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INOCENCIA ADQUIRIDA
Por Jorge Oscar Rossi
"¿Por qué mataste a la avispa?- le dijo el
campesino a su hijo.
Porque me picó- le respondió el niño.
Hijo mío, -insistió el padre- la avispa no
sabe lo que hace.
Pero a mí me dolió- replicó el chico, y de
otro pisotón terminó de aplastar al insecto
contra el piso"
I
Roberto Celes se moría. En soledad y con dolor.
Los médicos le explicaron, en forma sumamente didáctica, que su
cáncer lo iba a consumir lentamente, metamorfoseándolo en una
piltrafa miserable.
Bueno, ellos no usaron precisamente esas palabras, pero
daba lo mismo.
El color, el sabor, el olor y la textura de lo que Celes
vomitaba periódicamente y cada vez en mayor cantidad eran un inequívoco
mensaje de que habia que confiar en la ciencia.
Ahora, arrodillado frente a la enchastrada pileta del
baño, Celes comprobaba lo difícil que resulta rezar cuando los
dientes, todavía sucios, no hacían más que castañetear.
Siempre había sido ateo, pero el terror a la muerte
es una buena excusa para convertir a cualquiera en un creyente fervoroso.
Por eso, Celes trataba de orar, pero de sus labios solo
se escurría una baba sanguinolenta.
II
Llevaba muerto largo, larguisimo tiempo y se sentía
muy bien.
Aquello era negro, a veces gris y en ocasiones llegaba
hasta el blanco más brillante; pero siempre se vivía suave y tibio.
Desde que Nació en el Mundo solo existía
el Placer y el Eterno Juego.
El Mundo nunca le pidió nada.
Hasta ahora.
Ahora el Mundo le rogaba que asistiera a uno que moriría
y que deseaba Nacer.
Solo comprendió cuando supo en nombre del Candidato.
III
Pese a todo, Celes nunca dejó de ser un hombre
práctico. Su rezo tenía una finalidad muy concreta: escapar del
Infierno. Porque desde que la muerte era para él algo que se mezclaba
con su sudor y sus temblores diarios, llegó al más absoluto convencimiento
de que iba a ir al Infierno, o como se llame ese lugar donde deben estar los
que, como él, merecen castigo por sus excesos, por sus vicios y por toda
la inmundicia que había hecho y que ahora parece salírsele por
la boca.
Enloquecido de espanto, recordó a la mucha gente
que humilló, a todas esas vidas que supo arruinar y a ese hombre...a
ese hombre con la garganta destrozada. Con un manotazo feroz quiso tirar lejos
el revólver pero...claro, no tenía ninguno. Estaba ahí,
en el baño de su casa, aun arrodillado y tan solo como siempre. No había
ningún arma ni otra sangre que no fuera la suya.
A su pesar, inició una aliviada sonrisa...
IV
- ¿Cuál es tu pena, hermano?- le gritaron
desde el dormitorio.
Celes solo fue capaz de pensar un aterrorizado "¿Quie...?".
La respuesta fue en forma de Aparición.
La Aparición no tenía nada de etéreo
ni de desconocido.
Eso era lo peor.
V
Roberto Celes notó que Horacio le sonreía
amistosamente.
"¿Cómo le quedan ganas de sonreír
con la garganta toda...?". Pero no, la garganta se veía bien. Horacio
se veía bien.
Una imagen golpeó a Celes: era el mismo Horacio,
muchos años atrás. Estaba tirado en el piso y se desangraba por
el balazo que le atravesara el cuello.
Ahora Celes no era capaz de hablar ni de moverse. Ni siquiera
parecía tener fuerzas suficientes como para asustarse.
Entonces, Horacio Ferri le dijo:
- No tengas miedo hermano. Vine para llevarte a la Vida
Eterna, al Paraíso...al Mundo. Y lo hago con placer.
El asombro logró que Celes reaccionara.
- Pero..¡Yo te maté!-
- No pudiste evitarlo, estaba escrito en nuestro destino.
Yo tenía que morir y vos me tenías que matar. Es el Destino. Nadie
puede con eso. Antes de Nacer al Mundo no somos más que herramientas
del Plan Divino. Nada de lo que hacemos depende de nosotros. No decidimos. Por
lo tanto, no tenemos culpa. No podías hacer otra cosa. Pero eso ahora
no importa. Es hora de irse.-
- Entonces...¡no hay castigo!...¡no lo puedo
creer!-
Pero Celes creía. Era la cosa más acertada
que nadie jamás pudo haber dicho. Si , eso era. El Destino. Uno no es
más que un juguete del Destino, alabado sea.
Sintió gran alivio e inmensa paz. Esperaba la absolución
de sus culpas y ahora descubría que nunca tuvo ninguna.
- ¿Qué tengo que hacer para que nos podamos
ir?-
- Agarrá el revólver que tenés en
el segundo cajón del escritorio, metételo en la boca apuntando
para arriba y gatillá.-
- Pero...creía que el suicidio estaba prohibido.-
- Uno hace lo que está escrito. Está escrito
que te vas a matar de esa manera y está escrito que yo te lo tengo que
decir. Acá no existe a libertad.-
- ¿Y en donde vamos a ir?-
- ¿En el Mundo? Si, en el Mundo hay libertad.-
Celes no lo pensó más. Tomó el revólver.
Era el mismo compañero con el que mató a Ferri.
Se saltó la tapa de los sesos con alegría.
VI
- ¿Llegamos al Mundo?-
- No, estamos en el Tránsito.-
- ¿Qué tránsito?-
- El Tránsito hacia el Mundo...o hacia la Nada.-
- ¿Y que esperamos para ir allá?-
- Nosotros no vamos para allá. Yo voy para allá.-
Celes no se quedó frío de terror, ni su
estómago se estrujó, porque no tenía cuerpo que se enfriara
ni estómago que se estrujase. Pero sintió miedo, un miedo indescriptible.
Aprendió que no hace falta tener carne, sangre,
huesos y vísceras para sentir miedo.
Fue una de las últimas cosas que aprendió.
VII
- ¿Y yo?- logró decir.
- Te toca la Nada.-
- ¡¿Por qué?!-
- Más que nada, por haberme matado. Tardé
varias horas en morir, ¿té acordás?. Dolió mucho,
además.-
Celes no quería comprender.
- Hijo de puta...dijiste que ahí no habia libertad.-
- Es la pura verdad.-
- ¿Y por qué el castigo? Si no soy libre,
no soy culpable.-
- Pero tampoco inocente.-
- No...-
- Solo en el Mundo existe la libertad. Nosotros decidimos
quien Nace en el Mundo y quien no. Es el Eterno Juego. A mí me eligieron
para tomar esa decisión en tu caso...-
A Celes solo le quedaba la obstinación:
- ¡No soy culpable!-
- Es por lo del balazo, ¿sabés?,- La voz
de Horacio Ferri sonó aun más afable al continuar:- No sé
si te dije, pero el balazo me dolió mucho.
Roberto Celes dejó de ser cuando sintió
la última sílaba.
(c) Jorge Oscar Rossi, 1995.
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