela
había ido a sus clases de teatro de los sábados. Solía
volver muy animada. Andrés aceptaba condescendiente esta y otras “excentricidades”
de su mujer pues eso la mantenía ocupada. Cuando no eran clases de teatro,
era yoga, artesanías, feng sui, un amplio abanico de saberes que no le
servirían para nada útil, según lo veía Andrés.
Ya no decía nada sobre estas elecciones y se limitaba a pagar cada mes
las mensualidades de cada curso.
Hay gente que no puede vivir con lo que simplemente es, solía decir su
tío José, quien fue consecuente con lo dicho y jamás arriesgó
un peso, aún tiene el mismo negocio atendido por sus hijos. Exactamente
el inverso fue su otro tío, Samuel.
Andrés no se sentía igual a José, los principios de no
cambio de su tío son aplicables según la rentabilidad y utilidad.
Nada que no de rendimiento inmediato merece ser intentado, eso no es cambio
o auto mejoramiento, es un lujo o capricho. Cuando Estela llegase le diría
todo esto, aunque ella protestase y dijese como siempre que el no la dejaba
respirar y ser ella misma. Esta vez pensaba encontrar la forma de decirlo sin
generar una discusión. No quería por nada del mundo que discutiesen
pues el único que luego sentía las consecuencias era el. Estela
con toda facilidad le negaba la palabra y cualquier atención amorosa.
Una vez lo tuvo un mes entero sin ellas. No tenía idea como podía
hacerlo pues le constaba que no se trata de una mujer fría, además
es diecisiete años más joven. Llegó a pensar que lo podía
estar engañando, pero prefirió descartar esa idea, no quería
correr el riesgo de empantanar más la cosa expresando ese tipo de sospechas;
además un divorcio es frustrante y muy caro.
En aquella ocasión además de negarse a las relaciones, primero
lo atacaba seduciéndolo, paseándose con escasa ropa delante suyo,
dándole a entender que ya se había terminado todo pero luego cuando
el avanzaba lo frustraba de forma contundente. Desde esa vez nunca más
le quiso llevar la contraria y accedía a todos sus gustos.
- ¡Dale! Levantate. Vamos a pasear – le dijo Estela recién
llegada de la clase de teatro, transpirada y eufórica.
- Dejame dormir un poco más - Andrés se dio la vuelta al otro
lado, dándole la espalda, apretando los párpados.
- No, vos tenés que despejarte un poco. Vas solamente del negocio a casa.
- No me quejo, es lo que nos paga el piso, el 607 y tu Ford – Estela como
respuesta lo destapó.
- Yo no digo nada sobre eso. Tenes que despejarte, ver algún museo, cine.
- Para eso tenemos el cable y los museos ya los vi de chico.
- Vamos al parque. ¡Vestite! – le dijo Estela arrojándole
encima el jean y la remera.
- Parque Rivadavia es un asco, nada que ver cuando era pibe – contestó
mientras obediente se incorporaba para ponerse la remera y los pantalones.
- Vamos al Parque Centenario. Hay feria y artistas todos los días, esta
divertida.
- Si lo decís así. Pero son más de diez cuadras.
- ¡Movete! Necesitas caminar, ya estas echando panza.
Al fin Andrés se decidió. Parecía pesarle todo.
Estela se cambió y perfumó mientras Andrés se tomo un jugo
de naranja y café bien fuerte.
Fueron por Río de Janeiro cruzando el puente sobre las vías del
ferrocarril a pié, cosa que a él no le causaba ninguna gracia.
Desde niño ya sentía una mezcla de aversión y terrible
atracción por los pasos sobre el ferrocarril Sarmiento. Esa fosa oscura
y profunda parecía una grieta que dividía la ciudad y el momento
más temido era cuando pasaba el tren, atronando y sacudiendo el mundo
bajo sus pies. Esta vez por supuesto el tren eligió pasar justo cuando
ellos cruzaban . Tuvo ganas de huir rápido hacia el lado más próximo;
siempre hacia atrás, como hacía cuando era niño y cruzaba
con sus padres. Resistió la tentación, era un cuarentón
acompañado de su esposa, ceder hubiera sido vergonzoso. Ella no sabía
nada de esa fobia, aunque al pasar sobre la vía percibió una extraña
mirada de reojo en ella. Sabía muy bien que no le había contado
de ese miedo estúpido y vergonzante, sin embargo Estela lo había
mirado como a la búsqueda de una reacción. Una vez al otro lado,
respiró aliviado, giró la cabeza y contempló un instante
la fosa oscura donde muestran sus sucios y feos contrafrentes todos los edificios
como si estos le estuvieran mostrando el culo a todos los pasajeros que miran
por las ventanillas.
Una vez pasadas unas cuantas cuadras tratando de seguirle el paso a su esposa,
llegaron a Parque Centenario, el circular centro geográfico de la ciudad
de Buenos Aires. Un gran ombligo verde no muy bien cuidado, superpoblado de
feriantes, vendedores de artesanías, baratijas, libros usados, vinilos
y el gran dolor de cabeza del imperio, los vendedores de Cd´s y DVD´s
pirateados. Cruzaron el concurrido círculo, hacia el centro del parque
donde suelen presentarse diferentes artistas callejeros. A Estela le fascina
“la libertad” de estos. “No dependen de nada, hoy están
aquí, mañana en otro lado, es como hace cientos de años”,
decía Estela. A veces Andrés le respondía “Hoy están
en un departamento y al día siguiente no están más, dejando
impagos seis meses o más de alquiler y expensas”. “Ya está
el mismo amargo de siempre” saltaba ella, “soy realista y se de
muchos que la van por la vida dejando todas las facturas colgadas”. “No
son necesariamente los artistas callejeros los peores en eso, más bien
son señores muy serios y formales que dejan millones sin pagar, como
tu tío Samuel, pero ellos quiebran por malas inversiones o culpa del
gobierno aunque nunca pierden un centavo” le decía Estela disfrutando
del impacto. “Eso fue un golpe bajo. Mejor lo dejamos así”
trataba de terminar, “si mejor lo dejamos así” decía
ella poniendo la tapa.
Fueron pasando varios artistas que no llamaban en absoluto la atención
de Andrés, iban hacia el centro directo. Estela también sorteaba
las diferentes atracciones, pasaron de largo a una pareja bailando tango –
dance, unos títeres gritones, una banda imitando a Creedence y allí
estaba en el centro mismo del parque. Andrés lo vio de lejos. Estela
iba decididamente allí. El fue reduciendo el paso, casi tenía
ganas de recular.
- Vení, vamos allá – le dijo ella tomándolo de la
mano, lo llevaba casi a rastras.
Allí un nutrido círculo de personas presenciaban en estática
concentración a un tipo muy alto y robusto.
- ¿Porqué justo me traes aquí?.
- Vení, está bueno.
- Sabes que detesto a los mimos, siempre los odié – dijo Andrés
vehemente.
- No jodas, vamos.
Llegaron ante el círculo principalmente constituido por mujeres. El mimo
estaba a sus anchas haciendo su número con su metro noventa y unos cien
kilos. Lo impresionaba ver a semejante tipo maquillado de blanco, con multicolores
ropas holgadas, moviéndose con tanta agilidad y flexibilidad.
- ¡¿Qué carajo hacemos aquí?!
- ¡Shhht! Callate boludo que nos escucha. Dejame ver.
- Dejame de joder .... a ver .... ¿qué hace de nuevo? –
dijo Andrés y se puso a mirar. El gorila multicolor hacía la rutina
de todo mimo. La gente lo miraba con peculiar atención, como si fuera
un genio dando clases. Sacudió la cabeza incrédulo mientras el
mimo ascendía por una escalera. No pudo con su indignación –
Pero esto es una pelotudez. ¿Cómo puede ser que lo miren así?.
Hace lo mismo que todos los pelotudos.
- ¡Callate y mirá bien! Hay más para ver.
El mimo terminó de subir la escalera, al llegar se puso a mirar hacia
abajo como si estuviera en una terraza, saludó hacia el suelo, iba a
un costado y saludaba abajo, a otro lo mismo como si estuviera en una terraza
sin medianeras o una torre. Andrés no pudo evitar bufar fastidiado e
inquieto. Seguía molestándole la proximidad amenazante de semejante
mole. Paseó la mirada por varias caras del público, reconoció
algunas caras. Pensó un momento y recordó a varias clientas de
esa misma mañana. Todas reían felices y relajadas, mientras las
observaba notó que Estela tenía la misma expresión que
las demás, ahora solo veía a las mujeres, los demás habían
pasado a ser solo un telón de fondo, ellas reían, sin embargo
no podía escuchar las risas. Todas eran una mueca muda, el mimo seguía
en su torre imaginaria, quiso seguir de largo pero no pudo, ahora este lo miraba
a él con malsana atención y sonreía sarcástico.
Andrés sintió sus pelos erizándose. Un tigre acechándolo
no hubiera logrado tal estremecimiento.
El mimo lo observaba con fijeza extrema, no parpadeaba y sus ojos negros se
le acercaban inmóviles. Se clavaban en su cerebro. Andrés volvió
a mirar en derredor, la gente se reía de la rutina habitual, ahora luchaba
contra un viento huracanado que lo quería tirar de la torre.
Se acercaba más gente a mirar la estúpida rutina, estaba acaparando
a casi todo el público del parque. En algún momento impreciso
la luz cambió, el mimo lo miraba fijamente otra vez, levantó un
brazo con gesto ampuloso y lento señalándolo a él. Sonreía
con ferocidad, los ojos fijos, desorbitados. Andrés reculó unos
pasos, Estela y el público miraban al centro con toda normalidad. Al
ver eso descubrió algo más ... el mimo actuaba sacudiéndose
en su terraza imaginaria, aferrándose a la baranda, mirando en cualquier
dirección, menos hacia él, pero seguía viendo al mimo mirándolo,
acechándolo con su sonrisa de máscara. Parecía más
blanco, mas alto y avanzaba hacia él. No parpadeaba, no respiraba, no
caminaba sin embargo avanzaba hacia él. Este puso una palma hacia arriba
y con la otra hizo el ademán de un hombre corriendo. Andrés miró
al público que se reía.
El mimo ahora caía de la torre y se aferraba a una cornisa. La imagen
de este seguía clavado en su campo visual. Este reflejo del mimo corría
desesperado echando miradas aterrorizadas hacia todos lados, agotándose
en una carrera sin horizonte.
Andrés se zafó de la mano de su esposa quien no le prestó
la menor atención, mirando solo al frente con sonrisa estática.
El mimo desdoblado lo miró fijo e hizo una señal de asentimiento,
sonriendo como un tiburón. Trató de llamar la atención
de Estela, el mimo se acercaba sin pestañear, sin caminar.
Andrés salió totalmente del círculo del público
quienes seguían viendo otra función al frente. El mimo instantáneamente
sin mediar movimiento alguno apareció a centímetros de su rostro
y cabeza abajo, rostro contra rostro. Burlonamente le hizo ¡Buuuhhh!.
Andrés gritó como jamás se había escuchado gritar.
Salió disparado del lugar ...
Corrió desesperado fuera del nutrido círculo del público
y fuera de la feria, se llevó por delante a varias personas, siguió
corriendo por el perímetro del parque, tropezó con un puesto desde
el cual lejanamente escuchó como lo insultaban. Cayó rodando y
se levantó de un salto, le dolían los pulmones, la respiración
le lastimaba, se sentía cayendo en lo peor, entonces apareció
algo más oscuro que todo. El mimo volvió ante sus ojos, cabeza
abajo y riendo con furia muda. El cayó hacia atrás, espantado.
Pataleó y rasguño la vereda tratando de taparse de semejante visión,
pero sus ojos estaban abiertos igual, aunque los cerrase. El mimo en su avance
imposible hacía el gesto de quien maneja un vehículo. Andrés
se pudo levantar y corrió fuera del parque, cruzó una de las calles
sin ser alcanzado por ningún auto aunque los frenazos y bocinazos atronaron
a su alrededor, solo registró brillos multicolores que se le venían
encima. Cuando estaba por llegar al lado opuesto vio al mimo parado en increíble
equilibrio sobre un cesto de basura, le volvía a hacer el gesto del tipo
corriendo y con la palma de la otra la hacía avanzar hacia el tipo corriendo.
Andrés giró en dirección contraria ... esta vez solo vio
un inmenso color verde, una estrella de tres puntas sobre su rostro, el rugido
mecánico y un número sesenta y cinco coronando la visión.
Nada más, la oscuridad lo golpeó. Fue cayendo hacia un negro foso,
en la caída vio a su alrededor un círculo integrado por Estela,
el mimo, las clientas y algunos otros desconocidos, todos lo miraban desde arriba
sonriendo como espantosas carátulas teatrales, bajo las cuales se agitaban
pesadas lenguas produciendo el terrible ulular ... luego nada más.
En el centro el público aplaudió al mimo
que agradeció con grandes reverencias. Buena parte se fueron dispersando
hacia otras atracciones, luego de dejar muy generosas o más bien insólitas
sumas en una bolsa negra junto al mimo.
Una vez ido el público, Estela, las otras mujeres y unos pocos hombres
caminaron en torno al mimo. Ella se adelanto hacia el mimo con sumisión,
agradecimiento y entrega.
- Maestro ... gracias, mil veces gracias por sus favores. ¿Será
digno de usted mi humilde contribución?.
- No te disminuyas. Tu contribución no es para mí, es para todos,
para toda nuestra comunidad, en la cual estas incluida. Cada célula alimenta
al cuerpo y este se encarga de protegerla.
- ¿De que otra forma podré agradecerle mi liberación Maestro?
– dijo Estela bajando un par de tonos la voz y alzando levemente los ojos
hacia el mimo.
- Ya vamos a pensar .... ahora intégrate a tus hermanas, ellas te saldrán
de testigos.
Lentamente fueron caminando hacia el exterior del parque donde se distinguía
el sesenta y cinco parado en medio de la calle y el gentío que se agolpaban
como moscas necrófilas en torno al cadáver.
(c) Alejandro Mariatti, 2007.
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