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EL SEÑOR DE LA GIOL
Un
periodista barrial enfrenta un horror inexplicable
por Orson Pers
Orson Pers es un tipo que, manías más o menos, está próximo a aquello que,
la mayoría calificaríamos como normalidad. Y es un periodista. Así que, le
guste o no, está obligado a leer y a escribir a diario. Esta actividad mantiene
al individuo atento. Y lo obliga a pensar. La información, su obtención y
procesamiento mantiene el cerebro alejado de fantasías. Si agregamos que Pers
reniega de la televisión, esto nos da mayor certeza: tratamos con una persona
singular. No son pocos los que creen que un periodista “es un tipo que
sabe”. No es así. Pero no vamos a discutir ahora este punto.
En el café de Honduras y Bonpland, la tarde en que nos vimos, su expresión
distaba de la acostumbrada. A su tradicional caraculismo se había agregado
algo que yo no le conocía: temor. Pero
lo que sí me sorprendió fue su negativa a beber. Por fin, comenzó a hablar.
"Me llamó la atención la retirada
de los travestis de la zona roja del barrio. La vigencia del nuevo Código
no me alcanzaba para explicar tal fenómeno al que considero un milagro. Usted
sabe que estos caballeros no reconocen más autoridad que su propia fuerza.
Y que no le temen a nada de este mundo, lleve o no uniforme. En la calle percibí
un afantasmado rumor: poco antes de regir la nueva normativa contravencional,
tres operarios sexuales habían abandonado su parada en Guatemala y Godoy Cruz.
Algunos compañeros de tareas aseguraron que habían sido asesinados. No hubo
denuncia ni investigación. Y que yo sepa, nadie volvió a verlos.
Hace un tiempo me crucé con
la vieja de los gatos al borde de la Giol, sobre Paraguay. Me contó que tenía
miedo por sus amigos felinos. "Que no te agarre el señor mi querido"
le decía mientras le acariciaba
el lomo a uno dorado, y al que le faltaba un ojo. Le pregunté a quien se refería
como “el señor”. "Al señor de la bodega". Algunas noches hay luz en los pisos superiores,
pero al igual que usted, dudo que alguien resida allí. Es sabido que los sectores
ocupados son los galpones alejados de la estructura. ¿Vive alguien ahí dentro?,
le pregunté. ¿Qué podría pasarle a sus gatos? No me contestó y se llevó sus
bolsas a otra parte. Pero noté que el asunto le preocupaba. Desde lejos me
gritó "Lo mismo que a las ratas, ¿o no se dio cuenta que ya no
hay ni una sola?".
Usted y yo sabemos que, pese al
anunciado “Rataplán” del Gobierno porteño, hace diez mil años
que no desratizan allí. ¿De qué hablaba esa mujer? Como sea, me lo encontré
a Don Coblán una tarde en “El Preferido de Palermo”.
(Coblán era el apodo con que los barrenderos habían bautizado a Liublan Krescwzick
un inmigrante centroeuropeo, al que Pers suponía croata o esloveno, y al que
el vino blanco y una vida desarreglada le habìan estropeado el entendimiento
hacía mucho tiempo).
"Como siempre, le invité
un par de blancos. “Ah periodísticos, ustede si que sabenla todas”.
Una vez más intenté explicarle que eso no era cierto. “Viene con cámara
por noche con mí a bodego iol y yastá, paramo rotativa, ja, ja,ja…¿qué
parece a Orsón? Era el segundo vecino, si bien los dos inhábiles, que mencionaban
la antigua edificación. ¿Qué pasa en la Giol? Don Liublan, la vieja de los
gatos me habló ayer de un hombre que vive allí? ¿Quiere que le saque una foto
a esa persona? “¿Hombre? Jaja no Orsón, “¿Persona?, jajaja, no
Orsón”. Yo digo valpurgi, critura ni humana. Yo visto latra noche en
balconada allá esquina Gadoy Cruz y Párgay”.
Liublan era un alcohólico pero no era un imbécil. Pers sabía que el hombre
hablaba cuatro idiomas y que había sido alguien. Sus historias de los campos
de refugiados de la Cruz Roja en Italia lo fascinaban. Ahí en el barrio, al
alcance de la mano, había un testigo de la Segunda Guerra y nadie lo tomaba
en serio. Veían sólo a un viejo borracho que hablaba en cocoliche.
"Midnight Orsón. Io voelve de
Pacìfica por Gadoy Cruz. Cuando cruza Párgay, visto sombra en balconada. Alto,
flaco, negro abrigo. Queda miranda figura contra luz luna. Ahora salta y hace
mayor tamaño, ¡y vuela! Dispues pega contra muro, como mosca. Le jura Orsón,
figura camina pared como lagartija con tantas patas, hasta que mete por ventanales.
No creyendo lo que vi, pero lo vìsto. Nadie queda en bodega, ni traveshi,
no homeless, no rats no cats. No one in bodega. Único Lord of the Iol...”
No era razonable, pero
bueno, tampoco tengo una agenda tan cargada.Y sentí curiosidad. Quedamos esa
misma noche en la Kentucky de Av. Santa Fe. A las 22:30 comprendí que no vendría.
Habría encontrado algún compadre que le pagara unas copas. Bien por él.
Regresé por Godoy Cruz hacia
Paraguay. Quería ver ese balcón. Y esa noche todavía había bastante luna.
Quizás el viejo Liublan estuviese allí. Desde la esquina del hotel de parejas
pude ver aquél lugar en la segunda planta de la sombría construcción. Es curioso
que ahora, ese lugar, antes tan concurrido esté desierto. Ni siquiera estaban
los cirujas que dormían cerca de la frutería. Mi fuente no se veía por ningún
lado. No me pregunte porqué, pero decidí entrar. Como usted sabe no es difícil.
Pasé por una abertura entre pantallas publicitarias. Ahí dentro estaba oscuro
así que prendí la linterna que había previsto llevar.
Como usted recuerda, las losas
de las planta superiores fueron derribadas para que no se instalen otra vez
los okupas. Así que el lugar es un gigantesco ambiente lleno de nada. Basura,
maderas, restos de todo tipo y mugre de diversos origenes. Es un lugar muy
húmedo. Hay agua en los sótanos. En el medio, cerca de la pared que da sobre
Paraguay hay un antiguo ascensor de carga. Creo que allí tuvo lugar el último
incendio. Noté algo raro: no hay manera, salvo trepando, de llegar al balcón
que había mencionado Liublan. Y el silencio.
Cuando el rumor del tráfico
externo se detenía, aquél lugar era como una bóveda bajo la tierra. Estuve
parado allí unos diez minutos cuando un zumbido extraño, y un fragor como
de aire que desplaza un rotor, fuerte y desde arriba, me sobresaltó. Apagué
la linterna y miré hacia la entrada al balcón. La peculiar vibración terminó.
Escuché un ruido. Como algo pesado que cae pero no desde mucha altura. Una
sombra ocultó por unos instantes la claridad lunar. Había algo allá arriba.
Volví sobre mis pasos y me pegué al muro para fundirme en la oscuridad. El
zumbido y la sombra otra vez. Esperé con los nervios de punta. Por una de
las aberturas de la primera planta, a unos 15 metros, tapada por una gran
columna, apareció algo. Como lo había descrito Liublan. Un tipo alto y enorme
todo de negro. Comenzó a moverse con un ruido que no pude explicar. ¿Vio còmo
hacen los chicos cuando chasquen la lengua entre el paladar y los dientes
de abajo? Hacía ese ruido, pero rápido. Y traía algo en la mano. Usted sabe
que la máquina digital permite tomar fotos en penumbras. Tiene como una especie
de visor nocturno que amplifica la luz. La saqué tranquilo porque le había
eliminado el flash y los sonidos para ahorrar carga. Con el zoom, sin ser
advertido, podría ver de cerca al señor que habían mencionado Lublian y la
vieja de los gatos.
Con muy poca luz, pero pude
verlo mejor. Su cabeza se inclinaba y se movía sobre lo que traía cargando.
A través del lente llegó el pánico cuando comprendí que era un torso humano.
Al entender que esa cosa estaba comiéndoselo casi muero del susto. No sé como
guardé la digital en el estuche del cinturón, quizás un acto reflejo. Usted
conoce mi problema, en situaciones difíciles, con el pinzamiento de algunas
vértebras en mi columna. El dolor fue más fuerte que nunca y que me clavó
al piso. Pese al esfuerzo que hice para retroceder y salir corriendo, lo único
que logré fue patear un fierro que sonó como una explosión atómica. Aquello
giró la cabeza hacia donde yo estaba parado. Así que todo había terminado.
El tipo empezó a hacer ese ruido al desplazarse, como si caminara sobre zancos.
Avanzaba directamente hacia el punto en el que el miedo me aferraba al suelo.
Cuando me tuvo a dos metros se detuvo. A pesar de las sombras, y el pánico
vi que llevaba como una careta, como una especie de caricatura o mamarracho
de un rostro humano. Como maquillaje de teatro. Desde la platea se ve bien,
pero de cerca es grotesco. Cuando terminó su inspección ese engendro maldito
elevó un largo brazo que terminaba como una espada afilada. No tenía ni manos
ni dedos. Solo filo.
La careta se partió en dos
para mostrar un horror que traía debajo y su brazo comenzó a bajar hacia mí
cuando, con un sonido como de succión una especie de punta, como un arpón
surgió de su pecho del que brotó un chorro de una sustancia oscura y hedionda
que pasó a centímetros de mi cara. De algún lado surgió un borboteo con chirridos
como si uno entrechocara sierras metálicas. Giró y pude ver que estaba atravesado
por una especie de lanza. Aterrado por completo y confundido vi detrás de
la cosa, a unos 10 metros a un tipo fornido, de bermudas, gorrita y zapatilla
y en cueros. No estaba solo. De los costados y detrás de las columnas aparecieron
varios más. Todos armados con barretas, palos y fierros.
La criatura cayó y se le vinieron
encima todos al mismo tiempo. Usted conoce la frase “lo molieron a palos”
pero seguramente nunca vio como es eso. Ahora puedo decir que yo sí... Lo
rodearon y comenzaron a descargar una lluvia de fierrazos al mismo tiempo
que lo puteaban y aullaban en un dialecto foráneo, quizás guaranì, no lo sé.
Para mí eran el 7º de Caballerìa de Custer al rescate. Aunque era inmenso
no pudo levantarse. Lo deshicieron a golpes durante unos 20 minutos. Llegó
otro más, de similar atuendo con un bidón en la mano. Roció los restos que
aún se movían y zumbaban. Todos nos corrimos y otro tirò un fósforo. Las llamas
iluminaron las caras de mis nuevos amigos mientras el fuego terminaba con
aquélla abominación. A varios ya los tenía. Uno limpiavidrios en Juan B. Justo
y Honduras. A los otros los había visto entrando y saliendo de los galpones
ferroviarios más de una vez.
"Esto no pasó padre" me dijo el
que daba las órdenes. "No queremos lío. Este mandinga se llevó
a uno de los nuestros. Y ahora estamos en paz". Se fueron por donde vinieron. Y yo también.
Tras la quiebra de la bodega, el lugar fue abandonado y luego ocupado ilegalmente
por más de quinientas personas, que fueron desalojadas en octubre de
1994 por un numeroso contingente de policías. Hasta hace poco tiempo,
las calles cercanas a la enorme bodega se habían transformado, en los
hechos, en una zona roja frecuentada por numerosos travestis y “clientes”.
Actualmente, el predio, en avanzado estado de deterioro, es propiedad del
Estado nacional y existen varios proyectos para cambiar su destino. Por ahora,
sigue siendo un lugar no muy recomendable para transitar en la noche.)
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