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EL JARDÍN PROHIBIDO

(Segunda Parte)

(vamos a la primera parte)

 

por César Mallorquí

- Había un vez un rey y una reina que se hallaban muy disgustados y tristes porque no tenían hijos -dijo con voz suave, al tiempo que sus manos guiaban el hilo y la aguja sobre la superficie del paño-. Ambos habían ido a tomar baños a todas las fuentes medicinales que entonces se conocían, y hecho peregrinaciones, votos y promesas, sin que se viera cumplido el blanco de sus deseos. Por fin, cuando menos se lo esperaba, la reina se encontró en cinta y dio a luz a una niña. Hízose un espléndido bautizo y se buscaron para madrinas de la princesita a todas las hadas que pudieron hallarse en el país (la historia cuenta que se encontraron siete)...
Poco después, yaya Julia llegó al punto del relato donde una de las hadas hechizaba a todos los habitantes del reino, sumiéndolos en un sueño del que no podían despertar. Era la parte del cuento que más me gustaba, pues me imaginaba la ciudad y el palacio cubiertos de espinos y zarzamoras, y la hiedra trepando por los durmientes, pero en aquella ocasión me sentía un poco extraña y no lograba concentrarme en la historia. La abuela debió de darse cuentas de que nuestro estado de ánimo no era el usual, pues de pronto interrumpió el relato, dejó a un lado sus bordados y, mirándonos por encima de las gafas, nos preguntó:
- ¿Os sucede algo, queridas?
Anita estaba jugando con el huevo de zurcir; lo hacía rodar por la tarima del suelo como si fuera una peonza y parecía no prestarnos la menor atención. Yo me disponía a contestar que no nos pasaba nada, pero en vez de ello, casi sin proponérmelo, dije:
- Estamos un poco preocupadas, abuela.
- ¿Por qué? -inquirió yaya Julia, intrigada.
- Es por los papás. Verás, últimamente no salen de casa, y tampoco viene nadie a visitarnos. No sé, es como si la gente del pueblo estuviera enfadada con nosotros...
Durante un instante, el tiempo de un parpadeo, los ojos de la abuela mostraron un leve sobresalto, pero luego, al segundo siguiente, la sonrisa volvió a su rostro, tan franca y bondadosa como siempre.
- La gente os aprecia -dijo-. Todo el mundo quiere a los médicos. Lo que pasa es que se acerca la Navidad, y en estas fechas las personas se vuelven hogareñas y pasan más tiempo en sus casas, con la familia. Eso es todo, no hay ningún motivo para preocuparse, querida.
- Pero...
La abuela me interrumpió agitando un arrugado dedo frente a mi nariz.
- No, no, no; nada de peros. Mañana es Nochebuena y pasado Navidad, y éstas no son fechas para que una mujercita como tú ande preocupada por tonterías -yaya Julia reflexionó unos instantes y, de repente, dio una palmada, como si se le hubiera ocurrido una gran idea-. ¡Ya sé! -exclamó-. ¿Qué os parece si mañana hacemos algo especial?
- ¿El qué?
- Pues no sé; ¿que te gustaría hacer a ti?
No tuve que meditar mucho para encontrar la respuesta.
- Me gustaría ir al mar -dije al instante.
- ¿Al mar? -yaya Julia frunció el entrecejo-. Pero está muy lejos, querida.
- Son sólo dos leguas. En tu coche tardaríamos muy poco en llegar.
- Pero hace mal tiempo, es invierno.
- Por eso, abuela. Yo nunca he visto el mar en invierno. A lo mejor ha nevado también en la costa. Debe de ser muy bonita una playa nevada...
Yaya Julia desvió la mirada y se perdió en sus cavilaciones. Ya no intentaba fingir y a las arrugas que usualmente surcaban su rostro se sumaban ahora otras que eran fruto de una repentina inquietud. Al cabo de un largo minuto de silencio, la abuela carraspeó, simuló una sonrisa, y nos dijo:
- Decidido entonces: mañana haremos algo especial. Iremos a dar un paseo y os enseñaré una cosa, así que venid a buscarme pronto, a primera hora de la tarde. ¿De acuerdo?
Asentí con un cabeceo. Anita, aparentemente absorta en las vueltas que como un trompo daba el huevo de zurcir, no dijo nada. La abuela recuperó su bonachona expresión de siempre, empuñó la aguja y reanudó el cuento en el punto exacto en que lo había abandonado unos minutos antes. Más tarde, a eso de las seis y cuarto, miré por la ventana y advertí que había comenzado a nevar de nuevo. Entonces le recordé a mi hermana la promesa que le habíamos hecho a mamá y, tras abrigarnos, nos despedimos de la abuela.
- No os olvidéis -dijo yaya Julia al tiempo que agitaba una mano desde el umbral de la puerta-: mañana iremos de excursión.
Oscurecía. Los copos de nieve caían mansamente a nuestro alrededor, cubriendo la tierra entera con un gélido sudario cuya blancura parecía competir con las últimas luces del ocaso. Caminamos en silencio, con paso rápido para combatir el frío, el aliento condensándose en neblinosas vaharadas conforme respirábamos. Al cabo de unos minutos, sin dejar de andar, comenté:
- ¿Ves como no pasa nada raro? Todo el mundo se queda en casa por Navidad.
Anita no me contestó al principio, incluso llegué a pensar que no me había oído, pero cuando me disponía a repetir el comentario, ella dijo:
- La abuela tampoco viene nunca a visitarnos.
- Claro que viene -protesté.
En mi mente revolotearon una miríada de imágenes de yaya Julia en el salón de casa, en el comedor, paseando por el jardín; pero todos eran recuerdos antiguos, deslucidos por el paso del tiempo, y aunque me esforcé en hacer memoria no conseguí recordar cuándo fue la última vez que la abuela vino a visitarnos.
- Tampoco los papás van a casa de la abuela -prosiguió Anita en un tono que se me antojó extrañamente impersonal-. Sólo nosotras vamos allí.
Mi hermana estaba empezando a ponerme nerviosa, así que adopté una actitud lo más adulta posible y dije en tono de broma:
- Bueno, al menos la abuela no se ha vuelto transparente hoy.
Quería mostrarme desenfadada, quería borrar la tristeza de su rostro, pero mi comentario sonó patéticamente estúpido en la quietud del bosque, y Anita, lejos de esbozar siquiera una sonrisa, se calló y no volvió a abrir la boca en toda la noche. Al llegar a casa, mamá nos obligó a cambiarnos de ropa e insistió en que nos sentáramos frente a la chimenea para entrar en calor. Mientras ella preparaba la cena y papá leía el periódico, Anita y yo pasamos el rato contemplando en silencio el tremolar de las llamas; si la miraba de soslayo, podía ver en las pupilas de mi hermana el reflejo de dos fuegos gemelos, como si sus negros ojos hubieran capturado retazos de un incendio devastador.
Después de cenar, papá prendió las velas del abeto de Navidad y apagó todos los quinqués que había en el salón. Era muy bonito; el árbol resplandecía en la oscuridad y los trocitos de espejo que habíamos colgado de sus ramas titilaban al reflejar la luz de las llamas, como si una constelación de estrellas hubiera bajado del cielo para instalarse en nuestro hogar. Mamá se sentó al piano y comenzó a enhebrar las notas de Noche de paz y todos nos pusimos a cantar con voz queda, íntimamente conmovidos por la melancólica dulzura del villancico. Pero no, no todos nos sumamos a aquel momento tan especial, Anita no cantó aquella noche; en vez de ello, permaneció en silencio contemplando el árbol con una expresión en los ojos que no tenía nada de infantil. Yo diría que parecía desconcertada, sorprendida y, quizá, también asustada.
Más tarde, y pese a que hacía ya tres años que teníamos dormitorios separados, Anita insistió en dormir conmigo. Mamá, tan amiga de mantener el orden establecido, dudó un poco antes de dar su consentimiento, pero vio tal ansiedad en los ojos de mi hermana que finalmente accedió a sus deseos, de modo que nos pusimos nuestros camisones de blanco algodón, le rezamos al niño Jesús y nos acostamos juntas en mi cama. Mamá apagó el quinqué que había en la mesilla y, tras arroparnos cuidadosamente, nos dio un beso a cada una y se despidió con un quedo buenas noches. En otras ocasiones, cuando por la razón que fuese Anita y yo dormíamos en la misma cama, solíamos charlar en voz baja hasta que el sueño nos vencía, pero aquella vez no fue así. En la oscuridad del dormitorio permanecimos inmóviles, calladas, pendiente yo de la cadenciosa respiración de mi hermana, hasta que, sin darme cuenta, me deslicé por el tobogán del sueño.
Ignoro cuánto tiempo más tarde, aunque desde luego bien entrada la noche, me desperté sobresaltada por los gritos. Al principio, todavía somnolienta, no supe dónde estaba ni qué ocurría; luego, al adaptarse mis ojos a la penumbra del dormitorio, vi el rostro crispado de mi hermana, las pupilas dilatadas de terror y la boca entreabierta. No cesaba de proferir chillidos agudos y entrecortados, como un corderillo que presintiera la llegada del matarife, y se aferraba a las mantas igual que un náufrago a un salvavidas. La rodeé con mis brazos y le dije que se tranquilizara, que no pasaba nada, que sólo había sido una pesadilla. Anita dejó de gritar, pero sus ojos no cesaron de moverse de un lado a otro, buscando algo que debía estar allí pero que no estaba; tenía el camisón empapado de sudor y no paraba de temblar, como si todo el frío del invierno se le hubiera metido dentro. Al cabo de unos minutos, cuando logró sosegarse un poco, prendí con un fósforo la mecha del quinqué; la trémula luz de la llama me mostró el rostro de Anita, pálido y ojeroso, con la frente perlada de sudor y los cabellos enmarañados.
- Ha debido de ser una pesadilla horrible -murmuré-. ¿Qué pasaba?
Anita se mordió el labio inferior y arrugó la nariz. De sus ojos, todavía transidos de miedo, comenzó a brotar un manantial de silenciosas lágrimas.
- No lo sé... -musitó débilmente-. Cuando me despierto no recuerdo nada... Pero me siento muy mal, como si algo horrible hubiera pasado...
- Sólo ha sido un sueño -repuse en tono tranquilizador-, un mal sueño y nada más.
Enjugué sus lágrimas con un pico de la sábana y la obligué, suavemente, a recostarse sobre la almohada; luego, apagué el quinqué y comencé a hablarle en voz bajita. Le dije que pronto llegaría la Nochebuena e iríamos con los papás y la abuela al pueblo para asistir a la Misa del Gallo, y saludaríamos a nuestros vecinos y nos desearíamos mútuamente paz y felicidad, y luego vendría la Navidad, y mamá prepararía sopa de San José y pavo asado, manzanas bañadas en caramelo y tarta de castañas, y para Reyes pondríamos los zapatos al pie del árbol y Melchor, Gaspar y Baltasar nos traerían golosinas y regalos. Anita me escuchó en silencio, arrebujada bajo las mantas, con el aliento agitado, sorbiendo por la nariz e hipando quedamente.
- ¿Pero cuándo llegará la Navidad?... -preguntó con un hilo de voz.
- Ya falta muy poquito.
- No, tarda mucho en llegar... -respondió ella; y repitió-: Tarda muchísimo...
Al cabo de unos minutos, su respiración se tornó más tranquila y acompasada y, poco a poco, se fue quedando dormida y, aunque su sueño era intranquilo, aquella noche no hubo más pesadillas. Yo, por el contrario, tardé en dormirme, pues el brusco despertar propiciado por los gritos de Anita me había desvelado, provocándome una desagradable inquietud en la boca del estómago, como si un hormiguero bullera dentro de mí. Inmersa en la ahora opresiva oscuridad del dormitorio, repasaba mentalmente los sucesos del día, buscando en ellos la clave oculta de mi desasosiego, pero no había sucedido nada, todo fue normal, el día había transcurrido como otro cualquiera. Sin embargo, la sensación de aislamiento comenzaba a afectarme a mí también; quizá, pensé, algo había sucedido, algún incidente que no sólo logró enemistar a nuestros padres con los demás habitantes de Fuenteclara, sino también con yaya Julia; mas, por muchas vueltas que le di, no logré imaginar un suceso lo suficientemente grave como para justificar que nuestra familia se viera condenada a tan severo ostracismo. Al cabo de un tiempo indeterminado, mientras me hallaba sumida en tales disquisiciones, me quedé dormida sin darme cuenta.
Mamá nos despertó temprano al día siguiente. Después de lavarme en el cuarto de baño regresé al dormitorio para vestirme; cuando me quité el camisón advertí, sin pretenderlo, mi reflejo en la luna del armario y me quedé unos minutos contemplando en el espejo mi imagen desnuda, con la piel de gallina a causa del frío. Mi cuerpo estaba cambiando; tenues y dorados rizos se ensortijaban ahora en el pubis y, desde hacía unos meses, el pecho me estaba creciendo. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, mis senos parecían haber interrumpido su desarrollo, como si un repentino ataque de timidez les impidiera asomarse al mundo, y ahora semejaban más un inflamación pasajera que un auténtico busto. Tenía los pezones de un tamaño insignificante y las aureolas muy pequeñas, y su volumen resultaba a todas luces insuficiente, algo que yo no lograba comprender, pues tanto mamá como la abuela poseían unos pechos grandes y llenos.
Suspiré con resignación y comencé a vestirme. Ignoro por qué motivo, o quizá prefiera no confesarlo, el rumbo de mis pensamiento se desvió hacía una persona muy especial. Se llamaba Carlos y era hijo del herrero del pueblo; tenía dieciséis o diecisiete años, el pelo castaño y las facciones anchas y francas y, aunque no era exactamente guapo -pero sí alto y fuerte-, su rostro resultaba agradable y su sonrisa muy bonita. Apenas habíamos hablado tres o cuatro veces, mas siempre se mostró conmigo atento y simpático, y en alguna ocasión me pareció entrever en su mirada un brillo de interés que me colmó de una secreta complacencia. Mientras me ponía la blusa, las enaguas, el corpiño y las faldas, intentaba imaginarme a qué sabrían los besos de Carlos, cómo sería el tacto de sus caricias y la calidez de sus abrazos, y pensé que sería bonito que mis primeros besos, mis primeras caricias y mis primeros abrazos estuvieran dedicados a él. Luego, un poco ruborizada a causa del calor que, de pronto, sentía en el vientre, pensé que hacía mucho tiempo que no le veía, pero luego recordé que al día siguiente, durante la Misa del Gallo, nos encontraríamos en la iglesia, e intercambiaríamos buenos deseos, sonrisas y, quizá, alguna furtiva mirada de interés.
Comenzó a nevar a media mañana. Cuando la nieve cuajó sobre los setos y las veredas le propuse a Anita que saliéramos al jardín, pero ella parecía cansada y dijo que prefería quedarse en casa, así que salí yo sola y estuve un rato, poco más de media hora, paseando por el parque, entre los escarchados arrayanes y las lánguidas rotondas, inmersa en un universo de copos tan blanco que hacía daño mirarlo. En algún momento escuché un alborozado griterío al otro lado de las tapias y, por un instante, deseé ardientemente sumarme a los demás muchachos y muchachas del pueblo, unirme a sus juegos y a sus risas, pero le había prometido a mamá no salir del jardín y el cumplimiento de la palabra dada me impidió abandonar la madriguera de mi soledad. Sin embargo, aquellas voces lejanas despertaron en mí el recuerdo de nuestro supuesto aislamiento, y de pronto el parque se me antojó un lugar triste y solitario. Mientras regresaba a casa, no pude evitar pensar en Anita y en el modo en que le había cambiado el carácter. Sin embargo, pese a la melancolía que presidió su estado de ánimo durante toda la mañana, fue ella quien más tarde, al finalizar la comida, me recordó con un susurro:
- Le prometimos a la yaya ir pronto a su casa.
Era cierto, lo había olvidado; la abuela nos había invitado a dar un paseo. Le pedí a mamá permiso para visitar a yaya Julia, y ella, tras comprobar por la ventana que la nevada había cesado, accedió de no muy buen grado. Lo cierto es que a mamá no le gustaba que deambuláramos por el bosque, pero sabía que a papá le complacía que visitáramos a su madre, de modo que no solía poner excesivos reparos.
Debían de ser las tres de la tarde cuando salimos de casa, cubiertas de abrigos y capas y bufandas y manoplas y gorros, en dirección a la granja de la abuela; Anita caminaba delante, con pasitos rápidos y cortos, en silencio, y yo iba detrás, preguntándome si yaya Julia se brindaría a cumplir mis deseos y nos llevaría de excursión a la costa, mas comprendí que no iba a ser así cuando llegamos a la granja, pues Sansón, el viejo caballo normando de la abuela, estaba aún en la cuadra. Yaya Julia nos recibió en el porche, cubierta con un grueso abrigo de lana negra, botas de cuero y un sombrero de ala ancha, vestimentas éstas que le conferían la apariencia de una anciana campesina camino del mercado. Llevaba guantes de cuero y un larga bufanda de cheviot a cuadros rojos y verdes; con la mano derecha se apoyaba en un sencillo bastón de empuñadura curvada.
- Buenas tardes, queridas -nos saludó al vernos llegar-. ¿Estáis preparadas para la excursión?
- ¿Adónde vamos, abuela? -inquirió Anita.
- A dar un paseo. Los campos deben de estar preciosos con esta nevada y, además, quiero enseñaros algo.
- ¿El qué? -preguntamos Anita y yo a coro.
- Ya lo veréis cuando lleguemos, no seáis impacientes. Y ahora, perezosas, ¡en marcha!
Echamos a andar de regreso al pueblo; yaya Julia caminaba despacio, con Anita de la mano, y yo marchaba a su derecha, procurando acomodar mi paso al suyo. Abandonamos el bosque y tomamos el camino del norte hasta alcanzar la carretera de la costa. Cuando dejamos atrás las últimas casas de Fuenteclara me pregunté si la abuela no se propondría ir al mar caminando, pero supuse que no, pues aunque la distancia era corta yendo en carricoche, resultaba excesiva para recorrerla a pie, sobre todo en el caso de una anciana. Me dediqué, entonces, a contemplar el paisaje, todo nevado bajo un cielo gris plomizo, con bandadas de aves volando a ras de tierra, en busca, creo yo, del alimento que la nieve había ocultado. Los campos de labranza, que ahora ocupaban el espacio de antiguas arboledas, parecían inmensas sábanas de lino tendidas en un lavadero, a la vera del río que discurría junto al camino. El hayedo, en la lejanía, era una intrincada blonda gris y blanca, un helado laberinto alfombrado de hojas muertas. Tras unos minutos de silenciosa caminata, la abuela dijo:
- ¿Sabéis cómo llaman a Umbría? ¿No?... El País de las Leyendas, así lo llaman. ¿Y sabéis por qué? Pues porque en Umbría los prodigios suceden con mayor frecuencia que en cualquier otro lugar.
- Mamá dice que eso son supersticiones -observé-. Historias de aldeanos incultos.
Al instante me arrepentí de aquel comentario, pues con mis palabras, de algún modo, estaba insultando a la abuela, pero ella, lejos de ofenderse, sonrió ampliamente y asintió con la cabeza.
- Tu madre tiene razón -dijo-. La mayor parte de las historias que se cuentan por ahí son invenciones. Pero no todas. De hecho, si uno vive el suficiente tiempo en Umbría, tarde o temprano acabará por toparse con algo que no tiene explicación.
- ¿Has visto algún milagro, abuela? -preguntó Anita.
Yaya Julia se echó a reír.
- Soy muy vieja, querida -dijo-, y siempre he vivido en estas tierras, de modo que sí, claro que he presenciado sucesos extraordinarios.
- ¿Como qué? -insistió Anita.
La abuela guardó silencio y siguió andando, aparentemente abstraída en sus pensamientos; pensé que se había olvidado de la pregunta, pero no era así, pues al cabo de un rato dijo:
- Mi querido Melquíades acude todas las noches a nuestro dormitorio para charlar conmigo. Le cuento cómo me ha ido el día, le hablo de vosotras y de vuestros padres, y rememoramos tiempos pasados, como hacen todos los viejos.
Hacía muchos años que el abuelo Melquíades había muerto. Yo no llegué a conocerle, pero recordaba su imagen capturada en las viejas fotografías que adornaban las paredes del salón de la abuela, la imagen de un rostro tosco, pero al tiempo franco y agradable, con un poblado mostacho y ojos pequeños y vivaces. Supuse que, tras la muerte de su esposo, yaya Julia debió de sentirse muy sola, tanto como para imaginar que el abuelo aún vivía y que todas las noches se reunía con ella en la intimidad del dormitorio.
- No son imaginaciones mías -afirmó yaya Julia, como si me hubiera leído el pensamiento-; vuestro abuelo me visita cada noche. ¿Y sabéis cómo es posible eso? Pues porque nadie muere del todo mientras su recuerdo permanezca en la memoria de quienes le amaron -se llevó la mano izquierda al pecho y concluyó-: Melquíades aún vive en mi corazón, queridas.
Acto seguido, quizá temiendo que nuestra charla se tornara demasiado grave, la abuela se echó a reír y nos propuso una adivinanza:


Tengo de rey la cabeza,
calzo espuela pavonda,
llevo barba colorada,
mi sueño temprano empieza
y madrugo a la alborada.


Solíamos jugar a las adivinanzas con yaya Julia; supongo que a causa de su extracción campesina, casi todos los acertijos que nos proponía estaban relacionados con animales y plantas. La respuesta a la anterior adivinanza, por ejemplo, era muy sencilla: el gallo. De hecho, habíamos jugado tantas veces que mi hermana y yo conocíamos de memoria casi todas las soluciones; sin embargo, el siguiente acertijo nos mantuvo intrigadas durante un buen rato.


Si me miras del derecho,
me verás como animal;
mas si al revés me miras,
yo seré un vegetal.


Por muchas vueltas que le dimos, no logramos encontrar la solución al enigma y, finalmente, la abuela nos reveló que la respuesta era la "zorra", porque esa palabra, leída del revés, es "arroz". El juego se prolongó durante varios minutos y tuvo la virtud de lograr que Anita recuperara la sonrisa, aunque sólo fuera por un ratito; sin embargo, recuerdo que mientras recorríamos el camino, entre risas y chanzas, hubo un momento en que la abuela se tornó transparente, como si fuera un espejismo sobre la nieve, pero creo que mi hermana y yo nos habíamos acabado acostumbrando a sus desvanecimientos y ya no les dábamos importancia; quizá ése fuera uno de esos sucesos prodigiosos de los que hablaba la abuela y que, al parecer, tan frecuentes eran en Umbría.
Fuenteclara se hallaba en las estribaciones de la sierra, en el extremo septentrional de la comarca de El Condado, una zona que los lugareños denominan las Tierras Altas; por tal motivo, la carretera de la costa descendía constantemente, en una suave pendiente que acababa conduciendo al mar. Pero no llegamos tan lejos; tres cuartos de hora después de abandonar el pueblo, cuando llevábamos recorridos poco más de un par de kilómetros, la abuela se detuvo junto a un enorme castaño y permaneció unos segundos en silencio, oteando el horizonte.
- Ya hemos llegado -dijo.
Anita y yo, extrañadas, miramos en derredor; nos encontrábamos en un terreno de pastos salpicado de arboledas y cruzado por vallas de piedra que formaban una irregular cuadrícula sobre los nevados campos. En apariencia, allí no había nada.
- ¿Adónde hemos llegado, abuela? -preguntó Anita.
Yaya Julia dejó escapar un prolongado suspiro y se acomodó sobre una roca situada a la orilla del camino; luego, mirándonos fijamente a los ojos, dijo:
- ¿Me queréis?
- Claro que sí, abuela -me apresuré a contestar.
- Entonces -prosiguió ella con gravedad-, por el cariño que nos profesamos, de todo corazón, deseo pediros algo -alzó el bastón y señaló con la puntera hacia el norte-. ¿Veis aquel lugar donde crecen esos árboles tan altos? Quiero que me prometáis que jamás iréis allí.
Miré hacia donde señalaba la abuela. La carretera descendía en línea recta por espacio de unos setecientos metros y luego giraba bruscamente a la izquierda; justo en el recodo, allí donde el camino desaparecía, logré atisbar unos muros de ladrillo cubiertos de hiedra.
- ¿Qué hay allí? -pregunté.
- Un jardín. Pero debéis prometerme que nunca iréis a ese lugar.
- ¿Por qué, abuela?
- Porque no os gustaría.
- Pero... ¿Quién vive ahí?
La abuela sacudió la cabeza.
- Eso no importa, queridas. Veréis, muchas de las historias que suelo contaros contienen sabias enseñanzas: por ejemplo, que la curiosidad no siempre es buena, que hay cosas que es mejor no conocer y lugares que más vale no visitar. Pues bien, ese lugar no os conviene, queridas. Quiero que me juréis que jamás iréis allí.

Vamos a la Tercera Parte de El Jardín Prohibido

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(c)César Mallorquí.

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