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EL JARDÍN PROHIBIDO

(Tercera Parte)

(vamos a la primera parte)

(vamos a la segunda parte)

 

por César Mallorquí

Me sentía desconcertada; quise formular más preguntas, averiguar el por qué de aquella prohibición, pero la abuela se negó en redondo a dar más explicaciones y, finalmente, tanto mi hermana como yo accedimos a sus deseos y le juramos que nunca visitaríamos aquel jardín. Sellamos nuestro juramento con sendos abrazos y luego volví la mirada hacía aquel lugar prohibido, intentado ver la casa que se ocultaba tras los muros cubiertos de hiedra, pero me hallaba demasiado lejos y la arboleda, como un telón de terciopelo verde jaspeado de blanco, me impedía ver lo que había al otro lado. Una ráfaga de viento helado silbó a nuestro alrededor y me hizo estremecer de frío.
- Es hora de regresar a casa, queridas -dijo yaya Julia, incorporándose-. Está refrescando y, además, ahora todo el camino es cuesta arriba.
No volvimos a mencionar el jardín prohibido; regresamos a la casa del bosque y allí la abuela nos preparó dos grandes tazones de chocolate muy caliente. Luego, a última hora de la tarde, comenzó a nevar de nuevo y Anita y yo nos despedimos de yaya Julia y nos dirigimos en silencio a nuestra casa. Al llegar, Mamá dijo que nos cambiáramos de ropa y que nos sentáramos frente al fuego de la chimenea para entrar en calor; papá, acomodado en su butaca favorita, leía el periódico bajo la luz de un quinqué mientras arrancaba densas bocanadas de humo a su pipa de brezo. Más tarde, después de cenar, papá prendió las velitas del abeto de Navidad, mamá se sentó al piano y nos pusimos a cantar villancicos, todos menos Anita, pues aunque movía los labios siguiendo la letra de las canciones, de su garganta no brotaba el menor sonido. Supongo que para entonar una balada alegre es necesaria una tranquilidad de ánimo de la que ella carecía en aquel momento.
Anita quiso dormir conmigo también aquella noche, y juntas nos acostamos en mi cama, protegidas del frío invernal mediante gruesas mantas de lana y una colcha de algodón estampada con flores y abejas. Esta vez no hubo gritos ni pesadillas, pero me desperté bien entrada la madrugada con la sensación de que algo extraño ocurría. Mientras mi consciencia se desplegaba como una flor en las tinieblas del dormitorio, advertí que mi hermana no se hallaba en la cama. Alcé la cabeza, un poco alarmada, y entonces la vi: estaba de pie junto a la ventana, con una manta sobre los hombros, dibujando con un dedo en el vaho que velaba los cristales.
- ¿Qué haces? -pregunté.
Ella no pareció sorprenderse al oír mi voz; ni siquiera me miró y, con expresión ausente, siguió dibujando sobre el lienzo de vidrio.
- Nada -dijo al cabo de unos segundos-. No hago nada.
Me incliné hacia delante para ver mejor los dibujos: eran abetos -cada uno de ellos trazado con tres triángulos superpuestos, el más pequeño en la parte superior y el más grande en la inferior-, todo un bosque de árboles de Navidad que se extendía por los húmedos cristales de la ventana, tras los visillos de encaje.
- Hace mucho frío -dije-: anda, acuéstate.
- No -Anita sacudió la cabeza-. No quiero dormirme.
- ¿Por qué?
- Porque si me duermo volverán las pesadillas.
Aparté las mantas y me senté en el borde de la cama; la gélida atmósfera del dormitorio se coló por debajo del camisón y noté cómo el vello del cuerpo se me erizaba.
- No puedes estar despierta siempre -objeté-, en algún momento tendrás que dormir. Además, los malos sueños son sólo eso: sueños.
Mi hermana dejó de dibujar sobre el vaho y se arrebujó en la manta. Tras una larga pausa, contestó:
- A veces pienso que no son pesadillas, sino... No sé, señales de alarma. Es como si una voz dentro de mí quisiera avisarme de algo... ¿Entiendes?
- No.
Al convertirse en un suspiro, el aliento de Anita se condensó en una blanca vaharada.
- Desde hace tiempo tengo la sensación de que algo no es como debería ser -dijo-. Todo parece normal, las cosas son como siempre, pero en el fondo sé que sucede algo raro... Es como si todos estuviéramos fingiendo que no ocurre nada...
- Porque nada ocurre -la interrumpí-. Las niñas pequeñas tenéis demasiado viva la imaginación y os inventáis cosas que luego incluso os llegáis a creer. Las pesadillas te están trastornando y lo mejor que puedes hacer es intentar olvidarte de ellas. Anda, vuelve a la cama; hace muchísimo frío y puedes pillar un resfriado.
Inesperadamente, Anita se echó a reír, aunque no había ni rastro de alegría en su risa.
- ¡Deberías oírte hablar! -exclamó.
- ¿Qué pasa?...
- Que no hablas como una chica de trece años, eso pasa. Eres tan sensata, tan prudente y bien educada...
- Quizá si tú prestaras más atención en la escuela serías como yo -repuse, un poco enfadada.
Anita extendió los brazos por debajo de la manta, como si mi respuesta fuera un buen ejemplo de lo que ella quería expresar.
- ¿Ves? -señaló-. Una niña de trece años nunca hablaría así. Pareces mayor, te comportas como mamá -se encogió de hombros-. Bueno, no siempre; pero muchas veces sí. ¿Y sabes algo?, yo tampoco me siento como una niña de diez años. Sé que lo soy, pero en ocasiones me noto... diferente; aunque sé que sólo soy una niña, no estoy loca. Tengo diez años, pero a veces me parece que tengo muchos más, y algo parecido te pasa a ti, aunque... No sé, es difícil de explicar... Es como ser dos cosas a la vez, ¿entiendes?... No, no lo entiendes...
Tenía razón; no comprendía nada de lo que estaba diciendo, pero la angustia que latía por detrás de sus palabras me producía una gran desazón, como si la inquietud de mi hermana fuera una enfermedad contagiosa cuyos gérmenes comenzaran a incubarse en mí, de modo que le dije que todo aquello eran tonterías, que se estaba dejando llevar por la imaginación, y le pedí por favor que regresara a la cama, pues la noche era gélida. Anita suspiró con resignación y, sin decir nada, se acostó a mi lado, boca arriba, con los ojos abiertos y la mirada extraviada en la penumbra. Cuando finalmente el sueño me venció ella seguía despierta, y creo que así permaneció toda la noche, pues cuando a la mañana siguiente desperté, ella -tan perezosa por lo usual a la hora de levantarse- ya no estaba en la cama.
Aquel día, la víspera de Nochebuena, amaneció sombrío y silencioso. Un océano de nubes se fue condensando en el cielo a lo largo de la mañana, hasta que, a eso de las once, comenzó a nevar. En otras circunstancias, la llegada de la nieve hubiese supuesto un motivo de júbilo para Anita, mas en aquella ocasión pareció dejarla indiferente y respondió con una sacudida de cabeza a mi propuesta de salir al jardín. Contagiada de su melancolía, yo también me quedé en casa, contemplando el caer de los copos a través de las ventanas, sumida en mis pensamientos. Rememoré el paseo que el día anterior habíamos dado con la abuela, y la prohibición que yaya Julia nos había impuesto acerca de visitar aquel jardín que se hallaba a la orilla de la carretera de la costa, y pensé que, aunque había transitado por allí muchas veces, no recordaba ningún jardín ni casa alguna en especial, y me pregunté quién podría vivir allí y por qué la abuela había insistido tanto en que nos mantuviéramos alejadas.
Mas nada en claro saqué de tales cavilaciones y, poco a poco, mi estado de ánimo se fue acomodando al monótono transcurrir de los minutos, como si el cadencioso péndulo del reloj del salón se hubiera convertido en la batuta que marcaba el tempo de nuestra existencia. Después de comer, mamá interpretó una pieza de Tchaikovski al piano; luego, papá se enfrascó en la lectura del diario y mamá abrió su costurero y se puso a coser los vestidos que nos estaba confeccionando para la fiesta de Nochevieja. En algún momento le propuse a Anita que fuéramos a visitar a la abuela, pero de nuevo se negó a salir de casa, de modo que nos quedamos en el salón, yo intentando concentrarme en la lectura, ella sentada frente a la chimenea, con la mirada perdida en las llamas. Mi hermana tenía los ojos enrojecidos de cansancio y, de vez en cuando, el sueño la vencía y daba una cabezada; pero al instante se despertaba y volvía a alzar la cabeza, como si el sueño fuera un territorio terrible en el que le resultara odioso adentrarse. A última hora de la tarde volvió a nevar, y de nuevo la nieve llegó sin la alegría que en otras ocasiones nos había dispensado. Tras la cena, antes de que papá encendiera las velitas del árbol y mamá se sentara al piano, Anita solicitó permiso para retirarse a su dormitorio, pues estaba muy cansada; le dije que esperara un poco, que durmiera conmigo, pero ella, mirándome con fijeza, respondió que no y abandonó el salón sin añadir nada más. Yo me acosté poco después, tras cantar un par de villancicos y recoger la mesa; pensé que me costaría mucho conciliar el sueño, pero no fue así y, reconfortada por la proximidad de la Navidad, me quedé dormida al poco de apagar la luz.
Aún era de noche cuando me despertaron los gritos. Sonaban lejanos, más allá de la puerta del dormitorio, al otro lado del pasillo. Me incorporé en la cama y permanecí unos instantes inmóvil, desconcertada y sobrecogida, hasta que de pronto comprendí que la voz que profería tan desgarradores alaridos era la de mi hermana. Entonces oí cómo se abría la puerta del dormitorio de los papás, y pasos apresurados haciendo crujir la tarima del suelo, y un rumor de voces alarmadas que no pude descifrar. "Otra vez las pesadillas", pensé, pero esta vez los gritos no menguaron al desvanecerse los malos sueños; lejos de ello, sonaban cada vez más agudos y apremiantes, como si el motivo de aquel pánico irracional siguiera presente en el mundo real.
Salté de la cama y me puse las zapatillas, abandoné el dormitorio, recorrí el pasillo a la carrera y entré en la habitación de Anita. Mamá estaba allí, sosteniendo un quinqué en la mano, en camisón y con el rostro transido de inquietud; papá, entre las arrugas de su pijama de seda, se hallaba inclinado sobre la cama con los brazos tendidos hacia Anita. En cuanto a Anita... durante un instante no pude reconocerla; tenía el rostro desencajado de pánico y los ojos desmesuradamente abiertos, fijos en un lugar terrible y secreto que nosotros no podíamos vislumbrar. Tenía el pelo enmarañado y temblaba intensamente, encogida sobre sí misma, la espalda apoyada contra la cabecera de la cama, sin dejar de gritar.
- ¡El árbol! -decía-. ¡El árbol, el árbol, el árbol!...
- ¿Qué árbol? -preguntó papá, sujetándola por los hombros-. Tranquilízate, por favor, sólo ha sido un sueño.
Pero Anita, lejos de sosegarse, siguió gritando desconsoladamente.
- ¡En el salón! ¡El árbol, cuidado, cuidado!...
Papá, incapaz de poner fin a aquella crisis de histeria, le dirigió a mamá una mirada de impotencia; luego, tras vacilar unos segundos, cogió a Anita en brazos y echó a andar hacia el salón. Mamá y yo les seguimos escaleras abajo, ella con el brazo extendido para que la luz del quinqué alumbrara el apresurado caminar de su esposo. Al llegar al salón, Anita profirió un agudo chillido y ocultó la cara en el pecho de papá, pero él, deteniéndose frente al abeto de Navidad, la obligó a abrir los ojos.
- Mira -dijo con suavidad-: al árbol no le pasa nada.
Anita, acurrucada entre los brazos de papá, contempló con una mezcla de miedo e incredulidad el adornado abeto, los fragmentos de espejo devolviéndonos con breves destellos la luz del quinqué. Durante unos segundos permaneció silenciosa, con las pupilas dilatadas y el aliento agitado, mas de pronto profirió un gemido, puso los ojos en blanco y su espalda se arqueó como una ballesta a punto de dispararse. De entre sus labios, ahora violáceos, brotaba una nubecita de blanca espuma.
- ¡Traed mi maletín! -exclamó papá-. ¡Rápido!
A toda prisa, mamá y papá llevaron a Anita al dormitorio y yo corrí en busca de la pequeña valija de cuero negro donde papá guardaba su instrumental médico; cuando regresé con ella a la habitación, papá esterilizó una hipodérmica sobre un infiernillo de alcohol y le aplicó a mi hermana un inyección; luego, mientras la droga hacía efecto, auscultó los latidos de su pequeño corazón con un fonendoscopio, y le tomó el pulso y la temperatura, y le inspeccionó las pupilas con ayuda de una lupa, y tanteó su menudo cuerpo en busca de inflamaciones o eccemas. Al concluir el examen, papá se volvió hacia nosotras y dijo:
- Le he suministrado un sedante; ahora está más tranquila.
- ¿Qué le pasa? -musité.
Papá exhaló una bocanada de aire y bajó la mirada; tenía el pelo revuelto y la barba aplastada por el lado derecho.
- No lo sé -dijo con cansancio-. Ha sufrido un colapso, pero su corazón late con fuerza y no tiene fiebre, así que no creo que se trate de nada grave. Por el momento, no hay razón para alarmarse.
Comprendí que pretendía tranquilizarnos, pero en el tono de su voz aleteaba la preocupación como un ave de mal agüero. Mamá, con el rostro muy serio, respiró hondo e irguió la cabeza, como si estuviera haciendo acopio de fuerzas para asumir el control de la situación, tal y como era su habitual proceder.
- Es muy tarde -me dijo-, y hace mucho frío. Anda, vuelve a la cama.
- Pero Anita...
- Tu padre y yo nos ocuparemos de ella, no te preocupes. Ahora ve a acostarte; sólo faltaría que tú también enfermaras.
Sabía que era inútil discutir las órdenes de mamá, así que le dirigí una última mirada a mi hermana, que permanecía en la cama con los ojos cerrados, removiéndose inquieta, y me encaminé a mi dormitorio. Tardé mucho en conciliar el sueño; me preocupaba el estado de Anita, por supuesto, pero también me llenaba de inquietud otra cosa, algo que no podía ver ni palpar, pero que estaba allí, siempre presente, como si la casa estuviera habitada por evanescentes fantasmas. Recordé entonces la mirada de Anita cuando papá la llevó al salón y un escalofrío me recorrió el cuerpo, pues comprendí que en aquel momento los ojos de mi hermana contemplaban imágenes que nosotros no lográbamos percibir, pero que eran reales y, sin duda, terribles. ¿Acaso se trataba de eso?, me pregunté. ¿Nuestro hogar estaba encantado y poseído por unos espíritus que sólo Anita podía ver?
Eran ideas ridículas, ya lo sé, meras fantasías, supersticiones sin fundamento; pero allí, inmersa en una matriz de tinieblas, acurrucada bajo las mantas -como si su lana fuera un escudo que pudiera protegerme de todo mal- los pensamientos más disparatados parecían cobrar en mi mente una insospechada entidad. No obstante, pese a la preocupación que la salud de Anita me causaba, pese a la truculencia de mis reflexiones, pese a los sobresaltos de la noche, sin darme cuenta, acabé por rendirme al sueño.
Desperté tarde, bien entrada la mañana. La casa estaba en total silencio. Me incorporé e intenté sacudirme la somnolencia que me abotargaba los sentidos; entonces recordé los sucesos de la noche anterior y, tras cubrirme con una bata de franela, me dirigí al dormitorio de mi hermana. Mamá estaba allí, sentada en una butaca, con la cara apoyada en una mano y la mirada fija en Anita, que se encontraba tumbada sobre la cama, boca arriba, con los ojos abiertos y perdidos en un remoto infinito, la brevedad de su pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración.
- ¿Cómo está? -pregunté en voz baja.
- Lo peor ha pasado -respondió mamá-. Pero lleva toda la noche así, como ida, sin hablar ni reconocer a nadie.
Me acerqué a la cama y aproximé el rostro al de mi hermana.
- Anita, soy yo... -dije-. ¿Me oyes?
No contestó; su mirada estaba fija en un punto situado por encima de mi cabeza, como si yo fuera transparente.
- Anita... -insistí.
- Es inútil -dijo mamá-. Ni siquiera se da cuenta de que estamos aquí -suspiró quedamente y se pasó una mano por los ojos; parecía muy cansada-. Anda, ve a desayunar -agregó-. Hay leche caliente en el fogón.
Papá estaba en la cocina, sentado frente a una taza de café, con los codos apoyados en las piernas y la cabeza gacha. Llevaba sobre el pijama una bata de lana verde, tenía el pelo revuelto, la barba descuidada y lucía unas oscuras ojeras que le hacían parecer más viejo de lo que era. Nos saludamos con un casi inaudible buenos días y me preparé un tazón de leche con cacao; no tenía hambre, así que me senté a la mesa y estuve un rato dándole sorbitos a la bebida, demasiado caliente y amarga para mi gusto. Sobre la mesa, todavía doblado, había un ejemplar de El Mercurio, pero apenas le eché un vistazo porque, en aquellos momentos, lo último que me preocupaba era el final de la guerra en Marruecos o la erupción del Teide.
- ¿Qué le sucede a Anita, papá? -pregunté tras un prolongado silencio.
Alzó la cabeza y me dirigió una mirada que apenas podía ocultar la impotencia que sentía. Tragó saliva antes de contestar.
- No lo sé... -musitó-. Soy médico, pero ignoro lo que le pasa... Su salud es buena, no padece ninguna enfermedad ni ningún mal que yo pueda curar. Creo que la raíz del problema está en su mente...
- ¿Es por las pesadillas?
- Supongo que sí... -se cubrió los ojos con una mano y murmuró-: ¿Pero qué clase de pesadillas pueden hacerle eso a una niña?...
- ¿Por qué no la llevamos a Oneira? -propuse-. Allí hay un hospital muy grande.
Papá sacudió la cabeza e hizo un gesto en dirección a la ventana; a través de los cristales vi que una cortina de copos caía del cielo.
- No podemos trasladarla con este tiempo -dijo él-. Además, dudo mucho que en el Hospital General puedan brindarle el tipo de ayuda que precisa -dejó escapar un suspiro-. Me temo que lo que tu hermana necesita es un alienista...
¿Un alienista? ¿Acaso papá estaba sugiriendo que Anita se había vuelto loca? Él debió de percatarse de la alarma que sus palabras habían despertado en mí, pues fingió una insegura sonrisa e intentó tranquilizarme.
- No me hagas caso -dijo-; estoy cansado y ya no sé ni lo que me digo. Lo más probable es que sólo sea una crisis pasajera; tu hermana se pondrá bien muy pronto, ya lo verás. Ahora, acaba el desayuno y arréglate un poco, que estamos todos hechos un desastre.
Pero Anita no mejoró de su extraña dolencia y, durante todo el día, permaneció sumida en una especie de estado catatónico, como si su mente se hubiera extraviado en algún punto del camino que conduce del sueño a la vigilia. Papá y mamá se turnaban en la tarea de velarla, de modo que ese día la comida se redujo a un frugal refrigerio a base de queso y fiambres, manzanas, nueces y leche fresca, y el piano permaneció mudo, y no hubo villancicos, ni risas, ni alegría. Pasé la tarde en el salón, sentada frente al fuego, intentando enfrascarme en la lectura de un libro, o jugando con recortables, o haciendo bailar un diábolo que mi hermana había olvidado entre los almohadones de cretona que se amontonaban sobre el sofá, pero nada lograba distraerme y el silencio de la casa se fue tornando, a cada minuto, más y más opresivo, y los adornos navideños que engalanaban el salón comenzaron a antojárseme enseñas fúnebres, y las paredes parecieron abatirse sobre mí, robándome el espacio y el aliento. A última hora de la tarde volvió a nevar. Nunca el lento planeo de los copos me había causado una tristeza tan profunda.
Finalmente, cuando el cielo se sumió en la negrura de una noche prematura, incapaz de seguir soportando la asfixiante soledad del salón, me dirigí al dormitorio de Anita. Papá, sentado en la butaca situada junto a la cama, sostenía su pipa -apagada- en la mano izquierda y, de vez en cuando, se llevaba la boquilla a los labios, como si quisiera aspirar el fantasma de un humo inexistente. Parecía abatido y cansado, tan absorto en sus pensamientos que ni siquiera advirtió mi llegada.
- ¿Cómo está Anita? -pregunté.
Papá, sobresaltado, dio un respingo y volvió la cabeza; al reconocerme, compuso una vacilante sonrisa.
- Vaya, que susto me has dado... -aspiró una bocanada de aire y prosiguió-: Tu hermana sigue igual. Está más tranquila, pero no responde a ningún estímulo.
Volví la mirada hacia el lecho. Anita no parecía haber cambiado de posición desde la última vez que la vi; tumbada boca arriba, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, por encima de las mantas, tenía ahora los ojos cerrados, pero no dormía, no, su rostro distaba mucho de mostrar signos de descanso. Me sobrecogió contemplar la cerúlea palidez de su piel, y pensé que mi hermana, tan menuda y frágil, semejaba una muñeca de porcelana china abandonada en una pradera de raso, que su rostro, de puro blanco, podía confundirse con la blancura de las sábanas. Parecía un lirio marchito, un capullo que languidece antes de haber podido desplegar el esplendor de sus pétalos, y era tan penoso verla allí, inmóvil como un cadáver, que los ojos se me llenaron de lágrimas y tuve que apartar la mirada y parpadear rápido y tragar saliva para que papá no se percatara de la tristeza que me embargaba.
- Si quieres, me quedo con ella -dije al cabo de un largo silencio-. Tú podrías salir a estirar las piernas.
Papá a punto estuvo de negarse, pero luego le echó un vistazo a la vacía pipa que sostenía en la mano, y supongo que se dio cuenta de las muchas ganas que tenía de fumar, porque se incorporó casi al instante y, tras desperezarse, dijo:
- Bajaré al salón un ratito. Tu madre está en el dormitorio, descansando. Yo volveré dentro de media hora, pero si notas algún cambio en tu hermana no dejes de avisarme.
Asentí con un cabeceo y, mientras él se retiraba de la habitación, me senté en la butaca. La tapicería conservaba el calor del cuerpo de papá y pensé que era una sensación agradable, algo parecido a percibir el alma de una persona querida. Vagamente, me di cuenta de que aquel era el primer pensamiento bonito que había tenido desde hacía muchas horas, así que cerré los ojos e intenté evocar todas las cosas hermosas que había visto a lo largo de mi vida, los campos rebosantes de flores en primavera, la restallante luminosidad del jardín en verano, el arco iris de los bosques en otoño, la pátina de nieve que nimba las cumbres al llegar el invierno. Sin pretenderlo, mientras me sumía en un dulce sopor, mis pensamientos tomaron un rumbo insospechado y, de pronto, evoqué el rostro de Carlos, el hijo del herrero, y pensé en lo maravilloso que sería salir de casa e ir en su busca, y pasear con él por la Calle Mayor, cogidos del brazo, intercambiando confidencias en voz baja. Rememoré su sonrisa, tan franca y encantadora, y el alboroto de sus cabellos, y la fuerza tranquila de su cuerpo, e imaginé que la piel le olería a leña, a lavanda y espliego, y que sus besos tendrían el dulce sabor de la miel...
- ¿Qué día es hoy?
Al principio no oí la voz; o, mejor dicho, creí que la había imaginado, que era una de esas voces sin cuerpo que a veces escuchamos cuando estamos a punto de dormirnos. Pero la voz volvió a sonar:
- ¿Qué día es hoy?
Abrí los ojos; primero un poco, luego, a causa de la sorpresa, mucho. Mi hermana se había incorporado sobre la cama y me miraba fijamente, con gran seriedad.
- ¡Anita! -exclamé al tiempo que me ponía en pie de un salto-. ¿Ya estás bien?...
Ella ignoró mi pregunta e inquirió por tercera vez:
- ¿Qué día es hoy?
- Jueves... -respondí.
- No, el día del mes.
- Veintitrés...
Anita cerró los ojos y respiró profundamente. Era tanto su cansancio, tan grave la expresión de su rostro, que cuando volvió a abrir los ojos me pareció descubrir en ellos la mirada de una mujer adulta, de una mujer solitaria, sabia y terriblemente apenada.
- Hoy es veintitrés de diciembre de 1909 -dijo, como si en vez de una fecha estuviera pronunciando una maldición-. Recuérdalo, hermanita, no lo olvides. Y no se lo digas a nadie; ése será nuestro secreto.
- ¿Secreto? -repetí, desconcertada-. ¿Qué secreto?
- Que hoy es veintitrés de diciembre. No debes olvidarlo; mañana, cuando te levantes, recuerda que hoy es jueves veintitrés. Y no les digas nada de esto a los papás; ellos no podrían comprenderlo. Será nuestro secreto...

Vamos a la Cuarta Parte de El Jardín Prohibido

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(c)César Mallorquí.

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