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HIJO Y MARTIR
(Segunda parte)
Por CARLOS AGUILAR AGULLO
A. - Pero. ¿Usted conoce a mi madre?- preguntó descompuesto.
L.B. - ¡Contesta, estúpido majadero!-.
A. - Si, claro que si. Claro que quiero vivir y ver a mi madre- contestó tímidamente
y aterrorizado ante la amenazadora presencia.
Al instante percibió con alivio como desapareció el agudo dolor que le atenazaba
desde su tórrida aventura con la fregona; pero, el favor de la bestia le costó
caro. Antoñito observó como el pantalón hacía hueco en la entrepierna. En un
acto reflejo, tocó sus órganos sexuales con ambas manos notando cómo había sido
castrado.
A. - ¡Me has dejado eunuco, jodido demonio! ¡Me has dejado sin pelotas! ¡¿Y
mi pene?! ¡Argh! Pero, ¡¿Qué me has hecho?!.- gritaba mientras se levantaba
con la intención de agredirle.
Aquel demonio emitió un grito ensordecedor, terrorífico y lleno de hedor, que
lo mandó al techo, como si de un trapo se tratara, dejándolo allí de obligado
y aterrorizado espectador.
L.B. - ¡Calla, o temblarás y te abrasarás como el pábilo del cirio!. Sabes quien
soy, pero es evidente que estas muy lejos de conocer mi poder. Conozco a tu
madre. ¡Claro que la conozco!. sus padres la echaron de casa por quedar embarazada
y no saber el nombre del padre. Era la puta del pueblo. Todos los machos y machitos
con los que tuvo cualquier relación terminaron expulsando su semen en su lujuriosa
vagina. Abortó la rabiosa vida que llevaba en sus entrañas y corrió todos los
prostíbulos de Córdoba hasta que, en uno de ellos, conoció al cornudo de tu
padre. ¡Yo he vaciado su alma en mí! ¡Ella me pertenece por siempre!.
A. - ¡Nooo!- gritó llorando mientras tapaba sus oídos.
L.B. - ¡JA, JA, JA! ¡¿Qué esperabas?! ¿Qué fuera una santa? ¡JA, JA, JA! ¡Maldito
desventurado!-
A. - ¡¿Qué quiere de mí?!- preguntó desafiando a la bestia.
L.B. - ¡No! ¡Qué quieres tú de mí!. Creía que lo único que te unía a este mundo
era la posibilidad de volver a ver a tu madre, pero veo que eres un pequeño
miserable sin agallas-
A. - ¿Qué quiere a cambio?- preguntó tímidamente y cabizbajo.
L.B. - ¡Tráeme una doncella!. Pero, una mujer madura. ¡Quiero una mujer madura
y virgen!. pareces estúpido, pero sé que puedes conseguir esto para mí. ¿Verdad
que sí? ¿Verdad que te gustaría volver a estar hiperprotegido embutido en tu
matroambiente?-.
A. - Y, ¿Qué harás con ella?-.
L.B. - ¿Acaso importa?. Serás fiel testigo de un sublime flirteo. Te aseguro
un momento de placer que no olvidarás jamás. ¡JA, JA, JA!-
Antoñito firmó un pacto de sangre con aquella inmunda criatura. Le conseguiría
su deseada doncella a cambio de una visita de su fallecida madre. El diablo
no devolvió sus órganos sexuales a Antoñito, pero le dio algo de vigor para
poder emprender su empresa con esperanza de éxito.
La ropa que vestía era denigrante, estaba manchada de sangre y vómitos secos.
Sacó de un armario su "traje de recepción" para vestir sus mejores galas en
una supuesta visita de su madre, y se engalanó con él, dando comienzo la desesperada
búsqueda. Aun así, su aspecto no le iba a permitir pasar desapercibido, ya que
las secuelas de los golpes que se había propinado en el rostro y sus desorbitados
ojos delataban en él un carácter, cuando menos, extraño.
Eran las cinco y media de la mañana, Antoñito atravesó el dintel de la puerta
que, al fin, le liberaba. Faltaban dos horas para que el sol saludara despóticamente
al mundo, y, el alocado emisario de la muerte, caminaba por la Sierra buscando
con una tranquilidad pasmosa la senda que lo relacionara con su destino. A unos
cinco kilómetros, encontró la solitaria carretera comarcal que le conduciría
a Albacete. Ésta sería la ciudad que, en un principio, le daría acogida para
comenzar la complicada y bárbara caza.
Lo llevó hasta su destino el infeliz conductor de un automóvil que pasaba por
allí aquella fría madrugada en la que el termómetro había escondido su medida.
Antoñito, inerte en el arcén, en mangas de camisa y con los brazos cruzados;
miró desafiando, el paso de aquel automóvil y observó con indiferencia como
aquel hombre lo detuvo creyendo que se trataba de una
emergencia. Durante el trayecto, Antoñito evitó la conversación, se limitó a
cogerle al asustado conductor, cigarrillo tras cigarrillo, y, pavesa tras pavesa,
caían al vacío convirtiendo sus pantalones y la tapicería en una verdadero campo
de batalla. Al llegar a Albacete, Plácido, el conductor del vehículo, paró en
el primer semáforo de la ciudad para que bajara aquel loco. Antoñito, sin mediar
palabra, se apeó y quedó desorientado en la esquina. Al arrancar el vehículo,
Plácido bajó la ventanilla y, comprimiendo el aire de sus pulmones, gritó con
todas sus fuerzas -¡¡¡ cabróóón !!!-. Aturdido, indignado y encolerizado, siguió
su camino con la firme convicción de no recoger jamás a ninguna otra persona
en la carretera.
Antoñito se dirigió hacia el centro de la ciudad buscando alojamiento. Tomó
como cuartel general una cutre pensión que le sirvió para realizar el proyecto
del cruel y diabólico plan. No sabía por dónde empezar y estuvo varios días
pensando en cual y cómo sería su víctima; y, sobre todo, dónde y cuándo localizarla.
Tras muchas divagaciones decidió comenzar entre las feligresas de la Catedral.
Visitaba, día tras día, el sacro recinto con la esperanza de encontrar cuanto
antes la doncella de mediana edad que le había exigido el maligno.
- ¿Cómo voy a saber yo la que, de entre todas estas mujeres, es virgen?- se
decía desde su acecho en los últimos bancos un sábado en plena misa de ocho.
La iglesia estaba repleta de fieles, todos los bancos estaban completos, incluso
había gente de pié. Todos, menos el banco que ocupaba un Antoñito que transgredía
las nociones más básicas de respeto y convivencia
dentro de una comunidad con unas reglas muy bien definidas. Este comportamiento
ocasionó que, en pocas semanas, fuera conocido en la Catedral como un enfermo
indeseable que debía ser ingresado en alguna institución de salud mental. Al
sentirse descubierto, abandonó sin más su primer frustrado proyecto.
Antoñito se había obsesionado con el mundo eclesiástico. Siguió rondando varias
parroquias hasta que creyó encontrar la que estaba buscando. Se trataba de una
céntrica iglesia en la que un grupo mixto de maduros parroquianos realizaban,
gracias a su fe, diferentes actividades:
catequesis, coro, admisión de nuevos parroquianos, organización de excursiones,
etcétera. todo bajo la supervisión del Sr. Párroco; parecía ser un caldo de
cultivo excelente para encontrar lo que buscaba. Después de muchos esfuerzos,
logró ser un febril bulto entre los fervientes
parroquianos, pero consiguió introducirse en ese ambiente para observar que,
efectivamente, eran al menos tres las candidatas para ser llevadas ante la bestia.
Una a una las siguió durante varios meses, y, dos de "las monjitas" (como él
las llamaba) estaban liadas con dos de los casados miembros del coro. Al llegar
a la pensión, gritó durante un buen rato -
¡Zorras! ¡Zorras! ¡Putas!- hasta el punto de ser llamado al orden en repetidas
ocasiones por el recepcionista, que llegó a agarrarlo por el pecho con intención
de echarlo. De hecho, tras reiteradas y violentas broncas, telefoneó a la Policía
para privarle de su habitación; pero
Antoñito supo reaccionar a tiempo y conservó su estancia sacrificando su desahogo.
Sólo quedaba una candidata a la que nunca vio con un hombre y que daba la impresión
de no haber estado jamás con ninguno. Alicia estuvo a punto de ser raptada,
pero Blas, su imperecedero y agnóstico "novio de toda la vida", regresó de Guatemala
concluida su misión en una reconocida ONG. Aun así, y sin creer que Alicia fuera
capaz de mantener relaciones sexuales con ese hombre, les siguió incesantemente
durante varios días hasta que, encerrados en el automóvil del padre de Blas
y, en un picadero situado en las afueras de la ciudad, fue testigo de la lujuria
más caliente y excitante protagonizada por los dos desesperados amantes. Apesadumbrado
y desconcertado, volvió a su cutre pensión para urdir otro plan.
Sin ideas, decidió echarse a la calle e ir a la aventura: se metió en el primer
bar que encontró. Allí pidió un par de cervezas que degustaba mientras oteaba
el terreno. Le pareció una idea excelente buscar a la chica entre las decenas
de pubs que componían la zona de copas de la ciudad.
Solicitó al camarero la guía telefónica y escogió al azar media docena de pubs
que anotó en una servilleta de papel con el propósito de visitarlos aquella
noche. La selectiva elección se convirtió en un juego que le entretuvo durante
un buen rato, hasta que, con la lista en el bolsillo, decidió comenzar la batida.
El pub que encabezaba la lista gozaba de un ambiente propio de quinceañeros;
aun así, pidió un whisky atraído por el incomprensible baile de unos jóvenes
que perdían la verticalidad alarmantemente hasta caer al suelo, para ser pisoteados
por los que aún quedaban en pié. Esta especie de juego había impresionado a
Antoñito que no perdía detalle del deplorable espectáculo. En este ambiente
extremo y violento, lo normal era que una trifulca diera al traste con la diversión,
pelea que arrasaba el establecimiento en pocos minutos. Antes de terminar su
whisky le sorprendió un vaso que, rozando su oreja, fue el preludio de la pelea
vespertina que dio con sus huesos en el asfalto. Se incorporó con un ridículo
saltito y con maneras de boxeador y se escabulló para salir de ese enredo. Siguió
su lista: "Frutería Prudens"; era el curioso nombre de un refrescante pub que
había trasladado lo hawaiano a lo mediterráneo. En él, camareros y camareras
se adornaban con unos enormes sombreros confeccionados con motivos frutales,
y, servían, como especialidad de la casa y en honor a la naranja, "Agua de Valencia".
La música española, que ganaba en decibelios conforme avanzaba la noche, ambientaba
a la relajada y madura clientela que frecuentaba aquel lugar. Antoñito quiso
probar lo que tomaban los demás para sentirse integrado en aquel entorno, pero
no se conformó con una copa, sino que siguió bebiendo hasta que aquel brebaje
terminó con su aparente sensatez. Así, fue pasando por distintos ambientes hasta
que, al llegar al sexto pub de la lista, tropezó y cayó al suelo obtuso por
la borrachera que le dominaba. Siguió bebiendo, y, ya sin objetivo, no paraba
de balbucear groserías y reír solo. Al lograr salir del último pub, se dirigió
a una discoteca de moda. En la puerta puso su mejor cara y, aun así, su entrada
dependió de la negligencia del portero. Era temprano y prácticamente estaba
solo, la única compañía con la que contaba era la del personal contratado que
comenzaba su ardua jornada. Cuando la discoteca se ambientó, Antoñito iniciaba
su segunda borrachera. Todas las chicas que pasaban por su lado se llevaban
un regalo suyo. Pronto recibió el primer guantazo, que lo apeó del taburete;
pero esto, en vez de asustarlo, lo animó para seguir insultando con más insistencia
a todas las chicas hasta terminar inconsciente en el Hospital. Los diez días
que allí permaneció le dieron suficiente tiempo para pensar en su próxima potencial
víctima. Se recuperó milagrosamente de sus múltiples heridas y contusiones,
y abandonó el Hospital sin la autorización médica para ir directo a buscar a
la mártir que escogió con tanto esmero. Ante los resultados tan nefastos que
había obtenido hasta ahora, cambió radicalmente la estrategia. Pensó que, siendo
sincero con una monjita que había sacrificado su vida por aliviar las almas
y los corazones de los más desfavorecidos, obtendría la esperada ayuda, solucionando
así su terrible problema.
Con esta idea logró encontrar un Convento de Caridad ubicado en las afueras
de la cuidad. Al llegar, la puerta se hallaba abierta, y, sujeto con chinchetas,
lucía un cartelito que rezaba: "Pasad sin llamar, con el corazón abierto, juntos
con vuestro amor. Esta es la casa de Dios".
Antoñito se armó de valor y traspasó el umbral; asustado, esperanzado y desesperado,
entró a la habitación de acogida. Continuó adentrándose por aquellos pasillos
hasta que encontró a una sexagenaria que le recibió con cariño. Al contemplarla,
se emocionó y comenzó a llorar. Sor Milagros, como la llamaban, le cogió por
el hombro y le habló con un dulce tono:
S.M. - Qué te sucede, espíritu atormentado. Ven, sentémonos aquí y charlemos.
Verás como el sol también luce para ti. Cuéntame.-
A. - Disculpe, Señora- dijo haciendo ademán de levantarse de la silla.
Sor Milagros cogió su mano y le dijo: - piensa lo que vas a hacer. No pierdes
nada hablando conmigo, ¿No crees?. Siéntate, por favor, y dime cómo te llamas,
o dame el nombre que prefieras para que podamos hablar tranquilos, con confianza.-
A. - Me llamo Antonio. En realidad todos me llaman Antoñito. Es cierto que no
pierdo nada al hablar con usted, pero no es menos cierto que usted lo podría
perder todo, y no se imagina de la manera tan horrible que lo haría-.
S.M. - Me empieza a interesar el tema. Continua Antoñito, por favor-
Antoñito le contó detalladamente su peculiar vida, descargando toda clase de
sentimientos, en un relato que alargó casi tres horas. Al finalizarlo, contempló
sorprendido que el fascinado rostro de Sor Milagros había rejuvenecido a consecuencia
de una rara reacción hormonal.
A. - Bien, ya he dicho lo que tenía que decir. Ahora supongo que me dirá que
estoy loco y que me marche rápidamente-
S.M. -Ni mucho menos, Antoñito, pero esto hay que tomarlo con calma. He estado
toda mi vida esperando esta oportunidad y te aseguro que no la voy a desperdiciar.
No señor, no la voy a desperdiciar por nada del mundo-
A. - No entiendo nada. Será mejor que.-
S.M. - ¡No, hijo! ¡No puedes abandonar!. Aunque quieras, no puedes hacerlo.
Tú me has dado la oportunidad de estar cara a cara con Satanás y yo debo aprovecharla
para sumirlo en los abismos por siempre. ¿Acaso crees que esto es un juego en
el que tienes poder de decisión?-
A. - ¡JA, JA, JA.!. Y, ¿Cómo piensa hacerlo?. Es evidente que no ha visto su
aspecto, ni ha experimentado su poder. Esa bestia es intocable. La haría trizas
antes de que moviera un solo músculo-.
S.M. - Es cierto que yo sola no podría hacer nada, pero cuento contigo, Antoñito-
le dijo cogiéndole la cara con sus manos.
A. - ¿Conmigo?. Perdone, pero esto no era así. Esto no estaba planeado así.
Este asunto se me está yendo de las manos. No haré ningún trato con usted. Me
marcharé. ¡Y no trate detenerme!-
S.M. - Imagino que no habrás pensado ni por un instante que el maligno te concederá
tu deseo. ¡Nunca volverás a ver a tu madre!. Cuando haya terminado el horrible
ritual, morirás tu también humillado por la bestia-.
A. - Pero, yo no quiero morir-
S.M. - Tú, ya estás muerto. Ahora sólo te queda morir como un valiente o como
un miserable. Qué crees que querría tu madre. ¿No sería ese el mejor regalo
que le podrías hacer?-.
A. - Yo no soy ningún valiente. Jamás daría la vida por los demás. Volver a
ese infierno es lo último que deseo en este mundo. Usted no se puede imaginar
el miedo que pasé allí. ¡Nunca volveré!. No Señora. ¡Nunca volveré!-
S.M. - ¿Darías la vida por tu madre?-
A. - Por mi madre lo daría todo-
S.M. - Dale la vida. Libérala de su prisión y reúnete con ella. Tienes la oportunidad
de hacerlo. Ahora o nunca, Antoñito. ¡Ahora o nunca!-
Quedó pensativo. Más aterrado que nunca, irradiaba su miedo creando una aura
que subía ligeramente la temperatura de la habitación.
S.M. - ¿Ves Antoñito? ¡Eres un santo!. Sin saberlo vas a hacer lo más grande
de lo que un hombre ha sido capaz en toda la historia de la humanidad. Salvarás
a tu madre, si; pero también salvarás a otras muchas criaturas del mal y acabarás
con ese demonio para siempre-
A. - ¿Cómo lo haremos?- preguntó con seguridad.
S.M. - Eso lo sabrás cuando llegue el momento. Ahora recemos. Necesitamos toda
la ayuda de la que podamos disponer-
Antoñito, dado su voluble carácter, se había comprometido al mismo tiempo con
el diablo y con aquella creyente mujer. Confiar en él algo tan delicado y expuesto
era como dejar un lanzamisiles en manos de un niño obsesionado con los videojuegos.
Pero, aquella monja, desde ese momento confió ciegamente en él. Rezaron durante
toda la noche hasta que Antoñito,
extenuado, dio con su rostro en la mesa y quedó dormido. A la mañana siguiente,
apareció acostado en un catre tapado con una rasposa manta.
-¡Vamos Antonio! ¡No hay tiempo que perder!. Aséate, recoge tu desayuno en el
comedor y pongámonos en marcha- azuzaba ansiosa la intrépida monja.
Antoñito siguió sus instrucciones y se dirigió a la estación para averiguar
la hora de salida del autocar que les condujera cerca de su terrorífica aldea.
Al regresar, Sor Milagros le esperaba junto a una garrafa de agua como único
equipaje.
S.M. - Coge esto y vámonos. ¡Deprisa! ¡Deprisa!-
A. - ¿Qué piensa hacer con esto?- preguntó Antoñito refiriéndose a la garrafa
que Sor Milagros custodiaba con tanto celo.
S.M. - Es agua bendita, Antoñito- contestó la monja mientras se santiguaba susurrando
una oración.
A. - ¡Pero, ¿Con quién cree que nos vamos a enfrentar?! ¡Nos vamos a enfrentar
al terror!. Terror a uno mismo, terror a todo lo demás, y el más horrible de
los terrores hacia esa bestia de maldad inconmensurable. Ignoro su plan, pero
creo que vamos a morir en vano. Esa bestia nos matará y nos someterá a las más
horribles torturas. Después tomará nuestras almas para seguir acrecentando su
poder. Creo que todo esto es un error. Nunca debí venir a este lugar. Es usted
una buena mujer; pero su ingenuidad quiere traicionarle. Esto lo debo resolver
yo solo. No tengo derecho a complicarla en este suicidio-
S.M. - ¡No podrás hacerlo solo!. No tengo miedo a morir, y si te soy sincera,
no sé si mi plan funcionará; pero, algo dentro de mí me dice que vamos a acabar
con la bestia. Debes tener plena confianza en mí. He rezado cada segundo de
mi vida para que llegara este momento y estoy pletórica de fe y de fuerza para
afrontar el reto-
Antoñito volvió a ser convencido y esta vez no habría marcha atrás. Ambos se
pusieron en marcha y, con el alma estrujada, se dirigieron hacia su horrible
destino. Durante el trayecto, le contó detalladamente su plan y, al conocerlo,
fue invadido por una risa nerviosa que no le dejó decir palabra hasta llegar
a la aldea. Lo mismo le sucedió al resto de los pasajeros que, atentamente,
y con un silencio escalofriante, lo siguieron, paso a paso sin saber muy bien
si esa situación era real o se trataba del ensayo de alguna terrorífica obra
de teatro.
Llegaron en la mañana de un magnífico día en el que el romero lo invadía todo,
con la intención de acabar cuanto antes con este espantoso problema. Ya en el
vestíbulo, todo parecía tranquilo; lo único que no encajaba era un silencio
estremecedor que acallaba cualquier clase de vida en varios cientos de metros
a la redonda. Entraron a la aldea y observaron como la puerta se cerró bruscamente
a sus espaldas: el ambiente se tornó tétrico.
Una tenue luz carmesí, acompañada de fluorescencias de distintos colores, iluminaba
el lugar, y el hedor del aliento de la bestia flotaba como una neblina por todo
el nuevo espacio que se había creado. Del techo colgaba una sustancia viscosa
que caía al suelo en un grueso y espeso goteo, y las paredes aparecían y desaparecían
a su antojo, dejando entrever figuras fantasmagóricas repletas de violencia.
Sin duda, se habían metido directamente en el mundo de ese demonio, pues las
miles de almas que poseía flotaban violadas y vacías por todas partes. Sor Milagros
estaba tan impresionada y sobrecogida que había olvidado el objeto de su misión.
De repente, la bestia les habló en este tono: - pero, qué me has traído.
Una monjita con ganas de guerra. ¡¿Qué pretendéis?! ¡¿Acabar conmigo?! ¡Miradme
a los ojos, insensatos!, no os imagináis lo que duele cuando a alguien le vacían
el alma. ¡Desnuda a la monja, inútil!-
Antoñito miró a Sor Milagros y la vio totalmente bloqueada. Se encontraba pasmada
mirando a los ojos de aquel engendro. El insulto que le había conferido la bestia,
había sacado de él sus peores sentimientos, ya que le obsequió con la misma
ofensa con la que su padre le humilló hasta su muerte.
Se dirigió hacia la Sor y comenzó a desvestirla lentamente hasta dejarla completamente
desnuda. Al apartarse de ella, observó como la bestia desplegó su enorme pene
con la intención de violar a esa cándida criatura.
Mientras que el demonio penetraba a la monja, Antoñito daba forma al plan vertiendo
el contenido de la garrafa por su cabeza para empaparse completamente con el
preciado líquido. Una vez calado, llamó la atención de la bestia. Ésta se giró
emitiendo un gruñido sibilante ensordecedor, y, Antoñito, en un acto reflejo,
lo agarró por el pene. Aquel demonio, al comprobar como su pene humeaba y se
deshacía entre sus manos, comenzó a gritar desesperado y levantó a Antoñito
cogiéndolo por el cuello. Una extraña fuerza provocó que Antoñito y el maligno
quedaran unidos, momento que aprovechó Sor Milagros, mientras rezaba una oración
de liberación, para clavarle por la espalda el crucifijo que siempre llevó consigo.
Al lograrlo, la tierra se estremeció con furia enseñando sus entrañas y dejando
libres a las miles de almas que vagaban torturadas eternamente.
Sor Milagros salió despedida a decenas de metros, y aquella bestia se fundió
junto a Antoñito cercenándose en miles de coloridos y brillantes fragmentos
que desprendían la fragilidad de unas almas deseosas de palpar la belleza.
- ¡Lo hemos logrado!- repetía sin cesar la feliz monja mientras, sin pudor,
corría hacia el porche del caserío para gritarlo a los cuatro vientos.
Tras descargar vanamente sus pulmones en aquel desolado paraje, volvió a entrar
a la aldea para comprobar que no había sido un sueño. Una vez en su interior,
no encontró rastro de Antoñito, tampoco de sus ropas. Es como si allí nunca
hubiera sucedido nada. Buscó algo de ropa y encontró una vieja manta con la
que se abrigó y tapó sus carnes. Al llegar al zaguán, algo llamó poderosamente
su atención: La fotografía de Margarita que con tanto amor siempre había llevado
consigo, quedó sola y perdida en el suelo y bailaba con la ayuda del viento
buscando calor desesperadamente. A su lado, el crucifijo que de generación a
generación pasó a formar parte de él, la atraía de manera confusa.
Cogió estas prendas y salió de allí a toda prisa. Optó por uno de los tres caminos
que se bifurcaban a pocos metros de la aldea, con tan mala fortuna que escogió
uno que la adentraba, sin remedio, en el espeso bosque.
Conforme avanzaba la noche, percibía como los animales le abrían camino: aterrados.
hasta los árboles parecían evitar el roce de la apasionada monja. Sor Milagros
empezó a intuir algo que le iba agobiando metro tras metro. El mundo que le
rodeaba le ofrecía unos datos que desbordaban su sistema de percepción y entendimiento.
Se sentía aturdida al no comprender
como ese bosque demostraba pavor hacia ella y, en cada paso, terribles viñetas
de su reciente experiencia pasaban fulgurantes y entrecruzadas por su cabeza,
confundiéndola y provocándole un desvanecimiento que persistió durante horas.
Al despertar, la luna llena revelaba su entorno. Se encontraba en pleno bosque
y una rabiosa manada de lobos con extraños ojos brillantes le rodeaba para escoltarle
hasta su destino. En pocos minutos, la diabólica manada lobuna la sacó del bosque,
y quedó protegiéndola hasta que un representante de ropa interior que comenzaba
su jornada, detuvo su vehículo y la llevó hasta la población más próxima.
Al llegar a Albacete y caminar por sus calles, se encontraba distinta. No lograba
comprender la transformación que estaba sufriendo, había acabado con ese demonio
y pensaba que Dios era la razón de su estado de gracia. Ya en el convento, y,
tras haber saludado a sus tres Hermanas de Orden, se dirigió a su celda para
descansar y aclarar sus ideas, pero, desde lo más profundo de sus entrañas,
sintió un irresistible deseo de matar. Deseo de acabar con sus semejantes que
intentó aplacar sin éxito, pues pensar en ello le producía un placer inmenso.
Inmediatamente, se incorporó y se dirigió hacia el cuarto de Sor Irene para,
sin mediar palabra, asestarle un contundente y certero golpe con una enorme
Biblia, encuadernada en piel, que le produjo una fractura craneal mortal, acabando
al instante con su vida. Tendida en el catre, le arrancó el corazón con sus
manos y escondió su cuerpo en un armario.
Sor Milagros no era consciente de la situación, pero la semilla que aquel demonio
depositó en sus entrañas estaba produciendo el efecto deseado por él: la bestia
necesitaba sesenta y seis corazones para lograr de nuevo el poder que perdió
gracias a Antoñito. Sor Milagros era la encargada de procurárselos y colocarlos
en el patio del Convento, en la intersección de cada una de las sesenta y seis
cruces invertidas que allí debía colocar.
Siguió buscando a sus Hermanas y se dirigió a la habitación de Sor Secundina,
una bella y espiritual mujer africana que esperaba con ansiedad el momento de
poder marcharse de aquel lugar para formar su propia familia. Sorprendió a Sor
Secundina rezando de rodillas, le introdujo violentamente los dedos en su espalda
y estiró de su columna hasta quedarse con tres de sus vértebras en la mano.
Volvió a introducir la mano por su espalda, esta vez para arrancarle el corazón
con saña y, tras guardarlo en su pecho, se dirigió a obtener su tercer corazón
del cuerpo de Sor amada. A ella, la encontró en el cuarto de plancha practicando
labores rutinarias. Entró ensangrentada y tremendamente endemoniada, cogió la
plancha y clavó la punta entre sus ojos, dándole muerte al instante. Al caer
al suelo se colocó de rodillas en su vientre y, hundiendo los dedos en su tórax,
estiró violentamente de sus manos desgarrando la carne, destrozando el diafragma
y separando las costillas que protegían el preciado tesoro. Al salir de la habitación,
llevaba, pegado al suyo, el corazón de Sor Amada aún bombeando sangre. Libre
el terreno, Sor Milagros esperaba impaciente a cualquier vagabundo que entrara
en el Convento para continuar su horrenda colección de cándidos corazones.
Sor Milagros hacía todo lo posible con el fin de mantener el rutinario Convento
en una situación normal para no levantar sospechas en sus maltrechos usuarios.
En varias ocasiones se juntaron en el comedor hasta siete pobres almas a las
que este mundo sólo les abrió un ventanillo desde
el que mirar con miedo y esconderse de los demás. A pesar de la falta de calor
y vida en el Convento, Sor Milagros se empeñó en seguir creando el decorado
adecuado para que pareciera vivo: mientras el resto de los mortales dormía,
ella barría, fregaba, cocinaba, preparaba los catres y buscaba con gula las
telarañas que comenzaban a formarse por doquier degustando su textura prensil
y su sabor neutro. Aún así, en pocos meses, se fue formando una leyenda sobre
él entre el submundo de los que cada día apagan el fuego de su alma para no
recordar quienes son, para no saber donde están, para soñar cómo serían si no
tuvieran nada que demostrar; que Sor Milagros tuvo que buscar sus últimos corazones
fuera del endemoniado Convento.
Hacía la espera en los alrededores, en un paraje yermo y descuidado que conectaba
con la ciudad en pocas decenas de metros, pero que parecía distante de cualquier
forma de civilización a ciertas horas del día. Por alguna oscura razón, sabía
que acercarse a la ciudad significaría una insalvable traba para su pérfido
objetivo. Su aspecto había cambiado. Su ominosa silueta se dibujaba demasiado
aterradora como para mezclarse entre la gente sin levantar el pánico general.
Ya había clavado cincuenta y dos cruces invertidas, y el último corazón aún
latía junto al suyo. Aquella tarde, agazapada entre unas zarzas, esperaba ansiosamente
a un grupo de cuatro chicas que diariamente caminaban varios kilómetros como
ejercicio de mantenimiento. Al llegar a su posición, Sor Milagros se levantó
bruscamente. Las chicas quedaron petrificadas al observar su demoníaco rostro
lleno de odio y maldad. Un alarido, seguido por la demostración del brillo de
un cuchillo jamonero con el que realizó un barrido por sus cuellos, fue suficiente
para usurpar la voluntad de unas atletas rendidas al terror. Las chicas quedaron
sin vida en el suelo formando una extraña figura geométrica. Sor Milagros se
sentaba una y otra vez en los cuerpos de aquellas criaturas sin saber muy bien
por qué lo hacía y descuidando la atención de sus potenciales enemigos. Así
pasó un buen rato, hasta que, una a una, las llevó al Convento no sin antes
introducir sus corazones en los
bolsillos del delantal que lucía para los muertos. Siguió haciendo guardia en
aquellos parajes hasta que obtuvo sesenta y cinco corazones.
Fue en pleno agosto, a las tres de la tarde, con un calor infernal, cuando Sor
Milagros clavó el último corazón en la penúltima cruz. Extenuada y sin el más
mínimo control, golpeaba con sus puños y con saña desmedida la barriga que protegía
al demonio enquistado en sus entrañas. De repente, su vientre estalló por la
presión que el engendro ejerció para salir a recobrar su poder. Aquellos corazones
debían estar secos y en estado de descomposición, pero parecían tener vida propia
al gozar de una textura tersa que hacía olvidar el paso del tiempo y el hostil
medio en el que se encontraban.
A aquella bestia sólo le quedaba obtener su último corazón. El corazón de Sor
Milagros y alcanzaría, de nuevo, su antiguo poder.
La intrépida monja se hallaba tumbada en el suelo, sin aliento, agónica, con
su ensangrentada esclerótica sobrepasando los perfiles del iris. La bestia la
miró con su colgante lengua y, de un bocado, arrancó su corazón para situarlo
en la última cruz.
Cruz que significaría la llave a su mundo: la realidad dio paso a una dimensión
que, sin duda, era el medio en el que aquel horrible demonio se desenvolvía
dominándolo todo. El monstruo reía sin cesar y parecía disfrutar del tremendo
odio que había invadido su sucia alma; mientras tanto, las miles de almas que
allí pululaban rebosando felicidad, trataban de escapar en vano, pues las atrapaba,
una a una, usurpándoles su esencia.
L.B. - ¿Antoñito? ¡¿Dónde está mi favorito?!- decía con ironía la atormentada
bestia. -¿Y mi pequeño querubín? ¿No estará al lado de su zorra madre, verdad?.
A. - ¡A mi madre déjala en paz!- se decía para sí mismo una y otra vez.
L.B. - Primero me apoderaré de tu alma. Así estarás más sensible al dolor para
afrontar el sufrimiento de tu madre. Olvídate de escapar de mí. Os aseguro que
me ocuparé de que vuestra eternidad sea una constante pesadilla que no os deje
gozar ni el más mínimo instante. ¡Esto es el infierno! ¡sufrid, miserables!
¡Sufrid en mi infierno!- concluyó aquel demonio mientras reía a carcajadas acrecentando
su poder a costa de aquellas desgraciadas almas.
Incomunicado, hundido en el más profundo de los abismos; aquel niño apocado,
estático e ingrávido, quedó sumido en una dimensión en la que el tiempo no se
mide en horas, tampoco en cantidad de canas, ni siquiera en Historia; simplemente
no existe. Sólo la desazón, la falta de cariño, la inseguridad no se sabe a
qué, tal vez a uno mismo, y la impotencia, aseveran que estás ahí, preso en
ese infierno de desesperación.
Tras mucho sufrimiento, aquel demonio, decidió comunicarse de nuevo con él:
L.B. - ¿Sabes qué, Antoñito?. Creo que puedes serme útil. Hubo un tiempo en
el que tuve la oportunidad de ser el más poderoso de toda la Maldad. Eran tiempos
tremendamente difíciles y humillantes para los débiles, y hermosos para los
que ostentábamos el poder. Fue en Perú, siglo XVII, en plena Inquisición. te
enviaré allí para que cambies la Historia. A cambio, te devolveré a tu madre.
¡¿Aceptas?!-
A. - Si, claro que acepto. No tengo otra alternativa. ¿Me dará ahora las instrucciones?-
L.B. -Ya sabrás que hacer cuando llegue el momento. Yo a ti no te podré reconocer,
pero tú a mí si me reconocerás. Tal vez, al principio no sepas quien soy, quizás
más adelante, en ese momento sabrás como actuar para resolver con éxito tu misión.
Ahora, prepárate para viajar.
* * * * *
I.G. - Los Acatólicos, execrados, heresiarcas, apóstatas, herejes, cismáticos
y todos los pertinentes a la hoguera; todo aquel que no es Cristiano Bautizado
y si no crea en los Artículos de la Santa Fe Católica o algunos dogmas; y éste
tal, después de investigado por el Juez Eclesiástico será condenado por hereje,
y pierde todos sus bienes, y será para la Cámara Real. ¡Pues ellos han de morir!.
¡Apresar a ellos en todas las Parroquias!.
Los que practiquen la micromancia, geomancia, hidromancia, piromancia, onomancia,
quiromancia y usando sortilegios, hechicerías, encantamientos, agoreros, cercos,
brujerías, los que invocan a demonios, algunos buscan tapados de oro bajo la
tierra, dan orientación a los caminantes por mar y tierra, declaran en las manos
sus suertes, interpretan sueños, usando aves, trigo, maíz, monedas, sortijas,
visiones y alucinaciones nocturnas, a base de hierbas y raíces, y la coca-
F. - Para apartarse del Mal: hay que huir de todo Mal y de todo cuanto se asemeja
al Mal. Sin ser iracundo, porque la ira conduce al asesinato. Ni envidioso ni
disputador, ni acalorado, pues todas estas cosas engendran muertes.
No hay que ser codicioso, pues la codicia conduce a la fornicación. Ni deshonesto
en las palabras, ni altanero en los ojos, pues de todas estas cosas se engendran
adulterios.
No seas adivino, pues la adivinación conduce a la idolatría. Ni encantador,
ni astrólogo, ni purificador, ni quieras ver ni oír cosas, pues de todas estas
cosas se engendra idolatría.
No seas mentiroso, pues la mentira conduce al robo. Ni avaro ni vanaglorioso,
pues todas estas cosas engendran robos.
No seas murmurador, pues la murmuración conduce a la blasfemia. Ni arrogante
ni mente perversa, pues de todas estas cosas se engendran blasfemias.
Y te acordarás noche y día del que te habla de la Palabra de Dios y le honrarás
como al Señor. Porque donde se anuncia la majestad del Señor, allí está el Señor-
I.G. -La Biblia declara: "Así también la lengua es un miembro pequeño, pero
se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡Cuán grandes bosques enciende un pequeño
fuego y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre
nuestros miembros y contamina todo el cuerpo o inflama la rueda de la creación,
y ella misma es inflamada por el fuego. Pero, lo que sale de la boca del corazón
sale y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen malos pensamientos,
los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios,
las blasfemias, estas cosas son las que contaminan al hombre-
Mientras el Inquisidor General Y el Fiscal deleitaban y amedrentaban a la Sala
discutiendo acerca de negra teología, Antoñito era juzgado por el Tribunal Inquisitorial
que dirigía este terrible hombre. Se encontraba en el cadalso, completamente
desorientado y en un cuerpo que no sabía como manejar. De pié, con los brazos
en cruz y la mirada dirigida hacia el techo, escuchaba entre sueños, como discutían
a su espalda y a ambos lados unas personas de un tema que sonaba como un arrullo
para él. Su entumecido y condolido cuerpo comenzó a recordarle lo que era vivir
en este mundo.
Los miembros del Tribunal Inquisidor quedaron en silencio y la plebe criolla
y mestiza que, aterrorizados seguían el proceso, quedó petrificada al ver como
Antoñito empezaba a tocar su cuerpo con ansiedad y admiración.
Antoñito, al mirar hacia el suelo observó como sus pechos no le permitían ver
sus pies, giró su cabeza y, a su espalda, una alfombra le perseguía en todos
sus movimientos. Comenzó a dar vueltas a sí mismo como si el diablo le persiguiera,
actitud que continuó hasta que escuchó la desagradable voz de un hombre vestido
de blanco y de aspecto seboso y grotesco que le miraba intensamente.
I.G. - ¡Señorita América de Obando!- Antoñito lo miró y giró su cabeza en sentido
contrario sin darse por aludido y para saber a quien se dirigía ese poderoso
hombre.
Antonio se encontraba en medio del cadalso, que era una plataforma de madera
en donde el reo camina y pasea para ser visto por todos, y da vuelta total al
cuadrilátero del tabladillo, y, a los extremos, estaban las autoridades de la
Audiencia Inquisitorial, el Virrey y el público.
I.G. - ¡América de Obando! ¡Conteste a este Tribunal!-
Dn. Pedro de Nuñez, General Inquisidor, cuya insignia es un símbolo que lleva
en el pecho y es una cruz que es su emblema de poder, y cuya misión es investigar
y fungir como Juez Supremo en el Tribunal Eclesiástico, cuya misión es limpiar
la herejía, la apostasía, la idolatría y hacer respetar la Fe Católica en todos
los lugares de la colonización española; le llamó al orden de manera brusca
y amenazadora.
Antoñito, sin comprender nada, en el fondo de su ser sabía que aquel despiadado
hombre se dirigía a él:
A. - ¡No me llamo América! ¡Soy Antonio García! ¡Antoñito!.-
M.T. - ¡Herejía! ¡Blasfemia!- contestaron al unísono los miembros del Tribunal.
El público abandonó la sala en estampida temiendo que el diablo se hubiera apoderado
de esa mujer, y el Tribunal ordenó ponerle grillos de pies y manos mientras
se retiraba a ordenar sus ideas, pues aquella escena les había metido el miedo
en el cuerpo. Entre tanto, Antoñito seguía en el centro del cadalso. Solo y
desprotegido, tomaba consciencia de su cuerpo, sin saber muy bien lo que le
había sucedido, simplemente creía haber nacido. No tenía recuerdo alguno de
sus vidas e infiernos pasados, y, su mayor problema, ya que no era consciente
de donde se encontraba, era su hermoso y joven cuerpo de mujer. Cuerpo que lejos
de aceptar y disfrutar, repudiaba, y, sobre todo, le asustaba con gran amargura;
pero, al mismo tiempo, sentía un tremendo morbo por descubrir sus secretos más
íntimos.
El Tribunal volvió a la sala y el público fue invitado de nuevo para llenarla
de calor y expectación. Un murmullo miedoso envolvía la cargada atmósfera creando
un ambiente tenso y sobrecogedor.
El Inquisidor Policarpo Triviño comenzó, de improviso, el interrogatorio:
P.T. ¿Por qué has sido llevada hasta este cadalso?.
A. ¿Me está preguntando a mí?.
P.T. ¿Por qué estabas con tus padres cuando se suponía habías quedado enferma
en España?. Eres hereje al creer y enseñar de una manera distinta, como "luterana"
a lo que cree la Iglesia.
A. ¿Esto qué es? ¿Una obra de teatro? ¿Una broma pesada?. Dime ¿Esto qué es?.
P.T. Llamas a tu fe cristiana porque consideras falsa y herética la nuestra,
pero te pregunto sino has abrazado jamás otras creencias.
A. (Quedó mirando fijamente a ese hombre sin mediar palabra).
P.T. Conozco estos trucos, ¿Creen los miembros de tu secta?, dime simplemente.
¿Creen en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo?.
A. No sé que quieren de mí, pero, por favor, ¿Pueden quitarme estos grilletes?.
Ni los inquisidores ni el público daban crédito a lo que estaba sucediendo.
El desparpajo y la insolencia con la que Antoñito trataba al inquisidor en su
interrogatorio, pronosticaban una sórdida y cruel muerte en alguna de las muchas
cámaras de tortura repartidas por Medellín, Charcas, Tucumán, Chile, Río de
la Plata y todo el Perú.
Tras una breve pausa, el Inquisidor continuó con el interrogatorio:
P.T. ¿Crees que Jesucristo nació de la Virgen, vivió, sufrió, murió y resucitó
ascendiendo a los cielos?.
A. Señor, si lo creo. (Dijo sonriendo).
P.T. ¿Crees en la misa, y en la transformación del pan y del vino por la palabra
del Sacerdote, en virtud del poder divino que es Cristo?.
A. ¿Acaso no debo creer?.
P.T. No te pregunto si debes creer, sino si lo crees.
A. Si, Señor, si lo creo. ¿Alguna pregunta más?.
P.T. ¡¿Lo crees absolutamente?!.
A. Lo creo totalmente.
P.T. ¿Quieres jurar entonces que nunca has aprendido nada contrario a la fe
que nosotros decimos y creemos ser la justa?.
A. Si estoy obligado a jurar, juraré.
P.T. ¡¿Obligado?!.
A. Si, obligado.
P.T. No te pregunto si estás obligada a prestar juramento, sino si quieres hacerlo.
A. Si usted me lo ordena. juraré.
P.T. No te hago jurar. Sé que el juramento es ilícito a tus ojos y recargarás
el pecado contra mí si te obligo; pero si juras te escucharé.
A. ¿Por qué voy a jurar si usted no me lo ordena?. (Contestó en tono de mofa).
P.T. Para borrar la sospecha de herejía que pesa sobre ti. Si quieres jurar
para escapar de la hoguera, tu juramento no me bastaría. Tus juramentos no te
salvarían del suplicio y ser quemada viva, sólo quería saber tu reacción.
(c) Carlos Aguilar
Agulló, 2000.
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