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ISLAS
por Sergio Gaut vel Hartman
Otro fracaso. González volvió arrastrándose. El tiburón le había cercenado la
pierna a la altura de la rodilla; la dentellada estaba impresa en el muñón.
García, en cambio, murió por el camino, o eso parecía. Nos comimos la otra pierna
de González para restablecer la simetría y sorteamos a la viuda de García. Martínez
y yo tiramos seis y tuvimos que desempatar. Yo tiré un tres, pero él tiró un
dos. En la cara de la viuda asomó cierta expresión de alivio.
La discusión se generalizó. López sostenía la imposibilidad de combatir a los
tiburones con armaduras de corteza. Gutiérrez, en cambio, estaba convencido
de que los poderes de la arena debían ser limitados; ya habíamos sido víctimas
de los remolinos, que se abrían hacia abismos sin fondo y podían tragarse una
isla entera, de la incandescencia ferruginosa que se pegaba a la piel como chispas
de cera y de los dientes de cuarzo de los tiburones, afilados como cizallas.
¿Cuántos trucos más podía reservarnos la arena? No muchos, creía Gutiérrez,
y Pérez lo apoyaba. López se exasperó y nos trató de imbéciles. La arena utilizaba
sus armas aleatoriamente, por lo que no estábamos en condiciones de prever cuál
sería la próxima. Las corazas de corteza podían, en todo caso, servir contra
la incandescencia, pero no contra los tiburones, los remolinos o alguna nueva
invención. Cinco expediciones, dijo López, cinco fracasos marcados por la ilógica
conducta de la arena. ¿Por qué suponer que la incandescencia seguía forzosamente
al tiburón? La arena se burlaba de nosotros; López lo sabía y los demás nos
negábamos a admitirlo.
Fernández sugirió enviar a un hombre con armadura de corteza y a otro con deslizadores.
Si el azar disponía que el enemigo fuera el tiburón, el hombre de la armadura
se sacrificaría para que el otro, tal vez, pudiera llegar a la isla vecina,
esquivando las dentelladas. Si, en cambio, la arena se ponía incandescente,
sólo sobreviviría el de la armadura. López se pellizcó la mejilla, su gesto
inequívoco de que la idea le parecía despreciable. El remolino, dijo, se tragará
a ambos. Es igual que el dado, protestó Fernández; las posibilidades son equivalentes:
una de seis. No, insistió López, una de quién sabe cuántas. La arena se guarda
las cartas anchas para cuando nos decidamos a dejar la isla masivamente; si
todos saliéramos de la isla al mismo tiempo algunos sobrevivirían, algunos pocos,
tal vez, aún cuando aparecieran media docena de armas desconocidas.
Rodríguez se levantó y se dirigió a López con un tono entre fastidiado y aburrido.
Usted, dijo, propone que ahoguemos la esperanza, como siempre, que nos olvidemos
de las otras islas, que abandonemos las expediciones y la búsqueda de una salida
a nuestro calvario. Sí, contestó López, rígido, propongo eso, ¿por qué no?
Pérez me pasó los binoculares. La arena estaba quieta, lo suficiente como para
que pudiésemos ver la isla vecina envuelta en una magia serena y fantasmagórica.
Parecía una manzana cuidadosamente mordida hasta los trópicos, con el enhiesto
cabo del mirador asomando en el polo norte, meciéndose sobre las ondas de arena
que lamían la base. Sobre la plataforma, apoyados en la balaustrada, había dos
tipos con binoculares. Le pregunté a Pérez si nos estaban mirando, pero él aseguró
que no, observaban una isla fuera del alcance de nuestra vista, ubicada al sudoeste
de la de ellos. Me sumí en un silencio que Pérez no trató de romper. Luego,
impulsivamente, declaré que no había salida, que López, el excéntrico y perverso
López tenía razón. Estábamos inmersos en una pesadilla y no lograríamos salir
de ella, por más empeño que pusiéramos en la tarea. Sin embargo, mis palabras
sonaron cursis. Pérez se encogió de hombros, me arrancó los binoculares de las
manos y bajó de la plataforma.
Encontramos un manuscrito, por pura casualidad. Era un texto que López había
estado escribiendo a escondidas.
"Hemos fracasado. Es definitivamente imposible atravesar el mar de arena. Johnson
y Smith se han perdido en el último intento. Williams regresó, herido, en estado
desesperante. Aunque lo cuidamos con esmero, murió al anochecer. Thompson enloqueció
y furioso se la tomó con la arena, como si fuera un enemigo encarnado. La compañera
de Williams lloró abrazada al cadáver toda la noche y no se despegó de él hasta
que lo sepultamos, a cincuenta pasos de la isla. A los pocos minutos el movimiento
de la arena hizo imposible la identificación de la tumba, lo que nos llenó de
espanto: tan poca cosa somos. El silencio, como una sombra demente, se abatió
sobre los náufragos y Thompson se alejó aullando en la noche, probablemente
en la dirección equivocada..."
González leyó en voz alta lo que había escrito López y todos nos echamos a reír.
El texto, absurdo por donde se lo mirara, trataba de describir una realidad
diferente, una blanda conjetura, en la que seres hipotéticos actuaban sin lógica
alguna. Pero al mismo tiempo, lo que había escrito López ponía de relieve lo
absurdo de nuestra propia situación. En una isla próxima, simétrica de la nuestra,
seres imaginarios vivían sus penas imaginarias. En ese contexto, la risa sólo
podía interpretarse como una descarga del miedo, ya que los personajes del cuento
estaban, como nosotros, condenados; nos reíamos de la desgracia ajena en lugar
de llorar por la propia.
Cuando nos serenamos, las miradas se posaron en el transgresor quien, increíblemente,
lucía arrepentido. De todos modos, al dar las siete, sin permitir que las súplicas
de López nos ablandaran, lo agarramos entre varios y Sánchez le arrancó las
orejas.
Avanzada la noche, inerme ante la oscuridad e insomne, descubrí una sombra que
se movía a mi alrededor; era López, todavía dolorido, quien tras sentarse a
mi lado empezó a comentar lo sucedido unas horas antes. Admitió que lo escrito
era un mero fraude, que no tenía idea de cómo se llaman los de la otra isla,
si es que tienen nombres, y que tampoco sabía lo que sienten, cómo se comportan
ante los heridos y los muertos y de qué manera poblaron la isla. Lo calmé diciéndole
que no había nada personal en el asunto de las orejas y que en el fondo yo compartía
su excitación por conocer algo más acerca del mundo que nos había tocado en
suerte. López respondió a mis disculpas con una sonora bofetada, pero no pareció
ofendido ni molesto; la bofetada había sido, arguyó, un modo de recomponer su
autoestima, seriamente dañada por los sucesos de la tarde. Nos reímos juntos
y nos dormimos abrazados, aunque yo tuve cuidado de mantenerme apartado de los
feos orificios que le habían quedado donde antes tuvo las orejas.
Los hombres se alejaron de nuestra isla rumbo al sur, aunque a muy diferentes
velocidades. Gutiérrez caminaba lentamente, agobiado por el peso de la armadura
de corteza. Domínguez, en cambio, salió disparado como una flecha sobre sus
deslizadores de huesos. Bajaba los médanos y aceleraba, lo que le permitía montar
los siguientes a gran velocidad, vacilando en la cima, como si fuera a caerse
de espaldas, para descender más rápidamente todavía. Una y otra vez se repitió
el proceso, hasta que por fin, a mitad de camino entre las islas, desapareció
para no reaparecer. Presumimos que un remolino se lo había tragado, por lo que
nos concentramos en el fatigado Gutiérrez, quien continuaba su penoso avance,
tambaleándose al sol. A simple vista parecía una mosca aleteando sobre la piel
amarilla del desierto. Los binoculares pasaban de mano en mano para demostrar
que la mosca era un hombre, y que a pesar de la protección de la armadura tenía
miedo, sufría. La amenaza de la incandescencia crecía a cada paso, como un verdugo
que demora el movimiento supremo, el que decide el paso de la vida a la muerte,
y Gutiérrez lo sabía. La otra isla estaba muy lejos y la quietud de la arena,
lejos de tranquilizarlo, lo llenaba de pavor. Ahora, pensaba Gutiérrez, ahora
se enciende y me mata, ahora, ahora. De repente la arena se arremolinó, pero
no del modo en que lo hace cuando se pone incandescente, sino formando una ampolla,
una delgada burbuja de rara transparencia que envolvió al expedicionario por
completo. Gutiérrez se sintió atrapado y empezó a golpear la burbuja con los
puños. Casi podíamos percibir su desesperación, oír los gritos, pero la esfera
de arena resistió los intentos de la presa. De inmediato tejimos teorías y se
cruzaron apuestas. Las conjeturas más sólidas partían del supuesto que la radiación
solar, combinada con el pánico de Gutiérrez, calentaba la arena dilatándola,
curvándola sobre sí misma hasta transformarla en una botella de gran tensión
superficial y enorme elasticidad. Otra teoría, cuyo único sostenedor era López,
pretendía demostrar que la burbuja era un espejismo, uno de los tantos fantasmas
que poblaban el desierto y deambulaban entre las islas. Esta vez, decía López,
la ilusión era esférica y confundía tanto a Gutiérrez como a nosotros, que lo
veíamos desde una gran distancia, valiéndonos de los binoculares, un instrumento
tan poco confiable. Rechazamos la explicación de López por absurda, y algunos
le apostaron frutos y pequeños animales. La burbuja sería clasificada como un
nuevo enemigo, el número trece, un arma de la arena hasta entonces inédita cuyo
objetivo, una vez más, era borrarnos del mundo de los vivos.
Cuando Gutiérrez dejó de agitarse, la burbuja se desmoronó abruptamente. El
cuerpo quedó rígido sobre la arena, como una escama oscura en el lomo de un
pez fosilizado.
Era evidente que no lograríamos cruzar el desierto avanzando por la superficie.
Indefensos contra los tiburones, la incandescencia, las burbujas y los remolinos,
sólo nos quedaba cavar un túnel, imaginando que el desierto no podría reclamar
como suyas las profundidades. Allí donde el sol y el viento estaban excluidos,
los trucos de la arena tenían que ser limitados. Sin embargo, López (una vez
más el obstinado y contradictorio López) discutió la eficacia de la tarea que
estabamos a punto de encarar. Nada, dijo, nada nos permite suponer que la conducta
de la arena dependa del viento, el sol o los agentes naturales invisibles; su
poder deriva de una fuerza intrínseca que hemos activado por azar y como consecuencia
de nuestra insuperable ignorancia. La gente empezó a inquietarse; López, cada
vez más excitado por su propio discurso, abonó la teoría con argumentos forzados.
Somos menos que gérmenes que atacan un cuerpo sano y rico en defensas, argumentó;
el desierto no necesita siquiera utilizar todos los recursos de que dispone
para pulverizarnos, para sacarnos del juego casi sin prestarnos atención; somos
las hormigas que los elefantes aplastan en su marcha hacia el estanque...
Sánchez se adelantó, buscando con los ojos nuestra aprobación, y valiéndose
de un instrumento que parecía una cruza entre tenazas y navaja, cazó la lengua
de López que aleteaba y la cercenó con un chasquido. Casi todos aprobamos moviendo
la cabeza, aunque el desplazamiento de Sánchez había sido tan rápido que no
nos dio tiempo a pensar. López se tapó la boca con las manos y Sánchez sacudió
la lengua de su aparato como si se tratara de una cosa viva.
Empezamos a cavar, amontonando la arena a los costados del pozo. Algunos hombres
tuvieron a su cargo la tarea de acopiar listones para utilizarlos como puntales.
El desasosiego causado por el episodio de la lengua de López fue cediendo ante
la febril actividad. Trabajábamos con palas, pero también con azadas, rastrillos,
e inclusive con cucharas y hasta con las manos. Era como si el acto de arrancarle
arena al desierto simbolizara una revancha particularmente dulce, una venganza
contra los crueles elementos que nos lastimaban y nos hacían sufrir. No obstante,
esa arena lucía inofensiva, flotando como polen en la atmósfera matutina antes
de posarse en el suelo. Hacia mediodía reemplacé a Martínez en el mirador, y
casi de inmediato vi que una columna abandonaba la isla vecina y se dirigía
hacia el sudoeste. Eran centenares. Los observé, absorto, durante largos minutos,
en especial porque su sola presencia me indicaba que López había perdido sus
orejas injustamente. Había gente en la otra isla, y quizá se llamaban Smith
y Johnson y White, como proponía López en su texto. Este último nombre, White,
despertó en mí hondos deseos de volar por encima del desierto y alcanzar la
columna que se recortaba contra el horizonte. Sólo después de un largo rato
descubrí que White no era un nombre sugerido por López, sino uno que yo había
inventado, lo que me hacía automáticamente cómplice de un delito improbable.
Volví la atención a los hombres y mujeres que se alejaban de la otra isla. Parecían
hormigas; una corrección fantástica, empujada por fuerzas incomprensibles y
fuera de contexto, como la crecida de un río o un devastador incendio forestal.
Fascinado por el movimiento colectivo tardé en advertir que una lengua gigante
se elevaba sobre la arena, giraba en el aire como una tromba marina y, enroscándose
sobre sí misma, engullía toda la formación de un plumazo. Catorce, dije entre
dientes. Entre las dos alternativas, azar o simetría, el desierto actuaba según
la primera, aunque con el evidente propósito de imponer a cualquier precio la
segunda. Lo gracioso era que yo había sido el único que había asistido al éxodo
y aniquilación de los habitantes de la isla vecina, por lo que, sin testigos
que pudieran confirmar mi relato, lo más prudente sería no mencionarlo. Inesperadamente,
cavar un túnel para atravesar el desierto y alcanzar la isla vecina se había
convertido en una tarea superflua.
Pero no supe quedarme en silencio, aunque eso también resultó irrelevante; nadie
deseaba oír mi historia de éxodo y aniquilación. La efervescencia generada por
el trabajo había crecido en progresión geométrica y todos parecían poseídos
por el febril deseo de cavar, hipnotizados, aturdidos. Intenté llamar la atención
de Fernández, pero me sacó de encima con un par de gruñidos; ni siquiera entendía
mis palabras. Vociferé explicando que una columna había abandonado la isla vecina,
siendo barrida por una lengua gigante; que una nueva calamidad amenazaba nuestra
existencia, y así como había aparecido la lengua para barrer a los de la otra
isla, la arena bien podía estrenar algún truco, el número quince del catálogo,
para neutralizar nuestro intento de cruzar por debajo de la superficie. Si alguien
entendió mis palabras no dio crédito a lo que significaban. Siguieron horadando
la arena, perforando la superficie del desierto con una obstinación digna de
mejor propósito. Cansado, regresé a la plataforma y al escrutinio del desierto,
ahora extrañamente calmo, vacío, haciendo (y esto me sonó ridículo) honor al
nombre.
Sólo después de un largo rato descubrí que Pérez estaba a mi lado. Le pasé los
binoculares y le conté atropelladamente lo que había ocurrido. Él me detuvo
de inmediato, explicándome que estaba enterado de todo, inclusive del nulo interés
que despertaba mi historia entre los de abajo. Protesté diciendo que no se trataba
de una historia, y que si él lo sabía me haría un gran favor aclarándoselo a
la gente. Por toda respuesta, Pérez me describió los cambios operados entre
los cavadores: nuevas asignaciones de roles, sorteos y apuestas con el dado
a cada rato, mujeres que cambiaban de mano con ligereza. Para colmo Sánchez
había empezado a manejar el mutilador arbitrariamente y López se desbarataba
tratando de convencer a todos de que la tarea emprendida no tenía objeto, ni
posibilidades de éxito. Como corolario a tantas calamidades, la arena permanecía
sospechosamente quieta. Me concentré en el paisaje, perforándolo con la mirada
gracias a su inusual transparencia. Pérez tenía el ceño fruncido, como si esperase
algo previsible: la burbuja formándose ante nuestros ojos y estallando como
una bomba, o el tiburón saltando con las fauces abiertas para arrancarnos la
cabeza. Al rato comprobé que Pérez no utilizaba los binoculares para escudriñar
el paisaje; lo tenía enfocado en algún punto de nuestra propia isla, probablemente
la boca del túnel. Antes de que tuviera necesidad de pedir el instrumento me
lo pasó con un gruñido.
Sánchez perseguía a López, que zigzagueaba, aunque dirigiéndose hacia nosotros.
En los ojos del perseguido se dibujaban inequívocas demandas de auxilio, una
muda súplica que nos estaba destinada, y que por momentos se transformaba en
terror ciego. López trepó la escalera con cinco escalones de ventaja sobre Sánchez.
Mientras ascendía a los saltos se señalaba entre las piernas, indicando, sin
lugar a dudas, a qué nueva mutilación trataba de someterlo el verdugo. En cuanto
alcanzó la plataforma se colocó detrás de mí. Sánchez, enfurecido, con su mutilador
empuñado, trató de apartarme para cumplir su objetivo; y lo habría logrado,
si un hecho excepcional no hubiera cambiado la historia.
Frente a la isla se estaba formando un cuchillo de arena, una hoja descomunal,
inclinada cuarenta y cinco grados, cuyo obvio propósito era avanzar sobre los
que cavaban y cortarlos en pedazos. Pérez y yo empezamos a gritar como locos,
tratando de avisar del peligro que corrían, pero fue inútil. Estaban tan concentrados
en su labor que ni siquiera advirtieron que el cuchillo, absurdo, silencioso,
se movía siguiendo una trayectoria circular, cercenando a su paso miembros y
cabezas con la impersonal eficiencia que distinguía a todas las armas de la
arena. No podíamos creerlo, pero estaba sucediendo. El cuchillo completó el
perímetro de la isla y se alejó hacia el norte. Era el número quince del catálogo.
Nos miramos aterrados. Hasta Sánchez había perdido todo rasgo de salvajismo
y parecía pedirle mudas disculpas a López. Pérez aprovechó ese instante ciego
para arrebatarle a Sánchez el precioso mutilador, arrojándolo mirador abajo,
en dirección al desierto.
A los pocos minutos notamos que la isla se movía, alejándose de los muertos
y heridos que el cuchillo había dejado a su paso, y también de los que habían
salido indemnes, quienes continuaban cavando, en completo desorden. Algunos,
como despertando de un sueño pesado, corrieron tras la isla, pero desistieron
al advertir que nunca podrían alcanzarla.
La isla se detuvo finalmente en un lugar del desierto sin puntos de referencia.
No había otras islas alrededor y el cielo se presentaba extraño, sin nubes ni
estrellas, un presagio de nuevos cataclismos. Tras deliberar decidimos que no
tenía sentido tomar iniciativas; esperaríamos hasta que la situación volviera
a cambiar. Sánchez y López, extrañamente mansos, estuvieron de acuerdo, aunque
por diferentes razones. Sánchez parecía muy consternado por la pérdida del mutilador,
pese a que sus posibilidades de utilizarlo eran casi nulas. Nos adaptamos, retomando
la rutina de consumir los productos de la isla para alimentarnos; jugamos al
dado y elaboramos complejas teorías para explicar lo que ocurría, aunque ninguna
nos parecía enteramente satisfactoria.
Al cabo de un tiempo impreciso recibimos la visita de los pájaros de arena.
Ese es el método que utilizan los poderes que manejan este mundo para distribuir
mujeres. Las mujeres cayeron sobre los colchones de paja que habíamos preparado
expresamente y las sorteamos de acuerdo con el procedimiento habitual. López
tiró un dos, Pérez un cuatro; Sánchez y yo tiramos cincos. En el desempate él
tiró un tres y yo un uno, pero no me importó; Sánchez tiene un pésimo gusto
en materia de mujeres y yo sabía que elegiría la rubia bizca de pechos grandes
que yo no hubiera querido a mi lado ni por todo el oro del mundo.
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