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LA GARRA PERPETUA
Por Tarik Carson
En las postrimerías
del siglo XXI, hubo un homo sapiens que fue tremendamente famoso durante unos
días, habiendo salido de la nada. En ese lapso, la televisión se afligió de tal
manera por su personalidad que es posible que en los tiempos venideros su
nombre aún siga resonando en la inconsciencia colectiva, aunque ya se haya
cristalizado en el bronce, el mármol y el granito, y hasta en algunos libros de
estrategia. Pues, una cosa es un recuerdo en el cerebro, y otra el nombre
grabado en la perdurable materia que observan los perros en los parques y
avenidas. Sin embargo, ese hombre extraordinario se eclipsó en vida, drástica,
luctuosamente, circundado por un misterioso cuidado de las autoridades,
dejándole a la sensible sociedad humana un regusto morboso, retorcido, casi
imposible de explicar.
Nos referimos al caso del célebre doctor Selmer, de quien
se sabe tan poco, realmente, que creemos justificado este relato de algunos
detalles de su prolífica vida, comenzando por su última y aciaga noche.
Supongamos entonces que aquel día, al atardecer, se bajó de
la limusina frente a su casa, sin siquiera mirar al conductor negro que le
abría la portezuela. Detrás lo había seguido Biro2, bamboleándose sobre sus
cortas piernitas de enano, cargando la gran cartera de cocodrilo negra con
copias de la información magnética que acababa de presentar a los empresarios y
a sus ayudantes militares.
Selmer se dirigió directamente a la biblioteca y se echó en
su sillón preferido, sintiéndose cansado, con las manos sudadas y temblorosas
aún, sin ganas de mirar siquiera a Biro2 y ordenarle que preparara la bañera y
la cama y las drogas que le harían feliz esa noche. Miró un buen rato la
belleza anárquica de los colores de los lomos de los viejos libros en los
estantes y luego, con desgano, tomó uno del siglo XX. ¡Le debía tanto a aquel
modesto librito! Releyó lo que había subrayado con tinta roja: "En este
siglo, los gnomos no son más que una leyenda infantil. Pero en la antigüedad
tenían un cuerpo real, hoy inexplicable..."
En ese instante Biro2 habló, temeroso, mirándolo a los
ojos. El doctor se levantó, con cierto hastío, y atendió el videófono.
—Doctor —dijo el hombre, uniformado, con la piel del rostro
curiosamente estirada—, le comunico que hemos recibido
Oyendo la voz tan lejana, el doctor Selmer se sorprendió
por la eficiencia y por el perfecto encastre de algunas acciones. Trató de
alegrar su expresión adormilada y aburrida. Se detuvo a medio camino de hacerle
un saludo militar al coronel (que ahora, tal vez, podría ser su amigo). Pero el
coronel había cortado la comunicación. El doctor se sintió casi molesto y se
conformó pensando en el horrible trabajo que le habían hecho en la cara, aunque
el coronel parecía sentirse muy seguro de sí mismo, con un rostro de
veinticinco años en un cuerpo de noventa. "Bueno —se dijo el doctor—, las
cosas están cambiando. Por lo menos, han cambiado para mí. Podré dormir tranquilo
y olvidarme de la satrapía para siempre..."
Trató de pensar en circunstancias más agradables. En el
dormitorio, eligió un magneto ordenador titulado "Aliento y amor. Carácter
maternal con palabras sucias. Exuberancia rubia." Colocó el magneto y
apretó unas teclas ordenando la acción para media hora después. Antes de entrar
al baño, observó sigilosamente qué hacía Biro2 en la cocina. "Qué pena
—pensó con tristeza—, sin saber la causa, hoy no deseo ni ver a este
desgraciado. Tal vez, sea el recuerdo de Biro; tal vez, el abatimiento que me
ha causado todo el caso..."
En la bañera tibia, dormitó un rato, hasta que oyó una
suave voz:
—Querido —dijo la rubia de grandes senos, que estaba de pie
fuera de la bañera, sonriendo con expresión algo estúpida—, estás tan
melancólico hoy... Mamá te seca el culito y te lleva a la cama, bonito.
Tenía la voz aligerada, aunque el tono era perfecto.
Tendrían que revisarle el panel o reprogramar los magnetos, pensó, mientras
ella le masajeaba la espalda con la toalla húmeda. Después, ya de espaldas y
mirándola desvestirse con suaves movimientos, se dijo: "No hay nada que no
podemos hacer, pero, la mirada es... demasiado fría". Bajó la luz y le
pareció que acariciaba el símbolo del placer supremo. Pero aún cuando la había
penetrado profundamente con el rígido tubo de silicona bien lubricado y ella
cabalgaba sobre él, apretando las nalgas contra sus muslos descarnados, se
sentía aburrido, con capacidad para retener el néctar sagrado un larguísimo
rato, sin que la tristeza se replegara para dar lugar al éxtasis. Olió el caro
perfume que le había puesto cuando estaba desactivada, inspiró profundamente
antes de mirar sorprendido hacia la puerta. Sintió que se le congelaba el
corazón. Biro2 estaba de pie, con la pesada cuchilla de trozar pollos alzada
sobre su cabeza.
El ataque a
De pronto, todo estaba acabado definitivamente, y, después
de algunas horas de cautelosa espera, el peligro de réplica sería nulo. Este
peligro, sin embargo, fue ignorado o soslayado con indiferencia por el doctor.
Pero la solución final se debió a sus observaciones de un extrañísimo fenómeno
de recepción, de antenas biológicas, que se transformó en la salvación de
El doctor era
originario de la clase D, en las satrapías. Había sido un estudiante destacado
y tuvo la suerte de ser elegido para pasar a
Sospechó que, si no descubría algo realmente importante en
En
Este sistema de existencia, algo más deficiente que el
sistema terrestre, alegró al doctor, ya que le permitía moverse con libertad,
sin mayores controles. Debía continuar los trabajos con los morpólipos y los
macrocéfalos y el comportamiento de los genes recesivos bombardeados con
diversas radiaciones. No era su especialidad inyectarles el GR69, o disecarlos
y observar la evolución de la carne, pero era algo elemental que haría con
mucha rapidez. Además, el trabajo estaba estructurado para que nadie tuviera
mucho que hacer, salvo pulsar teclados. Y no existía ningún interés por lo
nuevo, pues habían perdido la capacidad de imaginar un mundo mejor. Nada podía
ser mejor que el Sistema.
Al principio, observó que los macrocéfalos —a los que había
imaginado como gnomos degenerados— se recuperaban primero de las radiaciones y
que, además, tenían más inteligencia y fortaleza que los morpólipos. Eran
extremadamente resistentes a los rayos cósmicos. También eran inmunes a algunas
enfermedades espaciales, de las pocas conocidas. Los intentos de superación de
la subraza, sin embargo, produjeron un fenómeno poco estético, raro,
intranscendente hasta donde sabían. El mejoramiento les hacía crecer los
cráneos. Anteriormente se incluían en la especie Gen Verrier Recesivo, y ahora
había pasado a una dimensión degenerativa imprevisible. En aquel momento, el
problema era la adaptación de los cuellos ante el crecimiento descontrolado de
los cráneos.
De los morpólipos se podían extraer menos conocimientos
aún. Sus tendencias seguían las acciones reproductivas. Los rayos cósmicos y
las enfermedades espaciales los deformaban un poco más, y eran proclives a las
influencias enemigas, cuando los enemigos se acercaban demasiado al Sistema.
Debían tener un cuidado especial con ellos; en los meses de máximo peligro, se
los transportaba a
Sin saber por qué, al doctor le atraían sobremanera los
enanos, y desde niño los consideraba seres extraordinarios que le producían una
inexplicable felicidad. Su padre, que vivía en los basurales, había
desenterrado uno muy antiguo, probablemente del siglo XX, con un gorrito y la
cabeza pequeña y ojival. Selmer había limpiado con amor la pequeña estatuilla,
la había restaurado y pintado, y muchos años después, estudiando, supo que los
usaban en el pasado como adornos de jardín. Ahora, observó el doctor, sus
cráneos habían aumentado considerablemente, pero seguían siendo retardados
mentales.
El doctor no podía imaginar que la existencia de los enanos
se uniría, para su gloria, con la teoría que había pergeñado acerca de un mundo
enemigo y bestial, que saboteaba a
Unos días después del arribo del doctor, un meteorito chocó
contra una sonda experimental que circunvalaba al satélite. La sonda no era más
que una burbuja de color rosa, con una gran pileta de natación tipo Coer,
con juegos para niños, árboles, pasto y otras maravillas artificiales
inspiradas en bondadosos libros de historia. A algunos técnicos se les había
ocurrido que, en condiciones de absoluta felicidad, los seres tendrían
incentivos mentales para copular y reproducirse. Había cierto interés comercial
en que así fuera, ya que la ley del mercado de ablaciones había producido una
tremenda suba en el precio de los cadáveres. Básicamente, para la enseñanza, el
cuerpo de un enano era igual al de un hombre común; y para injertos, superior.
El meteorito traspasó las defensas magnéticas y golpeó la
bóveda protectora transparente. No era irrompible, pues las defensas
magnéticas, según la computadora, no podían fallar jamás. No murió ningún
enano, pero algunos recibieron impactos casi inofensivos, si los fragmentos
hubieran estado libres de esporas o virus desconocidos. Tampoco los técnicos
sufrieron heridas; estaban alucinados sobre las mesas de billar del casino de
la sonda.
Vueltos a la superficie, los seres fueron puestos en
cuarentena, y aunque debió habérselos estudiado con detenimiento, no fue así.
Los colocaron en la burbuja Perkins y dejaron que las computadoras y los
mecanismos fotosensibles se encargaran de alimentarlos, higienizarlos y registrar
si había signos vitales inesperados.
El doctor Selmer sufría el período de depresión inicial,
común a todos los que llegaban a
Una noche de esas, caminando distraídamente bajo la
monumental bóveda de
El doctor Selmer fijó su atención en una fenomenal cabeza ubicada
sobre un diminuto cuerpo. Había un vendaje blanco en el cráneo; le llamó la
atención porque los movimientos le costaban al cuerpito un tremendo esfuerzo.
De inmediato, lo clasificó como un caso típico de contagio radiactivo tipo
Bhor-7, con paralización de la parte posterior del cuello con pestañeo
irreprimible. Sin duda, el sistema vegetativo estaba creciendo por encima de
sus defensas y previsiones genéticas y corría el riesgo de morirse por el
descontrolado crecimiento encefálico. Recordó una de sus teorías acerca de que
se comportaban como árboles y crecían sin control ante grandes cantidades de
radiación. Sin embargo, no estaba seguro de su teoría, y decidió extender su
observación aprovechando que el sistema de visores computarizados no controlaba
nada correctamente.
A la noche siguiente, fue aún más tarde. Se había
descubierto canas detrás de las orejas y le resultó sumamente dificultoso
quitárselas con la pinza (que ahora llevaba a todos lados en el bolsillo
superior de la túnica blanca). Observó un buen rato al enano vendado, que se
levantaba o se acostaba, o se apoyaba en una mesa, sosteniéndose la cabezota
con las delicadas manitos. El sentimiento del doctor, misteriosamente, se
comunicó al ser, y éste lo miró sin temor, directamente a los ojos. Selmer
desvió la mirada, avergonzado por su debilidad. No quería transformarse en el
hazmerreír de
Después de la mirada, como si lo comprendiera, el
macrocéfalo se acostó con lentitud, bajando la cabeza con humildad. En su
interior, Selmer los llamaba "muchachos" porque recordaba el siglo
XIX y los negros esclavos que vivieron en el imperio primitivo. Los recuerdos
de sus estudios históricos lo atacaban repentinamente de manera inexplicable.
Volvió a observar al muchacho. La computadora decía que estaba sano, salvo por
el golpe en el cráneo, no demasiado grave. Lo vio dormitar con una manito
sosteniéndose la cara, quizá para darse seguridad. De repente tuvo un hipo
fuerte, y empezó a mover los labios. El doctor no podía oír lo que decía y
estuvo a punto de dirigirse a la sala de monitores y enfocar al ser con una
cámara piloto, pero, pensó, todo quedaría registrado. Si no significaba algo,
sería malo para él; y si fuera algo importante o interesante, él perdería todos
los méritos del descubrimiento desde el principio. Los parásitos del plagio
aumentaban con el progreso. El doctor se retiró, inquieto, y luego no pudo
dormir pensando por enésima vez en cómo obtener grandes cantidades de dinero
que le dieran la felicidad. Aquella noche, nuevamente, había decidido que no
existía un Dios, porque, si así fuera, él no estaría en aquella situación, con
aquella agonizante incertidumbre, sintiendo a su manera la inenarrable soledad
que no podía remediar. Por eso, había sólo un remedio que curaría todos sus
males: una gran suma de dinero.
El día siguiente lo pasó tirado en la cama, mirando la
blanca pared de plástico, negándose a tomar algunos sedantes que le quitarían
algo de angustia. Hacia la mitad de la tarde, tuvo ganas de recostarse contra
la pared; extrajo la pinza del bolsillo de la túnica arrugada (no se había
quitado la ropa para dormir) y comenzó a sacarse algunos cabellos blancos que
le habían crecido en el pecho. Al anochecer, se levantó, se encerró en el baño
durante un largo rato, se cambió la túnica y, en el Departamento de
Electrónica, consiguió un diminuto chupete sónico Rup. Más tarde, volvió a la
burbuja de cuarentena. Era sábado y todos los técnicos estaban inyectados,
conectados al cinetáctil, o simplemente borrachos y desnudos sobre las grandes
mesas de billar del casino. El doctor se sintió algo mejor.
Frente a la burbuja, colocó la ventosa apuntando al enano y
esperó. Mientras el muchacho estuvo despierto, miró hacia donde los morpólipos
se besaban en un amor interminable. Recién cuando lo vio dormido se colocó el
audífono y tapó la ventosa con la punta de la túnica, cuidándose de las ocultas
cámaras de observación. No mucho después, la gran cabeza hipó y se empezaron a
mover los labios. El doctor apretó el botón de grabación. Esperó aún dos horas
más, pero no volvieron ni el hipo ni las palabras.
Aquello le resultó extraño. Los macrocéfalos, y demás seres
inferiores, no debían recibir enseñanza alguna. Desconectó la ventosa y se
dirigió a la sección de computadoras del laboratorio. Digitó los datos y empezó
a ver en la pantalla fórmulas matemáticas, dibujos aerodinámicos y descripciones
ajenas al uso terrestre. El doctor se sintió conmovido, se levantó de la silla
y se volvió a sentar. Un tic nervioso lo hizo sujetarse los pantalones con
ambos antebrazos. Tocó algunas teclas e introdujo nuevos datos disparatados,
por si algún vampiro científico husmeara en el disco de la computadora. Guardó
la cinta con la voz del enano entre los miles de archivos y se fue a dormir.
A la noche siguiente volvió a la burbuja Perkins. Solamente
pudo grabar un cuarto de hora. A la noche siguiente, apenas cinco minutos. En
apenas cuatro días, el macrocéfalo se repuso de su herida y del hipo. El doctor
aún volvió unas noches más, infructuosamente.
Durante los días siguientes procuró analizar lo grabado,
buscando que su computadora personal discerniera las expresiones. La mayoría,
como pudo ver en seguida, eran datos matemáticos y militares sumamente
complicados por los sistemas de coordenadas espaciales, lo cual estaba fuera de
su conocimiento. Si aquello fuera valioso, no era muy abundante ni muy explícito,
y podría ser usado en su contra. Debía estudiar el fenómeno lo suficiente para
que presentara un resultado completo, que rechazara cualquier posibilidad de
fantasía, o un sueño inducido por el enemigo animal. ¿Quién le podría asegurar
que no fuera algo semejante?
Tomó una decisión pensando en algunas defensas que había
creado cuando injertó ingenios en los miembros sexuales de las clases
privilegiadas del Sistema. Le gustaba pensar que, en una forma sutil, los tenía
sujetos en privado por allí. Pero, naturalmente, lo había hecho con
devoción pensando que algún día le serviría, aunque no fuera el único experto
en plástico orgánico, o en el injerto de testículos de monos o de enfermos
mogólicos con la antiquísima técnica inspirada en los gajos de naranja. Ahora,
pensó, dando largas zancadas en el salón de las computadoras, sujetándose los
pantalones con ambos antebrazos, encima de las ingles, como si los pantalones
se le fueran a caer a cada instante, ahora, algo lo iba a favorecer, algo se
iba a anudar a la falla natural de todos los materiales conocidos. Iba a llenar
sus arcas, iba a darse algunos gustitos, iba a aplastar quizá a algunos
insectos, iba a comprarse las mejores mujeres auténticas del mundo, etcétera.
Cuando el macrocéfalo cumplió la cuarentena, lo solicitó
formalmente a Suministros para que sirviera en el laboratorio. Durante unos
días, sentado detrás de su escritorio, concentrado, observaba al enano y su
monstruosa bola ósea, y pensaba cómo producirle nuevamente el divino estado
parlante. Un día, le dijo que de allí en adelante se llamaría Biro y que serían
amigos, dando por sobreentendida su superioridad racial y social. Era lo máximo
que podía hacer, un poco a ocultas y a espaldas de los reglamentos de
comportamiento con seres inferiores experimentales. Observó que el muchacho no
era nada excepcional, no ocultaba nada ni tenía la menor capacidad para el
doblez. El desgraciado solamente estaba maravillado caminando de acá para allá,
libre, sosteniéndose la cabezota con la mano, feliz de tener a un técnico como
protector y estar a salvo de los horrores de la mina, que probablemente hubiera
sido su futuro.
En ese entonces, el doctor Selmer, para combatir su
insomnio y los terrores nocturnos cuando lograba dormir, había empezado a beber
de una petaca aplanada, antigua, encontrada en un tacho de desperdicios del
laboratorio. La euforia que le producía el misterio del enano, más el alcohol,
que por primera vez en la vida tomaba en grandes cantidades, lo dejaba en un
estado de casi beatitud. Llevado por tal estado, se arriesgó y, sin pedir
permiso a la computadora, operó al enano y le extirpó el módulo de detección,
para que se librara de los perseguidores automáticos que lo vigilaban de
continuo.
El enano se sentía pletórico de felicidad y el doctor sonreía
suavemente varias veces durante el día, a veces apenado por ver el esfuerzo del
cuerpito al llevar enhiesto su templo de sabiduría, sin ninguna compensación,
sin goces, sin esperanzas en el futuro, y esas cosas que atacan a los humanos.
Estos sentimientos hacían que el doctor a veces renegara de su profesión, de su
elección. Pero cada uno debía llevar su cruz. Al fin todos se fundían en la
misma podredumbre, para volver en quién sabe qué forma, tras vagar en otro
estado por ahí, sin que a nadie le importara una cerilla usada. Entonces, el
doctor empinaba la petaca detrás de cualquier puerta, se posaba frente a un
espejo, se quitaba algunos pelos de las cejas y se interrogaba sobre la
existencia de Dios. A veces Dios estaba junto a él, a veces Dios lo abandonaba
y, entonces, Dios no existía.
El doctor sufría demasiado seguido estos lapsos de oscura
conciencia. Entonces trató de componer algo, ordenando la colocación de rieles
en el techo del laboratorio, y, en los rieles, sostuvo bozales gigantescos, colgantes
y móviles. Así el macrocéfalo pudo desplazarse cómodamente con la cabeza
sostenida desde el techo. El doctor sabía que era la única diversión que podía
darle, e inventó un pretexto para la computadora de finanzas.
Fue en esos días cuando el homo sapiens Selmer sintió
aquello por el pequeño Biro. Estaba sentado detrás del escritorio, con los pies
encima de éste, tirado hacia atrás, con la petaca casi vacía colgando de una
mano laxa. Y se le ocurrió ver a Biro desnudo. Estaban tan felices los dos, solos
en aquella inmensidad de laboratorio, mientras los demás técnicos dormían la
juerga en el casino... Después, hizo que Biro se sentara sobre el escritorio,
desnudo, a su lado. Tenía un cuerpito tan delicado, una piel tan delicada, que
se preguntó por qué decían que era una raza inferior, para experimentos,
ciertamente atroces, o por lo menos, no humanos. Lo tocó. En realidad, estaba
algo mareado, se sentía tan feliz, no sabía qué le pasaba...
Ya hacían dos meses que había llegado a
—Regresará a su origen. Injertará plásticos a leprosos; y
partes humanas a vegetales. Los cruzará con animales, etcétera.
Parecía que todo estaba bastante claro por el hecho de que
solamente se había comunicado con las computadoras, y que ni siquiera lo habían
interrogado o inspeccionado; y esto era algo que sólo dejaban de observar
cuando el elemento estaba desahuciado. A veces, hasta temía pensar mal
del Sistema. Temía que ya hubieran descubierto la máquina de leer pensamientos,
que hacía tanto tiempo sus colegas trataban de construir gastando presupuestos
fenomenales. No era extraño que esta situación deprimiera cada día más al
doctor, y él no tenía otra salida que no fuera por las tabletas, que se negaba
a tomar, o por el alcohol que cuidadosamente cargaba en la petaca, o por la
tierna compañía de Biro, que cada día lo enviciaba más y más de una forma
inexplicable que a veces lo estremecía.
Al principio, colocaba sobre las cámaras un trozo de tela,
mientras se recostaba en su silla reclinable, y le ordenaba a Biro que se
desnudara. Un día entró un colega. El doctor estaba con el estetoscopio en la
mano y se quedó lívido, petrificado. El colega cruzó como si no los hubiera
visto, y luego no ocurrió nada. Desde entonces, ideó una ruta para Biro, desde
las cabinas aledañas a las minas, donde el enano debía descansar, hasta el
lujoso departamento del doctor. Biro llegaba a medianoche y se iba a las seis o
siete de la mañana, a veces agotado, a veces lastimado, a veces inyectado, pues
el doctor temía por la salud del cuerpito luego de noches tan arduas, cuando él
debía desahogar aquella terrible depresión que convertía su vida en un infierno
sin Dios. A veces, patéticamente, obligaba a Biro a arrodillarse desnudo sobre
la cama, y con una pequeña y vieja Biblia leía y repetía el Padre Nuestro, en
una actitud de fanática religiosidad.
En general, su investigación sobre los morpólipos era
misérrima, salvo por su tesis de que la radiación los afectaba como si fueran
viejas lechugas. Pero tampoco tenía una idea de cómo volver a producir el extraño
estado parlante en el macrocéfalo. Con estos pensamientos, el doctor, a veces,
se sentía terriblemente nervioso con el enano caminando a sus espaldas, colgado
del bozal, cargándole los papeles, sirviéndole refrescos en los que disimulaba
bien el alcohol, o colocándole la silla reclinable cuando se sentaba.
Una noche, mientras observaba el techo de plástico de su
cuarto y acariciaba le espalda desnuda de Biro, mientras en su propia piel se
secaba la saliva del enano, se le ocurrió, como deben ocurrírsele a todos los
genios humanos, la idea del meteorito. Al comienzo, le pareció irracional,
gracias a su manía por la historia. (Mucho de la historia se le había pegado
como con melaza.) Pensaba demasiado en los grandes figurones del siglo XX
fatídico, en los héroes de la antigüedad, sobre el concepto del bien y del mal,
sobre el vínculo de los genios de la política con Dios, sobre algunas matanzas
de millones de personas para el bien de
Un mes antes de la orden de partida hacia
Aún tardó unos días en tomar la decisión. Pero, una noche,
le pidió al enano, sin titubeos, que se quedara en el laboratorio y contara
granos de arena sobre una gran mesa. Llevaba la maza y el cable en el bolsillo
de la túnica blanca. Biro observó el gran bulto allí y sonrió de forma
inequívoca y algo temerosa. "Te estás empezando a tomar libertades excesivas",
pensó el doctor. El enano estaba inclinado sobre la mesa. El doctor le miró la
nuca peluda, casi provocativa. De repente le vino a la mente un asesinato
histórico ocurrido allá por 1940, con un zapapicos, nada menos. Sintió la mano
sudorosa alrededor del cable. Volvió al presente, trató de hacerlo con
maestría. El meteorito era irregular, con terribles filos naturales.
La cabeza de Biro cayó como una plomada que arrastra un
hilo delgado. La sangre salpicó la impecable túnica blanca del doctor, que, por
un instante, creyó que el cráneo había estallado. Tiró el cable, arrastró una
camilla, y colocó el cuerpito, cuya cabeza le pareció una geoda resbaladiza por
la sangre, realmente poco estética. Le aplicó un sedante intravenoso con
antibióticos, coagulante a la herida, y fue a lavarse las manos. Preparó el
grabador y conectó el cuerpito a la computadora, que leyó buenos signos
vitales. El doctor se sintió reconfortado y, poco a poco, se le calmó la
furiosa picazón que había empezado a sentir en la espalda y nuevamente en el
maldito escroto. Un tic nervioso lo hizo sujetarse imaginariamente los
pantalones un par de veces. Muy pronto el muchacho hipó y balbuceó algo. Sin
saber por qué, al doctor le pareció un perro tratando de imitar a un político. "Dios
—se dijo—, qué cosas se me ocurren cuando estoy nervioso", y se volvió a
sujetar los pantalones con los antebrazos a la altura de las ingles.
Tres noches después, el enano se recuperó y dejó de
parlotear. El doctor anotó todas las reacciones físicas y psíquicas
meticulosamente, y las pasó a su computadora personal. Por fin, el cuerpecito
empezaba a ceder ante el poder de la ciencia. Selmer había resuelto no comentar
a nadie nada de lo sucedido. Casualmente, o por
El quinto golpe fue menos efectivo, ya que en el momento de
usar la maza, una acción inconsciente y antigua le traicionó la mano, frenando
el cable. Algo no quería que fuera un homicida consciente y responsable, aunque
nadie lo juzgaría ni molestaría por ello. Después, sólo se comprometería su
situación si de hecho existiera un Dios; idea que, ese día, el doctor no estaba
dispuesto a concebir. Además, el enano se veía bien, y, cuando despertaba, se
mostraba agradecido y respetuoso hacia él, lanzándole miradas expresivas
realmente amorosas. Los agradecimientos fueron constantes y aumentaban a medida
que llegaba la hora de partida del protector. El doctor registró el fenómeno de
tal sentimiento evidente en la computadora —no creyó que fuera algo emocional—,
además de constatar para sí la formidable capacidad de recuperación, la dureza
de tortuga de aquella peligrosa subraza. (Si tuviera tiempo compararía aquella
resistencia con la resistencia de las cucarachas a los ingenios atómicos.) Sin
duda, el muchacho había resultado una pata de conejo positiva y definitiva, más
allá de las pretensiones que se veían en su carne sobre un futuro dominio
racial sobre los seres humanos como el doctor.
El doctor no pudo sustraerse a la tentación de dar el
último golpe cuando ya la nave de transporte había llegado. El enano aún no
estaba curado para recibirlo con un pronóstico aceptable. Estaba extremadamente
delgado, pero sus reacciones y su presión ocular y sanguínea eran normales.
Hablaba coordinadamente y se le notaba apenado, cosa que Selmer atribuyó sin
duda a su partida. El también se apenaba porque sabía donde acabaría su vida el
enano, sin un protector, y habiendo sido mimado a vista de tantos colegas. Pero
no tenía argumento ni autoridad para protegerlo y evitar su funesto destino.
Tal vez, esos sentimientos influyeron en la ineficacia de su mano, de nuevo,
ante el séptimo golpe. Además, el enano había presentido la fatalidad y levantó
la vista cuando el meteorito completaba el atroz círculo perfecto. El metal lo
golpeó en una sien, y la cabeza cayó lentamente, con una horrenda mirada
dirigida al doctor. Su manito se transformó en una garra horrorosa que se
deslizó convulsa por la túnica blanca, arrancándole un bolsillo.
Esa pequeña y desesperada garra iría a perseguir al doctor
durante algún tiempo, y, a veces, cuando estaba agotado por el trabajo, soñaba
con ella hurgando muy sucia en su carne. Si la ciencia no explicara todo, él
temería que aún en algún lugar alrededor del Sistema, tendría que pagar la
maldición que saltó de los ojos desorbitados por el terror.
Unas horas antes de abandonar
Durante el viaje de
regreso, sufrió una gran descompostura, y pensó todo el tiempo en que
cualquiera podía sacarle las vísceras para subir unos escalones más. Pensó en
su similitud con Diesel. Se sintió por momentos responsable del destino de
Cuando aterrizó, todo estaba preparado para su regreso a
Todo esto lo tenía en vilo, al punto de que un día se dio
cuenta de que le faltaba la mitad del cabello, sobre todo encima de las orejas.
Tiró la pinza en el inodoro y prometió cortarse una mano si volvía a ella para
solucionar la lenta disolución biológica. Se compró una peluca, de un color que
a él le gustaba, pero que no era el de su cabello, de manera que quien lo
observaba por atrás le veía dos colores, separados por una ridícula línea.
Además, se había olvidado totalmente de su pulsiones sexuales, o más bien,
cuando intentó usarlas, no pudo inyectarle ni siquiera la mínima turgencia al
sistema de siliconas de su invención. Así que prefirió olvidarlo, por el
momento, y se entretuvo muchas noches con viejas películas pornográficas.
Sufría una gran dificultad para valorizar las
informaciones, ya que no podía exponerse demasiado frente a quienes podían
darle el valor que él suponía que tenían. Trató de relacionarse con oficiales
de inteligencia, hasta que llegó al coronel Charlies. Este reputado oficial
tenía cerca de cien años, y un tiempo atrás se había operado el rostro, con tan
mala suerte que había quedado estirado como piel de tambor. El doctor Selmer
tuvo la suerte de operarlo algo después, para colocarle una válvula erectora de
Plastiflex Pinter, con un tubo súper rugoso de diez pulgadas movido a baterías
recargables piel a piel; y la operación había sido un éxito total. Antes de la
anestesia, el oficial le confesó al doctor que deseaba la operación para sentir
"aquello" allí, pesándole, molestándole saludablemente entre la piel
y el pantalón, y, de ninguna manera con un fin imaginable de vulgar uso. Así
que ahora el oficial había podido comprobar que era posible usar el ingenio
dirigiéndolo con la vieja mano, con la pila recién cargada, y todo eso se lo
debía al maravilloso arte del doctor Selmer.
Así que Selmer un día fue a su mansión con el pretexto de
revisar cómo funcionaba el sistema inyector de sangre, la batería piel a piel,
y si el tubo, por su descomunal volumen, no le producía molestias a Charlies en
la entrepierna cuando se desplazaba. En un momento, cuando el soldado se detuvo
a tomar del vaso de whisky, el doctor expuso ideas sobre formas de ataque que
podrían sufrir las bases exteriores y las estaciones de vigilancia en órbita.
Repentinamente, se había animado, se había arriesgado a que otro pudiera
llevarse el mérito. Agregó que ambos escalaban montañas distintas, que la de él
era más bien una suave colina, y que no habría inconvenientes por la
repartición del botín. (Cuando dijo esto, enrojeció, sorprendido por su
coraje.) El coronel estaba engullendo trozos de cerdo, con la ayuda del
alcohol; demoró en tragar la carne casi cruda y no le contestó nada, mirándolo
con frialdad, tratando de computar la figura o las intenciones de Selmer y
sacar conclusiones rápidas. No tocó las hojas con un montón de fórmulas, que le
extendió el doctor. Al irse, el doctor le dijo que había recurrido a él porque
era su paciente, un hombre de honor, y conocía su tarea en Inteligencia. Trató
de expresar sin palabras su situación. No supo qué agregar, y esa noche tomó
varias botellas de vino y muchos somníferos para tranquilizarse.
Tres días después, el doctor fue citado al palacio donde se
reunía
—Ustedes saben con qué celo hemos trabajado para
perfeccionar los bulbos, tubos e ingenios artificiales, y los recaudos
previstos para que nada afectara su estructura molecular. Pero,
científicamente, el poder del enemigo no es predecible con exactitud...
—Es el peor regalo imaginable para nuestra clase
plastificada —dijo un viejo, con una sonrisa de dientes de fundas de platino
bañadas en cerámica perfecta—. Tal vez no habrá más remedio que contraatacar de
inmediato.
—Eficiencia. Rapidez. Ausencia de sentimientos de debilidad
—dijo el coronel Charlies—. Tendremos que pelear obligados. Y ser implacables.
El doctor Selmer no hubiera querido decirlo, pero se le
escapó lo siguiente:
—Señores, en mi modesta opinión están ustedes perfectamente
protegidos, por el momento. Además, una descomposición acelerada, con
deformaciones repentinas e imprevisibles, no es tan fatal, en términos médicos,
claro está... Probablemente, aunque no lo sé con certeza, ocurriría sin dolores
atroces... Siempre tendremos tiempo de operar con total eficacia...
En la madrugada,
desalojaron al personal del Laboratorio Espacial de Guerra. El doctor Selmer,
con una cuenta abierta a su nombre en el Banco Central, eligió ayudantes y
llamó de inmediato a
Pero, realmente, aún no sabía por qué sucedía el fenómeno
parlante. Tuvo que confesar esto a los técnicos, sin tapujos. Podía suponer que
era una especie de virus o entidad semejante que venía en los meteoritos y
pasaba las instrucciones al cerebro que tocaba. Esto era absurdo, en parte,
porque sería una forma de atacar increíblemente ineficaz y lenta —para la
mentalidad terráquea, por lo menos— salvo que existiera algún otro motivo no
detectado. El doctor disertó sobre
Empezó experimentando con mil seres MC y especímenes
morpólipos. Siempre había preferido los momios estéticos o redondos.
Personalmente empezó experimentando con diez morpólipos muy sexuados, y diez MC
avanzados, todos sobrevivientes de las minas de
La misión fue clasificada como de Alto Secreto, aunque
fuera sencilla y aburrida en extremo. No había nada que explorar, salvo el
parloteo y el decodificación computarizada de los datos. En la clínica y en el
laboratorio se actuaba como si se persiguiera otro fin, no muy claro, y se
usaba a los seres experimentales casi como si fueran ayudantes, con el fin de
que no entrevieran falsamente alguna actitud negativa. Por eso fue necesario
tanto espacio, y pequeños laboratorios para evitar que se reconocieran y
pudieran hablar. El Alto Secreto debía preservarse por sobre todo.
Se confeccionaron diez mil capuchas numeradas. Con esto se
identificarían rápidamente los elementos y no habría problemas de confusión de
identidades o errores por golpes prematuros, etcétera. El número en la capucha
se veía a la distancia y era más eficiente que abrirles las camisas y leer
numeritos tatuados en la piel, idea que, al principio, tentó a algunos
técnicos. Así, golpeaban a un elemento y lo conectaban a los electrodos hasta
que hipara. Era improbable que cualquier verdad, hasta la más sutil, escapara a
los ingenios sensibles electrónicos.
La primer semana trabajaron sobre quinientos cráneos. Pero
después empezaron a golpear a doscientos por noche. Y no bien se iban
reponiendo, los volvían a martillear, y siempre, casi como si fuera un ritual,
en la noche. Los especímenes de
También se excluyeron algunos ejemplares descarados y
mendaces en exceso, y a los que sufrían de verborragia congénita en alto grado.
Y muy pronto comenzaron a observar que todos los mensajes eran de la misma
especie, repetitivos, y sólo distintos en las exposiciones de los que eran más
imaginativos. Las informaciones eran decodificadas por las computadoras
instantáneamente y en segundos se conocía cualquier nueva información, si la
había. Las mentes habían sido programadas con el mismo mensaje y sistema. El doctor
esperaba algo más complejo, más espectacular y convincente para presentar al
Comando General, que estaría compuesto no sólo por los hombres de Inteligencia,
sino por sus jefes, los astutos presidentes de las Empresas. Naturalmente, el
doctor conocía quiénes de entre sus ayudantes estaban para vigilarlo, y para
observar la marcha del proceso. Para quedar bien, conociendo sus gustos
probablemente congénitos, les había encargado la difícil tarea de cascar a los
enanos, y fue tanto el empeño que tuvieron que Selmer se vio libre para
sentarse horas detrás de su escritorio, con los pies sobre éste, bebiendo
pequeños sorbos de la petaca, que mantenía en la mano caída cerca del piso.
Después, les hizo regalos a los comisarios, sin mencionarles su conocimiento
del trabajo real, y los complicó en algunas compras innecesarias de elevado
monto. A los comisarios les entró el gusto de matar a los enanos con los
primeros golpes, y el doctor se preocupó de documentarlo, para llamarlos cuando
ya habían hecho verdaderos desastres. Luego les dijo que se quedaran
tranquilos, que los datos no pasarían a la superioridad. En fin, el doctor
trataba de entretenerse, mientras proseguía la furiosa búsqueda, y eso le hacía
bien. Se le iba la comezón, y comenzaba a dormir algo mejor. Además, le
empezaba a crecer el cabello detrás de las orejas, y los tics nerviosos que lo
acosaban habían mermado.
En esos días de paz y recuerdos, empezó a añorar el cariño
que le había dado el pequeño Biro. Hasta había sentido varias veces al día erecciones
de vigor inusual. La mismísima palabra Biro le producía una erección
desconocida. Por lo tanto, hizo derribar una pared de la sala de sacrificios y
colocó en su lugar un gigantesco espejo, detrás del cual se sentaba durante
horas a observar la tarea. Buscaba, inconscientemente tal vez, un sustituto de
Biro. Y lo encontró. Era un enanito bien parecido, tal vez de unos dieciséis
años, con las piernitas torneadas, unas caderas anchas y fuertes, con grandes
glúteos, y un cintura extremadamente fina. Casi pierde al enano, pues sus
vigilantes estaban por cascarlo en la nuca, cuando les dio la orden de
detenerse.
Días después, con el enano sentado sobre el escritorio, se
le ocurrió la idea de variar el elemento de impacto. Acarició el hermoso muslo
del enano, al que había hecho broncear de cuerpo entero en una cama solar, y le
dijo con una voz susurrante:
—A partir de hoy vivirás conmigo. Te llamarás Biro2 desde
este momento.
Ignoraba por qué, pero siempre se le ocurrían ideas
geniales en instantes sumamente íntimos. Llamó a un ordenanza y ordenó que esa
misma noche comenzaran con el marrón de hierro. La noche siguiente pensó en el
mazo de madera petrificada. La siguiente, con un poderoso martillo de plástico
de chapista antiguo. Luego, con un pequeño impulsor de rótulas. Hasta tuvo el
gusto de dar el primer golpe, esperanzado, ávido por encontrarle una solución a
todo aquello. Pero nada dio mejores resultados; y en los días siguientes
experimentó con toda clase de objetos contundentes. Cuando llegó al millar de
muchachos —aún prefería llamarlos así, con cierta camaradería— sintió que no
debía esforzarse tanto. Las computadoras no respondían mejor que antes, y
entonces volvió al meteorito en bruto. Se sintió nervioso y ciertamente
degradado, mientras le volvía la terrible comezón de escroto. No quería
recordar ni así el pasado brutal, bárbaro y apocalíptico de
Los experimentos siguieron aceleradamente y Selmer, poseído
por un impulso humanista digno de mención, consiguió un anestésico que no
afectaba el cerebro ni el sistema parlante de los enanos. Además, ideó un plan
que impuso a sus subordinados. Harían que los enanos MC se entretuvieran
jugando con las computadoras u otras máquinas y les descargaban la carga. A los
morpólipos les mostraban imágenes de androides falladas, o mal hechas,
totalmente desnudas. En una pantalla, ellos no podían distinguirlas de las
mujeres de carne y, de forma opuesta al comportamiento lunar, respondían
entusiasmados después del golpe. En cambio, los macrocéfalos no se activaban
demasiado y no variaban el parloteo ni por juegos, comidas o anatomías. Tal
vez, el anestésico los inhibía para gozar del sexo y de la música, de los
juegos con las máquinas, o vistiéndose como los humanos. Pero el doctor no pudo
hacer más.
La experimentación, al fin, no se extendió demasiado. Los
resultados y la rapidez eran vitales. Así lo había decretado el Estado Mayor
Empresario. El doctor decidió que era la hora de hacer la jugada definitiva.
Llenó algunos archivos con informaciones lamentablemente no muy fáciles de
entender. En que fueran o no creíbles estaba su futuro, aunque lo ayudaría el
pánico general creado por la idea fija de los bulbos retorcidos en descomposición
acelerada, con dolores impredecibles. La bola de nieve hacía estragos en la
clase A y urgía solucionar el tormento antes de que empezaran los suicidios
colectivos.
La figura de un pez en el centro de complicados diseños
geométricos del informe resultó incomprensible para los estrategas, empresarios
o militares. El pez era estilizado, pero se distinguía perfectamente. Selmer no
entendía nada de matemáticas y se abstuvo de manifestar algo. Los generales y
presidentes de empresas hablaban entre sí, sin tenerlo en cuenta, y a veces
consultaban detalles con los expertos en física, astrofísica y navegación
espacial. También había expertos en materiales plásticos, en electrónica, y
otros especialistas en ataques mentales controlados. Parecía que todos pensaban
que el ataque enemigo se sustentaba en fuerzas mentales misteriosas. El clima
de la sala era tenso, y los hombres fumaban sin detenerse. El doctor se había
puesto en extremo nervioso, sintiendo nuevamente comezón en todo el cuerpo.
"El huevo está puesto, pensó, lo demás no depende de mí."
Al fin del debate, la opinión de los empresarios fue más
fuerte. Sin tener otras pruebas, decidieron que se trataba de un letal ataque
foráneo, sustentado en secuelas y pequeños defectos heredados que aún tenían
las clases superiores.
—En efecto —dijo uno de los generales—, el pez es un
antiquísimo signo de venganza basado en la envidia.
El enemigo afectaría la estructura molecular de los
plásticos, y no había tiempo para averiguar con qué medios. Junto al humo de
los gruesos cigarros sedantes, flotaba la necesidad de hacer algo drástico,
urgente, que fuera una solución final.
—Algunos quedaremos vivos —dijo un empresario cuya edad
parecía sobrepasar los cien años—. Tal vez, los que no han sufrido operaciones
o injertos. Los demás, junto a la estructura social... Un conjunto de bulbos
parlantes asquerosos e inservibles. Todo el patrimonio pasará a sus manos,
cuando lo recompongan. Debemos considerar, además, que tal vez los seres no
bajen, y cedan el lugar a las clases inferiores, a las subrazas degeneradas que
no tienen plástico y así podrán sobrevivir. Debo confesar, en esta hora aciaga,
que varios miembros del Comando han muerto por el mal. Ya no nos queda tiempo.
El doctor Selmer se removía inquieto en la silla recostada
contra la pared, alejada de la mesa donde deliberaban los hombres. Observó al
coronel Charlies, extremadamente demacrado, apretando las piernas
espasmódicamente, con la mirada hacia abajo, como si rezara o estuviera por
dormirse.
—¿Y si no fuera más que una amenaza usando a los débiles
mentales para que nos transmitieran la idea del virus deformante? Nos
obligarían a tomar una decisión por algo que no existe más que en algunas
mentes. Es un hecho que no hemos constatado otro tipo de peligro. Con tal argucia,
tratarían de modificar la materia, y la materia somos nosotros tomando
decisiones erróneas.
—Podría ser cualquier cosa —opinó un general que no estaba
dispuesto a esperar—. Tal vez sea un fantasma que nos quiere usar a nosotros
contra nosotros. Pero, señores, no podemos correr el menor riesgo. No podemos
imaginar a las subrazas con el látigo en este lugar. Y nosotros, deformados,
pudriéndonos por adentro, en último caso, sirviéndolos o esperando que nos
ejecuten. Seríamos unos castrados si no usáramos las armas que tenemos y que
hemos perfeccionado por milenios.
Hubo un largo y tenso silencio. El Presidente se dirigió a
los técnicos y ordenó:
—Retírense ahora. Tomaremos la decisión.
La limusina del
Comando General, con los banderines de
Luego de entrar a su nueva mansión, con Biro2 detrás,
llevándole las memorias magnéticas, se fue a la biblioteca. Allí se consideraba
solamente un hombre, con algún ingenio, por supuesto. Había que ingeniarse para
sacarle esencia a todas las informaciones. Se sentía muy agradecido con lo que
había aprendido leyendo sobre las guerras y tramas políticas del pasado. Por
momentos, creyó haber enloquecido. A veces, las personas podían pasar por ser
siniestros conspiradores, sin haber tenido otra intención que la de servir
modestamente a su Nación. Servir a
Entre aquel medio millón de homo sapiens que restaban en
Tomó aquel libro de la antigua biblioteca recién adquirida,
y después sintió la timorata presencia de Biro2 anunciándole la llamada del
coronel...
Liter
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