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A IMAGEN Y SEMEJANZA
Por Antonio Mora Vélez
Blanco estaba sentado al lado de una roca amarilla junto al hermoso lago azul
que bordea la isla. Más allá, en los límites del bermellón formado por el horizonte
de nubes bañadas por el sol, Verde bailaba alegre una danza ritual, agradecido
porque había encontrado un recodo original y paradisíaco y el calor del cenit
le entonaba el cuerpo.
A veces el aire se tornaba húmedo, imposible, y Verde se coloreaba de la ira
pero se contenía, sabía que Blanco lo observaba y que no le toleraría la más
mínima infracción al programa del día. Blanco se inclinaba con frecuencia para
recoger hojas, raíces y pedruscos, y Verde lo miraba y sonreía y decía para
sí: "Tan tonto él...¿sabrá acaso que las plantas y las piedras no piensan?".
Pero lo seguía aguardando.
El planetoide era casi del tamaño de Titán, poseía atmósfera de nitrógeno y
una fuerza de atracción inexplicable, como si estuviera formado de materia neutrónica.
Verde lo había divisado con su láser de profundidad mientras se entretenía comparando
los matices del negro cósmico. Blanco lo felicitó entonces y le dijo: "Aquí
podremos encontrar algunas cosas interesantes".
Habían transcurrido varios años náuticos desde ese momento. Blanco no se cansaba
de recoger muestras de la superficie y Verde de observarlo, a prudente distancia
siempre. A veces Verde se cansaba de hacerlo y se dedicaba a fantasear, a viajar
con su mente casi perfecta por los más recónditos parajes del universo, pero
bien pronto Blanco lo llamaba al orden con su click desesperante y monótono.
Entonces Verde aplazaba sus ilusiones y encendía su foquito verde y comenzaba
a filmar las tareas de Blanco y éste crujía de satisfacción. "Así debe ser siempre
--pensaba-- yo recojo y él conserva, yo analizo y el graba. Pero es tan distraído
el Verde".
Todo el tiempo del recorrido había sido así. Blanco y Verde sabían ya los secretos
de esa parte del cosmos situada en el límite del sistema solar, conocían perfectamente
la naturaleza de los asteroides descubiertos en la órbita externa de Plutón,
estaban sobre la pista de los extraños cuerpos vistos sobre Deimos y Fobos y
pensaban en el retorno a casa, aunque con motivaciones diferentes.
Cuando Verde se ponía pensativo y Blanco le gritaba ¡Click! la imagen ideada
por aquél se vestía de nostalgia y se condensaba en el espacio en forma de filme
siónico, mostrando el paisaje azul de La Tierra que los vio partir veinte años
atrás. Entonces Verde filmaba a Blanco y a su entorno, aunque no dejaba de mirar
"por el rabillo del ojo" --como decían los humanos-- la permanencia del paisaje.
Las veces que Verde montaba en cólera y trataba de rebelarse --y casi siempre
ocurría cuando su compañero no le dejaba contemplar las formas de la naturaleza
desde su perspectiva de poeta-- Blanco dejaba escuchar su click click y algo
en el interior de Verde lo llamaba al orden. Entonces Blanco lo inspeccionaba
un segundo, como para constatar que todo estaba bajo control, y luego continuaba
analizando fragmentos, convencido de que Verde lo seguía filmando y almacenando
los datos que le transmitía. "Así debía ser siempre --pensaba-- yo recojo y
él guarda, yo analizó y él graba".
La roca amarilla parecía un huevo gigantesco y Blanco no había detectado las
líneas que semejaban un plano y que se diluían en su superficie. Al levantarse
del suelo y apoyarse en la monumental roca, constató la presencia del dibujo
y llamó a Verde.
__¡Observa, Verde. Parece un mensaje cifrado, como los animales de Nazca. Grábalos!
Verde observó detenidamente el enrejado de líneas rectas, sinuosas y parabólicas.
Se coloreó con el color típico del desconcierto y no pudo articular palabra
alguna.
__¿Qué te ocurre? __le preguntó Blanco, intrigado.
Verde miró a Blanco y volvió la mirada sobre la piedra.
__Aquí dice que el hombre estuvo aquí y que decidió continuar el viaje hasta
la próxima estrella...
__¡Eso es imposible! --exclamó Blanco-- Todos ellos murieron cuando nosotros
salimos.
Pero verde, que era un soñador y un optimista, pensó en la estela brillante
que vio dividir en dos el cielo en una de sus noches de expectación y le dijo:
"El hombre no ha muerto, todavía existe. Y continúa volando, de planeta en planeta,
de estrella en estrella. Como siempre".
Blanco y Verde eran un par de roboticos a la deriva, construidos por los técnicos
de Ciudad Tayrona a imagen y semejanza de los hombres de entonces.
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