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EL JARDÍN PROHIBIDO

(Cuarta Parte)

(vamos a la primera parte)

(vamos a la segunda parte)

(vamos a la tercera parte)

 

por César Mallorquí

Anita me dedicó una cansada sonrisa, se tumbó sobre la cama, cerró los ojos y volvió a sumirse en el silencio y la inmovilidad.
- Anita... -dije; y, al no obtener respuesta, repetí-: Anita...
Pero era inútil, pues mi hermana se había adentrado de nuevo en el limbo remoto e inaccesible de la inconsciencia. Volví a sentarme en el sillón e intenté reflexionar, aclararme las ideas, pero las palabras de Anita no parecían tener ningún sentido y eran fruto, sin duda, del delirio... Sin embargo, cuando papá regresó al dormitorio, con el humo del tabaco impregnado en la ropa, no le conté lo sucedido, no le dije que Anita había recuperado por unos instantes el conocimiento y me había hablado. ¿Por qué obré de ese modo? No lo sé; creo que percibí algo, no en las palabras, sino en la expresión de mi hermana, que me convenció de que no deliraba, de que ella, de algún modo, tenía algo importante que revelarme. Así que guardé silencio y aquella noche me retiré temprano a mi habitación. Tardé muchísimo en dormirme; la oscuridad se me antojaba amenazadora y los ruidos que habitaban en el silencio de la casa -los crujidos de la tarima, los profundos gemidos de la caldera- me sobresaltaban constantemente. De nuevo me dio por pensar que nuestra morada había caído bajo el influjo de una maldición, que había presencias fantasmales deambulando por las estancias, que una entidad maléfica había tejido una telaraña de sombras en torno a nuestras vidas, y me oculté, temblando, bajo las mantas, y de pronto el miedo se trocó en una tristeza infinita, en una desazón tan intensa que causaba dolor, y comencé a llorar desconsoladamente, sin poder parar, hasta que mis ojos fueron incapaces de verter más lágrimas, como manantiales agostados por la sequía. Luego, el cansancio me venció, precipitándome a un profundo sueño vacío de sueños.
Me desperté muy temprano, bruscamente, pasando sin solución de continuidad de la inconsciencia a la vigilia, como si la noche no hubiera durado más que el pestañeo de un dios somnoliento. En cuanto abrí los ojos supe que debía recordar algo, aunque no sabía qué, y sentí una gran zozobra a causa de aquel olvido, porque, de un modo u otro, intuía que se trataba de un asunto importante, así que salté de la cama sintiéndome inquieta, me vestí sin antes lavarme y me dirigí al dormitorio de Anita.
- Te has levantado muy pronto -dijo mamá al verme.
Estaba reclinada en la butaca, con la cabeza echada hacia atrás; la claridad del amanecer, filtrándose a través de los visillos, aureolaba sus cabellos.
- ¿Cómo está Anita? -pregunté.
- Sigue igual; ni habla, ni oye, ni conoce, como si ya no estuviera entre nosotros... -mamá se incorporó trabajosamente y dejó escapar un prolongado suspiro-. Ya que has madrugado tanto, quédate con ella, por favor. Tengo que calentar la leche para el desayuno. Vuelvo enseguida.
Asentí y mamá abandonó el dormitorio con cansado caminar. Mientras se dirigía a las escaleras la oí decir:
- Dios mío, y que esto nos esté pasando la víspera de Nochebuena...
Entonces, al escuchar las palabras de mamá, noté una especie de impacto en la mente, como si el dique que contenía el río de mi memoria se hubiera desmoronado de repente. Durante unos instantes sentí que el mundo giraba a mi alrededor, y me tuve que apoyar en el sillón para no caer. Luego, por entre las nubes que oscurecían mis sentidos, advertí que Anita abría los ojos y, sin apartar de mí la mirada, apoyaba la espalda en la cabecera de la cama y se abrazaba las encogidas piernas.
- ¿Has oído lo que ha dicho mamá? -me preguntó en voz baja-. Eso de que hoy es la víspera de Nochebuena.
- Sí... -repuse con un hilo de voz.
- ¿Y te acuerdas de lo que dije ayer? Te pedí que recordaras que era veintitrés de diciembre.
- Sí...
- Entonces, ¿qué día es hoy?
Tragué saliva antes de contestar.
- Debe de ser veinticuatro...
Anita se encogió de hombros con pesadumbre.
- Pero tú sabes que no es así, ¿verdad? Sientes que hoy es veintitrés. Ya lo ha dicho mamá: hoy es la víspera de Nochebuena.
Me sentía confusa y mareada; si la fecha del día anterior había sido veintitrés de diciembre, hoy debía ser forzosamente veinticuatro; pero mi hermana tenía razón: en el fondo de mi ser tenía el convencimiento de que, de nuevo, nos encontrábamos en el veintitrés de diciembre. Mas eso era imposible...
- Mamá se ha equivocado -dije con escasa convicción-. Hoy es Nochebuena.
Anita negó lentamente con la cabeza.
- Hoy es la víspera de Nochebuena -me corrigió-. Siempre es la víspera de Nochebuena.
- Pero eso es imposible... -objeté, cada vez más confusa.
Mi hermana suspiró con cansancio.
- Entonces -repuso-, habla con los papás e intenta averiguar qué día es hoy.
Dudé unos instantes; al principio pensé que Anita estaba trastornada, pero luego comprendí que debía de ser yo quien había perdido el juicio, pues cuantas más vueltas le daba más me embargaba la sensación -la certeza en realidad- de que el pasado era una sucesión de días idénticos, siempre a las puertas de la Navidad, pero sin llegar a alcanzarla jamás. De repente, obedeciendo a un apremiante impulso, abandoné el dormitorio a la carrera, bajé de dos en dos los peldaños de la escalera y me precipité a la cocina. Mamá estaba frente al fogón, vigilando el cazo donde había puesto a calentar la leche; papá se encontraba sentado a la mesa, enfrascado en la lectura del diario.
- ¿Qué día es hoy, mamá? -pregunté en tono apremiante.
- Jueves -respondió ella, extrañada por lo repentino de mi aparición.
- ¿Veintitrés de diciembre?
- Sí.
- No, no, estás confundida. ¿Qué día fue ayer?
- Pues miércoles, claro... -los ojos de mamá mostraron un repentino desconcierto y, tras una pausa, añadió en tono dubitativo-: Debió de ser veintidós, ¿no? Pero... ¿Sucede algo?
Ignorándola, me volví hacia papá.
- ¿Es el periódico de hoy? -le pregunté, señalando el ejemplar de El Mercurio que estaba leyendo.
- Sí...
Ante su atónita mirada, le arrebaté el diario de entre las manos y comprobé apresuradamente la fecha: veintitrés de diciembre de 1909. Luego, conteniendo la respiración, paseé la mirada por los titulares de la primera página; hablaban del final de la guerra de Marruecos y de la erupción del Teide, como ayer, como anteayer, como siempre.
- No puede ser... -musité con un nudo en la garganta.
Papá y mamá intercambiaron una mirada llena de alarma, como si temieran que su hija mayor fuera a seguir el mismo sendero de locura que la más pequeña. Pero se equivocaban: eran ellos los locos, los ciegos, eran ellos quienes no podían ver las cosas tal como eran.
- ¿Te encuentras bien? -me preguntó papá, preocupado.
- Mi niña -musitó mamá-, ¿qué te pasa?...
No contesté; en vez de ello, salí de la cocina y eché a correr de regreso a la habitación de mi hermana. Mientras remontaba la escalera oía los gritos de los papás llamándome, y el sonido de sus pasos corriendo tras de mí, pero no contesté a sus requerimientos, no me detuve, y cuando entré en el dormitorio de Anita me aproximé a ella, la sujeté por los hombros y le pregunté:
- ¡¿Qué está sucediendo?!
Mi hermana volvió hacia mí su mirada triste y sabia y contestó en tono monocorde:
- Que hoy es veintitrés de diciembre, y ayer también lo fue, y mañana lo será.
Mis manos se cerraron con excesiva fuerza en torno a sus hombros, dejando pálidas marcas sobre la sonrosada piel. Sin querer, llevada por el nerviosismo, la zarandeé con violencia.
- ¡Pero, ¿por qué?! -le grité a la cara.
El rumor de los pasos de nuestros padres sonaba cada vez más próximo. Anita tendió una mano y me acarició la mejilla, con ternura y un deje de conmiseración, como si ella fuera la adulta y yo una niña ignorante.
- La otra noche recordé al fin mis pesadillas -musitó con infinita tristeza-, y supe la verdad.
- ¿Qué verdad?...
Anita suspiró y se desprendió con suavidad de mis manos; luego, se abrazó de nuevo las rodillas y dijo con voz queda:
- La abuela lo sabe; pregúntaselo a ella.
En ese momento entraron nuestros padres en la habitación. Papá, al ver que Anita había recuperado la consciencia, abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla, quizá presintiendo que las respuestas a sus preguntas no iban a ser de su agrado. Mamá, siempre tan pragmática y realista, puso los brazos en jarras y dijo con voz severa:
- ¿Se puede saber qué está pasando aquí?
Miré a Anita y ella me devolvió la mirada, y en el brillo de sus pupilas adiviné una invitación a descubrir la verdad; entonces eché a correr, abandoné el dormitorio, me puse el abrigo, y salí de la casa, y crucé el jardín, y traspasé la verja de hierro forjado que daba acceso al exterior, y pronto dejé atrás las elevadas tapias de nuestro hogar. A mi espalda escuché las alarmadas voces de mi madre, llamándome, cada vez más débiles conforme me alejaba camino de la casa de la abuela. Me interné en el bosque a la carrera, con el aliento agitado y el corazón tamborileándome en el pecho, y no dejé de correr hasta que llegué a la vieja granja. Un penacho de humo blanco brotaba de la chimenea; cerca de las cuadras, Nicolás y Fermín, los peones que ayudaban a la abuela en las tareas de la hacienda, se afanaban en reparar la reja de un arado. Ellos no parecieron verme y yo no hice amago de saludarles; entré en la casa como una tromba, crucé el desierto salón, atravesé los estrechos corredores y me precipité a la cocina. Allí estaba yaya Julia, cerca de los fogones, calentando el agua que iba a utilizar para prepararse una de esas infusiones de manzanilla y hierbabuena que tanto le gustaban. Al verme aparecer, así, tan de repente, puso cara de sorpresa y abrió la boca para decir algo, pero la interrumpí antes de que pudiera pronunciar palabra alguna.
- ¿Qué está pasando, abuela? -pregunté entre jadeos.
Yaya Julia parpadeó, desconcertada.
- ¿Cómo?...
- Anita dice que tú sabes la verdad -intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca-. ¿Qué verdad es ésa, abuela?
Ella esbozó una insegura sonrisa.
- Lo siento, querida, pero no sé de qué me estás hablando...
Cerré los ojos y enjugué con el dorso de la mano el gélido sudor que me perlaba la frente.
- ¿Qué día es hoy? -murmuré.
- Pues jueves; jueves, veintitrés de diciembre...
- ¿Y ayer? ¿Qué día fue ayer? -una sombra veló la mirada de la abuela y sus labios se fruncieron hasta tornarse lívidos. Tras un prolongado silencio, al no obtener respuesta, proseguí-: Ayer también fue veintitrés, y anteayer, y hace una semana, y mañana será de nuevo veintitrés de diciembre. ¡Siempre es la víspera de Nochebuena!
Yaya Julia desvió la mirada y guardó silencio, hasta que el borboteo del agua al hervir la sacó de su ensimismamiento.
- Siéntate, querida -dijo con suavidad-. Debes de estar helada; una infusión caliente te vendrá bien.
Me senté en una silla de anea, frente a una mesa cubierta con un mantel a cuadros blancos y rojos. La abuela, como si buscara cobijo en la repetición de una tarea mil veces realizada, echó en una tetera dos cucharadas de hierbas secas, vertió un chorro de agua caliente y, tras aguardar un par de minutos, llenó dos tazas de porcelana con la infusión que acababa de preparar. Luego, puso una de las tazas frente a mí, y un azucarero de cristal tallado, y ella se acomodó al otro extremo de la mesa, y le dio un sorbito, pensativa, a la humeante infusión.
- Pruébala, querida -dijo-. Te entonará el cuerpo.
Con movimientos automáticos, como si fuera otra persona quien hubiera asumido el control de mis manos, añadí dos cucharaditas de azúcar a la infusión, la revolví y me llevé la taza a los labios. Estaba muy caliente, pero su aromático sabor pareció inundarme por dentro, ahuyentando el frío que, como un huésped incómodo, se había instalado en mis huesos.
- ¿Qué sucede, abuela? -pregunté en voz muy bajita.
Yaya Julia suspiró y, tras dar otro sorbo a su infusión, comenzó a hablar con voz suave y melodiosa, la misma voz que empleaba para contarnos cuentos junto a la lumbre del hogar.
- Hace poco os hablé de Umbría; el País de las Leyendas, ¿recuerdas? Os dije que en estas tierras los prodigios se mezclan con los sucesos cotidianos, igual que el vino con el agua. Los relojes, por ejemplo, no siguen aquí las mismas leyes que en otros lugares. En todo el mundo, el tiempo es una línea recta que va de atrás hacia delante, imperturbable, inamovible. Pero en Umbría las cosas son distintas; el tiempo, a veces, va y viene, forma estanques y remolinos, como un arroyo de montaña -se inclinó hacia delante y me sonrió con ternura-. Pues eso es lo que ha sucedido en tu maravilloso hogar, querida. El tiempo se ha plegado sobre vosotros; la magia de esta tierra os ha regalado el milagro de una Navidad eterna...
- Pero la Navidad nunca llega, abuela -la interrumpí; mi voz sonaba estrangulada, como si tuviera un nudo en la garganta-. Los días se repiten, siempre iguales. A media mañana nieva, y a última hora de la tarde vuelve a nevar, y el periódico trae siempre las mismas noticias, y estamos tan solos...
- No, no estáis solos, querida; os tenéis a vosotros y me tenéis a mí. Vuestro hogar es un nido de amor en el que podréis vivir siempre felices. ¿No lo comprendes? Habéis recibido un don extraordinario. Vuestros padres estarán siempre con vosotras, y Anita y tú disfrutaréis de una eterna infancia, seréis por siempre niñas y...
- ¡Pero yo quiero crecer! -la interrumpí, dando un puñetazo sobre la mesa; parte de la infusión se derramó sobre el mantel-. Esto no es un milagro, abuela -proseguí en voz más baja-, esto es una maldición. Nuestra casa se ha convertido en un lugar horrible y asfixiante, y Anita... Anita está muy enferma.
- ¿Enferma? -yaya Julia me miró con preocupación-. ¿Qué le sucede?
- Tiene pesadillas, malos sueños que la vuelven loca y que le roban poco a poco las ganas de vivir. ¿Y sabes algo, abuela?: creo que esas pesadillas tienen que ver con lo que nos está pasando. ¿Tú lo sabes, abuela? ¿Sabes lo que ocurre en las pesadillas de Anita?
Yaya Julia negó, vacilante, con la cabeza. De repente, el peso de los años se había abatido sobre ella y ahora parecía mucho más vieja, cansada y marchita que nunca.
- No, no sé lo que puede pasarle a Anita por la cabeza -dijo con voz trémula-; ¿quién podría saberlo? -fingió una sonrisa-. En cualquier caso, estoy segura de que se pondrá bien. Los niños pequeños suelen tener crisis de pesadillas, pero es algo pasajero. Anita mejorará muy pronto, ya lo verás, y las cosas volverán a ser como siempre en vuestro hogar.
No pude evitar que una risa amarga brotara de mis labios, una risa triste y seca que más bien era un sustituto de las lágrimas.
- Sí, eso me temo -dije-, qué las cosas vuelvan a ser como siempre y nunca lleguen a ser de otra forma -respiré hondo y miré fijamente a la abuela-. Me estás ocultando algo, ¿verdad?
Yaya Julia sacudió la cabeza, demasiado apresuradamente para que su gesto resultara sincero.
- No -protestó-, no te oculto nada, querida...
Era mentira. Lo notaba en el temblor de su voz, en la inseguridad de su mirada, en el modo nervioso en que se pasaba la lengua por los resecos labios.
- La respuesta se encuentra en ese lugar al que nos prohibiste ir -dije lentamente-, ¿verdad, abuela?
- ¡No!
- Un jardín que no podíamos visitar bajo ningún concepto -proseguí-. ¿Quién vive allí, abuela?
- ¡Nadie! Olvídate de ese sitio, por favor...
- Pero ahí está la respuesta, ¿no es cierto? -susurré.
- ¡No! -gritó yaya Julia, poniéndose en pie con el rostro arrebolado-. ¡Allí no hay nada!
De nuevo supe que estaba faltando a la verdad.
- Mientes -susurré.
Y me levanté de la silla, y eché a correr hacia la salida, y abandoné la casa, y me adentré en el sendero que conducía al pueblo, y más allá, a la carretera de la costa.
- ¡Vuelve aquí! -oí que gritaba la abuela desde el umbral de la puerta-. ¡No vayas a ese lugar!
Pero su voz no tardó en perderse en la distancia, a medida que mis apresurados pasos me conducían hacia un destino prohibido. No guardo un recuerdo claro de aquel trayecto; abandoné el bosque, dejé atrás Fuenteclara y llegué a la carretera de la costa. Recorrí la mayor parte del camino a la carrera, pero a veces caminaba y, en ocasiones, me detenía unos segundos para recuperar el resuello. Mi mente era un caos, un torbellino de ideas e imágenes, un vórtice de opresivos sentimientos y terribles emociones. En algún momento comenzó a nevar, eso bien lo recuerdo, pues al ver caer los primeros copos sentí que el corazón me daba un vuelco, y pensé: otra vez, Dios mío, otra vez... Finalmente, como si hubiese deambulado entre sueños y me sorprendiera un repentino despertar, llegué al lugar prohibido.
El jardín estaba circundado por una elevada tapia de ladrillo, tapizada de hiedra y coronada por densos arbustos de madreselva cuyas hojas, ahora, languidecían de frío. Desde donde estaba no podía ver lo que había más allá de los viejos muros, así que comencé a rodear la tapia, siguiendo el recodo del camino, hasta detenerme frente a un enorme portalón de hierro forjado. Una de las hojas del portal estaba entornada, pero no me atreví a entrar, pues aquel lugar me atraía y repelía con idéntica intensidad; era como cuando vemos en el bosque una hermosa piedra cubierta de musgo y deseamos cogerla, y no nos atrevemos porque sabemos que debajo de ella puede haber gusanos y alacranes. Pero si había llegado hasta allí, me dije, no podía dar ahora marcha atrás. Aspiré una bocanada de frío aire, contuve el aliento y crucé el umbral.
Recuerdo que me sorprendió la paz que encontré al otro lado de la tapia. Por delante de mí se extendía un sendero jalonado de cipreses que acababa desembocando en una rotonda sembrada de heliotropos. Más allá, al final de otro sendero, se alzaba una pequeña capilla de piedra. No había nadie, el único movimiento que alcanzaba a percibir era el perezoso caer de la nieve, no se escuchaba otro sonido que el rumor de la brisa, el aire olía a invierno. Tímidamente, comencé a recorrer el sendero, deslizándome sobre la grava con el ánimo en suspenso, mirando a izquierda y derecha, como si temiera que en cualquier momento una inesperada revelación pudiera aparecer ante mis ojos.
Cuando llegué a la rotonda supe con certeza dónde estaba: una sinuosa vereda se extendía a la derecha, internándose en un parque salpicado de lápidas y cruces. No me encontraba en un jardín, sino en un camposanto. Por algún motivo, aquel descubrimiento no supuso para mí una gran sorpresa; en realidad, era como si de repente me hubiera quedado vacía de emociones, como si fuese un espectador de mi misma, como si contemplara imágenes ajenas y fantasmales, igual que cuando papá me llevó a Oneira para presenciar una sesión de cinematógrafo. Sin proponérmelo, atrapada por una especie de irresistible mesmerismo, comencé a seguir el sendero, por entre las cruces y las lápidas. Algunas tumbas estaban cubiertas de hiedra, otras engalanadas con ramos de flores secas; unas eran muy antiguas y otras muy recientes, las había inmensas, con muchos nombres, y fotos, y epitafios, y también muy pequeñas, destinadas quizá a acoger en su seno a niños de corta edad.
De repente, mientras deambulaba despacito por aquel jardín sembrado de silencios, algo llamó mi atención. Era un enorme mausoleo de mármol negro; estaba rodeado por una verja de hierro, muy trabajada, y en su cúspide se alzaba la estatua de un ángel con los brazos extendidos. Era un sepulcro tan hermoso que no pude evitar detenerme ante él, y fue tal la fascinación que me produjo que apenas llegué a percibir el ruido de un coche deteniéndose frente a la tapia, ni el rumor de pasos sobre la grava, aproximándose, ni la apenada voz de la abuela, diciéndome con infinito pesar:
- ¿Por qué has tenido que venir aquí, mi niña? ¿Por qué lo has hecho?...
Como saliendo de un trance, aparté la mirada de la sepultura y vi a yaya Julia, de pie ante mí, apoyada en el bastón, con el ala de su sombrero jaspeada de nieve y el vaho del aliento nublándole los labios. Era tan triste su expresión, tan desvalida y patética, que no quise seguir viéndola y volví a contemplar el mausoleo. Entonces advertí por primera vez las letras doradas que había sobre la lápida. Y sentí un desmayo, una caída infinita, y un ahogo, y un frío intenso que me calaba hasta el alma. Y mis ojos, repentinamente humedecidos, leyeron con incredulidad las letras doradas del negro mausoleo.
Ahí estaba el nombre de papá, y el nombre de mamá, y el nombre de Anita, y mi propio nombre, y un frase: El Señor les dio la vida, el Señor se la quitó, y debajo una fecha, el veintitrés de diciembre de 1909.
Sentí que algo se me desgarraba por dentro, y de nuevo miré a la abuela, quizá esperando de ella un imposible consuelo, confiando en que me dijera "es un sueño querida, una pesadilla, ya puedes despertar", pero eso, ay, no sucedió y yaya Julia, con los ojos anegados, musitó:
- Ocurrió hace diez años, la víspera de Nochebuena... Una de las velas de vuestro árbol de Navidad se quedó encendida y... mientras dormíais prendió fuego a las cortinas, y el fuego se extendió por toda la casa con... con tan terrible rapidez que nadie pudo salvaros...
Mi mente era un erial, mi alma un campo de espinos. Volví la mirada hacia el mausoleo y, a través del titubeo de las lágrimas que aguardaban en la frontera de los párpados, volví a leer las letras doradas, y pensé que mis senos jamás crecerían, que ya nunca conocería el agridulce sabor de los besos ni el enervante tacto de las caricias.
- Pero seguís existiendo en mi memoria... -musitó yaya Julia entre sollozos-. Viviréis para siempre en mi corazón...
Eso decía, mas yo no prestaba atención a sus palabras, porque la abuela, de nuevo, se había vuelto traslúcida como las alas de una libélula, y no sólo ella, sino yo misma, el parque, el universo entero, todo se había tornado transparente, y las copas de los árboles eran encajes de esmeraldas, topacios grises las lápidas, cristales de roca los copos de nieve, mis lágrimas dos diamantes precipitándose a un océano de cristal, allí, en el jardín prohibido.


F I N


(c)César Mallorquí.


NOTA DEL AUTOR


Este cuento fue escrito para formar parte de una antología de relatos fantásticos -ambientados en Umbría, una ficticia región de España- que, en 1998, un grupo de escritores nos propusimos llevar a cabo. El proyecto se frustró (al menos por el momento), y El jardín prohibido quedó inédito.
Acabé de escribir el relato a finales de 1999, seis meses antes de que El sexto sentido, la excelente película de M. Night Shyamalan, se estrenara en España, y con casi dos años de anterioridad al estreno de Los otros, el también excelente film de Alejandro Amenabar. En cualquier caso, es evidente el parecido argumental entre esas dos películas (en particular Los otros) y mi historia. Pura casualidad (luego, he sabido que existe una vieja obra de teatro inglesa, llamada también Los otros, muy similar al largometraje de Amenabar).
No obstante, esa triple coincidencia me ha llevado a hacerme algunas preguntas acerca de la originalidad creativa y la inspiración. ¿Acaso Platón estaba en lo cierto y las ideas flotan en el éter a la espera de manifestarse según los designios de ignotas conjunciones astrales? ¿O quizá Night Shyamalan posee poderes mentales (a fin de cuentas, es de origen hindú) y nos influyó telepáticamente a Amenabar y a mí (y a quién sabe cuánta gente más)? ¿O puede que el número de argumentos sea limitado y lo único que hagamos los escritores es versionar una y otra vez los mismos arquetipos?
De estas tres opciones, sólo me convence la última. De alguna manera, El Quijote es una versión paródica del Amadís de Gaula, y Cien años de soledad está basado en el Génesis (así como en el Yoknapatawpha de Faulkner), y el Ulises es una aliteración casi metafísica de La Odisea, y el Tigre, tigre de Bester es una variación sobre El conde de Montecristo, e incluso la historia de Superman tiene concomitancias con la historia de Jesucristo, y la de éste con la de Mitra (un dios hoy caído en desgracia, al contrario de lo que ocurre con Superman y Cristo), y la historia de Mitra con la de Dioniso, y la de Dioniso con la de Osiris... En fin, que los "inventores de historias" llevamos siglos repitiéndonos.
Desde ese punto de vista, el argumento en el que hemos coincidido Shyamalan, Amenabar y yo -fantasmas que ignoran serlo-, podría considerarse como una especie de subgénero. En tal caso, como ocurre con todo género narrativo (por pequeño que sea), el valor de los relatos dependerá en gran medida de los matices y del punto de vista personal que cada escritor logre aportar a un tema común. El jardín prohibido es mi modesta contribución a ese microgénero que trata sobre las criaturas patéticas que ignoran estar muertas. Con él he pretendido transmitir al lector la melancolía por la infancia perdida (muerta) y una no del todo desagradable sensación de invierno. Personalmente, me siento satisfecho con los resultados. Espero que el lector también.
Ah, por cierto; nada de lo dicho explica por qué tres personas que no se conocen entre sí, dos en España y otra en Estados Unidos, coinciden en el tiempo a la hora de escribir tres relatos basados en la misma idea. La única explicación es que, como alguien dijo, el azar es la única fuerza de la naturaleza que tiene sentido del humor.


C. M. Primavera de 2002

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