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MEMORIAS DE UN COSTAL DE GUSANOS
Por Darío Lavia
15 de Agosto
Dormir
durante tres meses no es muy saludable.
Menos es hacerlo en un oscuro pozo en el que no sabes si es de día o de noche.
Y mucho menos si hay insectos y nematelmintos que pueden devorarte por dentro
y dejarte como un queso.
No voy a seguir dialogando contigo maldito gusano, pues no eres digno de mí
conversación, así como tampoco te interesa en lo más mínimo lo que tengo para
decirte. A ti solo te interesa carcomer y digerir mi carne para alimentarte,
y alimentar a los tuyos.
Lo mismo puedo decir de ti, pequeña escolopendra que habitas en lo que alguna
vez fue mi estómago. Tú y tu prole tienen un cobijo seguro bajo el duodeno,
aunque últimamente cientos de miles de pequeñísimos gusanillos se disputen microscópicas
parcelas de paredes estomacales.
Algún día me consumirán por completo y dejaré de ser un refugio para ustedes;
ese día me abandonarán y sin mirar atrás marcharán hacia algún perro muerto
o se quedarán una temporada en la tierra. ¿Quién lo sabe?
Pero por ahora sigo cumpliendo bien mi labor. Claro, pues, no sirvo para nada
más que costal de gusanos y alimañas. Y pensar que en algún momento fui un esbelto
y atlético mozo que supo tener el amor de más de una muchacha. En aquellos tiempos
ni una sola araña se refugiaba en mis axilas perforadas y ni un solo grupo de
hormigas coloradas forjaba nidos en mi recto. ¡Qué tiempos de bonanza y como
el destino los malogró!
Porque no siempre tuve hongos en la entrepierna y colonias de pulgones en la
ingle. No siempre toleré que lombrices de más de veinte centímetros de longitud
naveguen por mis fosas nasales en busca de la humedad y oscuridad de mis pulmones.
Y no siempre permití que mis ojos fuesen alimento de cucarachas blancas, que
lo masticaron desde adentro, por las cavernas que fabricaron penetrando por
los orificios del oído.
En algún momento tuve sangre dentro de mis venas; sangre caliente que circulaba
y que me daba fuerza y vitalidad, y no el estofado coagulado que sirvió como
caldo de cultivo para todo tipo de enfermedades y bacterias nocivas.
En aquel momento yo tenía un nombre, pero realmente no lo recuerdo, pues cuando
uno deja de escuchar su propio nombre algún tiempo, termina por olvidarlo.
16 de Agosto
En aquel tiempo yo tenía un amor, una bella mujer que
me amaba. La historia de su amor tiene mucho que ver con mi estadía actual y
con la posibilidad de dejar esta situación engorrosa para siempre. Su presencia
hacía que el caudal de mi ternura rebozara de felicidad y que me expresase con
todo tipo de acciones bellas que a ninguna mujer antes había dado. Ella sentía
algo similar por mí y siempre se encargaba de brindarme amor y felicidad, como
nunca nadie había hecho antes. A ella tampoco nunca le había tocado vivir un
sentimiento así con ningún hombre, y yo fui el primer hombre de su vida (y como
veremos después, tambien el último).
Todo comenzó el día que ella me declaró su amor.
- Te amo, -dijo Elena- tú eres la persona con la que deseo pasar toda mi vida.
- Te amo también Elena.
- ¿Y tú también quisieras pasar el resto de tu vida conmigo?
- Por cierto.
- ¿Y qué pasaría si uno de los dos muriera? - preguntó iniciando nuestro descenso
en el extraño mundo de las tinieblas.
- El otro tambien lo acompañará al más allá.
El amor suele hacer que las personas obren de extrañas maneras. En una situación
normal no me hubiera arriesgado a comprometer mi vida por otra persona, pero
en aquella ocasión, con los sentidos embargados por la obnubilación que significa
estar enamorado, sellé con mi amor una promesa que no me cambiaría la vida,
sino la muerte.
Los meses pasaron hasta que un día ella descubrió que moriría irremediablemente
por una enfermedad incurable de la sangre. La desazón que experimenté fue terrible
y no es recomendable para nadie.
Iba a perder al ser amado por un capricho del destino que solo tocaba a una
entre cien mil personas.
Esta enfermedad provocó un largo proceso de recaimiento espiritual en mi persona,
pues ya no quería comer y viví durante dos meses solamente porque ella seguía
viva. Ningún otro motivo animaba a mi corazón a latir. Y ninguna ambición me
llevaba a proyectar algo luego de que Elena hubiese abandonado este mundo.
Tal sentimiento de abandono mellaba en mi cordura radicalmente, animándome de
un día para el otro a todo tipo de actos de vicio y locura, que nunca antes
había intentado.
17 de Agosto
Ella partió un día gris de otoño. Se fue un 15 de Mayo.
Los médicos dijeron que habían hecho todo lo posible. Los padres de ella se
resignaron rápidamente: claro, ellos tenían otras tres hijas de distintas edades
con las cuales conformarse, y yo no tenía otra persona que me amase como Elena.
Durante un día entero deambulé por la ciudad y por el campo. Vagué sin rumbo
y en un estado de inmensa desesperación en busca de una presencia que se ausentaba
del plano de mi existencia. Poco a poco comencé a madurar el asunto de mi propia
muerte.
Esa misma madrugada entré en el cementerio y fui en busca de la tumba de Elena.
Para mi sorpresa ella había sido puesta en un nicho junto a cientos de seres
más que descansaban horizontalmente a lo largo de una inmensa pared de nichos.
Luego de dos horas de mirar fijo la chapa del nicho imaginé que ella me miraba
por los números ceros de la cifra que le había tocado en suerte y me decía que
me estaba esperando. Nunca supe a ciencia cierta si fue una manifestación del
otro mundo o una jugada de mi mente cansada y fatigada.
En definitiva, salí del cementerio y, en una actitud de lo más autodestructiva,
comencé a caminar por la carretera de espaldas a la dirección en que circulaban
los automóviles. Ningún vehículo rompía la quietud de la noche sin luna; y ninguna
esperanza me llamaba a formar parte de la gente que tenía ganas de vivir.
Un gigantesco camión de transporte de contenedores tocó bocina y aplicó sus
frenos practicamente cuando se encontraba encima mío. Primero choqué contra
la parte inferior de la parrilla, impacto que partió mi espalda de la misma
manera que se quiebra un mondadientes. Parte de mi cuerpo se estampó contra
la misma y se marcó en drásticas líneas horizontales que me hicieron sentirme
brevemente como una hamburguesa a la parrilla. Instantáneamente se produjo la
quebradura de mi cráneo, que no aguantó la presión de los paragolpes del camión
y se astilló seriamente en la parte superior. Estos dos golpes me dejaron casi
muerto, así que no llegué a sentir como mis piernas eran atraídas por una fuerza
superior que me obligaba a expedicionar el chasis del camión y sus neumáticos.
Inmediatamente luego del choque mi cuerpo se partió internamente en dos mitades.
La mitad superior decidió alojarse brevemente en la trompa del camión y la inferior
comenzó a adoptar una tendencia a dirigirse hacia abajo... muy abajo. Quizás
durante veinte metros de carretera (recordemos que el camionero aplicó los frenos
para frenar realmente ciento cincuenta metros después) estuve en tal posición,
con lo que mis pies se convirtieron por la fricción con el duro pavimento en
dos extremidades rojas y blandas, que provocaban de a ratos algún manchón en
la ruta.
Finalmente mi espalda (o lo que quedaba de ella) cedió y mis dos mitades, ambas
unidas solo por algunos cartílagos y carnes flojas, se adentraron en la parte
inferior del vehículo automotor con lo que tuve una lección interesantísima
de mecánica entre otras cosas. Por ejemplo, comprobé como un eje delantero puede
cercenar brazos (mi brazo derecho, que sin control impactó en la cavidad de
la rueda y el chasis lo puede evidenciar); y como la acción de rebotar entre
el pavimento y el mismo chasis puede provocar todo tipo de heridas, como el
resto de mis rasgos faciales lo pueden atestiguar.
Por suerte para mi integridad física salí despedido (gracias a un extraño rebote
que dio mi cabeza contra el guardabarros) por el lateral derecho del camión
(debajo de la puerta del chofer, que jamás se dio cuenta), y volé quizá unos
diez o quince metros hasta un pozo abierto que tenía varios metros de profundidad.
Escuché que el camión siguió su carrera vertiginosa hasta que frenó en algún
momento y lugar. El chofer jamás me encontró y, luego de limpiar mi sangre de
la parrilla de su trailer, siguió camino como si no hubiera pasado nada.
Por fin estaba muerto y no tenía que vivir más.
23 de Agosto
Como pude comprobar después los muertos siguen viviendo
aún muertos, aunque cueste creerlo.
La segunda parte de esta historia es muy corta y aún se está desarrollando.
Sucede que apenas quedé en el lúgubre pozo que describí escuetamente al principio
de este relato, descubrí que mi alma no se había separado de mi cuerpo como
se suponía. Las reglas que yo conocía hablaban acerca de que la muerte es el
final de todos los sufrimientos, pues el alma se separa del cuerpo y se dirige
hacia algún lugar en el eter. Además decían que más allá de la muerte ya no
tendríamos que seguir viviendo en la Tierra.
Para mi sorpresa seguía en el pozo.
Pasaron dos minutos.
Para mi sorpresa seguía en el pozo.
Luego transcurrieron treinta minutos.
Para mi sorpresa seguía en el pozo.
Incluso dejé pasar una hora entera, para ver si era un proceso sistemático y
lento.
Para mi sorpresa seguía en el pozo.
Pasaron dos horas y media.
Para mi sorpresa seguía en el pozo.
Y luego un día entero sin novedad.
Para mi sorpresa seguía en el pozo.
Y seguí en el pozo sin cambiar de posición, apestando a muerto y comenzando
a sentir mi cuerpo invadido por hordas hambrientas de todo tipo de animales
inferiores: insectos de todos tipos y especies como lepismas, langostas, grillos,
cucarachas, tijeretas, avispas, hormigas, escarabajos peloteros (de esos que
viven en la bosta), gorgojos, pulgas, colonias de mosquitos (especialmente durante
los primeros días que tenía aún sangre líquida), moscas, moscardas, moscardones,
estros, moscones azules, tábanos, moscas domésticas, moscas verdes, algunas
polillas, pulgones, chinches, vinchucas, ladillas. También arácnidos de todas
clases y familias, como araneidos, escorpiones y ácaros. Y, ¿cómo no? los típicos
crustáceos que pululan por las zonas húmedas de toda vegetación, como cochinillas
y ciempiés y escolopendras de todo tamaño. Pero también no hay que olvidar a
ese cúmulo de seres aún más inferiores que representan pequeños moluscos como
caracoles y babosas y esas aireadoras de la tierra tan apreciados por los pescadores
que son las lombrices.
Todo este cúmulo de seres son realmente mis aliados, pues para cumplir mi objetivo
dependo de las alimañas que viven en mi interior y en mi periferia. Pobres,
yo las critico tanto por sus hábitos carroñeros porque soy un estúpido y no
comprendo la magnitud de la bendición que ellas implican para todo el ecosistema.
Ellas trabajan cada segundo del día sin tomar descanso (ni siquiera domingos
y feriados) para terminar su trabajo sobre mi cuerpo. Pués me di cuenta, luego
de una revelación profunda, de que la transición del alma realmente se opera
cuando ya no quedan vestigios del cuerpo. En el momento en que el último tejido
de carne desaparece, nuestra alma se ve liberada de su ancla para poder abandonar
efectivamente este mundo. Curiosa regla que jamás nadie me había comunicado
y que tuve que aprender a fuerza de voluntad de vivir (o morir) en este pozo.
25 de Agosto
Hoy soy casi feliz, pues vivo la certera esperanza de
que en el momento en que mis amigos me terminen de digerir, mi alma se verá
libre para reunirse con Elena, que me está esperando. Y cuando el encuentro
se produzca, cosa que calculo para unos cuatro o cinco meses más, hasta que
mis huesos queden limpios y relucientes, mi felicidad va a llegar al límite
supremo. En aquel momento nos reuniremos en una misma escencia llamada amor,
que fusionará nuestras almas en una sola y ya no nos separará ninguna circunstancia
más. Y si para eso hay que esperar algún tiempo, el sacrificio se hará con mucha
decisión.
20 de Diciembre
Hoy me di cuenta de mi destino de perro bastardo y maldito.
Una pena enorme me embarga, tan grande que estando muerto quiero volver a vivir
y regresar a ese mundo estúpido y carente de valores éticos y morales. Pasó
que cuando por fin me liberé del anterior envoltorio y me vi libre de ir a unirme
a Elena recordé que ella estaba en un nicho. Un nicho cerrado herméticamente
y en el que su cadáver permaneció libre de alimañas. Libre por muchos años.
Por demasiados años, más de diez.
Hasta que sus padres decidan incinerarla o llevarla a la tierra.
O hasta que alguien cambie las malditas reglas de esta condenada existencia.
(c) Darío Lavia, 2000
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