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HIJO Y MARTIR

(Tercera parte)

Por CARLOS AGUILAR AGULLO

 

Dicho esto, el médico que formaba parte del Tribunal se le acercó y le dijo al oído: "yo vi ese horrible y triste drama de caer en las garras del Santo Oficio, que ordenó el Papa. Nueve personas en diferentes tiempos murieron de hambre y sed; otros desnudos en calabozos de agua fueron olvidados y murieron de frío y mordeduras de ratas, y los últimos fueron asfixiados por amordazamiento. Una mujer abortó por miedo en la escalinata de la sala y fue obligada a que ella misma quemara su feto. En otra ocasión a otro hombre se le sacó la lengua; otro día vi echar aceite hirviente con embudo en la boca del reo; a otro se le echó plomo caliente en los zapatos de hierro. En muchas ocasiones, los acusados fueron quemados por discutir acerca de la Biblia. En los calabozos helados dormían los reos sin ropa alguna, tirados como sapos hinchados y, más tarde, morían por dolor y enfermedad.

Que Dios se apiade de tu alma, hija. Que Dios se apiade de ti."

En este despiadado Tribunal, la sentencia era dictada por el General Inquisitorial a través del "cráneo giratorio".

El cráneo giratorio, que se hallaba sobre la mesa del Tribunal del Santo Oficio, resultó ser un gran descubrimiento. Esta calavera era manejada por un oficial secreto. Era un misterio increíble: la cabeza craneal era la que sentenciaba a los reos, a través de su movimiento giratorio, en forma afirmativa o negativa. El cráneo giratorio señalaba la sentencia ya sea para la pena de muerte, para la tortura o para la libertad del reo.

El cráneo tenía un eje, como un disco, manejado por un hombre secreto, fue conocido como imagen milagrosa por los reos. A la hora de la sentencia, el hombre que lo movía se ocultaba detrás de la cortina de terciopelo, y, por un agujero, manejaba la sentencia favorable o en contra del penitente; generalmente era en su contra.

Las órdenes dadas por el Inquisidor General al oficial encargado de manejar el cráneo fueron explícitas. En ese instante, el alguacil leyó la sentencia sometida al dictamen del cráneo:

La penitenciaria, según su propia confesión dixo llamarse América de Obando y de Bandera, y ser natural y vecina de la ciudad de Oviedo, y dean de la Catedral de la misma ciudad; y ser hija de dn. Juan de Obando, Adelantado de Guattimala y Conquistador de la Nueva España y natural de las montañas de Oviedo, y de doña Beatriz de Bandera, natural de Baeza. y que era monja y nunca había sido casada ni tenido hijos, porque desde pequeña había traído hábito.

Es condenada a muerte con soga de esparto en el pescuezo y una vela de cera en las manos por haber divulgado escritos obscenos y haber proferido frases injuriosas contra la Fe y contra el Santo Oficio de la Inquisición.

La sala quedó en un silencio mágico mirando hipnóticamente hacia la calavera, esperando de ella una humillante y macabra condena.

Entre tanto, Antoñito, desorientado, no paraba de realizarse preguntas trascendentales: - ¿Quién soy? ¿De quién es este cuerpo? ¿Qué hago en este mundo medieval? ¿Por qué esta gente quiere matar a esta mujer a la que he usurpado su cuerpo?. Dios mio. No entiendo nada .-

De repente, aquel cráneo giró a la derecha en un ángulo de cuarenta y cinco grados para, seguidamente, y, después de centrarse, girar hacia la izquierda. Un murmullo nervioso y frustrado emanó de los asistentes a ese abominable espectáculo; de todos, menos del Inquisidor General, que ordenó secretamente al oficial encargado del manejo del cráneo liberar a la rea y llevarla a su palacio de Cuzco para ser "educada" por él.

Mediante un chasquido de dedos, llamó también la atención del anunciador para darle las órdenes de conducir a la rea hacia su destino: - Basilio, conduce a esa mujer a Cuzco y que la preparen para mañana.-

Basilio Negrete era la mano derecha del Inquisidor General. En su oficio de anunciador, notificador, portero y alcaide, recibía órdenes para la ejecución, decapitando y torturando a los reos; las órdenes las cumplía sin dudas ni murmuraciones. Los verdugos eran hombres amaestrados como perros listos a jugar a la rata con los herejes. Su aspecto marmóreo, producto de una piel tersa y cianótica, y su gélido carácter, intimidaba a primera vista a todo el que se cruzaba en su camino. Su cuerpo delgado y espigado gozaba de unas manos enormes, tremendamente desproporcionadas, y en su rostro, unos ojos siempre entreabiertos no dejaban enseñar su refugiada y resolutiva mirada.

El Capellán, como todos lo llamaban por su oscuro pasado religioso, se dirigió con decisión hacia la rea, que se encontraba de pie y totalmente desorientada en el centro del cadalso. Sin mediar palabra, tapó su cabeza con un capuchón negro, la libró de los grillos y la cogió por el antebrazo, tirando de él con fuerza.

Antoñito percibió cómo una gigantesca mano comprimió todo su antebrazo y cómo aquel hombre tiraba de ella ante el abucheo general. Ya en el exterior de la Sala Inquisitorial, la introdujo en el carruaje y la ató fuertemente al asiento de la carlinga. Con varios golpes de látigo puso en marcha el carruaje, maltratando los caminos que le conducían hasta Cuzco. Conforme transcurría el incierto recorrido vespertino la oscuridad se convertía en el único paisaje que Antoñito podía contemplar desde su angustiosa posición. Aquellos caballos se desenvolvían magníficamente por unos caminos borrados gracias a una noche sólidamente cerrada. Gradualmente, fueron bajando su cadencia de trote, y, de repente, Basilio tiró de riendas y freno; ofendiendo a esos briosos jacos hasta hacerlos parar.

Antoñito seguía sin entender nada, pero, instintivamente, temía ser presa de aquella mano que le había impresionado por su extensión y fuerza de kilopondios suficientes para aplastar sin esfuerzo su cráneo. Al pisar aquel engendro el estribo que conducía directamente a la carlinga, Antoñito escuchó con atención cómo crujía la madera de la ventana en la que se encontraba apoyado, percibió un peso en su costado y notó cómo aquel cafre desataba bruscamente sus pies mientras emitía unos jadeantes gruñidos que causaban espanto. Cogió a la joven mujer por los tobillos y la colocó boca abajo sobre el asiento, en una posición tan incómoda como desagradable. Con el cuello retorcido y la mejilla aplastada contra la puerta, separó sus piernas y la violó con fiereza, produciéndole una hemorragia y una herida incurable en el alma.

Desde ese momento comenzó a entender muchas cosas. Cosas que siempre había visto desde lejos; desde el ángulo opuesto, las veía ahora con repugnancia tal a su sexo, que le hacían renegar de él.

En efecto, su primera experiencia en materia de sexo no pudo ser más humillante, cruel y engendradora de odio y rencor. Desde aquel momento, tomó la determinación de honrar a su cuerpo y buscar a su propietaria hasta que llegara la hora de devolvérselo. Adoptar ese cuerpo como suyo y la identidad de aquella intrigante mujer como propia, se convirtió en un desafío para él.

Antoñito dejó de hacerse preguntas que sabía nunca entendería y pasó a ser parte activa de ese mundo; involucrado fervientemente en ese bello y joven cuerpo de mujer cuya identidad respondía al nombre de América de Obando y de Bandera.

Tras el horrible y traumático incidente, continuaron la marcha. El carruaje parecía pertenecer a otro mundo: se deslizaba plácidamente por los pedregosos caminos y denotaba una extraordinaria ansiedad por llegar a Palacio. Comenzó a amanecer justo cuando entraron al jardín; un aroma familiar evocó tiempos felices para América, sensación que Antoñito percibió con claridad. El Capellán detuvo el carruaje y dio traslado a América a una estancia que cerró bajo llave. La habitación constaba de un mobiliario sobrio y descuidado: una cama sin localización concreta, una bañera vacía delante de la cama, un armario con puerta de dos hojas con espejo y un par de sillas arrimadas a la pared. La austera iluminación constaba de cuatro cirios colocados en los ángulos que conforman las esquinas de las robustas paredes construidas con sillares de piedra.

América se sentó en el suelo, al lado de uno de los cirios, con el propósito de pasar en vela la noche y desmontar el complicado barullo que soportaba en ese cerebro compartido. Extenuada y recostada en el suelo, no fue capaz de soportar la invasión de un sopor que la llevó
irremediablemente a un profundo sueño: bajo un cielo con tres brillantes lunas, se extendía un interminable vivero de gardenias que parecía poseer luz propia; al fondo, una descomunal cruz negra y de bordes plateados, se erigía amenazadora y salvadora al mismo tiempo. Parecía que aquella cruz era la que sujetaba al mundo, y que sin su presencia, sólo quedaría La Nada.

La cruz comenzó a derretirse y, de su transformación, emergió la figura de su madre que, con gesto amable, acercó su rostro al de su hijo hasta llegar a rozar su piel. A duras penas, y, con una voz salida de su parte más débil, le susurró al oído: la cruz. Antoñito, busca la cruz y cuando la encuentres.



M.C. - ¡Señorita! ¡Señorita!- unas mujeres criollas que intentaban reanimarla la despertaron en el momento más inoportuno.

M.C. -¡Señorita, despierte!- insistieron esta vez con más acierto.

A.O. -¿Quienes sois?- preguntó con amabilidad.

M.C. - No, Señorita. No podemos hablar con vos. Sólo tenemos orden de ponerla guapa-

A.O. - ¿Guapa? ¿Para qué? ¿Para quién? ¡No quiero estar guapa!-

M.C. -¡Pero si vos sois bella, Señorita!. No nos lo haga difícil. Debemos hacerlo- concluyó la mayor de esas mujeres.

A.O. - Bien, lo haré por vosotras. Parecéis asustadas. Creo que todas estamos bajo el influjo del mismo despiadado hombre.-

El baño lo soportó con una inquina pasiva. Las nativas la vistieron con ropas sedosas, confeccionadas a partir de cortinas adornadas con rojos y verdes motivos florales y, al terminar, abandonaron la sala. Alguien volvió a sellar la estancia y América quedó pensativa delante de la aspillera, único ventanillo de la sala. Desde su reducido campo de visión sólo veía a un hombre que, mirándole, se masturbaba mientras interpretaba sus mejores rebudios. En un arranque de furia, hizo jirones el vestido, cortó su pelo sin paridad y golpeó repetidamente su frente contra el espejo. Extendió la sangre que manaba de la frente por toda la cara y se sentó en el suelo llorando por la desesperación y la impotencia. Momentos después, Basilio irrumpió en la habitación:

-¡JA, JA, JA.! ¡Estúpida, así le gustarás más! ¡Mucho más! ¡Divina, divina.!-

Le colocó los grilletes y la condujo hasta el dormitorio del General. Una vez en su interior, observó un ambiente dispuesto para sobrecoger al fiel.
Comenzó a reverberar el rebuzno de un asno en los recios muros de la estancia hasta convertirse en un sonido ensordecedor, y, justo enfrente, mediante un extraño juego de sombras, se podía apreciar como la gigantesca sombra de un macho cabrío salía por la derecha, caminaba lentamente y se ocultaba por la izquierda, dando paso al General que aprovechaba ese momento para mostrarse, usurpando así la identidad de la bestia.

En efecto, aquel malvado hombre utilizaba este truco para amilanar el carácter de sus ignorantes y aterradas víctimas. Siempre había obtenido con él un resultado fulminante, pues todas las mujeres que pasaron por allí quedaron aterrorizadas y a merced del pervertido tirano. Pero, aquella argucia no engañó a América. El General apareció con un semblante omnipotente confiado en que el resultado de su sucia artimaña hubiera sido otro éxito más, pero América, lejos de asustarse, comenzó a aplaudir con una mezcla de chanza y desprecio. El General, al observar su conducta se asustó tanto que, perdiendo la dignidad, salió corriendo en busca de Basilio. El Capellán entró rápidamente en la sala y la ató en un aspa, (uno de los instrumentos de tortura preferidos por el General). Una vez asegurada, hizo su reaparición el seboso General. Aquel hombre siempre lucía una enorme peluca de la que sentía un especial orgullo y de la que se despojaba antes de comenzar la tortura para evitar inoportunas manchas de sangre u otros fluidos corporales. América siguió esta operación con detenimiento y observó unas bolitas que quedaban adheridas a su piel y que él quitaba de su cabeza con cuidado y mimo. Estas bolitas, realizadas en piel y rellenas de sangre de pollo, estaban encargadas de desviar la atención de chinches, pulgas, garrapatas y demás fauna; y solían llevar enganchados algunos de estos parásitos. América no daba crédito a lo que estaba viendo. Su extrema repugnancia sólo fue superada cuando aquel demente, que situaba las bolitas sobre la mesa, le ofreció una de ellas como aperitivo. Seguidamente, continuó su tortura con un guión preparado:

I.G. - ¿Tú ya tendrás pelos en tus partes, verdad? ¿Tienes pocos o muchos?.

Las uñas sucias. ¿Sabes que le pasó a la última hereje que tuvo la osadía de presentarse ante mí con las uñas sucias?. No, seguro que no. Soy persona que presume de ser generoso en favores y esa mujer se aprovechó de mi magnánimo poder: corté sus dedos para que jamás vuelva a enseñar sus sucias uñas. Soy maravilloso, ¿Verdad?. Desde entonces es una mujer feliz.

La mujer es un saco de vicios y una tentación. Es mujer puerta del diablo, camino de maldad, mordedura de escorpión. un sexo dañosísimo, que adonde se acerca enciende fuego. además, sois exageradas, destempladas, lascivas, poco razonables, hechiceras. Perfumistas, brujas, incapaces de obrar, idiotas. ¡No admitís prudencia ni disciplina!-

A.O. Después de escupirle a la cara le dijo: - ¡No tardarás en morir! ¡Arderás en el infierno, hijo de Satanás!-

I.G. - ¡Bruja, hechicera! ¡Te azotaré hasta sacar el demonio de tu cuerpo!- exclamó el perturbado sádico mientras con su látigo, apto para la flagelación, golpeaba con saña el rostro de la indefensa mujer.

Aquel despiadado inquisidor continuó la feroz paliza hasta que sus fuerzas no le dejaron continuar. Al llegar a este punto, llamó a Basilio con el fin de portar lo que quedaba de ella a los sótanos de Palacio. América quedó al borde de la muerte por la tremenda y cruel zurra a la que fue sometida. Pasaron varios días hasta que recobró la consciencia. En ese momento, unas
sorprendidas mujeres se acercaban a ella mientras otra mujer criolla ungía una pomada en su rostro y pecho que le producía un refrescante alivio.
A.O. - ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?- preguntó agónica a la mujer criolla que mitigaba su dolor.

L.U. - Me llamo Luiza Uñasamba, Señorita. Pero, cálmese, Señorita. Cálmese, está usted muy malita-

A.O. Apenas podía hablar, pero su miedo y lógica curiosidad le obligaban a seguir preguntando: - Luiza, por favor, dime dónde me encuentro- acto seguido volvió a perder la consciencia.

América se encontraba en el harén que El General ocultaba en su Palacio de Cuzco. Doscientas treinta y cinco "concubinas" lo formaban, que junto a las trescientas setenta que mantenía cautivas en el Palacio de Lima, conformaban el enorme y monstruoso harén del prepotente y retorcido mortal.

Desde el momento en que El General requisó el Palacio de Lima (cuyo antiguo propietario fue un Doctor en Medicina heredero de una gran fortuna), y el de Cuzco (usurpándole posesiones y vida al Licenciado dn. Juan de Obando y a doña Beatriz de Bandera, padres de América, que quedó internada en un Convento en España con una enfermedad neumónica y con la esperanza de llevarla junto a ellos cuanto antes); comenzó, con la inestimable ayuda del Capellán, la caza de jóvenes doncellas para violarlas y someterlas a cautiverio en lo que él llamaba "Mi Jardín del Amor".

Basilio, el temido esbirro de El General, era el encargado de salir a los caminos en busca del preciado botín. En realidad, la idea fue suya, pero a El General se le escapaba un sutil detalle: ninguna hembra ya era virgen cuando llegaba a sus repugnantes manos.

En efecto, El Capellán debía deshonrar a seiscientas sesenta y seis doncellas, extraer sus corazones y clavarlos en las intersecciones de otras tantas cruces invertidas para obtener así el máximo poder; pues Basilio era el demonio que debía destruir Antoñito en su amnésica y complicada misión.

América volvió a despertar, encontrando el rostro de Luiza como único referente:

A.O. - Incorpórame, por favor.

L.U. - No, Señorita. No se mueva. Usted está muy débil-

A.O. - Te llamas Luiza, ¿Verdad?-

L.U. - Si, Señorita. Luiza Uñasamba. Para servirle, Señorita-

A.O. - Luiza, no puedo perder tiempo. Tengo una misión que cumplir y sé que es cuestión de tiempo realizarla con éxito-

L.U. - ¿Una misión, Señorita?-

A.O. - Si, debo salir de aquí cuanto antes-

L.U. - No se puede salir de aquí. Mire Señorita .-

Luiza colocó a América de forma que ostentara una visión panorámica, permitiéndole observar la situación infrahumana en la que se hallaban inmersas todas aquellas mujeres. El hacinamiento, la falta de higiene y la escasa ventilación, conseguían que el espeso aire fuera irrespirable. A esto se sumaba el hedor de las deyecciones y orines que se amontonaban en un patio situado en la parte superior del sótano y que se filtraba en un repugnante goteo por las grietas del techo del subterráneo.

En este ambiente insalubre, proliferaban enfermedades como el tifus, que afectaba al azar y lo propagaban gusanos que prosperaban en cuerpos de escasa higiene y en ropas y sábanas sucias. Al principio, de vez en cuando, comían carne fresca, ajos, tocino, aceite, arroz, bacalao y queso; pero, poco a poco, se elevó el número de mujeres y bajó la calidad y cantidad de alimento hasta que llegó el momento de empezar a alimentarse de rata y cucaracha roja, pues proliferaban en aquel sucio ambiente, de tal manera, que ninguna mujer estaba exenta de mordedura o picadura producidas por aquellos inseparables compañeros de cautiverio y tortura.

América se recuperaba despacio. Gracias a la apasionada ayuda de Luiza, iba superando, día a día, su caótico estado. Luiza conseguía, a cambio de favores carnales de los carceleros que custodiaban el harén, cazabe o yuca, que era una especie de pan de la tierra más sabroso y nutritivo que el de trigo, bizcocho, bacalao, tocino y vino, con los que la libró de una muerte segura.

América, entre tanto, se relacionaba con las demás mujeres. Indignada por verlas como aceptaban con resignación esa humillante situación, las animaba para que perdieran el miedo y buscaran la libertad.

Al principio, sus compañeras sentían por ella una mezcla de miedo y fascinación, y sus ideas eran compartidas y escuchadas con esperanza; pero el terror les originaba un rechazo hacia su persona que combatía con valentía y, sin cejar en su empeño, cada vez promulgaba sus ideas más alto y con más energía hasta que, aterrorizadas por las posibles represalias, la repudiaron y quedó sólo con la compañía de Luiza.

Lejos de aceptar la derrota, dejó que sus compañeras de cautiverio reflexionaran sobre sus convincentes y esperanzadores discursos. Desde la parte alta de su litera, observaba como cada día se formaban más pequeños grupos y como se comunicaban cuchicheando entre ellos. sabía que había despertado sus mentes y que era cuestión de tiempo comenzar la ansiada Rebelión. Con paciencia, esperó el momento oportuno en el que la tensión se hizo palpable en el nervioso y cultivado ambiente:

- ¡¡¡COMPAÑERAS!!! ¡Basta ya de hablar a escondidas! ¡Alzad vuestras voces! ¡Gritad con todas vuestras fuerzas frente al opresor!.

¡Nos han separado de nuestras familias, nos han humillado, nos han quitado la dignidad, nos han quitado la libertad!.

¡¿Vamos a seguir permitiendo esto?! ¡¿Vamos a quedarnos quietas?! ¡¿Acaso queréis acabar vuestros días en esta mazmorra?!.
¡¿Acaso teméis a ese hombre?! ¡Porque es un hombre, sólo un miserable hombre! ¡Aquí no hay demonios, sólo un tirano que nos tortura en esta prisión!.

¡Olvidad vuestros miedos! ¡Recordad vuestro dolor! ¡Y, luchad por vuestra dignidad, por vuestros sueños, POR LA LIBERTAD!.

Cada palabra que América pronunciaba, enardecía, emocionaba y exaltaba a esas mujeres deseosas de vengar al opresor y de reunirse con sus familias.
Al terminar su discurso, dio comienzo la Rebelión.

Hasta ahora, aquellas mujeres no habían ocasionado problemas, por lo que no se habían previsto efectivos especiales para su custodia. Así, sin apenas oposición, salieron enloquecidas del sótano cogiendo todo tipo de utensilios con los que atacar al enemigo y accedieron al vestíbulo del Palacio, arrasando y pasando a fuego todo lo que encontraban a su paso.

América encabezaba la Rebelión, buscaba desesperadamente a El General y a sus secuaces para darles muerte. Para ello, dividió en varios grupos a sus compañeras. Todo transcurría con inusitada rapidez, uno de los grupos de hastiadas y exaltadas mujeres, dieron caza a El Inquisidor General, que agazapado tras la mesa de su despacho y viéndose perdido, gritaba: - ¡No me matéis, os prometo riquezas y una vida de placer! ¡No, por favor, no me matéis!-. Las mujeres la emprendieron a palos con él y, en volandas, lo condujeron a la sala de tortura, que disponía de cepos, cadenas, látigos, torniquetes, púas de hierro y una mesa de relajo a cuerda para estirar manos y pies. América, avisada por Luiza, entró en la sala de tortura, al ver a ese cafre dijo: - subidlo a la mesa, que sepa lo que es dolor. Que sufra por cada víctima suya- sin más morbo, se marchó de allí.

El General terminó sus días tal como los vivió, de una forma cruel y humillante. Aquellas mujeres usaron la mesa de tortura al máximo de sus prestaciones, y gritos, sangre, sebo y trozos de músculos, quedaron esparcidos por ella.

El Palacio ardía por sus cuatro alas y las mujeres comenzaban a abandonarlo expoliando todo lo que aún quedaba con alguna utilidad. América se encontraba bajando las escaleras cuando algo llamó poderosamente su atención: en cuclillas, cogió un crucifijo que poseía un tacto muy especial; parecía quererle intensamente. Rápidamente lo protegió en su puño y siguió corriendo hasta abandonar aquel infierno. Ya en el exterior, en los jardines de Palacio, América volvió a encabezar la Rebelión:

- ¡¡¡COMPAÑERAS!!! ¡No creáis que hemos terminado! ¡Acabamos de comenzar y queda mucho camino por recorrer! ¡Hemos terminado con la fiebre, pero la enfermedad nos persigue!.

¡Vamos a Lima a salvar a nuestras hermanas! ¡Tened fe en vosotras y, SIGAMOS LUCHANDO POR LA LIBERTAD!.

Oriundos de Cuzco y sus aledaños, se iban sumando a la Revuelta. Mujeres y hombres indignados y armados con palos y rudimentarios utensilios, aparecían por todas partes. Conforme esas mujeres hacían latir el corazón del camino, criollos, mestizos y españoles hartos de odio, se incorporaban en silencio creando un secreto escudo que asustaba a los cientos de soldados que, bajo el mando del Coronel Sebastián de Arco, intentaban aplacar la Rebelión.

Progresivamente, los rebeldes aventajaban a militares en número abrumador, y, aunque mejor armados y sabiendo de la ventaja de la disciplina y preparación militar, uno a uno, se retiraron comprendiendo el gran dolor que les azotaba a cada paso, en cada mirada, en cada gesto, en sus enfermas bocas, su ofensiva hambre, la de sus hijos, sus salvajes y tiernos corazones.

Otros, desprendiéndose del coselete, se insertaron en la columna engrosando su poder. Caminaban en silencio, con paso amplio y rápido, la cabeza erguida, los puños apretados y el alma muy caliente.

Mientras tanto, el Coronel y unos pocos hombres de confianza, pusieron a galope sus caballos con destino al Cuartel General de Lima:

C. ¡A sus órdenes mi general!.

G. ¡Dígame, Coronel! ¡¿Qué es lo que pasa?! ¡A qué viene tanta urgencia!.

C. Mi General, ha habido una Revuelta en Cuzco. Ha sido muerto el Inquisidor General Pedro de Nuñez.

G. ¿En Cuzco?.

C. Sí, mi General. En el Palacio del Inquisidor General.

G. Supongo que sus fuerzas ya habrán sofocado el levantamiento.

C. No, mi General, no me...

G. ¡¿Y, para qué coño cree que está allí el Destacamento?! ¡¿Cómo es posible que unos cuantos indios hayan desafiado y vencido a todo un batallón de artillería y un escuadrón de caballería?! ¿Qué ha pasado? ¿Están organizados? ¿Quién es el cabecilla? ¡Dígame, Sebastián, hable!.

C. Parece ser que...

G. ¡¿Cómo que parece ser?! ¡Hechos, Coronel! ¡Hechos!.

C. Mi General, lo cierto es que aquella mujer hipnotizó a todos los que quedaron bajo su influjo de tal manera que hizo irresistible su hechizo.

G. ¡Coronel, usted es un soldado y no un religioso o un filósofo! ¡No lo olvide nunca! ¡Hable como un soldado! ¡Estoy empezando a comprender por qué esa gente ha vencido en Cuzco!.

C. Pero, General. No tengo explicación mejor. Mis hombres desertaron. Unos, simplemente lo hicieron, y, la mayoría, se sumó a los rebeldes para combatir contra nosotros.

G. ¿Quién encabeza la Revuelta?.

C. Hace llamarse América de Obando.

G. Pero, ¿No era la hija de los antiguos propietarios del Palacio? ¿No estaba esa niña en España? ¿Por qué no se me ha comunicado su llegada?.

C. Verá, mi General...

G. ¡Coronel, retírese! ¡Ya hablaremos!.

El General Alfonso de Castro congregó a todos sus jefes de inmediato. Sus órdenes fueron expresas: ¡Señores, hay que aplacar la Rebelión!. Disponemos de cuatro horas para desplegar nuestras fuerzas. Pasaré revista dentro de diez minutos. ¡En marcha, Señores!.

Lo que el General de Castro no imaginaba era que la Revuelta había tomado una envergadura incontrolable. Al llegar a Lima, las tropas españolas les esperaban con hostilidad. El General, al saberse vencido por aquella impresionante masa de gente, cambió radicalmente la estrategia: dio orden a uno de sus jefes para que llevara ante sí a la responsable de la Revolución para negociar una posible salida antes de llegar a la masacre.

América accedió al encuentro en un lugar situado en mitad de los frentes hostiles. Caminaba hacia el punto de encuentro mientras el General hacía lo propio a caballo. Al concurrir en aquella planicie, dijo el General:

G. ¡¿Una mujer?! ¡Pero, ¿Qué es esto?!.

A.O. ¡Descabalgue o doy por terminada esta conversación!.

G. -¡Esto es humillante!- dijo el General desmontando - ¡¿A qué viene esto?!.

A.O. Vamos a liberar a nuestras compañeras.

G. ¿Compañeras?. ¿Compañeras de qué?. No lo entiendo.

A.O. Nuestras compañeras cautivas en el Palacio del Inquisidor. Compañeras de opresión, compañeras de libertad.

G. Inquisidor al que habéis dado muerte. ¿Usted sabe lo que está diciendo?. ¿Pretende desmontar el sistema que la Corona Española tiene establecido en las Indias?. Nunca lo logrará. No, ¡Jamás!.

A.O. ¿Cree que está en disposición de decirme lo que debo o puedo hacer?.

G. Esto va a ser un baño de sangre.

A.O. No, si usted no quiere. Retire sus fuerzas o pasaremos por encima de ellas.

G. Liberen a esas mujeres y márchense. Disuelvan la Rebelión y no tomaré represalias.

América volvió con su gente y gritó con todas sus fuerzas:
¡¡¡ADELANTE!!!. Las decenas de miles de personas que, desde todos los puntos del Perú deseaban acabar con la tiranía, gritaron al unísono y siguieron a su líder.

América avanzaba entre las tropas con el firme propósito de liberar a sus compañeras de cautiverio y, sobre todo, obsesionada por la captura de El Capellán; para ella, el principal culpable de la violación y tortura de las mujeres.

Lejos de guardar la compostura requerida por el General de Castro, la muchedumbre entró arrasando en Lima. Sus objetivos principales eran poderosos políticos y religiosos. Las dudas de última hora de El General provocaron que su ejercito se desmembrara perdiendo su efectividad; debilidad que aprovechó la multitud para alcanzar su meta sin apenas resistencia. Sólo América quedó frustrada en su intención de atrapar y dar muerte a El Capellán; pues parecía habérselo tragado la tierra.

Los últimos gritos anunciaban el fin de la Revuelta y el principio de una nueva vida. Se reunieron en Collao y, respirando la brisa del océano, se disolvieron entre abrazos y besos. América quedó ensimismada mirando el océano. El viento besaba su castigado rostro y ella, cogiendo con ternura el crucifijo que encontró en la escalinata del Palacio de Cuzco, lo colocó en su pecho sabiendo que debía regresar a España para descifrar su enigmática vida. Luiza, su inseparable compañera, la observaba con atención. No sabía lo que pensaba, pero si que la seguiría siempre. América giró la cabeza y, mirando a Luiza dijo:

A.O. Debo ir a España; si, tengo que cruzar el océano para saber quién soy, para averiguar lo que hago en este mundo, para aplacar el desasosiego que atenaza mi corazón.

L.U. Y yo con usted, Señorita.

A.O. No me llames Señorita, Luiza. Llámame amiga; debemos informarnos de las rutas marítimas para embarcarnos lo antes posible.

L.U. Necesitaremos plata, amiga mía.

A.O. Es cierto Luiza. ¿Cómo lo haremos?.

L.U. Pediré la plata a nuestras compañeras. Ellas han cogido mucha del Palacio, amiga.

A.O. Bien, Luiza, pongámonos en marcha.

A partir de 1526 se prohibe a todas las naves comerciales atravesar solas el océano: hay que ir en convoy, en grupo, bajo la escolta de navíos de guerra, por el riesgo de ataque de barcos enemigos o piratas.

La Habana solía ser la última escala antes del retorno, y el mejor punto del Caribe para reparar los barcos y recoger provisiones. Zarpaban de allí en plenilunio, porque se había observado que entonces las corrientes eran más suaves. Remontaban el Canal de Bahamas, al este de Florida, y se dirigían a las Bermudas, que solían bordear por el norte hasta recibir los vientos del oeste. Al sentir su fuerza impulsora, se iban dejando llevar, pues les llevaba derechos por el Atlántico hasta las Azores. Hacían escala en una de esas islas portuguesas donde ya les esperaba un barco de aviso, que debía informar si habían enemigos en la ruta; de allí derechos a España en busca del Guadalquivir y de la inmensa luz de Sevilla.

La Flota de Tierra Firme solía tardar setenta días en recorrer el trayecto de la Península a Cartagena de Indias; allí recalaba dos meses, tardaban luego diez días en llegar a Portobelo. Se detenían allí un mes, para regresar de nuevo al puerto de Cartagena, donde permanecían otro mes. El trayecto a la Habana duraba veinticinco días. Pasaban allí las dos o tres últimas semanas, y en la penúltima etapa La Habana-Azores-Península, invertían cincuenta días. La otra flota que hacía las indias, la Flota de Nueva España después de atracar en Puerto Rico, donde quedaba una semana, se dirigía a Veracruz, en el Golfo de México para quedarse allí todo el invierno.

La primera solía partir en primavera y la Flota de Nueva España en verano.
La Flota de Tierra Firme, además, tenía barcos que iban a empalmar con los puertos del Pacífico, incluido Lima. Era invierno y no tardaría en llegar algún barco desprendido de ella para atracar en el puerto; sin duda, la mejor opción para comenzar la singladura.

Las tres semanas que quedaron en Lima fueron placenteras. Derrotado el ejército de la forma más humillante, el General de Castro hizo lo imposible para que el fracaso no trascendiera fuera de sus fronteras, al mismo tiempo que intentaba reorganizar sus Fuerzas para imponerles disciplina y moral con el fin de aplastar La osadía de los rebeldes para siempre.

Una vieja y enorme barcaza, impulsada por una sola vela, apareció entre la bruma para realizar su última parada en el Pacífico. América y Luiza la esperaban con paciencia sentadas sobre una roca situada a pocos metros del puerto. Amanecía, la intensa bruma originaba la penetración de coloreados fotones de intensidades oscilantes en sus diminutas y sutiles gotas, ocasionando que aquel navío pareciera haber salido de algún cuento de hadas. Al atracar, la realidad rompió el hechizo. La tripulación de aquel viejo cascarón gritaba y se peleaba harta de ron; incluso algún que otro marinero caía por la borda debido a la violencia de otro compañero de viaje:

- ¡MARINEROS! ¡MARINEROS!- gritó El Capitán Garrafa desde el puente: -
¡Soltad amarras, estúpidos!- Disparó su arma para llamar la atención - ¡Atajo de miserables, o cumplís mis órdenes o el plomo formará parte de vuestros putrefactos cuerpos!. Unos pocos marineros hicieron caso al Capitán, pero la mayoría quedaron tendidos en cubierta a la espera de un rebosante cubo de agua que les devolviera la consciencia.

Al ver el denigrante espectáculo, América le dijo a Luiza:

A.O. Va a ser un viaje muy largo.

L.U. Si, mi amiga. Esta gente nos va a dar problemas.

A.O. ¿No crees que debíamos hacernos con unas armas?.

L.U. Si, mi amiga. Esa gente me da miedo.

A.O. Vamos Luiza. La barcaza zarpará mañana a primera hora. Hasta entonces nos mantendremos alejadas de ella.

Así lo hicieron. Aguardaron el deseado momento de zarpar alojadas en el hogar de unos buenos amigos de Luiza, preparando su escaso equipaje y terminando de reunir oro, joyas y maravedís que canjearían por el pasaje y les permitirían emprender su aventura en España con solvencia.

A las cinco de la mañana, el capitán Bernardo de Tiro, apodado Capitán Garrafa por haber dejado encallado el Galeón que gobernaba en las costas de Puerto Rico en una de sus habituales borracheras, supervisaba las operaciones de carga y descarga, y, directamente, negociaba la tarifa del pasaje a los incautos o desesperados que, obligatoriamente, debían abordar para, de la esperanza, pasar a la ilusión más difícil. América y Luiza observaban el trasiego de viajeros y mercancías con atención y frialdad.
Esperaban el momento en que el puente se descongestionara de avaricia, odio y suspicacias. Llegado el momento, cruzaron la pasarela arrastrando un viejo baúl y portando cada una un candelabro de plata como prenda de pasaje:

A.O. Capitán, creo que esto será suficiente.

C.G. Ayudar a sacar a un rebelde me puede costar muy caro. ¿Crees que voy a arriesgarlo todo por un candelabro?. ¡JA, JA, JA.! No me hagas reír. ¡A ver, ¿Qué más tienes por ahí?!.

A.O. ¿Bastará con esto viejo bribón?

Preguntó mientras le enseñaba un anillo de oro con un enorme rubí.

C.G. ¿Y por la negra?.

A.O. Se llama Luiza. Luiza Uñasamba.

C.G. ¡No suben nativos a mi barco!.

A.O. Imagino que harás una excepción.- dijo mientras le mostraba un
crucifijo de oro rematado con esmeraldas.

C.G. Bien, bien. Embarcad y no arméis follón.

El viejo bribón se encontraba dando fin al embarque, ultimando detalles antes de partir. América y Luiza buscaron un lugar en cubierta en el que encontrarse protegidas. Una apacible y templada brisa rozaba la vela con deseo de empujarla. El Castillo Del Mar zarpó rumbo a la Habana haciendo aguas por varias partes de su casco. La intención malsana del capitán y de su tripulación hacia el pasaje, era notoria en cada gesto, en cada mirada, en cada broma de mal gusto con las que les obsequiaban de vez en cuando. Al caer la tarde, llamó a dos de sus secuaces y les dio órdenes precisas:

- la revolucionaria y su amiga negra llevan un cofre repleto de joyas. Traédmelo a media noche y, después de cortarles el cuello, las tiráis por la borda. Y cuidado con meterle mano al cofre o te rebanaré en trocitos diminutos- dijo amenazador a uno de los marineros agarrándolo por el pecho.

América y Luiza se encontraban sentadas, apoyando la cabeza la una en la otra hacían lo posible por no dormirse; pero la falta de control en el nuevo elemento y, sobre todo, la fatiga debida a unos duros e intensos días, agotaron sus posibilidades de mantener despabiladas esas extenuadas mentes y cayeron en un profundo e inevitable sopor en el momento más inoportuno. Antoñito volvió a ver a su madre en sueños:

En el vacío, la figura de una mujer vestida de luto y sentada haciendo punto, era el único elemento que, a lo lejos, rompía la monotonía. Al acercarse, mostraba como la carencia de rostro le confería un aspecto grotesco; pero a él algo le decía que se trataba de su querida madre, algo que dentro de esa pesadilla lo confortaba y lo arropaba con cariño. Esa figura de mujer se desvaneció y ocupó su lugar una gigantesca cruz negra con bordes plateados. En ese momento, su madre le habló: - Hijo mío, nunca bajes la guardia pues el demonio está contigo- la cruz se desvaneció entre sucios sueños que le despertaron.

En ese momento, el paisaje no podía ser más desolador: una tenue luz, que exigua, distribuía el amanecer, dejaba entrever que navegaban entre muertos. América se incorporó para cerciorarse de la angustiosa realidad y vio como la tripulación y el resto del pasaje yacían esparcidos por cubierta. Sólo ella y su estimada amiga seguían vivas en aquel fantasmagórico barco que continuaba navegando con rumbo firme.

A.O. Luiza, Luiza. Despierta, despierta.

L.U. ¿Qué pasa Señorita?.

A.O. Despierta y mira el panorama.

L.U. ¡Por tu madre!. Perdone Señorita. Quería decir, ¿Qué ha pasado?.

A.O. Luiza, ¿por qué me llamas Señorita?.

L.U. ¡AH!. Perdone amiga, pero estoy muy impresionada. ¿Qué hace toda esta gente muerta?. O, mejor dicho. ¿Qué hacemos vivas nosotras?. ¿Usted sabe manejar el timón de este cascarón?.

A.O. No, Luiza. No sé navegar; pero creo que no hace falta que sepamos hacerlo. El barco sigue su rumbo. Tengo la desagradable sensación de que no estamos solas.

L.U. ¿Me está usted diciendo que aparte de estos muertos y nosotras hay algún demonio?. Mire como se me eriza el bello, amiga. No diga eso o me tiraré al mar. ¿Usted no teme al Diablo, amiga?.

A.O. Miedo no, Luiza. Creo conocerlo y haber mantenido con él alguna oscura relación; pero no estoy segura de nada. No sé quién soy, ni lo que hago en este mundo. La única certeza que tengo es que debo ir a España.

L.U. ¿Por qué debe ir a España, amiga?.

A.O. Tampoco estoy segura de eso, pero creo que debo cumplir una misión.

L.U. ¿Una misión con el Diablo?.

A.O. Puede ser, Luiza, puede ser.

L.U. Tengo mucho miedo, amiga.

A.O. Ven Luiza. Abrázame amiga.


(Vamos a la cuarta parte)
 

(Vamos a la segunda parte)


(Vamos a la primera parte)


 (c) Carlos Aguilar Agulló,   2000.
 
 

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