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LA CAZA DEL ANTROPOIDE
Por Rubén López Rodrigué
Medio-Rostro gesticuló y se detuvieron los
antropoides que rastreaban en la estepa, mientras una jauría de chacales merodeadores
los seguían a distancia. Una manada de alimento abrevaba en una corriente. La
banda se desplazó con sigilo.
El jefe levantó su diestra e inclinó el
pulgar. Los cazadores corrieron detrás de los gigantescos animales que escaparon
destruyendo arbustos de la orilla del riachuelo. A su alrededor los cánidos
aullaban con su tono lastimero. El mamut más viejo se rezagó y lo atravesaron
con las armas, cayó emitiendo bramidos que rasgaron la paz de la estepa. Los
salvajes lo remataron.
Con la mano levantada, empuñando su lanza, Medio-Rostro reventó en un grito victorioso. Como no era posible mover el mamut, decidió que su clan se asentara allí mismo a espacio abierto.
Después de desollar y descuartizar la presa
pusieron al fuego, destinado en un principio a calentar del glacial frío y proteger
de las fieras, las carnes que luego devoraron. Succionaron el tuétano de la
osamenta. Los chacales se acercaron a mendigar por las sobras, pero los vigías
los ahuyentaron a pedradas, hecho que el jefe les reprochó pues aquellos carroñeros
podían delatar con sus aullidos la cercanía de quien los pudiese atacar.
Tiempo después, luego de conservar gran
parte de la carne en bolsas hechas del pellejo del mismo animal, la víctima
había quedado en puros restos. En el área escaseaba la flora, tampoco había
lugares donde refugiarse.
De modo que los antropoides decidieron emigrar.
En medio de la bruma las siluetas se desplazaban
con rumbo incierto hacia un estrecho. El descenso del nivel de los mares había
dejado un puente terrestre entre dos peligrosos territorios de nadie. Era la
última glaciación.
Los miembros del grupo perseguían mastodontes,
osos y bisontes, que así como ellos erraban en busca de la supervivencia. Las
hembras y los viejos más débiles se quedaban en las cuevas cuidando a los críos.
Abrigados con cueros de felinos se encaminaban hacia el sur. Bajo un sol quemante
recolectaban frutos, raíces y hojas, deambulando por bosques interrumpidos en
ocasiones por cantos de aves.
Luego de trasegar durante meses, la banda
llegó a una serie de rocas que cruzaba el lecho seco de un río. Al pie de las
piedras había una charca donde unos mitigaron la sed, otros descansaron a la
sombra de un raquítico bosque. El líder, emitiendo un retumbo gutural, señaló
con el dedo el próximo asentamiento: una montaña elevada, escarpada, que quizá
los libraría de inundaciones, los eximiría de combates con otras hordas y los
podría defender de los predadores.
Una diáfana noche dormían con temor sobre
un lecho mullido de hojas muertas. Afuera los grillos le cantaban a la luna
que se desplazaba con lentitud atravesando jirones de niebla. El ambiente permanecía
sin más alarmas que los rumores indescifrables. Medio-Rostro dormitaba, sus
párpados se negaban a cerrarse del todo.
De repente, se incorporó impulsado por una potencia oculta. Tenía una expresión de angustia, el corazón le retumbaba. Empezó a transpirar frío en tanto que una embestida zarpeaba sus entrañas.
Aguzó los sentidos en la penumbra de la
cueva. Algo parecido a un pensamiento le cruzó como una espina.
¿Qué era el leve rumor que lo había despabilado
de golpe?
Sólo el silencio le respondió.
Ya no sentía el chirrido de los saltamontes
poniendo en guardia sus antenas. Su vista de piedralumbre trataba de identificar
en la atmósfera mortecina alguna forma, una presencia indefinible.
No podía verla.
Oliscaba y se le mezclaban las fragancias
de la tierra, las hierbas altas y las peñas. La abertura de la gruta le ofrecía
un panorama reducido. Sólo escuchaba una respiración pesada, la suya. En el
pabellón auricular le seguía retumbando el eco que lo despertó por completo.
Volteó la cabeza y fijó su oscura visión
en los cuerpos envueltos en sombras que se amontonaban en apretado racimo. Localizó
a su madre, una anciana desdentada de unos treinta años, que padecía una extraña
dolencia, a la cual le había notado en el día la dificultad para moverse y sus
quejidos en las noches gélidas.
¡De pronto, el crujir de una rama llenó
otra vez el viento y lo hizo estremecer!
Inmóvil en su posición, continuaba medio
agazapado. La baja temperatura lo hacía temblar como a los helechos que invadían
la montaña sacudidos por un huracán. La pelambre se le erizó. Algo grave, difuso,
se posesionó de él. Estaba presto a defender su tribu y a defenderse de lo que
pudiera ocurrir. De un montón de huesos donde sobresalía un cráneo con múltiples
fracturas cogió una daga de piedra y se arrastró hasta el acceso.
Desde la balconada rocosa que dominaba el
confín su ojo pétreo escudriñaba sin pestañear.
Al frente, un valle coronado de plantíos
azulados. Más a profundidad colinas bañadas por la luz del astro, un páramo
donde habitaban frailejones y otras plantas que retenían la bruma espesa.
Todo parecía tranquilo.
A la derecha, un fantasma semejante a un
fósil desplumado lo miraba impasible y le revivieron los antepasados que habitaron
en las copas de los árboles.
No había nada.
En el flanco izquierdo se erigían piedras
volcánicas incrustadas en el terreno firme, recortándose contra el paisaje;
siluetas fantasmales que le evocaban una fauna de expresión hostil.
Todo intacto e inerte.
Imaginó las fogatas que encendían a la luz
de la luna para ahuyentar las bestias. Como si esperase una ayuda del "más allá"
miró el astro errante, casi monstruoso, en el cielo insensible, cuyo fulgor
se filtraba a través de la neblina para reflejarse en su ojo.
Volvía a repasar el entorno. Salvo él y
los suyos no amenazaba otro ser.
O al menos eso creía.
La vida proseguiría, pues, con rutina y
aquellos salvajes continuarían luchando día tras día para sobrevivir o, de lo
contrario, se extinguirían como los dinosaurios que millones de años antes quedaron
bajo el sedimento de los acantilados.
Dejó de temblar como una hoja seca, desapareció
el aire de sorpresa, la respiración se hizo menos agitada, disminuyó el golpeteo
cardíaco, el cuerpo adquirió menor rigidez. El cansancio le hacía caer su vigilancia;
pero al instante parpadeaba un tanto sobresaltado.
No veía nada.
Apoyándose contra la pared le volvió la
crepitación lastimera de los grillos. Hasta que la noche ganó dos párpados más
a su follaje.
Entretanto, una bestia merodeaba al acecho
deslizándose furtiva con sus acolchadas patas.
Medio-Rostro saqueaba una colmena. Metió un palo por el hueco de un árbol, extrajo
trozos de panal con larvas y les ofreció a otros consanguíneos. Se chupó los
dedos sin preocuparse del aguijoneo y el zumbido del enjambre de abejas.
Una corriente de aire le introdujo un olor
que lo hizo despertar con zarpazos de espanto.
¡Sobre una piedra se recortaba sobre la
luna del paleolítico la silueta de un puma! ¡Su mirada de amenaza señalaba que
atacaría con rápidez, y percibió en la de Medio-Rostro la chispa de un miedo
que serpeaba en su ser!
El corazón del jefe accionó como si quisiera
salirse de su pecho, un sobrecogimiento le subió por un costado, quedó como
la roca que servía de base a la fiera. Su vista adormecida, ahora relampagueaba.
El pulso se aceleró. Los intestinos se le aflojaron como presionados por una
necesidad.
Evocó de algún modo una pantera. Las huellas
en la frente y el pómulo constituía un recuerdo del día en que en compañía de
los demás abandonó un abrigo, casi un refugio a la intemperie, para buscar una
cavidad natural, como la que hoy habitaban, y resguardarse de la época de lluvias
y vientos helados. En esa ocasión amedrentaron la pantera a punta de garrotes,
guijarros y chillidos, hasta alejarla.
Los ojos dorados, fríos, centelleaban enviando
una corriente que circulaba por las venas de Medio-Rostro, imposibilitado para
reaccionar.
Pero tendría que hacerlo.
Respiró hondo, emitió un ululato de alarma
cuyo eco resonó en la hondonada y despertó a los demás antropoides.
Estalló un alboroto infernal.
El félido aventó un rugido, erizó el refulgente
pelo, levantó la cola y avanzó con rapidez. Con un resuello compacto atacó a
Medio-Rostro, pero éste lo esquivó con la mayor agilidad. A las primeras arremetidas
respondió con las garras contorneándose. Retumbó un ¡aaarggg!, un porrazo con
un fémur sobre su cabeza lo dejó medio aturrullado, lo que no le impidió que
a Oreja-Sucia, un joven que le salió a su paso para arrojarle un guijarro, lo
estrellara contra la pared, se abalanzara como un rayo sobre él. Un punzón sobre
la retaguardia le arrancó un berrido, a lo cual giró y clavó firme la garra
lacerando un muslo del temerario. Las hembras chillaban aferrando en sus brazos
a los críos. Al verse a merced de aquello que le marcaría un azar fatal en su
cuello, los alaridos de Oreja-Sucia pasaron de punzadas de terror que le hicieron
bajar un sudor escarchado por la espina dorsal, hasta atravesarlo una expresión
de agonía que rasgó el aire. Ni la habilidad y la fuerza de su hermano más fuerte
evitaron que los amarillentos colmillos, similares a los del tigre dientes de
sable, se clavasen sobre la víctima.
Los baladros de Oreja-Sucia muy pronto se
apagaron. Fue arrastrado por las fauces del depredador que se escurrió hacia
su guarida. Los demás se quedaron gimiendo.
Se hizo un silencio de hielo.
En la atmósfera flotaba un olor a sangre.
Cuando despuntó el alba, los primeros rayos
del pálido sol sombrearon las colinas de violeta. Al salir de la caverna sobre
la faz de Medio-Rostro cayó un destello que iluminó su ojo con visos de dolor,
a través del cual recorrió la franja incluyendo los repliegues del valle. Por
la ladera escarpada descendió con la horda hacia el río que serpenteaba con
pasividad. Cerca de un matorral unos carroñeros devoraban huesos roídos y porciones
de carne. Alguien se acercó para olfatear algo familiar; pero de un manotazo
en la cabeza Medio-Rostro lo reintegró con un gruñido.
Ahora lo que interesaba era abrevar, darse
un chapuzón antes de que los carnívoros llegaran a calmar su sed.
Una tarde despejada, en la gruta Medio-Rostro
se imaginó clavándole un puñal a un cachorro y después los miembros del grupo
lo devoraron. Los artistas de la comunidad pintaban en las paredes chacales
aullando, cometas cruzando el espacio, salamandras atisbando hacia el cielo,
niños jugando... y antropoides que cazaban un puma.
(c) Rubén López Rodrigué.
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