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INSOLITA HUMEDAD
Por Jorge Oscar Rossi
Si alguna vez se han arrastrado
por el barrio de Palermo, probablemente conocen la pizzeria "Tía Pepina
di Capri", esa que está al dos mil y pico de Julián Alvarez. Hace
pocos años, en ese mismo lugar donde ahora la muzzarella es dueña
y diosa, existía un feo, viejo y delicadamente sucio edificio.
Llegué a conocer muy bien su frente grisáceo,
de tanto apreciarlo en esos agradables paseitos que tenía por costumbre
disfrutar años atrás.
Era pleno invierno, pero todas las noches me lanzaba a
caminar. Revivo esto y me envuelve la nostalgia, cual mortaja usada. Recuerdo
que esas noches me excretaba de frío, de soledad y de hastío.
Pero el insomnio era más fuerte. La absoluta certeza de que una existencia
tan intrascendente como la mía estaba condenada a durar mucho tiempo
era algo que me espantaba. Angustiaba y asqueaba, todo junto y finamente envuelto
en papel de diario con olor a pescado podrido. Este cóctel de sensaciones
no hace bien a los nervios.
Hoy día estoy mucho mejor. Casi me siento una persona
normal. No veo la hora de ser como todo el mundo, es decir, un completo tarado.
Tan tarado que ni siquiera sé de cuenta de lo tarado que es.
En fin, lo cierto es que conocí el edificio, con
esas dos oxidadas puertas de hierro y aquel derruido balcón que prometía
una muerte dolorosa a quien tuviera la estúpida idea de usarlo.
Solo el piso superior estaba habitado. Empecé a
saberlo una noche en que un hombre que salía del lugar chocó conmigo.
Era una criatura alta y enfermizamente delgada. Su cabeza semejaba una calavera
recubierta con piel de palidez nada aristocrática. Jehová lo había
infradotado con un casi inexistente mentón. No contento con eso, también
le obsequió un tajo ligeramente oblicuo que hacía las veces de
boca. Los ojos saltones de mirada asustada completaban el elenco de razones
por las cuales este infeliz jamás llegaría a Mister Universo y,
simultanea y desafortunadamente, le daban ese matiz entre repugnante y caricaturesco
que debe tener cualquiera que quiera parecerse a mí. Como era de esperar,
trabamos conversación y así se inició una cosa que con
buena voluntad podría asemejarse a la amistad.
A las pocas semanas, este nuevo integrante de mi
reducidisimo círculo social se animó y me invitó
a entrar a su casa, lo cual revelaba sin dejar lugar a dudas el grado de desesperante
soledad en que se encontraba. Como no tenía nada mejor que hacer y era
una noche demasiado fría para caminar y hablar pavadas, que era lo que
veníamos haciendo últimamente; acepté con el mismo entusiasmo
que uno pone cuando trabaja en algo que odia.
El pobre desgraciado se dio cuenta de mi estado de ánimo
e intentó mostrarse más alegre y jovial que de costumbre, es decir
que trató dejar por un momento de parecer un enfermo terminal con absoluto
conocimiento de que le quedan seis meses, todavía, de dolorosa vida.
Supongo que su pretendido cambio de actitud tenía
por objeto lograr una mejor predisposición de mi parte. Sin embargo,
solo consiguió desanimarme del todo. Es que, cuando una calavera sonríe,
abriendo su torcida boca y mostrando dientes desparejos, solo se puede sentir
repulsión.
En fin, la cuestión es que entramos en la casa.
No bien traspusimos la puerta, dimos a un angosto y corto pasillo cubierto.
Cubierto por techo y por roña. Al final del mismo había otra puerta.
Esta era de madera y vidrio. La madera estaba hinchada y descascarada. El vidrio
hacía juego con sus rajaduras. La suciedad hermanaba, unía y sostenía
ambos elementos. Una vez que dejamos atrás toda esa basura, subimos por
una cuasiblanca, gastada y sinuosa escalera.
De las siete amplías habitaciones, descontando
baño y cocina, de que se componía la gran pocilga en que me encontraba,
solo las dos del fondo tenían mobiliario. El cuadro se completaba con
una pieza situada en la terraza, la cual llegué a conocer tras un curioso
acontecimiento.
En efecto, Ignacio, que ese era el nombre de mi casi-amigo;
pareció envolverse en una lucha interior apenas se paró frente
a la escalera que llevaba a la azotea. Sus feas facciones se contraían,
las manos se retorcían una con otra y el cuerpo se bamboleaba rítmicamente
hacía adelante y hacía atrás, como le pasa a ciertos locos.
Los ojos, en cambio, estaban completamente abiertos y fijos hacia la subida.
Finalmente terminó el numerito de circo y, ya recuperado,
mi buen compañero de juerga me indicó que fuéramos a la
terraza. Por mi parte, aparenté no darme cuenta del espectáculo
ofrecido, quiero decir que no aplaudí ni me reí. Me limité
a seguirlo pensando una que otra obscenidad.
La pieza de la terraza estaba destinada a guardar trastos
viejos, pero como toda la casa era un inmenso trasto viejo, en realidad carecía
de utilidad. Estaba repleta de muebles antiguos, polvorientos, rotos y coquetamente
apolillados. Ignoro si eran cosas finas. En todo caso, sabían disimularlo.
Solo se encontraba libre un ángulo de la habitación.
Allí se podía admirar una preciosa e irregularmente redonda mancha,
adulta por su tamaño y con ese inconfundible aspecto de fresca decadencia
que tienen todas las manchas de humedad.
Mi guía clavó su mirada en ella y, por unos
segundos, se repitió la escena de un rato antes.
Hay que arreglar eso- Le dije. Ignacio me miró.
-Eh...la mancha, digo- Sé que es una sucesión de frases idiotas,
pero mí conversación no se caracteriza por la originalidad. En
eso siempre fui un tipo muy normal.
Ignacio se tranquilizó un poco al darse cuenta
que no me estaba refiriendo a él y, mientras se daba vuelta y me hacía
seña de que bajásemos; se contentó con decirme: Así
es como debe estar.-
Por fin terminó la encantadora visita y, días
más tarde, sonó el timbre de mi casa, suceso notabilisimo por
lo inusual. Más raro aún era el visitante.
Ignoro como Ignacio averiguó mi dirección,
tal vez se la mencioné sin querer, pero no tuve tiempo de preguntárselo
porque este dilecto camarada se metió en mi covacha sin saludarme, se
desparramó en mi mejor silla y empezó a hablar, con la misma paz
espiritual de un demente furioso.
Tengo que contarle algo,- me escupió- que me pasó
hace tres días. Quiero que me dé su opinión para tomar
una decisión.
Debo aclarar que con Ignacio y con cualquiera me trato
exclusivamente de usted. Hay que mantener las distancias con los extraños.
Por eso, no me tuteo ni a mí.
Hable- le respondí.- Tengo todo el tiempo del mundo.-
era una de las más completas verdades que había dicho en mi vida.
Un poco más tranquilo, el objeto de mi forzada
hospitalidad inició su relato.
Toda mi vida la pasé en la casa que usted conoce.
Claro que en mi infancia era un lugar alegre y feliz, principalmente por mi
madre. Ella quedó viuda a poco de nacer yo. Soy hijo único y no
teníamos parientes, así que toda esa inmensa casa había
quedado para nosotros dos. Cuando niño acostumbraba correr por las habitaciones
y meterme en todos los recovecos. El único lugar prohibido era la pieza
de la azotea. Recién al ser adolescente mi madre me dejó
entrar, y entonces vi lo mismo que usted hace unos días, es decir, nada
raro. Si ya estaba muy intrigado, esto no hizo más que aumentar mi curiosidad
porque, ¿cuál había sido el objeto de la prohibición?.
Mi madre me dio respuestas evasivas. Por un tiempo llegué a pensar que
el tema tuviera conexión con la muerte de mi padre. Papá falleció
a causa de una caída accidental desde la azotea a la calle, es todo lo
que sé. Pero, en todo caso, me hubiera prohibido subir a la terraza.
Sin embargo, la cosa se limitaba exclusivamente a la pieza. Así que,
apenas pude, examiné todo el lugar detenidamente. Como habrá notado,
no hay mucho que ver. Lo único que me llamó un poco la atención
fue la mancha de humedad que usted me sugirió eliminar. Permanece siempre
igual, sea verano o invierno. Algo en mí me decía que tenía
que evitarla. Nunca hablé de eso con mi madre, pero me parecía
que a ella también le resultaba algo desagradable.
En fin, hace un poco más de un año, mamá
murió. Seis meses después, mientras revolvía un ropero
sin tener otra cosa que hacer, encontré unos papeles. Uno de ellos es
esta carta escrita por mi madre. La traje para leérsela...
Espere- le arrebaté la carta de un manotazo desganado.
Estaba escrita con una letra redonda y enfermizamente prolija. Iba dirigida
a Ignacio, para que la leyera después de la muerte de la vieja y, eliminando
frases sensibleras de mal gusto, le decía a su hijito que, si quería
vender la casa, primero tenía que demoler la pieza de la terraza. También
le pedía que hiciera lo mismo si se quedaba viviendo allí o, por
lo menos, que no entrara a ese lugar. La vieja alegaba poderosas razones, que
no detallaba, para pedir semejante cosa. Había un párrafo que
me quedó grabado hasta hoy: "Si llegaran a cumplirse tus deseos, no podrías
resistir el sufrimiento. No puedo poermitirtelo, aunque antes pensara distinto."
Le devolví la carta a Ignacio y me quedé
mirándolo. Entonces prosiguió su cantinela.
Como supondrá, estas líneas me dejaron lleno
de perplejidad. La muerte había sorprendido a mamá antes que pudiera
encontrar la forma de que la carta me llegara después de su partida,
así que la encontré de casualidad y gracias al aburrimiento. Eso
era lo único claro. Ahora, ¿por qué destruir esa pieza?,
¿Por qué no la hizo demoler ella misma? Y, sobre todo, ¿qué
deseos me pueden causar tanto sufrimiento?.
Le confieso que, al principio, pensé que mi madre
había perdido la razón, pero es innegable que esa habitación
estuvo rodeada de un halo de misterio toda mi vida. Por otro lado, no acababa
de comprender la conveniencia de escribirme esa carta. Suponiendo que realmente
hubiera algún peligro, ¿no era peor avisarme?. ¿No hubiera
sido más lógico no escribir nada y, de esa manera no incitar aún
más mi curiosidad?. Tenía la impresión que mi madre en
verdad quería que yo "usara" la pieza para "cumplir mis deseos". Pero
esto era una tontería. Ella nunca intentaría perjudicarme.
Lo cierto es que, desde ese momento he estado luchando
contra mis propias dudas. No entendía nada y me sentía incapaz
de hacer algo.
Tiempo, después, una noche entré en la maldita
pieza y, como en muchas otras ocasiones, me puse a mirar la mancha de humedad.
No sé si fue porque vez miré durante más tiempo o porque
estaba muy nervioso, pero ocurrió que la mancha empezó a agrandarse,
o a venir hacía mí, o yo ir hacía ella. Parecía
la entrada de un túnel. Por el viento, la puerta de la pieza se cerró
violentamente y ese ruido me volvió a la realidad, o eso creo.
Desde ese día, las cosas empeoraron. Estaba asustado,
convencido de mi locura y pensaba en mamá constantemente.
Hace tres días no pude aguantar más. Tenía
que ver si todo había sido o no una ilusión. Estaba dispuesto
a pasar todo el día en ese cuarto mirando esa mancha, a ver que pasaba.
No tuve que esperar tanto. Apenas unos momentos bastaron para que todo volviera
a repetirse. La mancha era un enorme túnel oscuro que me invitaba a entrar.
No sé como explicarlo, pero lo siento así.
Finalmente entré y empecé a caminar por
entre esa negrura. No necesité entrar mucho para encontrarme frente a
mi propia casa. No me sorprendí. En ese momento parecía saber
o querer todo lo que iba a pasar. Así que ingresé a mi casa, subí
y llegué a mi dormitorio, el que tengo desde mi juventud. Allí
se encontraba una mujer joven. Era hermosa. Apenas me vio, pareció conocerme
y empezó a sacarse la ropa. Yo...hice lo mismo y...tuvimos relaciones
sexuales, usted me entiende. Yo...jamás la había pasado tan bien
con una mujer.
Cuando todo terminó, me vestí y la deje
ahí en la... cama. En pocos minutos de desandar el camino, me encontré
nuevamente en la pieza de la azotea. Recién allí comencé
a darme cuenta de lo ocurrido aunque...¿alguien medianamente normal puede
darse cuenta de algo en un caso así.?
Desde entonces, no duermo, no como ni nada. Cuando la
cabeza estaba por explotarme decidí venir a verlo. Usted es la única
persona con la que me trato y quiero que me dé su opinión: Para
usted, ¿Esto tiene alguna explicación lógica o se trata
de simple locura?.
Después que mi visitante concluyó su largo
relato, balbuceado con ese estilo suyo tan pomposo, anacrónico y pacato
de expresarse que estoy tratando con esfuerzo de imitar, había llegado
mi momento de hablar.
El problema es que no tenía ganas. Estaba lo suficientemente
decepcionado de la vida antes de conocer a Ignacio. El presente discurso no
había hecho más que aumentar mi decepción. Quería,
en cambio, hacer algún despliegue físico. Por ejemplo, sacar a
patadas de mi cuchitril a ese pelotudo.
Sin embargo, el tarado ese tenía cierto parecido
conmigo, como ya dije, así que me contuve y le respondí:
Bueno, esto ha ocurrido otras veces. Tal vez en realidad
le paso a usted. Yo escuché y leí de casos semejantes. -Lo que
no significa nada, pensaba para mí, pues de toda idiotez hay precedentes.
-Tranquilícese, indudablemente hay una explicación. Tal vez se
trate de un agujero tempoespacial, que lo comunica a una dimensión paralela
a la nuestra, como dicen algunos.- todo esto no deja de ser nada más
que una necedad expresada en forma pseudocientifica. Lo mío era realmente
la presuntuosa ignorancia de los que quieren aparentar conocimientos o, por
lo menos, justificar un criterio muy amplio, porque en definitiva no hablaba
para ayudar, sino para parecer sabio.
A esta altura, no me interesa una explicación.
Me conformaría con saber si lo que me pasó, pasó en realidad
o no. Pero no sé de que manera probarlo.- me dijo Ignacio.
Vaya a su casa y trate de repetir la operación
que me contó. Asegúrese de estar bien despierto.- Sugerí.
Increíblemente, estas palabras que podían
tomarse como una burla, y en realidad lo eran, agradaron a mi compañerito.
Si, tiene razón. Antes que perder la salud pensando
en esto, mejor es ver si se produce de nuevo.- Acto seguido, Ignacio se despidió
de manera casi efusiva.
Antes de irme a dormir me quedé pensando en la
expresión del tipo cuando le di mi "idea". Parecía como sí
le hubieran quitado un gran peso de encima, como sí otro hubiera tomado
una decisión que lo complacía pero que no se atrevía a
tomar por su cuenta.
El tiempo pasó y no volví a saber de Ignacio
sino cuando me enteré de su muerte por el diario.
Fue un hecho singular. Por regla general no leo periódicos,
pero en los últimos días estaba comprando uno de los de la mejor
prensa sensacionalista. Me gustaba el despliegue de sangre que hacía.
Como toda persona civilizada, disfruto con una buena descripción de in
suceso violento, cruel o bestial. Por supuesto que, en público, la mayoría
de la gente lo niega, pero esa es otra de las pequeñas mentiritas que
sazonan nuestra maravillosa vida en sociedad.
Así pues, leía el diario y, al lado de un
título que daba cuenta de la forma en que un gentil señor se había
almorzado a sus tres hijos, luego de matarlos y carnearlos prolijamente, figuraba
una pequeña información. todavía hoy conservo el recorte:
"SUICIDIO EXITOSO
En la madrugada de ayer, los vecinos de la calle Julián Alvarez al dos mil, en el populoso barrio de Palermo de esta Capital, fueron despertados por un fuerte ruido proveniente de la calle. Lo había provocado el cuerpo de un individuo joven, quien yacía sin vida en medio de un impresionante charco de sangre, frente a lo que posteriormente se determinó fuera su vivienda. Se cree que esta persona, a la que se identificó como Ignacio Díaz, soltero de treinta y cinco años de edad, de nacionalidad argentina; se arrojó del balcón o la terraza de su casa. El fallecido, según sus vecinos, era una persona hosca y de extrañas costumbres, tal vez desequilibrado mentalmente."
Hacía tres semanas que había visto a Ignacio
por última vez y su muerte me extrañó.
Siempre admiré a los suicidas. Me parecen gente
valiente. Yo no lo soy. Pero jamás hubiera pensado que Ignacio se mataría.
Hasta ese momento lo consideraba uno de esos seres destinados a andar lloriqueando
perpetuamente de aquí para allá, buscando un alma compasiva o
idiota que los escuchara y consolara. A partir de ese momento, le tuve un poco
más de respeto. El respeto que se le tiene a alguien que no es como uno,
sino mejor.
Esa misma noche me encaminé hacía su casa.
No sabía bien para que, pero quería verla. Todavía no habían
limpiado la sangre de la vereda. Supongo que los vecinos querían conservar
el recuerdo de un divertido y excitante tema de conversación.
Al lado de la casa de mi ex casi-amigo había, y
aún hay, un edificio de departamentos. Tiene tres pisos, pero como se
trata de una construcción moderna y, por lo tanto, mezquina, su altura
total era apenas un poco mayor que la de la casa de Ignacio.
En ese momento salía una persona del edificio,
una gordita mofletuda y lustrosa. Antes que cerrara la puerta, me acerqué
a ella y le dije con un tono que no admitía replica:
Aquí vive el señor Pérez, ¿verdad?-
La gorda me miró, palideció ante mi total
ausencia de belleza y gorgoteó:
Sup...supongo que...si...¡Siii!...creo que...en
el...tercero B.-
Antes que pudiera agregar nada y medio atropellando a
ese chancho con rouge, me metí en el edificio. Hasta el día de
hoy dudo que viva un Pérez en el tercero B. Creo que lo mío, más
que del ingenio o de la suerte, fue obra del terror.
Inmediatamente enfilé para la terraza. No tuve
problemas en llegar. La única puerta que me lo impedía solo tenía
un pasador.
Más difícil fue pasarme de una azotea a
la otra. La razón es que no soy precisamente un atleta. Trepar una pared
y lanzarme desde allí para caer en el techo de la casa de Ignacio me
resultó particularmente doloroso.
Como sea, con paso rengueante me encaminé hacía
la pieza. Me parecía increíble que una construcción tan
vulgar, cuatro paredes de material y techo de chapa, pudiera contener alguna
cosa fantástica o misteriosa.
La puerta estaba cerrada con llave o atrancada, pero se
trataba de una madera vieja, delgada y medio podrida.
No me importó hacer ruido. Nadie saldría
de su cueva para ver que pasa. Eso solo ocurre en las películas. Los
humanos somos muy cagones, que se le va a hacer.
La cuestión es que cargué con mis poco desarrolladas
fuerzas contra la dichosa puerta. Al primer intento, ambos nos vinimos abajo.
Ahora mi hombro derecho acompañaba a mi tobillo izquierdo en el dolor.
En fin, como pude me levanté solo para comprobar
que, o habían cortado la luz, o la lamparita estaba quemada. Por supuesto,
no tenía una linterna, ni encendedor, ni fósforos, ni una luciérnaga.
Por suerte, con la luz de la luna se veía bastante. En realidad, solo
me interesaba distinguir la bendita mancha de humedad.
Paseé la mirada por todo el cuarto y vi una cosa
que brillaba débilmente. Estaba sobre una mesita. Me acerqué y
la agarré. Parecía un pequeño portarretrato, pero no pude
distinguir la imagen de la foto. La luz no daba para tanto.
Sin saber que hacer con el, me lo guardé en el
bolsillo de la campera. Me gusta robar, siempre que no corra ningún peligro.
En eso también soy igual a todos. A veces me deprime ser tan masificado,
pero enseguida se me pasa porque enseguida la reemplazo por otras depresiones
más interesantes.
Consumado el robo, dirigí mi vista hacía
la mancha. Recordaba que el "suicida exitoso" me había dicho que la estaba
observando fijamente cuando "sucedió todo". Así que eso, precisamente,
es lo que me puse a hacer.
Cuando la mancha empezó a agrandarse tuve la sensación
de que algo dentro de mí se rompía. Supongo que eran mis estructuras
mentales. En un momento dado, estaba completamente a oscuras. Me puse a caminar
hacía adelante a ciegas, esperando chocar enseguida con la pared. A los
cien pasos, no me quedó más remedio que admitir que algo raro
pasaba. Sin embargo, no estaba asustado. Para nada. En realidad, sabía
lo que iba a suceder, solo que me resistía a creerlo.
El dormitorio de Ignacio se me apareció de improviso,
como cuando vuelve la luz después de un apagón. Era el mismo dormitorio
que conociera en vida de este. Pero ahora tenía más muebles y
estaba en mejor estado. Todo lucía más nuevo. Pero lo realmente
interesante se veía encima de la cama. Ahí estaban Ignacio y una
mujer. Cogían como animales. Ni se habían dado cuenta de mi presencia.
El cuerpo desnudo de Ignacio era coherente con su cara.
Era un cuerpo que emocionaba. Provocaba risa, llanto, asco, odio a Dios por
crear una porquería como esa, etcétera. En cambio, la hembra que
estaba con él era una cosa hermosa, rubia, joven, carnosa, soberbiamente
satánica, un viaje directo al Infierno; algo que dolía al verlo.
Recién un buen rato después de mi llegada,
la adorablemente asimétrica parejita paró la cabalgata y se puso
a contemplarme. Aproveché la ocasión para hacer la única
pregunta que, en ese preciso momento supe, venía a hacer. La contestación
que me dio Ignacio, mientras su yegua pura sangre me miraba con expresión
divertida, no me sorprendió.
Me despedí de ambos con una espléndida sonrisa
para poder exhibir mis dientes rotos y, ni bien me di vuelta, volvió
el apagón. No sé si esta vez caminé más o menos
que antes, pero, finalmente, llegué de vuelta a la pieza.
Ahí me agarró la locura.
Primero empecé a temblar, después vomité
y luego me largué a correr, a los tropezones y en círculos, por
la azotea. Fue muy patético mientras duró, supongo. Pero duró
poco porque me caí de cara al piso.
Me quedé tirado mientras intentaba calmarme. El
paseito a través de la mancha me había quitado todas las dudas.
No solo por la respuesta de Ignacio, sino porque en todo el recorrido me fui
impregnando del asunto. No puedo explicarlo, pero dentro de la mancha uno consigue
saber, o hacer, aquello que quiere. Incluso aquello que uno quiere inconscientemente,
es decir, que quiere pero no sabe que quiere. No tengo la menor idea de que
cosa significa esta boludez que acabo de decir, pero suena muy intelectual y
moderno.
Finalmente, decidí irme. Me hallaba más
o menos recuperado, así que recorrí como pude el camino inverso
hasta encontrarme con la fantástica noticia de que la puerta de entrada
del edificio estaba cerrada con llave.
No sabía que hacer y ya habían pasado como
veinte minutos, cuando veo que se aproxima alguien. ¡Ni más ni
menos que la gorda!. Por la cara, volvería de un velatorio poco concurrido.
Recién cuando entró me vio.
Me abalancé sobre ella y, en el momento en que
la chancha comenzaba a disfrutar por anticipado de la violación, la esquivé
y salí corriendo. Es un decir, porque con un tobillo hecho mierda mucho
no se puede hacer.
Como a los cien metros me detuve, tomé aire, me
di cuenta que nadie me seguía y por último, asumí plenamente
el hecho de que estaba haciendo el papel de un pelotudo.
Con ese esclarecedor pensamiento en mente, fui andando
hasta sentarme en uno de los bancos de la plaza Güemes, justo debajo de
una columna de alumbrado que, cosa milagrosa, precisamente estaba alumbrando.
Saqué el portarretrato del bolsillo. Era un buen
momento para pensar o, mejor dicho, para recordar. Porque no había nada
que recordar: la mancha, LA MANCHA, me había dicho todo muy claramente.
Todos tenemos deseos, ¿verdad?. Yo quería saber que le había
pasado a Ignacio, pero mucho más quería morirme y terminar esta
vida asquerosa. Esa sería mi suprema felicidad. Pues bien, LA MANCHA
elige el deseo a satisfacer.
Y siempre elige uno que joda.
Por eso me había mostrado a Ignacio y a su amante.
Por eso me había contado todo. Para que me atragantara con una historia
de mierda que, en el fondo, no me interesaba un carajo, que solo me da un aumento
en las nauseas que me causan todos los que me rodean.
A Ignacio, y supongo que a su viejo, también les
dio lo que querían.
Ignacio deseaba a esa mujer y la tuvo. Esa mujer a la
que amó apasionada e ilimitadamente. Años hacia que quería
tenerla, pero eso que llaman conciencia, o la vergüenza, o el temor o el
asco o todo junto se lo impidieron.
Hasta que LA MANCHA le dio una oportunidad.
Entonces, él pudo amarla, más joven y más
hermosa de lo que la había conocido en persona; pero, quizás,
igual de perversa. Tan joven y hermosa como en la foto del portarretrato.
Disfrutó con ella hasta que no pudo soportar la
culpa y entonces se mató.
Se llamaba María Luisa y él, como corresponde,
siempre le había dicho: "Mamá".
(c) Jorge Oscar Rossi, 1993.

(Ilustración del artista cubano Abel Ballester)
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