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HIJO Y MARTIR
(Cuarta parte)
Por CARLOS AGUILAR AGULLO
Siguieron en aquel pequeño y destartalado navío rodeadas
de cadáveres hasta recalar en la Habana. Decidieron esconderse al atracar en
puerto para que pareciera un barco apestado o fantasmagórico en el que nadie
se hubiera salvado de la muerte. El pánico cundió entre los funcionarios de
la Casa de Contratación y los curiosos, momento que aprovecharon para abandonarlo
y mezclarse con la multitud escondida en las callejuelas próximas al puerto.
Así lo hicieron, y su plan fue un éxito. La manera en la que atracó aquel pequeño
barco, hacía pensar que un experto capitán, al mando de un preparado equipo
de marineros, maniobraban de forma brillante, maestra. Al Observar que la barcaza
no daba señales de vida, los funcionarios lo abordaron comprobando que el hedor
que se percibía desde el puerto era producto de los cadáveres, en avanzado estado
de descomposición, diseminados por cubierta, que vertían sus humores por la
carcomida madera.
América y Luiza, impregnadas de ese hedor, lograron pasar desapercibidas en
un ambiente en el que el insoportable olor a cadáver ocupaba el espacio del
aire y se hacía amo de él. Aprovecharon la confusión para trasladar el baúl
hasta un lugar más tranquilo, cambiarse de ropa y lavar las puestas.
El inexplicable atraque de El Castillo Del Mar trajo el miedo a la Habana:
- ¡El Diablo ha llegado! ¡El Diablo está entre nosotros!- gritaban mientras
corría despavorida la atemorizada muchedumbre.
El puerto contaba con un ambiente impresionante: La Flota de Tierra Firme estaba
allí fondeada; nueve galeones de tres y cuatro mástiles y de tres y cuatro pisos
en popa, estaban listos para zarpar, y cientos de soldados desembarcaban de
aquellos navíos para desalojar el puerto de curiosos y quedar en formación,
en espera de la visita del Virrey y del Inquisidor General de la Habana.
Desde el interior, apareció el Virrey Pedro de Valdivia con su séquito. Una
vez apostado entre los soldados y el fantasmagórico barco, se dispuso a coordinar
la operación de destrucción de El Castillo Del Mar: - ¡Arqueros, preparen sus
arcos con flechas de fuego y disparen contra ese endemoniado barco-
El Castillo Del Mar comenzó a arder rápidamente por sus cuatro costados. La
emanación de gases y cenizas, fruto de la abrasión de brea, cadáveres y madera
mezclada con las especias que transportaba como mercancía privilegiada, ocasionó
una nube de fragancias y hedores de mil matices que los que la percibieron jamás
olvidarían. Conforme se consumía, el Inquisidor General de la Habana, como responsable
religioso del séquito, realizó una serie de sortilegios y conjuros contra el
diablo a los que siguieron rezos de oraciones que se extendieron a personajes,
militares y curiosos. Al concluir los rezos, el Virrey ordenó romper filas y
se retiró a Palacio aterrado por el oscuro espectáculo.
América, desde una distancia prudente, observaba el pasional acto. Cuando más
avivaba el aire al fuego, se arraigaba más fuerte en ella la idea de que el
demonio le perseguía y protegía por algún motivo que no llegaba a comprender.
Junto a Luiza, creyeron que había que aprovechar aquel momento de confusión
para dirigirse a la Casa de Contratación para obtener los pasajes. Para ello,
decidieron que sería buena idea que Luiza se hiciera pasar por su criada, y,
para no levantar sospechas, hacer creer que Puerto Rico era su origen. Ya en
ventanilla, un funcionario de aspecto enjuto y modales groseros, las atendió
con antipatía:
F. ¿Qué quiere?. Preguntó, ignorando a Luiza
A.O. Dos pasajes para España.
F. Usted no es de la Habana, ¿Verdad?.
A.O. No, nací en España y llegué desde Puerto Rico a La Habana por motivos familiares.
Soy hija de los Obando de Puerto Rico.
F. ¿Los Obando?. me suena ese apellido., pero no de Puerto Rico, sino de Perú.
¿No fue esa familia a la que la Inquisición despojó de Palacio y riquezas, y
ajustició a muerte por herejes?.
A.O. Si, desgraciadamente ese era mi tío.
F. No sé si estarás al corriente, pero ha habido una Revuelta contra la Fe en
Perú.
A.O. No, a Puerto Rico no han llegado noticias. ¿Me da los pasajes, por favor?.
F. ¿Qué le ha pasado en la cara, Señorita?.
A.O. Un accidente de la infancia. Caí de un carruaje cuando todavía era una
niña.
F. Esas cicatrices más bien parecen producidas por un látigo.
A.O. Señor, tenemos prisa.
F. ¿Y esa nativa?, no parece de Puerto Rico.
A.O. No Señor, es una esclava de Brasil. Es un regalo del Virrey de México a
mi padre. Ahora es mi criada.
F. Espere un momento, Señorita. El funcionario abandonó la ventanilla y, pasados
unos segundos, apareció de nuevo acompañado de su superior, un hombre de aspecto
orgulloso y un tanto prepotente. La cola ante la ventanilla se iba engrosando
y la expectación crecía por momentos.
F.S. ¿Señorita, tiene algún documento que pruebe su procedencia?.
A.O. No. No, Señor. Nos robaron al llegar a la Habana.
F.S. Pero, por lo menos sí sabrá el nombre del barco que les trajo hasta La
Habana, ¿Verdad?.
A.O. Señor, encuentro innecesaria tanta pregunta. ¿Qué es lo que sucede?.
F.S. Hasta ahora Señorita, todos los rebeldes huidos del Perú que han llegado
hasta la Habana han venido en un solo barco: La Amistad. Todos los revolucionarios
que logramos apresar fueron quemados en público; pero unos cuantos escaparon
al saltar al mar antes de ganar la costa. No dude que todos esos enemigos de
la Fe arderán en el infierno. ¡¿Cómo se llama ese barco?!.
A.O. La Fortuna, Señor. La Fortuna. -Contestó América recordando el nombre de
una barcaza fondeada en el puerto de la que no disponía de más datos.
F.S. Alfredo, compruebe ese dato.
F. A sus órdenes, Señor Ulpiano.
F.S. Más vale que sea cierta su historia, Señorita.
Minutos después apareció Alfredo y susurró a su jefe unas palabras que sólo
él escuchó.
F.S. Alfredo, ¡expenda esos pasajes!. Disculpe, Señorita.
A.O. No, si yo lo entiendo, Señor.
Salieron del establecimiento tirando del baúl y, ya en la calle, una incontenible
y contagiosa risa
se apoderó de ellas debido, seguramente, al estado límite al que habían estado
sometidas y a la fortuna que les acompañó en el momento más oportuno:
L.U. La Fortuna, amiga. La Fortuna. -Decía Luiza entre carcajadas.
A.O. Sí, La Fortuna nos ha salvado de la hoguera. -Contestó sin parar de reír.
La situación en el puerto ya se había normalizado. Caminaron hacia él y, pasajes
en mano, fueron conducidas en barca a El Salvador, un extraordinario galeón
de cuatro mástiles y cuatro pisos en popa. Gracias a los maravedís que Luiza
logró conseguir, tenían previsto un viaje tranquilo y confortable en uno de
los lujosos camarotes de popa. Una vez instaladas, subieron de nuevo a cubierta
para seguir de cerca el embarque. El día era espléndido y aquellos magníficos
navíos parecían haber salido del futuro.
El pasaje era izado por grúas; mientras que pasajeros abordaban por proa; pipas,
cubas, mercancías para rescate, útiles varios y equipaje, eran embarcados por
popa. El embarque de oro, plata y piedras preciosas era supervisado directamente
por el capitán Bernal Nuñez quién, celosamente, controlaba la operación hasta
que el preciado mineral era custodiado en lugar seguro.
Finalizado el embarque, la expectación crecía en cubierta. Tripulación y gente
de tierra esperaban con ansiedad las órdenes del capitán para comenzar el asombroso
periplo. Así, repleto de bártulos y con la tripulación confesada y comulgada,
la voz del capitán resonó desde el puente de proa con energía: - ¡Levad anclas!
¡Izad el trinquete! ¡Desencapillad la mesana! ¡Alzad aquel brío! ¡Izad la boneta!.
La Flota desplegaba velas en una exhibición de fuerza y magia. El sonido del
viento en el momento de hinchar las velas asustaba a los impresionados pasajeros
por su potencia y amplitud. El romántico contacto era el verdadero preludio
de aquellos misteriosos y apasionantes viajes transoceánicos que tantas riquezas
trajeron a España y tanto dolor llevaron a las Indias.
América y Luiza se habían acomodado a la nueva situación. Disfrutaban del sexto
día de periplo y la tripulación las trataba correctamente, incluso con cariño;
todos, excepto algunos marineros que no por su condición, sino por haber sido
reclutados por el exasperador sistema de levas, se comportaban de forma arisca
y hostil con el pasaje y resto de compañeros.
El día transcurría con una monotonía pasmosa. Pasaban la jornada encerradas
en su privilegiado rincón de popa. El hacinamiento del resto de los pasajeros
las retenía en su camarote, del que América sólo salía para comer junto a los
afortunados comensales y respirar un poco de aire. Sus esporádicos paseos por
cubierta terminaban siempre por apenarlas debido al deplorable espectáculo que
formaban cientos de personas conviviendo en una situación infrahumana.
Efectivamente, el día a bordo comportaba que la gente de tierra soportara un
humillante y aburrido hacinamiento. La tripulación pasaba el día cuidando el
barco: tareas como mantener las cubiertas limpias y expeditas, reparar e izar
velas cuando fuese preciso, atar cabos, trepar por mesana y trinquete, arreglar
cuerdas y velas, hacer cuerda nueva con cabos viejos o remendar redes, fregar
la cubierta y los bayatoles, revisar los aparejos y realizar pequeñas reparaciones
y chapuzas, eran labores rutinarias que, al cabo de una semana, aburrían a los
ya habituados espectadores de tierra. Cada mañana, los marineros se desperezaban,
estiraban la ropa, con la que normalmente dormían, y se lavaban cara y manos
con agua que izaban del mar con cubos. Dormían en diversos rincones de cubierta,
algunos cubiertos con esteras y mantas, otros al abrigo del cordaje, y los más
privilegiados habían extendido una hamaca. Oficiales y viajeros distinguidos
pasaban la noche en su propio camarote bajo cubierta y sobre tarimas o esteras
y el capitán lo hacía en su recámara, cubierto con colcha de lana. La hora del
desayuno para unos pasaba inadvertida, para otros, era esperada desesperadamente;
un desayuno frugal que se componía de bizcocho, una galleta, algunos ajos, una
ración de queso y, tal vez, alguna sardina salada. Los marineros, cuya indumentaria
se componía de camiseta de lana, blusa, capa corta, calzas y bonete rojo de
lana con vueltas azules, solían ir cubiertos de lana de pies a cabeza y rara
vez se desnudaban o bañaban, por lo que la higiene a bordo estaba acorde con
la de la época; pero, pese al hacinamiento, la ventilación en cubierta estaba
garantizada aunque había un momento en el día especialmente peligroso: para
satisfacer las necesidades naturales se defecaba y orinaba sobre el mar sujetándose
de las cuerdas del propio navío, o bien, disponiéndose sobre una tabla que pendía
sobre las olas a modo de retrete.
Las horas a bordo se eternizaban. Los pasajeros paliaban el tedio formando corrillos
junto a los marineros en los que podían cantar canciones, tañer instrumentos
o escuchar el canto de un pájaro o el sonido de algún invertebrado traído de
tierra. Para los más curiosos, la tarea de quitarse mutuamente los piojos era
laboriosa, habitual y necesaria. Además de estas actividades, se organizaban
competiciones de pesca o carreras de animales como conejos o cerdos; pero la
gran fiesta se organizaba cuando los galeones se revestían de gallardetes y
banderolas que eran acompañados por el estruendo de cañones o falconetes para
indicar el comienzo de excitantes desfiles y competiciones náuticas.
El lugar en el que más incómoda se sentía América era el comedor: dentro de
su sobriedad, era un lujoso lugar comparado con lo que los demás sufrían. Constaba
de diecinueve rústicas mesas para seis ó siete comensales, mesas que, lejos
de ser vestidas por manteles o tapetes, desnudas, estratificaban la gula de
los que, poderosos, limpiaban sus allí sus grasientos dedos.
América solía compartir mesa con jóvenes herederos con ganas de aventuras y
hartos de patriarcado, y con nuevos ricos hechos de pasta de acero. Las posesiones
logradas eran el único tema de conversación, charla que ella aprovechaba para
pasar desapercibida; pero, el tema estrella del comedor era la reciente Revuelta
de Perú: cada uno en cada mesa, daba su versión, que cada vez era más exagerada:
unos hablaban de un demonio de fuego con forma de monstruosa mujer; otros decían
que los caminos hasta Lima se abrieron, enseñando las entrañas de la tierra,
y que de allí salió un horrible monstruo mitad diablo, mitad mujer, con la fuerza
de mil hombres; se conjugaban decenas de teorías y en todas ellas había un elemento
común: UNA MUJER; por desgracia para ella, era la única hembra invitada al comedor.
América, después de cada comida, guardaba lo que podía para Luiza, pues esclavas
y criadas sólo tenían derecho a comer los desperdicios triturados por los comensales
del comedor. Aun sabiéndose estrictamente vigilada, América nunca dejaría morir
de hambre a su amiga; pronto, esta circunstancia se convirtió en una enorme
amenaza para ella: la Comitiva que viajaba a España para informar a la Corona
sobre la Revuelta de Perú esperó hasta que ella se sentó en la mesa para acompañarla
con insana intención. El Inquisidor General de la Habana, el Arzobispo de la
misma diócesis, un clérigo (testigo de la Rebelión), un oficial herido por los
rebeldes y un joven de aspecto educado y agradable, eran sus impuestos compañeros
de mesa. Tras largos rezos, previos al breve festín, todos, excepto el joven
muchacho, quedaron fijamente mirando a América. Ella, abochornada por esta circunstancia,
decidió hacer frente a la situación y tomar la iniciativa:
A.O. Disculpen, Señores. ¿No les gusta la comida?.
I.G. ¿Dónde está el bizcocho y la porción de pan?. ¿No irá a parar al estómago
de la criolla?.
A.O. ¡Pues, si!. -Todos quedaron admirados y dispuestos a prenderla-. No quiero
que enferme y muera, no sabría que hacer sin mi criada.
I.G. Y, ¿No será más bien por tenerle afecto?.
A.O. ¿A mi criada? ¡JA, JA, JA! ¡¿Pero, por quién me ha tomado?!.
J. ¡Señor, por favor!. Está ofendiendo a la Señorita.
I.G. Indagar sobre la verdad sólo ofende al hereje. ¿Acaso vos sois apóstata?.
J. Yo...
I.G. ¿De qué son esas marcas?. He oído que una mujer con la cara marcada dirigió
la Revuelta de Perú. Me informó el cobarde General de Castro de tal circunstancia.
Por cierto, es compañero de travesía. Viaja a bordo de La Basílica. seguro que
reconocería a la cabecilla de la Revuelta.
A.O. Bien, Señores. Hasta entonces creo que deberíamos guardar cortesía en la
mesa, ¿No creen?.
I.G. ¡Ya hablaremos, rebelde! -le susurró al oído-.
A.O. Bien, espero cambiar mañana de mesa y de tema, Señores.
América se retiró a su camarote con aire tranquilo y sereno; pero, en realidad,
temblaba como una niña al saberse descubierta. Al entrar al camarote, Luiza
la recibió con entusiasmo y hambre:
L.U. ¿Ya trae la comida, mi amiga?.
A.O. No, Luiza. Hoy no me ha sido posible. He tenido una comida movida.
L.U. ¿Movida? ¿Por qué, mi amiga?.
A.O. El Inquisidor General de la Habana y su banda de cuervos han sido mis compañeros
de mesa y no han parado de interrogarme.
L.U. ¿Preguntas? ¿Qué clase de preguntas?.
A.O. Relacionadas con la Revuelta de Perú; y, lo peor de todo, es que el General
de Castro viaja a bordo de La Basílica, seguramente confinado en alguno de sus
calabozos.
L.U. Entonces, ¿Nos reconocerá al desembarcar?.
A.O. Sí, Luiza. Eso es lo que pretenden los inquisidores. Debemos trazar un
plan y, sobre todo, ser cautelosas, muy cautelosas.
L.U. ¿Deberé comer los desperdicios de los blancos ricos el resto del viaje,
mi amiga?.
A.O. No, seguiremos como hasta ahora. Te lo prometo.
L.U. Pero...
A.O. Ese no es el problema, Luiza. Debemos evitar la entrevista con el General
a toda costa. Eso es lo verdaderamente importante; aunque...
Tres tímidos pero seguros golpes en la puerta del camarote pusieron en guardia
a las dos amigas. Alfonso de Ureba, el joven caballero que intentó defenderla
del acoso del inquisidor se interesaba por ella.
A.U. Señorita, por favor. Abra la puerta.
A.O. ¿Qué pretende caballero?.
A.U. Se encuentra en grave peligro. El clérigo dice haberla reconocido, seguramente
en busca de protagonismo; pero esa es razón suficiente para llevarla a la hoguera.
A.O. No se preocupe, caballero.
A.U. ¡Pero esos hombres quieren matarla!.
A.O. Nos reuniremos en cubierta. Espere al cambio de guardia.
América cerró la puerta y quedó pensativa apoyada en ella. Luiza, sorprendida
por su reacción, quiso desvelar el secreto que parecía haber gestado mediante
la improvisación.
L.U. ¿Por qué dice eso con tanta seguridad, amiga mía?.
A.O. Porque lo creo. Porque ya ha sucedido. Porque no somos supervivientes de
El Castillo del Mar por casualidad. Porque alguien muy poderoso, no sé por qué
razón, nos necesita. Porque no estamos solas, Luiza. No estamos solas.
Luiza ya no dormiría con tranquilidad el resto de la travesía. La idea de que
el demonio les acompañara la aterrorizaba; por otro lado, esperaba con apetencia
el momento en el que el maligno actuara salvándolas de aquellos crueles inquisidores.
Pasaban los días y la amistad entre América y aquel sensible joven se entrelazaba
de manera bella y especial. Pronto Alfonso comenzó a formar parte de los planes
de los inquisidores: -Hereje, provocador y rebelde - decían de él en voz alta
en un comedor en el que nadie quería compartir mesa con ellos. No sólo se les
hacía el vacío en el comedor, sino también tripulación y pasajeros en el resto
del navío temían y rechazaban su presencia.
Parecían apestados, y eso les unía más; Alfonso ya sabía la verdad de América
en Perú, y eso les unía todavía más. En pocos días, la fascinación que sintieron
el uno por el otro se convirtió en amistad, que pasó a ser cariño y desembocó
en inexorable amor. América se encontraba más confundida que nunca. A medida
que crecía el amor, se incrementaba la posibilidad de
que surgiera sexo entre ambos y pensar en eso le ocasionaba un desdoblamiento
en el que Antoñito no dejaba de recordarle su masculina esencia. Esto, y, sobre
todo, la sucia experiencia que sufrió con Basilio, atenazaban su corazón creando
una relación que desesperaba constantemente a Alfonso y que, al mismo tiempo,
lo enamoraba más a cada segundo.
Alfonso era un joven alto, moreno, con un porte excepcional y tremendamente
sensible; tal vez, demasiado para vivir en aquel mundo obtuso y cruel.
Heredero de un mayorazgo castellano, poseía como residencia oficial, una mansión
a pocos kilómetros de León. Conocer que Orense era el destino de su amada América,
fue una grata noticia para él. Se ofreció gustoso para llevarla en su carruaje:
- El de la rosa roja en la puerta, no lo olvides- le dijo Alfonso temiendo algún
inoportuno contratiempo. Pronto aparecieron las primeras gaviotas, y el nerviosismo
se hizo patente en la Flota; los gritos pasaban de galeón a galeón el bullicioso
ambiente reinante; mientras, Luiza temblaba de miedo pensando en la hoguera
o en el encuentro con el diablo.
- ¡Tierra a la vista!- gritó orgulloso el vigía que, con tanta fortuna, realizó
el último turno. En ese momento, Alfonso, preocupado y asustado, comenzó a perder
la compostura. Giraba rápida e incesantemente la cabeza buscando a su enemigo
con el temor de los que se saben derrotados y con el aliento pendiente de un
hombre sin alma. América lo abrazó con pasión, y, mirándolo a los ojos, le dijo
dulcemente: - confía en mí, Alfonso. Confía siempre en mí- entre tanto, la Flota
remontaba el Guadalquivir buscando el puerto de Sevilla que se encontraba radiante;
con más luz que nunca, esperaba a los suyos y a las prometidas riquezas mientras
cientos de personas se agolpaban buscando desesperadamente el sueño que durante
muchos meses les privó de llevarse a la boca un austero trozo de pan limpio
de dentelladas.
El Salvador, revestido de gallardetes y banderolas, y con la tripulación y pasajeros
enardecidos con aire triunfalista, esperaba en silencio el momento en el que
el capitán diera orden de desembarcar para estallar en euforia desmedida por
la llegada de ese único instante. Atracó entre el júbilo de la muchedumbre.
El protocolo exigía que los pasajeros ilustres alcanzaran la dársena en primer
lugar para evitarles molestias; así, nobles y señores laicos y religiosos, comenzaron
a descender por la pasarela. Uno a uno, con caras largas y fusta en la mano,
descendían por el puente protegidos por los soldados reales hasta pisar puerto.
Una vez en tierra el último de los ilustres viajeros, el Inquisidor General
de Sevilla llamó la atención del fiscal para que diera aviso al capitán de El
Salvador de la ausencia de su esperado y estimado colega: - contramaestre, busque
a la comitiva inquisitorial, habrán quedado dormidos.- pero con el contramaestre
llegó el terror y el caos: el Inquisidor General de la Habana y sus esbirros
salieron de sus camarotes acompañados por él y por unos marineros; su aspecto
era espeluznante. Desde el puente de proa, el capitán observaba como aquellos
hombres caminaban torpemente apoyándose en los marineros; conforme se acercaban,
se apreciaba en sus rostros, plagados de pústulas, la carencia de ojos. Al ganar
el puente y llegar a presencia del capitán, éste se apartó bruscamente, aterrorizado,
al comprobar como ojos y lenguas estaban plagados de negros y grasientos gusanos
que engordaban por momentos, y el resto del cuerpo se descomponía confiriéndoles
un aspecto sobrecogedor.
- ¡DIOS SANTO DEL APOCALIPSIS! ¡Saquen a estas criaturas de mi barco!- gritó
el capitán a los aterrados marineros.
Se hizo un silencio dañino que preconizaba lo peor. el Inquisidor General de
Sevilla se puso en guardia y centró toda su atención en la pasarela por la que
debía desembarcar su colega y amigo. Al aparecer su figura, el inquisidor gritó
hasta desgañitarse: - ¡El diablo está en el barco! ¡Soldados, quemen el barco!
¡Que no salga nadie del barco! ¡Rápido, quemen el barco! ¡Quemen ese maldito
barco! ¡Quémenlo!.-
Cundió el pánico, los pasajeros de cubierta reventaron el protocolo y la vigilancia
a la que estaban sometidos para salir desbocados de todos los rincones del navío.
Alfonso y América aprovecharon la confusión para tratar de desembarcar mezclados
entre el pasaje. El ambiente era muy tenso y los militares comenzaron a actuar
contundentemente para sofocar aquella locura.
Entre tanto, Alfonso, debido al empuje de la multitud, se separó de América
en el puente de popa. Traspiés, codazos, zancadillas, agarrones, saltos por
la borda; todo era válido con tal de salir de ese endemoniado galeón camuflado
entre la gente.
América y Luiza fueron arrastradas directamente hasta el puerto y, haciéndose
una rápida composición de lugar, se dirigieron hacia la zona protegida por soldados
en la que se encontraban los carruajes de nobles y señores llegados del otro
mundo. Los propietarios de aquellos flamantes carruajes, además de por sus vestimentas,
eran identificados por los cocheros que les servían ante el responsable de la
tropa allí destacada.
Al encontrarse América con el férreo control policial, preguntó con naturalidad
por Alfonso de Ureba. Un impetuoso cochero, con una cojera difícil de disimular,
apareció de repente y, sin mediar palabra, les condujo hasta su carruaje: una
calesa con un escudo en el que el espino rodeaba y hería a un voluminoso corazón
dorado. Sabiéndose engañadas, corrieron asustadas en busca de la rosa roja que
les sacara de ese desconcierto. Corrían entre los carruajes perseguidas por
aquel horrible hombre; y, a pesar de la cojera, cuchillo en mano, las acosaba
con enorme avidez y agilidad. Cuando lograron despistarlo, miraron a su alrededor
y vieron como la rosa roja brillaba en la puerta del carruaje de Alfonso; con
premura, explicaron la situación al cochero y éste las escondió en la carlinga
sin más dilación.
La mayoría de los carruajes ya habían partido hacia su destino cuando, ayudado
por dos soldados, llegó Alfonso hasta el suyo; mojado y sangrando por un brazo.
Fue herido por un puñal anónimo que buscaba su corazón y saltó por la borda
para salvar la vida: Lanciano, su fiel cochero, fue discreto con sus asustadas
invitadas y no comentó nada sobre ellas hasta que se retiraron los soldados.
Su mayor preocupación se centraba en la herida que, probablemente, salvó la
vida de Alfonso:
A.U. No, no es nada querido Lanciano.
L. Pero Señor, sangra abundantemente. Déjeme que cure esa herida.
A.U. ¿Y América? ¿No ha logrado llegar hasta aquí?. Iré a buscarla.
L. ¡No!. Espere, Señor. Supongo que se refiere a la señorita que se encuentra
en la carlinga.
Alfonso y América se abrazaron y besaron con pasión desmedida hasta que Lanciano
les advirtió del peligro que sufrían al no salir cuanto antes de aquel expuesto
lugar. América se ocupó de curarle la herida, más escandalosa que con real peligro
para su salud, mientras sorteaban el control ejercido por los hombres del Destacamento
de Sevilla, entre la confusión y el desorden reinante.
Al dejar atrás la ciudad, más relajados, Alfonso llamó la atención de Lanciano:
A.U. Lanciano, por favor. Detenga el carruaje.
A.O. ¿Qué sucede? ¿Por qué paramos?.
A.U. Ya ha pasado el peligro. Creo que es el momento para que cada uno ocupe
su lugar.
A.O. ¿A quién te refieres? ¿A Luiza?.
A.U. No sé por qué te extrañas. Es costumbre que el servicio viaje en el pescante.
A.O. Creo que eso es inhumano. Además, Luiza no es mi criada, es mi amiga del
alma. Me mimó y salvó mi vida sin ni siquiera conocerme, sin buscar recompensa
ni ningún otro interés, en un entorno de horror y dolor en el que bastante teníamos
con salvarnos a nosotras mismas del hambre, la enfermedad y la muerte. Si alguien
tiene que viajar en el pescante, esa soy yo.
A.U. No sé de dónde sacas esas ideas, pero me encantan.
Lo siento, Luiza. Siento haberte ofendido.
L.U. Señorito, estoy acostumbrada a que me traten peor. -dijo esgrimiendo una
sonrisa-.
Continuaron camino, toda clase de solitarias y peligrosas sendas que parecían
llevarles a ninguna parte no paraban de sorprenderles con magníficos paisajes
y con enervados maleantes que, después de detener el carruaje, huían despavoridos
sin obtener su botín. Luiza, asustada por este motivo, deseaba compartir su
miedo:
L.U. Está con nosotros. Él está con nosotros.
A.U. ¿A qué te refieres?, no lo entiendo.
L.U. ¿No ha visto como todos huyen?. El demonio está entre nosotros, señorito.
Nos ha seguido y protegido desde Lima por alguna oscura razón.
A.U. No digas eso, ¡Por Dios!. Eso sólo nos puede traer desgracias.
L.U. Pero, señorito.
A.O. Luiza, ya basta. No podemos saber si es él el que espanta a esos malvados.
L.U. Usted misma lo dijo, amiga mía. El diablo está entre nosotros.
A.U. Creo que deberíamos cambiar de tema. Un agobiante escalofrío no ceja en
estremecer mi espalda.
Así, aterrados, pero sin más complicaciones, llegaron al precioso y bien cuidado
caserío que la servidumbre había mimado con tanto esmero durante su ausencia.
Alfonso era muy querido por sus allegados y, tras la muerte de sus padres, decidió
cruzar el océano dejando a todos muy apenados. El apasionado recibimiento, adornado
por un precioso y frondoso jardín que se extendía por el muro frontal del caserío,
contaba con trovadores que tañían sus instrumentos y cantaban canciones de amor,
con una mesa en la que se exhibían y coexistían apetitosas viandas trabajadas
con cariño, y con el llanto y verdadero cariño de la segunda generación de las
familias que allí servían sintiendo esa casa como suya.
Los interminables paseos a caballo recorriendo los rincones más hermosos de
sus tierras les acercaban cada día más, les enamoraban en cada instante, en
cada beso, con sus miradas, con el hechicero tacto de sus entrelazados dedos
apretados hasta la locura.
Mientras tanto, Luiza se empeñaba en entrar a formar parte de un convento de
clausura de monjitas buenas (como ella decía). Deseaba esconderse de aquel mundo
oscuro y cruel y comenzar una nueva vida en la que la meditación y el acercamiento
a Dios fuera su única premisa. Alfonso tenía algunos contactos y le facilitó
encantado el camino para realizar su utopía. En una suave tarde de verano, se
despidió de él con lágrimas verdaderas, y, de su querida América, con el corazón
cercenado en millones de átomos cargados de vida y promesas. América, en un
gesto de cariño, le entregó la cruz que tanta protección y vida le había transmitido
desde que la encontró en Cuzco.
La amnesia de América le privaba de obtener información acerca de su vida más
allá del juicio celebrado por los inquisidores en Cuzco en el que ella participó
como rea, y que dio comienzo a su agitada vida. Esta circunstancia, lejos de
convertirse en un problema, fue una ventaja, ya que lo único que deseaba era
vivir intensamente cada segundo con Alfonso. A pesar de esto, se resistía a
hacer el amor, pues el sexo lo seguía viendo como algo sucio, algo antinatura.
Poco a poco, el creciente deseo de Alfonso y el respeto demostrado ante su decisión,
llegaron a excitarla hasta el punto de hacerle olvidar torturas, prejuicios
y masculinidad, y hacerla caer en sus brazos una maldita y caliente noche de
verano en la que la luna sangró hasta la extenuación en un doloroso grito de
renacer. Los fogosos amantes saboreaban el brillante roce de sus cuerpos con
exquisito mimo y delicadeza. Al penetrarla, Alfonso percibió un calor insoportable
en su pene. En un acto reflejo, reculó y dejó al descubierto su pene atrayendo
éste la atención del aire y obteniendo llama en una combustión rápida y altamente
flamígera. De esta guisa, quedó arrodillado sobre la cama hasta que una fuerza
sobrenatural e incontrolable lo llevó por el aire hasta adherirlo a la pared,
justo enfrente de América. Sus ojos reventaron después de alcanzar tres veces
su volumen y su hinchada lengua tenía el aspecto sangriento y terso de una enorme
víscera.
- ¡NOOOO! ¡Déjalo en paz! ¡No lo tortures! ¡Maldito seas, acabaré contigo! ¡Juro
que acabaré contigo!- gritó América furiosa y desconsolada contemplando la crueldad
a la que estaba siendo sometido su amado.
B. ¿Cómo quieres que deje que este gusano manche lo puro? ¿Acaso no sabes que
me tienes dentro?. Si, tú eres la única oportunidad que tengo para recuperar
el poder que poseía antes de ambicionarlo todo, y te cuidaré como si fueras
mi propio bebé hasta que llegue la hora.
A.O. ¡NOOOO! -repetía llorando con rabia y golpeándose el vientre con saña mientras
él reía a carcajadas-.
B. ¿Crees que así podrás acabar conmigo?. Continua golpeándote, la sangre fluirá
más rápida por tu cuerpo y creceré antes en ti. ¡JA, JA, JA!.
América enloqueció en un delirio violento e introspectivo. No pudo asimilar
que nadie en este mundo, ni en otros, fuera capaz de tal atrocidad, con esa
ausencia total de cualquier mínimo atisbo de sensibilidad, y con ese toque de
morboso regocijo que dificulta enormemente una catarsis con éxito. Basilio,
sin dudarlo y sin apenas esfuerzo, la ató de pies y manos a la cama y, susurrándole,
le dijo que él la cuidaría con esmero y con lo más selecto de la gastronomía
terrenal; para ello, convirtió la cocina en una enorme nevera en la que los
cuerpos de Alfonso y de hombres, mujeres y niños que, en otro tiempo dieron
vida a la casa, pendían de ganchos como carnaza destinada a cubrir sus necesidades
nutritivas. El Capellán pasaba todo el tiempo en la cocina cortando y utilizando
partes seleccionadas de sus víctimas para la elaboración de una especie de guisados
mágicos que América comía con gula. Pasaron tres meses, América ya contaba con
setenta y seis kilos más. Había dejado de sentir, de vivir, de soñar. aquella
comida había acabado con su voluntad y saturaba sus lípidos a conciencia. Así,
acrecentaba su envergadura a un promedio que se podría estimar como de próxima
súbita explosión y muerte fulminante. Al mismo tiempo, el entorno natural se
tornó yermo: una espesa niebla evitaba que el sol pudiera cuidar su vergel,
y aquellos maravillosos parajes degeneraron en lúgubres terrenos pantanosos
en los que la espesura del odio presionaba y ejercía una torsión en piel, músculos
y huesos, que provocaba un doloroso agotamiento difícil de superar.
La noticia, aunque despacio, viajó de boca en boca por caminos, señoríos y aldeas.
Al cabo de unos meses, llegó a la clausura de Luiza una persona anónima que,
oculta tras un velo negro, preguntó por ella, y, que a través de un torno giratorio
(cuyo fin era el intercambio de palabras, pequeñas mercancías y obsequios, evitando
cualquier tipo de contacto físico), le habló de esta manera:
P.A. Luiza, debes ayudar a América inmediatamente.
L.U. ¿quién es usted, Señora?.
P.A. Eso no importa ahora. Debes hablar y convencer a las demás Hermanas para
que te ayuden, tú sola no podrás lograrlo.
L.U. ¿Qué debo hacer?.
P.A. No dispongo de tiempo para explicártelo; sólo dale tu cruz.
L.U. ¡Pero, Señora!. No se marche.
La anónima dama desapareció y Luiza corrió a su encuentro quebrando las estrictas
normas del Convento. Ya en el lado terrenal, observó como el velo que cubría
su rostro, era lo único que quedaba de ella. Se había desvanecido, y aquel velo
parecía el agujero por el que la tierra se la
había tragado. Sin más dilación, Luiza reunió a sus Hermanas y les relató minuciosamente
su experiencia peruana con el diablo. Al conocer la historia, las Hermanas reaccionaron
de forma dispar: mientras que a unas se les adivinaban rostros aterrados, a
otras se les dibujaba una sarcástica y violenta sonrisa que presagiaba una dura
lucha con aquella bestia.
Organizaron la expedición rápidamente no sin antes rezar una acalorada e interesada
oración que les ayudara a llegar a su destino protegidas y mimadas. Durante
el trayecto en carreta los rezos eran constantes y la tensión se acrecentaba
en cada momento. Próximas las tierras de Alfonso, el sol lograba su cenit, circunstancia
ésta que poco importaba al adentrarse unos cuantos metros por la espesa niebla
en un pantanoso e impracticable terreno repleto de raras criaturas, y un entorno
en el que ningún humano podría subsistir con una mínima esperanza. Las monjas
se adentraron unos metros por aquel ambiente tétrico, hasta llegar a un punto
en el que no podían continuar ni había retorno posible. Creyeron que aquel era
su final; el demonio estaba protegiendo con celo la única posibilidad de continuar
ejerciendo su poder sobre las cándidas almas que aún lograba someter; pero,
de entre el fango, apareció un fluorescente y viscoso camino que las condujo
directamente al infernal caserío. Ya en su interior, El Capellán las recibió
con un renovado y diabólico aspecto. El seco y amenazador sonido de sus pezuñas
resonaba por toda la gélida estancia. Las miró una a una detenidamente, y, con
su soez voz de ultratumba, dijo:
- Huesos con deshidratados y párvulos músculos adheridos a ellos. ¡Qué flacas
estáis! ¡Pero, ¿Cómo os atrevéis a venir así?!. Se suponía que debíais estar
sobradas de sebo. ¡Arrggg, famélicas criaturas! ¡No servís ni para carroña de
gusanos! -
Al escuchar y entender las palabras de la bestia, las monjas corrieron despavoridas
en todas direcciones. Luiza fue la única capaz de guardar la suficiente serenidad
para no cejar en su empeño y evitar darle la espalda al diablo que, una tras
otra, atrapaba y destrozaba a las Hermanas que, obtusas por el terror, deambulaban
alocadas por complicados laberintos en los que de las paredes nacían unos extraños
brazos que las apresaban y las dejaban a expensas del maligno. Luiza pronto
supo que realizara o no su propósito en el feudo de la bestia, su empresa le
costaría la vida; pero esto, lejos de importarle y amedrentarle, le daba alas
por aquellos oscuros pasillos en los que se reflejaban en relieve los rostros
de las atormentadas almas allí cautivas. Conforme corría, era engullida por
la tierra y, aleatoriamente, escupida a otro pasillo o estancia. Así, totalmente
desorientada, seguía corriendo sin parar cada vez que aparecía en otro desconocido
lugar, hasta que, por fin, coincidió con América, con el irreconocible endemoniado
monstruo en el que se había convertido.
Al verla, quedó bloqueada y creyó que todo había sido en vano. Tras un gigantesco
y grasiento cuerpo plagado de llagas, América incorporó su cabeza revelando
su aterrador y endemoniado rostro en el que sus posesos ojos hablaban de infiernos
malditos y venganzas por consumar. En ese momento, el demonio apareció furioso
y ensangrentado en la habitación, y, Luiza, aun sin mucha fe, reaccionó y puso
el crucifijo en la mano de América que, con un extraño y ominoso movimiento,
pudo lograr introducirlo en su vagina y presionarlo hasta perforar su útero
y trepanar, con fin mortal, al no nato. El efecto fue fulminante: el demonio,
entre ensordecedores alaridos, abrió sus carnes sin poder evitar que escaparan
las miles de almas que celosamente vigilaba y sometía a la tortura. América,
tras violentas convulsiones, reventó en mil pedazos, liberando su espíritu y
sometiendo al de Antoñito al exiguo, pero tenaz, poder del maligno, y, Luiza,
acabó en su propio charco, derretida por el intenso calor que se apoderó del
lugar.
La sensación espacial y temporal desapareció y sólo quedó paz y calma en un
armonioso mundo en el que las almas pudieron volver a ser libres; todas, menos
la de Antoñito que, hijo y mártir, fue arrastrado por la bestia a uno de los
siete infiernos que conforman el Mal, separándolo de su madre para la eternidad,
o no, quién sabe de lo que es capaz un alma herida.
(c) Carlos Aguilar
Agulló, 2000.
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